SEGUNDA PARTE.
ALGO DE INGLATERRA Y FRANCIA.
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CAPITULO I.
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SOUTHAMPTON.
La ciudad y su puerto.—Movimiento comercial.—Interior de la ciudad.—Primeras impresiones.—Un compañero mistificado.—El primer tren de ferrocarril.—De Southampton á Londres.
Southampton es una ciudad interesante y pintoresca bajo todos aspectos y que tiene la bella cualidad de predisponer el espíritu del viajero en favor de Inglaterra, á la cual sirve de vanguardia comercial en el centro del canal de la Mancha. Un bonito rio de diminutas proporciones desemboca en el arrabal de la ciudad, confundiéndose con la angosta y hermosísima bahía que le sirve de asiento hácia el Sur, y que la primorosa isla de Wight interrumpe en la embocadura, formando dos canales marítimos entre las costas de Portsmouth y Lymington. La bahía, penetrando en la tierra vigorosamente, se ensancha en el, interior en una especie de círculo oblongo, y por todos lados la costa es el término de colinas notablemente bellas, pobladas de quintas, palacios, bosques artísticos de pinos y encinas, jardines espléndidos, sementeras de cereales y huertas de frutas y legumbres. Todo ese conjunto es tan pintoresco, que aún en medio de los rigores del invierno conserva su gracia y seduccion.
En el fondo de ese horizonte de primores artisticos y trabajos de cultivo refinado, de toda esa decoracion de palacios y casas campestres elegantes, dormían las ondas cristalinas y azules de la bahía, contrastando con la multitud de conos caprichosos, brillantes á la luz del sol, de espesa nieve aglomerada al pié de los árboles y los enrejados, los setos y los grupos artísticos de invernáculos y alamedas enanas. Y en el centro de ese interesante anfiteatro de ondas azules, rocas, colinas, palacios y pequeños pinales, se destacaban las chimeneas y los mástiles de multitud de grandes y pequeños vapores, gigantescos navíos, bergantines y barcas, y se cruzaban caracoleando, impulsadas por el remo, centenares de lanchas ó faluchos pintados de colores, como mariposas volando sobre la tersa superficie de un lago.
Southampton es el centro y punto de partida de muchas grandes líneas de paquebotes que giran entre Inglaterra y las Antillas, Francia, el Norte de Europa, España, Portugal, todo el Mediterráneo, el Brasil, el Africa y la India. Esta circunstancia es la que ha contribuido mas poderosamente á darle mucha importancia comercial á Soulhampton y crear allí un movimiento poderoso en la telegrafía, los ferrocarriles, las comisiones de cambio, las industrias marítimas, las construcciones navales, los correos y las grandes importaciones de metales preciosos, tintes finos y otros artículos de produccion trasatlántica.
La bahía carece en el puerto de esas famosas construcciones de mampostería que se llaman docks ó diques (tan útiles y necesarias en Lóndres, Liverpool y otros puertos comerciales), obras que allí son reemplazadas con muelles de mampostería y de madera, de grandes proporciones, avanzados á una distancia considerable. Así, á pesar del excelente fondeadero del puerto, la accion de la marea es siempre indispensable para la entrada de los grandes vapores y los buques de vela.
La aduana de Southampton tiene un movimiento extraordinario, y á pesar do la rigidez con que se hacen los registros y se cobran los derechos pude observar dos cosas muy notables: 1ª que en Inglaterra el viajero es tratado con decencia y respeto por los empleados fiscales, pues allí no hay esas inquisiciones sobre la persona, que insultan 1ª delicadeza del hombre de honor y el recato de una señora; 2ª que el viajero que quiere evitarse prolijos registros en su equipaje, no necesita mas que decir franca y lealmente lo que lleva en sus baules, en cuyo caso el registro se limita á los objetos denunciados por el propietario. En Inglaterra se tiene un gran respeto por la palabra del hombre, y la sinceridad es siempre el camino mejor. Una señora es muy considerada por los funcionarios públicos. Por lo demas, si alguna dificultad se presenta, los chelines lo arreglan todo en último resultado, pues en este punto Inglaterra se parece á todo el mundo. Lo que allá es cuestión de pesos, de reis ó dollars, por acá es asunto de chelines, francos, thalers ó florines: los nombres varían, pero el dinero tiene en todas partes la misma elocuencia para todos los pueblos.
