CAPITULO III.

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LA REGIÓN MARÍTIMA.

El canal del «Dique».—Las ciénagas; la salida al mar.—Cartagena; su bahía; sus arrabales.—Adios á la patria.—El mar por primera vez.

El 7 de febrero á las doce de la mañana mi bote estaba preparado, y partí con mi familia del puerto de Calamar para descender el canal del Dique, prefiriendo esa via mas bien que la de tierra, porque si esta era mas corta, la otra tenia para mí todo el interes de una obra nacional importante para el comercio, y todo el encanto de una navegacion en extremo pintoresca.

A pocos metros de distancia del puerto esté, sobre la márgen izquierda del Magdalena, la boca del canal, abierta mas bien por el empuje natural de las aguas que por el esfuerzo de los ingenieros; pero al dejar el gran rio, donde el caudal opulento de las ondas lo hace todo, lo primero que se ve en el Dique es el casco despedazado del vapor Calamar, el único que habia navegado allí, y los escombros de una compuerta derrumbada á causa de la debilidad del cimiento deleznable. Donde la mano del hombre ha intervenido se ve, pues, el abandono, se ve patente la inconstancia que preside á todos los esfuerzos industriales del Hispano-colombiano. Grandes sumas se han consumido en la apertura de ese canal;—bellas y legítimas esperanzas se fundaron en la obra, y sinembargo, lo que queda es un monton de ruinas y una via de navegacion embarazosa y llena de torturas para el viajero.

En un trayecto de diez ó doce kilómetros el canal, con una anchura uniforme de diez á catorce metros, parece una inmensa calle trazada en perspectiva, recta en lo general y con aspecto monótono y desapacible. Las barrancas de las dos orillas, cortadas y desnudas; la vegetacion mediana y sin elegancia; el sol ardiente que sufoca y devora; la regularidad del trayecto; las plagas infinitas de insectos voladores que hacen salir la sangre envenenada por cada picadura, y la increible multitud de enormes iguanas y lagartos que se arrastran por entre los tostados matorrales de las orillas,—todo eso contribuye á entristecer al viajero durante las tres primeras horas de navegacion.

Despues la escena va cambiando á cada vuelta y revuelta del canal, y los mas variados cuadros de la naturaleza se suceden para encantar maravillosamente al viajero. La proximidad de las ciénagas se manifiesta en la verdura húmeda, la riqueza de la vegetacion y la abundancia de las aves acuáticas. Cedros y otros árboles gigantescos se levantan, y de sus brazos retorcidos penden festones admirables de flores que reúnen todos los colores del arco iris. La vara-santa ostenta su mástil altísimo, cuya copa azul, morada, blanca, rosada ó amarilla, segun el estado de la flor y la hoja, es el grupo mas suntuoso de guirnaldas que puede imaginarse, multiplicado prodigiosamente. Una inmensa alfombra de gramíneas rizadas cubre las orillas del canal, y sobre ese interminable feston, agitado por las brisas, se mecen las palmas elegantes de las gramíneas arbóreas, entretejidas por cortinas flotantes de parásitas y flores, que forman sobre la cabeza del viajero una bóveda sombría, poblada de perfumes desconocidos y de indefinible belleza artística. Aquello figura un arco triunfal infinito tendido sobre una calle cubierta de flores y de ricas colgaduras.

