CAPITULO IV.

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TOLEDO.

La Semana Santa.—Por la orilla del Tajo.—Topografía de Toledo; su origen.—La Catedral y otros monumentos religiosos.—El Alcázar. —Condicion social de los toledanos.

La Semana Santa habia empezado, y era el momento mas oportuno de hacer una visita á la «imperial Toledo», la antigua capital de un reino morisco, y de la monarquía española hasta principios del reinado de Felipe II. Aunque en España todas las grandes capitales celebran con bastante pompa la Semana Santa, Sevilla, Toledo y Madrid llaman en esos dias principalmente la atencion.

Sevilla descuella, como una segunda Roma, haciendo prodigios de ostentacion en que las apariencias de lo religioso se confunden con las realidades pasajeras de lo mundanal, y la fiesta católica se completa con una inmensa feria, donde se reune cuanto tiene la Andalucía de mas rico, de mas original y característico. De todos los puntos de España afluyen los extranjeros, los meros paseantes y los especuladores ó tratantes, á divertirse, curiosear ó negociar en la gran ciudad andaluza.

Madrid solo brilla los juéves y viérnes santos por su lujo exorbitante en los atavíos de las gentes, las ceremonias cortesanas y dos procesiones muy sencillas por su tren, pero que llaman mucho la atencion por la suntuosidad de los cortejos que las acompañan bajo la presidencia personal de la reina y su consorte.

Por lo que hace á Toledo, ella ha sido siempre el punto de reunion de todas las gentes no cortesanas que gustan de los grandes espectáculos religiosos y de la contemplacion de monumentos en todo el territorio de la Nueva Castilla. Actualmente la afluencia de forasteros es mucho mayor en Toledo, durante la Semana Santa, con motivo del ferrocarril ya establecido, que liga á Aranjuez con aquella ciudad ofreciendo muchas comodidades á los madrileños. Esa circunstancia ha hecho surgir en Toledo nuevas necesidades, entre otras la de crear fondas y multiplicar las posadas, á fin de dar alojamiento á los muchos viajeros que van á ver las maravillas ó al menos curiosidades de aquella singular ciudad.

El tren partió de Madrid, pasó rápidamente por delante de Getafe, Pinto, Valdemoro y Cien-pozuelos, poblaciones sin gracia ni particularidad alguna, con un total de 10,600 habitantes; tocó en Aranjuez, y luego, apartándose de la línea férrea que conduce al puerto de Alicante en el Mediterráneo, tomó la ramificacion parcial de Toledo, que arranca adelante de Castillejo, pasando por Algodor, estacion aislada que sirve de embarcadero á trece pequeños peublos circunvecinos, mas ó ménos apartados de la via.

Desde Aranjuez hasta Toledo el paisaje es encantador, porque el ferrocarril sigue el valle del Tajo, sobre la orilla izquierda, aproximándose muchas veces hasta tocar casi en las playas del perezoso rio. De un lado se ven, como bajos estribos ondulosos de los Montes de Toledo, graciosas colinas de seno granítico y superficie arenosa y arcillosa, absolutamente desnudas de vegetacion natural, pero cubiertas de sementeras de cereales, de pequeños olivares y viñedos, en los puntos ménos estériles; en tanto que sobre las ásperas lomas ó los campos muy desiguales y agrios pacen algunos rebaños do ovejas ó de vacas, cuyos grupos contrastan en el horizonte con los picachos rocallosos que de trecho en trecho se alzan sobre los lomos de las mas altas colinas.

Del otro lado se extiende una doble faja verde y luciente, llana y de anchura desigual, humedecida por el Tajo, que contrasta mas notablemente, por su rica vegetacion y su pintoresca alegria, con las desnudas colinas y campos arenosos de que acabo de hablar. Bosques de álamos blancos y de muchos árboles gigantescos se suceden, alternando á veces con hermosas praderas, donde saltan y retozan los magníficos potros, las lustrosas vacas y las robustas ovejas de las crias escogidas pertenecientes al patrimonio real, ó á varios propietarios que poseen terrenos en las márgenes ó vegas del Tajo. En algunos puntos, en todo el trayecto hasta Toledo, se ven ricas plantaciones de hortalizas; y donde quiera reina una humedad vivificante para la vegetacion, pero funesta para la poblacion por las fiebres intermitentes que en algunos meses producen los derrames del Tajo, que carece de un lecho bien determinado y hondo.