Después de salir de los vastos salones de la Aduana, el viajero se ve asaltado por los cocheros y carreteros, especie de mendigos sobre cuatro ruedas, que se disputan los chelines del gentleman novicio. Cuando la gavilla da el asalto lo mas prudente es no escoger el victimario, sino entregarse á discreción del primero que llega, so pena de ser estrangulado con equipaje y todo. La primera parte de la ciudad pertenece propiamente al puerto, la aduana, la estación del ferrocarril y del telégrafo y todo lo relativo al servicio de comunicaciones. Allí es donde tiene el marino su soberanía, campea gallardamente el remero, atruena el carretero, y se pavonea, trasformado, el steward (sirviente de paquebote) que pocas horas antes servia al pasajero la hirviente taza de punch.
El cuadro de costumbres es animado y vigoroso, porque todas las gentes que se cruzan por las cercanías de la aduana son los obreros del sol y del agua, endurecidos por las fatigas de un trabajo penoso. Ya tropieza el viajero con el marino de pequeña estatura, rollizo y mofletudo, con su chaqueta de paño negro, abierta, el ancho cuello de la camisa de franela, el sombrerito redondo y charolado, puesto al desgaire sobre una oreja, la corbata negra y flotante y los monumentales botines llenos de clavos, sonando como herraduras de caballos. Ya pasa el carretero como un derrumbe, atrepellando á todo el mundo, enorme, tosco, insolente y oliendo á cerveza como un tonel, trasportando castillos ambulantes de equipajes y trastos, con una fuerza y agilidad que parecen prestadas al caballo normando y á la locomotiva. Ora nos codea el steward, sonriéndonos con malicia porque nos muestra suspendida del brazo la Calipso a quien ha consignado todos los chelines escamotados en la navegacion, y porque en vez de la humilde servilleta, esa blanca y prosáica librea del comedor flotante, ostenta una levita azul de botones amarillos ó blancos, la cachucha del doméstico marino y el estrecho corbatín del dandy. En fin, el guarda de la aduana, con sus aires de persona importante ó cancerbero del puerto, arroja sobre el recien venido una mirada escrutadora ó de proteccion, como para hacer comprender que tiene en sus manos las llaves de las puertas.
La segunda parte de la ciudad, separada del puerto, aparece luego pintoresca, alegre y agradable por la elegancia de sus casas, fondas y palacios, la hermosura de sus alamedas, el aseo exquisito de sus anchas calles macadamizadas, la gracia de sus jardines, el humo de sus altas chimeneas, sus azoteas de techos cubiertos de nieve, sus ricos é innumerables almacenes, las románticas torres de estilo gótico de sus templos, y el movimiento incesante de paseantes, de vendedoras de fruslerías, de hermosas damas y loretas, de coches, de carretas, de barateros, de muchachos gritando, y de cuanto puede hacer la animacion de una ciudad comercial.
Southampton es una ciudad renovada, y de esto dependen en mucha parte sus bellezas materiales y el carácter de su poblacion. Esta es de cuarenta á cincuenta mil habitantes, que el movimiento exterior aumenta accidentalmente mas ó menos. La ciudad tiene un teatro, que regularmente está cerrado;—y carece de periodismo, pues solo cuenta una hoja hebdomadaria. Su verdadero periodismo está en Lóndres, á causa del movimiento activo de la telegrafía y los ferrocarriles; y por lo que hace á teatro los Ingleses no le tienen mucha aficion. El Francés ama el teatro, el café y el periódico;—el Inglés las carreras de caballos, la Bolsa y el almacen. Y en una ciudad tan esencialmente comercial como Southampton, donde se cruzan dia por día millares y millares de viajeros sucediéndose con rapidez, los espectáculos carecen naturalmente de importancia. Allí el silbido incesante de la locomotiva, al partir ó al llegar, en la amplia estacion que centraliza muchos ferrocarriles en actividad prodigiosa; los numerosos partes telegráficos haciendo vibrar los alambres eléctricos á todas horas; las especulaciones consiguientes á los negocios trasatlánticos, y el movimiento aturdidor de grandes carretas de mercancías cruzándose en todas direcciones, le hacen comprender al viajero que en Inglaterra no hay casi tiempo para vivir, ni mucho menos para divertirse.