De repente la bóveda se acaba y el canal se confunde en una ciénaga de majestuosa y melancólica hermosura. Allí se tropieza con los escombros de otra compuerta de manipostería, y una gran máquina para limpiar las ciénagas y canalizarlas levanta su roja chimenea por entre las altas gramíneas. El espectáculo de la ciénaga de Sanaguare es admirable y solemne. ¡Qué soledad aquella! El viajero se siente como anonadado, porque se encuentra muy pequeño, impotente, en presencia de aquella naturaleza exuberante y bravía…. Terribles caimanes se pasean, asomando sus cabezas bronceadas sobre la onda cristalina encrespada por la brisa que sopla desde la lejana costa del mar Caribe; el lago es extenso y de la mas extraña forma. Por todas partes se levantan los troncos secos y blanquecinos de millares de guayacanes, cuya verdura ha destruido la humedad de las ondas que los rodean, y las copas, retostadas por el sol en su parte superior, sueltan por todos lados festones suntuosos de parásitas enredaderas. Cada uno de esos árboles parece un esqueleto vestido de gala,—un cadáver que, teniendo la cabeza, los brazos y las piernas desnudas, lleva en el pecho y las espaldas una túnica suntuosa de terciopelo oscuro, flotando al viento como la bandera de la muerte…. El cielo es admirablemente azul y se refleja en la onda que sirve de base á ese romántico bosque de cadáveres vegetales; y por todas partes se cruzan, en innumerable multitud, bandadas de aves acuáticas de los mas raros colores y las mas singulares formas, que levantan un concierto de salvaje armonía. El grito melancólico del chicoalí, hermoso pavo silvestre,—el canto recóndito del chílacó,—el graznido de la garza temerosa,—el aleteo del cuervo agitándose entre las altas ramas del caracolí,—el chillido del pato ó del coclí, la queja de la caica, esa cantatriz de las tristezas de la selva y del río,—el sordo y vibrante ruido del alcatraz que sacude sus pesadas alas,—el grito salvaje del mono (esa mueca del hombre, como dice Pelletan), lanzado desde lo alto de su columpio sombrío,—el redoble del alcaraban, ese centinela de los desiertos,—el zumbido de la cigarra fatigada y de los millares de insectos que pueblan el aire, y mil otros ecos y ruidos que salen del fondo de la selva: hacen de aquella soledad una escena que sobrecoge el alma de respecto, que obliga al viajero á evocar todos sus recuerdos de amor y de supremo bien, y que inunda el corazon de un sentimiento inefable de veneracion divina y de poesía soñadora….

Despues, la noche vino con sus sombras, su misterio y su solemne majestad, y á todos esos ruidos de la tarde sucedió el silencio de una soledad imponente. Apénas la luz fosfórica de los cocuyos y los peces señalaba el hilo blanco de las aguas del canal; la ciénaga habia quedado atras; la oscuridad era profunda; los remos, agitando las ondas inmóbiles, producian con su chasquido un eco misterioso; los corpulentos árboles de las orillas tomaban las mas extrañas formas en la sombra del follaje interior, y al encanto infinito de la tarde sucedian las amarguras de una noche de sufrimientos increibles…. Lo que el viajero puede sufrir allí, literalmente devorado por los zancudos, es indescriptible. Es un dolor atroz, incesante, cruel, torturador, que da la idea de la Inquisicion, del infierno, de la suprema desesperacion…. Cada minuto es un siglo de angustia, y cuando el viajero ve aparecer el sol al dia siguiente, cuyo calor hace huir á la infernal plaga, comprende que en solo una noche ha sufrido por muchos años y ha aprendido á tener resignacion.

Los miserables pueblos de Mahates y San Estanislao, situados en medio de ciénagas interminables, demoran allí en la mayor incuria y en un completo desamparo; y el canal, ensanchándose á veces en medio de anchas lagunas ó ciénagas, como las de Sanaguare, la Cruz y Palotal,—ó volviendo a estrecharse como en su principio, aunque cambia de aspecto por su forma ó su vegetacion, nunca pierde su hermosura salvaje, su soledad y sus encantos. De trecho en trecho se encuentra algun bote navegando pausadamente, detenido á veces por muros de plantas acuáticas de tal manera entretejidas que exigen un trabajo vigoroso para abrir paso á las embarcaciones. Esa naturaleza invencible tiene un poder de reproduccion maravilloso; y al Contemplar la escena el viajero admira la energía de voluntad que presidió á la apertura del canal, casi obstruido en 1858.

