QUINTA PARTE.

LAS ANDALUCÍAS.

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CAPITULO I.

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JAEN Y GRANADA.

Panorama general.—Las colonias de Carlos III.—Baylen.—Jaen y sus campiñas.—De Jaen á Granada.—Idea general de Granada.—Curiosidades de la ciudad.

Habíamos andado hasta cerca de Santa-Elena, 210 kilómetros desde Madrid, y nos faltaban 218 para completar los 428 de la distancia entre Granada y Madrid. Pero ¡qué diferencia en el aspecto de las dos comarcas! Atras quedaba la raza goda, la sociedad castellana, genúina representante da la vieja España. Adelante, algunos bellos grupos originarios de la raza germánica, y luego todo un pueblo profundamente modificado por la infusion de la sangre árabe y las tradiciones de la actividad industrial y del genio artístico de las grandes tribus orientales y africanas.

En Santa-Elena, pequeña poblacion moderna de unos 600 habitantes, las montañas parecen abrirse para dar paso á la vida; el cielo es ya mas bello, el aire mas delicioso, y la naturaleza sonrie. Apénas hace un siglo que la Sierra-Morena era un desierto, una inmensa sucesion de encrucijadas espantosas, sin ninguna señal de vida, de industria ni de comercio. Cárlos III (el único rey liberal y positivamente bueno que ha tenido España) resolvió hacer surgir la vida de en medio de aquellas soledades, fundando en la Sierra colonias importantes de agricultores vigorosos, para lo cual no solo se sirvió de los Españoles, sino que hizo llevar inmigrados alemanes, muchos de ellos protestantes, propios para dar saludables ejemplos y favorecer un fecundo cruzamiento de razas. Es á esas medidas que se debe la existencia de siete nuevas poblaciones en la Sierra-Morena.

Almuradiel, situada al lado setentrional, es la primera. Las otras seis, correspondientes á la alta Andalucía (provincia de Jaen) son: Santa-Elena, las Navas-de-Tolosa (célebre por la batalla que en 1212 ganó allí el rey Alfonso VIII contra el rey moro Aben-Mahomed), la Carolina (que recibió su nombre de Cárlos III), Carboneros, Aldea-del-Rio y Guarroman. La poblacion total de las seis colonias andaluzas asciende á 7,400 individuos, de los cuales 4,728 corresponden á Carolina. Nada mas interesante que el contraste de esas poblaciones y sus campos vecinos, con el aspecto del país que la vista registra en todas direcciones. El espectáculo es hermoso y suministra la prueba del poder del hombre para crear la riqueza, aún en medio de una naturaleza ingrata, cuando se tiene voluntad para luchar y vencer los obstáculos.

A derecha é izquierda los ojos no descubren sino cerros desnudos y tristes, contrafuertes formidables de la Sierra, destrozados, revueltos, tajados en sus inmensas moles graníticas, ó multiplicándose en laberintos de rígidas colinas y laderas. El panorama parece casi todo un océano de arrecifes, negros, pardos, grises, y a veces rojizos, como si antiquísimas conmociones volcánicas los hubiesen desparramado entre abismos. Al frente, á mas de 240 kilómetros de distancia, se ve la grandiosa Sierra-Nevada, corriendo de oriente á poniente, semejante en todo (ménos en sus nieves blanquísimas) á la Morena; y se alcanza á columbrar vagamente el sitio en que demora la morisca ciudad de Jaen, recostada al pié de uno de los prolongados contrafuertes de la estupenda y escarpada barrera. En el fondo se ve una vasta extension de terreno desigual surcado por el turbio Guadalquivir, donde alternan las colinas multiformes, las pequeñas planicies, los planos inclinados, las angostas llanuras entrecortadas por barrancos y los risueños vallecitos que forma el rio en sus vueltas y revueltas caprichosas, descendiendo por un cauce profundo y arcilloso, entre grandes y tajadas rocas graníticas en varios trechos.

