CAPITULO IV.

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EL OCÉANO.

La poblacion del vapor Thames.—La bahia y la ciudad de San-Thomas. —Una noche poética.—El vapor Paraná.—Grupos sociales.—Escenas á bordo.—Una ceremonia fúnebre.—Temporales.—Las costas de Inglaterra.

El 13 de febrero estaba yo desde muy temprano sobre el puente del paquebote. El calor de los camarotes era insoportable aún durante la noche, y yo queria no solo gozar de la brisa fresca de la mañana, sino asistir á ese espectáculo sublime de la salida del sol. ¡Qué magnificencia de escena! qué de tesoros de luz y de hermosura desconocidos hasta entonces por mí! El sol, como una inmensa urna de fuego, salia de entre las ondas, envuelto en una auréola de colores resplandecientes é inasibles á la vista, confundiéndose al mismo tiempo en el cielo y en el océano, de manera que las dos faces del horizonte, la de arriba y la de abajo, formaban una sola. Y el mar, que bajo la sombra del vapor era oscuro como la noche, del lado del oriente brillaba como un inmenso espejo, agitando sus escamas en un vaiven interminable que multiplicaba los efectos de luz en las cimas de las olas, y las medias tintas y las sombras fugitivas en los intersticios momentáneos abiertos al quebrarse las grandes moles cristalinas y espumantes.

El contraste de aquellas maravillosas hermosuras del elemento iluminado y agitado, con la soledad de aquel desierto movedizo, era imponente. ¡Qué suprema tristeza en el fondo de tanta vida de la naturaleza! El sol, la brisa, las ondas y el cielo azul y trasparente reflejaban la vida, mientras que la muerte y la desolacion se revelaban en esa inmutabilidad, en ese silencio, en ese vaiven incansable de un abismo colmado por las aguas del globo entero! El hombre es como el océano: todo aquí se sostiene por el equilibrio entre la vida y la muerte.

Despues de contemplar y admirar era preciso observar la composicion de ese pedazo de la civilizacion que se llama un Vapor. El Thames era uno de los paquebotes mas antiguos de la compañía Británica, y servia perfectamente de punto de comparacion para juzgar de los progresos que en los últimos quince años ha hecho la navegacion á vapor. En lo general la estructura de los vapores ingleses destinados á navegar entre «Sud-América» y Europa, es pesada, pero de mucha solidez, y si hemos de prescindir de algunas raras excepciones, podemos con justicia establecer un parangon entre los vapores americanos y los ingleses. Si en punto á solidez, seguridad y perfeccion en el servicio de maniobra son muy superiores los ingleses, los paquebotes americanos tienen la ventaja en la rapidez, la comodidad y aún la baratura. El vapor americano es al inglés lo que el hotel de lujo al café ó restaurador. El viajero se siente mucho mejor bajo la bandera estrellada que bajo el leopardo.

Generalmente los capitanes de los paquebotes ingleses son muy poco galantes, y muchos de sus oficiales son ordinarios en su educacion y sus modales. Unos y otros son muy intolerantes en punto á la hipocresía religiosa de los Ingleses sobre los domingos, y se nota que todos los marinos, desde el primero hasta el último, tienen muchas supersticiones, talvez incompatibles con el hábito del peligro.

En compensacion se ve en todos ellos que la moralidad es sólida, excepto en algunos contadores (Pursers), que son peores que judíos, y en los cantineros, que explotan á su sabor al pasajero. Algunos Pursers son tan…usureros, por no usar de otra palabra, que cobran descuento hasta por las libras esterlinas. Muchos pasajeros son escamotados en el valor de la moneda, perdiendo el 5, el 8 y hasta el 10 por ciento del valor legítimo de sus doblones, porque la necesidad los obliga á aceptar la tarifa caprichosa con que se especula á bordo. Probablemente los escamotadores llaman eso hacer sus economías.

Los camarotes de los vapores ingleses carecen de comodidad, y el servicio de los domésticos es difícil y desagradable. Los pasajeros que, por su desgracia, no saben explicarse en buen inglés, tienen que hacerlo con libras esterlinas y chelines, en cuyo caso son perfectamente comprendidos. Un Inglés tiene tanta fatuidad de raza, que jamas responde, aunque conozca una lengua extraña, si no le hablan en la suya, ó si no le muestran la bolsa que es lo mismo. Los vinos, cuya venta es una brillante especulacion del capitan, son casi todos detestables, sobre todo los franceses y españoles, y el buen bebedor tiene que contentarse con el abominable brandy, la cerveza comun ó la insípida limonada gaseosa, excelente para el mareo pero nociva para los nervios. Por lo que hace á los alimentos, su invariabilidad cotidiana y su sabor son insoportables. El cocinero inglés, que en materia de papas cocidas, roast-beef y pudding no tiene rival (y por cierto que el mérito no es muy envidiable), es en lo demás inferior á todos los cocineros posibles de uno y otro hemisferio. Es que el Inglés sabe beber, pero no comer, y tiene el gusto en el estómago, especie de tonel, mas bien que en el paladar.

