XXIX
EL PODER DE UNA IDEA
¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas; y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña, andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando. Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella, sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!... Una había, sí, una, capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara, ¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos, y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel martirio incesante... y para siempre, para siempre, y ella al principio de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida, vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias, de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado á defenderla y ampararla...
Y aquí la idea que había sentido Inés en germen por la mañana, apareció desenvuelta y en completo desarrollo en su cerebro.
Se incorporó sobresaltada, febril; calculó que habría permanecido como dos horas en aquellas fatigosas meditaciones, y que podría infundir alguna sospecha en sus carceleros la luz que se escapara por las rendijas de la puerta, si se fijaban en ella, y se levantó; fué á su pobre ropero, tomó de él un mantón de abrigo, se le echó sobre los hombros, apagó la luz y volvió á sentarse en la silla.
Ya no pensó más en la barbarie de su padre ni en las indignidades de la criada. Se entregó resuelta, decidida, al imperio tentador de la otra idea; no para poner en tela de juicio el más ó el menos de su cordura, pues sobre este punto ya no cabía dudar, sino para discurrir el modo de realizarla.
Esta labor duró más de una hora. Todo quedaba previsto y calculado; todo era posible y realizable ya, y todos los riesgos y todos los escrúpulos y todos los obstáculos de la meditada empresa, le parecían cosa de juego comparados con la espantosa realidad de su cautiverio. Escuchó sin moverse de la silla, con gran atención, y no oyó el más leve ruido en toda la casa. Dejó que corriera más tiempo, pareciéndole siglos los minutos; y cuando calculó que sería la media noche, sin vacilar un instante, sin querer dar oídos á los reparos que algunas veces la hacían sus timideces y debilidades de sexo, trémula por la fuerza misma de su resolución, se quitó los zapatos, y, con ellos en la mano, se fué hasta la puerta. Escuchó allí de nuevo, y no oyó otros ruidos que los que hacía dentro de su pecho el acelerado latir de su corazón. Tranquilizábala mucho la bien fundada reflexión de que no había en la casa quien la creyera capaz de lo que ella estaba proyectando á aquellas horas de la noche. Era seguro que todos dormían profundamente, y la Galusa más descuidada qué nadie. Además, creía con ciega fe que tenía á Dios de su parte y que no la abandonaría.
Levantó el pestillo y entreabrió la puerta, muy poco á poco. Todo era silencio y obscuridad en la casa. Salió al pasillo, cerró otra vez la puerta de su cuarto; y después de convencerse de que las tablas del suelo no crujían; bajo sus pies, siguió andando á tientas por el carrejo, hasta tropezar su mano derecha con la puerta de la cocina: enfrente estaba la que abría á la escalera de atrás, y cuya llave se dejaba siempre en la cerradura. Dirigióse á aquella puerta, y, en efecto, tenía puesta la llave. Pero ¿rechinaría la cerradura? Por si acaso, volvió la llave con sumo tiento. Ni las moscas, si las había por allí, debieron de oirla. Esto la animó, y sacó la llave de la cerradura; abrió lo menos que pudo de la puerta, que tampoco rechinó; salió á la meseta, y volvió á trancar por fuera para que el viento, si salía, no golpeara la puerta y pusiera en alarma á los de casa antes de lo previsto. Hecho esto con toda felicidad, recogió la llave, que, dejada en la cerradura por aquel lado, podía servir de señal para conocer el camino de la fugitiva, y bajó la escalera. Estaba segura de que el postigo de la portalada del corralón se cerraba por dentro con un pasador de hierro, y así era. Descorrió el pasador sin la menor dificultad, salió á la calleja y dejó cerrada la puerta con el pestillo. Allí se calzó los zapatos. Tenía los pies helados y las medias húmedas, por la frialdad y el rocío de la escalera, que era de piedra.
Pero, aunque el cielo estaba estrellado, ¡qué obscura era la noche, y qué miedo la daba verse allí sola! No quiso pensar en eso, por no desfallecer cuando más necesarias le eran la serenidad y la energía; y encomendándose á Dios nuevamente, tomó la calleja que conducía á la llosa Grande. Por de pronto, salir de las inmediaciones de su casa. Si la debilidad de mujer, y de mujer nunca vista en tales apreturas, llegaba á vencerla, que fuera lejos de allí y donde no pudiera apiadarse nadie de ella y la volviera á su presidio, creyendo ejercer un acto de caridad. Ya en la llosa, y después de tropezar mucho en los cantos de la calleja, detúvose á respirar, considerando de paso lo que la restaba por hacer. Conocía el camino por donde se comunicaban la llosa y las praderas de abajo; pero ¿daría con él en una noche tan obscura y con la intranquilidad en que se hallaba? Y después de verse en las praderas, ¿sabría continuar hasta la sierra?... ¿tendría valor para tanto? ¡Es increíble la fuerza que infunde la desesperación! Aquella mujer tímida, humilde por naturaleza, retraída y recelosa por hábito, no vaciló un instante y se lanzó al abismo de sombras, huyendo de la tentación de arrepentirse de una empresa que la hubiera parecido espantable locura unos días antes.