En este país del comercio, de la especulación, de la vida práctica, de los espíritus serios, reflexivos, glacialmente calculadoras, el tiempo es el capital mas valioso, y para sacarle interes ó hacerlo producir todo el mundo anda como en ferrocarril, no obstante la frialdad de los caractéres. Cada palabra sale medida, tasada por los labios, por economía; cada hombre es una locomotiva, un tren expreso; cada accion es un cálculo; el ser humano es el número hecho carne y hueso,—la aritmética pensando ú obrando. En Inglaterra se vive tan apriesa, que la nación entera es un circo de corridas de caballos ó un inmenso railway.
Allí no hay tiempo para sentir el corazon, porque el bolsillo es todo. Ser Inglés negociante no es una manera de ser moral; es apenas una operacion de aritmética, formulada por una cabeza, un par de brazos, otro de piernas, etc.
Southampton es una bella ciudad. Carece de monumentos, porque es casi nueva, pero tiene varias iglesias de estilo gótico normando algo curiosas. Su verdadera edilidad se reduce á puentes secos muy sólidos, muchas líneas de ferrocarriles, grandes y espléndidas fondas, hermosísimas quintas en los alrededores, algunos edificios públicos muy bien mantenidos, y un sistema generalmente elegante en las construcciones de las casas.
Las calles son en lo general muy espaciosas, muchas de ellas cortadas en ángulos rectos, y casi todas con el suelo macadamizado. No faltan bellos paseos, grandes plazas muy bien mantenidas y abundantes mercados.
El barrio opulento, donde tiene sus grandes y lujosos almacenes el comercio, es el del lado occidental, comprendiendo principalmente las calles magníficas de High y Oxford, en cuyas innumerables tiendas se encuentra reunido cuanto la civilizacion de Europa y el comercio del mundo pueden producir.
En el centro están los talleres ó fábricas y las habitaciones de la clase media; al sur, cerca de la grande estacion del ferrocarril y el telégrafo, y de la aduana, se encuentran los famosos hoteles para los viajeros; y en el barrio oriental viven los obreros, se cruzan las vivanderas y hormiguean los campesinos, terminando la ciudad hácia el norte y el éste por una serie de quintas, huertas de hortalizas y jardines que tienen el aspecto mas pintoresco aún en los dias helados de invierno rigoroso.
Recorriendo rápidamente los barrios de la ciudad pude penetrar en varias iglesias y recorrer sus cementerios adyacentes. Al entrar en un templo anglicano, vacío, oscuro, sin adornos de ninguna clase, sin imágenes ni ficciones, se siente (la primera vez) una vivísima impresion. Allí toda poesía falta: aquel no es el reino de los sentidos, sino el de la razon. Se comprende que el templo del protestante no es lugar de fiesta mundanal ó de espectáculo, sino de recogimiento solemne; que Dios no es allí el actor de formas humanas impíamente rebajado á figurar en un teatro lleno de colores, colgaduras y cuadros de pintura, sino un poder invisible y supremo, adorado con infinito respeto, y tan grande, tan inefablemente bello, que no puede ser representado, porque no hay en el mundo nada que se le parezca, excepto el alma del hombre, partícula misteriosa de un poder inescrutable.
Jamas he creído en eso que se llama sofísticamente el destino de las razas; sino que, para mí, son las instituciones, no la sangre (ni los climas en tanto grado) las que forman el carácter moral de los pueblos. Pude confirmar esta opinion al visitar, por la primera vez de mi vida, en Southampton, una iglesia protestante. Ningun pueblo fué mas feroz hasta la edad media, que el de Inglaterra; ninguno mas turbulento y antipático para la civilizacion. Y sinembargo, hoy es frio, reflexivo, civil, pacífico, humano, moral y eminentemente progresista. ¿Quién ha operado este prodigio?—El protantestismo y las libertades públicas aseguradas en las dos revoluciones del siglo XVII.—Si ellas le han dado al pueblo la vida civil y la moralidad con la conciencia del derecho, el protestantismo ha fundado en Inglaterra el reinado de la razon, del libre exámen, de la veneracion profunda, sin los atavíos de la supersticion y de la idolatría moderna.
