CAPITULO IV.

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EL ESTRECHO DE GIBRALTAR.

A bordo.—El golfo de Algeciras.—Escenas de la tarde,—La ciudad de
Gibraltar.—Situación y comercio.—La fortaleza.—Delante de Tarifa.

El cielo, de un azul pálido, tenia una limpidez admirable, y el sol brillaba con todo su esplendor meridional, produciendo sus reverberaciones en la moviente superficie de las ondas como la imagen de un incendio intermitente y fascinador. El Mediterráneo estaba tranquilo, y una brisa tibia y deliciosa rizaba sus menudas olas, cual si millones de ondinas estuviesen peinando y encrespando suavemente la inmensa cabellera del gigante dormido. Las barcas pescadoras vagaban dispersas, pareciendo de léjos como gaviotas errantes rozando apénas las espumas trasparentes y azulosas que el juego de las ondas producía. Los viajeros, divididos en grupos sobre el puente del vapor, contentos y comunicativos, como todo el mundo en un vapor cuando no se sufre el mareo, jugaban ajedrez ó dominó, contaban anécdotas de viajes, ó hablaban con interés de los sucesos de Italia donde la guerra había comenzado. Algunos, perezosamente reclinados, leían novelas y fumaban; otros dormían cabizbajos, apoyados en la baranda á la sombra del toldo. Yo disertaba con mis dos compañeros franceses sobre la historia de España, su porvenir, y el destino de ese mundo de fuego—el África—que nos enviaba sus ráfagas fortificantes.

Hacia la tarde teníamos á la vista, á corta distancia, dos poblaciones que asomaban sucesivamente sobre la costa española, en situaciones pintorescas: Marbella y Estepona. La primera, de origen moruno, graciosamente asentada al de la Sierra-Blanca, es una villa de unos 6,500 habitantes, perteneciente á la provincia de Málaga, no poco industriosa, con bastantes fábricas, productora de vinos y azúcar, y en general de los mismos frutos agricolas que Málaga. Estepona yace hácia el nordeste de la Sierra-Bermeja, que desciende sobre la costa, toda surcada desde Málaga hasta Cádiz por contrafuertes y estribos de numerosas sierras. Estepona tiene mas de 9,000 habitantes, y su industria y producciones son análogas á las de Marbella.

A las tres de la tarde veíamos muy distintamente ese estupendo y curioso peñón de Gibraltar, cuyo nombre es un epigrama para los Españoles, que hace tan importante papel en el mundo europeo, tanto por su significación militar y mercantil como por su geografía, y que, correspondiendo á su misterioso y providencial destino, como centinela de Europa vigilando al Africa, ejerce una extraña fascinación sobre el viajero que lo admira. En efecto, es tan particular la forma de ese gigantesco peñasco, y concurre de tal modo á multiplicar el efecto la configuracion que tiene allí el estrecho y la del golfo de Algecíras, que mientras mas se mira la mole y mas se acerca uno, ménos se comprende su verdadera posición. Tal parece (al que no está habituado) que á medida que se cambia de posición ó dirección, el peñasco varia también de aspecto, presentando siempre la misma faz, pero bajo reflejos y sombras diferentes. Es al llegar á la entrada misma del golfo de Algeciras que se tiene la idea exacta de aquella península de granito, avanzada en punta hacia el sur y bruscamente empinada como un castillo ciclópeo, cual si quisiese al mismo tiempo penetrar en el flanco de la tierra africana y hundir su parda cabeza en el éter para lanzarle á Europa las primeras reverberaciones de un cielo abrasador.

El golfo de Algecíras, que es una de las formaciones oro-hidrográficas mas curiosas de la Europa meridional, tiene la forma de una herradura profunda ó alargada hácia el centro. El peñon de Gibraltar, abrupto y formidable, y ligado al continente ó la España por un istmo angosto, bajo y pantanoso, cierra el golfo al nordeste, batido por las violentas olas de un mar comprimido entre montañas que lo rodea casi totalmente. Al sudoeste se destacan los promontorios rocallosos de los cerros á cuyas faldas demora la ciudad de Algecíras, á alguna distancia de su puerto y arsenal; y las fortalezas británicas y españolas se miran allí de un lado á otro por encima de las ondas, coléricas á veces, cual si representasen la lucha permanente ó el desafío mudo entre el despecho de una vieja conquistadora de mundos, vencida por sus propias faltas, y el orgullo tranquilo de un gran pueblo que ha encontrado su fuerza en la libertad y simboliza todo su genio progresista con el cosmopolitismo de su comercio, soberano de los mares. Por todas partes las altas cimas de las montañas, tristes y desnudas, los grupos y escalones de colinas pintorescas dominando angostos valles, y un paisaje de la mas hermosa melancolía, en el territorio español; mientras que el peñón británico hace contraste por sus rocas ennegrecidas y colosales, su pintoresca ciudad, sus alegres jardines, sus estupendas fortificaciones, sus puertos animados y sus numerosos navíos mercantes y de guerra anclados al pié de las murallas ó en el centro del golfo, blandamente sacudidos por las ondas de un verde cristalino admirable.

