SEXTA PARTE.
DE MADRID A PARIS

* * * * *

CAPITULO I.

* * * * *

EL ESCORIAL.

La cuesta del Guadarrama.—Lo que vale un Real-sitio.—El ciego Cornelio.—San Lorenzo.—La Casa del Príncipe.—Algunas reflexiones.—Una escena de costumbres castellanas.

Despues de una segunda y muy corta residencia en Madrid, aprovechada en observaciones importantes, debia volverme á Paris por la via de Burdeos, recorriendo de paso lo mas importante del nor-oeste de España. La vía directa hácia Valladolid era la mas natural; pero debia aprovecharla con una ligera desviacion, á fin de visitar el Escorial, monumento que los Españoles han denominado la octava maravilla, titulo sobre cuya justicia no quiero disputar con ellos.

La gran carretera que comunica á Madrid con las provincias situadas al occidente-norte de la Sierra de Guadarrama, baja por el pié del Palacio-Real, monumento que, si de cerca no me pareció de mucho gusto, tiene de léjos una majestad incuestionable. Madrid quedaba atrás asentada sobre sus colinas desnudas, y la diligencia rodaba por la márgen derecha del Manzanares, riachuelo que se ha hecho célebre en 1859 por un escandaloso proceso ministerial, que solo ha servido para hacer comprender á los Españoles que el código penal no alcanza en su país hasta las regiones del poder, sea presente ó pretérito.

A la izquierda íbamos viendo (yo iba en compañía de tres jóvenes Peruanos que deseaban también visitar el Escorial)—íbamos viendo, digo, un inmenso parque perteneciente al marido de la reina, llamado el Pardo, que hacia vivo contraste con la desolacion de los demas terrenos que rodean á Madrid. Al mismo tiempo teniamos á la derecha (en las márgenes del Manzanares, sombreadas por larguísimas hileras de árboles corpulentos que terminan los jardines del palacio), un curioso espectáculo. Centenares de lavanderas, ó acaso mas de mil, estaban establecidas allí, levando ropa en las orillas, entre hileras y laberintos de estacas, perchas, ranchos de forma primitiva y construcciones de piedra y madera á estilo de embarcaderos ó muelles, destinadas á favorecer todos los trabajos de aquellas pobres gentes. Una multitud de pequeños canales, semejantes á los de irrigacion, sirven para distribuir y mantener ó hacer salir las aguas en todos los lavaderos que no están situados sobre las orillas mismas del riachuelo.

La vista de aquella escena me interesó, haciéndome reconciliar un poquito con esa casa reinante que tiene monopolizados para el placer los sitios mejores, y que se olvida casi totalmente del pueblo, en tanto que aloja en un palacio sus mulas reales y sus caballos de sangre azul. En efecto, las lavanderas de Madrid gozan de la proteccion especial de la reina, y es ella quien ha costeado los rústicos aparatos ó lavaderos donde ganan la vida esas pobres mujeres, trabajando al sol y á la intemperie. Aquello vale bien poco, pero al ménos es de aplaudirse la intencion.

A medida que la diligencia va subiendo las faldas de la serranía, el paisaje toma un aspecto mas y mas severo, melancólico y desolado. Donde quiera lomas escarpadas, sin vegetacion ninguna, enormes peñascos graniticos, de tinta oscura, campos desiertos y sumamente accidentados,—ausencia de poblacion, de cultivo y de vida. Todo aquel país tiene mucha semejanza en su aspecto general (aunque no en las especies de sus malezas ni en su estructura geológica) con las altas regiones llamadas páramos, tan tristemente hermosas en las cordilleras de los Andes. Apénas llamaban la atencion algunas canteras de piedra y los trabajos de nivelacion que se hacian para el ferrocarril del Norte, que debe ligar á Madrid con Bayona, pasando por el Escorial, Valladolid, Búrgos é Irun. Fuera de Madrid no se ve sino el desierto: un mar de rocas,—la soledad y el abandono.

Así, apénas merecen mencion los cuatro pueblos miserables que median entre el del Escorial-de-arriba y Madrid (Aravaca, Rosas, Galapagar y Escorial-de-abajo) con una poblacion total de 1,500 habitantes. El Escorial-de-arriba, término de la via en diligencia, contiguo al Real sitio de San Lorenzo, apénas cuenta 1,510 vecinos que, vegetando en la mayor pobreza, solo pueden rumiar lo que les dejan los viajeros y curiosos que van á visitar la famosa obra de Felipe II. Si las cercanías de aquel pueblo son bellísimas y el aspecto exterior de los edificios (todos de muros de granito) ofrece una engañosa apariencia de bienestar, la realidad es bien triste y el contraste irritante.

