CAPITULO III.

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LAS FALDAS DE LA SIERRA-NEVADA.

Santafé.—Un comisionista en viaje.—Loja.—La Sierra-Nevada.—El valle de Málaga.—La ciudad y sus curiosidades,—Algunas impresiones.

Después de cinco días de residencia en aquella ciudad tan curiosa como altamente histórica, era preciso partir. Habíamos observado lo mas interesante de Granada (respecto de lo cual me veo forzado á omitir muchos pormenores) y nos alejábamos con un sentimiento de tristeza, porque ese país seduce el corazón como el espíritu. Es un tesoro de recuerdos y poesía para todo viajero; pero para mí era además un objeto de profundas emociones íntimas. Desde las alturas de la Alhambra yo había vivido cinco días con mi patria, evocando todas las epopeyas de su historia, desde la época de Colon, Balboa y Jiménez de Quesada.

Por desgracia, la diligencia que debía conducirnos Málaga, por Santafé y Loja, atravesando la Sierra-Nevada, partía casi á media noche; y las sombras eran tan espesas en aquellas noches de lluvias primaverales, que toda la campiña nos debía estar velada por las tinieblas. Así cruzamos toda la extensión de la «Vega», sin gozar de cerca de su admirable paisaje, ni poder mirar siquiera la estructura general de la histórica Santafé, villa decaída que solo cuenta hoy unos 4,000 habitantes, sentada entre huertos y cortijos á la margen izquierda del Jenil, como una vieja matrona que trabaja silenciosamente con su rueca, á la sombra de los naranjos de un patio florido.

A falta de sueño y de paisajes el interior de la diligencia nos ofreció una grotesca distracción. Iba con nosotros un judío alemán, joven, robusto, ordinario te, petulante, locuaz y de una voracidad singular, que había estado hospedado en Granada en la misma fonda que nosotros. Quejábase amargamente de las hambres que había pasado, por la mala calidad de los alimentos (y eso que nuestra fonda era la mas famosa de Granada); y no le faltaba razón, porque es contra toda humanidad el que los hosteleros españoles mantengan al viajero con sus abominables platos de garbanzos cocidos. El curioso Alemán llevaba todos los bolsillos repletos de naranjas y bizcochos, y en tres horas, hasta que el sueno le rindió, no suspendió sus ejercicios gastronómicos.

Su manía consistía en querer pasar por un inglés turista original, que había conocido todo el mundo (con excepción de algunos continentes), que adoraba las muchachas bonitas, había hecho grandes conquistas de francesas, italianas, circasianas, españolas, etc., y se preparaba á emprender un viaje de recreo á Australia, sin duda para continuar en la Polinesia su vida de César de las hijas de Eva. Pero es el caso que al pedirle detalles sobre las comarcas que había visitado no daba razón de nada, explicando su Ignorancia con mil subterfugios. Aunque hablaba bien el inglés, su manera de hablar en español y francés revelaba el acento del alemán meridional, como su fisonomía revelaba al israelita. Nosotros teníamos nuestros motivos para creer que pertenecía á la raza industrial de otro compañero de diligencia, comisionista hordelés que charlaba hasta por los bolsillos, sin perjuicio de los codos. Entre los muchos beneficios que van haciendo los ferrocarriles y telégrafos debe contarse como de primer orden la cuasi abolición del commis-voyageur ó comisionista, la plaga mas detestable con que puede dar un viajero. El parte telegráfico y el wagon-vapor, en efecto, hacen casi innecesario el envío de esas langostas á buscar en otros mercados colocación para los productos fabriles. En Italia, en España y otros paises de Europa, donde todavía los ferrocarriles están en su principio, el Comisionista emisario de Francia, Inglaterra, Bélgica ó Alemania se mantiene firme ó con alguna consistencia. Así es que en Barcelona, Valencia y las ciudades andaluzas hube de encontrar esa peste en todos los hoteles ó fondas.

