CAPITULO III.

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ARANJUEZ.

Un paseo popular.—Mi compañero.—El valle de Aranjuez.—Un grupo de periodistas.—Una corrida de toros.—El monte en ferrocarril.

La visita de los Reales sitios es un asunto de interes para todos los extranjeros. Yo me prometia visitar mas tarde el Escorial y la Granja; pero no creia que el Pardo y otras propiedades de la familia reinante, contiguas á Madrid, mereciesen un estudio particular. Aranjuez me pareció exigir la preferencia, tanto mas cuanto que, habiendo pasado por allí en un tren del ferrocarril, sentia el atractivo que ejerce sobre los curiosos aquel oásis encantador. Por otra parte, se habia anunciado una gran corrida de toros en la plaza de aquella pequeña ciudad, y yo deseaba vivamente conocer este espectáculo singular y típico, que tanto difiere de los juegos de toros en Hispano-Colombia. Verdad es que ni el Tato, ni Cuchares, ni otro de los príncipes de la tauromáquia debian trabajar en Aranjuez; pero estaba anunciado como rey de la fiesta un tal Pepete, espada de segundo órden no sin alguna reputacion.

Millares de personas de todas condiciones estaban agrupadas en la estacion del ferrocarril para ir á la corrida. Todo contribuia á seducir á los madrileños: los toros, los mil primores del Real sitio, el placer casi fantástico que produce el vuelo en ferrocarril, y aún la novedad de convertir á Aranjuez en el Versalles de Madrid. Los trenes se sucedian y los asientos no alcanzaban. Para lograr wagones de primera clase tuvimos que organizar una cotizacion entre diez y seis viajeros, so pena de pasar ratos bien amargos en los coches de segunda y tercera. Confieso que lo sentí, porque deseaba aprovechar mi oscuridad en España para deslizarme entre la plebe, aceptando todo contratiempo, á cambio de conocer un poco la índole de las clases llamadas inferiores. Pero yo acompañaba á un distinguido literato español, el cual á fuer de Español, era muy galante; y como él habia visto una espléndida madrileña de ojos azules y cabeza rubia, capaz de seducir al mas cuerdo, era preciso dejarse llevar á remolque.

Aquella circunstancia me hizo confirmar una vez mas la inexactitud fisiológica de la famosa regla: similia similibus… que es tambien un principio de química. Acaso haya verdad en eso, en algunas situaciones; pero en lo general no he visto sino contrastes en la misteriosa química de los afectos. Mi compañero era un catalan de sangre pura y demócrata de ribete; mientras que la hada del wagon en que íbamos era una rubia de fisonomía británica, é hija nada ménos que de un escritor absolutista á puño cerrado.

La conversacion se entabló con exquisita cordialidad como entre viejos amigos. Así es siempre en España, sobre todo en los lugares públicos. Debo decir con placer que no tengo sino gratos recuerdos de los numerosísimos amigos de café, de teatro, de wagon, de diligencia, etc., que coseché en España; amigos de una hora, anónimos, que se pierden para siempre un instante despues, pero que dejan buenos recuerdos por la amabilidad obsequiosa de sus maneras y la buena voluntad con que le dan al viajero, cuantos informes solicita.

En honor de mi compañero de paseo y para hacer justicia á su elocuencia, debo recordar una circunstancia. Poco despues de la partida del tren, cuando la conversacion andaba por los desfiladeros de la galantería disimulada, la señorita rubia, como una reina que abdica su corona por capricho, declaró que detestaba el matrimonio y no se casaría nunca; y eso, no por odio á los hombres, sino…. (¡Cosa rara en la hija de un absolutista!) por amor á la libertad. El poeta catalán batió la brecha con calor. Cuando descendimos del wagon en Aranjuez, la hermosa rebelde estaba convertida…ó parecia estarlo; pero el poeta predicador no habia dado ni un solo paso fuera del camino de las galanterías. El mismo dia les predicó en mis barbas el mismo sermon á otras tres ó cuatro empedernidas del momento, con una admirable fogosidad de galantería.

