CAPITULO V.
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LA MANCHA.
Dos compañeros de viaje.—Aspecto del pais.—Recuerdos de Don
Quijote.—Las poblaciones manchegas,—La Sierra-Morena.
El mes de abril terminaba y era llegado el momento de visitar la fértil y hermosa Andalucía, tan llena de recuerdos, tan pintoresca y original en todo. Tomé el ferrocarril de Alicante; pasó el tren por Aranjuez, Castillejo y Villasequilla, y á 100 kilómetros de Madrid descendí del wagon, en Tembleque, para tomar asiento en la diligencia que debia conducirme á Granada, atravesando los Montes de Toledo y la Sierra-Morena, y pasando por Jaen. La Mancha habia comenzado entre Aranjuez (que pertenece á la provincia de Madrid) y Castillejo, poblacion que corresponde á la de Toledo. Esta provincia y la de Ciudad-Real, separadas en parte por la serranía de los Montes de Toledo, constituyen la region de planicies y montañas desnudas que tenia la denominacion antigua de la Mancha.
Tembleque es un punto importante en las comunicaciones interiores de España, pues no solo pasa por allí el principal ferrocarril, sino que de ese centro parten las carreteras que conducen por un lado hacia Granada y Málaga, Cordoba, Sevilla y Cádiz, y por otro á Ciudad Real y Badajoz, por el centro de la hoya del Guadiana. Con un caserío casi miserable, un terreno llano, pobre y pantanoso, y dominado al sur por los cerros de Toledo, Tembleque no ha comenzado á resucitar sino á virtud del ferrocarril de Alicante. Su poblacion alcanza apénas á unos 4,000 habitantes, de vivir estacionario en su mayor número, no obstante la produccion de cereales, vinos, algun ganado lanar y varias fábricas de paños burdos y salitre.
Al comenzar mi viaje á la Andalucía quiso la fortuna protegerme. Almorzando en la cantina (ó buffet) de la estacion de Tembleque, hallé que mis compañeros de diligencia iban á ser dos caballeros franceses que viajaban por placer. No podian hablar ni una palabra en español, y parecian ser sujetos de distincion, capaces de agradar é instruir á un compañero. Su itinerario era igual al mio, y tenian para mí la ventaja de no ser parisienses. Yo deseaba muchísimo conocer en la intimidad el tipo del Frances distinguido de provincia, porque en lo general no estaba muy pagado del hombre de mundo parisiense. Queria instruirme tambien en las cosas relativas á la vida provincial en Francia, viajar asociado á personas inteligentes y observar la manera como los Franceses juzgan á España. Quedamos, pues, convenidos en que yo sería su intérprete y en que nos trataríamos como viejos amigos. Ellos correspondieron tan bien á mis deseos, que hoy, al cabo de mucho tiempo, veo en ámbos dos personas que no me dejarán nunca olvidar cuanto hay en Francia de bueno y honorable.
La casa ambulante llamada «diligencia» partió arrastrada por diez mulas que saltaban como demonios, conduciendo unos 17 huéspedes á discrecion de 13 brutos (suponiendo que los conductores merezcan ser clasificados con las mulas). En breve salvamos los Montes de Toledo por una de sus mejores abras, y nos hallamos en plena Mancha, en la grande hoya ó planicie que tiene por centro al rio Guadiana, comprendida entre las serranías de Toledo y Morena, y prolongándose por la Estremadura, al occidente, hácia Portugal. Toda esa vasta region que cruzábamos de norte á sur, es mas bien una serie de planicies mas ó ménos extensas que una gran planicie ó valle. Donde quiera el terreno está entrecortado, ora por estribos de las serranías laterales, que se avanzan hácia el centro, ora por cordones ó grupos aislados de pequeñas colinas que limitan el horizonte.
