III

Al día siguiente reverberaba el sol sobre el campo, como el fuego á la boca del horno, sin pizca de nube en el cielo ni asomo de brisa en el aire. ¡Gran día de hierba... y de tábanos! Por la mañana había deshacinado tío Luco, con la ayuda de Narda, la del prado segado la víspera, y al darle vuelta cerca del mediodía, sonaba de puro seca. Á las tres de la tarde, mientras la mozona volvía del molino, echando los bofes (porque no había polvo de harina en casa y era preciso amasar temprano para que cenaran los obreros al anochecer), con una carga de celemín y medio, dejada allá en grano la antevíspera, tío Luco entraba en la mies con su propio carro, en el cual iba sentada, con su pajero en la cabeza y su refajo encarnado, la nieta mayor de Mingo Ranales, zagalona precoz que se pintaba sola para acaldar carros de hierba. Entre su madre, su abuelo y Baldragas, atropaban en tanto la del prado, formando anchas fajas entre las cuales había de colocarse el carro para cargarlo. Llegaron pronto los bueyes, porque iban á un andar que pasaba de los gustos de su dueño. Pusiéronles bajo el hocico, y para que no se movieran de allí, abundante ración, encogollándola bien á menudo, para que la fueran comiendo sin humillar la cabeza; pero no se logró el intento sino en parte, porque con el calor andaban las moscas desesperadas, y las mansas bestias, no bastándoles el rabo para sacudírselas, daban cada embestida al aire, entre patadas y manotazos, que crujía la armadura y aun se removían y sonaban algunas tablas mal seguras de la pértiga vacía.

Cuando la moza de arriba comenzaba verdaderamente á lucir sus talentos de cargadora, cimentando con arte la balumba que iba formando entre aquellos zarandeos de marejada; es decir, cuando ya salía la carga media braza fuera del carro por todas partes, contando la armadura y la rabera postizas, dijo tío Luco á Baldragas:

—Pica á uncir el carro de mi compadre, y estate aquí con él en un vuelo, que ya sabes lo convenido. Los dos han de salir juntos del prado, para empayarlos en seguida y volver por lo que quede... ¡y mira que te he de contar las zancás y los minutos, para ver los que malgastas en el viaje!

Ceto, sin chistar, soltó la rastrilla, y, con su pipa rabona entre los dientes, salió del prado á buen andar.

Tenía razón el padre de Narda: no valía el mozo tres cuartos en buena venta. Era feo, estevado y de corta alzada, pero nervudo y sano; torcía las alpargatas, rotas por encima de los dedos, y no le llegaban á los tobillos las perneras de sus amorralados calzones de mahón, con remiendos azules y varios agujeros sin remendar. Los aseguraba por encima del hombro derecho con un tirante de orillo, sobre una mala camisa sin botones. Iba en pelo, el cual pelo era algo lanudo y apardado. Bizcaba un poco de ambos ojos, y le blanqueaban mucho los dientes, á pesar del vicio que le dominaba, entre sus labios gruesos y en frecuente retozo con la lengua. Esto y lo saliente de la mandíbula inferior y de los pómulos, lo chispeante de los ojuelos, cierto encogimiento de cuerpo que le era habitual en el instante de las grandes resoluciones, y su viveza montuna, acusaban una naturaleza de sátiro, sensual y vigorosa al mismo tiempo, formada á prueba de todos los rigores del desamparo y de las intemperies.

