CAPITULO V.

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LA BAHIA DE CÁDIZ.

La isla de León.—Panorama de Cádiz.—Reminiscencias.—Curiosidades y costumbres.—San-Fernando.—Puerto-Real.—Puerto-Santa-María.—Algo mas sobre Cádiz.—El bajo Guadalquivir.

Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que del que llega de paseo de alguna ciudad española.

Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres, las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja» (edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un exámen detenido) nos sirvió de mirador.

La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura sólida, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana, extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de Medinasidonia;—al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.

La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado «Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».

El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de 51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc., cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía (incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de 114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58 kilómetros de circunferencia.

Como se ve, Cádiz remeda un barco inmenso flotando entre dos bahías, sacudido por las ondas en todas direcciones. Si la situacion hace de esa ciudad la mas bella y poética población de España, su interior, sus curiosidades y sus tradiciones la hacen tan interesante como simpática y graciosa. Cádiz es una ciudad de origen muy antiguo, pues fue una colonia fundada por los Tirios. Los Romanos la conquistaron dos siglos antes de la era cristiana, y en todos tiempos ha tenido la doble importancia de plaza mercantil y de guerra. Si hoy es la primera plaza fuerte de España, erizada de castillos y defendida en todas direcciones, como plaza mercantil es muy inferior á Barcelona. Mientras que la capital catalana y Málaga, Valencia, Alicante y Gibraltar le disputan el tráfico que gira hácia el Mediterráneo, Sevilla, Coruña, Santander y Bilbao le hacen competencia del lado del Atlántico. Su poblacion, que en tiempo de la dominación española en América no bajaba de 100,000 habitantes, hoy está reducida á poco mas de 70,000.

Cádiz me interesaba por sus tradiciones bajo todos aspectos. De allí salieron las mas importantes expediciones españolas, tanto en la época de las colonizaciones emprendidas sobre el Nuevo Mundo, como durante la terrible guerra de la independencia de «Colombia,» Méjico, Perú, Chile, Buenos-Aires, etc. La libertad colombiana no tuvo en ninguna parte enemigos tan implacables como en Cadiz, residencia de la famosa compañía que tuvo el monopolio del comercio entre Europa y varias colonias hispano-colombianas. Y cosa singular, que prueba cuánto los intereses del monopolio influyen en la política de las naciones!—esa misma población gaditana que tan cruda guerra hiciera á la revolución del Nuevo Mundo, era en la misma época el refugio de los patriotas españoles y el arca de salvación para la nacionalidad de España, en su heroica lucha contra Napoleón y el despotismo…. Cuántos males ha sufrido el pueblo español, por no haber comprendido desde entonces que la causa de la libertad y del derecho era la misma en España que en Colombia, y que los patriotas de uno y otro mundo debían aliarse como hermanos en vez de hacerse la guerra!

Otros recuerdos me asaltaban en Cádiz. Aparte de sus defensas heroicas contra los Ingleses, en 1626, 1772 y 1797, y contra los Franceses en 1811; aparte también de sus interesantes episodios políticos, su constitución liberal de 1812 y la heróica revolución de 1820 encabezada por Riego y Quiroga, Cádiz me hacia recordar que allí había nacido ese feroz brigadier Enrile, pacificador de espantosa memoria en mi patria; y que allí murió miserable, hambriento y lacerado por mil amarguras, en el fondo de un calabozo, el ilustre y generoso Miranda, guerrero de la revolución francesa y mártir de la independencia colombiana, tratado por unos con suprema ingratitud y por otros con una fría crueldad!

La faja de altas murallas (dobles y aún triples en algunas partes) que rodea completamente á Cádiz, tiene una circunferencia de 7,500 varas españolas. Así, por donde quiera que el viajero pretende buscar una salida tropieza con una masa enorme de piedra, soldados y cañones, viendo al pié las ondas espumosas del océano estrellándose con violencia en los bancos de arena y los peligrosos arrecifes que avecinan la isla y sirven de asiento á castillos y fortificaciones. Si la vista sobre la bahía es pintoresca y variada, la que se tiene sobre el océano, al sur y sud-oeste, desde el paseo de la «Alameda» es de una majestad imponente. Desde el primer momento, Cádiz me habia ofrecido muchas semejanzas de aspecto con la ciudad de Cartagena en «Nueva Granada». Semejanza no es el término propio: es no sé qué analogía vaga en la configuracion de la isla y las bahías, en la estructura exterior de la ciudad; algo de muy armónico en el estilo de las fortificaciones, en la atmósfera y el cielo. Al recorrer el hermoso paseo de la Alameda, las plazas y las calles, y observar las gentes allí, la comunidad de tipo me pareció evidente. En cada elegante gaditana creia ver una hija de Cartagena: el acento, los modales, la soltura, el garbo lleno de gentileza y dengue, el ojo negro y dulce, la sonrisa de adorable coquetería, la tez de un moreno suave y pálido, el andar mesurado y señoril, la amabilidad y la franqueza insinuante, y un no sé qué de voluptuoso en el vestir, en las formas delicadas pero expresivas y en el juego del inevitable abanico,—todo contribuia á producirme una ilusion que me hizo pensar en la patria.

El sol se hundia como una brasa fulgurante en las ondas de un horizonte infinito; la Alameda estaba poblada de paseantes y habia por do quiera una encantadora animacion. El escenario parecia una gran canasta de flores flotando entre los remolinos de un torrente. El mar producia al pié de las murallas sus formidables chasquidos, lanzando nubes instantáneas de espuma, miéntras que centenares de paseantes vagaban por en medio de las arboledas y los lindos jardines de la «Alameda», casi bajo los balcones y las celosías de las espléndidas casas que dominan los malecones y terraplenes. Los techos reverberando,—los pintorescos balcones verdes y azules,—las altas y elegantes azoteas de estilo morisco,—los arbustos cuajados de flores y perfumes,—los grupos animados de una poblacion en que se veian tipos muy variados,—los mármoles resplandecientes de las casas mas lujosas,—los lejanos castillos destacándose sobre las ondas,—las montañas, confusas en lontananza,—el mar encrespado y sacudiéndose bajo su manto de luz crepuscular,—el sol, enorme por un efecto de óptica, como bañándose en el océano,—la brisa agitando suavemente los árboles,—el cielo de una hermosura extraordinaria;—todo aquello me llenó de encanto, de embriaguez, dejándome en el alma una hondísima impresion que nunca olvidaré.

El tiempo me faltaba para hacer observaciones detenidas. España es un país que no puede ser bien estudiado en ménos de tres años, y yo solo pódia disponer de tres meses para recoger impresiones, reparando en las cosas mas salientes é importantes. Ningun monumento me pareció en Cádiz digno de especial atencion bajo el punto de vista artístico. Lo que hace de esa ciudad una poblacion interesante es su posicion, su conjunto, su estilo particular de construcciones, su aire social, sus recuerdos históricos y su valor económico.

Cádiz, que tanto habia decaido como plaza mercantil desde que perdió la explotacion de Colombia, comienza á recobrar su animacion, gracias á las nuevas líneas de vapores, á notables mejoras en las vias de comunicacion hácia el interior de la Andalucía, y al despertamiento económico que ha tenido España desde 1855. Sus exportaciones consisten en sal, aceite, vinos, frutas secas y otros artículos andaluces;—es una plaza importante de escala y depósito, y fabrica algunos objetos de bellas artes, así como los de aplicacion á la marina. La pesca le procura considerables utilidades. Asentada sobre una roca viva, ya que le faltan las aguas corrientes las tiene superiores en sus vastas y numerosísimas cisternas. Posee hermosos hospitales y un gran número de institutos de enseñanza, beneficencia, crédito, comercio y navegacion.

Desde luego que el clima, la influencia de la dominacion morisca y el gusto español, han determinado en Cádiz el mismo género de construcciones que en casi toda la península y especialmente en las Andalucías. Asi, las calles son en lo general ó en su mayor número angostas y sombrías, tortuosas, desiguales y llenas de capricho. Pero hay allí un sello particular de elegancia y gusto que no se encuentra en ninguna otra de las grandes ciudades españolas, exceptuando á Sevilla. Se siente un vivo placer al recorrer casi todas las calles de Cádiz, ó al reposar bajo la espesa sombra de las magníficas arboledas de las plazas de «San Antonio» y de «Mina». Aparte del interes que excitan los corrillos de gentes de todas condiciones y las tiendas elegantes llenas de curiosidades, donde quiera se camina de sorpresa en sorpresa al recorrer las mejores calles, las que no empedradas ricamente embaldosadas.

Por todas partes los graciosos balcones, las discretas celosías, veladas en su interior por finos cortinajes, tras de cuyos pliegues se alcanzan á ver medio escondidas algunas caras primorosas como apariciones ideales; los aéreos miradores de cristal, empinados caprichosamente sobre los techos; las ventanas con enrejados de hierro curiosísimos; las vastas azoteas adornadas de jarrones con flores y pequeños arbustos bañados por el sol y agitados por las brisas marinas. Pero nada tan curioso, tan deliciosamente bello y suntuoso como las casas de los mas ricos propietarios, en las principales plazas y calles, verdaderos palacios de hadas, de un orientalismo encantador. En todas ellas una portada magnífica de mármol ó rico jaspe, trabajada con esmero; un zaguán que parece la antesala de una suntuosa habitación, con el pavimento y los muros de mármol, el techo estucado y la puerta interior de soberbios cristales con labrados de arabescos y bellos colores. La puerta está siempre abierta durante el dia. Os acercáis, y un criado desciende la escalera al punto y os invita con la mayor atención á visitar la casa, aunque la familia esté presente. Si aceptáis, el propietario (algún opulento negociante) se presenta, y con una obligante cordialidad casi irresistible,—al ver que sois extranjero—os repite la invitacion, os ruega que subais, os pregunta si quereis tomar un refresco, etc.

Yo había visto espléndidos palacios y suntuosos hoteles en Francia, en Inglaterra, en Barcelona y Madrid; pero no tenia idea de casas tan preciosas, tan romanescamente orientales como las que visité en Cádiz y Sevilla. Pasais adelante del zaguan, y os encontrais en un patio cuadrado y claustrado, en cuyos cuatro costados se levanta el edificio, cubierto por una alta cúpula de cristal que lo hace parecer un invernáculo. A los lados, en el piso bajo, se ven los vastos salones destinados á los negocios ú oficinas del propietario; en el fondo hay un elegante pasadizo que conduce á los patios interiores (los verdaderos patios), destacándose á los lados, ya en caracol, ya en ángulos rectos, las escaleras monumentales que conducen á los tres, cuatro ó cinco pisos de la casa. Desde la base hasta la cúpula de cristal se proyectan en todo el interior del patio-salon tantos órdenes de balcones continuos y claustrados cuantos pisos tiene la casa. No hay un pavimento en ese patio cubierto (que es como la sala central), en las escaleras, los balcones interiores y todas las piezas del edificio, que no se componga de soberbias baldosas cuadradas de mármol blanco y azul, ó negro ó jaspeado; no hay un balcon, una puerta, una baranda que no tenga mil arabescos y primorosas molduras de un gusto exquisito; no hay una pared que no esté ricamente estucada y labrada. Cada patio tiene en el centro una preciosa fuente de mármol con surtidores que refrescan el aire, y en todo el recinto se ven grandes jarras de gaspe, de porcelana, etc., conteniendo arbustos delicados, macetas de jazmines, rosas y claveles, naranjillos en flor, enredaderas ó parásitas, que embalsaman aquella atmósfera embriagadora. Se cree uno soñando con algo de los Cuentos orientales; y para que el deleite sea completo para el amador de bellas artes, cada patio de esos tiene unas cuantas estatuas de mármol y ostenta en sus muros diez ó doce hermosos cuadros de pintura.

La luz del sol, cayendo verticalmente á medio día, ó entrando debilitada por la parte baja, prodúce los mas extraños efectos de brillantez, de sombra y claro oscuro; y por la noche, cuando el interior está iluminado por el gas, ese museo-jardin en cuyo centro murmuran las aguas del surtidor, es de una hermosura arrebatadora. Es allí donde se reúnen las familias, se reciben las visitas y se goza en las tertulias domésticas, durante las horas mas calurosas en los meses de estío, cuando no tiene la preferencia la azotea.

En Cádiz el mármol está prodigado en todas partes. En los grandes hoteles, en los numerosos y espléndidos cafés, en los teatros, las iglesias, las plazas y todos los monumentos hay un lujo de pavimentos que admira. El café de «Apolo», uno de los mas bellos y originales que he conocido, divierte y llama la atención al viajero, y da una idea del carácter ardiente, cordial, voluptuoso y expansivo de la población gaditana. Durante las primeras horas de la noche, las plazas de San Antonio y Mina (la primera sobre todo) y las grandes calles adyacentes, tienen mucha animacion y ofrecen los mas curiosos cuadros de costumbres. Las mujeres de Cádiz son generalmente bellas, picantes y atractivas: eso, y la condición mercantil de la ciudad, hacen la desgracia de ellas en las clases mas expuestas á debilidades y seducciones. Así, la prostitución tiene en Cádiz proporciones que espantan. Es inaudito el número de mujeres desgraciadas en ese género de establecimientos de corrupción, y de expertas en la infamia que especulan con la dirección de esas casas, que son la ignominia de las sociedades europeas. Contáronme cosas qué me aterraron, y anécdotas respecto de personas de la alta sociedad que, al ser ciertas, darían una idea muy triste de la moralidad gaditana. No quiero creer todo lo qué se me dijo por algunas personas; y sinembargo llevé de Cádiz, bajo ese aspecto, dolorosas impresiones…. Mucho podría decir sobre lo que he observado en las grandes ciudades españolas; pero el asunto es repugnante y escabroso, y el mundo colombiano, por fortuna, no conoce ciertas cosas que es mejor que ignore siempre. Hay tantos sofismas en la civilización europea…tantas miserias que deshonran el progreso y hacen aveces tener vergüenza de lo que hace la humanidad…. En España hay un contraste singular: la religion no es libre: el que no es creyente católico no puede tributarle culto á Dios;—pero la prostitucion no solo está legitimada por la ley, sino que la autoridad la reglamenta y dirige con esmero!

Bastaría para juzgar de la organización de ese país (cuyo pueblo tiene admirables cualidades características y graves defectos de educación) el hecho simple de estos dos contrastes: la ley especula con el juego por medio de las loterías, pero restrinje el trabajo inocente y fecundo; mantiene y dirige la prostitucion, pero oprime la conciencia y condena a prisión al que distribuye la Biblia y los Evangelios sin las notas del padre Scio!!