No hay en Inglaterra objeto tan respetable como las tumbas; un cementerio es allí positivamente el templo de la muerte, que goza de absoluta inviolabilidad. El extranjero quo ignora esto, se admira mucho, al recorrer á Southampton ú otra ciudad inglesa, de ver los cementerios al lado de las iglesias, separados de la calle solo por una verja con entradas libres, y ostentando sus sencillos y severos monumentos entre yedras y pequeños cipreses, sin que esto desagrade en manera alguna. Muchos de esos monumentos, con inscripciones ordinariamente en latin (esa lengua de los muertos,—hombres, siglos ó imperios) se reducen á piedras talladas, colocadas de pié como linderos. No dudo que este sistema de panteones al aire libre, dentro de las ciudades, sea pernicioso para la salud; y en Inglaterra se trabaja ya por suprimirlos. Pero hay para mí no sé qué de filosófico, de solemnemente epigramático en esa union de la vida y la muerte. La multitud, al desfilar por la calle delante de un panteon, comprende cada dia que la tumba es el fin de las miserables pasiones de una vida que la virtud no engrandece, y fortifica su conciencia para la peregrinacion mundanal con el pensamiento de ese algo misterioso que se adivina detras de la losa.
Pasemos de la muerte á la vida. Inglaterra es el país de las mujeres hermosas, admirablemente hermosas, pero no bellas,—es decir, estatuas de nácar primorosamente modeladas, con cabellos de oro, crespos y abundantes, ojos azules ó castaños, morbidez de formas, piel rosada y purísima, brazos encantadores, y todo un conjunto de Venus corporal, salvo eso si los piés, que pertenecen al género fosil ó antediluviano, porque son mastodónticos. Pero esas mujeres de tan completa hermosura, carecen, en general, de esa vida en la mirada, ese fuego en la sonrisa, esa poética expresión reveladora del alma y del sentimiento, que constituyen la belleza. No hay que confundir jamas la bonita, la graciosa, la linda, la hermosa y la bella en una vulgar y común denominación, porque cada una de ellas es un tipo especial que corresponde á condiciones diferentes.
Pero si Inglaterra es el país de las hermosas, y Lóndres encierra centenares de miles de esas hadas engañosas (verdaderos sofismas, puesto que lo moral no corresponde con la seducción física),—las ciudades como Southampton y Liverpool son los puestos avanzados de ese admirable ejército de caras admirables. Como allí se reúnen tantos extranjeros, ricos americanos, gallardos españoles y elegantes franceses, pasando del uno al otro mundo, el diablo (por sí ó por no le echaré la culpa)—el diablo que no se duerme y es muy previsor y hospitalario, ha tenido el talento de inspirar á muchas de sus mas hermosas parroquianas un loco entusiasmo por las brisas marítimas de Southampton. Infeliz del extranjero que no tenga fuerza para resistir á la seduccion de esas sirenas peligrosas, y crea en los tesoros del amor de puerto de mar!
Conozco la historia auténtica de un excelente Hispano-colombiano, solteron sencillo, que acostumbrado a ver las caras aceitunadas de su parroquia de indígenas, se vino á desaburrirse en Europa. Al llegar nomas á Southampton, el buen descendiente de Colombia, que nunca las había tenido tan gordas, se encontró lelo. Empezó por enamorarse de todas las hembras que veia, porque todas le parecían señoritas de rango, supuesto que usaban gorras de terciopelo, trajes de seda y elegante calzado, atavíos que en Hispano-Colombia corresponden solo á las damas de buena sociedad. Pero luego luego fué reparando que sus señoritas vendían frutas ó baratijas, ó llevaban distintivos de domesticidad, y perdió sus primeras ilusiones, en asocio de unas cuantas manotadas de libras esterlinas representantes de las viejas onzas desempaquetadas.
Con todo, la fascinacion seguía, y nuestro solteron parecia confinado á Southampton, mirando en derredor cómo aturdido y con los ojos claros y sin vista. Un dia vió pasar una hermosa sirena en un lujoso coche, y luego descender sobre el enlosado de la calle. Se cruzaron, y la Inglesa que adivinó bajo el paltó del Colombiano la existencia de una mina de oro, le arrojó una de esas miradas que tumban de redondo como las bolas del gaucho de Buenos-Aires, y le magnetizó. Lo demás siguió como todas las historias de amor. Ello es que á vuelta dé dos meses nuestro solterón del Nuevo Mundo se apercibió, en un momento lúcido, de que apenas le quedaban unas 150 libras por todo fondo, sin relaciones ningunas que le sacasen del apuro. Preciso le fué resignarse. Hizo su paquete, se le huyó á la sirena y se embarcó para Colombia, con el placer de haber conocido a Europa…. Él tenia la persuacion de que después de Southampton el mundo se acababa de este lado del Atlántico. Bienaventurado!