El ferrocarril se detiene en la vega del Tajo, al pié de la eminencia que sirve de asiento á Toledo, como á un kilómetro de la ciudad. Allí hay que tomar una especie de coche-diligencia, todavía rudimentario, circunstancia muy embarazosa cuando hay muchos viajeros. Cuando llegué á la estacion llovia á torrentes, y no había ómnibus en que hacer el trayecto hasta el centro de Toledo. Estuve á punto de volverme de allí nomas á Madrid, y sin la generosa obsequiosidad de un caballero español que me dió un asiento en su carruaje particular, no habría podido escalar la cima de la imperial y pobrísima y atrasadísima Toledo.

Nada mas raro, mas único en su estructura que esa ciudad, tan llena de monumentos y recuerdos como vacía de industria y de vitalidad moderna. Como en España no se viaja por buscar ciudades, fábricas y campiñas de estilo moderno, sino por estudiar un país de condiciones especialísimas, Toledo encanta al viajero que la visita, apesar do las detestables incomodidades que hacen allí desagradable la vida. Perdido en un laberinto de callejuelas y vericuetos, aunque llevaba un guia, vagué durante dos horas buscando alojamiento en la ciudad. Ya desesperaba de hallar un rincon donde ajustar mi persona, despues de pedirlo en diez ó doce fondas ó posadas mas ó ménos ostensibles, cuando la casualidad me permitió dar con una posada improvisada, decente para el caso, pero que exigia conformidad. Toledo tenia en esos dias cuatro ó cinco mil huéspedes; y aunque la ciudad, que solo cuenta 17,275 habitantes, puede contener materialmente en sus casas el doble, carece de recursos y comodidades para alojar bien á doscientos huéspedes. Toledo es, por excelencia, el resúmen de la vieja España. Hagamos su descripcion.

Una inmensa roca ó pequeña montaña en forma de península se levanta de un modo abrupto y severo sobre la márgen derecha del Tajo, cuyo angosto valle queda interrumpido al pié de la ciudad, al sur. Altas colinas graníticas se alzan en un cordon semicircular del oriente al sur, rodeando por esos lados á Toledo. Al noroeste se desprende de otras colinas semejantes, que dominan el Tajo á uno y otro lado, una angosta lengua de tierra, como un istmo rocalloso y ondulado, que se liga con el asiento de Toledo. El Tajo, llegando al norte de la ciudad y al oriente de ese istmo, se precipita como un torrente en la abra profunda que separa la montaña de la ciudad del cordon rocalloso del E.S.E.; rodea la basa gigantesca de Toledo, haciendo un círculo casi completo, y vuelve sobre el norte, como á buscar su propio cauce, lamiendo al poniente los cimientos graníticos del istmo que liga la península fluvial de Toledo con los cordones de cerros del N.O.

De ese modo, Toledo está incomunicada topográficamente por todos lados ménos uno, teniendo á sus costados los profundos abismos del Tajo, que desciende con suma rapidez por entre rocas estupendas tajadas casi perpendicularmente. Ademas, en la cima de la inmensa roca donde reposa Toledo, hay siete eminencias ó montículos desiguales, cubiertos de edificios, plazas y calles. De ahí resulta que la ciudad tiene el aspecto de una estupenda fortaleza, sin que su fisonomía pueda ser abarcada con la vista, en su totalidad, por ningun lado. Toledo domina todos los contornos, pero ningun punto domina á Toledo.

Para llegar, pues, á la ciudad por cualquier lado es indispensable, ó pasar por uno de los puentes de Alcántara y San Martin, ó penetrar por la puerta de Visagra, que da sobre el istmo del noroeste. De todos modos es preciso escalar ó trepar la montaña. Y en la ciudad misma, como los siete montículos hacen muy desigual el terreno, es forzoso subir ó bajar, por cualquiera calle que se tome, en una especie de círculo vicioso que hace de Toledo la mas extraña poblacion. No puede tenerse idea cabal, sin conocerla, de un laberinto semejante. El hombre mas experto, el de la mas prodigiosa memoria de localidades, se perdería en Toledo, sin el auxilio de un guia, al volver la segunda esquina de una callejuela.