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Apesar del interes que podía tener la ciudad de Jerez, como población fuerte y gran centro de producción vinícola, teníamos mas vivos deseos de navegar el bajo Guadalquivir desde su desembocadura hasta Sevilla. Preferimos, pues, esa via, pero ántes de embarcarnos quisimos conocer las interesantes poblaciones vecinas á Cádiz. Tomando un coche y saliendo del recinto de la ciudad por la carretera que conduce á Jerez, es fácil visitar a San Fernando, Puerto-Real y Puerto-Santa-María.

El paisaje, si se mira hácia el continente, es monótono, por la igualdad del terreno y la naturaleza de los cultivos; pero es pintoresco y animado, si se tiende la vista del lado del mar, sea para reparar en los astilleros de la bahía, donde hay bastante movimiento, sea para echar una rápida mirada á las extensas salinas de San Fernando, cuya produccion es muy considerable y ocupa á un gran número de trabajadores. La sal está monopolizada en España, probablemente para probar á Dios una infinita gratitud por haber rodeado de mares á la península española. Ese monopolio (que le produce al Estado una fuerte renta, no obstante el contrabando) proporciona á los Españoles las inestimables ventajas de comer la sal de sus inmensas costas muy cara y mala, sin que por eso dejen de hacer su negocio los especuladores en grande que explotan el estanco de sales.

La ciudad de San Fernando, separada de Cádiz por fortalezas, murallas y un gran foso marítimo que corta la isla de Leon, está situada hácia el extremo de esta, que se liga al continente por dos puentes. En las cercanías hay numerosos huertos de frutales, y por todas partes se revela en las vastas salinas, los artilleros y las fábricas, la naturaleza de su produccion. Sus elementos principales son: la sal, en muy fuerte cantidad (que se exporta), tierras metalóideas, encurtidos y objetos de fundición y de marina, como de artes y oficios. La situación, de la ciudad es curiosa, por la forma que tiene el canal semi-circular que la rodea del lado del continente y que determina la isla. Tal parece como si dos largas y angostísimas bahías ó lenguas de aguas marinas fuesen á chocarse y confundirse bajo los puentes de Zuazo y Chiclana, que dan paso hácia el interior del pais.

San Fernando tiene semejanzas generales con Cádiz en su estructura exterior, y el aspecto es poco mas ó menos análogo. No tiene otra particularidad que su observatorio astronómico, que es muy inferior al de Cádiz, tan famoso en la geografía española y colombiana. La población de San Fernando alcanza á unos 17,000 habitantes, generalmente laboriosos y ocupados en rudos trabajos de fabricación y artefactos. Los innumerables ventorrillos ó casas aisladas que avecinan á San Fernando del lado de Cádiz tienen un aspecto original y pintoresco; es allí donde se aglomeran los millares de obreros que trabajan en el astillero de la Carraca y en muchas fábricas de las cercanías, formando en algunas horas del dia multitud de grupos tan animados como curiosos. Al pasar por en medio de ellos se siente un fuerte olor de brea, sal y otras materias que revelan desde el primer instante el género de ocupación de estas gentes.

El astillero de la Carraca, especie de población flotante y sólida al mismo tiempo, que se compone de buques, almacenes y vastos talleres, ofrece un cuadro muy interesante, no tanto por el mérito del establecimiento cuanto por el aire de los trabajadores, los edificios, etc. Es en ese astillero, situado en la bahía, cerca de las salinas, como á 1,200 metros de San Fernando, donde España tiene una de sus mejores fábricas navales. Allí se construyen buques de guerra, y aún de comercio á veces, de todos tamaños y condiciones, y se hace el carenaje, así como se trabajan en grande escala lonas para velas, jarcias, cordajes, etc. Millares de obreros trabajan constantemente en ese punto de la bahía y su vecindad, ya en la fabricacion naval, ya en la explotación y fabricacion de la sal. Después se extienden en varias direcciones muchas obras de fortificación, que son en cierto modo los baluartes de Cádiz y del fondo de la bahía.

Puerto-Real, situado en la costa continental, en el fondo de la bahía, es una bonita poblacion de 5,000 almas. La vecindad de la embocadura del Zurraque (al sur) confundido ya con un brazo de mar, y del Guadalete, que entra al norte, en el rincon de la bahía; la estructura moderna de las calles y las casas (generalmente simétricas) y de su muelle y su puerto llenos de pescadores de mariscos y bateleros cargando agua; el cuadro que forman á los dos lados, equidistantes, él astillero de la Carraca y el del «Trocadero» (de uso mercantil) que está al poniente sobre la bahía; la animacion de las gentes y la gracia de los huertos vecinos y las casas de campo,—todo eso contribuye á hacer de Puerto-Real una poblacion pintoresca y alegre. Aquel es el lugar de paseo y descanso para los ricos gaditanos, muchos de ellos poseedores de casas y quintas de recreo en ese punto de la costa española.

«Puerto-Santa-María» es mucho mas considerable. Demora, como he dicho, en el fondo de un pequeño golfo (al nor-oeste de Puerto-Real) cuyas aguas están separadas de la bahía de Cádiz por la península ó lengua de tierra donde se encuentra el «Trocadero». Santa-María, que dista unos 14 kilómetros de Jerez y 21 de Cádiz, es el término de la carretera de Sevilla, y por allí pasa el ferrocarril recientemente concluido. Desde allí se extiende un terreno de imponderable riqueza en viñedos esmeradamente cultivados (así como otros muchos frutales), sea del lado de Jerez, hácia el interior, sea por la costa, en la dirección de Rota (el país del famoso tintilla) y del bajo Guadalquivir. La distancia entre Santa-María y Puerto-Real es tan corta, con el Guadalete de por medio, que en realidad la primera parece pertenecer tanto á la bahía misma como al golfo mencionado. Sus comunicaciones principales con Cádiz se sostienen por medio de vapores que salen de un buen muelle y cruzan la bahía constantemente.

Santa-María es una bella población, con mas de 21,000 habitantes, con mucha actividad y movimiento agrícolas, industrial y mercantil. Yace á la falda de una colina, dominando la márgen derecha del Guadalete, y está literalmente rodeada de huertos y viñedos. Tiene numerosos institutos públicos, bastantes fábricas (principalmente de excelentes licores, encurtidos, sombreros y jabon), y aparte de su fuerte produccion de vinos, cultiva muchas artes y oficios. La estructura general es buena, notablemente su hermosa calle llamada Larga. Se ve allí el tipo de las poblaciones andaluzas, activas y laboriosas en lo general, donde no se revela casi nunca ningún síntoma de miseria ó decaimiento.

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El tiempo nos faltaba para continuar la excursion. Así, entramos á un pequeño vapor costanero y volvimos á Cádiz. Debíamos partir para Sevilla al día siguiente, y aprovechamos la segunda noche que nos quedaba visitando un teatro y algunos cafés. Nada de particular en el teatro, elegante y bien concurrido (porque el pueblo español es muy apasionado por los espectáculos que impresionan fuertemente ó hacen reír); pero hallamos, cómo en casi toda España, una farsa cantada á trozos, con el nombre de zarzuela, y las consabidas evoluciones coreográficas de estilo francés,—pestes insoportables que van haciéndole perder su originalidad y su gracia al teatro español. En vez de una buena comedia ó un buen drama (como hay de sobra en España) el público tiene que tragarse como puede una opereta bufa de mal gusto, que degrada al mismo tiempo á la comedia y la ópera.

En desquite, el café es en todas las ciudades españolas un elemento social sumamente curioso. Para un habitante del norte de Europa nada puede ser mas desagradable quizas; pero para un hijo del mediodía ó de Hispano-Colombia, con instintos de expansion y sociabilidad, la escena tiene muchos atractivos. Ya he dicho, al hablar de Barcelona y Madrid, lo mas digno de atención acercada los cafés en España. Como el espíritu de las poblaciones es enérgicamente liberal en todas las grandes ciudades españolas, y muy particularmente en las Andalucías, el café,—elemento de expansión franca y libre, de discusion y de censura,—es mucho mas importante aún en Cádiz, Sevilla, etc., donde la opinion liberal saca de él todo el partido posible. El piano (mueble infalible en los grandes cafés) contribuye á despertar los ánimos y aumentar el bullicio de los centenares de parroquianos,—sirviendo no pocas veces de instrumento epigramático, segun el humor de los concurrentes. Es muy frecuente el manifestar allí las tendencias de oposición al gobierno nacional, de aversión al gobierno francés, etc., haciendo ejecutar (con aplausos estrepitosos y unánimes) ya el himno de Riego, ya la Marsellesa, ú otra pieza que entrañe una fuerte alusión política.

El café de Apolo, donde nos establecimos en Cádiz durante algunas horas, en dos noches, nos procuró el medio de hacer curiosas observaciones en cuanto á las costumbres políticas de los gaditanos. Hasta la singular estructura interior del café contribuía á hacer interesante la escena, pues había cierta semejanza con las casas elegantes que he descrito, pudiéndose observar desde uno de los altos balcones que dominaban el gran salón todos los grupos y pormenores simultáneamente. Yo me aturdía de oir á los españoles hablando sobre los más graves asuntos: me parecía estar en un café de Bogotá (donde se habla con absoluta libertad) aunque, á decir verdad, hallaba mas tolerancia mútua en las francas y vehementes discusiones de los españoles. Se decian las mayores claridades, sin insultarse, pero sazonadas con la consabida pimienta española de las tres C.C.C., sin que hubiese el menor temor de una desavenencia. Hablaban de la reina…primores; ponían al ministerio de vuelta y média, ó descargaban su hilaridad epigramática y sus terribles censuras sobre el Capitán general, el Gobernador, el Obispo ó el primer personaje que hallaban á la mano. Es realmente rara la facilidad y el chiste con que el pueblo español maneja el epigrama y sabe aplicar un refrán en toda oportunidad.

Esa singular importancia política y social de los cafés en España me hizo reflexionar un poco. Ella data de los tiempos del gobierno constitucional, de manera que es una institución muy moderna. ¿Es un bien, ó es un mal?—me preguntaba yo. Desde luego que el café convertido en club tiene sus ventajas: tiende á suprimir ese aislamiento que helaba á la sociedad española, y la enervaba y mantenía en la impotencia moral é intelectual; distrae de la tentación del juego, tan general en España (por causa de las instituciones), y es un gran elemento de fusión de las clases sociales y de organización libre de la opinion pública, opuesto á las trabas que la encadenan bajo formas mas generales y ostensibles. Puesto que la ley amordaza la prensa y la tribuna, el café es un bien relativo que contrabalancea un poco la represion. Pero el café, tal como está organizado en España, tiene también su lado malo. Él no tiene la dignidad y compostura del club inglés, cosa natural, puesto que tanto difieren los tipos y las instituciones de Inglaterra y España; pero lejos de educar á los Españoles, el café les mantiene ciertos defectos de sociabilidad que les importa corregir. El lenguaje que allí se emplea, aún delante de las señoras, es demasiado libre, inculto y vulgar. ¡Qué de interjecciones impasables! ¡qué de alusiones y anécdotas coloradas! La familiaridad que allí reina establece una comunidad de lenguaje que degrada la lengua y priva al estilo de toda dignidad. Sin duda que del café pueden salir muchos oradores, hijos del hábito; pero oradores de muy mala calidad, viciados desde su nacimiento.

Por otra parte; la sociedad doméstica debe resentirse mucho de las consecuencias. Los que no llevan sus familias al café las dejan hasta muy tarde de la noche en completa soledad. He visto en los cafés de España muchas madres de familia con sus hijas, sentadas al derredor de mesas donde se sostenían habitualmente las conversaciones mas escabrosas. Aquello no puede menos que ser funesto para la moralidad de la familia. Pero si ella permanece en el hogar y el hombre solo es el que frecuenta el café, pasando en él tres, cuatro, cinco ó mas horas, los vínculos de la vida doméstica deben naturalmente relajarse. De todos modos, el café es en España una verdadera institucion política y social, creada por las costumbres, que tiene mucho de bueno y de vicioso, pero que perdería gran parte de su importancia si la opinion tuviera otros medios de libre expansion, como la prensa, la asociacion y la tribuna pública.

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A las ocho de la mañana siguiente á nuestra excursion por las cercanías de Cádiz, salíamos de la bahía á bordo de un bonito vapor español, con dirección a Sevilla. El mar tenia una hermosura espléndida, lleno de fulguraciones ardientes y agitado por olas poderosas. Bien pronto pasamos por enfrente de Santa-María, y Cádiz se perdió de vista entre las grandes sinuosidades del Atlántico, que parecían arropar la isla de León con su espumoso manto. Pasamos por delante de Rota, pequeña población de la costa, doblamos un cabo, y nos hallamos en breve en la especie de bahía producida por la desembocadura del Guadalquivir. La entrada al rio no se determina realmente sino casi al llegar á «San-Lúcar-la-menor», pequeña población mercantil ó de escala, asentada á la margen izquierda del Támesis andaluz. Y esta comparación no es aventurada, si se considera que, gracias al Guadalquivir, Sevilla es en realidad un puerto marítimo, habilitado para la importacion y exportacion, y centro principal del comercio de la baja Andalucía y algunas comarcas limítrofes.

Nada mas triste que esas llanuras marítimas regadas por el bajo Guadalquivir, en todo el trayecto que se extiende desde la bifurcación que produce la «Isla mayor» hasta San-Lúcar. Es un mar de gramíneas medio anegadas limitado por el océano mismo. Las márgenes del rio son sumamente bajas, de modo que en las épocas de crecientes los derrames producen una completa inundación, quedando las llanuras convertidas literalmente en una continuación del mar. Cuando pasamos por allí la tierra estaba descubierta y la poblaban numerosísimos rebaños y yegüerizos. Por todo el horizonte se veian innumerables bandas de patos salvajes, rosados pelícanos y otros acuátiles abatiéndose en los pantanos, en medio de las vacas, las ovejas y los potros, mientras estos pacían perezosamente ó se reunían en grandes grupos para defenderse del ardor del sol, que hacia fermentar las aguas estancadas y calcinaba la inmensa llanura completamente desprovista de árboles. No me parecieron muy avantajadas esas crias; la vacuna no tiene un crecimiento notable, y la caballar es bien inferior á su reputación. He observado que hay exageracion en lo que se dice generalmente de los caballos andaluces, lo mismo en Sevilla que en Córdoba y Granada.

El Guadalquivir, de una anchura media de 130 metros entre Sevilla y las cercanías de San-Lúcar, tiene en lo general poco fondo; el cauce, variable á causa de las fuertes aluviones de arena arcillosa, impone á la navegacion muchas dificultades en algunos meses del año, y en todo él se requieren algunas precauciones y una forma especial de las embarcaciones que evite las varadas. En todo el trayecto se van encontrando numerosas barcas marinas, ancladas ó navegando, que suben ó bajan á remolque ó aprovechando las mareas y los vientos. Asi, el Guadalquivir tiene un aspecto comercial que prepara al viajero al movimiento económico de Sevilla, bastante animado y considerable.