A bordo del Thames se habia reunido una sociedad de las mas heterogéneas. En primer lugar debo citar á nuestro Irlandes del vapor Bogotá, que habia bailado tan alegremente el currulao con las negras lustrosas de la aldea de Regidor, á orillas del rio Magdalena. El buen viejo parecia muy contrariado por falta de confianza, y se habia vuelto taciturno. Así, la sola ocupacion del gigante de la verde Erin, hasta San-Thomas, se redujo á destapar botellas y devolverlas vacías, fumar, silbar con melancolía y cantar á hurtadillas algunas canciones de su tierra, un tanto cuanto coloradas para ser de país católico romano. En honor de la Irlanda debo declarar que el digno compatriota de O'Connell no bebia solo, sino que, desesperado de tener que resignarse á una sola botella cada vez que el apetito le picaba de recio (y los entreactos no eran largos), convidaba siempre á algún pasajero para que le ayudase á despachar dos ó tres botellas en vez de una.

Una modista de California, que se llamaba propietaria, y se mudaba tres veces por dia, descollando por sus encajes, sus enormes dientes y sus amabilísimas muecas, se había empeñado en conquistar al Irlandes á todo trance; pero el buen viejo, que parecia entender mejor el verbo to drink, hecho para el paladar, que el to love, destinado á las honduras del corazon, le frunció las cejas de tal modo á la modista, que la infeliz, para vengarse de la altiva Irlanda, se resignó á coquetear con el jefe de ingenieros del vapor, jayan de la raza pura de John Bull.

Entre las curiosidades de á bordo se hallaba un Costaricense con ínfulas de marques quien, sobre dar asunto para reir con su manía de decantar su sangre noble, interesaba mucho por su casta inocencia. El pobre moceton, apesar de sus 30 años y su sangre azul, no podia soportar que nombrasen siquiera á las mujeres, y para atormentarle, un Genoves marino que le acompañaba le espetaba á cada diez minutos una historieta de italiano y soldado, que hacia espeluznar al inocente mancebo. No faltó quien informase luego que el muy taimado de la sangre azul tenia sus viejas marrullas de rezandero, que le hacian parecer pasablemente pecador. En ninguna parte es tan ridículo el tartufo como en alta mar.

Pero nada tan curioso como una Francesa que venia de San-Francisco de California con su marido, victima de un mareo permanente. La desdichada no había tenido mas horas de alivio que las del tránsito por el ferrocarril de Panamá. De resto su único oficio había sido el de estar mareada, como el de su excelente consorte el de darle copas de brandy puro, remedio que algunos consideran eficaz para el «mal de mar». Es un secreto que ninguno ha podido aclarar, si era el mar ó el brandy el responsable de la situacion; pero lo que sí pudo comprobarse fué que la estimable Francesa no dejó de estar en chispa un solo dia, ni una sola noche, aunque á decir verdad, era una chispa inofensiva que nunca le inspiraba sino ternura, suspiros, lagrimas de amor y recuerdos de felicidad conyugal.

Era adorable ver á la impermeable mujer, cada vez que una copa de brandy apaciguaba por un momento el mal, y que el buen marido la tranquilizaba á propósito de algún corcovo terrible del buque azotado por las olas hinchadas, era de ver cómo, mirando á su Adán con la inefable dulzura de la chispa, le decia con el acento mas patético: «Ah, mon marí! nous nous aimons comme si nous avions seize ans!» En seguida venian los apretones de manos, los abrazos, los besos á hurtadillas, hasta que hecha la digestión marítima de la última copa de brandy, la amorosa consorte exclamaba con voz agonizante, siempre en francés: «Oh, mon marí! je meurs! Encore un petit verre de cette médecine»….

Y una copa mas iba á perderse en el mar interior de aquel estómago incombustible y agitado por las convulsiones de un vértigo incesante.

Lo que refiero no es una invención, es la verdad, y yo mismo me aturdia al ver esas escenas singulares, incomprensibles en una mujer y sobre todo en una Francesa. Un dia, en presencia de varias señoras, la pobre viajera, como embrutecida por el mal, y acaso mas por el remedio, llegó á beberse siete vasos de brandy puro en el trascurso de tres horas!—Cuanto puedo decir es que hasta el Irlandes y algunos oficiales ingleses se escandalizaban.