Aquellos 1,500 vecinos viven en la mayor pobreza, sin un rincon de tierra que cultivar, sin hallar siquiera donde recoger alguna leña para su hogar. Aires purísimos, inmensas canteras graníticas sin valor y aguas deliciosas y abundantes,—he ahí todo lo que tienen á su disposición aquellos contempladores de la grandeza real. Pero como hasta ahora no se ha demostrado la posibilidad de que ningun cuerpo viviente se mantenga con aire, agua y rocas graniticas, resulta que los vecinos de la «Octava maravilla» viven poco mas ó ménos muertos de hambre, sin que les valga la protección de San Lorenzo. Decididamente un real sitio es una mala vecindad en España.

Lo que allí se llama el «Real sitio do San Lorenzo» es en verdad un paraíso,—un oásis encantador de verdura, corrientes bulliciosas, lustrosos rebaños y primores, en medio de una vastísima soledad de peñascos y lomas estériles. Los parques y las dehesas del Escorial tienen una frescura que arrebata al viajero, encantado con la contemplacion del panorama que se desarrolla á sus piés, hácia Madrid, por las faldas ondulosas ó abruptas de la Sierra de Guadarrama. Todo lo que puede ser cultivable ó aprovechable de algun modo en aquellas eminencias; pertenece á la casa real. Lo demas á los vecinos de los dos Escoriales, tan bien librados los unos como los otros.

Así como las fronteras nacionales tienen sus jefes de aduana sin cuyo pase no es posible entrar, el real sitio de San Lorenzo posee un interesante personaje (nada antipático por cierto) sin cuya compañía es de todo punto inútil, si no imposible, visitar los monumentos, los jardines y demas bellezas del lugar. Ese personaje es un ciego, llamado Cornelio, de reputacion mas que europea, anciano muy bondadoso y atento y de una memoria prodigiosa apesar de sus setenta y seis años. Cornelio es el guia ó cicerone obligado de todo el que visita el palacio del Escorial. El siglo XIX lo encontró ya privado de la vista, y durante cincuenta ó mas años el pobre ciego ha recorrido por lo ménos quince mil veces todos los claustros, salones, galerías, escaleras y patios del inmenso edificio, y relatado dia por dia los mismos hechos y las mismas cosas á centenas de miles de curiosos visitadores. Él ha conversado con los reyes y príncipes, los generales y diplomáticos, los sabios y eruditos, los artistas y estudiantes, los viajeros de todas clases y de todos los paises civilizados. Cornelio ha servido de guia á Prescott y Washington Irving, á Victor Hugo y Alejandro Dumas y á personajes innumerables.

Aquel anciano singular es una enciclopedia en su género. Tiene tan prodigiosamente desarrollada la memoria, como el tacto y el oido (á virtud del hábito y de la falta de la vista), que conoce muchas veces las nacionalidades por el acento, aún respecto de razas muy lejanas y heterogéneas,—porque recuerda cómo hablaban el Ruso tal y el Griego cual, este Americano y aquel Escandinavo ó Aleman, mucho tiempo ántes. Inmediatamente que supo mi orígen, me preguntó por todos los Colombianos que habian visitado el Escorial, y muy particularmente por el señor José Ignacio París, el colonel Joaquín Acosta Y otros sujetos muy notables que no existen.

Cornelio tomó un baston y echó á andar con el mayor desembarazo en direccion al palacio y convento del Escorial, situados en una eminencia que domina todo el panorama. Cárlos V legó á Felipe II el encargo de consagrar la memoria de la batalla de San Quintín por medio de un monumento que, bajo la advocacion de San Lorenzo, sirviese de mausoleo á los restos del emperador-fraile que tanto conmoviera al mundo. Felipe II encomendó la obra á los famosos arquitectos Juan de Herrera y Juan Bautista de Toledo, y, á fuer de rey piadoso, quiso que no solo se construyese un palacio admirable, sino tambien un esplendido convento y una iglesia maravillosa. Para hacer mas vivo el recuerdo de San Lorenzo se dió á esos monumentos la forma general de una parrilla, símbolo del suplicio del Santo.