Y era verdad, como afirmaba tío Luco, que desde el último empaye andaba el mozo más empeñado que nunca en casarse con Narda, que, por cierto, no trataba de quitárselo de la cabeza. Aquello no podía olvidarlo él: lo tenía estampado á fuego en el meollo. Tío Luco, desde el corral y encaramado en el carro, arrojaba las horconadas de hierba al boquerón del pajar; á la parte de adentro del boquerón la recogía una obrera, que se la echaba á Mingo Ranales, el cual la lanzaba con el horcón á la pila; en la cual pila la recibía Baldragas para corrérsela á Narda, que iba arrojándolo por donde más falta hacía para levantarla por igual. Pero en las pilas de hierba se hunden los pies y se tropieza á menudo; y Narda, al correr hacia Ceto, solía caerse, y Ceto, por no haberla visto, porque el pajar siempre es obscuro como boca de lobo, al correr hacia Narda caía sobre ella. Costábale entonces «hacer pie» en suelo tan esponjado, y se agarraba á lo que podía; y muchas veces, después de alzado, por volver á tomar el brazado de heno, tomaba un pedazo de Narda, que aclaraba la equivocación como su apuro le daba á entender; pero nunca con gritos que podrían tomar los presentes por otra cosa. Si el caído era Ceto, Narda hacía lo que él cuando era ella la caída, porque el caso era el mismo con la tortilla á la inversa.

Y así hasta que Mingo Ranales echó arriba la última horconada, y tuvieron que bajarse, dejándose esborregar por la pila, Narda y Ceto, sudando el quilo, rojos como tomates maduros, escupiendo grana y sacándose pelos de hierba hasta de los agujeros de los oídos.

«¿Te pido otra vez?»—le había preguntado Ceto en la última caída.—«Cuanti más antes»,—le había respondido Narda, sin dejarle acabar la pregunta.

Y con aquellos alientos había ido él la misma noche con la demanda, por séptima vez, al testarudo padre de Narda, que á más de negársela, le arrimó un soplamocos. Desde aquel punto se la juró al viejo. Narda, por su parte, había apoyado las pretensiones de Ceto, y también había recibido la negativa envuelta en un sopapo. Al comunicarse estas tristes, mutuas y hasta dolorosas impresiones, apenas recibidas, él se había afirmado en su querer con nuevos puntales, y la había sondeado la voluntad con el esbozo de un proyecto. «Cuanti más antes», le había respondido ella, lo mismo que en el pajar. Y el esbozo llegó á plan sazonado al otro día, y también le había respondido Narda al enterarse del caso, que ya picaba en urgente, «cuanti más antes». No estaba él tan huérfano de valedores como de familia; no faltaban luces de caridad con que alumbrarle las entendederas en aquello que pudiera llegarle al alma; ya sabía él cómo atarle las manos al descorazonado viejo y hacerle pagar de un golpe todas las que le debía... Y se las iba á pagar muy pronto; más pronto de lo que pudiera pensarse hasta por los listos que tomaban á burla sus cavilaciones.

«Pica á uncir el carro de mi compadre». ¡Ya le daría el carro... para llevarle á la horca! «Y estate aquí en un vuelo». ¡Como no esperara otro, ya podía esperarle sentado! Allí no había más que una ley, la ley de Narda: «cuanti más antes»; y esa ley había que cumplir, y se cumpliría á no juntarse el cielo con la tierra, ó faltar la moza á su palabra, que venía á ser lo mismo, y tan imposible «pa el cuasi».

En consonancia con estos pensamientos, al entrar Ceto en el barrio, lejos de tomar la calleja que conducía á casa de Mingo Ranales, echó por la opuesta que pasaba por delante del corral de Luco Sarmientos; pero no llegó á él de un solo tirón, no obstante la prisa con que caminaba, sino después de detenerse como medio cuarto de hora en otra casa, desde cuyas ventanas traseras, en el piso del sobrado y por encima del espeso bardal que cercaba su huerto, se veía hasta el portal del padre de Narda.

La cual, en el momento de llegar Ceto á su casa, estaba en la cocina, arrimada á una mesa, sobre cuyo tablero, áspero y roñoso, había una masera en la que la moza, arremangados los brazos hasta cerca de los hombros, iba echando harina, tomándola á dos manos de un saco, entreabierto de boca, que estaba en el suelo. Hacía un instante que había llegado del molino, y aún estaba coloradona, de la fatiga del viaje, con el pañuelo de la cabeza corrido hacia atrás y medio deshecho el nudo de los picos; no más arreglado el de la repolluda garganta, y recogido el refajo hasta cerca de las rodillas. La llegada de Ceto no la sorprendió pizca, porque se lo daba el corazón y contaba con ella. Siguió, pues, echando harina en la masera, sin responder cosa alguna á las primeras palabras de Ceto, hasta que echó toda la necesaria para la borona que iba á amasar: la más grande de todas las del año. Después hizo un hoyo en el centro, y comenzó á llenarle de agua. El mozo, en tanto, tomaba un ascua de la lumbre con su mano encallecida, y la metía en la pipa rabona. En seguida se arrimó á Narda, precisamente en el momento en que ésta hundía los dos brazos en la masa.