En general la actitud de los viajeros era fría y reservada, durante los tres primeros dias, cosa muy natural. Poco á poco la elasticidad de caractéres fué siendo muy notable, en términos que cuando avistamos la triste y desierta isla de San-Thomas ya éramos todos tan amigos que las copas de champaña, las ardientes canciones y las chistosas anécdotas se multiplicaban, porque es de ley de raza y tradición que el Ingles gana sus amistades bebiendo, el Francés cantando, y el Español contando sus cachos (aventuras macarrónicas) ó refranes chistosos de su tierra. En el mar todo el mundo entra circunspecto y extraño, todos se hacen amigos, y todos se despiden luego para no volverse á ver ni recordar jamas.

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El 17 á las cuatro de la tarde entrábamos á la linda bahía de San-Thomas, ya divertidos con los saltos y las evoluciones de dos ballenas que nos acompañaban á alguna distancia, ya encantados con el interesante aspecto de la bahía y el pintoresco anfiteatro de la ciudad. Las escenes de la tarde, la noche y la mañana siguiente, merecen una rápida descripcion.

La isla de San-Thomas es una colina rocallosa, rodeada de agua, y nada mas. Sus altas rocas caen sobre las ondas como tajadas á pico; la tierra carece de toda vegetacion florida y fresca, y el aspecto general de la isla entera es tristísimo y desagradable.—Salvo, pues, la pequeña ciudad marítima ó comercial de San-Thomas, que contiene unos 6,000 habitantes, lo demás carece de valor absolutamente.

Como la ciudad es puerto franco y el centro de la red de comunicaciones que mantienen los vapores ingleses entre Hispano-Colombia, las Antillas é Inglaterra, hay siempre en la bahía un número considerable de paquebotes, de buques mercantes y de fragatas ó corbetas de guerra, con grandes depósitos de carbon de piedra. La bahía es estrecha, pero bastante bien abrigada, y pintoresca por el contraste de las embarcaciones con todas las banderas del mundo y por el juego que hacen algunos fuertes sobre el fondo gris de las colinas, las bellas quintas de las cercanías, con elegantes azoteas y jardines, los grupos de palmeras, de naranjos y otros árboles pequeños, mantenidos con mucho esmero y fuertes gastos, porque la tierra no es bastante vegetal, y todo el conjunto gracioso de las casas de la ciudad, que tienen la forma de pequeños castillos ó de campestres residencias.

Un enjambre de góndolas ó barquichuelos pintados de verde, rojo, amarillo y azul, y montados por diestros bateleros, circulaba en pintoresca confusion por en medio de los grandes vapores y los bergantines, solicitando pasajeros que quisiesen ir á tierra á tomar víveres frescos, helados deliciosos y frutas de todas clases. En breve nuestro paquebote se llenó de lavanderas, fruteras y vendedoras de fruslerías y corotos de toda especie, algunos de los cuales fabricados de paja, cerda ó pita, me parecieron objetos de arte muy curiosos. Toda esa gente metía tanto ruido á bordo con su algazara que los viajeros nos creíamos en una especie de Babel, en tanto que los marineros del Thames y el Paraná se ocupaban estrepitosamente en las maniobras del trasbordo, entonando canciones dé un acento singular y vibrante.

Era curioso oir á todas esas vivanderas y á los bateleros hablar en inglés, español, francés y aún alemán con la soltura ménos gramatical del mundo, pero con una gracia encantadora, estropeando todas las lenguas y haciendo de ellas una especie de olla podrida tan extravagante como típica. En San-Thomas, donde se vive del tránsito y la poblacion es muy promiscua, todo el mundo se ve precisado á aprender lo mas esencial de los idiomas vivos mas generales, aunque el inglés parece tener la preferencia; y á fe que la turba políglota de aquella isla saca muchas ventajas de su dialecto matizado, en sus pequeñas especulaciones.

La noche había llegado y yo me encontraba sobre la cubierta de popa del Thames, mi domicilio marítimo hasta el día siguiente. La escena era admirable y me hizo recordar algunas lecturas sobre las noches hechiceras de Venecia. Como la ciudad tiene la forma de un anfiteatro, descansando sobre tres colinas equidistantes, y con pequeñas calles escalonadas en graderías hácia las alturas del cerro, en tanto que la bahía le sirve de base en su extremidad occidental, se podia abarcar con la vista todo el escenario.