El comisionista (sobre todo y como ninguno el francés) es capaz de desacreditar á su pais, dónde quiera, con sus propios recursos. Ignorante, fatuo, grosero, petardista con frecuencia, charlatán hasta causar jaquecas, se le ve en todas partes fastidiando á cuantos tienen la candidez de admitirle su compañía. Una excepción en esa regla es un prodigio. Entre mas de cuarenta conocí en España uno soportable. Nuestro judío alemán comenzó por sucumbir en cuanto á su nacionalidad, pues, por divertirnos, le hicimos muchos cargos á la Gran Bretaña, y hubo de declararse alemán para no aceptar la responsabilidad. Fingí que tenia opiniones muy recalcitrantes y le dije que era un horror la admisión del judío Rothschild en el Parlamento británico, porque esa raza maldita no merecía ninguna consideración. Entonces saltó como agitado por un resorte, colérico y terrible, como si toda su raza hubiese de hablar por boca de él, y se confesó israelita con una candidez que nos arrancó á todos una explosión de risas. No tuve, dificultad en convencerle de que yo no tenia ninguna preocupación religiosa ni de raza, y que estimaba á la suya como una de las mas bellas, tenaces y enérgicas del mundo, y una de las que han contribuido mas, por el poder del trabajo y el sentimiento de la fraternidad, al progreso de la civilización. Corrido y azorado el ex-turista inglés, se arrellanó en su rincón y se manducó tres naranjas y seis bizcochos, por vía de compensación, con él mayor recogimiento. Al día siguiente, en Málaga, le pillamos infraganti en el hotel, presentándole á un comerciante toda su colección de cartones con muestras de mercancías; y aunque se sostuvo en lo de las conquistas femeninas, confesó que sus viajes cosmopolitas habían sido hechos no por un inglés turista, sino por un robusto judío alemán, comisionista de la casa H. B. & Cª e Manchester.

Eran las seis de la mañana cuando llegábamos á Loja, después de haber cortado las primeras gargantas suaves ó inflexiones de la Sierra-Nevada. Excepto en Suiza, no he visto nada mas pintoresco, en clase de pequeños paisajes de encantadora frescura, que el cuadro que rodea á Loja. Es una ciudad bastante considerable, pues cuenta mas de 17,000 habitantes, y dista unos 45 kilómetros de Granada y 56 de Málaga. Sus producciones agrícolas son las generales de Andalucía; pero es notable por su fabricación de paños y papel. Es el país de las aguas por excelencia, deliciosas y abundantísimas. No solo tiene mas de doscientas fuentes públicas y particulares, sino que se llegaron á contar ahora siglos, en su término, mas de 5,000 vertientes. La población, fea, desigual, sin gracia, triste y bastante sucia, hace un raro contraste con los alderredores. Situada sobre dos colinas separadas por el Jenil, con la mayor parte de su masa en la margen izquierda, la dominan casi por todos lados los contrafuertes de la Sierra, y ofrece una vista deliciosa hacia una gran porción de la Vega de Granada.

El sol comenzaba apenas á producir sobre las crestas nevadas sus primorosas reverberaciones; una ancha faja de nieblas ceñía los cerros vecinos por la mitad, dejando en descubierto las eminencias con sus enormes peñascos de granito, y las bajas colinas, la ciudad y los vallecitos profundos y tortuosos del Jenil, frescos, verdes, floridos, cuajados de molinos y fábricas, de huertos primorosos y de hileras y grupos de álamos blancos y otros árboles enhiestos. La tierra parecía regocijarse, saludando al sol andaluz y á su admirable cielo con un concierto de armonías y una voluptuosa evaporación de aromas delicados.

Después de Loja, el camino sigue ascendiendo y caracoleando por entre bellas colinas bien cultivadas hácia el corazón de la Sierra. El viajero colombiano que recorre los caminos que cortan las Sierras españolas, no puede menos que sonreír con desden, al recordar que hay en Colombia perezosos fatalistas que creen que los Andes han condenado á la incomunicación á los pobladores de muchas comarcas montañosas del Nuevo Mundo. Al ver lo que se ha logrado, en punto á ferrocarriles y carreteras, en las regiones de los Alpes, los Pirineos y las Sierras de España, yo me decia: «No; los Andes, lejos de ser obstáculos, son el don mas prodigioso que Dios haya otorgado al Nuevo Mundo, y el pueblo que sepa aprovecharlos será el mas feliz de la tierra. Con voluntad y dinero todas las regiones de los Andes son susceptibles de admitir cuantas carreteras y ferrocarriles pueda necesitar el movimiento social.»