Casas desiguales y de construccion tosca y antiquísima encajonan todas las calles, dándoles un aspecto lúgubre y siniestro, como si se anduviese por los ásperos é irregulares senderos de una montaña. El extranjero, al volver cada recodo, se hace la ilusion de que le espera una celada morisca en alguna de las mil encrucijadas que se complican y enlazan en la mas enredada trabazon. Donde quiera empedrados atroces, murallones irregulares, repechos, ángulos y curvas indescriptibles que desafían al mas hábil matemático por su ausencia de figuras determinadas. Las mil callejuelas se cruzan, se bifurcan, se redondean, se cuadran, se confunden, se rodean á sí mismas, se detienen repentinamente en rincones sin salida, ó se prolongan en los mas extravagantes pasajes, trazando una red indescriptible. Cuando cree uno haberse alejado 500 metros de un punto, segun lo que ha marchado, se encuentra en la direccion opuesta, á veinte pasos de distancia, completamente desorientado. Aquella ciudad, esencialmente morisca en sus detalles de ese género, parece haber sido combinada para las emboscadas, los combates de guerrillas y las defensas inesperadas y formidables.

El orígen de Toledo carece de historia, pues es atribuida su fundacion á razas diferentes, y no se conoce la época precisa de su aparicion. Los Romanos la hallaron muy respetable ya, le daban importancia y la hicieron capital de la provincia Carpetana. Conquistada por los Godos en el siglo VI la hicieron capital de su corte y sus dominios. Dominado el país en el siglo VIII por los Sarracenos, fué tambien el asiento de los vireyes moros, y despues la capital del poderoso reino de Toledo. Por último, recobrada en el siglo XI por el rey castellano Don Alfonso VI, fué todavía la capital de los monarcas españoles, hasta que en el siglo XVI trasladó Felipe II su corte á Madrid. Desde entónces comenzó á decaer Toledo, aislada y sin industria, no obstante su condicion de metrópoli de la iglesia católica en España.

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No habiendo pasado en Toledo sino tres dias, que son suficientes para un viajero que no es artista, apénas pude recoger impresiones rápidas. Toledo es interesante por su tipo social y su mérito monumental; pero el primero me importaba mas que el segundo, tanto mas cuanto que adolezco de una completa ignorancia en materia de arquitectura, pintura y escultura. Por lo mismo no puedo emitir juicios, so pena de copiar lo ajeno (arte fea en que estoy ménos versado aún que en bellas artes), y solo indicaré las emociones sentidas.

Toledo carece absolutamente de industria. Es una ciudad muerta ó por lo ménos paralizada. Lo único que allí llama la atencion en lo económico es la famosa fábrica de armas, situada á la márgen derecha del Tajo, al poniente del istmo que he descrito. Me fué imposible visitarla, porque estaba cerrada en esos dias con motivo de la Semana Santa, que los pueblos españoles y sus análogos celebran con la ociosidad. Supe sinembargo, que las armas toledanas eran de las mismísimas condiciones que las de lejanos tiempos. Los siglos han pasado por encima, sin que los forjadores se hayan dado por notificados, pues hoy los procedimientos de fabricacion son los mismos que ahora cuatrocientos años, sin que los productos hayan mejorado notablemente. La vieja España machaca el acero con los mismos martillos. La civilizacion moderna no ha llegado sino hasta la estacion de ferrocarril, al pié de Toledo. De ahí para arriba…. ¡cuidado con tocar las telarañas!

En Toledo todo lo que es monumental es interesante y curioso; todo tiene un tipo especial, que no se encuentra en ninguna otra ciudad española con igual energía, aún en Valencia, Sevilla, Córdoba y Granada. Donde quiera se ven alternando las construcciones góticas y las moriscas, así como algunas del Renacimiento, resultando de esa promiscuidad los mas curiosos contrastes.—Me detendré en los mas notables monumentos nomas, que son las joyas de esa ciudad donde corrió la infancia de Quevedo y yacen los restos del favorito ahorcado Don Alvaro de Luna, del poeta Moreto y del historiador Mariana.