A mis pies, formando cadena sobre un puente de trasbordo, trabajaban los marineros, entonando en coro sus canciones favoritas que producían eco en las colinas de la costa. Al frente se veían las mil luces de la ciudad, como la iluminación caprichosa de uno de esos «pesebres» ó «nacimientos» que se usan en los paises españoles,—iluminacion que tenia no sé qué de aéreo y fantástico, haciendo juego con los reflejos pálidos de un cielo estrellado en cuyo fondo profundo no se veia una sola nube. Y luego, cada uno de los cien vapores, bergantines y grandes buques de la bahía mostraba sobre lo alto de su gallardete una luz azulada que iluminaba de cuando en cuando los pliegues de algún pabellon europeo ó americano; en tanto que sobre los puentes se destacaban las sombras de los marineros, las chimeneas, los mástiles y las vergas del arbolaje, entre las cuales se cruzaban las luces errantes de las linternas de los inspectores y guardianes.

De repente salió del puente gigantesco del vapor Paraná una armonía profunda que hizo vibrar las brisas de la noche. Ese vapor tenia su banda de orquesta y su primera sonata me estremeció de placer, porque me trajo mil recuerdos de la patria: era el Trovador, esa tempestad de vigorosas armonías de Verdi, el artista de las óperas románticas, el compositor de los conciertos ruidosos y ardientes. Después siguió Guillermo Tell, esa onomatopía admirable, que revela en su conjunto de profundas melancolías y de arranques ruidosos y atropellados todo el sentimentalismo y el entusiasmo de Rossini, el artista del amor y de la gloria.

Al fin resonó el himno nacional de los Ingleses, esa invocacion cotidiana que hace un pueblo á su reina, representante de su gloria, sus derechos y sus tradiciones, en todos los mares y en todos los rincones del globo. Si durante el concierto los marineros habian suspendido su canto melancólico, mas bien por respeto á los demás que por amor artístico, al estallar el God save the Queen todos se detuvieron, suspendieron el trabajo y se pusieron á escuchar con recogimiento. El himno nacional es para los Ingleses como el bendito ó el padre nuestro para los Españoles: él encierra todas las plegarias, los recuerdos y el sentimiento moral del Inglés, y es con ese himno que saluda la aurora y se despide del día.

La noche era admirable; la brisa traia los perfumes de los jardines de San-Thomas; las ondas de la bahía suspiraban dulcemente bajo las quillas de los altos navíos y paquebotes; el silencio iba sucediendo poco á poco a todos los rumores de la vida, y después todo fue misterio, majestad y poesía. Reclinado contra la balaustrada del Thames, al lado de la compañera de mi vida, contemplábamos el cielo y el océano, pensábamos en la patria y confundíamos en un íntimo abrazo todo nuestro amor, nuestros recuerdos, nuestra esperanza y nuestra fe…. Cuando el hombre se abandona al océano, su alma comprende mejor el amor, la esperanza, el valor de la patria, la poesía, lo grande, lo sublime, porque siente que la sombra de Dios vaga sobre las ondas, en el azul del cielo y en todo el misterio de la inmensidad!

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El 18 de febrero recogió su ancla el gigantesco vapor Paraná á cuyo bordo habíamos ido todos los pasajeros reunidos en San-Thomas por las malas particulares de Cuba, Méjico, «Centro-América,» el Pacífico, Nueva Granada y todas las Antillas. A las nueve de la mañana todo el mundo lanzó su grito de despedida, al empezar con alegría y confianza la segunda navegacion. El océano estaba tranquilo en las cercanías de San-Thomas, y no comenzó á mostrarse agitado sino á una considerable distancia, perdidas ya de vista las desnudas islas de Monserrate, Santa-Cruz y otras de menor importancia, que se destacan como altas colinas escarpadas ó como sombras confusas á uno y otro lado de la ruta que siguen los vapores.

Pocas horas despues, en alta mar y á muchas millas de aquellas islas, un punto gris se mostró en el horizonte como una gaviota sacudida por las ondas; el objeto fue creciendo, manifestando sus formas, y al fin todos pudimos distinguir el velamen y el humo de la chimenea del vapor Plata, elegante en su construcción y rápido en su marcha, apesar del balanceo que las olas encrespadas le imprimían. Los dos paquebotes se acercaron, suspendiendo su curso y caracoleando el uno al derredor del otro, un bote del Paraná se lanzó hasta el costado del Plata, y en breve tuvimos noticia de lo que sucedia en Europa. Lord Palmerston acababa de caer del ministerio, con toda su clientela, por consecuencia del célebre ó ruidoso acontecimiento del 14 de enero en Paris. Así, todo el mundo á bordo tuvo de qué hablar con interes, y los flemáticos Ingleses se dieron á sus cavilaciones sobre torys, whigs y radicales, con la calma que le es característica.