—Yo en tu caso—la dijo,—no me cansaría ni tan siquiera en eso... Que se chumpen las...

—¡Á ver si te estás quieto con las manos, Ceto!... Hay obreros en casa, y todos son de buen diente.

—Que coman clavos, Narda, que no merecen más... Pero no es ese el caso: á lo que vengo, vengo.

—¡Y dale con las manos!... ¿Ves? Ya lo pasé de agua.

—Pues echa más harina, y anda por la posta... ó déjalo sin hacer, que sería lo más acertao. ¿Estás en tus trece, Narda?

—Pienso que lo estoy.

—Pues mira lo que pasa, pa que te duermas. El carro de tu padre está á medio cargar; yo vine á uncir el de tu padrino, pa golver allá en un vuelo. No pienso en tal cosa...

Aquí un ratito de silencio: Narda revolviendo la masa, y Ceto chupando la pipa. De pronto exclamó ella:

—¡Ya lo pasé de harina!... ¡Esto es un puro barro!

—Échale más agua—repuso él; y añadió en seguida, mientras ella entornaba la escala, con las dos manos, sobre la masera:—No hay alma viva en la barriá; too el mundo está en la mies... Si tardo en golver allá, recelará tu padre y picará pa casa... ¡y si nos alcuentra juntos, Narda!... ¡si nos alcuentra juntos!...

—¡No m'aceleres, hombre!... Por tanto jurgarme, ya se me jué la mano, y esto es una poza.

—Güen remedio tienes: echa más harina.

—¡Ya, ya!... Pero á ese paso...

—¿Oístes lo que dije, que es lo que más importa?... El barrio está soluco... ¡soluco de too!... ¿Te vas enterando, Narda?... Digo que soluco... y sin alma viviente... Los pasos están daos, y cada cosa en su punto... ¿Lo has oído bien?

—¡El Señor m'ampare!...

—¿Qué rejón te clavan ahora?

—Que espesé la masa otra vez, y no puedo regolverla.

—Pues échala más agua, torda, y no te apure el caso... Mucho más debe apurarte el otro... ¡Por vida de...! ¿Estás en tus trece, ú no lo estás?

—Lo estoy como lo estaba, Ceto; pero hay que mirarse una miajuca...

—¡Mal rayo me parta!... ¿Ahora me sales con ésas?... ¿Qué es lo que te espanta?...

—La ira de mi padre, Ceto, y el decir de las gentes...

—¡La ira de tu padre!...

—¡Virgen de la Miselicordia!...

—¡Qué te duele, Nardona del demontres?

—¡Que esto es una mar, y malas penas me coge ya en la masera!...

—Echa más harina, y verás cómo abaja el caldo...

—¡Quiera Dios que me acance lo que me queda en el saco!

—¡Con que la ira de tu padre!... Bien probá la tienes tú. Pa que tome á la juerza lo que no quiere en voluntá, amañemos la trampa... ¡y ahora te asusta!...

—¡Trampa!... ¡Y bien que trampa es ello! que si no lo juera tanto, no me desafligiera yo, Ceto.

—¿Te me güelves atrás, Narda?

—¡Eso sí que no, Ceto; que á leal de palabra no me gana naide!

—Pues pierde esta ocasión y no pescas otra tan aína. Por eso me consumo yo... por eso me jierve la sangre al ver lo remolona que estás, como si te sobrara el tiempo...

—¡Ay, Virgen Santísima de las mesmas Angustias!...

—¡Por vida de mi agüela! ¿Qué otro pujo te consume, Narda?

