I

HAY en este conquistador algo como una tristeza inefable, que nos estimula a interesarnos por él y admirarlo más íntimamente.

Es la tristeza del hombre mal nacido, mal criado y peor aventurado, el cual aspira a la grandeza con un anhelo de vindicarse y ennoblecerse, ¡y llega a poseer la fortuna y la gloria demasiado tarde! Y cuando lo consigue todo, muere en forma miserable, obscuramente, a manos de los asesinos.

Otros aventureros habían logrado el triunfo en poco tiempo, de un golpe afortunado; Pizarro necesita perder su juventud en modestas heroicidades y labrar su éxito a fuerza de obstinación. La fortuna le escatima sus mercedes y no le entrega nada de regalo; es el héroe quien debe sojuzgar a la fortuna por el imperio de su voluntad de acero.

Nada le han dado; todo necesita adquirirlo. Carece del linaje y de la cultura de Hernán Cortés; le falta acaso viveza imaginativa y cierta simpatía avasalladora; pierde pronto sus galas juveniles, su risa y desenvoltura, en los primeros y rudos trabajos de reivindicación personal; y cuando, poco a poco, ha hecho respetable su nombre y posee en Panamá alguna hacienda, Pizarro es viejo, grave, sobrio de palabras y está exento de atractiva y brillante fogosidad. Entonces, en un último esfuerzo de voluntad, el conquistador exige salir del anónimo, asalta a la Fortuna, insiste y marcha derecho contra el imperio de los Incas.

Hay en Francisco Pizarro esa grave y vaga tristeza que trasciende de la tierra de Extremadura. Es un ejemplar representativo del país de Trujillo y de Cáceres, austera y bella comarca en que la luz de un cielo ancho y limpio consigue apenas paliar el tono adusto, estoico y noble de las ciudades y de las gentes. Con sus torres cuadradas y sus incontables casas abolengas, Cáceres es un nido de hidalgos, puesto sobre la colina amurallada, dormido en ensueños de lejanía. Rodeado de encinares y extensos campos de labor, Trujillo se encarama igualmente a su colina almenada y tiene, para soñar lejanos sueños, el espectáculo de la tierra infinita. El nervio montuoso de la sierra atraviesa la comarca, y es aquéllo como un lenitivo de dulzura, con sus valles y encañadas donde el viajero descubre repentinamente pueblos idílicos, huertos amables, frondosidad y alegría de campo ingenuo. De este territorio mixto, formado con llanuras religiosas y bucólicos valles, con ciudades guerreras y cándidos montañeses, sacó Francisco Pizarro la mayor cantidad de sus compañeros.

Los que se obstinaron en roer y mezquinar la obra de España en América, necesitaban un hombre a quien acusar de barbarie y en el cual reunir todas las características del aventurero ignorante, inhumano y cruel. Este hombre tipo, esta fiera brutal y carnívora era Pizarro. Y ha sido, en efecto, Francisco Pizarro la víctima propiciatoria que hubo de representar el salvajismo de la conquista española.

Al contrario, este héroe extremeño representa uno de los lados más salientes y gloriosos del carácter español. Si España a causa de su latitud geográfica no puede eximirse de ciertas peculiaridades del meridionalismo, como son la impulsividad, el repentinismo y la ligereza improvisadora, no hay duda que pesan más en su carácter las otras cualidades de obstinación, de insistencia en el propósito, de una como perezosa terquedad. Lo comprueban la lucha secular contra los moros, el empeño de imponer el catolicismo en Europa, la colonización de América, la campaña contra Napoleón, la insistencia de sus guerras civiles, sin contar la absurda y heroica resistencia de sus sitios, universalmente famosos: Numancia, Zaragoza, Gerona.

Francisco Pizarro era hijo bastardo de un capitán. Se ha dicho que en su niñez hacía el oficio de pastor; menos aún, se dice que era porquero. En la tierra de Trujillo abunda mucho la crianza de puercos, y el cuidarlos o pastorearlos no parece que significase allí nunca un desdoro. El cerdo ha sido en Extremadura un blasón heráldico bastante frecuente, y en el mismo escudo originario de los Pizarros se ve, efectivamente, una encina entre dos cerdos rampantes.

Cuidando puercos, descalzo de pie y pierna, el futuro conquistador del Perú bulliría por las cuestas y plazas de su ciudad, ni más ni menos que la generalidad de los chicos extremeños; esos chicos robustos, sanos, honrados, con su color de manzana y sus hermosas facciones, que hoy mismo ofrecen al viajero tan fuertes y ecuánimes ejemplares de humanidad. No sabía escribir. Conocería, acaso, el manejo de las armas, según la costumbre de la época. Era obscuro, inhábil, pobre. Si tenía el brazo musculoso y la sangre caliente, cuando menos no se le conocía por pendenciero, procaz, ni galanteador. Su juventud carece de anécdotas. No se anuncia en él a un futuro bandolero; no mata ni hiere a nadie. Probablemente era un mozo esforzado y ardido; bueno, sincero, noble. La ráfaga que volaba hacia las Indias le arrastró a él, como a tantos otros, y allá se fué con la espada al cinto.

