| [ÍNDICE] [APÉNDICES] |
LOS CONQUISTADORES
Es propiedad.
Copyright by Rafael Caro Raggio 1918.
Derechos reservados para todos los países.
Imprenta y litografía de Rafael Caro Raggio.
JOSE MARIA SALAVERRIA
LOS
CONQUISTADORES
EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA
Rafael Caro Raggio: Editor
VENTURA RODRÍGUEZ, 18
1918
CAPÍTULO PRIMERO
VISIÓN DE EXTREMADURA
HAY en España un territorio desviado de la ruta de los turistas, en cierto modo desconocido e impenetrable. Sólo se ven allí terrenos de cultivo, sierras de pastoreo y algunas minas de poco renombre.
Es la comarca que une a Extremadura con Andalucía, país tan bello como sugerente, que ahora estimo recorrer con el alma abierta a las grandes recordaciones históricas. Por aquí pasaban, en efecto, los soldados y capitanes de Extremadura buscando el glorioso valle del Guadalquivir y los muelles de Sevilla, donde las galeras de empinada popa reclutaban a todos los hombres de buena voluntad que soñasen con el oro y la gloria de las Indias.
Por estos montes de encinas y olivos, gratos a la vid, transitaban los conquistadores a lomo de sus ágiles caballos, portando su espada y su rodela, y allá dentro del pecho un animoso corazón.
Los llanos y las dehesas de Extremadura llenáronse un día de fastuosas revelaciones; hasta el país escondido y mediterráneo había llegado la buena nueva, y en la Tierra de Barros, en la Serena, en Cáceres, en Trujillo, los hidalgos de templada musculatura y lanza en astillero comentaban bajo los portales: «Allá abajo, hacia Sevilla, hay banderas donde engancharse para las empresas del Nuevo Mundo... ¡Todo lleno de oro y plata y perlas preciosas!»
Mientras el tren me lleva a Extremadura, es imposible librar a la mente de la obsesión de América; los objetos modernos tratan de llamarme y no lo consiguen. La Historia se sube, en ocasiones, a la cabeza con la misma aptitud delirante que un vino rancio. Veo los pueblos y los hombres cuotidianos; las máquinas a vapor y los artefactos científicos de un coto minero; los periódicos y los trajes me hablan con obstinación de los afanes contemporáneos, y yo insisto, a pesar de todo, en transportarme a la época de los conquistadores.
Asisto con curiosidad a las variaciones del paisaje, y principalmente deseo sorprender la aparición de Extremadura. El tren parece corresponder a mi impaciencia y corre por una comarca fronteriza y solitaria, alta y desierta. Es la región de la divisoria hidrográfica, límite de las cuencas del Guadalquivir y del Guadiana medio. De pronto, pasado un túnel, el paisaje ha cambiado.
No cambia, sin embargo, tan radicalmente como por la parte de Despeñaperros; allí se salta de la meseta centro-española, fría y elevada, a las felices tierras andaluzas, donde el naranjo florece y se yergue la cimbradora palmera; mientras que entre Andalucía y Extremadura no existe violencia ni el tránsito puede decirse que sea fundamental. La gente sigue pronunciando el castellano con el mismo dejo gracioso y ceceante de los andaluces, y las palmas datileras, asomándose por los bardales de los huertos, muestran bien pronto que estamos en un país fértil y caliente, donde el régimen estepario de la Mancha se ha sustituido por el clima atlántico-meridional.
Al paso de las estaciones del ferrocarril yo me apresuro a observar las gentes, el lenguaje, los gestos y el orden de los cultivos. ¿Cómo son los descendientes de aquellos hombres extraordinarios en quienes la voluntad, el valor y el don de iniciativa alcanzaron un límite que pocas veces ha sobrepasado la naturaleza humana?
Veo un territorio montañés y risueño, bien poblado y cultivado en forma de bancales, lleno de alquerías blancas, que adornan con su candidez la reciente verdura de la primavera. Pronto se allana el país y se hace más fecundo y rico. Entramos en la Tierra de Barros, célebre por su fertilidad. Grandes y opulentos pueblos surgen en la llanura, cuyas gruesas tierras de labor florecen con los cultivos más caros: frondosos olivares, campos de mies, prósperos viñedos. Con frecuencia se divisan, desde el tren, amplias y hermosas casas de labor, de denso aspecto señorial.
Miro las personas entre tanto, y celosamente examino sus rasgos, su talante, sus gestos. Es el extremeño un hombre de varonil y hermosa presencia, robusto y bien proporcionado. Desde luego se advierte en él un cierto aire reservado, escaso de gesticulaciones. No puede llamarse adustez a ese aire como reconcentrado; tampoco le conviene el nombre de tímido, ni el de triste o fosco. Es una gravedad tan digna y viril, como exenta de empaque provocativo. Unase el castellano con el andaluz occidental, agréguese un poco de portugués, y se tendrá el extremeño.
Es notable la salud y belleza de la raza. Los chiquillos que corren descalzos, las niñas de pintarrajeados pañolones, muestran un rostro lindo y carnoso, unos ojos grandes y honestos, unas mejillas morenas con vivas rosas de salud. Hay un tipo de hombre cenceño, de ojos obscuros y talante firme, y no abundan menos los rostros claros, rubios, especialmente en las muchachas. Las mujeres seducen por su aire honesto, pudoroso; más simpáticas aun porque carecen de melindres y estudiadas gazmoñerías.
He aquí el país raro de grasas llanuras y boscosas sierras; país de vastas soledades, encinares espesos y solitarios rebaños; tierra de encalmados horizontes, donde los mansos ríos buscan el camino del mar... Como los ríos, también los hombres persiguieron el ensueño de la remota e inaudita navegación. Un sueño de mar infinito, una quimera de las frondosas playas indianas exaltó esa tierra que no conoce el mar, pero que lo presentía con el amor infuso de un navegante predestinado. Tierra densa y grave, enigmática por su especie de mudez, que dió ejemplares de voluntad férrea como Pizarro, y al mismo producía el alma mística del divino Morales, y aquella otra alma ascética de Zurbarán...
Llegando a Mérida he concluido de empaparme en unción histórica, y lentamente he vagado por las ruinas romanas, por el teatro de rotas columnas y bajo las arcadas del ingente acueducto. Es una serena tarde de abril, y desde el borde del larguísimo puente milenario contemplo los recios trozos de las antiguas murallas, que caen rectas sobre el río y dan una veraz sensación de esa grandeza impasible, cesárea, de todo lo romano. El Guadiana, ensanchado en esta parte de su curso, pasa lento y grandioso, como poniéndose a tono con la aspiración de majestad que expresan las murallas y el puente cesáreos.
Y en el silencio de la tarde, apenas malogrado por el tintineo de un rebaño que vuelve al redil, sube de la tierra y fluye en el ambiente todo una profundidad recordatoria. Los siglos parecen fundirse y decantarse en la última llama del sol poniente, y el aire sin duda está lleno de memorias ilustres, de polvo de siglos, de ideales huellas de almas.
*
* *
Mientras la pluma traza estas líneas, los torreones y campanarios de Trujillo esparcen su severa sombra por la plaza incomparable. Veo a través de los cristales erguirse un caserón arruinado; y en tanto escapa la imaginación hacia los países vitales y frondosos del Nuevo Mundo... ¡Qué remotos y antagónicos los dos cuadros! Aquí las sombras y las ruinas de las torres abolengas de Trujillo; allá lejos se desgrana el collar de las mil ciudades opulentas y las veinte naciones dinámicas.
Sin embargo, la duda es ociosa; aquéllo ha nacido de ésto. Y la obra infinitamente transcendental la consumaron unos obscuros hidalgos de espada y de iniciativa que nacieron a la sombra de estas torres de Extremadura, ahora calladas y vacías.
Es así, teniendo siempre fija la idea de América, como adquieren supremo valor los campos extremeños. El ánimo se impresiona a cada punto al sorprender la memoria de los conquistadores, viva siempre en todo este país desviado, labradiego y pastoril. Y en esta nostálgica evocación de epopeyas, el pueblo extremeño confunde a los héroes más dispares, hacinándolos, después de todo, con una cierta lógica. Cortés y Pizarro se mezclan con García de Paredes, el de las hazañas hercúleas en Italia, como si hubieran combatido juntos, y pasando a caballo por la sierra de Santa Cruz, nos cuenta el guía que en algún escondrijo de aquellos cerros está oculto e incólume el sepulcro de Viriato.
Suena a hierro Extremadura. De sus encinares brotó la flor estimada que tiene el nombre de voluntad. ¡Oh gloriosa América, eres el fruto de una voluntad inquebrantable, infinita, y nada, si no fuese ella, te hubiese desprendido de la noche de tu sueño aborigen! Las manos que te alzaron a la luz desde el fondo de las selvas y las cordilleras, eran manos decisivas e incansables, que no conocían la renunciación. Sólo una casta de gigantes pudo cumplir la enorme tarea. Casta de Balboa, de Cortés, de Pizarro, para quienes las empresas más absurdas se domesticaban, se humillaban, por lo mismo que los propios dioses se amedrentan frente a la inexorable decisión genial del héroe.
La ancha plaza de Trujillo aparece a mis ojos toda llena de muchachos endomingados, que celebran la Fiesta de la Pascua Florida llevando un cordero votivo. Bulle y ríe la gente en la bucólica romería. Los corderillos, adornados con cintas y cascabeles, ponen su nota cándida en el regocijo muchachil. Y arriba, en un estupendo anfiteatro, la ciudad vieja se encarama por las vertientes de la pequeña loma, ofreciendo la muda solemnidad de sus casonas y torres almenadas.
Desde lo alto de la acrópolis, entre marcial y mística, me he detenido a ver las ruínas venerables y la solitaria inmensidad de los campos labrados. Los alcotanes giran, en largo vuelo, sobre las rotas murallas del castillo. Unas cigüeñas, lentas y suntuarias, agregan majestad al melancólico panorama.
Los blasones nobiliarios viven entre las ruínas, y vive siempre, como en una grave penumbra, la sombra del Conquistador. En lo más alto, una pobre mujer señala un muro: «Ahí nació Francisco Pizarro.» Me aproximo a ver la gacha y ruda ojiva del portal. Sólo un lienzo de la casa queda en pie; todo ha caído menos el tosco y simple escudo de la estirpe: un árbol con dos cerdos rampantes...
CAPÍTULO II
EL SELLO ANDALUZ
CUANDO se ha visitado Andalucía y Extremadura, después de haber recorrido algunas partes de América, acude a la mente la idea clara del prodigio, y hallamos que el milagro adquiere explicación y realidad. Esto ocurre principalmente porque entre las comarcas que produjeron a los conquistadores y los pueblos americanos, existe ahora mismo una admirable identificación. Un siglo entero de independencia más o menos irritada no ha podido desintegrar o desunir lo que desde el principio enlazó el esfuerzo poderoso de unas personalidades densas. El sello andaluz pervive en América y Sevilla, esa graciosa perla del Guadalquivir, es el origen cívico de lo americano.