El opulento valle de Aranjuez, formado por el levantamiento de algunas colinas en la gran planicie que tiene al Tajo por centro hidrográfico, recoge las aguas de este rio así como las del Jarama, cuya confluencia se verifica á poca distancia de la ciudad de Aranjuez, que está á 49 kilómetros de Madrid. No sin razon se puede llamar á ese valle el huerto de Madrid, pues se distingue por la abundancia y excelencia de sus frutas y hortalizas. En España la tierra clásica de las fresas y los espárragos es Aranjuez. Su industria es muy reducida, y su agricultura de poquísima importancia, si se ha de juzgar por las escasas viñas y los diminutos olivares de algunas colinas del contorno. Lo mejor de Aranjuez está en sus bosques, sus jardines, sus palacios y sus crias, todo lo cual pertenece al «patrimonio real».

La poblacion es apénas de poco mas de 5,000 habitantes, guarismo que suele duplicarse durante la primavera por la invasion de los que buscan las delicias del campo. Ciudad nueva y cortesana, Aranjuez se distingue por la capacidad de sus casas, y sus calles anchísimas tiradas á cordel y cortadas en ángulos rectos. Es entre la ciudad y el Tajo que se extiende lo mas espléndido de los jardines y parques del Real-sitio.

En un hotel-restaurador nos encontramos con cuatro periodistas y un jóven del mundo que habia comenzado su carrera en la diplomacia: galante, gastador, rumboso y «cansado de la vida» á los veintidós años apénas…. Era curioso ver la franca cordialidad que reinaba entre tantos escritores allí reunidos. Mi compañero redactaba un periódico progresista-demócrata; dos de los otros eran redactores de un diario moderado de oposicion; dos mas lo eran de uno ministerial; el jóven fatigado de la vida (pagano en tipografía) era absolutista; y para completar el contraste yo figuraba allí como republicano de Colombia y colaborador de los órganos de la democracia en Madrid.

La mas completa armonía reinó entre nosotros. Sea que el pueblo español haya sido calumniado en eso de la intolerancia política; sea que la vida constitucional le haya mejorado mucho; sea, en fin, que los periodistas constituyan donde quiera una raza aparte, lo cierto es que en España he hallado entre los escritores una singular cordialidad en las relaciones personales. En los cafés, los teatros, etc., se ve fraternizar á los hombres (los jóvenes sobre todo) que se hacen la guerra mas cruda por medio de la prensa y en todos los terrenos ardientes de la política.

El tiempo nos faltaba absolutamente para visitar las maravillas artísticas de la Casa del Labrador, de los jardines privados y de todo lo que hay admirable en ese museo de verdura, de piedra, de mármoles, de aguas saltadoras y de flores, que se llama el "Real sitio" (dividido en dos grandes porciones—la del Príncipe y la de la Isla), que contiene cuanto hay de mas precioso en el arte nacional, de mas bello y opulento en la vegetacion española y aún en la exótica. Yo recorria embelesado, con suprema delicia, algunas de las alamedas anchurosas, llenas de sombra, de perfume y de amor, que dan acceso á los grandiosos parques, los tupidos bosquecillos, los preciosos jardines, las plazoletas rústicas de verde alfombra y ricos pabellones flotantes de variados colores, las caprichosas isletas, las bellas ensenadas, los lagos en miniatura, las cascadas bulliciosas, los pintorescos puentes y los mil primores que el arte ha aglomerado allí, aprovechando la asombrosa fertilidad del suelo y las aguas del perezoso Tajo. ¡Cuántas veces al pasar bajo las inmensas cúpulas formadas por los olmos estupendos, los sicomoros, los fresnos de tinta oscura y menudas hojas, las encinas y hayas y otros árboles europeos, alcanzé á ver algunas familias colombianas, acogidas en el seno de la madre patria como testimonios de fraternldad! Hablo de las lianas enormes, las lujosas parásitas y muchos árboles y arbustos del Nuevo Mundo, que yo habia saludado en los dias de la juventud, errante cazador, entre las selvas seculares de mi dulce patria. A veces me parecia que esos séres trasplantados de Colombia hacian temblar sus festones flotantes, no al soplo de las brisas españolas, sino bajo la presion de una conmocion secreta, al ver pasar á un compatriota! Acaso ellos me decian, en su lenguaje de rumores misteriosos que el hombre no comprende: «Te reconocemos….»