Después de algunas horas de navegacion, cuando íbamos aproximándonos á Sevilla, la topografía comenzó á ser diferente, sucediendo los paisajes pintorescos á la triste monotonía de la costa. Las riberas del rio eran mas empinadas, el cauce mucho mas estrecho, y en vez de las gramíneas de los bajos pantanos teníamos á la vista muchos huertos y alegres sementeras de trigos y legumbres, largas filas de álamos blancos y sauces en una y otra margen, bosques mas ó menos considerables, de una frescura y lozanía deliciosas, y levantadas barrancas abruptas sobre las cuales se destacan graciosamente algunas poblaciones vecinas á Sevilla. Al fin pasamos por el pié de los parques espléndidos del duque de Montpensier, y vimos asomar, al volver un recodo (por encima de las arboledas, los numerosos bergantines y vapores y los pintorescos edificios del puerto), las cúpulas llamadas torre de Oro y de Plata, resplandecientes y poéticas, dominando el rio como dos joyas monumentales destinadas á advertir al viajero que Sevilla es la opulenta y gentil metrópoli del país donde dejó sus profundas huellas la dominacion morisca, sin borrar las de la romana.

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CAPITULO VI.

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SEVILLA.

Idea general de la ciudad.—Panorama circunvecino.—El tipo sevillano.—Costumbres sevillanas.

La ponderada hermosura de Sevilla y de la inmensa llanura que la rodea, me hacia desear vivamente la ocasion de contemplarla en su totalidad. Su situacion y configuracion indican naturalmente la ascension á la torre de la Giralda, ante todo, para admirar el panorama entero á vista de pájaro. Ya instalados en el hermoso hotel de «Londres» (uno de los muchos elegantes y muy bien servidos que tiene la ciudad) atravesamos la espléndida plaza de la infanta Isabel, desde la cual veiamos la masa colosal de la famosa torre, visible de casi todas las calles de Sevilla. A unos trescientos metros de la plaza hallamos la admirable catedral y la torre, esta situada hácia atras y formando un edificio aparte, aunque ligado por construcciones posteriores.

Nada mas grandioso que ese monumento de cúpula fulgurante, que brilla al rayo del sol como una inmensa joya suspendida en el éter. Al mirarla se siente uno lleno de admiracion por la grandiosa sencillez que le quiso dar el genio oriental ó morisco. Aquel arcángel aéreo de bronce dorado que corona la cúpula y gira como una veleta, tiene no sé qué de celeste que provoca á escalar la altura para hundir la mirada alternativamente en el cielo y en el mar de casas resplandecientes y de campiñas admirables que las rodean. La torre, perfectamente cuadrada en su parte morisca hasta una altura muy considerable, fué terminada mucho tiempo después de la conquista, y por desgracia con un estilo del todo diferente. Así, hasta la región de las campanas se ve la civilización del árabe, rematando su obra la arquitectura refinada del Renacimiento. La elevación total de la Giralda es de 364 piés, siendo por lo mismo la mas elevada que existe en España. El cuerpo de la torre tiene 50 piés por lado. Éntrase á ella por una miserable puertecita, y se sube hasta la enorme altura de las campanas por 35 rampas ó corredores inclinados, sin gradería ninguna. Después, por escaleritas de mano muy estrechas, se puede hacer la peligrosa ascensión hasta la figura de bronce que tiene el nombre de Giralda. Allí se siente como un vértigo…algo que se parece al extravagante deseo de volar sobre los abismos.

El espectáculo que se contempla desde allí es de una hermosura suprema, mas espléndido aún (excepto la vista del mar) que él de Valencia. De un lado se ven muy lejos vagamente las montañas de la sierra de Ronda que terminan la cadena de la Sierra-Nevada. Del otro las llanuras del bajo Guadalquivir, perdiéndose en el horizonte en la direccion del océano. Al norte se ven mas ó menos las montañas de Córdoba, contrafuertes de la Sierra-Morena Por último, tendiendo la vista al oriente, en la dirección de la alta Andalucía, se ven llanuras hermosas que se van levantando insensiblemente hasta perderse en las ondulaciones de colinas y cerros que giran por el centro de la hoya del Guadalquivir hacia Jaén. El horizonte es inmenso y admirablemente bello.

Recogiendo la mirada en un círculo menor, se ve por todos lados la opulenta llanura, primorosa por su cultivo, esmerado, sus numerosas poblaciones, sus graciosos cortijos, sus enjambres de pequeños rebaños, de casas campestres, de huertos y jardines, y sus laberintos de arboledas ya en grupos mas ó menos extensos, ya en hileras ó en calles resplandecientes de verdura, donde alternan los naranjales con los viñas, los interminables olivares con las sementeras de hortalizas, cereales, etc. Y por en medio de la vastísima llanura va caracoleando el lento Guadalquivir, como una cinta gris, haciendo las mas graciosas vueltas y revueltas.

Localidades mas ó menos considerables, pero todas industriosas y de un aspecto homogéneo, se multiplican en todas direcciones. Allá se ven sucesivamente, con el auxilio del anteojo ó sin él (en la dirección de la carretera de Ecija y Córdoba), los pueblos de Alcalá-de-Guadaira y Mairena, y luego los cerros (llenos de poblaciones también) que dominan á la ciudad de Carmona, bastante populosa. Por otro lado (hacia Jerez) Utrera y Oran; y á la derecha del Guadalquivir, entre otras muchas poblaciones, San-Lucar-la-Mayor, Encarnacion y Alcalá-del-rio.

La provincia de Sevilla, la sexta de España en el orden de población, cuenta 463,486 habitantes. Las campiñas, sumamente cultivadas, tienen una poblacion muy abundante, robusta, vigorosa y amante del trabajo, al mismo tiempo que de los placeres vehementes. Muy á la inversa de las comarcas castellanas, la soledad no se manifiesta en ningún punto de la provincia de Sevilla, y abundan mucho los pequeños pueblos de 1,000 á 4,000 almas. Con todo, se hacen notar algunas ciudades considerables, centros de una vasta producción agrícola que consiste principalmente en vinos, aceite, cereales, granos, ganados de todas clases, hortalizas y frutas. Las mas notables de esas, ciudades son:

Sevilla, que cuenta (inclusos los nueve arrabales exteriores a las fortificaciones) 112,600 habitantes;

Ecija, con 28,800

Carmona, con 18,800.

Osuna, con 17,500

Utrera, con 14,000

Marchena, con 13,000

Alcalá de Guadaira, con 8,260

Todas esas poblaciones aunque son principalmente centros agrícolas, alimentan una multitud de manufacturas, fábricas y talleres de toda clase, que aumentan la animacion del pais, y le dan mucho interés económico. Sevilla sola tiene en algunos ramos vastas manufacturas y fábricas especiales de suma importancia,—tales como su magnífica fundicion de armas y cañones, su nitrería, y sobre todo su inmensa manufactura de cigarros (por cuenta del Estado se entiende), que da trabajo á 4,000 obreros, establecimiento digno de ser visitado con placer é interés.

Concretando la vista sobre la ciudad, el panorama es tan curioso como bello. El Guadalquivir, describiendo como un semicírculo, rodea en gran parte el recinto de la ciudad propiamente dicha, defendida y encerrada por murallas que, segun dicen, datan del tiempo de César, y por numerosos fuertes aislados que en la actualidad son inútiles aunque no sea mas que por su evidente inferioridad respecto del progreso de la estrategia y arquitectura brutal del egoísmo, el aislamiento y la muerte. De cualquier lado que se mire el conjunto interesa por sus caprichos y contrastes graciosos, y los pormenores llaman la atencion. Al derredor, los nueve arrabales, de los cuales solo uno, el de Triana, habitado por los Gitanos, que es el mas populoso, se halla á la márgen derecha del Guadalquivir, ligado á la ciudad por un hermoso puente colgante. Muy cerca del puente, sobre el puerto mismo, se levanta la linda cúpula dorada de la Torré-de-Oro, que parece cubierta de escamas relucientes.

Al pié mismo de la torre de la Giralda veiamos la masa estupenda y romántica de la catedral, cuyas formas góticas y color sombrío la hacian parecer una montaña de granito despedazada en cien picachos, agujas, arcos atrevidos y enormes grietas. Era como un volcan extinguido, imponiendo miedo por la sola majestad de sus grandiosos escombros ennegrecidos por el tiempo. Al lado de la catedral, el espléndido palacio de piedra y mármol llamado la Lonja ó Bolsa, que fué la famosa «Casa de Contratacion» para el comercio de las Indias. Algo mas léjos el precioso monumento morisco llamado el Alcázar, rodeado de jardines deliciosos que por sí solos son un tesoro para Sevilla. Y mucho mas léjos aun, el inmenso edificio de la manufactura de tabacos, y el elegante palacio moderno de San Telmo (propiedad del duque de Montpensier) á la vera de un vastísimo y bello parque que se extiende sobre la márgen izquierda del Guadalquivir.

Mirando en otra direccion, se ve en el arrabal de San Roque el monumento llamado Caños de Carmona, admirable acueducto romano de 410 arcos, y á un lado la gran fábrica de salitres; en el arrabal de la Resolana el hermoso hospital de la Caridad y la Maestranza; en el de Macarena el espléndido hospital militar; y en el de San Bernardo la famosa fundicion de cañones de bronce. Lo demas es un laberinto de calles tortuosas y estrechas, de edificios desiguales, caprichosos, muchos de ellos de formas extravagantes, de cuyo enjambre se destacan algunos cocoteros centenarios é históricos, multitud de palacios ó casas primorosas del mismo estilo que las que observé en Cádiz, y una masa informe de miradores, azoteas, torrecillas y construcciones moriscas, en cuyo fondo parduzco brillan las torres y las cúpulas de numerosas iglesias de estilo arábigo, lucientes y pintorescas á causa de los techos en forma de escama formados con pequeñas tejas de colores entremezclados.

Agréguese al interes de esos mil pormenores el primor de la vegetacion interior, y se comprenderá la hermosura de aquel pangrama semi-oriental y semi-español al mismo tiempo. Los huertos y jardines son innumerables, no solo en los arrabales sino tambien en el centro de la ciudad, mantenidos con esmero en los patios interiores. Así, se ven las moles de los edificios como un inmenso reguero de peñascos desiguales en medio de un mar de granados, naranjos, limoneros, jazmines y millones de flores que inundan el aire de perfumes. Sevilla merece bien su fama: es un paraíso de verdura y curiosidades de todo género.

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Despues de tener una idea general de la metrópoli andaluza, como objeto material, descendimos de la Giralda para ir á observar las costumbres de su sociedad. Recorriendo las calles, penetrando en los cafés y los hoteles, visitando las casas elegantes y los preciosos jardines, y escudriñando los objetos monumentales en que abunda Sevilla, se reconoce al punto el tipo esencial ó característico de esa sociedad, ardiente y poética por su sangre y su clima, independiente y altiva por el bienestar que el trabajo activo le procura, y apasionada en alto grado. Sevilla es un inmenso museo, en toda la fuerza de la palabra, así en lo material como en lo moral. El sentimiento artístico es el fondo del carácter sevillano, en todas las clases de la sociedad,—ora se revele en construcciones de suntuosa elegancia, ora en las cándidas manifestaciones populares,—ya predomine el buen gusto (sencillo ó refinado) en las costumbres y los usos, ya simplemente lo pintoresco y rudimentario. El adjectivo pintoresco es sin duda el que cuadra mejor al tipo sevillano. Hay en el fondo de todo lo que allí vive y se agita, como de lo inanimado, una manifestacion vigorosa de poesía, de tendencia á lo maravilloso, de expansión sentimental, que no puede escapar al observador.

No hay un rasgo que no concurra á impresionar al extranjero en ese sentido.—Los mil primores de las casas pertenecientes á familias ricas, donde el mármol, las flores y los adornos y colores vivos y seductores están prodigados; la gracia y la frescura de los millares de patios, que las noches de verano hacen convertir en salones; el esmero con que se conservan los innumerables jardines y los perfumados huertos, donde las aguas saltadoras no dejan de abundar jamas; el entusiasmo que todos manifiestan: por los cuadros de pintura y los objetos de escultura, cualquiera que sea su calidad; los mil graciosos caprichos de todos los portales, los balcones y gabinetes, los miradores aéreos y las ventanas enrejadas (que hacen tan importante papel en las aventuras amorosas ó de mera galantería); el lujo y artificio de las tiendas y los almacenes, resplandecientes de primores, joyas, sederías, objetos de arte y bagatelas; el gusto por el abanico que, aparte de la exigencia del clima, constituye todo un arte, sea por su fabricacion, sea por su uso; la pasión por la tauromáquia, el teatro, la equitacion, ios juegos funámbulos y toda clase de espectáculos; el amor al juego, bajo casi todas sus formas, pasion en que funcionan el arte, en cierto modo, y el gusto por lo maravilloso, inesperado ó azaroso; la singular energía de inclinación a lo pintoresco y sobresaliente, que se manifiesta en los vestidos populares, sea por sus formas, sea por sus adornos ó por la combinación de los colores vivos y lucientes; el encanto con que todos aman la música alegre y apasionada, las danzas vehementes, las cabalgatas y carreras, las ferias, las procesiones, etc.; las formas extrañas y los adornos de los aparejos de montar, las armas y los instrumentos de música; la suma abundancia de talleres, fábricas pequeñas y obradores, dónde millares de obreros trabajan (aislados ó en pequeños grupos) en la confeccion de mil objetos de arte: todo eso y algunas otras circunstancias que paso por alto, manifiestan el sentimiento profundamente artístico de los sevillanos.

Y no puede ser de otro modo, si se considera cuán poderosa es la influencia que ejercen en la educación moral de un pueblo la naturaleza y los objetos que le rodean é impresionan constantemente. El sevillano, al nacer, halla la noción de lo bello y la inspiración de la poesía en todo lo que tiene á la vista. Un cielo admirable con un sol que calienta y vivifica la sangre.; una tierra de fertilidad prodigiosa, que da cuanto se le pide; una vegetación esencialmente poética; como son los olivos y naranjos, los limoneros y granados; aguas y perfumes en abundancia para dar alegría y placer; una vida fácil, gracias á las condiciones topográficas del pais; el vino (ese gran tentador que incita al placer) bueno, vigoroso y en abundancia. Y por otra parte, los monumentos y la raza predisponen al amor del arte. Desde que se comienza á marchar, á vivir, se ven por todas partes admirables monumentos, bellos en su exterior y repletos de tesoros en su interior, y se observan fisonomías hermosas. No he visto jamas una raza tan enérgicamente hermosa como la de Sevilla, y creo que no tendrá rival en Europa, si no es en algunas regiones orientales, en Hungría y en algunas provincias de Italia.