—¡Qué ha de consumirme, Ceto? ¡Bien á la vista lo tienes!... ¡Que se acabó la harina del saco!... ¡que no hay otro polvo de ella en casa, y que esto se quedó en caldo, como lo estaba!... ¡Güena la hice yo! ¿Qué va á comer esa gente? ¿Qué dirá mi padre?... ¡Y tú tienes la culpa, Ceto, por acelerarme tanto!...

—Castigo de Dios, Narda, por malgastar el tiempo que hace falta pa cosa mejor... Que coman centellas... Pues si estás aquí cuando venga tu padre y arrepara en ese estropicio más, piensa en la mortaja, porque lo menos menos, te abre en canal.

Narda plegó entonces su corpazo sobre el banco de la cocina, y quiso como gemir un poco, escondiendo media cara entre las manos, que no se acordó de lavar.

—¡Ahora moquiteas?—le preguntó Baldragas con disgusto, sentándose á su lado y pasándole un brazo sobre el pescuezo.

—Hombre—replicó la otra, alzando la cara llena de engrudo,—déjame echar un par de glarimucas tan siquiera: me paece que el caso bien lo pide... ¡y á ver si te estás quieto!

—Echa anque sea una azumbre de ellas, Narda; pero mejor juera que las echaras andando... ¡Mira que el tiempo va que vuela!... ¡mira que puede venir tu padre!...

—¡No me le mientes, Ceto, que con sólo alcordarme de cómo se pondrá!...

—Ya se ha hablao de eso: se pondrá ajumando y tocará las vigas con las uñas; pero dormirá á la noche la corajina, y acabará por hacerse á la gamella. Él necesita un hombre que le ayude: ¿qué más da que ese hombre sea yo ú que sea otro? En esto ya estábamos, Narda, y con too y con ello, bien firme dijistes que «cuanti más antes».

—Y te lo digo ahora... ¡Deja esas manos quietas!... ¡Cuidao que es mucho cuento!... Pero ponte en los casos, Ceto.

Ceto, con los hocicos engrudados, se volaba con aquellos reparos, porque el tiempo corría, corría... y Narda no acababa de arrojarse. Pasó así media hora: Ceto apremiando, ora con palabras, ora con pellizcos y manoseos, y Narda queriendo y aguantando, pero sin pasar de allí; hasta que, de pronto, alzaron los dos la cabeza en actitud de escuchar. Habían oído un chirrido lejano, lento, desconcertado y clamoroso: el cantar del carro de tío Luco. ¡Bien le conocían ellos!

—¿Qué dices ahora?—preguntó Ceto incorporándose.

Narda hizo lo propio. Miró á Ceto, á la masera, y á la lumbre sin borona, y al saco vacío, y se acordó del pajar, y de la bofetada siguiente, y de otras muchas más, y respondió resuelta:

—Que cuanti más antes.

Era, en efecto, el cantar del carro del tío Luco. Cuando éste notó que pasaba el tiempo y no asomaba por la portilla de la mies el de su compadre, comenzó á temer algo que le inquietó y le hizo echar las horconadas de hierba á escape y de cualquier modo. Por otra parte, las moscas no dejaban sosegar un instante á los bueyes, y se temía á cada momento un grave estropicio por este lado. Se abrevió, pues, la tarea cuanto se pudo; y después de bajarse la moza cargadora (que ordinariamente vuelve de la mies sobre la carga) por temor al posible percance; puesto tío Luco á la cabeza misma de los bueyes, á los cuales enderezaba piropos en dulce y cariñoso acento como si le entendieran, y yo creo que le entendían, y arrimados los demás obreros á ambos lados del carro con las rastrillas y los horcones alzados, por si había que apuntalarle en un balance demasiado brusco, comenzó la vuelta á casa atravesándose las praderas á buen andar, y cuando se llegó á la barriada, arrimándose los bueyes con ansia bravía á todos los bardales de los callejones, para rascarse el pellejo y espantarse las moscas que los acribillaban, con lo cual se peinó la carga algo más de lo conveniente; pero tío Luco no reparaba en ello, porque cuanto más se acercaba á su casa, más recio le golpeaban en la mollera los malos pensamientos.