Desde el principio de la gran ciénaga de Palotal el paisaje toma nuevas y admirables proporciones. Allí es un extenso lago de verdura lo que se ofrece á la vista del viajero. El agua, cubierta donde quiera por una espesa capa de gramíneas profundamente arraigadas, tiene una profundidad media de tres metros, pero rara vez aparece en la superficie. Todo el vasto lago de verdura abarca una extension de muchas millas, limitado en su circunferencia por manglares interminables y muy tupidos, de aspecto suntuoso y magnífico. Al fin la ciénaga encuentra su desagüe principal, y el viajero vuelve á esconderse en el cauce sombrío del Dique ó canal, embelesado por los encantos de una naturaleza incomparable. Allí la plaga ha desaparecido enteramente, y el canal, con una anchura de 15 á 20 metros, da la idea de un paraíso que solo la imaginacion del poeta pudiera haber ideado. Las bandas de pájaros multicolores son innumerables;—le sombra deliciosa, bajo el follaje colosal y espeso de una vegetacion en que alternan el mangle, elegante, recto y de románticas raices hundidas entre las ondas, el corpulento caracolí, la flexible guadua y mil plantas de las mas hermosas formas;—los conciertos que de todas partes se levantan, y los perfumes que exhala el bosque de su seno húmedo y exuberante de fuerza reproductora,—todo contrasta con la escena marítima que despues se presenta. El canal termina entre manglares para perderse en las ondas cristalinas de la bahía, sumamente prolongada hácia el interior; la brisa del Atlántico sopla con vigor; la ancha vela del bote se desplega y flota de proa á popa; el horizonte se ensancha; las aguas toman el olor, el color y la aspereza de las aguas marinas; los remos dejan de agitarse; el tiburon persigue implacable á ejércitos de peces primorosos; las colinas de la costa se ofrecen á la vista; se siente el sordo y lejano mugido del mar; el mundo de las selvas acaba, el del abismo infinito comienza; y al fin, surcando una bahía de admirable belleza, que ensancha el corazon y da la primera nocion de la majestad del Océano, el viajero ve á Cartagena, bella, melancólica, romántica, sentada entre dos bahías, como una garza nadando en el Atlántico; y el Colombiano, el Granadino, amante de la libertad y de las glorias de un pueblo heróico, no puede menos que levantar la voz y saludar á la vieja y noble ciudad, diciéndole con el arrebato de la admiración; «Salve, gloriosa Cartagena, tierra del heroismo supremo y la abnegacion, cuna de poetas y mártires, sepulcro arrullado por las ondas, escombro de la opulencia que fué para no resucitar sino en un lejano porvenir!»

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Cartagena es la capital del Estado federal de Bolívar, uno de los nueve en que recientemente se ha dividido Nueva Granada, con una poblacion de 200,000 almas y una extension aproximativa de 40,000 kilómetros cuadrados, compuesta en su mayor parte de espléndidas llanuras y selvas, surcadas por hermosos rios navegables; con un clima general de 33 grados centígrados, en los veranos, y un desarrollo muy considerable de costas marítimas entre las bocas del Magdalena y las del Atrato. Si en otro tiempo Cartagena llegó á contener mas de 20,000 habitantes su poblacion ha bajado á 7,000, diezmada desde 1811 por la guerra, las epidemias, la rivalidad de otras plazas comerciales y el lento desarrollo, interior de la agricultura. Hoy Cartagena es un inmenso escombro, cuyo espectáculo aflige profundamente al viajero; pero la hermosura romántica de la ciudad, la esplendidez de sus bahías, su admirable posición marítima, su importancia y sus facilidades para el comercio interior, el carácter de su poblacion y los nobles recuerdos que le pertenecen, hacen de esa plaza un objeto tan interesante como simpático para el observador extraño.

Nada mas grandioso y variado que el panorama que se desarrolla á la vista del curioso que quiere contemplar la ciudad desde lo alto del cerro de la Popa que la domina enteramente. Esta eminencia aislada es una alta colina pedregosa, rodeada de ciénagas y bahías, á una milla de la ciudad, y en cuya cima los Españoles establecieron una fortaleza y un convento, las cosas mas características del sistema colonial que dominó en Hispano-Colombia; pero la República, que no quiere ni frailes ni cañones, ha dejado arruinar todo aquello, y hoy no queda sino un monton de escombros imponentes. Desde las plataformas de aquel edificio mixto y despedazado, el viajero contempla un espectáculo maravilloso, digno del pincel del artista y de la admiracion del poeta, como del estudio del historiador y el arqueólogo.