Hay en algunas ciudades una simpatía irresistible, que nos obliga a hablar de ellas en tono exaltado; el mismo nombre de Sevilla es por sí solo una voz melodiosa, fuente de ilustres sugericiones. Digamos también que las gracias y los buenos hados suelen visitar de tarde en tarde a los pueblos, y así no hay duda que en la creación de Andalucía ha presidido un genio benévolo; los andaluces tienen razón cuando llaman a su risueño país la tierra de María Santísima.
Sería poco, sin embargo, si Andalucía poseyera únicamente el prestigio de su cielo, de su fino aire y de su amabilidad. Tiene, además, la fuerza, el contenido genial y la aptitud para todo género de grandeza. Asombra de veras esa región positivamente prócer, que en ningún momento de la Historia ha dejado de ser visitada por el soplo divino de la inteligencia. Consideremos que es Andalucía el país a que se refieren las prehistóricas noticias de los iberos, que tenían leyes, versos y escritura mucho antes de que abordaran a las playas españolas los vajeles fenicios y griegos. Y en los grandes museos de Europa, en las vitrinas que corresponden al período de la piedra tallada, siempre hay, junto a las reliquias de Creta, Sicilia o el Peloponeso, unas piedras finamente labradas por manos andaluzas.
Esa gente hábil y despierta, que conoce la cultura tan de antiguo como las razas más príncipes, no ha cesado de mantener contacto con la civilización, y hoy mismo, a través de todas las invasiones que el genio andaluz absorviera y mejorara, se nos muestra Andalucía como un núcleo vivo, palpitante y armónico que acaso está pronto para un nuevo renacimiento.
La idea que se tiene de lo meridional es en cierto sentido desdeñoso, especialmente ahora que los pueblos septentrionales imponen la ley en arte, ciencia y política. Lo meridional quiere decir un poco inferior, decadente, brillante, frívolo, de corto aliento, muelle y externo. Pero Andalucía nos asombra también en este caso, porque siendo una típica expresión de lo meridional contiene, no obstante, hondura y fuerza. ¿Esto es, probablemente, a causa de que Andalucía no participa en todo de las características mediterráneas? Andalucía parece un país orientado hacia el Atlántico mejor que al Mediterráneo, como su río esencial, el Guadalquivir, lo indica. Por otra parte, la gran cuenca del Guadalquivir es una cosa castellana más bien que levantina.
Diremos, en suma, que Andalucía es lo meridional de Castilla, como Castilla es una consecuencia del Cantábrico. Así se realiza, pues, un desplazamiento de españolismo integral que va del Cantábrico a Castilla y de la Mancha a Andalucía, resolviéndose por el Guadalquivir, que da sus aguas al Atlántico, la unión anular de los dos extremos étnicos. El meridionalismo de Andalucía, por cuanto se halla investido de gracia y de fuerza, deberemos situarlo en la calidad del de los pueblos, como Atenas y Florencia, que pudieron cultivar conjuntamente el arte y la energía.
La virtud andaluza estriba en esa facultad de la multiplicación de las aptitudes. He ahí el pueblo que sabe ser fino y muelle, duro y resistente. El retrato que el viejo historiador hace del Marqués de los Vélez, hombre terriblemente valeroso y hercúleo, está muy lejos de la imagen que el vulgo compone a propósito de la gente andaluza.
En un sitio de Sevilla, en aquello que llamaríamos la acrópolis sevillana, los siglos han realizado una insuperable síntesis arquitectónica. El Alcázar muestra su encanto árabe y la delicia de sus íntimos jardines; cerca de él alza su mole gótica la Catedral; la Giralda, acierto de grandiosidad y finura, echa al espacio su encajería de ladrillo; un trozo de Ayuntamiento, también cercano, ofrece su filigrana plateresca; la Lonja, entre el Alcázar y la Catedral, reproduce la serenidad del Renacimiento; y para que nada falte, allí está la portada churrigueresca del palacio arzobispal.
Todo lo contiene Andalucía, y es por esto la verdadera síntesis o expresión de España. Las otras porciones de la nación no expresan ni contienen todos los lados españoles; el Cantábrico, Galicia, Aragón, Cataluña y Levante, la misma Castilla, son fragmentos españoles. Sólo en Andalucía se cumple la totalidad. Por eso aciertan algunos extranjeros cuando imaginan una España del corte y el tono de Andalucía. Por eso muchos extranjeros se defraudan cuando el tren les lleva por las interminables vías castellanas.
Lo verdaderamente español, plenamente español, es Andalucía. En algún momento histórico ha girado la vida española en el seno andaluz, y entonces encontraba España su centro de gravedad.
No debe olvidarse que los principales hechos españoles han sido apadrinados por Andalucía. La Reconquista tuvo allí sus naturales campos de batalla, sus decisivas acciones; en Andalucía adquirió, además, el arabismo un concepto de civilización que no adquiriera en el resto de España, a pesar del oasis de Toledo. Frente a Granada se cerró el broche de la unidad española. ¿Y no fué en Andalucía donde el mismo idioma castellano se pulió, se afinó, se hizo abundante y flexible? Las huestes de Gonzalo de Córdoba, que ilustraron el nombre militar de España en Italia, iban formadas por caballeros y nobles andaluces. La iniciación, el arreglo, la forma, la obra entera de América, partieron de Andalucía.
Aptos para los trabajos de la inteligencia, los andaluces nos abruman con la cifra de sus poetas, humanistas, escritores de todo género, oradores y artistas. Tienen el desenfado y la violencia de Hurtado de Mendoza, la grandiosidad verbal de Herrera, la fuga mística de Granada, la gracia abundante de Góngora. Sus escultores llegan al punto máximo de la religiosidad. Sus pintores son varios, múltiples, y entre todos completan los distintos caracteres de la personalidad española. Murillo es dulce y perfecto; Velázquez asume la realidad y la elegancia; Valdés Leal se reserva la violencia dramática y el barroquismo lacerante de la expresión. El propio Zurbarán, casi del todo andaluz, acude a completar, con su pasmoso y magistral misticismo, la empresa de conjunción española que se cumple en Andalucía.
Pero Andalucía ha creado sobre todo a América. Cuando oímos decir que en América perviven las formas y el espíritu de España, debemos entender que esas formas y ese espíritu son andaluces. De manera que América recibió el ser de España a través de Andalucía, en cuanto Andalucía representa el concepto español más puro, auténtico, y, por consiguiente, total.
Fué una suerte para América que se hubiera encargado Andalucía de infundirle el ser y la civilización; Andalucía era por sí misma un mundo, una nación, un núcleo civilizado en absoluto. Las otras porciones de España no podían arrostrar el trabajo de fecundar un continente. El territorio cantábrico era de sentido rural; Cataluña fallaba por el idioma y en aquella época carecía de virtud expansiva; Castilla estaba lejos del mar y era ella misma incompleta, insuficiente.
Mientras que Andalucía lo poseía todo, y en aquel momento hasta tuvo el instinto de su misión y la ráfaga emocional del entusiasmo. En Andalucía estaba madura la civilización, y el Renacimiento sopló bien pronto en sus palacios y ciudades. Henchida de savia propia y original, Andalucía traspasó a América su contenido cívico y religioso, sus costumbres y su carácter. Toda esa bella zona que comprende desde el valle del Guadalquivir hasta el mar, con la zona adyacente y correlativa de Extremadura, ha sido el país que pobló primeramente América, y que la selló para siempre con su cuño. Las modalidades de esa zona guadalquivireña y extremeña, están ahora mismo palpables en todo lo ancho del nuevo continente. El rumbo y el empaque, el aire de señorío, la repugnancia por la tacañería, el don dadivoso, la hospitalidad caballeresca, el sentido hidalgo y señorial de la vida... todo eso, tan hispano-americano, es de directa progenie andaluza. Esas cualidades pueden hallarse dispersas en otras comarcas españolas; pero todas juntas, en un haz, sólo es posible encontrarlas en Andalucía.
La fuerza expansiva y el pronunciado carácter andaluz son tales, contra lo que supone la frivolidad del vulgo, que Andalucía, en efecto, no consintió, no dió lugar, hizo imposible que otra cualquiera influencia interviniese en el resellamiento de la sociedad americana. América, en rigor, no puede llamarse castellana, ni siquiera española; es propiamente andaluza. Si cabe llamarla castellana y española, será tan solo por cuanto Andalucía representa en una medida excelsa y perfeccionada la idea de Castilla, y, consiguientemente, el concepto de España.
¡Qué madura y qué llena, cuán brillante y animosa aquella Sevilla del 1500; bella por su luz y sus flores; prestigiosa por sus palacios y monumentos; ilustre por sus señores y sus artistas!... Y rica, además, en realidades de oro y en quimeras de remotas aventuras.
Era entonces el núcleo más atrayente de la Península, cuando Toledo declinaba y Madrid no había logrado aún absorber la vida nacional. A las márgenes del Guadalquivir acudían, como a un cauce lógico, todos los que exigían algo de la gloria y de la fortuna, y en algunos autores, como Cervantes, la idea vuela continuamente al escenario de Sevilla, el más digno, por tanto, de cualquier ficción literaria y el único sitio que verdaderamente merecía la pena de ser vivido y narrado.
Poco esfuerzo necesita hacer nuestra imaginación para concebir la complicación de aquella ciudad en aquel tiempo, cuando los naturales motivos de esplendor que posee la comarca se aumentaban con el inaudito trajín de los muelles, punto exclusivo de arranque para las flotas de Indias. Todo espíritu ambicioso tenía que afluir a Sevilla, sede de la pompa religiosa y tablado eximio de las letras; acudían los mercaderes y los armadores, los cartógrafos y los pilotos, los caballeros de mesnada, los simples soldados, los propios pícaros. Junto con ellos se congregaban los ambiciosos de otras naciones: franceses y flamencos y alemanes, y los insuperables maestros de rapacidad, los genoveses. En aquella muchedumbre cosmopolita y heterogénea existían los útiles necesarios para toda expedición. Era una abastecida síntesis del mundo. Así es explicable cómo en las flotas que partían para América marchaban tan completas las cosas y los hombres, de modo que arribando a las Indias era como si una ciudad de Europa se desbordase allí para florecer rápidamente.