Por último, si se mira mas cerca, retirando la vista de la faja tortuosa del Guadalquivir (á cuyas márgenes demoran Ubeda, Baeza y Andújar), se registra una serie de planos inclinados, colinas y fértiles cañadas de lujosa vegetacion y esmeradísimo cultivo, por donde gira la carretera en busca de Baylen. Por todas partes graciosos cortijos con vastas arboledas que orillan el camino ó deslindan las heredades; corrientes cristalinas y bulliciosas que parecen dejar con alegría las asperezas de la Sierra para ir de salto en salto á llevarle al Guadalquivir sus murmurios y sus perlas líquidas; extensos viñedos sobre las mas desnudas colinas y los cerros; innumerables plantaciones de hortalizas, cereales y semillas; considerables extensiones pobladas de hileras simétricas de olivos; árboles frutales á la vera de la ruta y en los alegres huertos; aquí un molino de olivas, allá unas vacas paciendo en el barbecho, cerca de la casita pintoresca; grupos de labradores sencillos y contentos, trabajando juntos hombres y mujeres, ancianos y niños; en todas partes verdura, aguas saltadoras, flores, un sol vivificante, sombras deliciosas, trabajo, actividad, robustez, vida, alegría y bienestar.

El viajero desciende con placer por aquellos planos inclinados, saludando á la Andalucía como una tierra de amor y prosperidad; y aunque se echa de ver que hay mucho aún que mejorar ó hacer, y que aquellas poblaciones están apénas en la infancia, se les perdona todo defecto en gracia de las cualidades que revelan. Cuando las razas han cumplido su mision, en sus épocas respectivas, segun la medida de su temple y su índole, necesitan, para no deteriorarse, de cruzamientos que las rejuvenezcan y les impriman nuevo aliento. La grande obra de la raza española en la civilizacion fué la conquista del Nuevo Mundo. Cumplida esa grandiosa y trascendental epopeya, el pueblo español ha debido buscar su fuerza y sus elementos de actividad en alianzas con otras familias de la humanidad, so pena de descender. Esta verdad se revela en España así en lo grande como en lo pequeño. Donde quiera que hay mezcla de razas,—en Cataluña, en Andalucía y las provincias vascongadas,—se ve la fuerza, la actividad, la vida; así como la debilidad y el estancamiento se manifiestan en las Castillas, Galicia y las Asturias, donde la raza se ha mantenido casi totalmente pura.

En las poblaciones de la Sierra-Morena hice, en pequeño, la misma observacion. Allí la sangre alemana se ha mezclado con la hispano-arábiga, resultando un conjunto de familias robustas, inteligentes, laboriosas, pacíficas y de hermoso tipo. Yo me complacia en mirar, de paso, los graciosos grupos de chiquillos, vestidos con bastante aseo, rosados, rubios, ligeros, saltando como pajarillos al derredor de la diligencia, en las calles principales de Carolina y las demas poblaciones, ofreciéndonos á los viajeros flores y frutas; en tanto que las abuelas y mamás, sentadas á las puertas de sus casas, nos miraban con una curiosidad benévola, sin suspender por eso las labores de mano ó el movimiento del huso infatigable. Allí no nos pidieron limosna, no obstante que en Andalucía, por causas que luego indicaré, hay también en las ciudades y villas gran número de mendigos.

Fuera ya de los contrafuertes de la Sierra y casi en el fondo del valle onduloso del Guadalquivir, demora la antigua villa de Baylen, sobre un plano inclinado, rodeada de altas colinas y en medio de vastos olivares que constituyen allí la principal riqueza. Baylen es un poblachon feo, desigual, sucio, de calles tortuosas (tipo español antiguo legítimo, pues data nada ménos que del año 729), con una poblacion de poco mas de 8,000 almas, algunas fábricas de objetos muy secundarios, una fuerte produccion de aceite (muy mal preparado, como casi todo el de España) y numerosos telares de lienzos comunes. Allí se almuerza mal, se come peor, el vino es malejo, y se desea seguir la marcha apriesa.