La hermosura es tan general en los tipos sevillanos que es casi vulgar. Allí no se ve la severa majestad de la belleza castellana, ni la hermosura impasible y fria de las inglesas, ni la gracia artificial (intencional en cierto modo) de la francesa, ni la áspera y casi brutal belleza de las valencianas. El hombre es generalmente de talla alta,—la mujer de regular si no pequeña estatura.—A pesar de las diferencias que el sexo determina en todas partes, hay ciertos rasgos que son comunes á hombres y mujeres en Sevilla: formas esbeltas y delgadas pero vigorosas; cabellos negros, sedosos y lucientes, rara vez encrespados; cejas negras y primorosamente arqueadas; dientes superiores y de suma blancura; una tez de color moreno suave y sonrosado, muy atractiva; ojos muy oscuros, vivísimos, inteligentes y que pasan con 1a mayor rapidez de la ardentía mas apasionada á la dulzura mas risueña y cordial; un andar lleno de abandono y donaire, naturalmente dengoso y como tentador sin malicia; la voz cadenciosa, suave y sonora, notablemente acentuada en los finales de dicciones; y siempre las interjecciones vehementes y la sal de los modismos provinciales,—sin contar la pronunciacion popular que cambia el sonido de 1a r, 1a l, 1a s, 1a z, etc. del modo mas original y picante,—tales son los rasgos generales del tipo sevillano.

La mujer es dulce y simpática, aunque hay en su fisonomía un no se qué de varonil sin afectacion. El hombre tiene algo de rudo, de muy oriental, que atrae ó asusta según la manera como se le trata. Si buscáis á un andaluz sevillano por las buenas, con finura y afabilidad, aunque pertenezca al vulgo, le hallareis cordial, expansivo, muy atento y obsequioso. ¡Pero cuidado con andar por las malas! Entónces, si es torero, ó matón ó campesino, jinete ó cosa parecida, os echa por lo pronto una granizada de interjecciones de á libra, y va sacando la navaja ó arremangándose los puños para decidir la cuestion por la vía ejecutiva. Mas, si en vez de uno de esos genios atrabiliarios se da con un andaluz del tipo fanfarron (que abunda muchísimo), el altercado tiene otras proporciones: es uña lucha de palabras-montañas en que el extranjero que no conoce bien el país puede ser completamente mistificado. Al oir al andaluz echando bravatas, le creeríais capaz de tragarse la Sierra-Nevada y desquiciar el mundo de un puntapié. Se formaliza, se crispa, grita, amaga, ruge como un cañon y parece una furia…. Le cojeis la palabra, mostrándole que no tenéis miedo, y entónces el leon se hace cordero, os hace mil zalamerías, rie, lo vuelve todo chanza («jarana») y os convida á tomar un trago con la mayor cordialidad.

El andaluz, y acaso mas que todos el sevillano, es franco y chancero, pero ligero de cascos: una mala palabra, una mirada burlona, un gesto dudoso es suficiente para provocar una querella ruidosa. Por fortuna, aunque muchas veces el negocio se arregla a cuchilladas ó por lo menos á los mas bofetones y golpes, generalmente la tempestad de roncas y baladronadas termina por una reconciliacion en la taberna, jurada sobre la botella entre una nube de humo de tabaco, quizas al son de la guitarra. Sinembargo, hay una cuestión que no se arregla nunca (á lo ménos en el mundo de los toreros, los majos y las manolas) sino por vias de hecho ó mediante la desistencia absoluta: es la cuestion de amor, que muchas veces no es sino cuestión de vanidad ó puntillo. El sevillano de aquella clase no soporta ni una mirada advenediza dirigida á su chica ó su guapa moza, como las llaman. Si como marido es á veces tolerante y se humaniza, como amante lleva los zelos hasta la ferocidad ó el ridiculo. Eso prueba que la vanidad entra por mucho, y muy poco el amor verdadero, en la energía con que defiende su posesion ó monopolio. Le miráis su «chica» ó pasáis por el pié de su ventana una vez y se pica; á la segunda os pone el ceño hosco; á la tercera os dice con enfado y acento provocador:

«—Eh, señorito! (ó camarda) quien me bujca me topa! Si ujté me le pela el ojo á ejta chica otra vée, ya puée saber que lo chicoteo, ú nos chicotéamo! Con que si quiée sarbar er burto, coja ujté er camino y á otra parte con la música.»

Y fuerza es desistir de la empresa, so pena de que la navaja entre en acción para apoyar con sus argumentos la intimacion del zeloso andaluz.

La inclinación á la galantería (y á sus muchas consecuencias) es muy general en Sevilla. La «reja» ó ventana hace en eso un papel muy importante y tradicional. Si os paseais por las calles despues de las seis de la tarde, vereis donde quiera escenas que os darán idea de las comedias da capa y espada. Al pié de muchas ventanas bajas y estrechas se ve algun galan que inclina la cabeza con aire de misterio, recostado sobre un brazo que reposa en la pared, y embozado en su capa, si no es del género majo (que no gasta sino chaqueta), mientras que se ve en la sombra una carita zalamera que asoma en el fondo de la reja. ¿Qué hacen esas dos figuras?—Están pelando la pava. Yo había oído muchas veces esta frase en Colombia, con un sentido muy diferente. Allí se llama pelar la pava estar ocioso, perdiendo el tiempo cuando se está obligado á una labor ó faena,—como el peón que suspende el trabajo para echarse a dormir ó ponerse á charlar sin oficio. En España se pela la pava de un modo mas entretenido y halagüeño, puesto que la operación consiste en hacer la corte por la reja ó ventana a la querida ó amada. Creo que debe de haber una grande abundancia de pavas en Sevilla, porque allí pelan muchísimas.

No importa que los amantes ó amigos de los dos sexos tengan entera libertad para verse y hablarse á todas horas, dentro ó fuera de la casa. La pava se pela siempre, porque así lo quieren las costumbres galantes. Acaso el galan ha hecho una larga visita durante el dia, ó la hará mas tarde á la familia de la señorita ó chica; y con todo, la visita al pié de la reja es indispensable, á prima noche por lo regular. ¡Ay del galan que se olvide un día de la pava que hay que pelar! Al siguiente oirá terribles reconvenciones, hallará un ceño irritado, ó muy indiferente y frio, cuando no sollozos, lágrimas y quejas reprochándole ingratitud y mal proceder…. Creo francamente que las leyes de la pava restringen mucho la autonomía individual del andaluz, pero les encuentro su lado poético y atractivo. Hay costumbres que no se encuentran ya sino en España, donde el orientalismo y la feudalidad han dejado raices muy profundas. El torero hace hoy las veces del trovador de los viejos tiempos.

Por desgracia, los sevillanos no se contentan con el poético platonismo de la «reja». Sevilla, como gran ciudad y puerto comercial, y como tesoro de primores de arte y de placer, atrae singularmente, sobre todo en la Semana Santa y la primavera, no solo á muchos extranjeros sino también á los españoles de otras provincias. Ese gran concurso de forasteros y la belleza de las sevillanas han dado lugar á un desarrollo alarmante de la corrupcion. Debo limitarme á indicar el hecho, porque el asunto no permite comentarios ni explicaciones. Ese mal es el cáncer de las grandes ciudades españolas.

Si Sevilla interesa durante el dia, por los caprichos de sus calles empedradas, estrechas y tortuosas, por el esplendor de sus casas modernas, sus hoteles y cafés, por la magnificencia de su plaza de toros, por la majestad ó el primor de sus monumentos, por su actividad industrial y mil circunstancias,—durante la noche, á la doble luz de la luna de mayo y del gas de millares de faroles, tiene un encanto particular. Miéntras el gas hacia brillar todas las curiosidades de las tiendas abiertas en las calles comerciales, y alumbraba á las turbas alegres que hormigueaban por los enlosados ó el centro de las plazas y calles,—los balcones, las celosías, los miradores y las altas rejas de colores vivos (generalmente azul y verde, sobre paredes pintadas de amarillo) estaban iluminados por la luz mas suave de la luna, proyectándose en los muros las sombras de las mujeres curiosas, inclinadas sobre los balcones para ver pasar los grupos de gente en incesante agitacion.

En aquellos momentos parecía mas vivo el contraste de los diversos tipos. Por una parte hacían juego los hombres de buena sociedad, con sus ámplias capas de vueltas de terciopelo y borlas flotantes y sus sombreros de fieltro, llamados en España chambergos, cuando no vestidos con el paltó francés y el sombrero negro de alta copa bautizado en Madrid con el apodo ultrajante de hongo; mientras que las damas elegantes arrastraban sus ampulosos trajes de luciente seda, exagerados de por sí, sin perjuicio de la crinolina, esa peste de todas las concurrencias, y ostentaban sus graciosos peinados y lujosas cabelleras, sin mas adorno que una flor natural, ó cubiertas con una cofia de lana calada de colores, ó el pañuelo de seda en barbiquejo. Y á su lado se cruzaban, rozándose con el grave inglés (maravillado y lleno de curiosidad), ó el francés (bullicioso y de humor ligero), los grupos de majos y manólas, del aspecto mas original y risueño.

El majo (torero, ó jaque, ó chalan, ó semi-artesano) funda todo su orgullo en los botones de su chaqueta, el mérito de su faja y el lujo de sus polainas. Hay tal pasion por el lujo que el andaluz dejaría de comer tres dias por ahorrar el valor de sus lucientes botonaduras de plata, puestas en dobles filas en los bordes anteriores de su chaqueta de paño, azul ó negra y llena de adornos de lo mas cuco. La ancha faja, que da muchas vueltas al derredor de la cintura y el pecho, por debajo de la chaqueta (en forma de dorman y siempre abierta), llama la atención por su vivísimo color (azul, carmesí, rojo, verde ó amarillo), la finura de la seda ó lana y del tejido, y la gracia de las borlas ó flecos pendientes de las extremidades. Sus abundantes patillas se destacan libremente como dos bellos matorrales al pié del sombrero calañés, sin alas y adornado también con algunas borlas de seda negra. Sus polainas, de las cuales penden innumerables borlitas y cintitas del mismo cuero, le dan un aire de chalan muy original. Agregad á la gracia del vestido cierto aire de satisfaccion vanidosa, un acento ruidoso, muy marcado y de guapeton, el sombrero inclinado sobre una ceja, el cigarrillo en la boca, haciendo escupir por el colmillo, la gran navaja corva de cabo agudo y resortas, llena de labrados y adornos, medio asomando por un bolsillo ó por debajo de la banda, y el garrote en la mano, pendiente del puño con una manija de seda ó cuerda, y dando vueltas á veces en molinete, cuando no sirviendo de puntal,—y tendreis la figura completa del majo sevillano.

En cuanto á la manola (tipo que ya no se encuentra sino en Andalucía ó en las representaciones dramáticas y los carnavales), lejos de ser temible como el majo es sumamente simpática. Siempre melindrosa y zalamera, cuando está de humor y libre de la coaccion del majo;—arisca (es la palabra) y hasta desdeñosa, cuando el galan que le habla no sabe hacerse aceptar y se muestra vanidoso,—la manola revela instintos de independencia y de seduccion muy pronunciados. Su andar es garboso, su mirada provocadora y algo burlona; se perece por los bellos adornos y las telas de colores vivos; gústale mucho pavonearse de bracero con un buen mozo, y cuida su peinado y su aderezo con pasion. Al andar tiene cuidado en mostrar el enano pié calzado con una elegante babucha, y descubrir algo la rica pantorrilla, capaz de hacerle perder su gravedad á un inglés. Su traje es ampuloso, muy bien ceñido, muy alto y de telas en que se mezclan siempre los colores vivos, sobre todo el rojo y amarillo; su tocado sencillo y elegante; y su pecho turgente y de vigorosa palpitacion resalta con la negra pañoleta de terciopelo ó raso, ó la ligera mantilla que se enrolla en parte sobre el redondo brazo.

El obrero sevillano, como he dicho, tiene muchas disposiciones artísticas y es hábil en la fabricacion de una multitud de artefactos curiosos. La sola inspeccion de las tiendas de Sevilla es bastante para interesar al viajero. Ora llaman la atencion las preciosas joyas, los encajes, los primorosos abanicos, las esculturas en yeso y madera, las hermosas bandas, las caprichosas polainas, las mantas, capas y chaquetas ó chaquetones de uso popular, los jaeces raros, los pellones de monturas, los bellos tapices y las alpargatas de todas formas; ora se interesa uno en observar las armas de fabricacion indígena, desde la navaja casi microscópica hasta el gran puñal morisco, el sable de estilo toledano y la fabulosa y temible navaja de tres cuartas de longitud que asusta por ámbas extremidades. Todo es allí curioso, en términos que se siente la tentacion de comprar de todo para llevar un museo andaluz. En cuanto á mí, las impresiones fueron tan vivas que conservo mi museo en la memoria. Sevilla me ha quedado tan vivamente grabada en la imaginacion como si hubiera pasado allí mucho tiempo.

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CAPITULO VII

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MONUMENTOS Y CURIOSIDADES DE SEVILLA.

La Catedral.—El Alcázar.—La Lonja.—El Museo de pinturas.—La Universidad.—La Casa de Pilatos.—El barrio de Triana.—La industria sevillana.—Varias observaciones.

Imposible me sería hacer una descripcion hábil y detallada de las preciosidades artísticas que tiene Sevilla. Una residencia de cinco dias no era bastante para una observacion prolija, y aunque lo fuese, no me es dado hablar con propiedad respecto de bellas artes. Indicaré muy de paso mis impresiones mas vivas.

Desde luego, la catedral es la gran maravilla de la metrópoli andaluza. Es una enorme masa de piedra, de estilo gótico del siglo XV, en su casi totalidad; pues la parte de atras es del Renacimiento, terminada mucho mas tarde,—circunstancia que produce un contraste desagradable. El templo carece de torres y su fachada principal está incompleta, faltándole los principales bustos y adornos propios de su época. Concluido lentamente en un largo trascurso de tiempo, parece en su exterior como un monumento dislocado, no obstante la majestad y el atrevimiento de sus arcos y bastiones aéreos que parecen hacer una muda invocacion al cielo. La grandeza de la catedral (la primera de España sin disputa, bajo ciertos aspectos) está en el interior. Es tal su opulencia de mármoles, que su solo pavimento de grandes baldosas blancas y negras ha costado la fuerte suma de 125,000 duros. Mide una longitud total (con su prolongacion de la capilla real) de 417 piés, 315 de latitud y una elevacion que, empezando por 53 piés en las capillas se eleva á 104 en las naves laterales, á 145 en la principal y á 171 en la cúpula ó cimborrio que la domina. Como se ve, las proporciones son colosales.

