II

Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado izquierdo, llevaba á la boca con la diestra el deseado torrezno para darle la primera dentellada:

—Pues á lo que te decía respetive al caso: ya estamos en el agosto, ¿no-verdá? y á más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto... Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la tierra, el golverla á amañar, el golverla á romper para la sementera; el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda... y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo, porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo, menos lo de éste, que se empayará mañana si Dios quiere... ¿Te vas enterando tú?

—Te digo que sin perder ite.

—Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo fué en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo, porque lo viejo finiquitó en mayo.

—En febrero se bajó el último grano del mi desván.

—Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que tanto más á favor mío por lo respetive al presente, si á mirar fuéramos las cosas por la estampa de ellas y á primera vista... ¿Me entiendes tú bien?

—De lo mejor.

—Curriente. Pues entoavía le apunto otras ventajas al mes de agosto... pa que veas si ajusto bien las cuentas en su provecho... Hombre soy, como tú sabes, más tentao del recreo que de la malenconia; ni me pesan los años, ni se me cansan los ojos al auto de echar unas canas al aire siempre que hay ocasión de ello, sin ofensa de Dios ni escándalo de las gentes. Me gusta coger el palo y ponerme la camisa limpia con la ropa de los domingos, en cuanto se toca á fiesta en cualquiera parte que no esté muy lejos. Pues dime tú si hay otro mes en el año como el de agosto, por lo tocante á romerías de las buenas y á ferias de lo mejor, y á la puerta de casa, como el otro que dice. Pues évate con el perojo rodero, y la buena breva, que me alampo por ello, y la manzana de nánjara, que sabe... ¡á ochentines, hombre, de puro rica que es!

—¡Y que tienes tú en el huerto buenos frutales de cada cosa!...

—¿Que si tengo? Una hermosura de Dios, compadre; y más siento yo un morrillazo á las ramas desde la calleja, que si me le encajaran á mí en metá de la nuca. Y como yo digo á los muchachos más de cuatro veces: «Pedímelo por la puerta, condenaos, que yo vos lo daré en mano propia, sin que me lo robéis malamente, con ultraje del árbol y riesgo, pa vusotros, de una taringa...». Porque no tiene el hombre la pacencia en el bolsillo pa usar de ella cuando más falta le hace. Y á lo que te voy: pues dame la mora, que ya blandea, y tómate...

—Por estipulao, compadre: estamos al corriente de la cosa en todo lo que me puedas decir á ese respetive: ya está visto el mes por esa cara buena, que por decir buena, tamién yo digo que lo es de verdá. Vamos al otro consiguiente.

—Voy á servirte, Mingo, y dígote que con gustarme tanto como me gusta este mes, no hay en todo él cuarto de hora sin amargores y espantos para mí.

—¿Por qué, hombre de Dios?

—Porque todos los males de mi casa han venío en agosto, y no ha pasao uno dende que yo nací, sin que me haya llovido algún mal. Por eso me pasmo de que estemos á decinueve ya, sin que haya llegao lo del año presente.

—¿Lo esperas como lo dices, Luco?

—Como el sol de mañana, compadre.

—Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.

—Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un milagro de Dios salí con vida al mundo.

—De muy allá lo tomas.

—Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. La brega fué tan dura, que mientres se andaba con que si me ajuego ó no me ajuego, ó sobre si alendaba ó no alendaba, se le acabó el resuello á mi madre. La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día... veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los cinco primeros años de vida. En toas estuve á las puertas de la muerte, y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué á muchacho, no pasó un mes de éstos sin quebranto gordo para mí ó para mi casa... En agosto se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al año cabal; en agosto le aconteció á la única hermana que me quedaba, aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella ojeándole á uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!

—Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que dice, á caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.

—No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir á Santander como por la posta... Contigo lo traté primero.

—No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.

—Importa el relate de él aquí, al auto de lo que se trata. El viaje era motivao á un expidiente que me interesaba mucho, y se creía que de llegar ó no llegar yo á punto, con un decumento, que por fortuna no hizo falta después, dependía el que la cosa resultara bien ó mal para mis intereses. En estos apuros, atrevíme á pedirle la jaca al Mayoralgo, que, aunque no muy esponjá, era animal de aguante y buen andar. El hombre se prestó al ruego, porque, en verdá sea dicho, algún favor me debía en la cortedá de mis posibles; y al apuntar el alba, ya estaba yo á caballo saliendo de la corralá. De víspera había llovido mucho, y el regatón de abajo mi casa iba algo más lleno que lo de costumbre. Tomé la vaera, que, como tú sabes, hace un remanso: habría como palmo y medio de agua, á todo tirar; el suelo como la palma de la mano. Pues, señor, meto un espolazo á la jaca, y encogí un poco las rodillas pa no mojarme los pies con la salpicaúra, cuando noto que el animal se para en metá de la vaera, y espienza á golpear el agua con un remo de los de alante. «Esto es que quiere beber», dije para mí mesmo; y le aflojé los ramales para que bebiera. ¡Que Dios no me salve si yo recelaba cosa nenguna de que el demonio del animal pudiera ser agostizo! Bien sabes tú que los caballos de esta clase, tan aína meten las patas en el agua, ¡chapla! ya están revolcándose en ella. Pues lo propio aconteció allí, hijo del alma: aflojarle yo los ramales á la jaca y tumbarse ella á la larga en metá del río, fué una cosa mesma. Y no se contentó con esto sólo, que ya era mucho para mí, por haberme cogido la pata derecha debajo, sino que el demonio del animal, al verse en sus glorias, escomenzó á pernear al aire y á querer darse la vuelta del otro lao. ¡Fegúrate, compadre, si clamaría yo allí al Dios verdadero!... Como que pensé que me había llegado la última; y así, di el grito y el lamento que pudieron oirse en dos leguas á la redonda. Fortuna que, contra lo que yo esperaba á aquellas horas, andaba cerca un muchacho, el hijo de Antón Burciles, que llevaba el ganao á la sierra. Oyóme, acudió, echó mano al freno de la jaca, hízola levantarse á estacazos... y quise levantarme yo tamién, hecho una sopa y empanderao de agua como me veía. ¡Menearme yo! Lo mesmo que una peña. Y no era ná el motivo: la pata rota, hijo, así como suena. Acudió gente avisá por el muchacho, y me llevaron á casa como pudieron... ¡El veinticuatro de agosto, compadre! ¿Te vas enterando? Cuarenta días estuve entablillao; y entre uno y otro, cerca de tres meses sin soltar las cachavas y acabando con la poca hacienda. ¿Busqué yo esta desgracia? ¿Metíme por ella, como te piensas tú?