Muy cerca de la villa se extiende el campo desigual donde tuvieron lugar el 16 y 19 de julio de 1808 el combate y la famosa batalla de «Baylen», que fueron las bases de la independencia española en la lucha contra Napoleón. Si se tienen en cuenta la mediana capacidad militar del General Castaños, vencedor allí, la mala calidad de sus tropas, la enorme superioridad de las francesas, por su número, calidad y posicion en el campo de batalla, y las aptitudes del mariscal Dupont, que las mandaba, se hallará que acaso no ha carecido de fundamento la opinion de que la pérdida completa del ejército frances se debió á la traicion. Allí quedaron 40,000 franceses vencidos casi sin combatir: 3,000 muertos, 20,000 prisioneros, entre ellos siete generales, muchos miles dispersos, 45 cañones y todos los pertrechos en poder de Castaños.

Mis dos compañeros, como leales franceses, suspiraban al atravesar el campo de Baylen.

—No crea U.,—me decian ámbos con noble sinceridad,—que nos hace suspirar el recuerdo de la derrota; no. Es que Baylen no es para nosotros sino una página vergonzosa de la historia de Francia, manchada por una guerra inícua, de perfidia y usurpacion, empeñada contra un pueblo hermano, á despecho de la nacion francesa.

—Entónces no hay por qué recordar el suceso con pesar. Esa iniquidad no puede gravar la conciencia de la Francia revolucionaria; ella pesa sobre la memoria del déspota que, nacido de la revolucion, le volvió la espalda y oprimió al mundo con el peso de su espada.

—Es verdad,—me contestó Mr. B….,—pero la historia es la historia, y el vulgo confunde frecuentemente la obra de los déspotas con la de los pueblos.

Pasamos en breve el Guadalquivir, profundo, lento y silencioso, por un bello puente colgante echado sobre colosales rocas; tocamos, á unos 16 kilómetros de Baylen, en el pueblo de Menjibar, situado en terreno fértil y con unos 1,600 habitantes; y atravesando campos rugosos y bastante cultivados generalmente, dimos, á unos 36 kilómetros adelante, con la curiosa ciudad de Jaen, de situacion pintoresca, dominada por un alto cerro sobre cuya cima se ostenta un viejo castillo, formidable un tiempo y hoy felizmente arruinado, así como las murallas y demas fortalezas que circuyen la poblacion.

Jaen, ciudad de tercer órden en España, por sus proporciones, cuenta 21,520 habitantes, generalmente pobres, no obstante la aptitud del país para una multitud de producciones importantes, como vinos, aceite, granos y materias minerales. Todo aquel pais, esencialmente montañoso, aunque desnudo de vegetacion espontánea, abunda en inmensos depósitos de fierro, plomo, plata, mercurio, carbon de piedra, mármoles superiores, etc., que entran en la composicion mineralógica de las dos Sierras que surcan las Andalucías. Y sinembargo, la minería está apénas comenzando á ser una verdadera industria, la agricultura no avanza y los habitadores de Jaen son muy pobres. Todo depende de la falta de comunicaciones, pues con excepcion de la carretera general no hay sino malísimos caminos y veredas casi impracticables para un comercio regular. España es un país prodigiosamente rico por sus elementos; pero la riqueza indígena sin el cambio nada vale.

Me es imposible describir á Jaen, porque apénas logramos allí veinte minutos de descanso. El viajero que quiere detenerse en un punto intermedio, se expone á no seguir su viaje en muchos dias, porque los asientos de las diligencias son tomados en las ciudades que sirven de puntos de partida. La estructura general de Jaen, antigua residencia de un virey ó reyezuelo moro, es esencialmente morisca, como debe suponerse. Por todas partes calles estrechas y tortuosas empedradas con grandes guijarros de rio, un terreno desigual, fuentes abundantes (porque los Moros amaban mucho el agua), casas con azoteas y miradores, galerías de arquitos en forma de herradura, ó con troneras muy reducidas, y extrañas y caprichosas construcciones. La catedral de Jaen es afamada por algunos preciosos pormenores, pero su conjunto exterior carece de carácter, lo que la hace mas curiosa, revelando la sucesion de varios estilos. La base fué la gran mezquita, y como encima le aglomeraron obras góticas y del Renacimiento, resultó una jerigonza de arquitectura, original y especialísima en la España moruna.