Sus cinco vastísimas naves son de una majestad imponente, sobre todo la central, cuyo admirable artesonado de piedra reposando sobre numerosas columnas formidables y atrevidas es de una ligereza y audacia muy notables. Sus noventa y tres vidrieras de las ventanas ogivales (obra del siglo XVI) son bellísimas por su finura y colorido; y la sillería del coro es una de las mas ricas y mejor trabajada que he visto en las catedrales góticas. Los frescos de la cúpula son muy bellos, como las rejas monumentales de labor exquisita que encierran el coro. Puede considerarse cuántos primores de arte contendrá esa catedral, con solo saber que en ella han trabajado sucesivamente ciento noventa y seis artistas notables, algunos de ellos eminentes y de primer órden. Y con todo, por una extraña negligencia, se ignora el nombre del arquitecto que trazara el plan de tan grandioso monumento.

Si sus dos colosales órganos son soberbios en todos sentidos, y los muros, las pequeñas capillas y las bóvedas tienen cien bellezas que admirar, al penetrar á la capilla real y la sala capitular (haciendo una transicion repentina de la sombría solemnidad de lo gótico á las floridas creaciones del arte greco-romano) se encuentran primores de escultura y pintura y relieves y trabajos delicados de arquitectura que son de mucho mérito. Allí se revela en obras inmortales el genio de Murillo, de Herrera y otros grandes maestros, al lado de muy superiores escultores. En la capilla real veneran la efigie de Fernando el católico y se ven entre otros sepulcros notables los de Don Alonso el sabio y su madre Doña Beatriz.

La sacristía contiene riquezas inmensas en joyas y vasos sagrados, y es prodigiosa la pompa que el clero sevillano despliega en la Semana Santa para el tocado y las vestiduras de la Virgen. ¡Cuántas miserias no serían aliviadas si la Iglesia católica, renunciando á un lujo de ostentacion que ofende la majestad inmaterial y suprema de la Divinidad, y que desvirtúa la noble sencillez del cristianismo, renunciase á las costumbres paganas y consagrase á la enseñanza y la beneficencia los inmensos tesoros improductivos que yacen en las sacristías!

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El Alcázar de Sevilla, de universal renombre, es sin disputa uno de los mas bellos monumentos de la arquitectura arábiga; pero de ningun modo puede ser comparado con la Alhambra. Verdad es que la eminente situacion de esta es excepcional, miéntras que el Alcázar está como escondido en el seno mismo de Sevilla, á unos 500 metros apénas de la catedral. Comenzado por los Moros en 1111 y terminado en su parte baja ó primer cuerpo en 1181, fué la residencia de los reyes moros hasta la reconquista de Sevilla en 1247. Tocóle á Don Pedro el Cruel la construccion del segundo piso, que completó el edificio. Un vasto patio, rodeado de viejos muros, da acceso al Alcázar, cuya primorosa fachada, de una construccion sencilla pero cuajada de relieves ó arabescos, anuncia con esplendor las bellezas interiores.

Todo el edificio se reduce á dos series de vastos salones ó aposentos, generalmente cuadrados y superpuestos en dos pisos. La parte baja de los muros y los pavimentos se compone de lindos azulejos ó ladrillos finos de loza, de colores vivísimos, con las mas graciosas figuras ó dibujos. La parte superior de cada muro, desde su altura média hasta los techos artesonados, de yeso estucado ó de madera, reproduce en lo general, con increible profusion, los mismos adornos floridos ó arabescos que hacen el encanto de la Alhambra, repitiéndose siempre las formas de aquellas exquisitas filigranas de yeso, pero sin perder por eso su gracia de contornos, su finura de líneas sorprendente donde quiera, y su viveza de colorido en combinaciones resplandecientes. Como Don Pedro el Cruel empleó artistas árabes en la terminacion del edificio, los trabajos de arte son completamente homogéneos. Los artesonados ó techos, principalmente los de cedro, son de un gusto de ejecución delicadísimo.

El Alcázar, lleno de luz por la naturaleza de su construccion, no tiene en sus salones y aposentos ese aire de voluptuosidad y de misterio sombrío que domina en la Alhambra. En el Alcázar todo es alegre y resplandeciente, y desde las ventanas y los balcones volados de las piezas interiores se goza de todo el espectáculo encantador que ofrece el inmenso jardin oriental que rodea al palacio. ¡Qué de tradiciones dramáticas en aquel recinto donde reinaron razas y dinastías enemigas! Si el salon de los Embajadores arrebata por su magnificencia y su cúpula soberbia, hace evocar mil historias y leyendas con los retratos al fresco de todos los reyes godos que se ostentan en la techumbre. Ya se siente uno sobrecogido de horror al atravesar la sala donde fué asesinado Don Fadrique por órden de su hermano Don Pedro; ya se destiene á cavilar, visitando la alcoba donde dormia el rey cruel, sobre los dramas de sangre, de zelos y desconfianzas terribles que fueron la consecuencia de las sombrías meditaciones de aquel hombre en sus desvelos; ya en fin, al descender al patio de las Muñecas (donde tenian las moras sus grandes baños) y penetraren los subterráneos donde un tiempo se bañaran voluptuosamente las princesas orientales y mas tarde Doña María de Padilla, se estremece uno pensando en el doble uso de aquellos subterráneos creados para el deleite y convertidos en sepulcro. Allí, en uno de los calabozos húmedos, sin aire ni luz alguna, sufrió su prision y su martirio esa mujer de tan célebre memoria.

El jardin, que tiene como tres hectaras de superficie total, está encerrado por un alto muro que por sí solo es un monumento. Todo él está lleno de arabescos, de columnitas preciosas, de frescos, inscripciones y mil adornos muy bellos. Lo que mas admira es que esos primores de arte, expuestos á la intemperie despues de tantos siglos (pues tal es la construcción de los muros) se conservan perfectamente y subsisten como modelos del arte arábigo. Sería imposible describir completamente ese admirable jardin (tan especial en Europa) sin llenar muchas páginas cuyo poético lenguaje parecería exagerado. Aparte del interes que tienen la fachada interior del Alcázar y los altos muros que encuadran el recinto, el fondo mismo del jardin es encantador por su conjunto así como por sus preciosos detalles. Al recorrer sus laberintos de arrayanes simétricamente recortados, sus tupidos bosquecillos de naranjos y granados, sus vastas aglomeraciones de arbustos y plantas en flor, tan brillantes como artísticas en unos sitios, tan graciosamente desiguales en otros, y al penetrar en todos los santuarios de verdura que pueblan el recinto, se cree uno como trasportado á los edenes orientales.

Allí todo es voluptuoso, risueño, tentador. Ya se divierte uno en querer hallar la pronta salida de los laberintos de arrayan, ó en descifrar las alegorías de todas formas trazadas en el suelo por medio de los mismos arbustos de arrayan hábilmente dispuestos; ya se goza en admirar los grupos floridos, los juegos de aguas ingeniosísimos y sorprendentes, las numerosas fuentes de formas arábigas y las escalinatas de mármol donde el sol andaluz brilla con todo su esplendor. Ora se pone uno á vagar, soñando y recordando mil historias, bajo la sombra espesa de los bosquecillos de naranjos, limoneros y granados, donde se siente la embriaguez deliciosa que producen el azahar y el jazmin, la albahaca y las rosas en profusion. Ora en fin, al rumor de las fuentes y al canto de los pajarillos habitadores del jardin, se reposa con deleite, sentado en otomanas de mármol, bajo las cúpulas de lindos pabellones de estilos diferentes, construidos en el centro de aquellos retretes de verdura que parecen evocar las sombras de las sultanas y las tradiciones de la civilizacion morisca. El Alcázar es un delicioso monumento. Su tipo es la frescura risueña. Allí falta la grandeza que caracterizó la Alhambra. Por eso, al salir de la antigua mansion de Don Pedro el Cruel, se siente pesado y desagradable el aire de la calle y se lleva una dulce impresion, pero no se experimenta esa tristeza que acompaña al viajero al alejarse de los sitios y los monumentos admirables de la vieja fortaleza de Boabdil.

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La Lonja, situada al lado de la catedral, es un hermoso y elegante monumento que hace honor á su artífice, el famoso Herrera. Es completamente cuadrado, mide 37 metros por lado y su estilo es del Renacimiento, pero de una sencillez deliciosa que en nada perjudica á su majestad. El mármol está allí prodigado con suma opulencia, y la luz entra por todas partes á torrentes. El Tribunal de comercio y la Bolsa tienen su residencia en ese espléndido palacio de la especulacion. Allí tuvo su asiento, como he dicho, la famosa Casa de contratacion, institucion establecida por la España en sus tiempos de obcecacion política para explotar el comercio de sus colonias colombianas, mediante el monopolio. Los inmensos archivos se conservan en hermosos armarios con el mayor cuidado, en términos que la historia comercial y económica de Hispano-Colombia, durante una larga época, se encuentra allí esparcida en millones de documentos.

El edificio es de dos pisos, claustrado en ambos, pero sin balcones ni galerías salientes. Todos sus pavimentos son de mármol y todos los muros y techos de piedra pura. Lo mas notable por su mérito de composicion está en la escalera y los artesonados. La primera es por sí sola un espléndido monumento, por sus formas, la enormidad de sus mármoles (todos de Granada) tan ricos por su finura como por sus colores y volumen y formando mosaicos primorosos. El techo se compone en los cuatro lados de un encadenamiento de bóvedas, con la particularidad de que no hay entre mas de cuarenta artesonados (de pura piedra, sólidos en extremo y atrevidos y hermosamente ensamblados y labrados) dos que se parezcan en sus relieves ó formas parciales. La Lonja es, en su género; quizas el mas hermoso monumento que tiene España.

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Si el arte de edificar reune tan admirables muestras de todo género en Sevilla, el arte divino que crea la luz y eterniza la verdad en la tabla, el lienzo y el muro, no tiene ménos quizas de qué enorgullecerse en la patria de Murillo y Herrera. El Museo de pinturas de Sevilla es por sí solo un tesoro inmenso, aún á los ojos del que ha conocido los de Madrid, Paris, Dresde, Ambéres y otras ciudades europeas. Sinembargo, no todo el Museo merece tal reputacion. Exceptuando unos seis cuadros de primer órden en el gran salon (local oscuro y triste de una antigua iglesia), puede decirse que el valor esencial está en el salon de Murillo, cuyo precio es incalculable.

El salon principal tiene buenas obras, sin duda; pero la gran masa no es sobresaliente, porque Sevilla (que ha dado su nombre á una grande y gloriosa escuela) ha sido sucesivamente saqueada en materia de pinturas, ya por el mariscal frances Soult, en la época de la guerra nacional, ya por las autoridades que han querido organizar museos nacionales y particulares á expensas de las provincias. Se siente uno pasmado de admiracion á la vista de la sublime Asuncion de Murillo, tan profundamente celestial en sus formas y expresion; del famoso cuadro de Zurbarán (que tiene su historia político-diplomática) representando la predicacion de Santo Tomas de Aquino; de una Concepción y una Visitacion de Valdez, que evoca con divina uncion todo el poema del misterio bíblico; de un Cristo, de Zurbarán tambien, asombroso de dolor y agonía suprema; de un Jesus de Estéban Márquez (discípulo de Murillo), que parece creado por la inspiracion y la mano del maestro; y en fin, de los Cinco Apóstoles de Polanco, artista cuyas obras me han parecido notables por la energía del pincel. Al contemplar todas esas figuras, bajo las sombras del templo desierto, se comprende bien la superioridad de los genios que, profundamente agitados por el sentimiento de la piedad y la idea cristiana, han creado un arte nuevo, dándole el sello de la majestad, la uncion y la santidad.

Esto es precisamente lo que mas resalta al recorrer el salon que contiene únicamente obras de Murillo. Los veintitres cuadros que forman esa coleccion fueron elaborados durante un encierro voluntario á que se condenó el piadoso artista, asilado en el convento de capuchinos de Sevilla. Es bien sabido que Murillo nunca empezaba una obra sin haber comulgado, lo que prueba cuán hondamente lo impresionaba el sentimiento religioso. La soledad era su mejor elemento, porque ella le infundia ese recogimiento supremo que les diera su carácter de beatitud casi inimitable á todas las creaciones del gran artista sevillano. A este propósito es digna de mencion una obra superior de Herrera el viejo, que se ve en el primor salon. Es un San Hermenegildo admirable, hecho en su calabozo por aquel pintor, condenado á perder la mano por haberle dado un bofeton á cierto clérigo. Sin duda el artista comprendía muy bien todo el valor de su mano en capilla, puesto que produjo una obra sublime que le valió el perdon. Casi siempre las mas grandes producciones del genio han nacido en momentos críticos y en las sombras del recogimiento.

Casi sería inútil, y acaso pretensioso, hacer una eleccion cualquiera entre los veintitres cuadros de Murillo, que valen mas de quinientos mil pesos, al decir de algunos conocedores. Todos son á cual mejor. Sinembargo, el cuadro que representa el milagro de San Francisco de Asis es acaso el mas vigoroso como obra de pincel ó labor. Como obra dé inspiracion, nada seduce tanto como la Adoracion de Jesus: la figura de la Virgen es de una expresion de pureza y gozo celestial insuperables; y el candor, la sencillez, la sorpresa inocente de los pastores, que atisban al niño con curiosidad infantil, son inimitables. Acaso sea necesario mencionar tambien, como creaciones soberanas, el mendigo del cuadro de Santo Tomas de Villanueva, un San Félix de Cantalicio, una Concepcion (el estudio predilecto de Murillo) y una Asuncion, tipo que muy raros artistas han logrado imitar ó revelar con sus verdaderas condiciones.

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Que el lector me perdone si le invito aún á visitar otro museo interesantísimo, simple porcion de ese vasto, complicado y preciosísimo museo de mil formas que se llama Sevilla.—Hablo de la Iglesia de la Universidad, que el extranjero visita con profundo placer. Allí hay una numerosa coleccion de tumbas interesantes bajo todos aspectos. Entre las diez que sobresalen se ven las del duque de Alcalá y su mujer, fundadores del edificio, y de otros nobles castellanos célebres en la historia, que son verdaderos monumentos por el gusto de las formas, el mérito de los mármoles y el primor y la riqueza de los relieves, los bustos ó cuerpos y demas esculturas. En clase de esculturas religiosas hay un Cristo de Montañez, tan asombrosamente superior que por sí solo vale por un museo; así como un San Ignacio de Loyola y un San Francisco de Borja (del mismo artista), que son estatuas admirables. El San Ignacio principalmente parece haber realizado el ideal supremo del arte que puede animar el mármol, la piedra ú otra materia, y darles un lenguaje elocuente y una mirada profunda. Toda la historia de la Compañía de Jesus parece surgir a priori de esa frente marmórea y ese ojo ardiente y fascinador que sondea y medita.