En Southampton fuí testigo de un episodio graciosísimo, cuyo resúmen daré apénas. En el hotel en que permanecí en esa ciudad con mi familia, durante cuatro días, había una señorita sumamente linda, llamada Fanny, y estaba hospedado un joven compañero mío de navegacion. La ley de la atraccion produjo sus efectos y mi compañero (le llamaré H) se enamoró perdidamente de Miss Fanny. Esta no fué insensible, y concedió algunas coqueterías inocentes, propias de los diez y seis años. H no pensó mas en seguir á Lóndres ó París, y cada momento hacia ingeniosas evoluciones para lograr instantes de conversacion a solas con la chica, como él, á fuer de Español, la llamaba, un dia entraba yo á la casa, ví á Miss Fanny en un balcon y me detuve á saludarla y habrarle algunos momentos en muy macarrónico inglés. Subí, y al pasar por un corredor dí con H, que salia de una sala común frotándose las manos y muy alegre.
—¿Qué tenemos? le dije.
—Que la chica Fanny acaba de darme el beso mas suculento del mundo!
—Diantre! le repuse, si yo acabo de verla en el balcon….
—Es imposible, porque yo salgo de hablar solo con ella en el salon opuesto.
No quise adelantar la discusion por prudencia, pero quedé persuadido de que la afirmacion de H no era mas que una chapetonada, mentira de amante jactancioso. Al siguiente dia un lance muy cómico nos aclaró el misterio. Miss Fanny tenia una hermana gemela, tan perfectamente igual en todo, que ni mi esposa con la penetración de una mujer había podido distinguirlas. Como el joven Español no sabia una jota (ó una h) de inglés, su lenguaje había sido el de las sonrisas y señas, las flores y regalos de fruslerías elegantes, etc., etc., y había podido sostener, sin saberlo él y sin que lo comprendieran Fanny y Caroline, un sistema do amorcejos por partida doble; no sin admirarse algunas veces de la rapidez con que Fanny entraba por una puerta y salía poco después por la contraría, fenómeno de bilocuidad que se comprendía al saber que había en la casa dos Fannys ó una Fanny por duplicado.
Debo hacerle á mi Español la justicia de advertir que al punto de comprender el juego en que una rara casualidad le habla mantenido, se fué á tomar su billete para el tren de Lóndres, resuelto á evitar unos amores por duplicata que podian tener mal fin despues de un principio tan risible. Aconsejo á los lectores muy respetuosamente que eviten en todo caso los amores de fonda, tan peligrosos como las amistades de corrillo,
El 12 de marzo tomé el tren expreso que partía para Londres á las once y media de la mañana. ¡Qué impresion tan vigorosa la que experimenté al sentirme por primera vez arrastrado, con la rapidez del huracan, por ese animal de hierro, animado por el espíritu del hombre y silbando como una enorme serpiente enfurecida, que se llama locomotiva! El alma se siente fascinada por ese poder que la hace delirar, soñar con la vista de regiones misteriosas cubiertas por la niebla luminosa de la ciencia, y asistir á la maravillosa generacion infinita del progreso.
Los bosques, las quintas, los castillos aristocráticos, las chozas rústicas, las colinas, las llanuras, los riachuelos, las sementeras, los ganados y las poblaciones, pasan por delante del viajero como visiones fantásticas ó cuadros de leyendas fabulosas;—y la ilusion es tan poderosa algunas veces, segun la hermosura del paisaje, instantáneamente descubierto y perdido, que se llega hasta dudar de sí mismo y palparse para convencerse de que aquello no es un sueño, sino una gigantesca y sublime realidad de los prodigios de la civilizacion. Es en presencia de esos espectáculos que se aprende á: estimar el mérito del hombre, á respetar la ciencia, adorar á Dios como el gérmen supremo del espíritu soberano que agita á la humanidad, y tener fe en el progreso como el destino interminable de la Creacion!