—Me alcuerdo del caso, compadre, que no fué pa olvidao, ni de los que se alcuentran con la ceguera del miedo.

—Ni tampoco los otros, Mingo. En un agosto enviudé, á lo mejor de la vida, y en un par de agostos perdí los dos hijos varones, que ya me ayudaban mucho en la labranza. El uno se me desnucó en el monte. Al otro le mató un tabardillo en cuatro días. Quedóme esa muchacha: en agosto nació, pa que haya salido cosa buena.

—No digas, compadre, tan mal de Narda; no porque yo la sacara de pila, sino porque las hay mucho peores.

—Es una tordona sin pizca de sentío.

—Pero honrada, como es, te la conserve Dios.

—Eso ha de verse, compadre. Por la presente, tentaona de la risa es, y motivos hace para ponerme en recelo... ¿Qué buscas alreguedor, si puede saberse?

—Algo con que refrescar el gaznate, que el torrendo, aunque frío, pide lo suyo.

—Ahí está el botijo, debajo de ese brazao de hierba.

—¿El botijo dijistes, compadre? Estará hecho un caldo.

—Con eso no te cortará el sudor. De lo que tú deseas, no hay gota á mis alcances como otros días, y no me gustan trampas en la taberna. Ya mejorará Dios las horas y habrá para todos: bien sabes que yo no lo escupo, ni, cuando lo tengo, lo escondo de los amigos... ¡Mal pecho te deja lo del botijo, por la cara que pones!... Dámele acá, que cuando no hay solomo...

—Allá va, compadre, y sin pena maldita por que le saques la entraña neta... Y golviendo al caso, relátame eso que apuntabas de la muchacha, si es que puede relatarse. La estimo de veras y quisiera su bien.

—Por demás sabes tú lo que hay al consiguiente.

—¿Lo dices por Baldragas?

—Justas y cabales. No la deja un punto ni ella le pierde de vista. Cada semana me la pide; antanoche repitió la solfa: desde el empaye de antier, está el mozo hecho una brasa... y Narda poco menos. ¡Primero la descuartizo! dicho se lo tengo.

—No estamos al ite en eso, compadre; y bien sabes que siempre te hablé del particular en esta mesma consonancia. Te estorban las moscas, y las estás metiendo la miel por los ojos. Reniegas de ese muchacho, y cada día le llamas de obrero.

—Porque, á ese respetive, hace más que su deber. Trabaja al demontres, y no hay brega que le rinda el brazo... á más de que cuento con que, á fuerza de verlo y no catarlo, acabará por aborrecerlo... Pero ya sabes la tacha que le pongo: aquí cayó como llovido, siendo una criatura; y sirviendo á unos y á otros, ha llegado á lo que es. Toas las casas son suyas, y no duerme en nenguna con buen derecho. Padres conocidos tiene, porque lo asegura él; pero naide los ha visto.

—Sea honrao el hombre, que lo demás es chanfaina. ¿Qué otras manchas tiene?

—Un vino muy malo, las veces que lo cata, que no son muchas. Se fuma un caudal... ¡no he visto otro vicio! Cuando no tiene tabaco, quema en la pipa lo primero que encuentra: berros en vinagre, si no hay cosa mejor...

—Se hace á lo que tiene, compadre, y eso no es un vicio.

—De personal, á la vista lo lleva: no vale tres cuartos... En finiquito, compadre, me busca la hacienda pa el día de mañana; y está en ley de Dios que el que pide el torrendo, traiga siquiera el zoquete.

—Eso ya es cubicia tuya, que puede romperte el saco al salirte las cuentas que te echas. ¿No tiene otra falta Ceto?

—Otra, y la más negra. Sé que es agostizo: una vez lo oí de su boca.

—Tú lo dijistes: eso sólo te espanta; y, en casos como éste, pecas contra Dios, porque no puede creerse en cosas pirtiniciosas.

Y como en esto llegara Narda á hurgar con el mango de la rastrilla cerca de los pies de los dos compadres, cambiaron éstos de conversación tomando por pretexto la maldita calidad del tabaco que comenzaban á fumar en sendos cigarrillos.

Cuando Narda hubo esparcido los últimos mechones de hierba recién segada, le dijo su padre:

—Cógete el botijo y la servilleta, y pica hacia casa á mirar un poco por la comida. Nusotros nos quedamos para dar otra vuelta á la hierba con el asta del dalle antes de irnos.

Obedeció Narda sin despegar los labios, pero sin apurarse gran cosa; y mientras se alejaba mies arriba, zarandeando el refajo y echando cantares por la boca, decía su padre á Mingo Ranales, no sé si para rematar la conversación ó para empalmarla con otra sobre el mismo tema, tras una bocanada de humo y un regüeldo muy sonado:

—Será lo que tú quieras, compadre; pero no hay quién me arranque del magín que esa muchacha me la ha de hacer, y ha de hacérmela en agosto.