Sigue el camino su curso hácia Granada por el fondo de un angosto y encantador vallecito, formado por el riachuelo llamado rio-de-Jaen, afluente del Guadalquivir, como todas las corrientes que median entre Sierra-Morena y Sierra-Nevada. En medio de aquel laberinto de lomas y de cerros desnudos y escarpados, donde alternan las formaciones graníticas formidables con los estratos calizos, las capas esquistosas trastornadas, los bancos de arenisca y los barrancos volcánicos, que parecen de hierro occidado, el valle tiene un encanto singular, por los rumores del riachuelo, los alegres huertos que lo matizan, los grupos elegantes de álamos blancos, los pequeños viñedos que á veces se ven como descolgando sus sarmientos sobre las barrancas, los dispersos olivos y otros árboles frutales, los islotes de corta duracion que se producen en el variable cauce, y los pequeños grupos de cabras que ramonean saltando sobre las laderas ásperas que dominan el paisaje.

Después de pasar por algunas ventas medio desiertas, que sirven para relevar los tiros, dimos á unos 36 kilómetros de Jaen con el pueblo llamado Campillo-de-Arenas, de 1,900 habitantes, situado en una pequeña planicie, de la cual y las colinas vecinas se saca algun partido para la produccion general de Andalucía, que consiste en vinos, aceite, frutas y granos principalmente. Varios cortijos y ventas se suceden luego, completándose en el tránsito desde el centro de Sierra-Morena hasta Granada, sobre la ruta, un total de mas de 40,650 habitantes, casi todos pertenecientes á la provincia de Jaen. La noche habia llegado, enteramente oscura, y eran las doce cuando hacíamos pié en la calle principal de Granada.

Las ocho provincias de raza hispano-arábiga (Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla), que componen propiamente la vasta y montuosa región de las Andalucías, comprendida entre la Sierra-Morena, el Mediterráneo y el Atlántico,—tienen una poblacion total de 2.921.102 habitantes, los mas industriosos de España (en su masa general) después de los Catalanes. Las capitales de esas ocho provincias reúnen 446.342 vecinos (la sexta y media parte de la población andaluza),—y en esa cifra corresponden á la ciudad de Granada 68.743 individuos. Si hubiera de hacerse un estudio comparativo y minucioso de la manera en que la población se ha distribuido en España, se obtendría mas de una enseñanza interesante.

Prescindiendo de Cataluña, país tan excepcional, se ve, por ejemplo, una profunda diferencia en la fisonomía y las condiciones estadísticas de dos grandes regiones que se tocan: las Andalucías, y la Nueva Castilla con Estremadura. Geográficamente, la primera de esas divisiones es bastante inferior á la otra; topográficamente, las Andalucías, apesar de la ventaja comercial de sus costas marítimas, tienen una gran desventaja respecto de Nueva Castilla y Estremadura. En esta región el suelo es mucho mas igual, espontáneo, asombrosamente fértil y propio para variadas y muy valiosas producciones. En las Andalucías, con excepción de las llanuras de Sevilla y la Vega de Granada, los valles son muy reducidos en lo general, el terreno es donde quiera desigual, rocalloso, surcado por laberintos de cerros, de grandes serranías, de colinas bruscas y profundas ramblas. Así, la parte habitable y explotable de las Andalucías es muy reducida en comparación á su extensión geográfica.

Y sinembargo, donde quiera que puede crecer alguna planta, que puede sostenerse una producción cualquiera, se la ve aparecer en Andalucía, aprovechando hasta los mas pequeños vallecitos ó las mas limitadas planicies. Y como el terreno está entrecortado prodigiosamente por las innumerables inflexiones orográficas, se ha producido un raro fenómeno: la vida aparece en todos los intersticios explotables del pais, pero condenada por la naturaleza, temporalmente, al aislamiento. En las vastas planicies de la Estremadura, la Mancha y el alto Tajo, la naturaleza ha permitido la acumulacion y comunicacion fácil de grandes masas sociales, asi como la continuidad del cultivo en muy extensa escala. Y con todo, las regiones altas no pueden sostener la comparacion social y económica con las Andalucías, apesar de ciertas ventajas provenientes de los centros políticos y religiosos (Madrid y Toledo) y otras que no son despreciables.