Siguiendo el camino de la llosa sin extraviarse, bajó á las praderas y continuó andando de prisa, muy arrebujada en el chal, tiritando de zozobra y ensañándose en los recuerdos de su pasado martirio, para hacer más llevadero aquél que estaba sufriendo... Pero ¡qué obscuridad tan cerrada! ¡qué silencio tan temeroso! ¡qué soledad la suya, y qué inmensidad la de aquel negro espacio vacío!... ¿Avanzaría más, ó retrocedería siquiera hasta el bardal de la llosa, para aguardar, acurrucada allí, más cerca del barrio, á que alboreara el día? Pero ¿no era ya tanta la distancia hasta la llosa como hasta donde ella iba?... Ciertamente. Luego se hallaba en un punto alejado por todas partes de todo humano auxilio. ¡Y entonces sí que se aterró de veras, y comenzó á oir ruidos de los más extraños; hasta voces que la amenazaban, y como lamentos de agonizantes; y á ver bultos más negros que la obscuridad, que venían de lejos hacia ella! Apretó el paso, que llegó á carrera, y cerró los ojos que para nada necesitaba allí, sino para levantarlos á menudo al cielo, del que los bajaba en seguida, porque hasta el titilar de las estrellas le daba miedo. Y corre y corre desalentada y anhelante, con el pecho oprimido y la boca entreabierta para respirar el aire que pasa por la estrechez de su garganta contraída, frío y cortante como la hoja de un puñal; y los ruidos no cesan; y uno de ellos le parece la voz infernal de la Galusa que la persigue arrastrando las chancletas y llenándola de improperios. Se le figura que oye sus pasos ya muy cerca, y corre más todavía para que la fiera no la alcance; pero sólo consigue aumentar la fatiga, porque la inmunda carcelera corre más que ella... y al fin la alcanza... y la pone la mano sobre el cuello... y la agarra por el chal... y entonces la infeliz prisionera lanza un grito de angustia, que repiten los ecos de aquella soledad, con lo que su espanto llega al paroxismo; vacilan sus piernas, falta el aire en su pecho, y cae desvanecida junto al vallado de la sierra.
Tardó largo rato en volver en sí, y otro mayor en darse clara cuenta de lo que la había pasado. Orientóse al fin; y reconociendo el vallado, recobró de nuevo los ánimos perdidos, porque sabía que desde allí ya se columbraba de día el refugio que ella iba buscando. Levantóse y tomó resueltamente el camino de la sierra; y siguiéndole con no poca dificultad, por ser algo más áspero que el de las praderas, llegó á casa del Lebrato. El humilde soportal le pareció un palacio, más grande y ostentoso que todos los palacios de verdad que ella tenía imaginados. Se acercó á la puerta, ó mejor dicho, se pegó á ella; y golpeándola sin cesar con ambos puños muy cerrados, gritó, arrimando la enardecida boca á la cerradura:
—¡Pilara!... ¡Juan Pedro!... ¡Ábranme pronto, por el amor de Dios!
No tardó en oiría el Lebrato, que era ligero de dormir. Sintióle con delicia Inés andar detrás de la puerta. Antes de abrirla preguntó:
—Pero ¿quién llama á estas horas con tanta prisa?
—¡Soy yo, Juan Pedro!—respondió la de afuera anhelante.—¡Soy Inés!
—¡Santísimo nombre de Dios!—exclamó desde adentro el Lebrato, mientras abría la puerta aceleradamente.—¡Qué peazo del cielo se habrá caído, pa que tal asombro suceda esta noche?
Abrió; entró Inés, ó más bien, se lanzó dentro; y á la luz del candil que tenía el Lebrato en la mano, pudo verla, para colmo de su asombro, pálida como la muerte, desencajada, anhelosa, con el cabello desmelenado sobre los ojos, y todo su vestido en desorden. Sin preguntarla lo que sucedía ni esperar á que ella se lo dijera, comenzó á gritar, arrimándose á una puertuca del fondo, frontera á la cocina:
—¡Pilara!... ¡Pedro Juan!... ¡Arriba en el aire, que vais á tener aquí algo que hacer!