La línea férrea de Southampton á Lóndres gira por en medio de un interminable paisaje de los mas bellos colores, de una riqueza vigorosa en todos los pormenores como en el conjunto, en donde se confunden, formando un juego encantador, las obras de la industria con los encantos de una naturaleza apacible y de contornos suaves. Sinembargo, la rapidez del tren no permite apreciar bien los objetos, salvo en las numerosas estaciones cerca de las ciudades y las villas que demoran sobre el trayecto.
En Inglaterra hay una absoluta libertad industrial que permite el establecimiento de trenes, ferrocarriles y telégrafos sin sujecion casi á reglamentos de la autoridad, y por eso cada compañía se esfuerza por rivalizar á las demás. De aquí proviene la rapidez muy notable de las locomotivas inglesas, que hacen 35 á 40 millas por hora, miéntras que en Francia no vencen sino unas 30. Los Ingleses estiman en mucho el tiempo y no evitan nada por economizarlo. Tambien es de notarse la gran multiplicacion de alambres en los telégrafos que están adjuntos á las líneas de ferrocarriles, circunstancia que se presta á una mayor precision y un servicio mas extenso de la telegrafía en Inglaterra.
El hecho que resalta mas á la vista del viajero al atravesar las campiñas inglesas es, aparte del órden admirable en los establecimientos agrícolas, el tino con que se aprovecha todo el terreno sin desperdiciar una partícula. Así, al lado del parque aristocrático destinado solo á los placeres campestres, se ve la magnífica huerta de preciosas legumbres y árboles frutales, admirablemente bien conservada y tan limpia como el pavimento de un salon; y el jardin mismo, que parece no ser sino un objeto de recreo, da sus productos á merced de un cuidado singular.
Mientras que la estéril colina arenosa ó de terreno calizo es aprovechada con bosques artificiales de pinos y otros árboles alpestres, en extension muy considerable y con gran provecho por la renta que procuran, al mismo tiempo que hermosean primorosamente todas las eminencias,—las llanuras están pobladas de ganados lustrosos y robustos, de razas cuidadosamente educadas y mejoradas; los cuadros de plantaciones ostentan su variada vegetacion, ó el arado vigoroso del agricultor inglés (siempre movido por caballos enormes) abre los surcos fecundantes que preparan la simiente.
Por todas partes se cruzan las acequias, en una red inteligentemente preparada, para la irrigacion de los campos; el obrero trabaja con laboriosa asiduidad aún en medio de los depósitos de nieve que salpican de trecho en trecho los setos de las llanuras y blanquean bajo la sombra oscura de los pinos y abetos; innumerables quintas y casas campestres de construccion pintoresca y caprichosa, se destacan en todos sentidos de entre los grupos de pinos enanos y los jardines y huertos; los puentes, los caminos vecinales, los pequeños diques de irrigacion, las fábricas y los rediles se multiplican hasta lo infinito, dándole al inmenso cuadro los mas graciosos contornos; y de tiempo en tiempo se alcanza á ver el grupo encantador de las casas de alguna pequeña ciudad, dominada por las altas torres de las iglesias, católicas y protestantes, miéntras que atras oscurece la perspectiva el ancho lomo de alguna colina cubierta de negros pinos repartidos en interminables callejuelas sombrías, ó brilla á la luz momentánea del sol algun pequeño rio de graciosa configuracion.
Al recorrer los campos de Inglaterra se comprende el misterio de la grandeza universal que favorece á esa nacion, porque se ve que aquel pueblo, que vive como en el puente de un inmenso navío flotando entre dos mares, ha comprendido que su aislamiento físico le impone la necesidad de desarrollar simultáneamente todos los intereses. En presencia de la riqueza británica no se sabe qué decir de su carácter,—si es agrícola, industrial ó comercial,—porque lo es todo, y en alto grado en todo. La agricultura inglesa no tiene rival en Europa, por su irrigacion, su régimen de cultivo, la educacion de las crias, sus instrumentos de labor, sus excelentes abonos, la fecundidad del suelo, la paciente laboriosidad de los obreros y otras circunstancias.
Pero si al recorrer los campos se cree que Inglaterra es principalmente agrícola,—despues se la juzga fabricante al visitar las inmensas, poderosas é innumerables fábricas de sus catorce ciudades manufactureras, así como al conocer á Lóndres, Liverpool, Bristol, Southampton y otros muchos puertos de mar y de rio se inclina el viajero á reconocer que el carácter comercial es el predominante. Al cabo es preciso persuadirse de que Inglaterra es todo en primera línea, excepto espiritual y artística, pues sus géneros de trabajo son los que los especuladores llaman positivos, como, si todo lo que es útil en el mundo no produjese riqueza.