¿En qué consiste la gran superioridad efectiva, de las Andalucías? ¿Es por la mayor fertilidad?—No. ¿Es por la mayor extensión de terreno explotable?—Menos. ¿Es por virtud de las comunicaciones marítimas?—Ellas solo favorecen directamente á los pueblos de las costas. ¿Es por la infusión de la sangre africana en la raza primitiva de España?—¿Es porque las instituciones de la feudalidad, del absolutismo posterior y del catolicismo romano no pudieron implantarse en las Andalucías tan hondamente como en las Castillas?—Sin pretender dar la solución, no puedo menos que reconocer la energía del contraste y el interés que esos fenómenos tienen para el estadista. Por mi parte diré que la observacion rápida de esos contrastes me ha confirmado, mas que la lectura de muchos libros, en mi creencia liberal.

Granada misma, comparada con la Granada histórica moruna, es un testimonio elocuente en favor de la doctrina de la justicia, la tolerancia y el progreso. Situada hacia el lado setentrional del valle primoroso que riega el Jenil, al pié de dos altas colinas; estribos de la serranía que divide el Darro, que corre por un lecho profundo, Granada tiene una de las posiciones mas pintorescas, mas encantadoras que el gusto oriental haya podido escoger en Andalucía para asiento de una capital.

Casi en el vértice que forma la Sierra-Nevada al sudeste de Granada, nace el lindo Jenil, cuyas ondas escasas y anchas vegas han inspirado á tantos poetas; recorre la llanura ó afamada Veya, que tiene como 40 kilómetros de circunferencia, y recoge las aguas que bajan de la sierra en el Dilao, el Monachi, el Alfacas, el Darro y otros riachuelos que fecundan el pais. La Sierra forma al este y sur una especie de semicírculo, desprendiendo un ramal de cerros y colinas en cuya base está reclinada la rara cuanto poética Granada entre dos cordones de alturas separados por el Darro. El uno ostenta sobre sus lomas superpuestas la Alhambra y el Jeneralife; el otro, el mas occidental, le hace frente en línea paralela y da asiento sucesivamente á las capillas y el seminario del Monte Santo y al extraño barrio del Albaicin, poblado por familias de Gitanos. Del pié de la Alhambra y el Albaicin se extiende la ciudad sobre las dos márgenes del Darro y la derecha del Jenil, descendiendo en plano inclinado hacia la Vega.

Nada mas extraño que la fisonomía de esa ciudad, simultáneamente gótica, árabe y gitana,—artista y fabricante,—religiosa y voluptuosa,—rica y harapienta,—llena de jardines y de miserias,-bella y horrible,—animada y cadavérica,—esperanza y escombro al mismo tiempo. Allí todo es contrastes,—conjunto de los tipos mas diversos,—rasgos de la mas compleja fisonomía social que—puede hallarse. Si se ven algunas calles y alamedas espaciosas y alegres, la gran masa de la ciudad está cortada por callejuelas sucias, tortuosas, oscuras, empedradas con guijarros, estrechísimas, complicadas en laberinto, completamente moriscas. Si se oye al pasar el martilleo de los talleres ó el ruido de los telares ó pequeñas fábricas de distintos objetos, se siente también á cada paso el clamoreo de las bandas de mendigos harapientos y escuálidos.—Si se admiran las maravillas del arte divino, se siente una profunda tristeza al sondear la prostitucion que mina á algunas clases.—Si se contemplan con recogimiento las iglesias católicas, llenas de pompa y majestad, se admiran los mil detalles de los palacios de la voluptuosidad oriental.—Si se aprecia el tipo franco, hermoso y despierto del andaluz de la mejor raza, se lee toda una historia de miserias y delitos, de persecuciones y dolores profundos. En la figura bronceada, en el ojo magnífico y salvaje, en la sonrisa orgullosa pero triste del Gitano….

