I

¿QUÉ nueva forma de vida ha traído América a la Humanidad? ¿Qué lugar vacío ha llenado, qué esperanza incierta ha venido a cumplir, con qué valores de la materia y del espíritu ha enriquecido al mundo ese continente nuevo, alboreal, increíble y portentoso, que estaba secuestrado entre dos mares y oculto por los malos genios del terror y de la ignorancia?

Cuatro siglos son tarea bastante larga para la pobre memoria de los hombres, y ahora mismo, sobre la impermanencia de este globo, que tantas cosas olvida, las gentes miran el milagro de América y pasan ante su maravilla sin detenerse, como si nada de sobrenatural hubiera ocurrido en nuestra misma zona histórica. La idea de lo reciente es elástica como ninguna, y si un suceso de frivolidad política o literaria puede y merece envejecer en el tránsito de una semana, otros sucesos, al contrario, conservan su virtud de actualidad durante muchos siglos. Es porque los sucesos cuotidianos los referimos a nuestra propia vida, que verdaderamente es corta; mientras que los otros sucesos deben compararse con la eternidad. Apenas si ha comenzado a envejecer el hecho de que un hombre rubio marchara por los campos de Galilea predicando una nueva vida. La aparición de América debe emocionarnos como si fuera un fenómeno actual, contemporáneo nuestro. Y América está, efectivamente, actuando en este momento con tal energía de cosa nueva y alboreal, que necesitaríamos oponer unos oídos tercamente cerrados al rumor ascendente para no percibir los signos de ese mundo joven que se incorpora al viejo.

La agregación de ese mundo no ha podido verificarse sin choque, revolución y pasmo; Europa se halla como perturbada y perpleja por tan imprevista y gigantesca aparición. Por otra parte, América ha sido concedida a Europa toda entera, como una propiedad innata, como una hija legítima, como una misión del destino. No es un continente como Asia, que ya posee dueño y tiene personalidad; América se ofrece a Europa sin antecedentes y sin prejuicios, virgen y desnuda, cosa plegable y sumisa a cualquier mandato de civilización. Tampoco es un mundo incompleto y precario como la Australia; ni un mundo hostil, negro y fatalmente tórrido, como Africa; América viene a nosotros sembrada de todos los climas posibles, enriquecida con una prodigiosa variedad de paisajes y de recursos, al modo de una síntesis perfecta.

Por esto se ha dicho, con razón, que el descubrimiento y conquista de América es el hecho más grande desde la venida del Cristianismo. Es el hecho revolucionario más intenso, puesto que perturba las líneas generales del mundo, destruye las incógnitas, retira más allá los viejos conceptos y abre una estupenda zona de posibilidades. El ensanchamiento del mundo, la supresión de incógnitas, el continuo vuelo de la posibilidad; he ahí lo que aporta América a Europa en plena iniciativa del Renacimiento.

Por tanto, cada sacudida o movimiento de Europa ya no tendrá que malograrse ante la limitación; Europa no tropezará ya contra los muros de su breve horizonte. Toda iniciativa religiosa, política, social o económica, encontrará desde ahora abiertos los caminos ilimitados, y podrá, como la ola, verterse hasta el fin y hasta sus últimas consecuencias; porque América, grande y nueva, está ahí para ofrecerse como seno de todas experiencias, continuaciones y compensaciones.

Hubo una época, como resultado de la primera emoción, en que la idea del Nuevo Mundo iba vestida con envolturas de un cándido y sentimental retoricismo. La presencia del indio, vestido con sus plumas y su ignorancia supina, produjo aquella suerte de frases que los poetas corearon en tantas odas; la virgen América dió pábulo a muchos manoseos retóricos, y los discípulos de Rousseau encontraron una graciosa oportunidad para su reivindicación de la naturaleza en el sencillo, candoroso y desnudo salvaje americano. Con los inocentes indios de América bordó Chateaubriand las románticas historias de Atala, y el episodio de aquel indio natchez que el gran poeta hace ir a la corte de Luis XIV, es representativo de esa idea romántica, rousseauniana, que atribuyó al salvaje americano un tesoro de inocencias, de generosidades, de virginidades y de dulces melancolías.

Los que han tratado al indio saben que la literatura no se ha aproximado nada a la verdad. Lo mismo ante los conquistadores, como ante los modernos colonos, el indio era y es un hombre de la naturaleza; es decir, perezoso, artero, cruel, obsceno, astuto y albergue de todos los vicios...

La virgen América no debe aparecernos virgen en el sentido rousseauniano y en la forma ideal de un indio inocente, que la brutalidad del europeo atropella; América es para nosotros virgen en cuanto significa juventud, novedad, fuerza incipientemente usada que avanza a lo infinito.