En cuanto á pinturas de la capilla, el altar mayor y los muros laterales contienen obras verdaderamente maestras de Roelas, Pacheco, Alonso Cano y otros artistas que tuvieron justa celebridad en España. Es bien digno de notar que el arte de la pintura ha corrido siempre parejas con el movimiento caballeresco y religioso de los pueblos. Entre las sociedades europeas el pincel parece haber reinado siempre al lado de la espada y á la sombra del capuchon. Italia, España y Francia,—los pueblos mas guerreros y mas exaltados ántes en el sentimiento religioso,—han revelado su historia en los lienzos con singular energía. España es un país inmensamente rico en pinturas, porque ha tenido exuberancia de conquistadores y frailes.

Sinembargo, pocas ciudades tienen en la península el privilegio que posee Sevilla. Madrid, Barcelona, Cádiz, Búrgos, etc., son esencialmente españolas. Valencia es medio morisca, pero muy inferior en cuanto al arte á las dos ciudades andaluzas mas notables. Córdoba es casi toda morisca. Toledo esencialmente compleja, pero dejando predominar el arte gótico y el greco-romano en sus principales monumentos. Solo Sevilla y Granada tienen la singular ventaja de revelar simultáneamente, por sus obras artísticas, las mas completas manifestaciones de diferentes y aun opuestas civilizaciones. Pero todavía Sevilla es en eso muy superior á Granada. Sevilla mantiene juntas y vivas, con singular energía, todas las tradiciones orientales, así como las pruebas del arte latino y del gótico en obras superiores.

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Todavía mencionaré un monumento en extremo curioso, que es una de las obras de estilo morisco mas interesantes en ese arte de la escultura plástica y pintoresca que los Moros tenían tan avanzado en el siglo XIV. Me refiero á la Casa de Pilato, edificio curiosísimo que hoy pertenece á los duques de Medinaceli. Se asegura que esa casa es una del reproducción de la que habitara en Jerusalen el famoso juez que dejó á los togados y políticos el modelo de la habilidad que consiste en matar y lavarse las manos, Cuentas que un caballero cruzado español, al volver a Sevilla de la guerra santa, quiso perpetuar la memoria de sus campañas en Palestina y para eso mandó construir la Casa-Pilato conforme al modelo traído. Sea cierta ó no la tradición, ello es que la casa no revela en sus obras de arte sino el estilo arábigo florido (el mas avanzado), que no podía haber sido conocido en los tiempos de Cristo, y que apenas se iniciaba en los de las Cruzadas. Pero la cuestión no nos importa a los curiosos, que debemos limitarnos á observar y recoger impresiones.

La famosa casa del cruzado sevillano tiene dos patios, el primero común y sin obras de arte, y se compone de dos pisos, con galerías superpuestas, en forma de claustros. El patio interior, perfectamente cuadrado (forma general en la arquitectura oriental), está todo pavimentado con bellas y grandes baldosas de mármol negro y blanco, y tiene en el centro una primorosa fuente que hace juego con cuatro estatuas romanas colocadas en las esquinas. Las galerías están sostenidas por veinticuatro columnitas, también de mármol, de mucha gracia y ligereza, y en todo el derredor se ven en los muros los bustos de los emperadores romanos muy bien trabajados. Si en los pavimentos de las galerías y la parte inferior y central de las paredes brillan los primorosos azulejos (que son los mosaicos del arte oriental), en la parte superior hay un gran lujo de arabescos ó relieves, blancos y de colores, que imitan ó reproducen los primores plásticos y los bellos estucos de la Alhambra y el Alcázar,—siempre serviles, sin originalidad ó variacion notable, pero siempre graciosos. Por último, al derredor del patio, sobre las galerias bajas, se hallan cuatro salones cuyos azulejos, arabescos y artesonados son de mucho gusto por la ejecución esmerada y el colorido. Lo demás de la Casa de Pilato, aunque mas ó ménos curioso, llama poco la atencion, siendo de notarse que la distribucion del edificio es de extrema sencillez.

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Sevilla es una ciudad célebre por muchos motivos, entre otros por los hombres eminentes ó personajes históricos que ha producido. Allí tuvieron su cuna los emperadores romanos Adriano y Teodosio, el ilustre Las-Casas, los pintores Murillo, Herrera (el viejo) Roelas y Pacheco, el famoso historiador Herrera, llamado el divino, y los poetas Rioja y Jáuregui. De allí partió Magallanes para hacer su primer viaje al derredor del mundo, en 1519; y Sevilla le disputa á Granada la cuna de Lope de Rueda, tan ilustre actor como escritor dramático; especie de Molière español.

Cada uno de los nueve arrabales de Sevilla es notable por algún monumento ó fábrica importante. Pero el de Triana es de una especialidad puramente social. Está ligado á la ciudad, como he dicho, por un hermoso puente colgante, que interrumpe ó sirve de límite á la navegación del Guadalquivir marítimo. Sus muelles hacen frente á los del puerto principal de Sevilla, así como á las fortalezas que dominan el río y la estación del ferrocarril que conduce á Córdoba. Si las primeras calles de Triana que avecinan al puerto tienen la estructura general de las de la ciudad, al avanzar hacia el interior de ese arrabal se encuentra el aspecto complejo de la vieja España y de las poblaciones gitanas. Triana es la residencia de todos los gitanos de Sevilla, cuya suerte se parece bastante á la de los judíos en Roma, en Praga y otras ciudades europeas. Así como en estas hay un Ghetto ó barrio donde los israelitas viven ó vegetan, confinados en unas partes (como en Praga) ó proscritos y cruelmente tratados (como en Roma), los gitanos tienen su Ghetto en cada ciudad de España, sin habitar nunca los demás barrios.

Pero hay una diferencia muy sustancial. El judío es proscrito en Europa, especialmente en Roma, por espíritu de persecución é intolerancia, ó por tradición ó costumbre; en tanto que el gitano no es en España objeto de persecución. Él se confina a un solo barrio, se proscribe á sí mismo, por espíritu de raza (orgullo, resentimiento é interés en el aislamiento); y por eso se ve á los gitanos formando una comunidad aparte, lo mismo en Madrid (hacía la puerta de Toledo), que en Granada (en el Albaicin) y en Sevilla en el arrabal de Triana. Aquí se revela quizás con mas energía uno de los rasgos distintivos del gitano. En Granada es casi natural la arquitectura subterránea de esa raza, porque el terreno parece indicarla en el Albaicin. Pero en Sevilla no se comprende en el primer momento por qué razón los gitanos siguen el mismo sistema (aunque notablemente variado en la forma), no obstante que el terreno de Triana es enteramente llano. El aspecto de las calles es tristísimo. Raras son las casas que tienen un piso alto; casi todas son muy bajas, con puertas y ventanas mezquinas, pequeños patios desiertos, paredes y techos lamentables que revelan suma pobreza y abandono. Las calles, malísimamente empedradas, están desiertas por lo regular, y al andar por ellas apenas se oye el ruido subterráneo de objetos metálicos ó del martillo del zapatero remendón,—ó se ve muy rara vez alguna cara femenina, en una ventana, ó un pequeño grupo de muchachos sucios en un zaguán ó un patio, tristes, pobremente vestidos y con fisonomías repelentes y ásperas en lo general.

Es rarísima la casa de gitano que no tiene un piso subterráneo que se registra desde la calle. La puerta da inmediatamente sobre una especie de sótano (que es el lugar de trabajo), sea por medio de un pequeño zaguan inclinado, sea por medio de una gradería casi abrupta. Las habitaciones que están al nivel de la calle sirven para dormitorios y demás usos; las profundas ó cavadas en la tierra contienen los obradores, talleres y fraguas. Evidentemente hay en los Gitanos una tendencia á la vida subterránea, que no se concilia en apariencia con las costumbres nómades. Hasta en el modo de preparar los alimentos el gitano se sirve de hoyos cavados en la tierra,—procedimiento ingenioso que se presta al misterio y favorece el rápido cocimiento de las sustancias animales y vegetales. Acaso haya algun principio etnológico que determine esas tendencias á lo subterráneo; pero la explicación mas sencilla me parece estar en la naturaleza de la industria y las costumbres de los Gitanos. Raza de herreros y estañadores y de gentes que no tienen una nocion regular de la idea de la propiedad, tradicionalmente habituadas á los fraudes, los robos rateros, las mistificaciones y los procederes hipócritas,—los Gitanos han comprendido sin duda que sus habitaciones debían ser apropiadas á la ocultación y el disimulo. Así, cuando llevan vida nómada, sus hogares cambian de la noche á la mañana, en cuanto al lugar, y son siempre establecidos en los sitios mas solitarios; y cuando se ven forzados á una residencia fija construyen sus habitaciones del modo menos ostensible, á fin de burlar la vigilancia social.

Nos habían dicho que en el arrabal de Triana veríamos cuadros curiosos y animados de la población gitana, que es bastante numerosa. Pero no encontramos sino tristeza, soledad y silencio. Acaso escogimos mal la hora ó el día para satisfacer nuestra curiosidad. Lo que sí pude obtener con seguridad fue la conviccion de que en el pueblo español no hay odio ni preocupacion ninguna respecto de los Gitanos (raza que me parece mucho ménos incorregible de lo que generalmente se piensa); pero que no se hacen los esfuerzos convenientes para producir una asimilacion ó fusión completa. Hay muchos gitanos católicos en España, y sinembargo se les ve persistir en sus hábitos de aislamiento. Y lo mas curioso es que los gitanos católicos (que lo son por el bautismo y sin conciencia ninguna de las doctrinas cristianas y católicas) se distinguen en España por la brutalidad de su fanatismo, en los momentos de exaltacion religiosa. Eso prueba que el fanatismo es siempre compañero de la ignorancia, y que toda la fuerza de los tartufos consiste donde quiera en el dominio que ejercen sobre las masas bárbaras que obedecen maquinalmente al impulso que se les da. El mundo no se librará de los conflictos religiosos sino el día que haya desaparecido de las sociedades «el elemento bárbaro». Por eso se comprende el horror con que los tartufos explotadores de la religión miran toda tendencia hacia la instrucción y educacion de las masas. * * * * *

Sevilla no es solo un centro comercial y agrícola de primer órden en España: es tambien una ciudad fabricante en vasta escala, aunque poco manufacturera. Las grandes fábricas, llamadas propiamente manufacturas, que en otras ciudades europeas reúnen á centenares y aun millares de obreros y dan al consumo enormes masas de productos, no existen en Sevilla, donde la maquinaria (como en casi toda España) está muy atrasada todavía. Lo que hay allí es la pequeña fabricacion y el artefacto, cuyos productos son muy considerables por razon de la masa de trabajadores y la multiplicacion de los talleres. Allí existe una organizacion de trabajo en detall que produce resultados visibles. Como el establecimiento de una pequeña fábrica no exige un tren costoso, es muy accesible á los hombres de la clase media y aún á los obreros la adquisición de uno ó mas telares, un taller ú obrador, y por lo mismo se hace mas fácil que en las ciudades manufactureras el paso de la condición de obrero á la de maestro, empresario ó propietario. Con la pequeña fábrica ú obrador las aglomeraciones de obreros son muy reducidas, el artículo trabajado es frecuentemente mas correcto y artístico, la moralidad gana, el artesano ú obrero tiene interes en la obra y trabaja en su propio hogar, y su bienestar es mayor y acaso menos expuesto á las crisis comerciales que afectan á las manufacturas en grande. Ademas, el obrero tiene mas independencia y dignidad trabajando por su cuenta ó en escala reducida.

Los economistas en lo general (acaso olvidándose bastante de los intereses de la moral por atender de preferencia á los de la riqueza) han llevado hasta la exageracion el entusiasmo por las manufacturas. La economía de produccion, que disminuye el precio de los productos y en definitiva favorece á los mismos obreros, les ha hecho desatender ciertos intereses de la moral (pureza, dignidad é independencia del obrero) que se ven seriamente comprometidos en las grandes fábricas. No pretendo examinar aquí una cuestión económico-moral tan importante; pero sí haré notar la observacion hecha respecto de las poblaciones obreras en Europa. En las ciudades principales de España, así como en las de Suiza, en Lyon y otras de Europa, cuyos mas valiosos productos son el resultado de la fabricacion en detall, he notado mas independencia y bienestar, mas dignidad y sentimiento de personalidad en el obrero, que en las ciudades estrictamente manufactureras donde las grandes aglomeraciones de máquinas (humanas y de fierro) tienden á sustituir la fuerza colectiva en la producción á la fuerza individual ó limitada á pequeños grupos de obreros. Acaso sean otras las causas predominantes; pero el hecho es patente, y lo cierto es que en España, donde la gran fábrica es muy rara (exceptuando unas pocas ciudades catalanas), la noción de la personalidad es profunda y general en el pueblo.

Sevilla, como he dicho, es una ciudad artista y artística por excelencia, y sus industrias lo revelan enérgicamente. No hay una calle donde no se vean numerosos talleres y obradores de escultura (principalmente en yeso), de pintura, de joyería y platería, y de toda clase de objetos curiosos. Allí se fabrican por valores muy considerables armas, herramientas y todo lo que corresponde á la quincallería, instrumentos de música (especialmente las elegantes y finas guitarras y bandolas), gran cantidad de telas y artefactos de seda y lana, sombreros, etc., etc. La produccion de loza fina es considerable, y se hace notar bastante la de pieles curtidas, que imitan los bellos tafiletes y cueros marroquíes. Sevilla, como centro agrícola de la baja Andalucia, hace fuertes exportaciones de aceite y vinos, y centraliza grandes valores en granos y frutas de todas clases. Es incalculable el desarrollo agrícola, industrial y comercial que puede alcanzar España, y particularmente las provincias andaluzas, el día que en ese país se renuncie al régimen inepto del egoísmo (que se traduce en prohibiciones y monopolios), y se acepte el libre cambio con todas las regiones del mundo.

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No contábamos con mucho tiempo para hacer un estudio detenido de Sevilla. Pero las impresiones recogidas en pocos días bastaron para hacernos simpatizar vivamente con la metrópoli andaluza, tan poética y original, tan pintoresca en todo. Ella es interesante tambien como centro de vida intelectual y de beneficencia. Posee una considerable biblioteca, una sociedad económica, un liceo, varios institutos notables de enseñanza y artes, una caja de ahorros en prosperidad, y como diez y seis hospitales, hospicios é institutos de caridad y beneficencia. Por demás es decir que las iglesias abundan, como abundaron fabulosamente los conventos. Creo haber contado como ciento doce edificios religiosos, entre iglesias, conventos, capillas y oratorios, lo que prueba que en Sevilla no se han pasado jamas hambres en lo relativo al pasto espiritual. Al contrarío, en esa materia se ha pecado en España por la gula, resultando indigestiones seculares.