Entre tanto un variadísimo cuadro de costumbres, perfectamente cosmopolita, se desarrollaba en los escotillones, los salones y el extenso puente del Paraná. Allí habia de todo, y podía con facilidad hacerse la comparacion de las razas, las costumbres y los tipos característicos de cada sociedad, distribuidos entre unos ochenta pasajeros. Yo observaba todos los grupos, atendía sucesivamente á todas las conversaciones, y me preparaba con el estudio práctico de los hombres á comprender el carácter complicado de la civilización europea.

Los Hispano-colombianos, que eran no pocos, se mostraban en general sencillos y cándidos, maravillándose de todo y muy impresionables, sin reserva en la expresion de sus pensamientos; se podía notar que los hábitos de la democracia habían formado en ellos el espíritu de independencia y cierta familiaridad expansiva que contrastaba con la reserva de las razas setentrionales de Europa. El Hispano-colombiano, aunque se impresiona mucho con todo lo que ve extraño, se cree siempre en su país y no se cuida de someterse á las exigencias de las costumbres extranjeras. Y sinembargo, no hay viajeros que se trasformen mas que los hijos de Hispano-Colombia, acabando por asimilarse todo lo que encuentran mas saliente en las sociedades europeas, sobre todo en Francia. Dotados de un carácter flexible y bastante novelero, si salen de su país intolerantes, extremosos y un tanto huraños, vuelven parisienses por los cuatro costados, olvidándose, por una metamorfosis completa, de la sencillez de sus costumbres primitivas.

Mientras que los hijos del Nuevo Mundo (entre los cuales, por fortuna, no se encontraba ningún Yankee) se manifestaban maravillados de todo, los demás grupos del Paraná eran igualmente característicos. Los Alemanes, ó se manifestaban pensativos, cerca de un mueble marítimo, pasando horas enteras en fumar y mirar el cielo y el océano con profunda melancolía, como abstraídos del mundo por algun ensueño; ó se reunian en grupos exclusivos para conversar en voz baja y pasearse interminablemente del uno al otro extremo de la cubierta.

Entre tanto, los Franceses cantaban ó silbaban, hacían todo el ruido posible, mezclándose en los corrillos con una jovialidad especial y burlona; ó en los ratos de fastidio se entregaban á la lectura voluptuosa de novelas y relaciones de viajes, prefiriendo sobre todo las obras de Balzac. El Frances es el hombre del mundo que mas lee, sin contar con que es el que mas canta y rie. Todo lo que es artístico le encanta, y si adora el equívoco (calembour), es precisamente porque en él la malicia del pensamiento se formula con arte. Ademas el Francés es el rey de los viajeros. Si el Inglés no tiene rival en su furor de viajar, el Francés le aventaja en el arte de viajar. El Francés sabe acomodarse á todas las circunstancias y sacar partido de todo, porque es tolerante por excelencia, tiene un profundo espíritu de igualdad que le domina, y su buen humor, expansivo y elástico, le da donde quiera el primer puesto y la ventaja de dominar la situación.

Los Ingleses, por de contado, hacian un gran contraste. El Inglés, orgulloso por naturaleza, frio en su porte, material en sus gustos, intolerante en extremo, reservado por cálculo, y prosaico y positivo en sus aspiraciones, ó se muestra reservado con toda sociedad que le es extraña, ó les impone á los demás su voluntad, en cuyo caso suele llegar á la jovialidad. Bebe y fuma tranquilo, jamas hace ruido (si es John Bull de raza pura), y si se acerca á los demás es para dar una opinión absoluta ó una orden. El orgullo es la fuente de todas sus virtudes, como de todos, sus defectos. Es tenaz, leal y valeroso por orgullo, como es intolerante en religión y preocupaciones de raza y dinastía, pródigo, obsequioso, apostador, reservado, bebedor y todo lo demás por orgullo. La música, el baile y el canto le disgustan, como todas las artes, y si llega a dar millones de pesos ó de libras por un cuadro, no es por el mérito do la pintura, sino por la vanidad de hacer un fuerte gasto y tener lo que otros codician. Sinembargo, como individuo el Inglés vale mucho mas que el Frances, y me atengo siempre mas á la palabra seca del orgulloso pero leal británico, que a la fraseologia elegante pero vana del Frances. El Inglés como amigo, es útil; el Frances no es mas que muy agradable; porque el uno es positivista y el otro artístico.