En el fondo del golfo, cerca de la costa, se ve en el valle un pequeño pueblo llamado Liña, rodeado de plantíos, y mas alto, sobre una baja colina, la pequeña ciudad de San Roque (fundada despues de 1704), perteneciente, como Algecíras, á la provincia de Cádiz. El golfo tiene á la entrada como 16 kilómetros de anchura y una longitud hácia San Roque como de 20 kilómetros, miéntras que la distancia que media entre los lados (ó Gibraltar y Algeciras) es de unos 9 ó 10. La poblacion total que cubre aquella costa en herradura es como de unos 46,000 habitantes (sin contar las guarniciones militares), correspondiéndole 15,000 á Gibraltar, 16,000 á Algecíras y el resto á San Roque y Liña.

Eran las cuatro de la tarde cuando nuestro vapor fondeaba á doscientos metros del puerto de Gibraltar. El cuadro que se ofrecía á nuestras miradas era tan pintoresco y magnífico al mismo tiempo, que permanecimos durante mas de una hora contemplándole embelesados. Quisimos saltar á tierra, pero sabiendo que las puertas de la ciudad serían cerradas á las seis y nos faltaría tiempo, preferimos esperar basta el dia siguiente. Un enjambre de muchachos desnudos retozaba en las ondas de color de esmeralda y lázuli, nadando con voluptuosidad ó inquietud alternativamente y haciendo evoluciones por entre los vapores y bergantines del puerto, siguiendo los giros de los ligeros faluchos. Entre tanto atravesaba el golfo un pequeño bote lleno de banderolas, que venia de Algecíras á Gibraltar, trayendo á bordo una numerosa banda de paseantes alegres entre los cuales habia como cinco ó seis músicos. Sus sonatas eran de un efecto encantador en el fondo de aquel golfo murmurante rodeado de preciosos paisajes. Gibraltar, asentada en su roca monumental y prolongándose en anfiteatro hácia la cima hasta perderse entre picos abruptos, fortalezas y bosquedllos artificiales, tenia, á la luz ya vacilante de las seis y media de la tarde, no sé qué de fantástico y severo por su conjunto, y al mismo tiempo mucho de oriental, de voluptuoso y poético por sus rasgos y melancolía del momento.

Al fin las sombras de la noche lo cubrieron todo y el silencio fué absoluto. De aquel panorama lleno de luz, de vida y de capricho no quedaba sino un cielo sereno pero opaco, la vasta sombra movediza del mar, sus sollozos profundos sobre el horizonte de tinieblas, destacándose á distancias casi iguales, los grupos de luces que indicaban la posición de Gibraltar, San Roque y Algecíras, haciendo contraste con las negras moles de las fragatas de guerra y de comercio que parecían surgir, en derredor, de entre las olas adormecidas en un concierto de suspiros. Paseándonos á lo largo del puente, mis dos compañeros y yo conversábamos sobre la literatura francesa, tema que insensiblemente se nos vino á las mientes á propósito de una cancioncilla que preludiaba el capitán en uno de los camarotes.

—¡Qué de servicios no ha hecho á la literatura en general, decíamos,—este monumento flotante que se llama un buque!—El navio, cualquiera que sea su dimensión, es por sí solo una literatura, porque es toda una civilizacion. No solo ha creado la literatura marítima, muy especial y acaso la mas grandiosa,—poesía sin igual, llena de misterios, y viajes, descubrimientos, conquistas, colonizaciones, cambios de ideas entre los pueblos, astronomía y geodesia, guerras maritimas, etc., etc.: no solo ha creado esos géneros de elementos literarios, decíamos,—sino que ha desarrollado inmensamente la literatura continental ó terrestre, multiplicándole sus medios de expansion y regeneracion de una manera prodigiosa. ¡Qué admirable cosa es un buque! No es solo una concha de madera y hierro que lleva en su seno una porción de la fuerza vital de la humanidad; es mas todavía: es una civilización aparte;—es el símbolo del poder misterioso del hombre para duplicar la superficie habitable de su planeta y someter á su servicio todos los elementos; es un pedazo del hogar de cada pueblo (accesorio pero no ménos real) buscando en la inmensidad de los mares el saludo fraternal de otras porciones flotantes de pueblos. El mar no es el límite de las naciones, de los continentes y las razas. No; al contrario, es él quien suprime las fronteras, quien mantiene en la unidad del elemento líquido (abrazando y envolviendo á todo el orbe, y recibiendo con igual hospitalidad el tributo de todos los pueblos) la imágen de esa unidad divina y eterna del Hombre con el Hombre, deducción lógica de la unidad del Ser creado con el Creador y la Naturaleza…. Un día la Humanidad será una sola familia, el Océano el lago común de millones y millones de vecinos y hermanos saludándose desde cada playa, y el buque, sin bandera nacional, surcará ese lago universal, tan anónimo como el coche que rueda hoy por las calles de una ciudad sin distincion de domicilio.