Un rumor de fantasía palpitaba en los muelles sevillanos, y las mentiras de los que tornaban, uniéndose a las presunciones de los candidatos de Ultramar, daba cariz supersticioso a los navíos de dorados puentes que flameaban en el cielo andaluz sus banderolas. ¡Qué mágica visión de las nuevas tierras! ¡Qué gran puerta se abría al ensueño en aquellas márgenes del río opulento!... Las señas estaban allí bien evidentes; no valía pensar en subterfugios ni en engañifas. Allí reposaban los fardos de cacao y de pimienta, de azúcar, de café y de cuantos frutos preciados originaba el Nuevo Mundo. Allí bullían también los esclavos inauditos. Del vientre de las naves salían aquellas arcas evidentes, palpables, todas llenas de pasta de oro. ¿Y no era igualmente cierta la llegada de los señores, cubiertos de preseas y servidos por numerosos criados, que antes partieran pobres y con el matalotaje tomado a préstamo?
En aquel jubileo de las Indias pronto los mitos clavaron su espina impaciente en las imaginaciones. La leyenda de Jauja, la versión de Potosí, el sueño del Cerro de la Plata, el país de la Florida y sobre todo, por encima de todas las quimeras, el mito de Eldorado...
Todo era indispensable, sin embargo. El énfasis de la fantasía ha podido siempre obligar al hombre a osar lo inaudito, y sin la ayuda de la quimera hubiera sido imposible que aquellos hombres arrostraran tales trabajos, y pudieran, en fin, entre martirios y fracasos, alzar, para la vida civilizada, la realidad de un continente.
CAPÍTULO III
PLUS ULTRA
ROZAMOS las monedas con los dedos y apenas si nunca nos fijamos en el blasón de su anverso; pasamos nuestras miradas distraídas sobre el escudo nacional que campea en los edificios públicos, y no nos detenemos a reflexionar acerca de su sentido emblemático. El eterno desgaste cotidiano roba religiosidad a las cosas y los símbolos más sublimes.
Las dos columnas que encuadran el escudo español, ¡he ahí el símbolo verdaderamente sublime, por el cual nunca morirá el recuerdo de España en el mundo! Las dos columnas quieren significar la superstición y la limitación del mundo entero. «No hay más allá», decía el miedo y la ignorancia de los hombres. De pronto hubo alguien que osó la investigación de lo desconocido, y las columnas fueron sobrepasadas, y el orgullo de los audaces pudo escribir ese mote altanero que abre a la Humanidad una nueva era. «Plus ultra.»
Siempre será imposible arrancar al hombre la facultad de adoración, y el ser más soberbio y rebelde siente alguna vez el prurito de prosternarse ante cualquiera representación de lo sobrenatural o de lo infinito. El hombre no puede prescindir de los símbolos, porque ellos son los lazos materiales que nos unen al ideal. El «Plus ultra» nos descorre milagrosamente un escenario mental, y mudos de asombro vemos levantarse esa creación fantástica, resplandeciente, que se llama América.
Detrás del mote escueto, y por fortuna sonoro, contemplamos una suerte de milagros y de grandezas cuya visión nos aturde. La misma forma geográfica del continente ayuda al goce admirativo. Parece, en efecto, un país providencial, único, separado de los otros continentes, surgiendo como un jardín del seno de los océanos; parece el Paraíso de las narraciones primitivas, el cual, si fué sustraído al hombre por sus pecados, estaba, en cambio, reservado a las edades posteriores como un premio por los afanes y sacrificios humanos. América es el don de los dioses, que perdonan finalmente al hombre. Es el Paraíso arrebatado y luego restituído.
Pues bien, los dioses habían escogido a su pueblo amado para que consumase la obra milagrosa de la restitución del Paraíso. Verdaderamente, sólo España podía consumar el milagro de América.
El mundo estaba incompleto, el mundo era una cosa imprecisa e indelimitada que se cernía en el caos geográfico. Entonces se levantó España, y con un ademán que llamaríamos sencillo, por estar exento de teatralidad y de dolor, ensanchó en toda su extensión el mundo, recorrió los mares en todo su misterio, alumbró los continentes y dió, en fin, realidad a la redondez de la tierra.
Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes. Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo diferencial que España debe reclamar sobre todo.
Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas; cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales, entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización de América.
¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a América.
No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política; se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra trascendental.
A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo, desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura, sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?
Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede llamarse madre. La América española no es un país extraño que al libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.
CAPÍTULO IV
LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA
DESDE muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América. Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.
El mundo se sobresaltó y quedó estupefacto cuando empezaron a correr las primeras noticias de las Indias, que eran llevadas, naturalmente, agrandadas y envueltas en hipérbole, por los pilotos, mercaderes, aventureros y embajadores. Aquellas noticias hablaban de tierras y pueblos, que venían a reproducir y confirmar las relaciones semiolvidadas de Marco-Polo. Un mundo distinto, fresco de originalidad, radiante de juventud y de riquezas, asomaba por el lado de Occidente, ni más ni menos que como un regalo milagroso. Y este regalo venía a caer en la corona de España, ya desde antes favorecida tan grandemente por la Providencia. Pero cuando Cortés entró en Méjico y sujetó aquel imperio al dominio de Carlos V, y cuando un poco después mostró Pizarro la maravilla de su hazaña y el tesoro increíble del Perú, el mundo no supo cómo expresar su asombro. Lo cierto es que el nombre de España, entre el vulgo de Europa, iba adscrito a una idea de fuerza militar, palpable en los campos de Italia, Africa y Francia, y a una idea de oro, pero de oro manante, torrencial, inexhausto.
No debe extrañarnos que Europa procurase reaccionar, y bien pronto, en efecto, saltaron las primeras objeciones. Especialmente fué el siglo XVIII, ese siglo de casacas y de ilustración empolvada, el que mejor objetó y criticó la obra de España en América. Ese siglo racionalista y pacifista era incapaz de sentir el vuelo épico de los conquistadores. Nada, en verdad, tan antagónico como la energía brusca y española de los conquistadores y el intelectualismo sedentario del siglo XVIII.
La conquista de América fué una acción a la española. Cada nación imprime a sus actos el sello que fluye de su propia naturaleza, siempre que esa nación tenga la virtud de la originalidad. No sería prudente que aquí nos detuviéramos a esclarecer si otra nación de Europa del siglo XVI hubiera podido descubrir, dominar y civilizar rápidamente el Nuevo Mundo, como en realidad lo consiguió España. A Portugal le faltaban, indudablemente, fuerzas, densidad y otros elementos; Italia y Alemania no existían como verdaderos Estados homogéneos; Francia carecía de la aptitud colonizadora. En cuanto a Inglaterra, ¿cuántos siglos habría necesitado para completar la obra americana con su sistema de los colonos y las factorías que hubo de inaugurar en los Estados Unidos? En tiempo de Wáshinton las colonias británicas apenas si lograban alejarse algunas leguas de la costa del mar, y todo el interior era una sombra medrosa por donde corrían los indios y los bisontes.
Si América había de ingresar prontamente en el acerbo civilizado, era preciso que osase la empresa un pueblo escogido. Los dioses eligieron a España para esa empresa. Y España se lanzó a la obra, poniendo en ella su sentido heroico de la acción. Este sentido heroico de la actividad, que ha formado alguna vez y eficazmente el espíritu español, dió nacimiento a América. Así ha nacido América a la vida, y nadie puede evitar que así sea. Y España, con su empresa de América, ha cerrado, efectivamente, en la Historia el ciclo de la epopeya romántica, legendaria y milagrosa.
Las objeciones del mundo se han dirigido precisamente contra los personajes de esa epopeya. Con un espíritu cominero y sedentario, lleno de dengues y ascos, se ha querido reducir el tamaño de los conquistadores. Se les ha tomado la cuenta exacta de cada una de sus muertes y de todas las gotas de sangre que necesitaron verter. No se ha mirado al conjunto de la obra ni al total de los resultados; no se ha visto el edificio entero de América, que al cabo del mismo siglo XVI estaba ya concluído y era tan majestuoso. Sólo se han visto y contado las muertes y los abusos, como si alguna epopeya pudo nunca ser realizada por ángeles puros. Ni se ha visto, a través de la sordidez puritana y de las gafas de los racionalistas del siglo XVIII, la nube caballeresca y como mística que envuelve a los conquistadores; tan distintos, ciertamente tan incomprensibles para todas las mentes que no sientan y perciban el genio español.
Una literatura de acarreo se ha obstinado en presentar a los conquistadores como personas bajas y soeces, brutales, con la más ruda brutalidad del más ignorante soldado. Se ha repetido el estúpido lugar común de que América fué conquistada y poblada por las peores gentes de España, y yo escuché a bastantes americanos hacer la misma relación de ese vicio de origen, que les asignaba tan miserables predecesores.
Pero si repasamos las crónicas de la Conquista, constantemente hallaremos ocasión de rectificar al vulgo. Lo cierto es que en las expediciones que se dirigían a América, junto con los inevitables marineros toscos y soldados soeces, marchaba una gruesa multitud de caballeros, aristócratas, hidalgos, segundones, personas de pro, buenos capitanes y gente de toga y de iglesia. Es absolutamente erróneo que embarcase para América lo peor de España. En aquellos tiempos España tenía una verdadera plenitud de caballeros e hidalgos que eran suficientes para acudir a las empresas de Europa y a la aventura de Ultramar. Por eso era fuerte entonces España, por la multitud y densidad de su aristocracia, aquella aristocracia de pequeños caballeros y fuertes hidalgos, que se dispersaron y perdieron, por desgracia, en tantas dilatadas empresas; los cuales, al desaparecer, dejaron a España como sin hueso y sin brío, puesto que los falsos hidalgos de nueva promoción, que después acudieron, ya no tenían la virtud íntimamente aristocrática de los primitivos.
Es indudable que las expediciones se formaban con la flor de las gentes de Andalucía, de Extremadura, de Castilla y del Cantábrico. Buenos pilotos de Vizcaya, de Galicia, de las marinas de Huelva y de las riberas del Guadalquivir; cartógrafos y hasta hombres de letras; artilleros como Candía, el que siguió a Pizarro, y el Catalán, que acompañaba a Cortés; caballeros, en fin, de toda España. Cuando Hurtado de Mendoza quiere fundar a Buenos Aires, lleva, según los cronistas, una multitud de señores y brillantes capitanes, que van en una armada poderosa, todos seducidos por el prestigio del ya famoso y un poco quimérico Río de la Plata. Y en la relación que envían los fundadores de Veracruz al emperador Carlos V, dicen que «Hallándose con deseo de poblar muchos caballeros e hijos-dalgos...»
Efectivamente, las fundaciones de ciudades y la toma de posesión de las tierras descubiertas no se ejecutan rudamente y al modo que harían unos soldados facinerosos. La mayor solemnidad jurídica, el formulismo más civil y ceremonioso preside esos actos, verdaderamente memorables y conmovedores. Blasco Núñez de Balboa penetra solo y armado en la mar del Sur, que acaba de descubrir, y con el estandarte en una mano y la espada en la otra, asesta al mar las cuchilladas de ritual y proclama, en estilo caballeresco: «si hay algún hombre que quiera desdecirle sobre aquella posesión, y si le hay, que salga a defender su protesta».