El contraste mas vigoroso me aguardaba en la plaza de toros. A la escena suntuosa de la naturaleza, llena de vida, de majestad, de misterio y de recuerdos de amor, iba á suceder una escena terrible de ruido, de pasion frenética y de muerte…. En vez de la poesía de Dios y de la contemplacion deliciosa, la extravagante poesía del heroismo salvaje! Eran las cuatro y media de la tarde, y ya la plaza de toros, situada hácia el extremo sur de Aranjuez, estaba colmada de espectadores. Todas las clases sociales se habian aglomerado allí, pero por capas ó de piso en piso, segun los recursos pecuniarios. Los puestos, los palcos y lunetas, á pesar de su incomodidad y su grosera estructura, cuestan en lo general, en las plazas de toros, respectivamente lo mismo que en los teatros. Es increible el interes que el espectáculo despierta, dando lugar á la ventajosa especulacion que hacen los revendedores de billetes. Frecuentemente su ganancia es de cincuenta por ciento, y á veces muy superior, cuando el primer Espada ó Matador es alguna de las grandes notabilidades del arte, príncipes de la carnicería heróica.

No pretendo hacer una descripcion completa de las corridas de toros. No hay viajero ni escritor de costumbres eminente que no haya ostentado en ese asunto su habilidad descriptiva: por lo mismo si yo tratase de imitarlos, ó mi descripcion sería pálida y mediocre, ó para interesar mucho tendría que ser plagiario. Asi, me limitaré á las observaciones que se refieren á los rasgos mas salientes y vigorosos de aquel drama original.

En Colombia, gracias á Dios, los toros no son una institucion permanente. Cada año, con motivo de la fiesta del santo-patrono, ó del aniversario de la independencia, hay regocijos publicos, esencialmente democráticos, que duran de tres á ocho dias. Durante ese tiempo, ninguno en la ciudad y el pueblo tiene otra ocupacion que la de divertirse, excepto los que especulan con la diversion, que se divierten y hacen negocio al mismo tiempo. Allí, las fiestas son un conjunto curiosísimo de corridas de toros, bailes, paseos, representaciones dramáticas, rifas y juegos, canciones patrióticas, banquetes y meriendas, conciertos, exhibiciones, peroratas, etc., etc. Pero todo es popular y público, todo es gratúito, pasajero, y como todo lo pasajero original, vehemente y febril. Pasan las fiestas, se arranca la última estaca de las barreras y los balcones improvisados de la plaza de toros, y no queda rastro alguno de la ruidosa y variadísima escena. Hasta el año siguiente, en la misma época, no se vuelve á pensar en el asunto. Ademas, no ha habido víctimas torunas ni caballunas en la plaza, y es raro que se cuenten hombres muertos ó heridos de gravedad, apesar del desórden que preside á las corridas y de los prodigios del aguardiente, la chicha y otros licores que corren á torrentes por millares de gargantas.

En España los toros constituyen un drama crónico. Cada ciudad tiene su plaza permanente, especie de circo de gladiadores heterogéneos (unos cornudos y otros sin cuernos), y la estacion de las corridas dura desde el principio casi de la primavera hasta el fin del otoño. El invierno dispersa á los toreros y da treguas á los caballos viejos y los toros. Las capitales clásicas de la tauromáquia son Madrid, Sevilla, Valencia y Barcelona. Es allí donde se conservan los mas espléndidos circos y adonde afluyen, en busca de aplausos, dinero y aventuras galantes, los mas célebres espadas, los mas guapos picadores y los mas ágiles capeadores.