La catedral es, sin disputa, uno de las mas grandiosos templos católicos de Europa. Todo es allí gigantesco, severo y sombrío, como las mas típicas catedrales góticas. Si las formas exteriores y casi todo el conjunto del edificio pertenecen á esa arquitectura majestuosa, hay muchos detalles sinembargo, como la famosa capilla Muzárabe, que corresponden al estilo morisco, por haber estado la catedral sujeta á cambiamientos sucesivos. Su espléndido pavimento de baldosas de mármol blancas y azules; sus cinco naves atrevidas sostenidas por ochenta y cuatro columnas colosales; sus veintitres capillas cuajadas de oro y ricos ornamentos; sus tres enormes rosetones y setecientas cuarenta y siete ventanas ogivales ó circulares cubiertas de vidrios primorosos de colores pintados al fuego; los mil adornos de las columnas y de las setenta y dos bóvedas de las naves, de una ligereza superior; la magnificencia de las sillerías del coro, cuyos bajos relieves son admirables; el esplendor de los tesoros ó joyas que pertenecen al templo; los ecos profundos de los órganos, repitiéndose en mil senos de piedra; la solemne oscuridad del recinto; los preciosos cuadros de pintura que adornan los sombríos muros; y el hormigueo de la multitud de piadosos y curiosos, circulando como átomos bajo la estupenda mole: todo eso hace de la catedral de Toledo, el juéves santo, un monumento que asombra, impone, embelesa y hace enmudecer….

Allí se comprende todo el poder de la fe, que no solo inspirara á los artistas de la Edad media, sino que les diera á sus pueblos-obreros la fuerza titánica para levantar esas montañas labradas de granito y piedra comun, cuajándolas de primores que revelan toda la tenacidad paciente de una creencia y las extravagancias de la supersticion. Allí se comprende tambien la fuerza de propaganda que ha tenido el catolicismo en otros tiempos, mediante la poderosa fascinacion ejercida sobre las muchedumbres por la majestad de los templos y la pompa soberana del culto[2].

Yo comparaba la inmensa riqueza encerrada en el «Tesoro» de la catedral, con la profunda miseria de las clases inferiores de Toledo, ciudad que vegeta en el aislamiento, sin industria, comercio, ni agricultura importante, y me decia con tristeza: «¡Qué bien haría la Vírgen de esta catedral si, imitando á Isabel la Católica, no ya para descubrir un mundo sino para resucitar á Toledo, destinara sus joyas de valor fabuloso para un ferrocarril que comunicase á esa imperial ruina con todos los pueblos del magnífico valle del Tajo!» De cada catedral de España, sin contar mas que los valores de lujo, puede salir un ferrocarril; pero no hay riesgo de que salga nada, sin que por eso falten las entradas.

Sin contar catorce conventos suprimidos de frailes, y veintitres de monjas, Toledo tiene ademas de la catedral veinte iglesias parroquiales, nueve capillas públicas y seis muzárabes. Asi, pues, los habitantes no alcanzan para las iglesias. Despues de la catedral, las mas notables como monumentos son: San Juan-de-los-Reyes, Cristo-de-la-luz, el Tránsito y Santa María-la-blanca;—las dos últimas, antiguas sinagogas. Es curioso observar que en Toledo habia durante la dominacion moruna seis iglesias, llamadas muzárabes, donde los cristianos mantenian públicamente su culto, con expreso consentimiento de los Moros. Parece que aquellos bárbaros infieles eran amigos de esa iniquidad de la filosofía moderna que se llama tolerancia religiosa. La Inquisicion española les pagó mas tarde á los Moros esa tolerancia en muy buena moneda….