Las serranías que dominan la comarca, desnudas y casi totalmente estériles, la sequedad del terreno, su composicion general de aluviones diferentes en la parte llana, las multiplicadas colinas en declive, y la manera como giran los vientos sobre tan vasta fosa encerrada por todos lados entre serranías; todo eso ha determinado no solo la naturaleza de las producciones de la Mancha, sino tambien el aislamiento, la inmobilidad, las costumbres y el espíritu de las poblaciones manchegas. No he visto jamas soledades mas extrañas. Allí se reunen la idea de la opulencia y la de la desolacion, del hambre y la abundancia, de la vida y la muerte. No hay en España una comarca que revele tan claramente como la Mancha la funesta accion de los malos gobiernos españoles, la incapacidad de los partidarios del aislamiento, los vicios de las instituciones monásticas y todo lo que constituyó el pasado de la sociedad española.
El suelo de la Mancha, arenoso-arcilloso en lo general (exceptuando las rocas de caliza y granito en las montañas) es un inmenso filtro. Donde quiera que no hay pantanos (y estos son numerosos) la sequedad exterior del terreno es absoluta; las corrientes de agua rarísimas. Las aguas penetran fácilmente la capa exterior arenosa y se detienen en otra mas espesa de arcilla, superpuesta á sedimentos muy sólidos. De ahí viene que miéntras el agua falta casi completamente en la superficie, se la encuentra con facilidad y en abundancia haciendo excavaciones ó aljibes, llamados en el país norias. El agua, saturada de las sales aglomeradas en los sedimentos calizos interiores, sale á torrentes (para perderse otra vez si se le da curso) por medio de sogas de cerda sumergidas en los aljibes, unidas á un mecanismo rudimentario que mueve alguna mula vieja volteando sin cesar al derredor del pozo. Es curioso para el viajero ver en la mitad de una llanura desierta y abandonada uno de esos pozos, que tienen como la forma exterior de un horno, donde la impasible mula da vueltas y vueltas para hacer surgir el agua, sin que nadie la guie. El hábito tiene allí el lugar del hombre; el animal trabaja sólo hasta por dias enteros.
Siendo el terreno tan húmedo en el interior y seco en su capa exterior, y surcado por colinas y planos inclinados, que son como los estribos ondulosos de las serranías, se determinan tres géneros de produccion bien demarcados. En los cerros, y las colinas ásperas, como en las llanuras estériles, pacen grandes rebaños de ovejas, cuya lana ofrece valores considerables y alimenta algunos telares en las poblaciones en que se fabrican paños y telas muy ordinarias para el consumo mismo de los manchegos. En las bajas colinas y pendientes suaves crecen los ricos y extensos viñedos escalonados frecuentemente en forma de anfiteatros; ó se alzan pequeños olivares que aumentan con su tinta gris la melancolía de los paisajes uniformes. Por último, en las llanuras ondulan océanos de trigo, cebada, avena y centeno, que al soplo del viento producen en el vasto horizonte los mas bellos reflejos de esmeralda ú oro, segun el estado de las sementeras. Tal es la Mancha, como país agrícola, en sus principales caractéres.
Pero no sin razon he llamado océanos las plantaciones de cereales. La Mancha da la idea del mar por su uniformidad de aspecto, como por su inalterable soledad y su tristeza que acongoja. Ni un canto, ni un relincho, ni un eco en las llanuras! Aquella comarca es un inmenso cementerio, con toda la desolacion y la fertilidad de los campos…de la muerte…. El viajero anda leguas y leguas y no ve una casa, ni un sér humano, ni una vaca ó animal doméstico. Entre una y otra poblacion no hay mas que el desierto. Allí no existen la vida campestre, ni el paisaje sencillo y gracioso de la casa rústica, ni el campesino, en la estricta acepcion de la palabra. No hay mas que ciudades, villas y campos abandonados. ¿Quién cultiva, pues?—¿quién cuida de esas interminables plantaciones de cereales y esos olivares y viñedos?—La naturaleza. El hombre es un vago ú mendigo que duerme ó pide limosna, miéntras que la naturaleza lo hace todo. Donde quiera reina el silencio….