Al norte de la ciudad, aislada por sus murallas, sus fosos, sus bahías y lagunas, se abre un estero que determina una angosta lengua de tierra, poblada de cocoteros, quintas y rústicas chozas. Al sudoeste se dilata la hermosa bahía ó entrada de Boca-grande, obstruida por los Españoles; después la isla de Tierra-bomba, flanqueada por fortalezas; mas al sur la entrada de Boca-chica; en fin la grande isla de Barú, separada del continente por el Dique. La inmensa y admirable bahía forma casi un círculo irregular; en su seno se ven anclados 20 ó 30 bergantines, barcas y goletas con los pabellones estranjeros y el nacional; un enjambre de lanchas se cruza en todas direcciones,—y varios fuertes, construidos sobre islotes ó ángulos salientes de la costa, ostentan entre cocoteros y parásitas, su vieja y pesada manipostería convertida casi en escombros, ó muy deteriorada, y sin baterías. Al frente, hácia el poniente, se extiende el Atlántico, brillante, agitado, mugiente, inmenso y lleno de majestad y misterio…el mar con toda su fascinación, con sus reflejos inasibles, con su movilidad eterna, y sacudiendo su lomo de escamas luminosas, como un dragon enfurecido por la resistencia de las rocas que quisiera devorar ó pulverizar.

En medio del océano, las bahías, la laguna y el cerro de la Popa, vegeta Cartagena, como un náufrago que vacila entre los abismos del mar y la soledad del desierto que limita un continente. ¡Qué de recuerdos allí! ¡qué sublime pobreza! ¡gloriosa mendicidad de una reina caida que se hace respetar por lo que fué, y admirar por la majestad de su dolor! El mar golpea por todos lados sus murallas; el cielo la cobija con un manto siempre límpido y azul; y los mil penachos flotantes de sus cocoteros hacen admirable juego con las altas torres de sus venerables templos medio arruinados, tristes y ennegrecidos por el tiempo. La parte principal de la ciudad, formando una isla, ligada por un puente colgante al barrio de Jimaní que toca al continente, es toda de mampostería pesada; una enorme muralla, llena de fortificaciones en otro tiempo formidables, la circuye, defendiéndola de las invasiones del mar. Imagínese el lector lo que serán ó han sido esas fortificaciones, con solo saber que ellas le hicieron consumir al gobierno español la estupenda suma de 250 millones de pesos, sin contar una gran parte de los armamentos. El viajero se pasma al considerar toda la suma de trabajo humano que debió concurrir á la creacion de aquella magnífica ciudad de calicanto eterno. La República, que quiere contar solo con los recursos de la paz, ha vendido todos los cañones, como un elemento inútil para la civilizacion; y Cartagena no es hoy sino una plaza mercantil arruinada, que espera de la industria libre su resurreccion.

El barrio de Jimaní, compuesto de casas de paja, hermosas quintas y reductos, y que se extiende hacia el pié de la Popa, es mas pintoresco y alegre, pero ménos interesante por su estructura material. La ciudad tiene excelentes edificios públicos, y por una singular contradiccion, miéntras que todas las calles son sumamente estrechas y oscuras, las casas son como palacios, casi todas altas, alegres en su interior y con salones espaciosos y cómodos. Como la poblacion es muy inferior á la localidad, muchísimas casas están desiertas, y el abandono las ha convertido en tristísimos escombros, ¡Y qué contraste el que se nota en las mujeres de Cartagena!… Las señoritas son en general muy bellas, espirituales, expansivas y alegres, y reunen á la elegancia ó la gentileza de las formas una gracia en el decir, en la mirada y la sonrisa, verdaderamente encantadora. Al contrario, las pobres mujeres de la clase proletaria (quizas deteriorada la raza por la miseria y la inaccion), son de una fealdad dolorosa:—flacas, largas, sombrías, pálidas como espectros, lúgubres como las sombras errantes en medio de las tumbas…. ¿Cómo explicar esa contradiccion ó ese contraste? Yo podría determinar las causas, pero me contentaré con hacer una reflexion. Cartagena es una gran ruina, es una tumba inmensa, y entre las ruinas y las tumbas se encuentran siempre, lo mismo el hermoso lirio lleno de perfume y misterio, y el blanco alelí de las murallas, que el lagarto feo y descarnado vagando por entre los pedriscos y los escombros donde vegeta la hiedra….