En medio de aquel océano de cerros desnudos, de colinas caprichosas, de altas y pequeñas planicies y de abismos inmensos, circulan sin riesgo ninguno las diligencias por una excelente carretera. Tal parece á cada momento, á la vuelta de un recodo brusco, que va la diligencia á salvar un precipicio saltando de un cerro á otro, según es de accidentado el terreno. Así se anda de sorpresa en sorpresa. No he visto nada tan romántico, tan ásperamente hermoso y triste como aquellas reducidas planicies de la Sierra-Nevada, que parecen lechos de lagos disecados hace muchísimos siglos. Al entrar en el recinto de una de esas planicies, vastísimos salones de pavimento de esmeralda entre muros colosales de hierro y estaño, se cree que no hay salida posible hacia adelante. La vegetación es de una tristeza poética, pues todo el suelo está cubierto de plantaciones de trigo y otros cereales, ó legumbres, sobre cuya alfombra se destacan de trecho en trecho, gigantescas, sombrías y majestuosas, esas encinas de verdura perpetua llamadas en España alcornoques, cuyas ramas producen el corcho. Esos árboles son numerosísimos allí, como en todas las alti-planicies de las Sierras españolas, y son objeto de un comercio relativamente considerable. La naturaleza, previendo que el hombre inventaría la botella como un segundo vientre para guardar el vino, ha poblado la tierra de alcornoques en las planicies superiores á las faldas donde crece la generosa vid. Si todos los alcornoques que vegetan en el mundo produjeran siquiera para corchos!

Al derredor de esos sencillos cuadros de verdura se levantan en completa circunferencia estupendas moles de granito del aspecto y la tinta mas singulares; todas abruptas, ásperas; con arrugas y grietas enormes,—unas cenicientas y opacas, otras del color del estaño con un brillo triste, otras negras ó pardas,—presentando los mas curiosos juegos de luz y sombra, según la inclinación del sol; y ya redondeadas en las cimas, ya en picachos extravagantes, en agujas ó conos truncados, ó en filas circulares y dentelladas que remedan estupendas coronas de hierro. Y encima de esas cabezas desnudas y esas moles de formas sorprendentes sin estratificación ninguna visible, descuellan perpendicularmente á lo lejos, como lámparas de plata y diamante pendientes del cielo, los altísimos lomos y las cúpulas entrecortadas de los nevados de la Sierra. Aquello es de una hermosura suprema, que convida al artista á la contemplación y desafía toda descripción….

Las ventas se habían sucedido (y por cierto que «no quisiera acordarme» de una cierta tortilla hecha con aceite rancio, como se usa en España, que me duró entre el paladar y las fauces mas de una semana); habíamos salido del centro de la Sierra, y comenzábamos á descender por entre un inmenso almácigo de cerros y colinas prodigiosamente complicados y entrelazados. La región de las encinas había terminado, y cruzábamos la de las faldas y los planos inclinados donde se hace un extensísimo cultivo de la viña. Es tanto como decir que bajábamos del cuello de la botella (el corcho) á su vientre embriagado (las uvas) Se comprende cuan enorme será, la producción de viñas en la provincia de Málaga, casi toda dé un terreno arrugadísimo por sus montañas desnudas, con solo ver que aún en las mas pendientes lomas y las profundidades y faldas mas escabrosas la tierra está cubierta de viñedos.

De repente, al volver un alto, recodo, el horizonte se abrió á nuestra vista, sin que ninguna eminencia interrumpiese el inmenso panorama. ¡Asombrosa hermosura la que nos aguardaba! En el fondo el valle, las costas y la ciudad de Malaga; más adelante los desiertos resplandecientes del Mediterráneo estrechado por dos continentes; á lo lejos, visibles solo con el auxilio del anteojo, las montañas azules del África, vagas, entrecortadas y confusas, hacia la costa de Tetuan; y todo cubierto por un cielo azul claro precioso é iluminado por un sol casi tropical: el magnífico sol africano! Aquello se contempla, se admira con supremo arrebato y luego con profundo embeleso; pero no se describe…. Yo sentía que mi corazón palpitaba sobre una eminencia de los Andes, en presencia de una pampa-océano….

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Bajo el punto de vista artístico y el intelectual, Málaga es una ciudad de escasísimo interés. Allí no reinan sino la industria y el comercio, y los recuerdos históricos apenas se revelan, con relación á la época de los Arabes ó Moros, en la estructura general de la ciudad, en algunas artes tradicionales, en muchos rasgos curiosos aunque de poca importancia, y sobre todo en el mar y el cielo. En efecto, el mar y el cielo de Málaga hacen pensar á cada instante en África, cuya atmósfera, bañando con sus ráfagas ardientes las costas españolas, es como un vínculo de unión entre esos dos semi-continentes que se saludan desde lo alto de sus montañas rocallosas por encima del Mediterráneo.