Curioso es advertir cómo en una nacionalidad se presentan frecuentes casos de paralelismo entre personas distintas y derroteros contrarios. Recorriendo la vida de Pizarro no podemos alejar la memoria de Cervantes. He ahí dos hombres de principios infortunados, de vida trabajosa, de heroicidades infructuosas, de un desgaste de la vida sin brillo y sin pasmosa fortuna. Dos hombres que insisten en perseguir el éxito y sólo consiguen lograrlo en la vejez.

Lo cierto es que Francisco Pizarro, puesto que no era un hombre insignificante, pudo ganar ciertos méritos y algunas haciendas en largos años de guerras y expediciones; se halló en múltiples campañas, sufrió hambres y luchas en Tierra Firme y era uno de los pobladores heroicos de Panamá. Pero como él, y con mayores éxitos que él, había numerosos españoles en las islas y en el continente. Y en esta maleza de las mil tentativas sin brillo, en este trabajar cuotidiano y soso, se le pasó lo mejor de la vida. Era, pues, el tipo del héroe que nada debe al nacimiento, a la falacia, ni a la fortuna. Todo se lo amasó y fabricó por sí mismo. Por eso hay en él aquella vaga tristeza de que hablábamos al principio. Porque, en efecto, el triunfo y la gloria son deseables cuando se presentan en plena juventud o cuando vienen a caballo sobre el azar y en forma de lotería; el éxito que hemos trabajado con sangre y con el horror de la larga espera, puede enorgullecernos mucho, pero nos defrauda a la vez por el dejo de la melancolía. Demasiado tarde quiere decir: sentimiento de la ingratitud transcendental ante el desvío o parsimonia de la fortuna.

Pero aquel héroe retardado no desesperaba del porvenir. No era el exitista impetuoso y audaz que se adelanta y que atropella por todo, que exige imperativa y descaradamente; tenía más bien una invencible timidez de hombre humilde y nada brillante. Entonces, entrando ya en la vejez, las primeras noticias del Perú fastuoso llegaron a Panamá. Se hablaba de un país grande y rico, que estaba hacia el lado del Sur, por la mar adelante. Y Francisco Pizarro decidió emprender la inaudita heroicidad.

Puso en la obra todo su dinero, su prestigio honrado, su experiencia y su fe. De qué naturaleza era su fe y su obstinación nos lo han de decir los fracasos, los peligros y las aventuras que soportará el héroe antes de que vea cumplida su hazaña.

La escena de la isla del Gallo se nos presenta como única en la Historia; tiene, por otra parte, un raro carácter de lección psicológica, fuertemente humana y novelesca. Es el instante en que la vida toda de un hombre se derrumba sin remedio y no queda de pie más que aquello que la voluntad osa sostener. La expedición había fracasado; heridos y hambrientos, los soldados rehuyen seguir la campaña; ni imperios fabulosos, ni riquezas y triunfos aparecen por ninguna parte... Es hora de volverse a Panamá. ¡Ah! Los soldados jóvenes e indigentes pueden tornar sin pena, a la espera de una ocasión más propicia; pero Pizarro, ¿qué puede esperar en volviendo? Su hacienda está comprometida, perdida; su renombre también está comprometido; es viejo ya para rehacer dinero y prestigio. Y en lo hondo de su alma hay un grito veraz que le dice que el Perú aguarda al hombre osado, al hombre de fe.

Cuando entonces desnuda la espada, casi loco de ira y de iluminación transcendental; cuando, en ese gesto decisivo de los valientes y los matones, traza en la arena de la playa una línea violenta y vibrante; cuando exclama, en fin: «¡Ea, caballeros, por aquí se va a Panamá a ser pobres, por aquí al Perú a ser ricos y venturosos; quien me quiera bien, que me siga!...» Entonces es cuando el primer capítulo de una emocionante y no igualada novela da comienzo.

El héroe ha saltado la raya; su trémula y violenta mano blande todavía la espada. Once compañeros pasan la raya y firman su cédula para la posteridad. Y mientras los demás se tornan, los aventureros pueden llamarse efectivamente aventureros. Se han quedado solos, desamparados, constreñidos a comer moluscos, locos Robinsones de un naufragio voluntario, ilusos ambiciosos de un ideal lejano, presentido, inconstante.

Nosotros, los modernos, habituados a la rapidez de las distancias, las obras y los fenómenos, ponemos nuestra femenina nerviosidad en todos los casos, y concluímos por inferirle a la vida un daño de disminución. Nuestra vida, de tanto multiplicarse y precipitarse los acontecimientos, concluye por carecer de magnitud y hasta de espacio. Un viaje de varios días no acertamos siquiera a concebirlo; una obra lenta nos irrita.

Pizarro y sus compañeros carecían sin duda de nuestra nerviosidad. Ellos, como hijos de otro tiempo, concebían la vida bien distintamente. La vida era un trozo de eternidad, he ahí todo... Por lo tanto, cada hora tenía un valor correspondiente a la dimensión de la eternidad, y debiéndose realizar las obras para siempre, para eternamente, el plazo de la vida importaba poco; la vida es bastante larga si se sabe emplearla bien. Aquellos hombres confiaban en el tiempo largo; sabían esperar. Esperaron y vencieron.

Pero nuestro ánimo moderno se intimida cuando recordamos que Francisco Pizarro, para poder descubrir la maravilla de Túmbez, aquella puerta marítima del remoto Perú, estuvo navegando y combatiendo por espacio de tres años...

Bien; la puerta ha sido vista y también dominada. Ahora necesitamos seguir al héroe hasta la entraña del Perú.