Tocóme por fortuna una luneta que dominaba precisamente el toril, que es la «capilla» de aquellos bandidos de las llanuras y las ásperas lomas, de gruesa cornamenta, poderosa nuca y contextura de fierro, condenados á sucumbir en un combate desigual y terrible. Nada mas eléctrico para la inmensa turba aglomerada en el anfiteatro circular y los balcones de la plaza, que la voz aguda y bélica de los clarines que ordenan y anuncian la salida de un toro á la sangrienta liza. Una conmocion simultánea agita á todos los espectadores y un rumor que revela ansiedad y curiosidad al mismo tiempo, circula en el ámbito de aquel grandioso matadero.

Si el toro al salir da un salto gigantesco y parte como un rayo sobre los objetos que se le presentan, unánimes aplausos lo acogen y estimulan; su popularidad es inmensa y todos los espectadores son de su partido. ¿Qué tiene eso de extraño, si hay en el mundo tantos animales aplaudidos y populares? Si el toro, al contrario, se muestra cobarde ó sorprendido al salir, la rechifla popular lo abruma, la opinion lo condena y todo el mundo lo insulta y apostrofa con los mas ultrajantes epítetos, prestados á veces á la política. Así, el toro es un personaje que apasiona hasta el frenesí, y da lugar á un juego de epigramas que tienen frecuentemente su aplicacion á los sucesos notables de la situacion. El primer momento decide, pues, de la reputacion y de la suerte del toro, sin que le valgan para rehabilitarse en la opinion sus actos de valor, si ha comenzado por tener sorpresa ó miedo. Así es la suerte de los hombres tambien.

Si el toro sale de ley se le respeta, se le trata con dignidad, porque no se apela al insulto supremo de las banderillas. Se le ataca, se le capea en regla, y se le da muerte en singular combate, á manos del primer espada, como á un caballero de los tiempos heróicos. Pero si es cobarde, la gavilla de toreros lo acosa con brutalidad, lo vilipendia con las banderillas, lo atonta con los capeos grotescos, lo hala de la cola, lo acogota y aniquila como á un ladron vulgar y despreciable. Para el guapo la espada; para el cobarde la punta del innoble cachete.

La tumultuosa escena de la plaza de toros requiere muchos dias de observacion para poder apreciar todos los pormenores. No tuve valor, lo confieso, para contemplar esa carnicería mas de una vez. Por eso tengo que reducirme á lo mas notable del conjunto. Allí llaman la atencion simultáneamente los actores del drama y los espectadores. Entre los primeros, el Espada es el primer galan, el segundo espada su protagonista; el toro es el gran barba terrible; los picadores son los auxiliares de la trama, y los capeadores y ayudantes de toda clase constituyen la lucida falange de comparsas. Francamente, el toro, defendiéndose de cien enemigos, me pareció el personaje mas bello, mas digno de admiracion y de interes. Sus enemigos me parecieron mas atrevidos, pero mas estúpidos que cada toro. Todos ellos, á cual mejor, se distinguen por la originalidad, el lujo ó lo pintoresco del vestido. Pero sus papeles son muy desiguales. El Espada representa lo sublime de la barbarie; el Picador, la perfeccion de la bestialidad; el Capeador ó simple torero, la simple union del atrevimiento, la agilidad y la gracia.