Los reyes de España tenian la costumbre piadosa de celebrar sus triunfos militares con la ereccion de iglesias, ora se tratase de los Sarracenos, ora de los Portugueses ú otros enemigos. A la victoria de Toro, obtenida contra los de Portugal, debe su existencia la preciosa iglesia de San Juan-de-los-Reyes, de un gótico florido delicioso, mandada construir en 1476 por Fernando é Isabel; como se debe al triunfo de Don Alfonso VI, conquistador de Toledo á fines del siglo XI, la importancia de la curiosísima capilla denominada Cristo-de-la-luz, donde se ofició la primera misa despues de vencidos allí los Sarracenos. Llaman la atencion en lo exterior de la iglesia de los Reyes una multitud de grilletes, cadenas y otros instrumentos de prision, pendientes de los muros para recuerdo de los mártires de España, pues todos esos fierros les fueron aplicados en Granada á los prisioneros que estuvieron en poder de los Moros.

Si la iglesia, de una sola nave, formando cruz latina, es de suma elegancia y bella ornamentacion, el claustro no es ménos interesante, apesar de sus escombros, provenientes de un terrible incendio en 1809. Es curioso un enorme trozo de mosaico excelente que yace casi abandonado en el zaguan. En el piso alto llama la atencion un museo de cuadros de pintura, comenzado en 1840, compuesto de 730 cuadros y establecido justamente en la celda del famoso cardenal Jiménez de Cisneros, primer novicio del convento allí fundado.

Cristo-de-la-luz es una curiosísima miniatura de iglesia, cuyo mérito está no solo en el orígen y la antigüedad sino tambien en sus proporciones singulares. Mide aquel juguete de mezquita bautizada unos 18 piés de largo sobre 14 ó 15 de ancho, con la altura proporcionada, y es de estilo byzantino-arábigo, con tendencias en algunos detalles á la transicion del primer al segundo período del gracioso arte sarraceno. Seis navecillas cruzadas en opuestas direcciones, de tres en tres, y sostenidas por cuatro columnitas de granito, muy toscas, en que reposan arcos en forma de herradura, constituyen la bóveda, que se divide en nueve cúpulas casi microscópicas, todas diferentes, aunque análogas en su estilo. Si se pudiera arrancar y trasportar con sus cimientos aquel juguete de arquitectura morisca, podría figurar en el mejor museo de antigüedades como una joya de inapreciable valor.

La iglesia llamada hoy Santa María-la-blanca, abandonada y desierta, fué una elegante sinagoga, construida hácia fines del siglo XI por los judíos de Toledo; corresponde á la época de transicion ó segundo período del estilo árabe; y tiene adornos y formas interiores de un gusto delicioso. El techo es un precioso artesonado de cedro, y todo el cuerpo está dividido en cinco naves; siendo el total un cuadrilongo que mide como 80 piés de longitud por unos 62 de anchura y 50 de elevacion en el centro. Sostienen la techumbre 32 columnas octógonas, estucadas, en cuatro filas iguales, y sobre sus capiteles se alzan 28 arcos en herradura, con bellos arabescos, los cuales apoyan otros órdenes de columnitas preciosas, pareadas, que soportan inmediatamente los artesonados. Estas construcciones, que me eran enteramente desconocidas (si no es en fotografías), tenían á mis ojos un encanto infinito, y me hacian evocar mil recuerdos de la historia de los pueblos orientales, leidas en los años de mi primera juventud. Bajo el pavimento mismo hay subterráneos profundos que guardan los restos de muchos israelitas. ¡Cuánto no me hacia meditar sobre las peripecías de la humanidad el abandono de aquel antiguo santuario de una raza que, perseguida durante diez y ocho siglos por todos los pueblos en inmensa y atroz gavilla, ha regenerado al mundo en el siglo XIX, con el poder de sus enormes capitales y su actividad industrial y comercial, poblando á la Europa de Bancos, ferrocarriles, almacenes y fábricas! Los israelitas se han vengado de los pueblos perseguidores, dándoles el progreso y la prosperidad y organizando el crédito….

No ménos curiosa, aunque de proporciones muy distintas, es la otra sinagoga, llamada hoy iglesia del Tránsito, construida á mediados del siglo XIV. Don Pedro el Cruel no lo era mucho, segun parece, con los judíos ricos, y le permitió á su famoso tesorero y favorito, Samuel Levi, la ereccion de aquel bello santuario de la religion israelita. Su única nave sostiene un precioso artesonado; los muros son de un delicioso estuco, adornados con lindos azulejos en mosaico, y labrados con los mas primorosos arabescos del tercer período de la arquitectura árabe, completamente andaluza. Aquella sinagoga se asemeja por muchos de sus pormenores á un espléndido salon de la Alhambra ó del Alcázar de Sevilla.