Supongo que el lector no se prometerá la descripcion detallada de ese colosal monumento, repleto de primores artísticos, tarea que exigiría un grueso volúmen y sólidos conocimientos de arte. No me es posible detenerme sino en algunos de los rasgos mas salientes. Para que se tenga una idea general baste saber que el edificio en masa, comenzado en 1563 y terminado en 1584, y que dió ocupacion á los mas eminentes artistas de la época, es integramente de granito, constituyendo una mole inmensa y formidable dividida en varios cuerpos. El palacio, que hace frente á tres grandes edificios accesorios (construidos para el servicio de los ministerios cuando la Corte residia allí), se comunica con ellos por medio de un estupendo subterráneo, que por sí solo es una obra de gran mérito.

El palacio propiamente dicho tiene: 16 patios, 9 torres, 76 fuentes, 80 escaleras y 10,032 puertas y ventanas, de las cuales 1,110 exteriores. El patio principal está dominado por la gran fachada que mide 744 piés de longitud, formándose allí una gran plazuela cuadrilonga; miéntras que por la fachada del sur el otro patio mide 580 piés. Esa fachada (llamada de los Reyes) es por sí sola un monumento admirable. Aparte de sus obras de arquitectura, llaman allí la atención las estatuas de San Lorenzo y los reyes bíblicos (David, Salomón, Isaías, Josafat, Ezequiel y Manasías), cuyas cabezas y manos son de mármol blanco de Carrara, los cetros y coronas de bronce dorado y los cuerpos de granito. Cada una de las siete estatuas, de un bello trabajo, tiene 8 piés de altura, y todas ellas salieron de un solo trozo de granito, sobrando bastante material aún. Por eso el escultor (Bautista Mornedro) hizo escribir en la portada estos versos macarrónicos alusivos á la bienaventurada piedra:

«Dichoso canto
Que dísteis
Para seis reyes y un santo,
Y sobró para otro tanto.»

El conjunto del edificio corresponde en lo general á los órdenes jónico y dórico, aunque en la fachada de los Reyes y el altar mayor de la iglesia están combinados los cuatro órdenes de la arquitectura del Renacimiento. La iglesia es, en pequeño, una primorosa imitacion de San Pedro de Roma, con un lujo de ornamentacion que sorprende y seduce, y mil trabajos de escultura y pintura que arrebatan y embelesan sucesivamente. Hay allí frescos deliciosos que le dan al recinto un no sé qué de celestial y sublime, impresionando profundamente. Compónese la iglesia de tres naves, en un conjunto de forma casi cuadrada, dominándolo una soberbia cúpula, y terminándolo un coro alto que sé prolonga en una galeria circular hasta rodear el altar mayor. El cimborrio tiene la considerable altura total de 351 piés, rematando en una cruz de bronce de 913 kilógramos de peso, que reposa en una enorme bola de bronce dorado tambien, con 7 piés de diámetro y 1,662 kilógramos de peso. Todo en este monumento tiene las proporciones de lo colosal y suntuoso. Ademas de los 42 bellos altares de la circunferencia, cada uno de los cuales está cuajado de obras maestras de arte, el altar mayor, todo de bronce dorado al fuego, es de una magnificencia y finura prodigiosas.

La Biblioteca es una de las joyas mas valiosas del Escorial. Ademas de sus interesantes colecciones de libros (que exceden de 40,000 volúmenes) contiene como 10,000 manuscritos, algunos de ellos preciosísimos por su especialidad ó por sus obras de arte. Son muy notables: un Koran tomado al sultan de Marruecos por D. Pedro de Lara;—un Devocionario de Felipe II, en hojas de pergamino;—otro de Isabel la Católica, en papel vitela, y un Códice aleman (de Espira) que contiene los cuatro Evangelios, todos admirables como obras de caligrafia y miniatura, en que se revelan al mismo tiempo una increible paciencia y una maravillosa habilidad y finura de pincel y pluma. Toda la techumbre de la Biblioteca contiene bellos frescos, y de los muros penden algunos retratos históricos muy estimables.

Si la techada principal, la iglesia y la Biblioteca tienen mil preciosidades, la grande escalera del palacio es un famoso monumento, notablemente por los gigantescos frescos históricos que representan la batalla de San Quintin en Francia y los personajes mas importantes del Escorial, como Cárlos V, Felipe II, etc. Un asombroso laberinto de escaleras, galerías y salones, en que sería fácil perderse, permite llegar al fin á los departamentos reales ó del Palacio propiamente dicho. Allí cada salon y cada aposento es un museo, donde se ha reunido cuanto el arte puede haber producido de mas bello, delicado y primoroso en España, desde la época en que el monumento fué construido, ya en materia de pintura y escultura, ya en cuanto á tejidos artísticos (tapicería), dorados, ebanistería, cerrajería, etc.