El capeador, muy elegantemente ataviado (estilo majo) se reduce á provocar al toro, sacarle lances, conducirlo al lugar del combate decisivo y divertir. Es el cortesano del Espada, su auxiliar, su lacayo pedestre. El picador, caballero en un esqueleto de caballo mas bien que un caballo, con las piernas aforradas en tablillas de fierro y pantalones de ante muy fuerte, y provisto de una larga púa, se presenta delante del toro, lo busca, lo acosa, lo pica sin piedad ni miedo, y aguarda como un autómata el tremendo golpe de la fiera irritada. Como el escombro de caballo en que anda tiene los ojos vendados y no puede defenderse, por falta de fuerza y agilidad, cuando la púa del picador no resiste para contener el empuje del toro, este se aboca sobre el miserable rocin, le hunde las hastas aguzadas en el pecho y el vientre, lo despedaza y lo lanza á algunos pasos de distancia; quedando el picador tendido en el suelo, sin defensa, bajo la sangrienta y confusa mole del caballo y el toro. Este, mas generoso que el hombre, se retira y busca á otro enemigo; rara vez se ceba en una víctima. Ademas, al caer un picador todos los toreros acuden á salvarle, y el caido es levantado como una estatua, porque sus piernas, entablilladas como están, no tienen movimiento. Al punto le sacuden, y si el caballo no ha muerto lo hacen enderezar para que el picador monte otra vez.

Cuando ese lance se ha repetido tres ó cuatro ó mas ocasiones, el espectáculo es tan odioso como inmundo. Unos cuantos hombres, manchados de sangre y empolvados, se agitan como demonios, con la tenacidad de la petulancia, sobre cadáveres ambulantes que arrastran ó sacuden en un movimiento de agonía todos los intestinos que las astas de la fiera han destrozado y hecho brotar por anchas heridas…. Ví caballos que fueron martirizados en esa situacion durante una hora!

Llega el momento del sacrificio del toro, y los clarines lo anuncian con un toque fúnebre que hace pasar por los nervios y la sangre un hondo calofrío de terror y compasion. El Espada, rey de la escena, no entra en accion sino para dar muerte al toro. Brinda la suerte á un personaje, escoge un sitio, tantea su arma, recoge su lujosa capa carmesí, arroja al viento su cachucha, se aprieta el moño postizo y aguarda con serenidad á que la fiera, conducida con maña por los cortesanos, venga á aceptar el combate mortal…. El lujo brillante y la singularidad de su vestido, la altivez de su andar y la terrible especialidad de sus funciones, las mas peligrosas, hacen del Espada, á los ojos de los Españoles, un héroe, un semidios de la muerte, una especie de artista sanguinario, si se me permite la violencia herética de la expresion!… Todas las miradas le contemplan, le devoran y le siguen sus movimientos con agitacion febril.

El toro llega y, como presintiendo la inminencia del peligro, rehusa en el primer momento el ataque formal. Acaso adivina luego que si no muere heróicamente ó si no mata, le aguarda la pena infamante del cachete. Acepta la espada, mide á su enemigo con una mirada de fuego, le apostrofa con un espumante resoplido, irgue un instante la formidable nuca, escarba la arena con suprema desesperacion y coraje, y embiste como un huracan…. El Espada se defiende con tres ó cuatro lances, casi inmóbil, y la fiera, como deseando poner fin á su lucha y su martirio, vuelve sobre el flanco de su antagonista, agacha la cabeza, surge como un relámpago de acero, estalla un inmenso grito de millares de bocas, suenan los clarines, y se ve, al disiparse la polvareda, la gran mole de un cadáver oscuro, como un peñasco, al pié de un hombre que saca su espada de entre el corazón y los lomos de la víctima, y la limpia tranquilamente contra la tosca piel del palpitante escombro….

Renuncio á describir las mil manifestaciones frenéticas que constituyen la ovación del triunfador salvaje; como renuncio á pintar el sereno orgullo de aquel bello demonio, de aquel majo que reune en su persona, para las mujeres de cierta condición, el ideal del valor y la galantería. ¡Ay del Espada si la suerte le es adversa! La rechifla le abruma, si, salvo, manca la estocada del modo indispensable. Aquel día hubo seis toros en campaña: tres fueron muertos guapamente, de un golpe instantáneo como el rayo, por un Espada de garbosa figura y negras y grandes patillas, llamado por sobrenombre Pepete. Los otros tres, acribillados á estocadas inhábiles por un Espada llamado Lilo (si mal no recuerdo), murieron bajo los golpes de ese atroz clavo ó puñal que llaman el cachete. Lilo fue silbado sin misericordia, no obstante la buena reputación de que gozaba.