La tristeza domina en la Mancha aún en las cercanías de las poblaciones, donde está concentrada toda la vida social. Despues de atravesar vastas campiñas donde no se ve un árbol, ni uno solo, ni mas que tierra y cielo, al acercarse á una poblacion se comienza á ver por todos lados un enjambre de norias y molinos de viento, dispersos en las llanuras al derredor del caserío; al mismo tiempo que se distinguen en alguna pequeña eminencia vecina multitud de montículos de tierra, con puertecitas enanas y una especie de cúpula tosca en la parte superior, que tienen el aire de sepulturas de indios (las huacas colombianas) ó de grupos de hornos. Son las bodegas de los vinos manchegos, cavadas en la tierra al aire libre y cielo abierto, que corresponden por su estado primitivo á la vida estacionaria de las poblaciones de la Mancha.
Todo se encuentra allí tal como lo halló Don Quijote en sus caballerescas peregrinaciones. Las Maritornes abundan y son las mismas; Sancho asoma la cara por todas partes, siempre conservador, malicioso, bonachon y reacio al movimiento; los molinos de viento se mueven con la misma regularidad que en la época en que el ilustre Manchego lo apostrofaba y alanceaba sin piedad; los mulos y los asnos, los aparejos, las capas, las mantas, los muebles, cuanto es visible allí, mantiene con fidelidad las tradiciones reveladas por el inmortal prisionero de Argamasilla. Creo que los alcaldes rebuznan hoy en los mismos tonos que los dos que hicieron decir á Cervantes:
«No rebuznaron en balde El uno y el otro alcalde,»
Los siglos han pasado por encima de la Mancha, sin modificarla en nada, como si el Tiempo se hubiera dicho:—«Hay comarcas que es mejor no meneallas.»
Con excepcion de Manzanares, villa de mas de 10,000 habitantes, donde, gracias al cercano riachuelo Azner, hay algunas alamedas vergonzantes que sorprenden al viajero en esas soledades, las demas poblaciones parecen vivir como en el desierto. Donde quiera la mugre, la vetustez, el abandono y la ruina; casas horribles, pesadas y deformes, con portones enormísimos y ventanas microscópicas; calles tortuosas, sin pavimento, con profundos lodazales ó montones de piedras en desórden; un silencio sepulcral en todas partes; edificios arruinados y ausencia de artes y comercio; bandas de mendigos hambrientos, en número fabuloso, que vagan por las calles como espectros, espiando con ansia la llegada de una diligencia para caer sobre los viajeros, rodearles en gavilla, oprimirles, y acribillarles literalmente, hasta obtener de todos y cada uno algun cuarto ú ochavo, un pedazo de pan ú otra cosa; todo acompañado del mas horrible clamoreo que imaginarse pueda.
Cada una de aquellas poblaciones es un término medio entre las ruinas, el cementerio y la cloaca, donde reinan la miseria, la inanicion, la estúpida vagancia, la supersticion, la envidia y el hambre…. Es doloroso y repugnante ver cómo se insultan y maltratan mútuamente aquellos innumerables mendigos, de todos sexos y edades, disputándose los viajeros como presas de campaña,—medio cubiertos de horribles harapos, cuyo aspecto es doblemente triste por la tinta amarillenta de las telas de lana que sirven de vestido comun.
¿Cómo explicar esa espantosa miseria y esa inmobilidad de tantas poblaciones en el seno de vastísimas campiñas de una fertilidad prodigiosa? El aislamiento, los malos ejemplos y las malas instituciones lo explican todo. Los conventos, haciendo de la ociosidad y la mendicidad costumbres venerables á los ojos de la muchedumbre ignorante y supersticiosa, han degradado en todos sentidos á esos pueblos tan favorecidos por la naturaleza en algunas cosas. En cuanto al Gobierno, debo repetir la frase que en otro lugar he emitido. «Él ha hecho el papel del perro del hortelano.» Partiendo de la idea del monopolio y la centralizacion, ha querido reglamentarlo todo. Impotente, no ha hecho nada; egoista, no ha dejado hacer; amigo del aislamiento, ha cerrado la puerta á las comunicaciones. La Mancha ha podido ser muy rica y feliz con solo dar salida al enorme producto de sus tierras, casi espontáneo, en cereales principalmente, y en vinos, aceite, lanas y otros artículos. Pero enclavada entre serranías, sin caminos, sin libertad de cambio ni de industria, y viciada la poblacion por hábitos de ociosidad y obediencia pasiva, la vida de la Mancha (si la vegetacion puede llamarse vida) se ha concentrado en las ciudades y villas. Así, los campos han quedado desiertos, sin casas, ni árboles, ni irrigacion; y en las poblaciones se ha perpetuado la miseria por la concentracion de brazos ociosos.
