I

O lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos á decir que le aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante á sí mesmo, ó sease respetive á su mesma mensualidá. No tiene tacha sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año; pero...».

Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa é inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?

Y relataba de este modo el caso, á su compadre y convecino, Mingo Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de tumbar entre ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y á renta, cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían á almorzar á la sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado. Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta casera, mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos de borona fríos. Mingo Ranales, sentado á la mujeriega, parecía, por de pronto, más atento á la ración que esperaba y le correspondía, que á las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado de la colodra que llevaban á la cintura atascada de hierba (la colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y habían escondido cuidadosamente el dalle entre las mijas húmedas y sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol, que destemplarían su boca. En la opuesta cabecera del prado, que parecía un papel de música, cuyos pentagramas, rigurosamente paralelos, eran las cordilleras, ó lombíos, que había ido formando cada dalle á la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba, y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y lo parada de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones, garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en ocasiones la hierba por los aires y, para hacer más llevadera la tarea, derramaba cantares, casi á borbotones, por la ancha embocadura de su gaznate, sin pizca de concierto ni medida.

«Sospiritos de mi alma,
olé sí, bien lo sé yo,
y dime de quién te alcuerdas
cuando estás solo».

Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras á grito pelado. La voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos de la mies, se apagaba poco á poco arrebatada por el soplo de la naciente brisa, ó repercutía en los próximos altozanos y, en ocasiones, empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla, ó con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque la mies estaba á aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las madrugadas para segar antes que el sol se beba la rociada que necesita el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la víspera, estaba en montones, ó hacinas, que se deshacían entonces para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres que los iban esparciendo y las gentes que deshacinaban, se hallaba medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices, de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de las mimbreras que festoneaban á trechos los regatos... hasta el negro lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las hondonadas.

Á medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste, y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio entre cascadas de luz y hacía que se entrechocaran blandamente las relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose, en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música de las cantadoras, ó de los relinchos de los segadores:—el suave y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera decirlo.

Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se atropará el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar el sonido que atrae al tábano que enloquece á las bestias con su acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, á colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular de la moza que la va acaldando arriba, y obra de los bríos y de la destreza del hombre que se la envía á horconadas desde abajo... asunto, en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan los dos compadres «en dulce amor y compaña».