Basta de iglesias para el paciente lector. A propósito de Don Pedro el Cruel, es notable por su interes histórico y sus sombrías proporciones la casa ó palacio que habitara en Toledo aquel salvaje coronado. Es un edificio informe y pesado, que da la idea de los calabozos y causa cierto estremecimiento al viajero que conoce algo las viejas historias de la vieja España. Aparte del admirable escombro del Alcázar, son interesantes en Toledo: algunas de sus puertas monumentales, que dan acceso á la ciudad por caminos en caracol, sostenidos por estupendos murallones; el magnífico puente de Alcántara, de un solo arco y todo de granito; y el colegio militar, edificio que fué convento y en cuya fachada, capilla, claustros y escalera monumental puede admirar el viajero una multitud de objetos de arte muy interesantes.

Por lo demas Toledo es en su totalidad un inmenso y complicado monumento. Allí todo es curioso y singular, todo llama la atencion y obliga al extranjero á detenerse á cada paso. En cada calle, en cada esquina, en cada portal ó muro, balcon ó ventana, se ve algun objeto precioso para el anticuario, sorprendente para el viajero que por primera vez recorre una ciudad tan especial como aquella. Aquí se da con un trozo de mosaico precioso, una bella baldosa de mármol, un busto raro de piedra ó una inscripcion histórica; allá con una ventana ogival, un balcon morisco, un curioso mirador, un torreon gótico ó un escombro lamentable. Toledo es el cementerio magnifico de dos civilizaciones, de dos razas; cada edificio es una tumba y cada puerta ó muro contiene un epitafio….

Apresurémonos á hablar rápidamente de esa maravilla pretérita que se llama el Alcázar, para acabar con lo monumental y mostrar al lector algunos rasgos de la fisonomía social de Toledo. Esa admirable ruina está situada al lado oriental de la ciudad, sobre una eminencia, dominando al mismo tiempo á Toledo y las profundidades del Tajo. Los cimientos y diferentes cuerpos y fachadas del Alcázar datan de épocas muy distintas. Fundada en el mismo sitio una fortaleza romana, despues goda y en seguida árabe, el conquistador de Toledo, Alfonso VI, varias veces mencionado, le dió mas grandiosas formas, haciendo gobernador del castillo nada ménos que al heróico Cid campeador. Muchos reyes mejoraron sucesivamente el famoso fuerte, hasta que Cárlos V resolvió demolerlo en casi todas sus construcciones superiores, conservando solo una fachada gótica, los sótanos y los formidables cimientos. Felipe II terminó la obra, invirtiéndose en ella los cincuenta años trascurridos de 1534 á 1584, y trabajando allí los mas eminentes artistas, como Villalpando, Covarrubias y Juan de Herrera. En 1710 fue incendiado el admirable palacio-fortaleza por las tropas aliadas que luchaban contra Felipe V en la guerra de sucesion. Restaurado con esmero, incendiáronlo á su turno en 1810 las tropas francesas invasoras, dejándolo reducido á un sublime escombro. Hoy no quedan sino los muros interiores y exteriores, los torreones rotos, las cuatro espléndidas fachadas, los sótanos y cimientos; sin techumbres ningunas, despedazados los arcos que ligaban los muros, vacíos los huecos de los balcones y todo en ruina.

!Pero qué ruinas! Aquello es imponente y grandioso como una montaña desnuda, de indestructible granito y de ladrillo durísimo. Al vagar en medio de aquellas masas colosales, por esas enormes escaleras de piedra, sobre tantas bóvedas de inaudita fuerza y audacia singular, y en los oscuros abismos de los inmensos subterráneos (que en un tiempo abrigaron regimientos enteros de infantería y caballería), se siente uno poseido de un respeto profundo por el genio de los artífices, y adquiere, interrogando los ecos de esas formidables obras, la idea completa de una civilizacion terrible, fundada en la fuerza y el antagonismo artificial, de cuyo seno ha nacido, por uno de esos prodigios del divino misterio del progreso, la nueva civilizacion que tiene su solo principio en la libertad y la justicia.