Así, las piezas corresponden á cuatro clasificaciones generales: unas que son galerías de pinturas; otras que ostentan principalmente sus tapicerías superiores; otras notables solamente por sus frescos; y otras en fin (especialmente los aposentos de la reina) donde se admiran mil primores en madera, marfil, nácar y metal, en los muebles finísimos, las puertas y ventanas, los pavimentos, etc. Es incalculable el valor de tantas maravillas, cuya sola mencion exigiría muchísimas páginas, sin hacer resaltar por eso lo que hay de admirable en tantas obras de arte. No se sabe qué apreciar mas entre tantos cuadros de Rafael, Parmesiano, Reni, Murillo, Ribera, Cano, etc., tantas preciosas tapicerías flamencas pintadas por David Teniers, ó por Goya, nacionales; tantos tesoros de ebanistería; tantas riquezas en frescos superiores y prodigios de todas clases. La sala de las Batallas, cuyos enormes frescos (pintados por Granelli y Fabricio) carecen absolutamente de perspectiva, son sinembargo muy interesantes por su asombrosa variedad y riqueza de detalles y figuras, que trazan la historia de las batallas de D. Juan II de Castilla contra los Moros de Granada, y de Felipe II contra los Franceses en la ciudad de San Quintin y otras de Francia.

Para que se tenga una idea de la inmensidad de riquezas consumidas en la ornamentacion del Escorial, me bastará indicar un hecho. Las cuatro pequeñas piezas llamadas «aposentos de la reina», repletas de filigranas de todo género, mesas de pórfido, oro, nácar, carei, etc., y cuyos muros están cubiertos de tela de razo bordado de oro, han costado 28 millones de reales de vellon (1,400,000 pesos fuertes) en lo relativo al ornato nomas. No sería exagerado calcular que todos los objetos de arte (arquitectura, pintura, jardinería, etc., etc.) que constituyen el material del real sitio de San Lorenzo, han hecho consumir por lo ménos 250 millones de pesos fuertes. Los reales sitios son las vorágines profundas del tesoro español.

Durante muchos años el Escorial ha estado casi completamente desierto, aunque no descuidado, en los meses en que la Corte no reside allí,—gracias á la supresion de los conventos. Pero recientemente la piadosísima reina (que desea con ardor tener contento á Dios) ha restablecido el convento, á despecho de la ley, de un modo indirecto, mediante una comunidad, muy curiosa y original, de clérigos seculares sometidos á una regla que, segun las malas lenguas, tiene íntimo parentesco con la de San Ignacio de Loyola. Esa comunidad disimulada diz que tiene por objeto el cuidado de la biblioteca y de todos los primores del edificio. Nada hay que extrañar en la piadosa maniobra de la reina, puesto que su primer ministro, el Mariscal O'Donnell, le ha dado el ejemplo de un buen sistema, declarando á las Cámaras que su Ministerio no moriría de empacho de legalidad.

El panorama que se registra desde los balcones del palacio, mirando hácia abajo, es bellísimo. La vista abarca todas las faldas de la Sierra, cuyas crestas coronadas de nieve brillan magníficamente; reposa con placer sobre los hermosos bosques y prados del inmenso parque, y se deleita en la contemplacion de los lindos jardines y las espléndidas alamedas que circuyen la casa del Príncipe, como de los suntuosos patios y terrazas del pié del palacio, cuyas fuentes arrojan graciosamente sus aguas saltadoras entre grupos de arrayanes artísticamente cultivados. Aquel horizonte es de una poesía triste y solemne en lo lejano,—deliciosa y risueña en los cuadros de verdura y trabajos de arte mas inmediatos.

La segunda maravilla del Escorial es la casa del Príncipe, encantadora quinta ó palacio campestre á donde se baja por una grandiosa alameda, entre parques suntuosos, sombríos y ricos en flores y perfumes. Ese edificio, cuyas formas son graciosísimas, es un museo de incomparable valor, desde la entrada hasta los mas recónditos aposentos. Es indecible lo que hay allí de tesoros en pinturas (de todas las escuelas del mundo y con mucha abundancia de obras maestras), en esculturas de todos estilos,—ya en mármol, ya en marfil, pasta de arroz, carey, nácar, etc.,—en tapicerías y trabajos de ebanistería, bordados, doradura, etc. Un artista podría vivir años en aquel santuario de primores, sin cansarse nunca, sino al contrario deleitándose con la suprema embriaguez de la admiracion. No hay un artista eminente de cuantos han brillado en el mundo en los últimos ocho siglos, que no tenga allí su representante. Asi, puede decirse que si el Escorial es admirable, sobre todo por su grandeza, la Casa del Príncipe le sobrepuja en muchos de los mas delicados objetos de arte.