Por lo demás, la población de Cartagena tiene las mas excelentes cualidades sociales: hospitalaria en alto grado, franca, generosa, jovial y siempre animada de un profundo sentimiento de patriotismo, que parece mantenido por el recuerdo mismo de las glorias de Cartagena. La política agita mucho á los vecinos; pero pasada la lucha transitoria, todos vuelven á una fraternidad que se revela en el trato social, en el sentimiento de caridad y en el espíritu de independencia política y de intimidad personal que los anima á todos.

Cartagena tiene muchos elementos de prosperidad, y puede ser grande por la agricultura interior y por el comercio de importacion y exportacion. Pero para prepararse un porvenir digno de su posición, necesita abrir paso á los vapores entre su puerto y el rio Magdalena, restableciendo su canal casi obstruido, ó bien fundar la comunicación terrestre por medio de un ferrocarril ó una buena via carretera. El mundo colombiano, en todas sus regiones, tiene cuanta riqueza puede imaginarse: la naturaleza le ha dado la promesa del mas venturoso porvenir, en la opulencia de su territorio, y en la bravura heroica de sus hijos. Lo que ese hermoso mundo necesita es contacto con las demás sociedades, con todas las razas, con la civilización exterior en todo su desarrollo. Así puede decirse que la obra compleja de civilizar á Colombia está resumida en esta frase; comunicarla con el mundo, lanzarla en el movimiento universal.

Bajo la impresion de esta idea, sentia que mi existencia iba á trasformarse al dejar el suelo de la patria, confiarme a la providencia del vapor, cruzar el inmenso piélago y descender sobre las costas de Europa, en busca de la luz, el movimiento, la vida intelectual y moral, los tesoros del arte, las maravillas de la industria y todo lo que constituye este caudal de las tradiciones y los triunfos de la humanidad que se llama la civilizacion europea. ¡Quién me dijera entónces que al tocar la realidad y estudiarla atentamente, muchas de mis ilusiones se disiparían; que este viejo mundo me habría de parecer muy inferior á lo que los libros me lo habian hecho soñar; y que al comparar á la pobre y atrasada pero hermosa Colombia española con la opulenta y refinada Europa, mi espíritu, mejor esclarecido, acabaría por estimar infinítamente mas al pueblo del Nuevo Mundo, á quien, á pesar de los defectos heredados, la democracia ha ennoblecido y adelantado, relativamente al tiempo, mucho mas que las instituciones aristocráticas á las sociedades europeas.

El 12 de febrero dejaba yo el puerto de Cartagena para tomar el vapor inglés Thames, en viaje para San-Thomas. Por primera vez sentia toda la solemnidad de ese acto de suprema confianza en la Providencia que presenta al hombre lanzado sobre un barco a la inmensidad del océano…. En el continente quedaba todo mi pasado, todo ese conjunto de tesoros que se llama la Patria; y en la onda agitada del abismo se levantaba la sombra vaga del porvenir. Al dar el último adiós á Nueva Granada, cuyo heroísmo representaba Cartagena, llevaba en mi corazon un sentimiento de profunda gratitud y fraternidad hácia esa noble ciudad, y la esperanza se asociaba en mi espíritu á la muda contemplacion de un mar cuya grandeza me daba la idea de Dios, de lo Infinito, de la Eternidad….

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¡Qué espectáculo tan solemne es el del océano! Delante de esa grandeza, de ese abismo que guarda en su seno la base de los continentes, de esa majestad suprema de la naturaleza, es preciso tener fe, levantarse hasta Dios, vivir con el pensamiento en la eternidad, llenarse de la idea de lo infinito, creer en la eterna armonía de la Creacion, admitir la noción sublime del progreso indefinido, admirar la supremacía del hombre sobre los elementos! Allí, en medio de ese piélago que se mueve sombrío é incansable, sobre ese lomo de cristal líquido que nos lleva de continente en continente, es preciso sentir profundamente, admirar, adorar en silencio, vivir de una divina inspiración, ser poeta, cantar, y sentir en el corazon un no sé qué de heróico, de grande, segun la inminencia aparente del peligro!