El valle en que reposa Málaga, encuadrada entre el mar y los últimos estribos de la Sierra, es muy reducido. Ensanchado sobre la costa en una circunferencia como de 20 kilómetros, se prolonga hácia el occidente por entre cordones de cerros, en una muy angosta vega que surcan el Gundalhorce, pequeño rio que corta la llanura á poca distancia de la ciudad, y el Guadalmedina, que la divide, corriendo trabajosamente por un lecho de arena fina, variable y que se presta á las inundaciones por la excesiva depresión de sus orillas ó anchas playas. La llanura es un hermoso huerto, vista desde las montañas que dominan á Málaga. Allí no solo crecen mil árboles frutales, la opulenta viña y todas las producciones de la fértil Andalucía, sino que se cosecha el algodon, el tabaco y mucha cochinilla, crece y prospera la caña de azúcar, y podría creerse que se siembra sobre un pedazo de la tierra africana.

Del lado del oriente la costa se extiende en una faja angosta y de líneas curbas y caprichosas, en la direccion de Vélez-Málaga y Motril. Al norte la ciñen y dominan los complicados contrafuertes de la Sierra-Nevada, y al occidente se destacan mil eminencias que erizan todo el terreno, en dirección á Cádiz, por la línea de la Sierra de Ronda, donde se encuentran las mas sorprendentes formaciones geológicas, así como notables curiosidades sociales. Ronda tiene la fama de ser una pequeña ciudad muy curiosa, en la provincia de Málaga. Si esta cuenta una población de 451,406 habitantes (la sétima en España en ese orden), su activa capital tiene 94,289, inclusos sus egidos. Málaga es uno de los grandes centros del liberalismo en España, como Madrid, Barcelona, Sevilla, Cádiz y todas las ciudades de movimiento social activo. Donde quiera que el comercio, la industria ó la acción política dan lugar á una fuerte vitalidad social, el sentimiento popular se inclina hacia la libertad y el progreso. El conservatismo no tiene sus fortalezas en España sino en las ciudades donde reinan la inmobilidad y el silencio.

Los alderredores de Málaga contienen innumerables jardines y muy bellas y valiosas haciendas, donde se ven casas de campo de una notable elegancia, y algunas de riqueza artística. En la vega marítima del Guadalhorce hay preciosas plantaciones de naranjos y limoneros que hacen recordar los primores de la Huerta de Valencia. Es increíble el consumo que hace la Europa del fruto ó las esencias ácidas y aromáticas de aquellos bosques de limoneros. Al derredor de los huertos, los jardines y las haciendas y fábricas del valle, se suceden en anfiteatros cortados las colinas cuajadas de viñedos. La riqueza y variedad de esas viñas es asombrosa (en comparación de las dificultades del terreno), pues no solo se hace una inmensa produccion de vinos blancos, tintos y anaranjados, mas ó ménos aromáticos y agradables, cuya fama es universal, sino que se obtienen en abundancia esas famosas uvas especiales para la preparación de las exquisitas pasas. Debo decir, en obsequio del popular adagio, que me costó trabajo beber buen vino y conseguir buenas pasas en Málaga.

Casi una tercera parte de la ciudad se compone de nuevas construcciones, en lo general espléndidas, muy vistosas por sus numerosos balcones y celosías ó gabinetes volados, verdes ó azules, sus pavimentos de mármol, sus grandes enrejados de fierro, sus alegres azoteas y sus miradores de estilo oriental. En la parte nueva las calles son espaciosas y limpias, abundan los grandes hoteles y cafés, se notan la comodidad y el gusto, y no se encuentra verdadera semejanza material con las ciudades interiores de España. La famosa Alameda es una espléndida calle-paseo, donde abundan los árboles gigantescos, las fuentes, las estatuas y los canapés de granito, entre dos filas de elegantes edificios. Asi mismo, las construcciones que dominan los muelles ó avecinan el puerto, relevan, el progreso del buen gusto y la vitalidad de las ciudades marítimas.