Lo mismo hace Cortés, lo mismo todos los conquistadores. Y enseguida que se arma una expedición, por modesta que fuere, tienen cuidado de llevar un clérigo y un hombre de toga para que vigilen la campaña, tomen nota del oro que se rescata, reserven el quinto para el rey y pongan orden y decoro formal a todo. En la primera expedición al Yucatán, unos cien soldados, pobres de suyo y sin más propósito que rescatar oro, empeñan sus caudales y llegan a poder armar unos pequeños navíos; a pesar de su modestia en recursos, y ser una simple expedición accidental, se apresuran a contratar un sacerdote para que les diga misa, y un magistrado para los efectos formales y jurídicos.
Las mayores formalidades preceden a la fundación de las poblaciones, que inmediatamente nombran sus cabildos y justicias, y que desde el primer momento adquieren el sentido foral y ciudadano, verdaderamente democrático a la española. Véase la fundación de Veracruz; la formalidad es suprema y convincente. En efecto, convenido que han la necesidad de fundar una villa, el jefe de la expedición, que es Hernán Cortés, reune a los señores y soldados y nombra los alcaldes y regidores que se precisan. Hecho esto, al día siguiente se reunen los alcaldes y regidores y mandan llamar a Hernán Cortés en nombre de la Corona, y le piden que les muestre los poderes y ejecutorias de que dispone. Examinados estos poderes, los magistrados de la villa fallan, por tanto, que el poder legal de Hernán Cortés ha terminado en aquel instante. El poder civil recupera sus derechos y procede con plena soberanía. Entonces, puesto que la armada necesita un capitán, los alcaldes y regidores deliberan concienzudamente y deciden elegir a Cortés como jefe...
Seguramente, aquí se trata de una maniobra que cualquier político moderno, de cualquier aldea constitucional, conoce y sabe tramar. Es claro que Hernán Cortés conocía previamente la decisión del cabildo de Veracruz; pero él y sus hombres tenían un hondo sentido de la autoridad, y no osaban hacer nada sin anteponer el formulismo y la ceremonia de las leyes y de la Justicia.
Antes de entrar en batalla contra los indios, ¿no vemos a los españoles, aún a riesgo de empeorar su situación estratégica, destacar un heraldo y amonestarles seriamente para que se vengan a razones y se sometan al rey de España? Esta casi cómica protestación se repite muchas veces; es como si los españoles quisieran exculparse del crimen que ellos no desean hacer, pero que la necesidad del momento les obliga a hacer... Pero todos sus formulismos, todas sus formalidades jurídicas fueron vanas; la posteridad les ha llamado rudos aventureros, soldados foragidos, gentes sin Dios y sin Ley.
La brillante y lucida hueste que Hernán Cortés preside y lleva a la conquista de Méjico es una hermosa armada de quinientos hombres esforzados, empavesada de banderolas y trémula por el ruido y resplandor de las armas. Es una síntesis de España; es un pedazo de Europa que contiene todo lo estimable de la civilización cristiana y europea. Caballeros, capitanes, clérigos, magistrados, oficiales y artífices; nadie falta allí para completar la síntesis. Es un pequeño mundo que avanza hacia la virginidad del mundo ignorado. No falta ni siquiera la literatura; el propio Hernán Cortés describirá sus actos, como antes César, y allí va con ellos Bernal Díaz del Castillo, que habrá de escribir su famosa historia de La conquista de la nueva España. Es un mundo pequeño, es una tropa pequeñísima para osar tan enorme empresa; pero lleva consigo un aliento excepcional, con el que sabrán incluir aquellos extensos países en el seno de la civilización europea.
El propio Bernal Díaz del Castillo se entusiasma y toma un tono lírico cuando considera la obra que han realizado los españoles. El valiente capitán y rudo historiador, viejo ya en su retiro de Guatemala, echa la mirada hacia atrás, recuerda lo que fué América y lo que es en el momento, y habla con acento emocionado y con legítimo orgullo de todo cuanto le debe el mundo a los conquistadores. Enumera el horror de las idolatrías sanguinarias que los españoles han suprimido; el ferviente cristianismo en que viven las poblaciones indias; el número de monasterios e iglesias que se han erigido en todas partes. Habla de los muchos oficios en que diestramente se emplean los indios, enseñados por los españoles, y cómo los pueblos tienen sus cabildos y justicias y viven en sosiego.
«Digamos cómo todos los demás indios, naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros. Y tienen sus tiendas de los oficios, y obreros, y ganan de comer a ello... Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componer libros de canto llano... Y han plantado en sus tierras y heredades de todos los árboles y frutas que hemos traído de España... Y demás desto, miren los curiosos lectores qué de ciudades, villas y lugares están poblados en estas partes de españoles... Y tengan atención a los obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias reales... Y miren qué hay de hospitales... Y también tengan cuenta cómo en Méjico hay Colegio Universal (Universidad), donde estudian y deprenden la gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y estudios, e hay moldes y maestros de imprimir libros...»
Esto se escribía en 1568, cuarenta años después de la conquista de Méjico. Aproximadamente por aquel tiempo, otro historiador-soldado, tan sabio como discreto, Pedro de Cieza de León, exclama en su Crónica del Perú:
«Y no me paresce que debo pasar de aquí sin decir alguna parte de los males y trabajos que estos españoles y todos los demás padecieron en el descubrimiento destas Indias, porque yo tengo por muy cierto que ninguna nación ni gente que en el mundo haya sido, tantos ha pasado. Cosa es muy digna de notar que en menos de sesenta años se haya descubierto una navegación tan larga y una tierra tan grande y llena de tantas gentes; descubriéndola por montañas muy ásperas y fragosas y por desiertos sin camino, y haberlas conquistado y ganado, y en ellas poblado de nuevo más de doscientas ciudades...»
CAPÍTULO V
EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA
LA obra del Nuevo Mundo es hija del heroísmo. Tiene un hondo sabor de aventura, y jamás el tiempo ha de borrar esa huella aventurera y heroica de los orígenes. Y es, además, acaso la última gran empresa heroica y aventurera que la historia ha producido.
Las obras que nacen del heroísmo mantienen eternamente un sello excepcional que las hace más eficaces y bellas. Esta verdad la han conocido todos los pueblos, y es efectiva la voluntad de poseer orígenes heroicos que manifiestan las civilizaciones todas. De la cabeza de Minerva armada quiere Atenas nacer, y la misma Roma, nido de algo como bandoleros al principio, se hace inventar la leyenda de aquellos guerreros de Troya, origen de la estirpe romana.
La superstición guerrera, común a todas las razas, podría parecer un prejuicio que hubiera impuesto a las gentes la casta militar, dominante y temible antiguamente. Pero una casta militar no pudo sostener en toda hora su pensamiento imperativo ni sobornar constantemente a los filósofos, poetas y artistas, y lo cierto es que todos, hombres de meditación o de fantasía, otorgaron siempre al heroísmo su entusiasmo, sus cantos y sus obras panegíricas.
Es porque comprendían que el soplo heroico hace grandes, fértiles y duraderas a las cosas. Sabían que el espíritu del heroísmo es el más fecundo en idealidad, porque inspira y estimula las virtudes próceres humanas: la virtud, el honor, la lealtad, la generosidad, el sacrificio. Y porque de estas virtudes príncipes nacen las ideas bellas, y, por lo tanto, las mismas actitudes y los gestos bellos.
Del poema de La Ilíada se nutre Grecia hasta su final. Y tanto o más que la interpretación de los símbolos o personajes religiosos, le interesa al espíritu heleno interpretar las luchas y los personajes de la guerra de Troya. Un mundo de estatuas y ánforas, una floración de inefable estética brota del alma cálida de Grecia al contacto de aquella idea de heroísmo.
Las obras que fecunda el heroísmo, por su virtud de aristocracia y de sublimidad, diríase que superan la resistencia del tiempo y están por sí mismas sinceradas. El aura de valor y de nobleza en que se envuelven las hace respetables, hermosas, temibles. ¡Qué infecunda y fea la civilización que no ha nacido del heroísmo! Todos los bajeles y riquezas de Fenicia fueron inútiles para el mundo e inaptos para el arte y la idealidad, porque carecieron de heroísmo. Las colonias, los palacios y las actividades de Cartago son estériles porque les falta la ráfaga heroica; sólo al morir la ciudad prosaica halla en Aníbal el hombre que podrá justificar a su patria ante la Historia.
Por las páginas de la La Biblia corre ese soplo heroico más de una vez; con rumor de espadas están llenos sus libros, y las estrofas sagradas vibran gloriosamente y tienen un alto tono de alegría triunfal cuando narran las guerras contra los filisteos, aquellas luchas por la conquista de un territorio que Dios concede a su pueblo para que lo nutra con heroísmo. La figura de David ilumina como una llama heroica los libros santos.
Heroico es el cristianismo, y no solamente mártir. ¿No es un alma profundamente heroica la de San Pablo, y alma íntimamente marcial? ¿Es algo más que heroísmo la voluntad de vencer de los cristianos en la Edad Media? Las Cruzadas, los poemas caballerescos en Tierra Santa, la expulsión de los moros de España, ¿no son conceptos en que el heroísmo se funde, como la mas alta y no igualada fusión, con el misticismo? ¿Y no tienen carácter heroico las aventuras temerarias de los fundadores y los evangelistas?
Glorioso es el Renacimiento por sus humanidades, su arte y su ciencia; pero es además grande y glorioso por sus esencias heroicas. El siglo XVI crea verdaderos portentos humanos, personas de excepción, héroes extraordinarios y numerosos. Es la hora radiante en que la personalidad heroica se manifiesta con más brillo y hasta sus últimas consecuencias.
Del heroísmo ha nacido América. Un soplo, entre místico y marcial, empujó las carabelas inaugurales. Bajo la cruz pintada en el velamen, las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada América, y nunca será esto rectificado.
Los españoles crearon América a su modo, al modo heroico. Salían del poema largo de los moriscos; recordaban los actos del Cid, el que lograba ciudades y reinos con la fuerza de la lanza; estaban impregnados de lecturas caballerescas... En las Indias, puesto que la dirección de los gobernantes de la península era nula, aquellos españoles emprendieron la obra según su propio e íntimo ser, espontánea e inspiradamente. Por ser obra libre de la espontaneidad de los conquistadores y pobladores, América es el acto más puramente español. Tal vez por eso también es América una cosa tan inexorablemente española.
La virtud heroica sabe hacer estos milagros. Y si una colonización de comerciantes, como la holandesa, deja al cabo de los siglos que Java y Sumatra no pesen nada en el mundo, sino como almacenes de azúcar y como viveros de gentes anónimas, las naciones americanas que España creó heroicamente son cosas personales, únicas, y posibilidades magníficas en el porvenir. Ni Méjico ni el Perú carecerán nunca de valor en la Historia.