A fuerza de leer y meditar algo, habia llegado á formarme, allá en el corazon de los Andes, la idea del océano; lo habia soñado con toda su soledad asombrosa, su misterio, sus efectos de luz maravillosos, sus ondas agitadas y terribles, sus calmas amenazadoras, sus trombas y tempestades, sus vagos suspiros, sus mugidos ruidosos, sus mil fenómenos de óptica, de vegetacion oculta ó viajera, de poblacion increiblemente variada entre los pliegues de sus ondas…. Y sinembargo de mis fantasías, que eran de una exactitud completa, me sentí sorprendido, sobrecogido de admiracion, lleno de miedo y de valor alternativamente, y como en un mundo distinto del de la Creacion, cuando, ya lejos de las playas rocallosas y desiertas de Cartagena, reconocí que la tierra quedaba en lo pasado, como una sombra, y que desde aquel momento mi vida y la de mis amores pertenecian á la ciencia y las borrascas disputándose el imperio de la inmensidad!

Eran las cuatro de la tarde, y el vapor Thames, bufando como un dragon amenazado por los monstruos del abismo, surcaba las ondas con dificultad. El mar estaba agitado, y en vez de la superficie verde y cristalina de la bahía de Cartagena, no se veia al derredor sino una serie de colinas de agua negra y sin brillo, perdiéndose en el horizonte en una prolongada y fuerte ondulacion. Allí sentí una cosa que por un momento me pareció miedo. Miraba el remolino inmenso, me estremecia y me parecia que algun impulso secreto me empujaba sobre el borde del navio para precipitarme entre las espumas de la estela. ¡Era el vértigo del alma en su admiracion por lo infinito y por la fuerza suprema! Después me convencí de que no era miedo lo que me dominaba. Al contrario, mi confianza era absoluta, y la idea de la muerte no llegó á conmover mi espíritu sino bajo su aspecto heróico.

Cartagena iba á desaparecer. La costa de Colombia no era ya sino una faja oscura, vaga, fantástica, y las altas torres de la vieja y heróica matrona de la independencia colombiana se destacaban apénas en el horizonte, como puntos blanquecinos ó pequeñas nubes evaporándose de momento en momento. Al fin todo perdió su forma y su color; la altura de las ondas, abultada por la óptica, cubrió la lista lejana; la perspectiva se acabó, y en vez de la tierra no ví sino la faz movible y escarpada del océano.

En aquel momento mi corazon se apretó dolorosamente; un suspiro profundo me arrancó de mi contemplacion detras de los timoneros del vapor, y sentí que una lágrima ardiente me quemaba la cara…. Esa era mi despedida, mi silenciosa invocacion á la patria. Alcé los ojos al cielo, y ví que el pabellon británico flotaba sobre mi cabeza. Desde ese momento yo era extranjero en todas partes, extranjero aún en la soledad del océano, porque un leño impulsado por el vapor tiene nacionalidad, y los pueblos no han comprendido aún que la Creacion es de todos, que Dios ha hecho de la humanidad una sola familia!

Entónces mi pensamiento comenzó otro giro. La ancha y reluciente estela del vapor me hizo meditar en la historia de la ciencia y del heroismo, y evoqué con recogimiento y veneracion la memoria de Vasco de Gama, de Colon, de Balboa, de Magallanes, de Cortés, de Pizarro, de Lapérouse y de Cook, cuya fe y abnegacion han hecho avanzar el mundo en la carrera perdurable de la civilizacion! Y luego ¡qué de luchas, de sacrificios, de siglos de labor, pasando la obra del progreso de generacion en generacion, como la herencia de la humanidad entera!

¡Cuánto no ha sido necesario para que el hombre fundase su imperio sobre la Creacion, encadenando los elementos bajo su planta soberana y guiando su quilla triunfadora bajo la inspiración de la ciencia! Los Fenicios, los Cartagineses, los Griegos y los Italianos, los Portugueses y Españoles, los Ingleses y Holandeses, ¡cuánto no han tenido que hacer para que Fulton y sus predecesores y sucesores le revelasen al mundo las maravillas del vapor!