Y esa concentracion, que se nota en las dos Castillas principalmente, ha sido, á su turno, la causa de la persistencia de los malos gobiernos. El hombre del campo es, en lo general, el mas independiente, en igualdad de circunstancias, ya por la vida que lleva y el influjo de la naturaleza que le rodea, ya porque la accion de la autoridad le alcanza ménos. Concentrada la poblacion en las ciudades y villas, no solo se acaba la vida entre pueblo y pueblo, sino que, siendo mas inmediato y activo el peso de la autoridad sobre muchedumbres ignorantes y abyectas, la obediencia pasiva las amolda á toda tiranía, las degrada del todo, y la centralizacion absoluta se hace mas fácil de establecer y mas durable. Creo haber encontrado la clave de casi todos los fenómenos sociales que distinguen á las Castillas de la España catalana, morisca y vascongada, en esa diferencia sustancial que se nota en la manera en que la poblacion se ha concentrado ó distribuido.
Una vez cruzada la serranía de los Montes de Toledo, dejando atras, al norte, la grande hoya del Tajo, el vasto panorama parecia ser el mismo, porque hay una singular semejanza entre esa hoya y la del Guadiana. Yendo á todo trote, veíamos á lo léjos distintamente con el auxilio del anteojo, sobre una eminencia, recostada á un contrafuerte de la serranía que acabábamos de cortar, la antiquísima ciudad de Consuegra, de unos 9,000 habitantes (perteneciente á la provincia de Toledo); allí quedan aún los restos de grandes obras romanas, y se destacan sobre una colina abrupta los escombros de un antiguo castillo que pasa por ser obra de Trajano. Pásase luego por la villa de Madridejas, que cuenta unos 7,000 habitantes, y cuyo tipo no requiere descripcion, porque en la Mancha todo es uniforme. Despues de esa villa termina la provincia toledana y comienza adelante la de Ciudad-Real, que tiene su límite meridional en el centro de la Sierra-Morena.
Vense á la izquierda de la via los pobres pueblos de Herencia y Camuñas; cortase la garganta montuosa llamada Puerto-Lapiche, donde vegetan entre colinas rocallosas unos quinientos paisanos de Sancho Panza; se cruza la triste comarca de Villalta, donde chapotean como patos solitarios otros 227 manchegos, entre lagunas sin desagüe; y en la mitad de una fértil pero mal cultivada llanura se da con Manzanares, villa importante, que tiene algunas huertas en sus egidos, pero que produce sinembargo ménos manzanas que mendigos. Eran ya las diez de la noche cuando llegamos, hambrientos y molidos, á la ilustre Valdepeñas, ilustre por sus vinos populares, que no por otra cosa. Cualquiera podría pensar que los 10,800 habitantes de ese valle-de-peñas vivirían medio achispados, tomando el gusto á sus pipas y haciendo de cada bodegon una Cápua. Nada de eso en España los pueblos que beben ménos vino son los que mas lo producen; su sobriedad es singular, y casi todos prefieren el uso de aguas de mala calidad.