Sevilla tiene una circunferencia total (con los arrabales) de 25 kilómetros, y sus murallas, que todavía resisten algo á la acción del tiempo, cuentan mas de sesenta torreones y trece ó catorce puertas mas ó ménos considerables. Se numeran hasta quinientas sesenta y cuatro calles y sesenta plazas; los cuarteles abundan, por desgracia, pero siquiera abundan tambien las fuentes públicas y el agua no falta en ningun punto. Aparte de muchos monumentos de interes mas ó ménos subalterno, de todos los estilos y usos, citaré los dos teatros de la ciudad y la espléndida plaza de toros. Los sevillanos se jactan con razon de tener la mejor plaza de toros de España, y la Vírgen mas opulenta, en su catedral. Mejor les estaría tener una Vírgen pobre y carecer de toreros y de un circo que no puede tener mejor nombre que el de matadero espléndido.

Contáronme cosas fabulosas sobre el lujo de ostentacion que se despliega en Sevilla en la Semana Santa, coincidiendo con la gran feria sevillana. Entónces, miéntras que la gente de tono hace prodigios en las procesiones para ponerse á la altura de la opulencia inaudita de la Vírgen, los majos y las manolas ostentan en la feria todo el lujo de sus vestidos pintorescos, sus armas, cabalgaduras y aperos de montar. Cada clase hace las cosas á su modo; pero confieso que las vanidades de la feria me parecen mas excusables que las de las procesiones. Cristo y la Vírgen deben de incomodarse mucho en el cielo, al ver el modo como se les adora públicamente en la tierra.

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CAPITULO VII.

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EL GUADALQUIVIR.

El primer tren de Sevilla a Córdoba.—Un marques comunista.—La provincia de Córdoba,—Aspecto de la capital;—su poblacion y su estadística.—La Mezquita-catedral.—Curiosidades.—De Córdoba a Baylen;—Andujar.

Eran las siete de la mañana cuando tomábamos el tren del reciente ferrocarril que pone en comunicacion a Córdoba con Sevilla. Por primera vez se iba á ensayar el trayecto comprendido entre la pequeña ciudad de Lora, no muy lejana de Sevilla, y Córdoba. Asi, aunque el tren era irreprochable en la primera seccion ya en servicio, se redujo, desde Lora hasta Córdoba, á un wagon de tercera clase, en que los empleados de la administracion de la empresa tuvieron la bondad de darnos cabida. Como los rieles estaban recientemente asentados y exigian rectificacion, nuestro gran wagon (que parecia una arca de Noé, llevando gentes de toda clase en la mas democrática confusion) saltaba y corcoveaba á cada momento como diez potros indómitos juntos, cosa que nos divertia y asustaba alternativamente.

La via corre al principio por una hermosa y vasta llanura, á la izquierda del Guadalquivir, por entre numerosas casas campestres, extensas plantaciones de hortalizas y cereales, olivares todavía recientes, prados y barbechos donde pacen los rebaños de ovejas, y algunos preciosos bosquecillos de granados que tenian el aspecto mas encantador por sus formas elegantes y sus rojas y lindas flores. Lora es una pequeña ciudad de 8,000 habitantes, situada á corta distancia de la via férrea, y que va adquiriendo importancia á virtud del ferrocarril. Mas adelante se atraviesa el Guadalquivir y la via lo costea constantemente hasta muy cerca de Córdoba, de manera que se le tiene siempre á la vista.

El rio, generalmente con orillas bajas, de cauce poco profundo, arenoso y turbio, no tiene navegacion ni posee la hermosura que se le supone de antemano. El terreno, generalmente llano en el valle y encuadrado entre cordones de cerros bajos ó altas colinas, se presta á los paisajes risueños; pero la ausencia de árboles en las márgenes de las praderas (sino es en rarísimos puntos) hace desapacible ó monótona una comarca que podría ser bellísima en su totalidad. Sinembargo, hay de trecho en trecho paisajes primorosos, por el juego de las colinas con el valle, las vueltas y revueltas del rio, algunas arboledas y varias formaciones geológicas muy interesantes (como la del cerro y castillo arruinado de Almodovar) que corresponden á los contrafuertes de la Sierra de Córdoba, que hace parte de la Sierra-Morena.

Desde Sevilla hasta el frente de Palma el ferrocarril toca sucesivamente en la ciudad de Carmona y tres pueblos pequeños, Lora, Guadalabar y Peñaflor, ofreciendo bellos puntos de vista y dejando registrar un inmenso campo de olivares, viñedos y cereales. Pero al pasar por en frente de Palma el paisaje que se admira es hermosísimo. Se ven á lo lejos las altas colinas á cuyo pié demora Palma, en un delicioso valle á orillas del Guadalquivir y del Jenil que se le reune allí. Tal parece como si el Jenil le trajese á esa poblacion las seducciones y los encantos de la vegetacion de Granada. En efecto, Palma es un inmenso huerto, escondida literalmente como está entre bosques de naranjos, granados y limoneros, de cuyos frutos hace un comercio considerable.

En un trayecto del Guadalquivir observamos una notable aglomeracion de cañaverales y arboledas que nos llamó la atencion por su objeto. Contáronnos que un cierto marqués, propietario del terreno, hacia una compleja y singular especulacion, mediante el auxilio de las bandas de estorninos, pájaros sumamente abundantes en el pais. Parece que los estorninos andaluces profesan opiniones comunistas en alto grado y las practican con mucha sagacidad. Su política industrial consiste en devastar (reunidos por centenares de miles) los inmensos olivares del valle del Guadalquivir y las montañas vecinas, robándose las olivas de los árboles, que trasportan á lugares lejanos para establecer grandes depósitos de prevision y vida comun. Pero el estornino gusta particularmente de los sitios húmedos y sombríos, como los cañaverales y bosques de las orillas del rio.

Esto ha dado al consabido marqués propietario la idea de su especulacion. Ha establecido en la orilla del Guadalquivir algunos de esos asilos de verdura, resultando que los estorninos han fundado allí su domicilio y sus almacenes de depósito. Pero como el señor marqués no ha trabajado por la sola comodidad de los ladrones alados, sus agentes espían los momentos en que aquellos están ausentes en sus expediciones filibusteras, y les roban las olivas depositadas, que le producen al señor marqués un valor considerable en aceite. De ese modo el noble sevillano fabrica aceite de todos los olivares de la comarca, sin tener que cultivar ninguno. Probablemente el marqués considera que, siendo cosa corriente aquello de que «ladron que roba á ladron tiene cien dias de perdon,» no hay inconveniente en aplicar el principio á los pájaros literalmente. Sin duda que el buen hidalgo no ha caído en cuenta de que al procurarles asilo á los inocentes estorninos se hace instigador y cómplice de los olivicidios, en provecho personal exclusivo.

Pero hay algo mas curioso en el asunto. El señor marqués no se contenta con servirse de los pájaros para producir aceite sin tener olivares, sino que perpetra la ingratitud inaudita de vender ó arrendar el derecho de hacer en sus tierras la caza de esos mismos pájaros que trabajan por cuenta de él, caza que le produce al señor marqués en ciertos meses del año una utilidad mas que regulareja. Estos hechos, que son auténticos, me dieron mucho en qué pensar. El señor marqués y sus estorninos me parecieron representar el sistema económico de casi todas las sociedades humanas.

Donde quiera las masas ignorantes, obrando por instinto y necesidad de conservacion, hacen el papel del estornino: trabajan sin descanso, y despues de mil fatigas álguien (que les tiende una trampa) se aprovecha de las olivas, con la diferencia de que el salario del obrero no es el fruto de ninguna expoliacion; y despues de perder ese fruto, no falta quien le haga la caza.

El señor marqués me ofrecia la imágen de los gobiernos que, despues de explotar el trabajo de las masas, mediante los impuestos inicuos, los monopolios, etc., hacen la caza á sus estorninos humanos para convertirlos en soldados ó presidiarios y mandarlos á morir. Cuántos poderes hay en este mundo que viven del comunismo, á estilo del honorable señor marqués de las Olivas y conde de los Estorninos!

Hácia las cercanías de Córdoba las montañas de la Sierra toman un aspecto interesante, tanto por sus formas como por sus curiosidades y vegetacion. Los cerros empinados, de formacion granítica en lo general, se suceden en varias proporciones; las altas colinas están cubiertas de olivares hasta la region de la Sierra poblada de encinas, y en las bajas laderas y los vallecitos se extienden en abundancia los viñedos. Al cabo se ven las torres y la masa general de Córdoba de un estilo casi completamente oriental; y en tanto que se distingue sobre una alta montaña el famoso convento de San Jerónimo (fundado sobre las ruinas de un alcázar morisco) y algunas ermitas solitarias de capuchinos, se empiezan á sentir los ricos perfumes de los huertos y jardines que rodean á Córdoba, preparando el ánimo del viajero á las impresiones que produce esa capital de un famoso reino arábigo.

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La provincia de Córdoba, la décima octava en el órden de la poblacion, cuenta 361,536 habitantes, la mayor parte distribuidos en pequeñas poblaciones, como sucede generalmente en los paises fértiles y casi exclusivamente agrícolas. Apénas cuenta esa provincia tres centros sociales de alguna consideracion, á saber:

Córdoba, con 43,000 habitantes;

Montilla, con 14,654, célebre por haber sido la cuna del famoso capitan Gonzalo de Córdoba, y por sus renombrados vinos cuya energía espirituosa reanima la de otros vinos andaluces;

Aguilar-de-la-Frontera, de pintoresca situacion, con 11,836 habitantes.

Córdoba tiene una posicion abierta y desembarazada, con vastos horizontes. Está situada á la márgen derecha del Guadalquivir, en el centro de una llanura, casi al pié de los montes «Marianos», contrafuertes de la Sierra-Morena, rodeada de bellos paisajes melancólicos y batida por aires libres y saludables. La Corduba de los Romanos, fundada por ellos segun parece, no solo ha sido una de las mas famosas sino tambien de las mas considerables ciudades de la vieja España. Fortificada por los Romanos, que la rodearon de murallas, los Godos la conquistaron en 572, y á su turno los Moros, en 692, conducidos por el famoso Abderraman, fundador del califato de Occidente. Los Moros restablecieron las murallas y dotaron á Córdoba de todos los bellos monumentos que embellecieron la residencia de la corte de los Ben-Omeyas; pero la ciudad fué en gran parte destruida por las huestes de Fernando III de Castilla, al rescatarla en 1236.

Hoy la antigua capital de ese reino morisco no es en su gran masa sino un gran poblachon,—fea, triste, casi solitaria y en muy notable decadencia respecto de su pasado. Sus murallas están en ruina (de lo cual no hay motivo para lamentarse) y en medio de los escombros crecen los naranjos y granados como para mantener la poética tradicion del mundo oriental que yace allí convertido en osamenta y polvo. Sinembargo, se conserva en todo el aspecto de la ciudad el aire arábigo, tanto por la estructura de las calles y del conjunto de las casas, como por las formas de los monumentos mas notables, la naturaleza de fabricacion y cultivo, y sobre todo la fisonomía de la raza.

Córdoba es por excelencia una ciudad pretérita—un santuario de recuerdos múltiples, pero orientales principalmente. Excepto la estacion del ferrocarril, que hace pensar en lo porvenir, todo lo demas incita á dejar vagar el espíritu en la region de lo pasado. Si, subiendo á la alta torre que domina el gran patio de la mezquita-catedral, se contempla toda la ciudad y sus campos vecinos, el espectáculo es bello pero triste. Cada objeto es una evocacion. Las murallas, en mucha parte romanas, hacen recordar que Córdoba fué la patria de los dos Sénecas y Lucano,—como lo fué muchos siglos despues de Góngora (que ha servido de modelo á tantos escribidores, que no escritores), de Céspedes, Zambrano y otros hombres notables. Si se observa la catedral, se recuerda á su fundador Abderraman, lo mismo que al reparar en el famoso puente del Guadalquivir, obra del siglo VIII. Y si se tiende la vista sobre la multitud de iglesias y conventos que pueblan la ciudad, y sobre las sombrías arcadas de la Plaza-Mayor, se reconoce el genio español que ha presidido á los destinos del país desde los tiempos de la reconquista en el siglo XIII. Donde quiera algo del sello de cuatro civilizaciones sucesivas modificando mas ó ménos profundamente la fisonomía social. Y con todo, el tipo que predomina es el mas útil, el mas social, el mas industrial: el arábigo,—porque ninguna dominacion fué tan fecunda ni comprendió tan bien las necesidades de la vida como la morisca. Hasta en la vegetacion de Córdoba predomina ese tipo. Hay allí algunas palmeras antiquísimas que son verdaderos monumentos. Una de ellas pasa por haber sido plantada por Almanzor. Los siglos han pasado por encima de sus flotantes penachos, y estos al balancearse murmuran todavía las leyendas de la época oriental.

¡Extraña ciudad para el que observa en su primer viaje las condiciones de la arquitectura y la estrategia morisca! Córdoba es un vasto laberinto de callejuelas estrechísimas, tortuosas, enredadas, tristes, desiertas, empedradas con guijarros y orilladas por casas pintorescas unas y cuajadas de balcones y celosías, otras desmanteladas ó como truncas; y un laberinto de plazuelas mezquinas é irregulares, de iglesias y conventos, de murallones y patios de aspecto desolado, rodeado de jardines y huertos, de escombros y cortijos. Un bello paseo público, una plaza con pretensiones de elegancia, algunas casas de estilo moderno y uno ó dos periódicos,—he ahí lo que en Córdoba da alguna idea de la vida actual.

El tipo de la raza hace un vivo contraste con el de la ciudad. Donde quiera, en la segunda, la soledad, el abandono (excepto en el paseo público de extramuros); en tanto que en la raza se ven la vida, la robustez, la hermosura, el desembarazo y la viveza de imaginacion. Es el mismo tipo sevillano, aunque un poco ménos expansivo y jovial. Fisonomías ardientes y poéticas, pero con un no sé qué de cadencioso en el andar y en las formas y la expresion, de mas árabe, de mas soñador que en Sevilla, donde el movimiento comercial y social ha producido mas sensibles modificaciones. Las mujeres son generalmente bellas, pero de una hermosura algo severa, que seduce sin irritar, que atrae con encanto. La curiosidad y la pereza son bastante generales. No es posible dar un paso en la calle sin que las graciosas caras femeninas y las de las viejas noveleras asomen en las ventanas, las celosías y rejas de fierro, atisbando al forastero que pasa. En los meses de calor, despues de la comida (que se hace generalmente á las dos de la tarde), cada hijo de vecino duerme la siesta, y por cierto no corta. En eso concuerdan las costumbres canonicales de la España católica con las dulzuras de la pereza oriental.