Cuando el toro sucumbe, se presenta un episodio que armoniza con los combates mismos. En medio de la gritería que aturde, á causa de la ovacion ó de la rechifla, segun el caso, aparecen tantas parejas de mulas bravías cuantos cadáveres hay en la plaza. Aquel dia conté en las seis corridas quince caballos muertos ademas de los seis toros. Las parejas de mulas, curiosamente enjaezadas, entran, dirigidas cada una por dos mozos de uniforme especial, al trote solamente. Un travesaño pendiente de las correas del tiro, con garfios de fierro, agarra el cadáver de un animal, casi hecho trizas; los látigos traquean, y las mulas parten á escape, como demonios frenéticos, saltando, tirando coces y bufando, estimuladas á golpes. Todo aquel peloton de animales de tres especies—unos de dos piés, otros de cuatro que brincan y los demas cadáveres—sale por una gran puerta, y apenas acaban de cerrarla cuando se abre la del toril para recomenzar la matanza….

Es en la plaza de toros donde el pueblo español ofrece mas caprichos en su tipo moral. ¡Singular fenómeno! ese pueblo no tiene nada de inhumano en el fondo, ni ama las iniquidades sangrientas; y sin embargo no siente la mas leve impresion de disgusto al ver tantos actos de tortura, tantos vientres destrozados y tantos cadáveres! La emocion de las peripecias y el interes de la escena, en cuanto revela valor, habilidad y peligros, le arrebatan la conciencia de lo que aquello tiene de bárbaro y atroz. Se olvida la muerte, porque al lado de ella se ve al hombre que arriesga la vida por galantería y amor á la gloría (á su modo), se ostenta una habilidad artística especial y terrible, y hasta se satisface el orgullo nacional con la superioridad de los toros españoles, corpulentos y fieros…. El pueblo español revela allí graves defectos de educacion, pero muestra tambien grandes virtudes de carácter, aunque mal dirigidas y aplicadas. Sus defectos no son mas que la exageracion de sus cualidades.

Uno de los rasgos mas curiosos de los toros es la energía del espíritu de partido que ellos despiertan. En el circo ninguno es indiferente, y los partidos se multiplican hasta la extravagancia, Cada cual tiene su espada, su picador, su torero y su toro predilecto. Los propósitos, los dichos, los epigramas y las interjecciones gordas se cruzan; las miradas son fulminantes, los gestos y movimientos dan la idea de la fiebre unida á la rabia. Todos se gritan, se silban, se apostrofan y gesticulan como enemigos encarnizados. Este arroja á la plaza su sombrero en un rapto de entusiasmo, y otro hace remolinear en el viento su cachucha, mientras que los adversarios del ídolo le lanzan cortezas de naranja y vituperios intrascribibles….

Pero acaba la funcion, la inmensa multitud se dispersa, el circo queda desierto y, como por encanto, la cordialidad se restablece y los antagonismos terminan, sin que las disputas hayan tenido consecuencia alguna, sin que un bofeton ó una injuria de las que no pertenecen al vocabulario convencional del anfiteatro, haya producido realmente una sola querella. ¡Singular elasticidad de carácter que prueba todo el fondo de poética admiracion por lo fuerte, varonil y heróico, que hay en el entusiasmo de los Españoles por la tauromáquia!