Los Italianos del Paraná eran pocos, pero eran suficientes para hacerme contraer simpatías hácia su raza. En general, el Italiano es chistoso, amigo de historietas ó anécdotas, entusiasta por lo bello y por la libertad. Él ama las bellas artes, pero no precisamente por el arte, ó la composicion ingeniosa, sino por la belleza que reproducen ó crean aquellas. Tosco muchas veces en sus modales, por la mala educacion que el despotismo y la supersticion les han dado á los pueblos de Italia en los cinco últimos siglos, el Italiano es con todo muy simpático desde el primer momento. Desinteresado y generoso, jovial, vehemente, su idea fija es la libertad y la unidad de Italia, y su fe no se extingue jamas. Un Italiano escéptico es un fenómeno, porque la esperanza es la sola fuerza de su vida. Y como consecuencia de esa fe que le es característica, su resignacion es admirable para soportar la expatriacion y todos los contratiempos.

Por último me llamó mucho la atencion entre los pasajeros un grupo de siete ú ocho españoles de distintas provincias que me divertían mucho. Había entre ellos un gallego de excelente índole y chistosas ocurrencias que á todos agradaba, y no faltaban andaluces, madrileños, un catalán, un mayorquino y algunos habaneros. Si hubiera de juzgar de todos los Españoles según las cualidades de los compañeros de viaje, mala sería mi opinión, aún prescindiendo de un viejo abogado, prefecto de una provincia de Puerto-Rico, personaje típico de la España de Felipe II, no de la España revolucionaria de hoy, que creia en brujas y hechicerías, milagros, apariciones y misterios de la piedra filosofal, y hablaba de S.M.C. con un recogimiento edificante y ortodoxo.

Los demás revelaban en todos sus rasgos la estirpe española. Unidos y leales entre sí, hacian causa comun en todo y para todo. Sobrios en lo general, no les faltaba un momento el cigarrillo ó el cigarro, y se hacían notar donde quiera por su ardiente algazara. El juego, bajo todas las formas posibles, era su sola ocupación; jamas leían con fundamento; y cuando la música de prima noche se hacia oír en los escotillones digerian la comida bailando rabiosamente la jota ó la cachucha, ó cantando en coro estrepitoso el himno de Riego. Fanfarrones y pendencieros, sus disputas momentáneas iban siempre sazonadas de interjecciones coloradas, y acababan por burlas ó anécdotas picantes. Cada una de sus frases tenia por adorno indispensable aquella palabra española tan expresiva, de sentido vago, y que no puede copiarse en ningún escrito sin escandalizar. Esa interjección es tan nacional para el Español, que equivale á la mas inocente como a la mas desvergonzada de las otras lenguas; y el Español la suelta con sencillez delante de todo el mundo, aún de las señoras muchas veces, sin pensar que pueda ser grosera.

Casi todos los Españoles del Paraná eran liberales y progresistas, lo que me probaba que las inclinaciones hacia la libertad se han desarrollado mucho en la Península, despues de la independencia colombiana. Por otra parte, no hay un pueblo tan nacional como el español. Para él España es lo mejor que hay en el mundo, en cualquier sentido y al oir á un Español decantar los primores de su pais, se siente uno tentado á creer que es una tierra encantada de las mil y una noches, ó a reírse en las barbas de los buenos peninsulares, en cuyo caso la pendencia es segura. Durante algunos dias el océano se habia calmado, y su admirable inmovilidad carecía de interés. El mar no es verdaderamente hermoso, cuando está manso, sino en su contraste maravilloso con la tierra. Lejos de las costas, en alta mar, la escena es monótona cuando la tempestad no agita los ondas y produce sus fenómenos sublimes. Así, todo el interés de la navegación estaba en las escenas de á bordo, casi siempre grotescas. Habia no sé qué de carnavalesco entre esos grupos heterogéneos, en cuyo fondo se destacaban verdaderas caricaturas; y la chismografía, que en la navegación es muy activa y fecunda, por la forzada ociosidad de todos los pasajeros, daba alimento á las mas ingeniosas invenciones y curiosas anécdotas.

Inútil es decir que nuestra modista francesa aclimatada en California, habia encontrado un campo mas extenso para sus coqueterías, y que la fingida rivalidad de algunos tunantes de buen humor la ponía en los mas cómicos apuros. Ya era un Italiano el que la galanteaba, haciéndole concebir con mucha habilidad esperanzas de matrimonio, para ir luego á contar lo ocurrido á todo el mundo, y reír á su sabor;—ya un joven Inglés, que de casualidad era burlón, hacia obsequiosas indicaciones, en nombre de la alianza anglo-francesa; ya un Francés zalamero y galante reclamaba la preferencia por derecho de nacionalidad. Pero al fin la modista comprendió la burla, y renunciando á los artificios de la coquetería se resignó a pasar las horas leyendo novelas sentimentales, que la hacían llorará veces con enternecimiento, y comiendo almendras, nueces y avellanas, de que hacia una fuerte provisión todos los días en el comedor. Aquella mujer comía tanto, tanto…que solo puedo comparar su glotonería á la sed de brandy de su compatriota mareada.