La mesa estaba servida en el parador de las diligencias, y hacia los honores una hostelera de mal humor, término medio entre doña Dulcinea y Maritornes, que nos abrumó con gallinas y perdices compuestas de todos los modos imaginables, y los consabidos garbanzos cocidos, tan sólidos como piedras de macadamizar. Allí bebí el peor vino de Valdepeñas que encontrara en España, «En casa del herrero azada de palo». Con excepcion de las grandes ciudades, donde en algunos hoteles ó fondas se sirve con gusto, España es un país donde la mesa es una cuestion de cantidad mas bien que de calidad. Aquel es un pueblo sobrio y frugal, y sinembargo el gusto de los hosteleros consiste en aglomerar montones de platos, sin orden ni discernimiento, como si solo se tratara de hartar al huésped ó viajero. De ahí resulta muchas veces el efecto contrario, porque muchos platos no son sino ediciones distintas del primero que entra en la escena gastronómica.
No habíamos acabado de limpiarnos la boca cuando el implacable Mayoral nos llamó á la diligencia. Era preciso hacer la digestion á saltos, despues de haber comido en abreviatura bajo el régimen gallináceo ¡Imposible dormir en aquella cueva que se llama berlina, tieso como estaca y sacudido atrozmente por el armatoste que, tiene por piloto al Mayoral! Pasamos por Santa-Cruz-de-Mudela, poblacion de 5,500 almas, silenciosa como una tumba, entre las sombras de la noche; y al tocar en Almuradiel (con unos 600 habitantes) comenzamos á trepar las encrucijadas de la Sierra-Morena, donde por tanto tiempo tuvo sus altares el dios Caco, entre desfiladeros horribles y formidables peñascos de granito. Aquellos tiempos han pasado enteramente; el salteador de estilo heróico ha cerrado sus estudios en casi toda la península española, y su herencia ha sido recogida en las ciudades por hijos mas distinguidos y civilizados. Sierra-Morena está mas tranquila que una iglesia cerrada, y los que ejercian su industria allí han sido desbancados por Ministros de Estado, jugadores de Bolsa, contrabandistas aristocráticos, canónigos vendedores de bulas, diputados y otros personajes ilustres y de intachable honorabilidad, que persiguen con rigor y energía el vicio, la vagancia, el delito…y el dinero.
Nada mas grandiosamente vago, romántico y solemne que la escena que se ofrece á los ojos del viajero en el centro de Sierra-Morena, en el silencio de la noche y sin luna. La diligencia rueda con estrépito por calzadas construidas á pico á orillas de estupendos precipicios, produciendo en los senos oscuros de las montañas mil ecos diferentes. Los enormes cerros de granito, desnudos, abruptos, despedazados á veces, entrelazados en laberinto, separados por abismos profundos y espantosos, destacando acá y allá picos, y conos, y cúpulas y moles gigantescas, cubiertos en partes de tristes matorrales, de blancas flores y de musgo y helechos; las sombras y los claros que se proyectan, segun las inflexiones del terreno; el frio de la noche; el ruido de los torrentes en las profundidades; la soledad medrosa de aquellos parajes que parecen guaridas de bandidos ó de fieras y aves de rapiña: todo eso le da á la escena los mas sombríos caractéres y un interes extraordinario.
Al ver aquellas formidables barreras de granito se comprende la tenaz y secular resistencia de las dos razas que lucharon durante ocho siglos, apoyándose y defendiéndose una y otra con el poder de la naturaleza y disputando el terreno palmo á palmo, en las gargantas estrechas de las serranías. Así mismo, al observarlas se encuentra alguna excusa (aunque sofística) al régimen de aislamiento que por tantos siglos ha predominado en España.
La Mancha habia terminado, y en nuestra via habíamos tocado, despues de Tembleque, con una poblacion total de 34,500 habitantes aglomerados en siete localidades[3]. Ya habíamos pasado las horribles gargantas de Despeña-perros(!!); el alba iba á empezar á difundir su vaga claridad. Rendidos de sueño y de cansancio dormitábamos ya, en una especie de pesadilla y de sopor, cuando se abrió el horizonte al mediodía. La hermosa Andalucía, el país del amor y del arte, de la fecundidad y del trabajo, comenzaba en las alturas de Santa-Elena.
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