Después condujo á Inés á la cocina; la presentó una silla para que se sentara, pareciéndole poco el banco; colgó el candil, y se dispuso á hacer lumbre.
—Esto, lo primero—la decía en tanto el buen hombre,—y mientres usté nos dice en qué la podemos valer. ¡Viene aterecía de frío, ángel de Dios!
—¡No, no!—respondió Inés tiritando:—lo primero ha de ser esconderme donde yo esté segura de que no me encuentre nadie.
—Pos ¿qué más segura que aquí á la hora de la noche en que estamos, inocente?—dijo el Lebrato.—Á menos que no la vengan persiguiendo cercuca. Pero aunque así fuera, mientres llaman y se abre, ya da tiempo pa lo que haiga que hacer á ese respetive.
—Es verdad—respondió Inés algo más confiada.—Pero, por si acaso, tranque usted bien la puerta, Juan Pedro.
—Eso sí que se hará,—respondió éste saliendo á cumplirlo.
Volvió al punto, y continuó amontonando palucos en el llar para encenderlos en seguida; pero sin disimular enteramente la curiosidad que le estaba consumiendo. En esto ya apareció Pilara en escena, con los ojos como puños y muy ligera y desceñida de ropa, y detrás Pedro Juan, por el estilo de su mujer. Ambos se hicieron cruces de asombro al ver á Inés allí, sola, á aquellas horas y de aquella traza.
Reunida ya toda la familia, Inés, llorando desconsolada, contó en pocas palabras lo que la había sucedido. Pilarona lloró de toda verdad, y su marido se volvió indignado hacia su padre para decirle:
—¿Ve usté, recoles, si hay tela pa hacer con «ese hombre» lo que yo dije el día que jué con nusotros á la mar?
El Lebrato se desentendió de esta alusión, y dijo por comentario al relato de Inés:
—¡Lo propio que se hizo con la bendita de Dios que la echó á usté al mundo en mala hora! Y las mesmas cuatro manos en concierto acabaron con ella.
—¡Desde esta tarde—exclamó Inés horrorizada,—tengo yo esa sospecha, Juan Pedro!
—Y bien tenida, doña Inés—añadió éste,—porque la cosa se vió, y naide la duda en Robleces... Pero vamos al caso que ahora importa. ¿Qué es lo que usté tiene pensao en el apuro que se ve, y en qué de ello podemos ayudarla nusotros?
—Yo, á punto fijo, no lo sé—respondió Inés enjugándose los ojos.—Sé que he salido esta noche de casa para no volver más á ella; que me pareció demasiado cerca la de don Alejo, para ir á buscar un amparo allí, y que he venido á pedírsele á ustedes, confiada en que me le darán, y porque Pilara es la única amiga que tengo en el mundo.
—¡Así se hace, canastos!—exclamó entonces Pilara conmovidona de veras, escondiendo la mitad de Inés en un abrazo y dándola un beso resonante en la cara.—¡Eso es dar honra al corazón de una!
Inés continuó así, después de pagar con otro beso cariñoso el arranque de Pilara:
—Estando ya aquí bien segura, siquiera por un buen rato, se podía—es lo que yo pensaba—avisar á don Alejo, que sé que me quiere bien, y pedirle su parecer.
—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el tu gusto.
Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder. Pilara la ayudó entonces de este modo:
—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello, lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del caballero ese en este particular.
—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo menos volver á la cárcel de donde me he escapado!
—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo. Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.
Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo; salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:
—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre, que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.
Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies. Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al paso que la iba diciendo:
—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó de tí!...
Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.
—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra cosa que darte.
—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...
Y rompió á llorar otra vez.
—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña. Eso ya se acabó, y pa siempre.
Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas: de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea, estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la jornía, bien amañao:» cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una, ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en la corte, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una montaña de tocino bien hebroso. Y así.
Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.
—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.
¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados. Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto de caridad.
Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión, viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.
—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga, porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz, me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho, la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?... ¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos delicadezas, cuál te parece más delicada.
Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo quería.
—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.
Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga esclavina sobre los hombros, por más señas.
De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.
Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los que se marchaban:
—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana, si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida... digo, si pensáis volver también mañana á la mar.
—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.
—Pues hasta mañana.
Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.