Entregados a su iniciativa, obedientes a su espontaneidad, los españoles vertieron en América su ser entero; todo su contenido social, político y religioso. Con una rapidez que asombra, las catedrales y las universidades levantaban sus torres en el aire americano. Los cabildos, como copia de la vida municipal de España, se transplantaban a las Indias y daban a aquellas regiones el tono cívico y libre que desde el principio ostentaron. El afán de poblar se mezcla con el afán heroico, y tan pronto como se ve algo exento de dificultades, Pizarro insiste en fundar la ciudad de Lima, en cuyos planos y replanteo interviene, y de cuya fundación y grandeza está tan orgulloso, tan enamorado.
CAPÍTULO VI
EL CID COMO PRECURSOR DE LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA
LOS hombres varían poco a través del tiempo, en cuanto a los caracteres y modos fundamentales; variamos nuestro modo de vestir, cambiamos la forma de las leyes y de los sistemas de locomoción, pero en lo íntimo somos consecuentes.
Leyendo las incomparables estrofas de Mío Cid nos encontramos con relatos y episodios que parecen escritos por un cronista del siglo XVI. Y todo el que sienta hondamente la epopeya de América, reconocerá que los conquistadores, expresa o infusamente, estaban influídos por el poema del Cid.
Muchos de los conquistadores, por su rudimentaria cultura, no conocían directamente el viejo poema castellano; pero a través de los romances, cuentos y tradiciones, es seguro que España entera se hallaba saturada del espíritu y hasta los pormenores del héroe de Vivar.
Este era un hombre representativo que asumió todas las esencias del alma española, y que, por ley natural que nunca falla, sirvió de guía y modelo a las generaciones sucedentes. El Cid, como perfecto héroe nacional, dió el tono a España, y para comprender esto no necesitamos acudir a los ejemplos literarios, como son los romances y las numerosas comedias que han surgido de los episodios del Cid; la influencia más viva y práctica la tenemos en la conquista de América.
Lo cierto es que Hernán Cortés y Francisco Pizarro efectúan sus empresas en una forma que en ocasiones parece copiada del mismo poema de Mío Cid.
Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas, verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de Valencia.
«Quien quiere perder cuenta e venir a rritad,
viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar.
Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar.
Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar;
grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»
Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco siglos antes, encargó a Minaya.
«Enviar vos quiero a Castiella con mandado
desta batalla que habemos arrancado;
al rey Alfonso que me ha airado
quiérol enviar en don treinta cavallos,
todos con siellas e muy bien enfrenados,
señas espadas de los arzones colgando.»
Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que aquellos temerarios aventureros se hicieron todos ricos en un instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.
Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,
«...tornós el de Bivar,
junto con sus mesnadas, compesós de alegrar
de la ganancia que han fecha maravillosa e grand;
tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»
Pasa por todo el poema de Mío Cid un aire de aventura y de conquista, de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.
Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y como adversario formal.
El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un hidalgo fornido y valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey; hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de conquistador es único en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen más que reproducirlo y calcarlo.
Hay en el Cid un tono de aventura a la española que parece un anticipo o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad, con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los infieles.
Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.
¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de Mío Cid ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.
«Ya caballeros decir vos he la verdad:
qui en un logar mora siempre, lo so puede menguar.»
¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada hacia una ambición de dominio y de gloria?
El poeta de Mío Cid añade en seguida:
«Cras a la mañana pensemos cabalgar,
dexat estas posadas e iremos adelant...»
Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental palabra adelante, que al oído del soldado suena como la voz de un deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro, hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!
Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y practicaban la caballería. Los libros de caballería, por tanto, tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir el Quijote, acerba condenación de la caballería? Ningún otro país europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.
El quijotismo estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de Méjico y del Perú?
Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del filisteo; combatió la caballería y todo el trastorno imaginativo y social que comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los veinte años él mismo hubiera cantado la caballería, puesto que él la practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su vida era ya un fracaso.
Sentíase viejo y tomó el partido de los negadores, de los pesimistas, de los críticos, de los prudentes y los filisteos; de todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la indemnización del Quijote!
CAPÍTULO VII
LA CODICIA
SE ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.
Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere, es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en algún grado la aptitud ideal.
Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra, cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados, descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán, y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y azadones».
Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan posible descubrir el interés hasta en la vida de los mayores mártires!
Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su bandera.
Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo. Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de viejo ni para morir tuvo reposo.
La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra de América, ocupando los puestos avanzados.
Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición milagrosa.
La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y de perlas.
Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban, sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas, viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada, riéndose de su propio fracaso.
Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el arenal...»
Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a carcajadas.
Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro hasta los bordes.
¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones! ¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!
¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés, si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si les anteponía la tentación de los regalos de oro!
Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...» ¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van, al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y mortaldades sin ejemplo.
La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas, presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los nombres y cantidades.
«De todo lo demás—dice Francisco de Je——, sacado el quinto real y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero valía entonces dos o tres veces más que hoy.
¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr, paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho próspero al Nuevo Mundo.
Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de oro, buscando a los acreedores...»
Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo. Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó con los gajes de toda empresa heroica.
CAPÍTULO VIII
LAS RIQUEZAS
LOS embajadores de Venecia en España, en su misión de espionaje comercial, todos comienzan lo mismo sus informes cuando descargan sus pesquisas al Senado: de las Indias no se puede saber la verdad, no se sabe de cierto nada...
Una atmósfera de hipérbole, en efecto, envolvía al continente americano, y para que los datos verosímiles faltaran todavía más, quería la suerte que los navegantes, conquistadores y mercaderes desembarcasen en Sevilla, con lo que el natural vuelo imaginativo de los andaluces empeoraba aquel proceso de fantasías.
Pero es innecesario recurrir a la imaginación andaluza. Toda Europa, en aquel tiempo, era propensa a la hipérbole, a la leyenda y a la superstición. Y estando la sociedad tan preparada a las fugas imaginativas, y en un momento histórico en que los libros de caballería pasaban de mano en mano, he ahí que repentinamente realizaban unos hombres de carne y hueso cuantas proezas y aventuras inventaron los noveladores. Se abría, pues, a las mentes estupefactas de los europeos aquel país inaudito, maravilloso, que rezumaba néctar de frutas tropicales y que extendía generosamente montes de joyas y auténticas maravillas de oro.
En la Edad Media había padecido Europa una especie de rigor ascético, impuesto primeramente por la disciplina cristiana, y luego, con más motivo, por el aislamiento geográfico a que se condenó desde la caída del Imperio de los Césares. Europa vivía de sus recursos, propios de los climas fríos y templados; los frutos bellos y dulces, incitantes y olorosos, todo lo que la zona tórrida tiene de rico, muelle y lujuriante, estaba en poder de los infieles. Las vías de Oriente hallábanse en manos de los sarracenos, y las vías del mar oceánico quedaban cercadas por el terror. En forma precaria y con un coste fabuloso, el acceso a Oriente y a los frutos tropicales hacíase por intermedio de las Repúblicas italianas, con lo que ciertas delicias orientales solamente podían gustarlas los príncipes y los señores.
Y ved ahí que repentinamente llegan a Europa las especies picantes, los sabrosos frutos, las cosas más ricas y bellas... Los conquistadores vuelven a España y se entretienen en la ponderación de unas tierras donde sin esfuerzo nacen las plantas benéficas. Pronto corre entre el vulgo, mixtificada con un poco de sorna, la quimera de Jauja, aquel país de cielo radiante, aquella tierra sin lluvias, y no obstante frondosa; aquel edén donde el oro salta a la mano y donde no es preciso trabajar para ser feliz... Sin embargo, el paraíso de Jauja era cierto.
Los que volvían de América hablaban de unas islas exhuberantes, frondosas como canastillos de flores, circuídas por un mar de profundo azul. Referían la variedad de los frutos nunca vistos: maíz, patata, boniato, cazabe. Y después, ¡qué viciosa y divina tentación en aquella existencia de prodigio! El azúcar manando de los alambiques; la exquisita molicie del café; el tónico y excitante chocolate; la pasión del tabaco, saboreado por primera vez en las veladas del campamento... La coca, la pimienta, la vainilla, la canela, ¡todas las delicias tórridas se les brindaban a los exploradores, y el último soldado se transformaba en un opulento señor nada más que por la opción de tanta molicie!
Estos ricos frutos encantados producían a veces la misma sugestión que el oro en los conquistadores. La busca de un árbol maravilloso daba también lugar a aventuras caballerescas, en que se arriesgaban los campeones por deshacer el encantamiento o esclavitud de un simple arbusto.
Así es como a los españoles del Perú llegó la noticia de un país remoto, el país de la canela, que estaba más allá de las montañas y los ríos, y que sin duda era preciso descubrir y conquistar. Y al señuelo de aquella maravilla, Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador, pidió venia para desencantar al árbol de la canela, y reunió más de quinientos compañeros, con los que partió de la ciudad de Quito hacia el Oriente.
¡Qué de trabajos, guerras y peripecias soportaron aquellos héroes del nuevo vellocino! Tribus hostiles, comarcas desiertas, serranías heladas y pantanos tropicales; pero hallaron, efectivamente, el país de la canela, y pudieron regocijarse ante el árbol prodigioso que generosamente otorga el fruto excitante. Entonces fué cuando la expedición, impulsada por el sabor de los prodigios, se lanzó en busca de nuevas maravillas a través de las selvas espantosas. La fantasía y el gusto de lo maravilloso los empujaba por aquellos parajes mortíferos e imposibles de abarcar. Descienden por la ribera del Amazonas y se ven constreñidos a armar un bergantín; hacen hornos de fundición y emplean las herraduras de los caballos para hacer clavos; en lugar de estopa usan el paño de sus mismos trajes harapientos; la brea la sustituyen con el caucho. Y cuando el bergantín, llevando un buen grupo de gente, navega por el Amazonas, su capitán, Orellana, se alza y revela, y descendiendo hasta el mar toma la vuelta de España.
Quedan Gonzalo Pizarro y sus compañeros abandonados en aquella inmensidad. Deciden tornar a Quito. Las ropas ya no existen, los caballos y los perros se los han comido, las espadas carecen de vaina y están enmohecidas. Muchos de los hombres se arriman a un árbol y mueren allí de inanición... Ya llegan por fin a la proximidad de Quito; ya han enviado mensajeros a la ciudad.
«Y así recibieron el socorro y comida en la tierra de Quito; besaron la tierra, dando gracias a Dios que los había escapado de tan grandes peligros y trabajos; y entraban con tanto deseo en los mantenimientos, que fué necesario ponerles tasa, hasta que poco a poco fuesen habituando los estómagos a tener qué digerir. Y Gonzalo Pizarro y sus capitanes, viendo que en los caballos y ropas que les habían traído no había más que para los capitanes, no quisieron mudar traje ni subir a caballo, por guardar en todo igualdad, como buenos soldados.» (Agustín de Zárate, Historia del Perú.)