Al llegar á la corralada, antes de arrimar el carro á la pared debajo del boquerón del pajar, llamó á Narda á gritos; pero nadie le respondió. La puerta estaba entreabierta. Lanzóse hacia allá desatinado; entró en casa de un brinco... y la soledad en ella. Sobre la mesa de la cocina estaba la masera rebosando de agua con harina, clara, muy clara, y debajo de la mesa el saco vacío; en el llar, las brasas apagándose, pero ni señal de borona cociéndose. Olía por allí á la peste de la pipa de Ceto.

—¡Ya me la hizo esa bribona!—fué lo primero que dijo, llevándose las manos á la cabeza.

Salió al corral, contó lo ocurrido, apuntó sus recelos, y pidió por Dios á los oyentes que le ayudaran á buscar á la pícara que tal vejez le preparaba.

—¡Mucho ojo á los maizales!—decía á la gente que ya se disponía á ayudarle en las pesquisas.—Onde veáis uno que se menea, golpe á él, que ellos ú otros tales serán, porque hoy no anda viento que vos engañe. Si hay una casa abierta, preguntar allí, y á los mesmos pájaros del aire que topéis al paso.

Se dejó el carro abandonado, y se dispersó la gente por la barriada. Tío Luco volvió á entrar en casa; lo registró todo, hasta el pajar y la cuadra... Silencio y soledad en todas partes.

Del vecino de enfrente sabía él que amparaba mucho á Baldragas. Vió una ventana abierta en su casa, y se resolvió á ir allá; pero dió primero unas vueltas por el huerto y alrededor del maizal colindante. Nada... Corrió entonces á la casa del vecino. La puerta cerrada. Saltó el portillo del huerto trasero, se encaró con la ventana abierta, escuchó un instante, y oyó hablar adentro. Llamó, y callaron las voces. Volvió á llamar... y á llamar... y á llamar, hasta que apareció en la ventana... ¡la aborrecida jeta de Baldragas!

—¿Ónde la tienes, bribón?—preguntóle, ronco de coraje, tío Luco.

—Onde usté no puede cogerla,—respondió muy fresco el preguntado, poniéndose de codos á la ventana.

—¡He de verte en presidio, tunante!... Y por lo que toca á ella, yo la alcontraré, por escondía que se halle...

—La ampara la Josticia, y no la verá usté el pelo hasta que el señor cura nos ponga bien á cubierto con agua bendita.

—¡Mal rayo vos parta, hijos de una...! ¡Ladrón!... ¡desalmá!

En esto se oyeron golpes y trastazos y como estruendo de cantos en revoltijo hacia el corral de Sarmientos. Miró Ceto desde la ventana, y gritó á tío Luco:

—¡Que mosquean las bestias!

Sin oir más, Sarmientos voló hacia su casa, con la cabeza al aire, la aguijada en la mano y la boca abierta. ¡El tábano la había hecho al fin! Los bueyes le habían sentido encima, y locos de furor tomaron la huida por derecho, atropellaron la paredilla seca del corral, rompióse allí el eje, volcó la balumba; y cada vez más locas las bestias, continuaban arrastrando la pértiga por la calleja, revolviendo los cantos del suelo y dejando, por señal de su carrera furiosa, montones empolvados de la carga...

Tío Luco, esparrancado en mitad de la calleja, con los pelos de punta y los brazos en alto, volviendo los ojos tan pronto á la casa del vecino como á los bueyes que se iban perdiendo de vista, clamaba con voz de espanto y desconsuelo:

—¡Ésta es la mi suerte! ¡Di ahora que no, compadre!... ¡No hay que darle güeltas!... ¡Lo esperaba yo, porque tenía que venir, y siempre jué lo mesmo! ¡La peste de mi casa!... ¡La ruina de mi hacienda! ¡La deshonra de mi sangre!... ¡El AGOSTO!... ¡El AGOSTO!...

NOTAS:

[2] Capítulo impuesto de un libro, muy lujoso por cierto, editado en Barcelona en 1889 por los Sres. Henrich y Compañía, con el título de Los meses.