Los viajeros, en lo general, extrañan que las corridas de toros subsistan en España, no obstante la popularidad del teatro, que podría reemplazarlas totalmente. Yo no extraño tal cosa, ni creo que esa diversion brutal sea la prueba de malos sentimientos entre los Españoles. Hay tipos que, prescindiendo de las influencias locales é históricas, son principalmente engendrados por la ley. El torero, el contrabandista, el jugador ó tahur y el guerrillero son en España hijos de las instituciones. El sistema económico, tan vicioso en España, ha hecho nacer al contrabandista como el contrapeso de la voracidad y codicia del fisco. Las plazas de toros son explotadas como elementos fiscales ó rentísticos. El juego está erigido en institucion normal, puesto que el Gobierno es, por medio de las loterías permanentes, un banquero de roleta. En cuanto al guerrillero, la violencia oficial lo hace surgir, como engendra las conspiraciones. Lo mismo diré hasta cierto punto del mendigo.

Se cree que el pueblo español no soportaría la supresion de los toros. Error! ¿No ha tolerado y aplaudido la supresion de los frailes que le eran tan queridos, como se decia? Puesto que las corridas de toros están reglamentadas por la autoridad, nada mas fácil que ir suprimiendo en ellas paulatinamente los rasgos mas repugnantes y brutales hasta hacerles perder el interes actual. «Si el gobierno en España lo reglamenta todo (hasta la prostitucion), ¿por qué no aplicar su poder á abolir en lo posible lo que hay de salvaje en las costumbres, ó hacer siquiera ménos frecuentes los espectáculos?» Tales son las reflexiones de algunos enemigos de la tauromáquia.

Yo pienso de distinto modo. Creo que solo dos poderes suprimirán en España, mejor que los reglamentos, las corridas de toros: las elecciones populares y los ferrocarriles, es decir la actividad de la industria y la locomocion, y la vigorizacion de la vida política. El dia que todo el mundo pueda ir á España fácilmente, y salir de allí, los caractéres se suavizarán, por el doble contagio de los nuevos espectáculos que el extranjero llevará al país y de lo que los Españoles verán en el extranjero. El dia también que el pueblo español pueda saborear las nobles fiestas de la democracia, de la vida libre y popular, trocará el circo de toros por la asamblea y el gabinete de lectura. Sus defectos actuales no provienen sino del aislamiento, que ha impedido sacudir los malos hábitos y las preocupaciones perniciosas. Cuando la sangre española se renueve con la sábia de una civilizacion mas culta, habrá perdido, es cierto, mucho de su originalidad típica, pero habrá ganado inmensamente en grandeza y gloria, progreso y bienestar.

A propósito del juego (pasion singularmente arraigada y esparcida en España, en todas clases de la sociedad y bajo todas las formas imaginables), haré una observacion, porque recuerdo un incidente curioso. Al volver por la noche de Aranjuez á Madrid, yo iba con mi fino compañero en un wagon pleno. Los otros seis sujetos me habian sido desconocidos ántes de aquel dia. Uno de ellos, aburrido de su inmobilidad en la movilidad del tren, propuso una partida de monte, con apuestas de menor cuantía. A falta de naipes nos rogó á todos que le diésemos nuestros billetes de trasporte, y con ellos arregló, pintando números en los reversos blancos, cuatro pares de ases, doses, treses y cuatros. De ese modo la partida, aunque muy modesta por el interes, se empeñó entre cuatro ó cinco de los viajeros.

¿De dónde proviene esa pasion del juego en España? A parte del estímulo incesante que le da el gobierno con el escándalo de las loterías, influyen muchas causas: la falta de libertad industrial, el aislamiento, la vida sedentaria que imponen las condiciones de un país exuberante pero sin fáciles salidas, la inmobilidad política proveniente de instituciones fundadas en el privilegio, la ociosidad forzada de una juventud impresionable y apasionada, que encuentra muchos obstáculos á la entrada de casi todas las carreras. La libertad (paradoja aparente pero verdad incontestable!) la libertad de todo lo lícito, será el solo poder que suprimirá los abusos de las costumbres ó lo ilícito. Es que cuando la ley y la autoridad pretenden dirigirlo todo, la opinion pública y el interes individual bien entendido no tienen la fuerza bastante para condenar y reprimir los malos impulsos del momento ó los extravíos de una educacion viciosa.

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