Las expediciones no terminaban siempre con felicidad, seguramente. Estaban los españoles propensos a la fantasía y a la locura, y una vez era la tierra de la Florida la quimera que les llevaba al desastre, o el sueño del Dorado ocasionaba exploraciones febriles y catastróficas por territorios inaccesibles. La conquista del país de la canela ya hemos visto cuán duros sufrimientos acarreó a los visionarios que salieron de Quito. Pero el árbol prodigioso estaba al fin desencantado.
En cuanto a las riquezas metálicas que ingresaban por Sevilla, los embajadores venecianos tenían razón: no se sabía nada de verdad. Lo cierto es que el oro, la plata y las perlas venían en flotas desiguales, y para la modestia de aquellos tiempos debían ser preciosos gajes con que el tesoro real se aliviara y los pueblos y provincias se enriquecieran.
Mr. Haebler investiga en el Archivo de Indias y deduce que en 1514 entraron 27.089.165 maravedises, o sean 199.185 pesetas. Esto ocurría antes de lo de Méjico y Perú. En 1551, estando las minas en explotación, entran 459.941.187 maravedises, que hacen 3.381.920 pesetas, las cuales, trasferidas al valor actual de la moneda, serían 10.145.760 pesetas.
En el año 1516 hay una cifra mínima para el Tesoro, correspondiente de los impuestos y quintos reales: 13.148.222 maravedises. La cifra máxima corresponde al año 1554, y es: 522.426.216 maravedises.
Dentro de su zona de dudas, los embajadores venecianos ensayan algunos cálculos, y el señor Nicolo Tiépolo asigna al Tesoro una renta de Indias de 150.000 ducados anuales, en tanto que Mariano Cavalli, diez y nueve años después (1551), hace subir la renta a 400.000 ducados.
Francisco de Jerez, el cronista del Perú, nos proporcionará nuevos y minuciosos datos. Cuenta este testigo cómo algunos compañeros de Francisco Pizarro pudieron licenciarse y volver a España; el conquistador les otorgó permiso, y pronto las márgenes del Guadalquivir comenzaron a recibir nuevas positivas de la fortuna del Perú.
«Nuestro señor los trujo a Sevilla—dice Francisco de Jerez—, adonde hasta ahora son venidas cuatro naos, las cuales trujeron la siguiente cantidad de oro y plata.»
En la primera nao venía su capitán Cristóbal de Mena con 8.000 pesos de oro y 950 marcos de plata; venían también el clérigo Juan de Sosa, con 6.000 pesos de oro y 80 marcos de plata; además, otros pasajeros de esta misma nave traían 38.946 pesos de oro. La segunda nao conducía a Hernando Pizarro, hermano del conquistador; traía para el rey 153.000 pesos de oro y 5.048 marcos de plata, y entre los pasajeros reunían 310.000 pesos de oro y 13.500 marcos de plata. En esta misma nave venían para el rey muchas joyas y grandes figuras de oro y plata como ídolos, vasijas, ornamentos.
«Este tesoro fué descargado en el muelle y llevado a la casa de contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veintisiete cajas, que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.»
Las otras dos naos a que se refiere Jerez trajeron 146.518 pesos de oro y 30.511 marcos de plata.
¡Qué tentación para las almas aventureras, ver entrar estas naves henchidas de oro, de gloria y de frutos desconocidos!...
Pero estas naves que volvían eran necesarias para la obra de civilización que los españoles se habían impuesto a la faz del mundo. Cada nave en retorno, cada caja de oro que se descargaba en el muelle servía de gancho, y ningún sargento inglés ha podido nunca usar mejores arbitrios para la recluta de soldados como aquellas flotas índicas. Y los reclutas marchaban. Iban los artesanos y los mercaderes, los evangelistas y los educadores, los mozos de valiente ánimo, los soldados; y entre todos, y bien rápidamente, consumaban la obra gigantesca.
En una relación de los buques que parten y tornan en la ruta de las Indias, hallo para el año 1504 tres naves salidas... y ninguna entrada. Cuatro años más tarde salen de Sevilla 46 y entran 21. El año 1520 salen 71 y tornan 37. En 1549 hay una cifra respetable: 101 naves salidas y 75 entradas. Hay siempre una desproporción bastante grave entre los barcos que van y los que vuelven. ¡La obra de América no se ha realizado sin enormes y desgarradores sacrificios!
Entre las relaciones demasiado crudas de los ingresos, quintos y rentas de oro, no faltan verdaderas notas galantes, sensibles y caballerescas, como aquel inciso que dice: «Tres talegones de perlas enviadas a S. A.» O aquel otro todavía más galante: «Seis onzas de pedrería que se compraron para la reina...»
CAPÍTULO IX
EL VALOR
EL descubrimiento, conquista y colonización de América son el fruto del genio español. Pero el genio por sí solo resulta insuficiente si la obra exige una voluntad heroica, y la empresa de las Indias se hubiera, en efecto, retardado o mal cumplido de no intervenir desde el primer momento la ráfaga valerosa, el ímpetu y el valor español.
Algunos historiadores, arrastrados por su sordidez objecionista, han pretendido disminuir en lo posible la hazaña de América con capciosos distingos. Una de estas objeciones consiste en suponer que los indios americanos carecían de armas convenientes y de un valor militar experimentado o bastante estratégico; en cambio adjudican a los españoles el poder y el enorme predominio del arte militar europeo: cañones, arcabuces, caballos, imponentes baterías.
Hay aquí una ficción que interesa desvanecer.
Cuando el historiador desea disminuir una empresa, fácilmente halla argumentos fiscales que pueden coaccionar la imaginación distraída de los lectores. Y si el lector moderno no se previene contra la sugestión de una falsa literatura, creerá, verdaderamente, que los indios han sido siempre y en todos los países unos pobres salvajes indefensos, y que la civilización europea ha poseído siempre y en todas las ocasiones los mismos recursos de poder y fuerza que hoy admiramos. Por tanto, si el lector no se previene y se deja seducir por la falacia de un hábil historiador, pensará que los españoles de Cortés y de Pizarro acometían a los indios con grandes y numerosos cañones de tiro rápido, con nutridas descargas de fusilería y con fuertes escuadrones de húsares.
En el siglo XVI existían, es verdad, grandes y poderosos ejércitos, con buenos parques de artillería y fuertes reservas. Pero después de tocar sus trompetas y mandar decir pregones, Hernán Cortés pudo reunir un ejército de quinientos ocho soldados; menos fortuna tuvo Francisco Pizarro, el cual, de su viaje a Extremadura y de su recluta de Tierra Firme, reunió para conquistar el Perú ciento sesenta y cuatro hombres de guerra...
También es cierto que en el siglo XVI había en Europa cañones y mosquetes. Pero los conquistadores no pudieron contratar baterías, regimientos de artilleros ni compactas compañías de fusileros, sin duda porque en aquel tiempo costaban mucho tales artefactos y porque en América no abundaban todavía los elementos de guerra. De modo que Hernán Cortés sentíase muy alegre porque pudo reclutar tres artilleros (o sean hombres que entendían de cosas de pólvora). Pizarro, siempre más modesto, hubo de contentarse con un artillero, Candía el cretense. Y cuando Cortés hizo el alarde de su tropa en la playa de Gozumel, halló que poseía cuatro falconetes, trece escopeteros y treinta y dos ballesteros. Los falconetes eran pequeñas piezas de difícil y lento manejo, que disparaban balas de piedra; las escopetas o mosquetes eran de corto alcance y sus disparos no podían repetirse mucho ni rápidamente. En cuanto a Pizarro, contó en su tropa tres escopeteros y veinte ballesteros.
Si existía, pues, de alguna parte superioridad en las armas arrojadizas, no hay duda que los indios eran superiores; estaban habituados al manejo del arco y de la flecha y presentábanse en las primeras algaradas como verdaderas nubes de flecheros, cuyos tiros estrechaban y aturdían a los españoles. Estos sufrían graves bajas de resultas de las flechas, contra las cuales no bastaban siempre los cascos, las rodelas y las corazas acolchadas, especie de almohadillado de algodón con el que se protegían los cuerpos. Los españoles tenían que fiar el éxito a sus armas blancas. Entonces sí, en la lucha cuerpo a cuerpo, en la pelea a manteniente, ¡entonces, asistidos por su valor, adquirían superioridad los españoles!
Su táctica militar, su maniobra de pequeños escuadrones, su formación en haces, la combinación calculada de los caballos, el envolvimiento, el ataque a fondo del núcleo o frente enemigo; todo eso, que era inteligencia europea y escuela militar civilizada, prestaba a los conquistadores efectiva superioridad ante los indios. Y además, sobre todo, poseían el ánimo, la energía, el brío, el ímpetu en el ataque, el espíritu, el valor.
Después que hayamos salvado la mentira de los cañones y de la fusilería, un espíritu moderno se encontrará desconcertado, perplejo, porque considerará los enormes núcleos militares que actualmente son precisos para asaltar una trinchera, y no podrá comprender cómo un puñado de hombres se aventuraban a tales conquistas y tales peleas.
También en esto hay una ficción anacrónica. Nosotros conocemos el soldado actual: buen ciudadano, generalmente sumiso a la orden que le manda ir a la guerra, y, por lo regular, dotado de suficiente valor. Nuestro soldado conoce el manejo de su fusil en un grado prudencial; dispara cien o mil cartuchos, en la inteligencia de que muchos días habrá de consumir sus cartucheras perfectamente en vano. De cada veinte soldados modernos, puede contarse apenas un tirador cuyos tiros posean cierta consciencia o cierta probabilidad de eficacia. Compréndese, pues, que las acciones actuales de guerra necesiten el concurso de cada vez mayores masas de soldados; la deficiencia personal del individuo se debe suplir con el número de los actuantes, y la inconsciencia o escasa efectividad del tiro y del golpe ha de subsanarse con el empleo de nutridas series de disparos. Hoy se siembra de millones de proyectiles el campo, con la esperanza de poder derribar uno o varios combatientes; mientras que el soldado antiguo, sobre todo el conquistador, ahorraba tentativas y daba directo con su espada en el pecho enemigo.