EL ÓBOLO DE UN POBRE

EL ÓBOLO DE UN POBRE[3]

LEVABA en el bolsillo del chaquetón el oficio que acababa de recibir de la primera autoridad de la provincia. Se le encarecía mucho en él la necesidad de aprovechar el tiempo; se le hablaba de su «bien probado celo», de su «acreditada actividad», y de su «nunca desmentida abnegación en beneficio de los menesterosos». No estaba él muy seguro de haber dado motivo á la susodicha autoridad para afirmar tan en redondo todas estas cosas, aunque sí de ser tan hombre de bien y sano de entraña como el primero que se le pusiera delante, y de haber merecido de la bondad de Su Señoría, en los dos años no cabales que llevaba rigiendo la administración municipal de su pueblo, el favor de dos comisionados de apremio, con treinta reales de dietas, por deudas insignificantes del Ayuntamiento; pero cuando Su Señoría lo afirmaba de un modo tan terminante... Además, Su Señoría daba también por sentado que el alcalde estaría bien al corriente ya del «horrendo cataclismo» que había «casi borrado de la faz de la tierra española» dos «de las más ricas, bellas y celebradas provincias andaluzas»; y el alcalde no sabía jota de ello, ni aprenderlo podía en el vago, ampuloso y, para él, enrevesado contexto del oficio; ni creía que le sentaba bien á una persona erigida en autoridad, declararse oficialmente ignorante de sucesos que debían ser harto sabidos en el mundo; y como los últimos Boletines recibidos en el Ayuntamiento estaban intonsos aún en poder del secretario, acudió al señor cura en demanda de pormenores que le pusieran en autos; pero el señor cura, que en aquel instante iba muy de prisa á confesar á un feligrés moribundo, solamente pudo darle ligerísimas nociones, así de las causas, como de los efectos del cataclismo mencionado por el señor gobernador. Tampoco el médico, á quien el alcalde acudió en seguida de apartarse del párroco, fué muy pródigo en informes, porque iba, á todo el andar de su peludo tordillo, á visitar á un enfermo muy grave. Fortuna que el alcalde no se mamaba el dedo; y por ser así, creyó haber atrapado al aire el argumento de la cosa, y hasta consiguió encerrar en el saquillo de su memoria un buen acopio de «fuegos centrales», «fenómenos geológicos», «desprendimientos subterráneos», «gases comprimidos» y otros terminachos que le parecieron de perlas, y más de lo suficiente para dar en el acto cumplido desempeño al encargo que se servía encomendar Su Señoría á «su bien probado celo, acreditada actividad», etc., etc...

Porque «lo resultante, en finiquito», era, para él, que había muchos menesterosos de pan y de abrigo, «motivao al cateclismo», y que, por caridad de Dios, había que pedir de puerta en puerta una limosna para ellos. Recogiérase la limosna, que de cuenta de quien sabía más que él corría el hacerla llegar hasta los desgraciados.

Y tomó el palo en una mano; metió con la otra el oficio en la faltriquera y lanzóse, con el más sano de los propósitos, á recorrer el mísero, corto y escondido lugar de la montaña, casa por casa.

Así llegó á la de un su muy especial amigo, y además compadre.

—Ya sabrás á lo que vengo,—díjole en el soportal, donde le halló amañando un armón de la pértiga de su carro.

—Verdaderamente que no lo barrunto,—respondió el otro.

—Pues es motivao al cateclismo.

—¿Cate... qué?

—Cate... nada, hombre: que hay mucho probe enfermo y menesteroso que socorrer.

—¿En ónde?

—En la haz de lo más majo de Andalucía.

—¿Peste, quizaes?

—Mucho peor: cateclismo.

—¡Cateclismo!... Ya lo dijistes; pero ¿qué es ello?

—Juego central, á lo que paece; terremoto al resultante.

—¿Terremoto dices?