El Alcázar es un cuadrado de 200 piés por lado, que presenta cuatro fachadas diferentes, espléndidas, que no obstante cierta armonía general corresponden á diversos estilos de arquitectura, predominando el del Renacimiento. Una de las fachadas, la mas antigua, es gótica por su carácter general, aunque por sus detalles, posteriores, es del mismo Renacimiento. Cuatro torreones gigantescos, en los ángulos, encuadran el edificio, dándole aspectos diferentes segun el lado por donde se le contempla. Se compone de tres cuerpos ó pisos, sin contar el de los sótanos, que se ve por un lado. El interior es de una esplendidez que arrebata, á pesar de su estado ruinoso. Los estupendos sótanos, de aquel palacio-fortaleza podian contener millares de soldados, de prisioneros y caballos, los víveres, y municiones y armas en grande escala; en fin, toda una fuerte guarnicion ó pequeño ejército, capaz de resistir por largo tiempo el asedio. Un inmenso subterráneo conducia desde el fondo de aquella montaña artificial hasta la márgen muy lejana del Tajo, á una gran profundidad, para poder dar de beber á las caballerías, coger agua del rio, etc., etc. Tal era de grandioso el sistema de arquitectura de la vieja España, que ha dejado en todas partes los mas soberbios monumentos.

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Nada mas curioso que el espectáculo de las plazuelas y callejuelas de Toledo, durante la procesion del juéves santo. Aunque naturalmente se escogen para el paso del Cristo y de la Vírgen las calles ménos imposibles, el acompañamiento eclesiástico y popular tiene que pasar por las mas grandes crujidas para hallar salida por aquellos pendientes y endemoniados pasadizos al aire libre. Todo el mundo se estrecha, se codea, se pone en prensa y estrangula, resultando de la confusion y los apuros los mas curiosos contrastes en los mil grupos que se agitan entre aquellos desfiladeros. El lujo suntuoso de la gran dama madrileña ó toledaña, cubierta de terciopelos, de ricos encajes y de joyas, tiene que frotarse allí contra la capa raida de paño ya pelado, un tiempo carmelita claro y luego de un amarillo mugriento inescrutable, que es el ornamento indispensable del toledano,—obrero, tratante ó mendigo, así como del manchego y todos los habitantes de las dos Castillas.

En Toledo faltan absolutamente en las clases inferiores esos atavíos pintorescos, de colores vivos y cortes caprichosos, que se ven en Valencia, en Sevilla y otras poblaciones ménos impregnadas de los usos castellanos. En Toledo todo es triste, y el hombre de alguna comodidad, como el menestral y el mendigo, tienen todos un aire de vetustez, de tristeza, de ruina y de miseria que los hace sombríos á los ojos del viajero. Cuando vagaba yo en medio del largo y complicado tumulto de la procesion, arrebatado en todas direcciones por una onda de capas amarillentas y mantillas negras, me parecia asistir á un carnaval de la muerte. Sobre mi cabeza, á uno y otro lado, veia los bajos balcones repletos de mujeres y niños, con aire de aplastar á los transeuntes cayendo como enormes racimos; miéntras que el aspecto de las calles y la movilidad de los sombríos grupos tenian no sé qué semejanza con las menudas olas y los grupos de rocas negras, en el seno de un arrecife, agitándose desordenadamente en un dia de borrasca.

Las bandas de mendigos pululan y circulan allí por todas partes, asediando al extranjero sin tregua. Rendido de luchar con las masas movientes en la procesion, fuí á sentarme en un banco de piedra, á la sombra de algunos árboles en la plaza principal, llamada del Horno de Bizcochos. Tenia sed y compré unas naranjas. Cayéronme al punto, en gavilla cerrada, siete ú ocho muchachos hambrientos, de los mas cercanos, pidiéndome cada cual una naranja, ó un chavito, como llaman los mendigos la moneda de cobre denominada ochavo. Alejáronse contentos al recibir algunas monedas, y yo creia quedar en libertad para comer tranquilamente mis naranjas. Pero en breve arremetieron de nuevo, en mayor número, á disputarse las cortezas que yo arrojaba al suelo; y hube de ponerme en salvo para no claudicar entre aquella vorágine de mendigos impúberes. No les bastaron las monedas y las naranjas, pues en un instante se tragaron todas las cortezas, como si fueran pedazos de pan!