Pero la gran masa de la ciudad, de construcción antigua, es un laberinto de callejuelas incomprensibles en el primer momento, oscuras, muy estrechas, generalmente sucias, llegando algunas a un grado de inmundicia increíble. Allí las construcciones caprichosas, extravagantes, bárbaras sobre toda ponderación, semi-morunas, semi-españolas, entre cuyas moles se agita sin cesar, en la estrechez y estrujándose sin lástima, una numerosa y activa poblacion de los tipos mas heterogéneos. La elegante y hermosa malagueña (las mujeres son allí muy lindas en gran número) se pasea visitando los ricos almacenes y las tiendas de modas y curiosidades, sacudiendo con una gracia inimitable el abanico de ébano, de nácar ó de sándalo con graciosos adornos y ricos paisajes; y seduce por la gracia de su andar, desembarazado pero digno. Y no menos llama la atención por sus dejos y picarescos aires la…malagüeña de menor cuantía,—tipo que media entre la manola y la griseta,—vestida con telas de colores vivos, con la cabeza descubierta, vivaracha y provocadora, guiñando el ojo con peligrosa habilidad, morena y rosada, rolliza y tentadora como uno de esos racimos maduros de rosadas uvas que produce el pais.

Al mismo tiempo hormiguea en las calles un enjambre de obreros toscos y brutales, vestidos con abandono, de marinos de todas las naciones, de comisionistas afanados á caza de clientes, de negociantes inquietos entregados exclusivamente á la fiebre de la especulacion, de soldados de franjas amarillas, pasablemente ociosos, de carreteros y vivanderas haciendo una algarabía de todos los diablos, de algunos semi-majos y toreros de estilo de matamoros, y de pillos de todas edades que abundan siempre en las ciudades mercantiles, con su numeroso acompañamiento de andrajosos mendigos que son inevitables en casi todas las ciudades españolas.

El gran movimiento de Málaga no proviene únicamente de su fuerte producción de vinos y demás artículos de su agricultura, por valores considerables. Malaga es, por su posicion y la naturaleza del terreno de toda la provincia y las vecinas, el puerto obligado de Granada, Jaen y parte de las comarcas de Córdoba, y de las poblaciones que demoran del lado de Ronda como del de Vélez-Málaga. Aparte de esos motivos de centralización de un vasto comercio, Málaga tiene una producción fabril ó manufacturera de bastante importancia y bien variada. Allí se fabrican sederías y muchos tintos, algún azúcar, varios tejidos, sombreros, máquinas y objetos de fundicion, jabones, encurtidos, loza, etc.,—se trabajan mil objetos de arte, como lindos abanicos, bustos de yeso muy delicados y otras curiosidades de mano,—y se hace una vasta preparación de frutas conservadas y destilaciones. Málaga es, sin disputa, la segunda ciudad mercantil de España, pues solo Barcelona le es superior.

Málaga, tan rica en industrias, tan comercial y fuerte en la producción de vinos[4], es una ciudad pobre en monumentos. El único que merece atención, todavía por acabar y rodeado de tristes y menguadas callejuelas, es la catedral. Pertenece al estilo del Renacimiento, del órden compuesto, y aunque su fachada es una obra muy notable, su torre magnífica y de muy buen gusto es por sí sola un monumento. El interior del templo, compuesto de tres hermosas naves, es verdaderamente grandioso por sus formas generales, pero carece en sus pormenores de valor artístico, en lo que hace á pinturas y esculturas, y no hay nobleza en las condiciones arquitectónicas. Deben exceptuarse los techos de las naves que son muy hermosos, enteramente de piedra y con muy buenos relieves, y el vasto coro central, cuya sillería posee riquísimas esculturas en madera, y cuyos dos órganos colosales son de mucho mérito.