Las mas importantes ciudades del tránsito, entre Southampton y Lóndres, son las de Winchester y Bishopstoke. La primera es de gran celebridad histórica y bien considerable por su poblacion y su sociedad literata; es el asiento de un arzobispado de primer órden, y á parte del mérito de muchos de sus edificios antiguos tiene una famosa catedral de arquitectura gótica que es uno de los mas notables monumentos de Inglaterra y aún de toda la Europa. El exterior es imponente y majestuoso por su tamaño y por el carácter secular y admirable de su arquitectura,—y el interior tiene mil primores de arte y reliquias históricas (no obstante que es catedral protestante) que son consideradas como de mucho valor.
Bishopstoke es mucho mas reducida en todos sentidos, y es una ciudad prosáica y sin particularidad alguna en lo material, pero tiene su especialidad para la agricultura y el comercio que la hace notable. Es un gran mercado de quesos, tan valioso, que de allí parten para todo el país y el extranjero valores muy considerables en ese artículo que es al mismo tiempo fruto pecuario y fabril.
La igualdad del terreno, que es perfectamente plano para el viajero, y la multitud de puentes secos, tunels y bosques de pinos en todo el trayecto, no permiten registrar de lejos el inmenso panorama de Lóndres. El viajero presiente que va á llegar, porque ve que los jardines, los parques, los caminos y las quintas se multiplican de un modo prodigioso, y siente muy cerca, casi de minuto en minuto, los silbidos de las locomotivas que arrastran los trenes de otras líneas cercanas de ferrocarriles dirigidas a la colosal metrópoli. Al fin se alcanza á ver una larga fila de colinas, á la derecha, poblada de arrabales de Lóndres y de castillos y quintas; luego se descubre á la izquierda la primorosa planicie ó valle del Támesis que se extiende hacia Richemond, y se ve serpentear el opulento rio por entre alamedas y edificios, á algunas millas de distancia; en seguida se atraviesan los arrabales de la ciudad, y cuando ménos se piensa está uno en el corazon de la metrópoli monstruo, bajo la techumbre monumental de hierro y vidrio que cubre el embarcadero del ferrocarril en la estacion de Bishops Road.
Hay no sé qué de fantástico, algo que hace recordar las románticas visiones ó las extravagantes maniobras del «Diablo Cojuelo» de Lesage, al pasar en alas de un wagon por encima de una ciudad, como una gigantesca bruja saltando de torre en torre, de chimenea en chimenea y de cuadra en cuadra. El ferrocarril está construido sobre un piso artificial muy elevado que forma un inmenso puente sobre la ciudad, á fin de poder penetrar hasta el centro, sin interrumpir el tránsito de las calles; así es que, al pasar el viajero, ve debajo, en la profundidad, las casas apiñadas en interminables filas, y las gentes hormigueando por las calles como enanos ó liliputienses. Todo contribuye, pues, á producir una ilusion completa de viaje aéreo y extravagante, una profunda impresion que, por su novedad, persiste grabada en el espíritu por muchos dias.
La idea de Lóndres no se puede adquirir al llegar, por falta de un punto de vista que ofrezca el panorama completo. Para saber lo que es Lóndres—ese mar de casas, de humeantes chimeneas, de torres y fábricas, de parques y jardines, de coches, carros y almacenes, de moles gigantescas salpicadas de niebla, por cuyo centro se desliza el Támesis, cubierto de navíos y botes como un largo arrecife de millares y millares de rocas multiformes;—para comprender la grandeza de ese mar artificial, repito, es preciso subir á las cúpulas de San Pablo ó del «Coliseo» y hundir la mirada, pasmado de admiracion, entre Dios y el hombre, el cielo y la tierra, el horizonte y la pequeñez del balcon que sirve de mirador. Entónces se comprende que, desde que se ha penetrado á esa Babilonia, la personalidad ha desaparecido ante una grandeza que aturde, que abruma, que pulveriza sin misericordia! Lóndres es una inmensidad compuesta de ceros, es la paradoxa de millones de nadas, de séres nulos ante el conjunto, formando la suprema grandeza! Lóndres, bajo ese aspecto, es la verdadera imágen de la civilizacion, del progreso, de la humanidad en su obra secular. La partícula parece insignificante y lo es aisladamente; pero la armonía y la cohesion providencial de todas las partículas producen la fuerza de la Creacion y de la humanidad y el admirable fenómeno de la civilizacion.