Aquella escena me afectó profundamente, tanto mas cuanto que sabia que tal ejemplo de miseria no era una excepcion. Toledo, por mucho que se haga, no saldrá de la miseria. Es un escombro que no tendrá resurreccion sino á virtud de esfuerzos inauditos. Siendo la metrópoli eclesiástica del país (donde los canónigos son muy dichosos) y teniendo un gran colegio militar y una guarnicion, admirables monumentos y carencia absoluta de industria, Toledo es un conjunto de cuatro tipos principales que se revelan en cuatro vestidos diferentes: la sotana del clérigo, el uniforme de vueltas amarillas y rojas del militar, el elegante paltó del extranjero curioso, y la capa raida y nauseabunda del mendigo. Fundada con un destino militar, segun las ideas de otra civilizacion,—para ser una fortaleza—el aislamiento es la condicion de Toledo. No puede tener industria, porque carece de agua para mover máquinas, no habiendo sino aljibes ó cisternas; ni tiene elementos para el comercio y la agricultura, por su posicion excepcional. Toledo, pues, seguirá siendo una ruina sublime, una estupenda curiosidad y nada mas: el museo de la vieja España, custodiado por clérigos, militares y mendigos!…

Toledo me ofreció la ocasin de poner á prueba mi estómago y verificar la reputacion (usurpada la una y legítima la otra) de la olla podrida y el vino de Valdepeñas. Durante los tres dias que pasé en la imperial Toledo, tan magníficamente cantada por Zorrilla, me vi forzado á renunciar á la carne, recibiendo la ley de la situacion. Pero como no habia pescado, ni huevos, ni leche, quedé á discreción de los garbanzos cocidos y otras iniquidades de la cocina española, neutralizando algo mi desdicha con buenos tragos de un exquisito Valdepeñas. Este, sinembargo, tenia el atrevimiento de subírseme á la cabeza, sin la menor ceremonia, obligándome á multiplicar los brebajes de café. Tuvo al fin piedad de mí la posadera y me mandó servir puchero.—«Un puchero español! me dije con trasporte; vamos, esto será mejor que la Catedral y el Alcázar.»

!Mentirosa ilusion! Yo habia hecho ya algunas experiencias poco satisfactorias en Barcelona y Valencia, respecto de la olla podrida, y la habia encontrado tan sofística como la monarquía constitucional en España. En Toledo se acabó la ilusion; el puchero legitimo terminó su mision sobre la tierra española; hoy pertenece á la historia, como la antigua grandeza del pueblo conquistador del Nuevo Mundo. Hoy no quedan de las glorias del puchero sino los innobles garbanzos cocidos, capaces de indigestar á un elefante, el vil chorizo y el desvergonzado tocino, que ha perdido su importancia desde que los moros y judíos han aceptado las impiedades de la cocina y la bodega cristianas. Desengañado y hambriento, hube de consagrar en Toledo todo mi culto gastronómico á las ricas naranjas valencianas y el atrevido Valdepeñas.

Apesar de algunas impresiones desagradables, Toledo me habia complacido mucho por sus enseñanzas de carácter social, no ménos que por sus monumentos. Habia podido comparar la vieja España, representada en Toledo, con la España regenerada y progresista, revelada en Barcelona y Madrid:—la primera basada en el aislamiento, inmóbil, indolente, rezandera en demasía, miserable y mendicante: la segunda buscando el progreso en la libertad y el movimiento, despreocupada, tolerante y pensando seriamente en lo porvenir. Me despedí de Toledo como el que acaba de visitar un sepulcro y sale del cementerio á pasos largos, volviendo á mirar hácia atras de tiempo en tiempo, con un sentimiento mezclado de tristeza y esperanza….

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