Hernán Cortés se percata pronto de las condiciones especiales de aquella guerra contra los indios. Comprende que el interés de los españoles está en rematar cuanto antes las escaramuzas, por acometidas rápidas y audaces, antes de que la masa contraria logre envolverlos y abrumarlos a ellos como una nube densísima. No se trata allí de fuerzas semejantes, en número y armas y esgrima; hay una diferencia monstruosa que es necesario suplir con una táctica especial. Dice a sus soldados de infantería que omitan los tajos y cuchilladas, y a sus caballeros encarga que dirijan la lanza al rostro y renuncien a los botes. Llevando la lanza baja, como en la esgrima europea se usara con el intento de alzar del arzón al adversario, corríase el peligro de que los indios, formados en montón compacto, prendieran la lanza con las manos y la rompieran, como en efecto ocurrió en Tlascala. Eran un país y una guerra diferentes, que los conquistadores necesitaron aprender a costa de apuros. Así también el tajo y la cuchillada usábanse en los encuentros europeos entre ejércitos iguales o proporcionados; la cuchillada no compromete tanto al que la da, pues tiene la rodela para resguardarse; los duelos duraban mucho tiempo, en pleno combate, y una herida somera o la prisión daba fin a la pelea. Pero el español que caía en manos de los indios, pronto iba a regar con su sangre los santuarios de los ídolos repugnantes. Y era preciso romper aquellas masas de combatientes, que avanzaban como olas... Tirarse a fondo, embestir de punta, arrostrar la estocada directa, matar de un único golpe; esto lo imponían la necesidad de aquella guerra diferente.
El soldado antiguo se dedicaba a las armas como un profesional. No se parecía al soldado recluta de hoy; era guerrero de oficio, y entraba en el oficio por virtud de una selección. Esgrimista, acorazado, batido por infinitas pruebas, aquel hombre de armas se apartaba en todo del burgués o del simple ciudadano.
Esta selección del hombre de armas antiguo, todavía se apuraba y refinaba más entre los conquistadores. Quien no tuviera el brazo duro y el ánimo templado, podía quedarse en las poblaciones tranquilas. El clima, los trabajos y las batallas iban omitiendo a los débiles y desanimados. Poco después de desembarcar en Méjico, unos cuantos soldados hubieron de perecer, «a causa, dice el capitán Bernal Díaz, del calor y del peso de las armas, porque eran gentes jóvenes y delicadas». No; los delicados no debían seguir. Y no era necesario destituirlos, porque la misma naturaleza de la campaña los suprimía con los fatales medios de la verdadera selección: la muerte.
Francisco Pizarro exagera como nadie el método seleccionador. No obstante lo exiguo de su tropa, a pesar del precio que en una aventura como aquella tenía el hombre, el capitán quiere que sus soldados no sean valores numéricos, sino positivas personalidades guerreras. Y antes de aventurarse en los terrores andinos y en el enigma de Caxamalca, dice a sus hombres que lo piensen bien... El que no se sienta bastante animado tendrá benigna y honrosa licencia para tornarse a la costa. Esta última selección no fué estéril; sin duda había en la mesnada algunos soldados flojos. Cinco españoles de a caballo y cuatro de a pie aceptan la invitación y retroceden a la ciudad de San Miguel. Entonces declara Pizarro que, en último caso, él marchará a conquistar el Perú con los hombres que le queden, «pocos o muchos».
Nosotros estamos habituados a la idea de multitud, mientras que en algunas épocas ha disfrutado el hombre solo una consideración que ciertamente nos extraña. El ejemplar del caudillo, del campeón, del héroe, es un concepto para nosotros bastante vago y casi inverosímil. Pero es verdad que en ciertos momentos el profesional de las armas ha sido una persona temible, poderosísima y hasta invulnerable. El tipo de Aquiles, de Rolando y del Cid no podemos achacarlo ligeramente a la hipérbole de los pueblos o de los poetas; ha existido de veras y lógicamente.
Habituados nosotros a la ley democrática de la recluta, olvidamos que otras veces la recluta era de índole aristocrática y alcanzaba sólo a los aptos, a los mejores. Hoy todos tienen derecho al empleo del soldado, siempre que dispongan de ciertas medidas o proporciones físicas; la resistencia corporal, el ánimo y el valor, se les suponen, y basta.
En otros tiempos no podía ser soldado quien quisiera. El peso de las armas era excesivo, y la esgrima obligaba a un largo aprendizaje. Hábil en saberse cubrir con el escudo, diestro en la espada, blandiendo con facilidad la pica y cubierto de oportunas defensas, aquel hombre de guerra era ciertamente poderoso. Si entre todos sobresalía el soldado de fuerte musculatura, de gran salud y de un brío imperativo, entonces no parece difícil que el capitán, el héroe, arrostrase las mayores empresas.
En las tropas de los conquistadores resaltan numerosos estos ejemplares de héroes. Los principales, como Hernán Cortés y Pizarro, absorben nuestra atención demasiado; si miramos junto a ellos, veremos que marchan a la gloria asistidos de muchos capitanes, que son, cada uno, aptos para ultimar iguales empresas que las de los mismos caudillos a quienes sirven.
La fuerza, el ánimo resistente, el valor más sublime se muestra en aquellos hombres y en aquellos encuentros, donde las hazañas homéricas adquieren realidad. Parece que por último hallan evidencia las enormidades de los libros de caballerías. Aquellas versiones medioevales, en que un caballero solo defiende la puerta de una ciudad contra un ejército entero, resultan, pues, veraces y comprensibles. No diez, sino cien, cientos de indios pugnaban a veces contra cada español; los soldados se fatigaban de herir, y no era tan horrible el peligro de la pelea como el pensar en lo insuperable y monstruoso de aquella masa inextinguible, entre cuyos recodos y senos no podían apenas maniobrar los caballos ni jugar las escopetas. De esta especie de sofocamiento, dentro de una masa tupida y pertinaz, padecieron mucho los soldados de Cortés.
Si los indios mostrábanse, en ocasiones, tímidos y medrosos, otras veces peleaban fanatizados, con una obstinación furiosa, que no cedía hasta la muerte. Algunos pueblos eran valerosos y muy aguerridos. Pronto, además, adoptaron los sistemas defensivos de los españoles, aprendiendo a cubrirse con petos de algodón acolchado, con rodelas, con yelmos. Su astucia y su aptitud para la doblez y el espionaje, con el veneno en que untaban sus saetas, hacían que los conquistadores viviesen en constante inquietud y soportaran heridas y trabajos penosísimos.
Sólo unas almas de tan recio temple como aquéllas podían superar tales contrariedades, que eran, en efecto, dignas de gigantes.
CAPÍTULO X
EL CONQUISTADOR BRILLANTE
EN otro capítulo anterior hemos apuntado la gran ráfaga heroica que hizo nacer América a la luz de la civilización europeocristiana, y cómo fué posible la obra del Nuevo Mundo gracias a esa actividad heroica a la española. Rápidamente brotaron del fondo español numerosos héroes representativos, incontables evangelistas, soldados y pobladores, cuya fisonomía moral nos ha de ser tan grato hacer resurgir. Comencemos por el más famoso de estos héroes representativos, el conquistador típico: Hernán Cortés.
Los que regatean cualidades espirituales a nuestros conquistadores, necesitan hacer una forzosa salvedad en la persona radiante y caballeresca de este bizarro extremeño, que era un noble hidalgo de buenas luces y de elevada educación, apto para las letras como para las armas. No se trata, no, de un bandolero ni de un soldado ignorante; no es el aventurero reclutado en los bajos fondos de la sociedad, ni el tipo del pirata o el filibustero que bien pronto habían de arrojar sobre el mar de las Antillas otras naciones del Centro y Norte de Europa.
Dice Bernal Díaz del Castillo que nuestro héroe «era latino, y oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta, hacía coplas en metros y en prosa, y en lo que platicaba lo decía muy apacible y con muy buena retórica...»
Había nacido en la baja Extremadura, ese rico país de fecundas y grandes heredades, donde los prósperos pueblos elevan sus muros sobre las gruesas tierras que el olivo y las mies embellecen. Es un país hermoso, apto para producir hombres de varonil señorío. Hernán Cortés era un señor, no porque naciera de ilustre y acaudalada familia, sino porque, apenas modesto hidalgo, tenía naturaleza de señor. Y porque además el hado misterioso lo señalara desde la cuna para las altas empresas señoriales. En suma, porque quería siempre, porque aspiraba fervorosamente a la vida de señor.
Sus contemporáneos lo pintan como el hombre que posee la virtud señorial y todo su intento se dirige a superarse, a mejorarse, a lograr el supremo lustre del señorío. Pero no como un vulgar indiano o como un rastacuero de nuestros días. «Los vestidos que se ponía eran según el tiempo y usanza, cuenta Bernal Díaz, y no se le daba nada de no traer muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni tampoco traía cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de prima hechura, con un joyel con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa María, con su hijo precioso en los brazos... Y también traía en el dedo un anillo muy rico con un diamante, y en la gorra, que entonces se usaba de terciopelo, traía una medalla; mas después, el tiempo andando, siempre traía gorra de paño sin medalla.»
Vemos aquí al hombre de instintos aristocráticos que gusta de portar una cadenita de oro, un joyel devoto; cosas de lujo integral, pulidas y estimadas, que toda naturaleza noble prefiere para su regocijo personal y no para la ostentación. Hernán Cortés vivía en el siglo del Renacimiento, cuando Italia sugería al mundo el amor del boato y de las fastuosas preseas, pero no podía renunciar al sentido español de la altiva modestia, y de uno como masculino y católico (estoico) rubor ante el demasiado engalanamiento.
En cambio aceptaba a veces como una necesidad la ostentación, por lo mismo que ayudaba a su política. Quería encumbrarse, y bien conocía la condición humana que tanto se deja deslumbrar por el brillo, y que a veces toma lo externo del brillo por lo esencial del señorío. Para conseguir su éxito de gran señor, y sin duda como maña de político, Hernán Cortés sabe en ocasiones admirar a su gente con dádivas, con ostentaciones y con prestancias lujosas.
«Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de respeto. Tratábase muy de señor, y con tanta gravedad y cordura, que no daba pesadumbre ni parecía nuevo.» Esto dice López de Gomara. Y Bernal Díaz del Castillo corrobora y agrega: «Servíase ricamente, como un gran señor, con dos maestresalas y mayordomos y muchos pajes, y todo el servicio de su casa muy cumplido, e grandes vajillas de plata y de oro.»
En cuanto a sus apetitos, véanse cuan simples, hidalguescos, militares, eran: «Comía a medio día bien y bebía una buena taza de vino aguado, que cabría un cuartillo, y también cenaba, y no era nada regalado ni se le daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando veía que había necesidad que se gastase o los hubiese menester.»
Ahora bien; ¿es posible que un hombre grosero, bestial y bajo, un verdadero animal de presa, pueda intentar la larga faena ímproba y terrible, que dura muchos años, la heroica y trabajosa empresa de conquistar un imperio? Un capitán de piratas, del tipo de Drake, puede arrastrar a su gente a campañas veloces en que el botín es palpable y la presa se abandona; que no hay que poblar y evangelizar, sino desbalijar y marcharse.
Un jefe de filibusteros tiene su guarida en una ensenada tropical, y sólo se cuida de caer a tiempo sobre la flota o sobre la ciudad desprevenidas. Un capitán como Cortés está mucho más embarazado por graves deberes y responsabilidades. Tiene que conquistar, poblar y ceder las tierras a los magistrados del rey, a los monjes y a los catedráticos. No puede portarse como un simple aventurero. Necesita ser tan político como soldado, y ensayar las artes de la simpatía que poseen un Alejandro y un César, junto con la fuerza imperativa y subyugadora de su temple moral.