La vista que ofrece el panorama de Málaga es soberbia, cuando se le contempla desde las alturas contiguas donde se encuentran el fuerte de la Alcazaba, que se conserva medio arruinado, y las ruinas del antiguo castillo de Gibralfaro, obra moruna que estuvo situada á mayor elevacion y se comunicaba con aquel fuerte. Desde allí se admira un cuadro de hermosura triste y majestuosa, si se tiende la vista sobre el Mediterráneo, las lejanas costas africanas y las serranías españolas, pero risueña y alegre, si solo se considera la ciudad y su puerto y el vecino valle. El mar, tan majestuosamente monótono cuando rodea sin contraste una de esas ciudades flotantes, formas admirables de la civilización, que se llama un buque, es un tesoro de primores y sorpresas cuando sirve de marco á una costa. Pero en ninguna parte tiene tanta hermosura y tan sublime poesía como en los estrechos de la Mancha y Gibraltar, donde las ondas con su incesante movimiento, sus resplandores vagos é inasibles, su población flotante y sus elocuentes rumores, parecen continuar en cierto modo, mas bien que interrumpir, el espectáculo de vitalidad que se manifiesta en la tierra. Ese gran drama del mar, permanente en su espíritu, pero variable en sus formas hasta lo infinito, es un misterio supremo que seduce, fascina, embarga los sentidos y obliga á meditar.

Pero en aquel estrecho del Mediterráneo la seduccion es mas poderosa que en ninguna otra parte, por el contraste de las razas y civilizaciones que se ven frente á frente al traves de ese valle movedizo, casi siempre atormentado por terribles tempestades. Al ver sus movimientos se imagina uno que cada onda trae en sus pliegues alguna revelacion, alguna queja de ese mundo misterioso, exuberante de calor, de fuerza, de vida y de barbarie que se llama el África…. ¡Extraño fenómeno! Apenas una ancha fosa marítima separa esos dos continentes (ó semi-continentes) y sinembargo su distancia moral es inmensa! El Nuevo Mundo, tan léjos de Europa y tan colosal, ha avanzado infinitamente mas en la civilización y la libertad, es decir, en la posesión de la conciencia ó la personalidad y la noción de la justicia, que esa estupenda península del viejo mundo en cuyo seno vegeta en la barbarie la gran raza de Cham. ¿Por qué ese contraste? ¿Es por culpa de la raza negra nomas ó principalmente? ¡Triste es decir la verdad! Es que la humanidad blanca ha trabajado durante muchos siglos, por la explotación de la esclavitud, en mantener á la humanidad negra en la barbarie!

El puerto de Málaga, aunque reducido, poco abrigado y muy defectuoso por los bancos de arena que arrojan á su seno las borrascas del Mediterráneo, está siempre poblado de numerosas naves de todas las naciones, y allí tocan todos los vapores que hacen el servicio de las costas españolas y africanas, y que giran entre el Mediterráneo y el Atlántico. El movimiento de buques, de marinos, obreros y mercancías le da al puerto un aire de alegría y un interés que agradan al viajero; y sinembargo no se siente el deseo de permanecer allí por muchos dias, como en Granada ó Sevilla. Se comprende y reconoce el mérito comercial é industrial de Málaga, pero su población y la masa general de sus gentes no inspiran simpatías.

Al llegar á Málaga nos habían registrado los diminutos equipajes, no obstante que veníamos del interior del pais, y nos hablan hecho exhibir los pasaportes! En eso hay, al ménos aparentemente, mas rigor en España que en Francia. España es el país clásico de las formalidades ridiculas y enfadosas, sin que por eso se evite el contrabando en inmensa escala, ni dejen de prevaricar los funcionarios subalternos. Debíamos partir para Cádiz, despues de una corta residencia en Málaga, y sinembargo fué preciso hacer visar los pasaportes por la Gobernación, y llenar una fórmula en el despacho de la Sanidad. Es como si para trastear de un barrio á otro hubiese que pedirle licencia al Alcalde y comprobar que se goza de buena salud. Los gobiernos llevan á veces el espíritu reglamentario hasta la estupidez.

Eran las ocho de la mañana y el vapor que debia conducirnos á Cádiz, tocando en Gibraltar, se balanceaba suavemente hacia la salida de la pequeña ensenada de Málaga, lanzando por sus dos altas chimeneas rojas sus espesas columnas de humo, que la brisa desbarataba en ondulaciones caprichosas arrojándolas sobre los arbolajes y las vergas de los numerosas fragatas mercantes que estacionaban en el puerto. El puente del vapor se iba llenando con la población heterogénea de pasajeros que se dirigían á distintos puntos de las costas españolas y francesas y á Amberes, Rotterdam ó Hamburgo. El capitán, tipo vigoroso y simpático, marino frances pur-sang, pasó revista á su equipaje, y hallándolo completo, asi como su lista de pasajeros, hizo levar anclas. En breve Málaga, tan pintoresca vista desde el mar, desapareció, y comenzamos á navegar hacia Gibraltar.

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