Con decir que Granada es la síntesis de la historia y la sociedad hispano-arábiga, se indica lo que es en su estructura material esa ciudad. Muchos pormenores preciosos, en el orden de las dos civilizaciones; un conjunto extraño, feo pero muy interesante, contradictorio y triste; y todo encuadrado en un marco admirable de hermosuras naturales. Un teatro, numerosos cuarteles, algunos institutos de instrucción, beneficencia y culto, industrias medianas, juego, prostitución,—de todo y para todo; tal es el tipo que ofrece la masa general. En eso no hay en Granada cosa que llame la atención. Su interés está en los pormenores, y bajo este aspecto Granada es la mas curiosa de las capitales de España,—mas que Toledo y Sevilla mismas que son tan interesantes. Así, para adquirir una idea completa de las cosas, como artista, seria preciso residir meses enteros en Granada.

Cuando se deja el laberinto de las sucias callejuelas, ó se desciende del triste barrio del Albaicin, ó se abandonan los cafés públicos (mal servidos pero siempre llenos de gente), ó los hoteles ó fondas (donde el huésped sufre hambres por la imposibilidad de acomodarse con detestables alimentos), el forastero puede encontrar compensaciones en los paseos públicos llamados los salones. Si el mal gusto se manifiesta en las fuentes que adornan el principal, la pompa y el esplendor de aquella inmensa bóveda de verdura son incomparables. Un vasto salón al aire libre, de mas de 300 metros de longitud y unos 40 de anchura, se extiende al extremo de la calle principal entre ella y el Jenily el Darro. No he visto jamas una basílica de verdura comparable á esa. El sol no puede penetrarla con sus rayos, y al pasearse uno por allí, embriagado por mil perfumes, entre las filas de colosales olmos y otros árboles, cuyos troncos son las columnas de la mas suntuosa bóveda,—y codeándose con los grupos de hombres y mujeres en cuyas fisonomías se ve la expresión del árabe,—no puede menos que evocar todos los recuerdos de la historia de Granada.

Aquellas mujeres de mirada ardiente y sonrisa seductora; aquellos vestidos, pintorescos unos, otros ampulosos y atrevidos; aquellas capas flotantes, que acompañan infaliblemente en sus horas de pereza al Español; los ecos lejanos de instrumentos que convidan al placer; los vastos jardines que se extienden allí hacia el Jenil, cuajados de jazmines, granados, rosas y claveles, cuyos aromas embriagan positivamente; las brisas tibias que alegran el corazon, y varios incidentes que llaman la atención en las costumbres: todo parece dar la idea de los amores ardientes, de las pasiones vigorosas, del abandono y la voluptuosidad del oriental. Pero llega la noche, y á las nueve no mas aquella ciudad que se movía, que incitaba á las fuertes emociones, parece como dormida. A esa hora el silencio es casi completo, y el viajero que vaga en las calles solitarias se cree como errante en un vasto cementerio. ¿Qué hacen las gentes á esa hora?—¿Trabajan en sus casas ó talleres, ó venden en sus tiendas, ó rezan?… No sé si hacen casas muy malas ó muy buenas; lo que sé es que vegetan.

Entre los objetos públicos que llaman la atencion en el centro de la ciudad, merecen mencion (aparte de la catedral, de que luego hablaré) no solo algunas iglesias curiosas y algunos edificios antiguos de formas singulares, sino tambien: el teatro, el museo y el Sacatin. No hay para qué asegurar que Granada tiene sus inevitables circos españoles: el de los toros y el de los gallos. El teatro, aunque sin lujo ninguno, es muy bonito, pero generalmente mal servido, como casi todos los teatros de España, en lo que toca al drama y la comedia. En Granada, como en todas las ciudades de España, observé una notable vulgaridad en la gran mayoría de los actores. El torero—ese artista de la muerte—es donde quiera elegante, bello, magnífico en su clase. El actor, con raras excepciones, es plebeyo, bufon con brutalidad, y no sabe interpretar las nobles inspiraciones del poeta.