Hernán Cortés era simpático de suyo; pero cuidaba de mejorar esta simpatía para favorecer su misión providencial. Sus biógrafos nos lo retratan bello de cuerpo y gallardo de apostura.
«Fué de buena estatura y cuerpo y bien proporcionado y membrudo... los ojos en el mirar amorosos, y por otras graves... y tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era cenceño y de poca barriga y algo estevado, y las piernas y muslos bien sacados, y era buen jinete y diestro de todas armas, así a pie como a caballo, y sabía muy bien menearlas, y sobre todo, corazón y ánimo, que es lo que hace al caso... En todo lo que mostraba, así en su presencia y meneo como en pláticas y conversación, y en comer y en el vestir, en todo daba señales de gran señor.»
A esta pintura de Bernal Díaz del Castillo podemos agregar los rasgos siguientes de López Gomara:
«Era Fernando Cortés de buena estatura, rehecho y de gran pecho; el color ceniciento, la barba clara, el cabello largo. Tenía gran fuerza, mucho ánimo, destreza en las armas... Fué muy dado a mujeres, y dióse siempre. Lo mesmo hizo al juego, y jugaba a los dados a maravilla, bien alegremente... Gastaba liberalísimamente en la guerra, en mujeres, por amigos y en antojos, mostrando escaseza en algunas cosas; por donde le llamaban de avenida. Vestía más polido que rico, y así era hombre limpísimo... Era devoto, rezador... grandísimo limosnero... Daba cada un año mil ducados por Dios de ordinario; y algunas veces tomó a cambio dineros para limosnas...»
Anotemos ahora algunas particularidades de su carácter; nos las dirá Bernal Díaz, aquel soldado que acompañó a nuestro héroe en sus grandes trabajos y peligros. Véase cuánta fuerza de contención hay en el héroe y cómo sabe reprimir sus impulsos, disimular, transigir, puesto que considera el fondo inconsciente que habita en el alma tempestuosa de los soldados, y sabe que el héroe ha de estar cuidando y labrando su obra todos los minutos, en todos los incidentes.
«Cuando juraba, decía: «En mi conciencia»; y cuando se enojaba con algún soldado de los nuestros, sus amigos, le decía: «¡Oh, mal pese a vos!» Y cuando estaba muy enojado se le hinchaba una vena de la garganta y otra de la frente, y aún algunas veces, de muy enojado, arrojaba una manta, y no decía palabra fea ni injuriosa a ningún capitán ni soldado; y era muy sufrido, porque soldados hubo muy desconsiderados que decían palabras muy descomedidas, y no les respondía cosa muy sobrada ni mala; y aunque había materia para ello, lo más que les decía era: «Callad, o iros con Dios, y de aquí adelante tened más miramiento en lo que dijéredes, porque os costará caro por ello, e os haré castigar.»
Hernán Cortés es un hombre del Renacimiento. Posee las cualidades de su época, y algo que estaba entonces en la atmósfera se le ha traspasado a él; un poco de Maquiavelo y de Borgia, en lo que estos hombres tenían de políticos, y no en su fría, en su italiana amoralidad frente al crimen.
Es astuto; tiene el arte de la seducción oportuna; sabe encubrir sus intenciones y desorientar a los enemigos y a los traidores; muestra una fina inteligencia y un tacto para ceder o para esgrimir su autoridad, y es siempre el hombre de mando, el capitán, el conductor, que no pierde nunca la inestimable serenidad. Cuando hace falta sabe dirigirse al fin sacrificando los medios.
Trabaja como un cauto militar, porque en la alta milicia debe presidir la sutil cautela. Usa la mentira oportuna y conoce el arte de desconcertar. Por ejemplo, en sus tratos con el cacique de Cempoalla se decide a prender a los recaudadores, les hace ver el poderío de sus armas y luego les deja escapar, para que lo cuenten al emperador Moctezuma. Mete insidias entre las tribus, alienta las rivalidades de los caciques, «divide para vencer». En efecto, sin astucia de político y sólo con el arrojo del soldado hubiera sido imposible dominar tan grande y populoso imperio.
Pero este hombre del Renacimiento, contemporáneo de Maquiavelo, pierde en ocasiones su ecuanimidad y recobra su naturaleza sincera de león hispano. Es cuando, como dice Bernal Díaz, «se le hincha la vena de la garganta y otra de la frente». El contumaz y valiente general Xicoteucatl manda sus emisarios a Cortés, éste los recibe confiado, y luego se descubre que son espías... Entonces tiene el héroe un impulso de espontánea indignación, y «les mandé tornar a todos cincuenta y cortarles la mano, y los envié que dijesen a su señor, que de noche y de día, y cada y cuando él viniese, verían quién éramos».
El héroe no puede sofocar por completo su naturaleza de soldado, y hay un momento en que echaría a rodar toda su obra difícil por un puntillo de honor ultrajado o ante una osada ofensa. Tampoco puede el héroe reprimir sus sentimientos religiosos o de humanidad en todos los instantes; hay horas críticas en que lo subsconsciente y profundo nos hace traición y todas nuestras prolijas artes de política quedan inútiles frente a los impulsos de nuestro ser integral.
Así en Cempoalla, cuando más astucia y paciencia necesitaban desarrollar, Hernán Cortés no se pudo contener viendo el templo «negro de sangre», donde concluían de consumarse los sacrificios humanos y el canibalismo ritual ante unos ídolos monstruosos. Los españoles estaban hechos a matar en la guerra; no se avenían, sin embargo, a aceptar aquellas sacrílegas y cruelísimas barbaridades. Atropellaron, pues, por todo, y subieron a la cumbre del templo a derribar los sanguinarios y ensangrentados ídolos... Estos impulsos disculpan todos los yerros que pudieron cometer. Su fe, su pudor, su humanitarismo, eran más fuertes que su interés político. Se aventuraban a perderlo todo antes que sancionar aquel crimen salvaje. Y aquí el hombre del Renacimiento a la italiana vuelve a integrarse en su naturaleza de español sincero. Es Don Quijote que está allí, entre los soldados...
¡Ah!, mientras leemos los pormenores y preparativos de una expedición a lo ignorado, ¡cómo se remueven los posos de nuestro temperamento imaginativo y aventurero! Sentimos la seguridad de que nuestra vida ha fracasado desde su origen sólo por no haber nacido cuatro siglos antes; ¡porque nosotros nos hemos retardado en nacer, porque nosotros hubiéramos marchado a las Indias, y de allí nos hubiéramos alistado en una de aquellas expediciones conquistadoras!... ¡Enérgica ráfaga de ambición, entusiasta alegría de ir a las tierras ignoradas! ¡Promesas de oro y de gloria, países extraños e inauditos que aparecen de pronto a la mirada, bosques y llanuras misteriosos, gentes y hábitos distintos, paisajes y civilizaciones increíbles!...
Todo esto prometía Hernán Cortés a los españoles de Cuba. Su don de simpatía y de seducción personal, entonces es cuando necesitaba esforzarse. Y el héroe, que al fin conoce que le ha tocado la Fortuna con su dedo, ¡cómo tiembla, de emoción por la suerte, del miedo del malogro y de comprender que está señalado para realizar una imperecedera hazaña!
«Pues como ya fué elegido Hernán Cortés por general de la armada, dice Bernal Díaz, comenzó a buscar todo género de armas, así escopetas como pólvora y ballestas, e todos cuantos pertrechos de guerra pudo haber y buscar... En demás desto, se comenzó de polir e abellidar en su persona mucho más que de antes, e se puso un penacho de plumas con su medalla de oro, que le parecía muy bien. Pues para hacer aquestos gastos que he dicho no tenía de qué, porque en aquella ocasión estaba muy adeudado y pobre... Y como ciertos mercaderes amigos suyos que se decían Jaime Tría o Jerónimo Tría y un Pedro de Jerez, le vieron con capitanía y prosperado, le prestaron cuatro mil pesos de oro... y luego hizo hacer unas lanzadas de oro, que puso en una ropa de terciopelo, y mandó hacer estandartes y banderas labradas de oro con las armas reales y una cruz de cada parte, juntamente con las armas de nuestro rey y señor, con un letrero en latín, que decía: Hermanos, sigamos la señal de la santa cruz con fe verdadera, que con ella venceremos; y luego mandó dar pregones y tocar sus atambores y trompetas en nombre de su majestad...»
«Pues como se supo esta nueva en toda la isla de Cuba, y también Cortés escribió a todas villas a sus amigos que se aparejasen para ir con él a aquel viaje, unos vendían sus haciendas para buscar armas y caballos, otros comenzaban a salar tocino para matalotaje, y se colchaban las armas... De manera que nos juntamos en Santiago de Cuba, donde salimos con el armada, más de trescientos soldados.»
«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salidos en tierra... y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque había en aquella villa poblados muy buenos hidalgos... De aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros... Alonso Hernando Portocarrero no tenía caballo ni aun de qué comprallo; Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro...»
«Y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiados, y se fué el Juan Sedeños con nosotros. Ya teníamos once navíos y todo se nos hacía prósperamente, gracias a Dios por ello...»
«Y como Cortés lo supo, habló secretamente al Ordás y a todos aquellos soldados y vecinos de la Trinidad... y tales palabras y ofertas les dijo, que los trujo a su servicio.»
«Y el un mozo de espuelas de los que traían las cartas y recados, se fué con nosotros...»
«Y también atrujo y convocó a los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron...»
He aquí el tipo del conquistador. Brillante, alegre, persuasivo, todos le siguen, todos caen bajo el arrebato de su seducción. Es joven, hermoso, fuerte, arrojado; sabe conquistar los corazones y prende con sus artes de persuasión y simpatía a todos los que encuentra. Arrastra todos los elementos útiles, desde el hidalgo valiente hasta el mercader sedeño, los mozos de espuela y los herreros. Y hace tan fina maniobra frente al sórdido gobernador Diego Velázquez, que materialmente se escurre de sus manos, huye a la mar y queda libre de acometer por sí la hazaña.
Esta hazaña consistía en conquistar y dominar un imperio más grande que España, poblado por tribus guerreras, organizado en nación y provisto de grandes elementos de resistencia. Para conseguir esta empresa, Cortés poseía lo siguiente:
«Mandó Cortés hacer alarde para ver qué tantos soldados llevaba, e halló por su cuenta que éramos quinientos y ocho, sin maestres y pilotos e marineros, que serían ciento y nueve, y diez y seis caballos e yeguas... e once navíos grandes y pequeños... y eran treinta y dos ballesteros y trece escopeteros, e tiros de bronce e cuatro falconetes...»