A decir verdad Córdoba no es hoy interesante sino por su agricultura y sus objetos de arte. La industria, que en otro tiempo fué tan considerable, está hoy reducida á algunos tejidos de seda, hilo y lana, muy subalternos pero de estilo bastante gracioso, varias pequeñas fábricas de papel, etc., bellos trabajos de joyería y platería y una preparacion valiosa de aceitunas. La produccion de Córdoba es considerable en frutos agrícolas, especialmente el aceite, los vinos y trigos. La cantidad de aceite que centraliza Córdoba es verdaderamente enorme, y tanto que su trasporte ha sido el objeto principal del ferrocarril que conduce á Sevilla y Cádiz. De cualquier lado que se tiende la vista se ven las montañas vecinas, las llanuras, las vegas y colinas cubiertas de inmensos olivares, viñedos y trigales, pero siempre los primeros en mas vastas proporciones. Casi está por demas el hacer mencion de las numerosas crias de caballos que le han dado tanta reputacion á Córdoba. Los caballos cordobeses merecen sin duda esa fama, en cuanto á su fuerza y valor, su brio y resistencia y la belleza relativa de sus formas; pero en lo general carecen de suavidad de boca, y léjos de ser delgados y de contornos ligeros tienen una redondez que no me parece graciosa.

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Desde luego que, al hablar de los monumentos de Córdoba, su admirable mezquita ó catedral, fundada en 692, ocupa el primer lugar, y casi puede decirse que es todo lo importante allí. El gran puente de diez y seis arcos, sobre el Guadalquivir, no es interesante sino por su antigüedad y su orígen, pues carece de atrevimiento y gusto. El Alcázar está en escombros, quedando apénas los hermosos y vastos jardines bastante abandonados. Los demas objetos curiosos lo son mas bien por obras de arte español que como monumentos moriscos.

La mezquita con sus accesorios ocupa una vasta extension: es un grandioso edificio cuadrado, con diversas fachadas y de singular sencillez en su conjunto. La gran portada morisca del Perdon, cuajada de arabescos y situada bajo la torre de construccion española, da entrada á un espléndido patio claustrado, que pueblan centenares de antiquísimos y corpulentos naranjos. Mide ese patio 100 metros de longitud y 65 de latitud, y en sus claustros ó galerías abundan los relieves y otras curiosidades artísticas. Del patio se penetra á la Mezquita, cuya portada monumental y principal da sobre la calle. Es profunda la impresion que se siente al visitar por primera vez esa mezquita bautizada ó convertida en catedral católica, monumento único en su especie en Europa, admirable en todos sentidos y de una imponente majestad sombría. Ni la Alhambra, ni el Alcázar de Sevilla, ni la Giralda, ni otro monumento de la arquitectura sarracena, revelan en España con tanta energía esa tendencia á lo poético y maravilloso y á lo grande en la sencillez de concepcion y formas, que distinguió las obras de los Moros en la península.

El edificio en su totalidad tiene diez y seis puertas de entrada usual; la mezquita propiamente dicha mide 620 piés de longitud y 440 de latitud. Compónese de un conjunto admirable de naves con calles de columnas cortadas en ángulos rectos, de modo que hay diez y nueve naves longitudinales y veinte y nueve trasversales, produciéndose un asombroso laberinto de columnas que semejan los mástiles equidistantes de un bosque de gruesas palmeras. De ese cruzamiento ó multiplicacion de naves de igual latitud y formas absolutamente armónicas, resultaba un total de 850 columnas, en la época en que el templo era una mezquita. De esas columnas mas de 400 procedieron de Jerusalen, Egipto, Numidia, etc., y son de ricos mármoles de colores y preciosos jaspes; las demas, muy inferiores en calidad, salieron de las canteras de la provincia de Córdoba ó de Granada. ¡Imagínese el maravilloso efecto que produciría esa mezquita llena de moros é iluminada por 400 lámparas que tenia, sin que la vista fuera interrumpida en ninguna direccion, fuese recta ú oblicua!

La trasformacion de la mezquita en catedral le ha hecho perder mucho de su belleza al monumento, porque fué mutilado y adulterado en sus mas grandiosas proporciones. Los altares católicos y capillas construidos en el centro han destruido completamente la inmensa perspectiva de todo el conjunto de naves; han suprimido muchas columnas y naves reemplazándolas con bastiones de malísimo gusto; y han deteriorado por precision los admirables artesonados de la techumbre y los preciosos é innumerables arabescos que adornaban las arcadas en herradura soportadas por las columnas. En su época morisca, el templo tenia en cedro primorosamente trabajado todos los techos de las naves; hoy no son sino de yeso, sin estucos siquiera.

En parte de compensacion, hay en las construcciones exóticas (algunas de ellas completamente imitativas del arte sarraceno) mil preciosidades de escultura en madera y yeso que llaman mucho la atencion. El templo tiene hoy cincuenta y tres capillas laterales, y ademas, en el centro, el coro y diez y nueve altares. Nada mas extraño que el contraste que hacen allí las construcciones del Renacimiento en el centro y al lado de tantas obras del estilo oriental,—no obstante la supresion de los pintorescos azulejos que tanto caracterizan los muros y pavimentos de las construcciones moriscas.

En cuanto á los pormenores, los verdaderos primores del monumento están en tres capillas: la del Koran (que era como el sagrario de los Moros), la de los Reyes (adyacente al coro) y la del Cardenal. La primera es admirable por sus mosáicos primorosos, y contiene entre mil arabescos los símbolos sencillos de la religion mahometana. La de los Reyes, obra de imitacion, contiene maravillas de escultura oriental en sus estucos, su techumbre de yeso y colores á estilo de la Alhambra, y sus arabescos finísimos. La del Cardenal es notable por los bellos cuadros del infatigable y fecundo pintor andaluz Palomino, representando la conquista de Córdoba y el martirio del Santo-patrono, y por dos hermosas Vírgenes debidas al pincel de Torrado.

La impresion que deja ese monumento es profunda y deliciosa. Adentro una floresta de columnas de mármol cruzándose en un laberinto que da la idea de la grandeza y la eternidad en la sencillez de concepcion mas perfecta. Y afuera, en el gran patio, un bosque de naranjos, á cuya sombra murmuran las aguas de las fuentes…. Admirable religion aquella, reducida á la creencia en Dios uno, sin intermediarlos, el espliritualismo en la fe, la nocion del paraíso, y el sentimiento del amor, de la fraternidad y la igualdad,—religion que se revela en una arquitectura de la mas cándida simplicidad! Extraño fenómeno el de una religion que, siendo tan espiritualista, ha conducido a los pueblos orientales á un fatalismo absurdo que destruye la nocion de la libertad y la responsabilidad, y establece la esclavitud y degradacion de la mujer! Pero extraña tambien la persecucion secular que le han declarado á esa religion varias sectas que, llamándose cristianas, ni han sabido ser espiritualistas, ni han renunciado al fatalismo bajo otras apariencias, ni han hecho cosa mayor por la libertad y la dignidad de la mujer!

La mezquita-catedral nos impresionó tan vivamente á mis compañeros de viaje y á mí, que la visitamos cuatro veces. No por eso dejamos de visitar las demás curiosidades de Córdoba. Entre estas es notable la admirable y monumental escalera de mármol, con soberbias molduras, que existe en la Escuela-Pia, casa que fué de los Jesuitas. Viajando en Europa he observado que donde quiera que los Jesuitas han tenido colegios sus alojamientos han sido espléndidos; lo que prueba que su decision por el lujo ha sido hábilmente secundada por una industria bien productiva de inmensas riquezas. Los hijos de Loyola son los mas felices especuladores del mundo.—Tambien llaman la atencion: la capilla del hospital de San Francisco de Asis, la casa del duque de Almodobar, la del conde de Torre-Cabrera, y la torre octógona, morisca, de San Nicolas.

Entre los numerosos establecimientos de caridad que hay en Córdoba, el de San Francisco de Asis es una especialidad curiosa: él no admite sino convalecientes (hasta 150) salidos de los otros hospitales. El principio de la division del trabajo está, pues, aplicado allí á la beneficencia con mucho criterio. El exquisito aseo de aquel hospital hace mucho honor á los que lo habitan. La capilla no es curiosa sino por sus labores de estilo morisco (imitacion); y segun parece es un resto de antiguas construcciones que pertenecieron al palacio de Almanzor.

La torre de San Nicolas no tiene interes, y las casas aristocráticas que he mencionado no llaman la atencion por su exterior, sino por obras de arte interiores,—unas de bella imitacion de lo morisco, otras dé pintura española y curiosidades de museo, y algunas del género tradicional, peculiares á las dos familias. Es de notarse que el duque de Almodobar (marqués de la Puebla) es descendiente del rey Boabdil, cuyo busto se ve en el escudo de armas muy ostentoso del noble andaluz. Acaso no hay un país donde la aristocracia sea tan inofensiva, en lo general, como en España. Los nobles hacen mucha ostentación de sus blasones, pero eso es todo lo que tienen de aristócratas.

Después de visitar lo mas curioso de Córdoba y asistir á las escenas públicas (teatro, paseos, mercados, etc.) que podian iniciarnos algo en las condiciones del tipo social, debíamos continuar la peregrinacion. Mis dos amables y cumplidos amigos franceses debían volverse a Cádiz para ir á visitar algunas ciudades de Portugal. Yo tenia que volver á Madrid y atravesar la Vieja Castilla y el país vascongado. Nos dimos cita para encontrarnos en Burgos ó Bilbao,—cambiamos algunos abrazos muy cordiales, y tomamos direcciones opuestas. La diligencia volvió á servirme de prisión desde Córdoba hasta Madrid, en un trayecto de 350 kilómetros, despues de haber dado la vuelta á las Andalucías. Faltábame conocer el trayecto de Córdoba á Baylen, punto donde se confunden las dos grandes carreteras andaluzas ántes de penetrar en las encrucijadas rocallosas de la Sierra-Morena.

La via sigue constantemente el valle y la direccion del Guadalquivir, por entre numerosos cortijos y vastas plantaciones en que alternan los cereales, las viñas y las hermosas moreras que dan alimento á los gusanos de seda, con los interminables olivares. Donde quiera, en un grandioso horizonte limitado por las sierras Morena y Nevada, se desarrollan bellísimos paisajes, ora en las montañas escalonadas y los cordones de colinas suaves, ora en vastas llanuras y en las ramblas y quiebras ondulosas que se producen hacia el Guadalquivir. Cerca de la venta de Alcolea se atraviesa el rio por un inmenso y magnífico puente de piedra y mármol negro, de diez y seis arcos, obra monumental de mucho mérito, debida si no me equivoco, á Cárlos III.

Aunque todo el país se ve completamente cultivado y bellísimo, y de trecho en trecho se ven ricas dehesas pobladas de rebaños, nada llama tanto la atencion en esa fertilísima comarca como los olivares, verdaderamente prodigiosos. Se andan leguas y leguas y la carretera cruza siempre por en medio de plantaciones de ese género que parecen infinitas. Muchos son los propietarios que allí poseen veinticinco, cuarenta, cincuenta mil y aún ochenta ó cien mil olivos, lo que representa valores muy fuertes, puesto que cada árbol que fructifica vale tres duros por lo menos. A eso se agrega que, antes de la época en que la planta comienza a producir, se cultiva con viñas ó cereales el terreno intermediario en las inmensas calles de olivos. Es inexplicable el abandono con que en Colombia se ha descuidado la aclimatación de ese árbol (en los terrenos de una temperatura média de 28 grados centígrados) que ofrecería excelentes resultados. El olivo es un árbol muy resistente y que produce su fruto durante muchos años. En Colombia, donde la tierra es tan barata y exuberante, hay ménos inconveniente en esperar durante algunos años que la fructificación comience, tanto mas cuanto que el terreno podría ser aprovechado entre tanto con el cultivo intermediario del tabaco, las legumbres, tal vez el algodon, etc.

En el tránsito de Córdoba á Baylen se ven todas las montañas vecinas (estribos de la Sierra-Morena) completamente cubiertas de bosques hasta una grande altura y en inmensa extension. El viajero se siente muy sorprendido al saber que aquellos bosques interminables—monótonos y tristes pero de gran valor—no son otra cosa que olivares. Las Sierras de Córdoba son un mar de verdura gris sobre otro mar de mármol y granito. En el espacio de 100 kilómetros que media entre Córdoba y Baylen no hay sino tres poblaciones ó villas: primero Pedro-Abad, á poca distancia del Guadalquivir, con mas de 2,200 habitantes, agricultores y pastores, que viven dulcemente en amistad con las ovejas, los bellos potros y los gusanos de seda;—después Villa-del-Rio (que cuenta 3,400 almas), pueblo no solo agricultor sino fabricante, pues hace tejidos de paños burdos y mantas y sargas de uso popular, situado graciosamente en las faldas de algunas colinas y á orillas del Guadalquivir;—y por último, Andújar (que tiene el título de ciudad), poblacion muy risueña y activa, con mas de 14,000 vecinos, y perteneciente á la provincia de Jaen.

Un antiquísimo y largo puente de mampostería, de quince arcos, muy descuidado, da acceso á la ciudad de Andújar, situada á la márgen derecha del Guadalquivir, en el centro de una hermosa y fertilísima llanura toda cultivada. Algun esmero en la conservacion de las arboledas y los huertos cercanos indica un cierto grado de progreso en los vecinos. Andújar no es solo un centro agrícola importante: es tambien una ciudad industriosa, con numerosas fábricas de loza y muchos otros artículos notables, así como telares de paños burdos, llamados estameñas y sayales, que sirven para el vestido común.

Al salir de Andújar la via se va alejando del Guadalquivir y aproximándose mas á los bajos cordones de colinas y cerros que se desprenden de los estribos de la serranía. Poco á poco el terreno se hace mas onduloso y quebrado, hasta comenzar en Baylen la subida para cortar la Sierra-Morena. Las Andalucías terminaban para mí, y al dejar ese país de fecundos recuerdos, de actividad y pasiones ardientes, de amor, de arte, de poesía y de costumbres tan especiales y encantadoras, sentí una positiva tristeza, como si al salir de la Sierra-Morena hubiese de dejar de sentir las palpitaciones del corazon de España.

Mas adelante, al resumir mis impresiones de viaje por la península, diré lo que pienso de las Andalucías en general. Por ahora sigamos nuestra ruta, pasemos por Madrid, y si el lector tiene la bondad de seguirme, penetremos en la Vieja Castilla.

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