Otro tipo femenino bien curioso era el de una Inglesa de la sangre caliente, fenomenal, que no se daba por notificada de sus sesenta inviernos. Habia naufragado recientemente en las Antillas, y referia el episodio terrible con una frescura singular. Charlaba como una lora, siempre buscando la compañía de los hombres; brincaba todas las tardes como una bailarína de ópera, haciéndose invitar por los mas jóvenes y gallardos á bailar polkas, varsovianas y cuadrillas; y tenia tal furor por el juego que se resentía con todos los que no le aceptábamos sus convites. Jugaba durante todo el dia y hasta media noche, ora whist, ora veintiuna, y á veces hasta monte con los Españoles, sin prescindir por eso del ajedrez, las damas y demas juegos inocentes. Aquella vieja de espejuelos, bailando como loca y jugando como un Yankee, parecía haber apostado con el tiempo á no dejarse vencer….

Entre los compatriotas de esa alegre Megera se distinguian por sus extravagancias un ministro presbiteriano y otro anglicano en ciernes. El primero, largo de dos metros y medio, seco y cadavérico y lleno de manías, andaba siempre con una Biblia en hebreo, dando consejos, hablando solo, haciendo extrañas gesticulaciones, y retozando con los niños de algunas señoras. Era un excelente médico, buen cristiano y humanitario en extremo. Su idea fija era la abolicion de la esclavitud, y se veía que el extravío de la razón, que no era sino mediano é inofensivo, había dejado intacta toda la pureza de un nobilísimo corazón. Reprobaba mucho el juego interesado, bailaba con los hombres con sumo entusiasmo, era en extremo sobrio, extravagante en su vestido y sus movimientos, y en sus buenos ratos leía los salmos con unción y aprobaba mucho diversiones tales como el baile y el canto.

El ministro anglicano en ciernes, que había hecho en Jamaica sus estudios teológicos, era un gran calavera de excelente carácter, generoso, expansivo y servicial. ¡Pero qué de truhanerías! Bailaba, bebía, jugaba, gritaba, cantaba y se divertía ruidosamente de todos los modos posibles, mas bien como un estudiante parisiense ó alemán de vida pecaminosa, que como un candidato para la Iglesia. Un dia le pregunté si tenia vocación para el sacerdocio, y por qué se manifestaba tan profano, y me dijo: «La profesión que voy á tomar es como cualquiera otra, y la he escogido por complacer á mi madre nomas. Pero como al tomar las órdenes tendré que ser circunspecto, me divierto ahora por aprovechar los últimos días que me restan de la vida alegre de mi juventud.» Talvez no le faltaba razón al excelente joven. El hombre tiene su época de calavera, y siempre le cuesta algún trabajo resolverse á dejarla. ¿Hay un sér mas feliz en el mundo que un estudiante?

Muchos otros tipos muy curiosos pudiera bosquejar, completando la galería del Paraná, pero el lector se fastidiaría. Un vapor es una Babilonia ambulante, en cuyo interior se puede estudiar el mundo mejor que en ninguna parte. Todas las virtudes y debilidades se reúnen allí, y los caractéres de todas las razas se ponen en relieve y contraste con singular energía. Es el mundo en miniatura, con su egoísmo, sus comedias y caricaturas, sus preocupaciones, sus engaños y dudas, sus buenas y sus malas cosas; así, en ninguna parte se puede conocer mas á fondo el corazón humano que allí, sobre un leño flotando entre peligros, donde el alma se presente desnuda.

El 25 por la mañana un triste espectáculo interrumpió las cómicas escenas de los pasajeros. El médico del vapor, caballero muy estimable, habia muerto en lanoche anterior, de fiebre amarilla, enfermedad contraída en San-Thomas, donde la muerte hace todos los años abundante cosecha de viajeros. Toda la tripulación estaba reunida en el escotillón, miéntras la mayor parte de los pasajeros dormían. La ceremonia era solemne y profundamente aflictiva. Sobre el puente de entrada, al pié de una de las enormes ruedas del vapor, estaba el cadáver en su ataúd, cubierto con la bandera británica enlutada, y desde allí hasta el interior se prolongaban dos filas dobles de oficiales y marineros, escuchando con recogimiento los salmos y las oraciones severas del oficio de difuntos. La idea de la inmortalidad, de la eternidad, de lo infinito, parecía revelarse con mas elocuencia y energía en ese cielo sin horizonte, en esa superficie movible, inmensa, incansable, cuyas ondas remedan el flujo y reflujo de la humanidad entre la vida y la muerte, y la existencia de un espíritu universal que todo lo agita y no perece nunca….