Al dia siguiente, á las siete de la mañana, saltábamos á un falucho para ir á visitar á Gibraltar. Al poner pié en el estrechísimo puerto, cerca de las primeras murallas y la gran puerta, y en medio del alegre bullicio de una plaza de mercado, fue preciso pedir la licencia de entrar, escrita. Los funcionarios británicos no la niegan jamas, y las transacciones se hacen allí con toda libertad. ¿Para qué la licencia, pues? ¡Cómo no, si Gibraltar es también una fortaleza! Así, esa noble libertad personal que es el orgullo del Inglés, y pugna con los pasaportes, las cuarentenas implacables y las cortapisas, sufre una excepcion en Gibraltar, por el solo hecho de haber allí un conjunto de máquinas de barbarizar al mundo. Aquel sencillo ejemplo está probando que las fortalezas, las guarniciones, los buques de guerra, y todo lo que tiene el carácter de armado, no son sino perturbaciones flagrantes del orden social.

Apesar de su origen antiguo y de las dominaciones morisca y española, Gibraltar es una población que no tiene la tristeza y monotonía de las ciudades de tipo análogo: se ve bien que el genio británico ha modificado profundamente la condicion social y la fisonomía de esa plaza de carácter complejo. Las calles son generalmente claras, limpias y regulares; los casas de solo dos ó tres pisos, alegres, caprichosas con gracia, casi todas pintadas de amarillo y otros colores, y adornadas de balcones, celosías, ventanas ó miradores, según que preside en cada cual la sencillez inglesa, el estilo oriental, ó el empirismo español á veces pintoresco. Los cafés y hoteles abundan; las sinagogas alternan con las iglesias católicas y las anglicanas; las filas de ricas tiendas llenas de curiosidades son interminables, principalmente en la «Calle-Mayor;» y donde quiera hay una confusion de tipos y una animación de curiosos y negociantes que llama mucho la atención, haciendo ver que aquella ciudad es una colonia cosmopolita, donde viven fraternalmente y cambian sus productos el Español, el Inglés, el Italiano, el Israelita y el Moro tangerino ó tetuanés.

Nada mas pintoresco y curioso que el conjunto de grupos sociales y de almacenes y tiendas de Gibraltar. Apesar de la confusión en que las gentes hormiguean, cada tipo llama la atención al primer golpe de vista, impresionando vivamente los contrastes á causa de la pequeñez del escenario. El inglés se pasea en marcha mesurada, sin altivez pero con el aire de seguridad que tiene siempre el que puede decir; «Aquí mando yo.» Su rubia cabellera, sus ojos azules, su vestido holgado, libre y de una uniformidad elegante pero monótona que lo presenta como de una sola pieza; su impasible fríaldad, si es un simple negociante,—ó su orgullo aristocrático, si es algún oficial de la guarnicion ó la marina británica,—todo le distingue fuertemente de los demás tipos.

Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia, aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto, artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.

Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés. El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el derecho y el progreso, á que tiende la Humanidad, impulsada por el sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y religiones, colocado entre la España católica,—intolerante y fanática por sus instituciones papales,—y el África mahometana,—intolerante y fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;—aquel peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!

Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo, imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso, bendigo hoy (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de España,—de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á nueve años de prisión á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en Cádiz la Biblia (el libro de Dios!) en edición británica….

El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España, como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,—lo mismo por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar. El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.

Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí, tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las mantas rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas, corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y plata, y mil objetos de uso manual,—todo eso despierta la curiosidad por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda, en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de cambio universal.

Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de enredaderas y pámpanos;—aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce, abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las verdes ondas del golfo,—mientras que en la ciudad todo era bullicio y animacion mercantil;—todo formaba un conjunto de contrastes que hacia meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su cureña, deje de ser un argumento; pero hay que esperar que llegará un dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.

El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador. Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos, surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas poblaciones, la Isla-Verde con su hospital, las fortalezas españolas y la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar, Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas; y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.

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A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del Mediterráneo,—las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el canal con majestad,—las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y montañas formidables.

Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen. Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno, dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad….

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