¿Qué es el hombre? Débil por su fuerza física; pequeño como un humilde átomo en presencia de las montañas y los mares; nulo delante de la incomensurable majestad del cielo y de los mundos que lo pueblan; nacido con la herencia del dolor; perecedero en su forma como todo lo que existe en el mundo físico,—el hombre ha recibido sinembargo una potencia que no tienen las montañas, el océano, las tempestades ni los astros: el ESPíRITU. Y esa sola potencia, que es el soplo de Dios, que es la fuerza suprema, que es mas que la luz y que la vida, porque es la esencia creadora, inmortal y divina, le ha bastado para descomponer y analizar y someter la luz, guiar la electricidad, esclavizar los vientos, poner á su servicio el fuego y la explosión, domar los furores del océano, escudriñar los secretos del cielo y de la tierra, producir la fuerza hasta lo infinito y suprimirla á su antojo!

¡El hombre es, pues, creador; el hombre es soberano, es superior á la naturaleza! Por qué? porque es espíritu, porque la ciencia es su rayo, el pensamiento su palanca titánica, la palabra su irresistible instrumento de conquista! Sí; el hombre es soberano porque no es esclavo de la materia, porque es inmortal como especie y pensamiento, porque su destino es el progreso indefinido, sin mas principio que Dios y sin otro fin que Dios!

Oh! el hombre es muy grande; y yo no querría otra cosa para convencer á los que niegan la ley del progreso, á los que dudan de la supremacía del hombre, á los que no tienen fe ni en Dios ni en el espíritu de la humanidad,—no querría mas que hacerles dejar sus curules empolvadas, sus cátedras carcomidas por el tiempo, y traerles a la mitad del océano, donde este ser diminuto y débil como materia, este pigmeo armado de los rayos de Dios, que se llama el Hombre, se pasea tranquilo por en medio de un abismo agitado y terrible; fuerte por la posesión de una brújula, un cronómetro, un anteojo, y los resortes y las válvulas de una maquina de hierro que hace volar un barco sobre las ondas con la impunidad de la gaviota.

La noche había tendido sus sombras sobre el inmenso piélago, y yo meditaba todavía, sentado cerca del timón del Thames. De repente un sudor frió me inundó la frente, haciéndome temblar. Quise levantarme, y sentí que la fuerza me faltaba, que la sangre se helaba en mis venas y arterias, que un horrible zumbido me hacia perder la vista, el oido y la conciencia de mi ser; en fin, que un vértigo se apoderaba de toda mi organización. Era el mareo, ese cólera de los mares que no perdona á ningún viajero y vence aún á los mas vigorosos temperamentos!

«¡Y qué! me dije entonces: el hombre es soberano de este abismo, y sinembargo el solo movimiento, el olor y la vista de este monstruo líquido son bastantes á vencer y aniquilar completamente al soberano? ¿Es que acaso esta corteza de carne que envuelve al espíritu puede hacer pesar su debilidad miserable sobre el ser moral, hasta el punto de quitarle el pensamiento, la memoria, la voluntad y toda la energía de los instintos generosos? ¿El hombre es, pues, muy pequeño?» me pregunté desfalleciente. No! me decía el alma. Sí! me decia la carne!

Entonces me acordé de Rodin, aquel terrible personaje del Judío Errante, que luchando con el cólera, casi en las agonías de la muerte, y sin mas poder que el de la voluntad, exclamaba: «Quiero vivir, y viviré porque lo quiero!» Yo habia hecho desde antes de embarcarme el propósito de resistir á todo trance al mareo, contando con el vigor de mi organización física: Pero al ver que esta sucumbía,—me dije con resolución: «No! no! quiero que mi alma domine con su fuerza la debilidad de mi cuerpo!»

Entónces me puse á bañarme la cara con agitación casi febril, y á chupar naranjas dulces con desesperación. Me puse de pié, me agarré de las vergas laterales, de las barandas, y marché. La vista se me anublaba; caminaba á tientas en medio de los marineros, y hacia esfuerzos supremos de voluntad … Lo que pasó por mis músculos y nervios, por mis arterias y mi cerebro, es indescriptible; fué una lucha interior tremenda, abrumadora, que me dejó casi exánime. Pero quince minutos después me paseaba libre y sereno sobre la cubierta de popa, fumando y riendo, y luego, en asocio de un amigo y compatriota, hacia saltar el corcho de una botella de champaña para beber por la patria, diciéndome interiormente: «El hombre es el rey de la tierra, porque su fuerza es el espíritu y su cetro la voluntad.»

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