¡Y qué leccion! Los marineros lloraban en silencio, con una emoción tan honda que compadecía. Era extraño ver correr las lágrimas por esas caras encallecidas y percudidas por el sol, el viento y la lluvia, arrugadas por el tiempo, las fatigas y los peligros, y cuya expresión ordinaria era la indiferencia. Es que la comunidad del trabajo, de la ausencia constante de la patria, del peligro y de la contemplación de lo infinito, establece entre los marinos una fraternidad heroica que resiste á todas las pruebas y sobrevive aún á la muerte.

Despues de las tristes ceremonias religiosas y de distincion, el ataud fué arrojado á las ondas con una enorme bala de cañón que lo precipitó al abismo…. ¡Magnífica tumba para el hombre es el océano! Solo ese abismo, que recibe todo el tributo de la tierra, y sobre el cual se revela con mas esplendor la omnipotencia de Dios y la grandeza del hombre, es digno de recibir los despojos de la criatura inmortal cuyo espíritu jamas perece!

El 26 de febrero el mar empezó á agitarse con vehemencia, cambiando el aspecto uniforme de la escena. Enormes bancos de plantas marítimas, que parecían sábanas flotantes de diversos colores, venian del lado de Terranova, haciendo su larga peregrinacion hacia las regiones del sudeste, violentamente azotados por las olas. El mar parecia un monstruoso leon, sacudiendo su crespa melena, ó un gigantesco pez revolcándose sobre el abismo para hacer brillar al sol sus escamas como montes, ó mostrar sus hondas arrugas momentáneamente oscurecidas.

Después, el día 28, estuvimos en plena tempestad. El huracan zumbaba sacudiendo las chimeneas y todo el arbolaje; la lluvia oscurecía el cielo; las olas venían como derrumbes á bañar todo el puente de cubierta; y el enorme buque, soltando fatigado sus negras bocanadas de humo, saltaba entre las concavidades de las ondas como un toro enfurecido por los golpes que en todas direcciones recibe. Tres noches de peligros, noches solemnes y sombrías, tuvieron á todos los pasajeros en ansiedad, aunque al venir el dia los espíritus se tranquilizaban y el buen humor volvía. La noche multiplica siempre la gravedad de las impresiones, y es el sol con sus eternas alegrías el que hace palpitar el corazon de esperanza y placer.

El 7 de marzo todos los pasajeros saludámos con alegría, desde temprano, la faja oscura que indicaba la cercanía del cabo Lizard, en la costa de Inglaterra, que determina con la punta francesa de Brest la ancha embocadura occidental del canal de la Mancha. Por una singular casualidad, el canal estaba tranquilo como un lago, y sus aguas verdes y trasparentes reflejaban un cielo magnífico.

Centenares de bergantines y goletas, de botes carboneros y de barcas pescadoras se cruzaban en todos sentidos, ya mostrando el rico velámen, y el pabellon frances, inglés ú holandes, ya la roja y única vela del barco pescador ó puramente costanero, rápido como una gaviota que roza apénas la superficie de las ondas. Puertos pintorescos; bellísimas bahías en cuyo fondo se veian las poblaciones, entre otras Falmouth, Plymouth, Dartmouth y Sidmouth; multitud de fanales brillando á la luz de un sol que no parecia de invierno; colinas ondulantes, surcadas por el arado para recibir luego la simiente, ó campos cubiertos de una vegetacion amarillenta ó gris; depósitos lejanos de nieve detenidos sobre las rocas ó en los pliegues del terreno; y picos y peñascos románticos de formas admirables, destacándose sobre las olas en los pequeños golfos de la costa y formando semicírculos de trecho en trecho: todo eso, contrastando con la multitud de casas campestres levantadas sobre las colinas y los planos inclinados, entre arboledas disecadas y ennegrecidas por el invierno, que parecian esqueletos aéreos, tenia un encanto indefinible, preparando mi imaginación para el espectáculo enteramente nuevo de la civilización europea.

Recordaba las selvas y los desiertos de mi patria, donde la naturaleza reina sola en todo su esplendor; donde faltan el cultivo, el arte, la prevision y los monumentos que atestiguan un colosal progreso y la actividad de la vida industrial; y la comparación me afligia profundamente. Saludé con entusiasmo á este viejo mundo que se me ofrecía como un inmenso libro de estudio y observación; y cuando puse el pié sobre los muelles y diques de Southampton comprendí que una nueva existencia empezaba para mi corazon, ansioso de impresiones, y mi espíritu, anhelante de luz, de ciencia y de progreso.

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