II
Ahora mismo, en el último emigrante que pisa por primera vez las playas americanas, nace la impresión de asombro que sacudiera al principio el alma de los descubridores españoles. Una impresión de admirado espanto frente a las cosas descomunales del nuevo continente.
En la Europa propiamente dicha, hacia el lado occidental, núcleo de las emigraciones interoceánicas, la Naturaleza mantiene el ritmo clásico y heleno de la medida y la ponderación. Nunca los ríos y las llanuras y las islas y los bosques son demasiado grandes; pocas veces incurren las cosas en lo desmesurado; apenas la mirada del hombre debe sentirse encogida por el paso de lo descomunal. La Naturaleza se complace en redondear las ensenadas y recortar los valles ecuánimemente, de manera que los paisajes pueden servir a la vida de los hombres y no a la vida de seres quiméricos. Las estaciones, las lluvias, los cultivos, la población, todo es en la Europa occidental como resultado de una idea de ponderación y de medida.
En América, al revés, parece que la Naturaleza aguardara a una legión de gigantes y no de hombres. Es un continente sin medida, monstruoso, desmesurado, hecho para seres de otra gestación geológica. Los descubridores españoles, si penetraban en un bosque, se encontraban pronto envueltos por la monstruosidad de la selva; si aguardaban la lluvia, recibían el denso diluvio tropical; si buscaban un río, veían abrirse la inmensidad del Orinoco, del Missisipí, del Amazonas, del Plata; si hallaban un cerro, veían surgir en su altísima cumbre las fauces de un tremendo volcán... Por donde quiera les sorprendía lo gigantesco y desmesurado. Monstruosos los calores, los fríos, las lluvias, las sequías; gigantescas las llanuras; interminables las distancias; enormes los imperios. Desmesuradas las hambres, infinitos los triunfos y los placeres. Sorprendente y maravillosa la altivez de los Andes, surgiendo sobre el mar. Terribles y apocalípticos los terremotos, que destruyen en un momento las ciudades. Desmesuradas, en fin, las riquezas de Méjico y del Perú, con sus palacios henchidos de verdadera y material pasta de oro...
Después de cuatro siglos, el sentido de lo desmesurado continúa en América, y todo allí sigue la tendencia de lo enorme: ciudades colosales, ferrocarriles inmensos, cultivos monstruosos.
Por tanto, pronto encontraremos una palabra que nos ayude a expresar un signo psicológico de América: exageración. Si la Naturaleza es exagerada, justo es que los hombres se sometan a la ley del destino. Exagerados en sus impulsos, faltos de medida y ponderación, los americanos se alejan tanto del sentido helénico como se aproximan al ser de su propia naturaleza continental. Exagerados en sus proyectos, en sus empresas, en sus ideales, en sus teorías; exagerados hasta en su retórica. Lo medido y pausado les irrita o no lo comprenden. Les gusta el ruido y la proporción de la catarata, la fuerza descomunal de sus extensiones terrenales, la frondosidad abrumadora de sus selvas. Aman lo quimérico y colosal, lo mismo el yanqui, que forma ciudades monstruosas como Nueva York; que el tirano del Paraguay, aquel que declara la guerra a tres naciones juntas y no rinde las armas hasta que no resta un hombre en el país.
El bluff, palabra de América, es el resultado de ese sentido de la exageración, de lo desmesurado y colosal, y en cierto modo define la parte estéril, pero expresiva, de una dinámica gigantesca, sobreexcitada, falta de armonía.
También deberemos mencionar otra palabra, muy caracterizadora de la psicología americana: libertad. Los descubridores españoles, apenas ponían el pie en las Indias, sentíanse aliviados de un peso moral, y era éste el «peso jerárquico» de Europa. Bastardos o segundones, soldados obscuros o simples homicidas, el caso es que un poblador y un conquistador eran desde entonces hijos de sus hechos y valían tanto como sus obras. El porquerizo extremeño que llamaban Pizarro a secas, se convierte en marqués y señor poderoso; el marmitón de cocina puede desembarcar, afanarse en los negocios y llegar a tener palacios, servidores.
He ahí a la libertad en toda su realidad positiva. Los hombres se desvinculan de sus compromisos europeos, rompen el hilo prolijo de las jerarquías, y, aparte un poco de trabazón burocrática en la corte de los virreyes, los hombres son por lo que hacen y tienen. ¡Y es tan fácil hacer, tan sencillo tener! Allí están las tierras sin fin; hay para todos. Allí están los negocios y las empresas brindándose a quien ose emprenderlos.
El poder real descollaba muy lejos, allá remoto. Un ancho Océano separaba al continente, y la distancia y los peligros del viaje hacían más inmunes a los desterrados. Como desterrados, como robinsones cívicos, los conquistadores implantaron, efectivamente, en América el sistema municipal y las libertades jurídicas, que ya en España habíanse defraudado ante el poder imperialista de los nuevos reyes. Y este fuego de independencia y de libertad, exagerando los instintos nativos de los conquistadores, les arrastra desde el comienzo a disputas y guerras civiles.
Hijos son de sus actos. Han roto los vínculos de la familia y se evaden a las trabas de las jerarquías meticulosas. Fácil la adquisición, rápido el éxito, los pobladores se abren pronto a la soberbia. Y como cada cual se defiende por sí mismo de los azares e inminencias, el valor personal cobra un mérito extraordinario. Frente a los indios sanguinarios, en los cultivos remotos, en las haciendas precarias, donde un solo hombre necesita gobernar a manadas de indígenas o de negros, es allí cuando el individuo adquiere la conciencia de su poder y reclama el máximo de su libertad personal...