En el teatro de Granada (obra que se debe al general frances Sebastiani, que gobernó el país por cuenta y riesgo de Napoleon) vi ejecutar operetas y bailes de estilo frances que me parecieron soberanamente ridículos. El francesismo exagerado no produce en España sino caricaturas. No he visto en materia de coreografía nada tan gracioso como una española bailando el bolero, la jote ó la cachucha; pero tampoco he visto nada tan ridículo (en todas las ciudades españolas) como esas salerosas peninsulares haciendo las evoluciones inventadas (para desgracia del arte) por las bailarinas parisienses. El cuerpo rollizo, vigoroso y torneado de la española no se presta á las aéreas fantasías (casi de puro espectáculo) de la bailarina francesa, que necesita de inventar mil fascinaciones y figuras para disimular su flacura y fealdad y ostentar al mismo tiempo su agilidad y su gracia de gesto y movimientos.

El museo de Granada contiene, entre muchas cosas insignificantes, varias preciosidades de la época de los Moros, y algunas obras de pintura muy superiores. En lo general la Andalucía es un país muy rico en tesoros de esa clase, y despues del admirable museo de Madrid en ninguna parte de España se pueden hallar tan bellos cuadros como en Granada, Sevilla y otras ciudades andaluzas. ¡Qué de tesoros de Murillo y Ribera, de Cano, Palomino, Zurbarán, Herrera y muchos otros maestros, dispersos en todo ese país del amor voluptuoso y del arte delicado!

Una cosa notable en Granada: en la plaza llamada del Campillo, dominada por el teatro, se ostenta un monumento consagrado á la memoria del Talma español,—el ilustre Isidoro Máiquez, hijo de Granada, como el triple artista Alonso Cano y el poeta dramático Lope de Rueda. Pero ese monumento no ha sido elevado por la España, sino por tres artistas, herederos en parte del genio de Máiquez: los dos Romea y Doña Matilde Diez.

El Sacatin, que he mencionado, es un curiosísimo edificio moruno que le da su nombre á un barrio donde tiene su residencia el comercio. Compónese de un conjunto de construcciones homogéneas, ligadas entre sí, de modo que forman una sola manzana, pero divididas por callejuelitas iguales ó pasadizos, que se cortan en ángulos rectos, formando una especie de red de líneas regulares. Por todas partes el Sacatin presenta filas de tiendas y almacenes, en dos órdenes ó pisos paralelamente, y es allí donde se acumula no solo todo lo que figura en los cambios ordinarios del comercio, en materia de géneros, mercería y quincallería, sino tambien una multitud de objetos de arte y productos de los talleres y fábricas nacionales. El Sacatin, pues, no solo da la muestra de la industria local y la medida del comercio, sino que interesa mucho por su colorido local, su tipo moruno y las costumbres que allí se revelan. En el fondo de esos pasajes, llenos de labores y arabescos, de columnitas de jaspe y curiosidades, es donde son mas pintorescos los grupos populares, y donde la granadina, de ojos negros, vivos y picantes, ejercita con mas arte sus provocaciones para con el extranjero y sus pequeñas astucias de mercader.

Dicen los cronistas que hasta la época del último rey moro Granada tenia hasta 400,000 habitantes, con mas de 16 kilómetros de circunferencia, y que estaba completamente circuida de murallas, y estas contaban hasta mas de mil torres para su defensa. Puede que haya bastante exageracion en esas cifras; pero á juzgar por las proporciones actuales de Granada, donde centenares de casas están desiertas y se encuentran ruinas por todas partes, no hay duda de que la poblacion existente es sumamente inferior á la que puede caber. Hoy no quedan de ese millar de torres (si lo hubo) mas que señales, con algunas fortalezas en escombros, algunos torreones aislados é inútiles, y vestigios muy diminutos de las murallas que circundaban la famosa capital del imperio morisco. Poco y casi nada le queda al presente, de tantas glorias y de tanta opulencia. Solo la historia es rica, por los tesoros del pasado. El fanatismo religioso, la incuria de los gobiernos y los pueblos, las malas instituciones y el tiempo han destruido mil primores y grandes cosas que el genio oriental habia atesorado en la preciosa Granada.

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