XXX
COSECHA DE TEMPESTADES
Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual, aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.
—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable; y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza! ¡Ya estás andando!
Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo. Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese paso se encargaría su sobrino.
Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde, excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.» El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera del alcance de aquellos dos demonios.»
Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre. En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose de rabia:
—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara, el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á ver al cura sin parar!
Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.
El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía en un descomedido de su tamaño.
Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:
—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á pedirme esos informes?
—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se lloran como las propias penas.
—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de Dios!
Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro de lo patético con espeluzno:
—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!
—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo, no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices. Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á esa carne para in sæcula, porque el milagro fué obra de Dios, y las obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?
—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?
—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!
—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato; pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!
—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla, zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!
—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.
—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario! ¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.
Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la embajada.
Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante, que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.
Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada, por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era, atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.
Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares. Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo alguno el efecto que le había producido la embajada.
La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice. Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó muy conveniente esperar á subio, y siquiera los primeros embates. Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir la puerta como no la echara abajo el huracán.
Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada, que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.
Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza. Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida; aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado, por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades, más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.
Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había corrido él.
—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona, si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura, ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles, infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor, ¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos; y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro... ¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa! atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás, y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!
Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino; y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y vertiginosos.
—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque él está allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría, hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados; lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos, si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo, ¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí, ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro! De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines! ¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso. ¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando, aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme... Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo con la tierra...
Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se decidió á preguntar quién llamaba.
—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.
Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño, el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza alarmante.
—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á medio abrir.
—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo buscando.
—Y ¿para qué?
—Para una cosa que le interesa muchísimo.
—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.
—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque convendría que nadie se enterara.
El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y sin moverse de allí le dijo con la mirada:
—Ya está usted hablando.
Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:
—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.
—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que flagelaban.
—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente. Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá, que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.
Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que continuó de esta manera:
—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la luz, y se desvaneció ella también.
El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo, repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:
—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de jeringar al prójimo con los relatos de ellas?
—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico irguiéndose inspirado y atrevido.
—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.
—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.
—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza con sus majaderías!
Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.
En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa, y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.
Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo, salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado, que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en aquella misma casa.
¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes que nadie!