Desde el momento en que el viajero extraño desciende del wagon del ferrocarril, su persona es libre, enteramente libre, pero su bolsillo, su fortuna portátil queda á discrecion de una legion tan extensa, tan complicada y hábil de «filibusteros desarmados», que toda defensa es imposible. Disputado por un enjambre de cocheros y carreteros que se apoderan de todo el equipaje por sí y ante sí para llevarlo á su destino, y pelotean al pasiente-propietario como una jauría de perros al derredor de un ciervo humilde y aturdido,—el recien llegado se resigna á abdicar su voluntad y entregarse al que tiene mas fuerza para estrujarle y pulmones para ofrecerle á gritos sus servicios. El cochero y el carretero son los reyes de las calles de Lóndres, como el mendigo y el salteador entre las ruinas de Roma, Ademas, aquellos dos personajes clásicos de Inglaterra son los «Carones» de esa laguna Estigia de Lóndres: ellos se apoderan del extranjero, le despojan de una parte del capital de viaje y le consignan al infierno del «hotel» para que la obra se complete. Francamente, no he conocido ladrones iguales á los cocheros de Lóndres (salvo los dueños de «hotel», á quienes no quiero defraudar en su honorable reputacion); y lo peor de todo es, que aquellos salteadores de «chelines» despluman á la víctima con una insolencia sin igual.
El hotel es en Lóndres la forma conspicua del sofisma, pues está preparado segun todas las reglas de la fascinacion para recibir dinero sin ofrecer en cambio casi otra cosa que apariencias ó ilusiones. Edificios inmensos y sombríos, que son como una ciudad bajo un mismo techo; escaleras de mármol, suntuosas en apariencia; colgaduras, lámparas, espejos, alfombras, camas monumentales; muebles brillantes y todo lo que puede fascinar y excitar la vanidad,—he ahí lo que constituye un hotel inglés, servido por criados que parecen miembros de Parlamento. Todo aquello es suntuoso y promete un excelente servicio para el viajero que llega fatigado y hambriento.
Pero luego viene la realidad á establecer una triste compensacion. Comidas pobres y vulgares servidas con una calma capaz de hacer perder el apetito, completando la digestion entre plato y plato; un café detestablemente preparado; sopas inmundas (cuyo secreto vine á descubrir por medio de un sirviente) que salen de una caldera general en donde arrojan las sobras de los platos servidos á otros en el «restaurador» del hotel; dificultades y dilaciones para todo; criados que el huésped tiene que pagar de varios modos, y por remate de cuento y mil contrariedades una «cuenta» escandalosa, de proporciones judáicas, llevada hasta el abuso mas grosero de la superioridad del empresario: hé ahí lo que son los hoteles de Lóndres. En resumidas cuentas, lo que el viajero paga no es lo que se come ó le sirven, sino lo que ve, es decir, los espejos, los mármoles, las alfombras, las lujosas casacas de los lacayos y todo el tren de ostentacion; sin que haya modo de evitarlo, porque todos los hoteles que no son inmundos son así, Allí no hay eleccion posible (si no se apela al boarding house, en caso de larga residencia) entre el hotel-palacio, que saquea y arruina sin provecho para el viajero, ó el hotel-figon, indigno y repugnante por su desaseo y su vulgaridad.
En Inglaterra todo es extremoso, en general: allí la riqueza colosal vive al lado de la miseria suprema;—lo admirable alterna con lo inmundo. Pero en materia de hoteles, como de cafés, almacenes, etc., el Inglés hace conocer que le falta absolutamente la nocion del arte y casi del todo la del gusto delicado. Allí todo es vigoroso, segun la idea materialista que se tiene de lo útil, y se piensa mas en la especulacion y el lujo suntuoso y muy fascinador ú ostensible, que en el arreglo agradable de las cosas que consulta al mismo tiempo la economía, la delicadeza de gustos y la comodidad. Ese es el genio del pueblo inglés, y sería inútil rebelarse contra los resultados que de él se derivan.
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