—Como lo oyes. Mete miedo aquello. ¡Zas, zas! Abajo una casa. ¡Zas, zas!... Al suelo media docena de ellas. ¡Golpe acá!... La iglesia á tierra. ¡Golpe allá!... La casa de Ayuntamiento.

—¿Y las gentes, hombre?

—Las gentes, según la suerte respetive. Unas, soterrás en vida; otras, muriéndose de hambre, con lo puesto, á campo raso.

—¿Y eso es terrimoto?

—Temblío de la mesma tierra.

—¿Temblío dices? Cuéstame creerlo.

—Á la vista está el resultante.

—No le niego; pero tomara yo el caso por juriacán de arriba: vientos mayores...

—Cateclismo neto; no te canses: costa en papeles; terrimoto puro.

—Si costará; pero si no fué bien reparao de las gentes... Porque no se me diga á mí que este suelo que yo piso, que esta peña viva que asoma aquí mesmo por la arcilla del portal, que ese monte de ahí enfrente...

—Pura chanfaina todo ello, hijo; pura chanfaina, por lo visto, en cuanto se menea el filómeno jológico.

—¿El qué?

—El despeñamiento soterráneo.

—¿Cuál es eso?

—El juego central.

—Ponlo más claro, si te paece.

—Pues el cateclismo.

—Me dejas como estaba. ¿Ónde se menean esas cosas?

—Por abajo, ¡muy abajo! Allá adentro, ¡muy adentro! ¡Boum! por acá. ¡Boum! por allá... hasta que, motivao al retingle, todo lo de arriba se viene á tierra.

—Mucho sabes, á lo que veo, y bien claro lo explicas; pero con todo y con ello, dígote yo tamién ahora que chanfaina pura.

—Como te paezca mejor; pero á lo que vengo, vengo.

—Tú dirás.

—Pues digo que vengo á pedir, por caridá de Dios y mandato que costa en este oficio de la autoridá competente, una limosna pa los enfelices que andan por aquellas tierras sin pan y sin abrigo, á la misma santimperie.

—Ésa es otra conversación, y me paece muy en su lugar. Hoy por ti, mañana por mí.

—Justo. ¿Y cuánto apurres?

—Según lo que tú pidas.

—Lo más que puedas darme.

—¿Qué te dieron los otros?

—En el puño cerrao me cabe todo ello junto. ¡Si valiera el buen deseo!...

—Eso digo yo.

—¿Das media peseta?

—¡Echa dinerales! ¿Piensas que tengo mina?

—¿Puedes con un real?

—Ni tampoco con medio.

—Un perro grande...

—¡No seas cubicioso, hombre!...

—Pues un perro chico.

—¡Si no lo hay en casa!... bien lo sabes tú. Mes y medio hace que no conozco al rey por la moneda. Las últimas que tuve se las llevó el cobrador por el último tercio... porque pa eso las guardaba... De lo colgao comemos, y gracias que hay un poco de ello. ¿Quieres una parte? De corazón la ofrezco.

—Lo sé por demás. Pero sonante se quiere, y sonante ha de ser, aunque sea poco.

—Pues de eso no tengo á la presente... ni barrunto que lo halles en todo el lugar: cuando venda la novilla, para pagar con las ganancias, si las da, las rentas al amo de ella y de las pocas tierras que labro, del sobrante te daré lo que pueda, aunque yo lo coma de menos ese día.

—¿Y no das más por la presente?

—En sonante no más que eso, y una buena voluntá para el día de mañana.

—Pues ésa te apunto, por lo que sea.

Y yo se la garantizo, porque le conozco mucho; y además, ofrezco por él, para las páginas de Charitas, estos renglones que taso, si no le parecen caros á mi amigo Matheu, en un perro chico, moneda con que ya se conformaba el alcalde.

NOTAS:

[3] Estas cuartillas estaban destinadas á un periódico extraordinario de gran lujo artístico que, con el título de Charitas, había de publicarse en Barcelona bajo la dirección del eminente poeta catalán Francisco Matheu, á beneficio de los damnificados por los últimos y memorables terremotos de Granada, y que al fin no se publicó por insuperables dificultades nacidas de la magnitud misma del proyecto.

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