La contemplacion de todas esas maravillas me sugirió algunas reflexiones penosas respecto de España y aún de la civilizacion en general. La península española es, sin disputa, despues de la italiana, el país mas rico en monumentos y objetos preciosos de bellas artes, pero es tambien uno de los mas profundamente atrasados (en Europa) en esa labor vigorosa de la civilizacion que se refiere al desarrollo del bienestar social. Su industria es á sus museos lo que su literatura científica á su amena literatura. Pocos pueblos han hecho tan hermosos versos y con tanta abundancia como el español; pero pocos están tan atrasados como él en el conocimiento de las ciencias físicas y matemáticas, morales y políticas. Así, donde quiera resalta en España el vivo contraste de un inmenso adelanto artístico, ya pretérito, y un lamentable atraso presente, en la agricultura, las fábricas, el comercio, las ciencias, las artes mas comunes, las comunicaciones, el gusto, las costumbres, etc.

¿Cambiará en breve esa situacion?

Todo lo hace esperar, puesto que los ferrocarriles y telégrafos, los bancos y sociedades de crédito, y muchas otras nuevas empresas están produciendo excelentes resultados, en reducida escala, y van trasformando la faz social del pais.

La España comprenderá que los museos y todas las maravillas de arte no pueden tener importancia sino como lujo ó refinamiento de la civilizacion, debiéndose pensar primero en los trabajos que aseguran la prosperidad económica, intelectual y política. Antes de fabricar los adornos de la casa conviene hacer la casa misma, sólida, barata y cómoda.

* * * * *

Un pobre vecino del Escorial se encargó de conducirme por una ruta trasversal al pequeño pueblo de Guadarrama, miserable caserío de 380 vecinos, á fin de tomar allí la diligencia que gira de Madrid á Valladolid. El buen hombre me atavió un troton mas duro que las piedras, que cargó conmigo con la mejor voluntad de que es capaz un rocin; y por su parte se echó á andar á buen paso, caballero en una yegua de humor apacible y dócil, encajado entre las maletas y el baúl que componian mi modesto equipaje.

El tal castellano-nuevo, sencillo, honradote, pero con ciertas puntas de malicia epigramática que distinguen mucho al español casi en todas las provincias, me hizo no solo tolerables sino agradables las tres horas del trayecto, siguiendo una hermosa pero inútil carretera que costea las eminencias y ásperas lomas de la falda oriental de la Sierra. Contóme de cabo á rabo todas las crónicas municipales de su vecindario, las disputas permanentes del Ayuntamiento y los vecinos con los administradores del real sitio, las miserias de los habitantes, su modo de vivir y sus alegrías en las épocas en que la Corte reside en San Lorenzo. Esta cronista, hablando sin amargura y con honrada sencillez, hacia, sin pensarlo, la acusacion de todo un pueblo contra sus gobernantes. La voz de aquel rústico labriego, resonando en los peñascos escarpados, en la oscuridad y en el silencio de la noche, me impresionaba profundamente, haciéndome reflexionar en el inmenso y secular drama de la civilizacion cuyas escenas, aunque infinitamente variadas en la forma, presentan en definitiva el mismo espectáculo de lucha: pueblos víctimas, y soberanos victimarios de una manera ú otra….

Eran las diez y media de la noche cuando me apeaba pidiendo la hospitalidad en una de las posadas principales del puerto de Guadarrama, punto donde se produce la mas profunda abra de la serranía para dar paso entre las dos Castillas. Hube de pasar por la cocina para poder penetrar hasta mi dormitorio. Molido por el troton y casi aterido de frio, quise esperar el sueño en un rincon de la cocina, donde al derredor de un gran fogon estaban agrupados cinco ó seis castellanos departiendo sobre las cosas del dia mas importantes para ellos. Caras curtidas por el sol y el viento, severas pero simpáticas, de ojos inteligentes, expresivos y un poco burlones; un acento mesurado y sonoro, y de correcta pronunciacion en lo general, y un aire de benevolencia y honradez, distinguian á esos rústicos hijos de la Vieja Castilla. Sus pantalones cortos, ligados á las polainas muy modestas, en dos de ellos, haciendo juego con la chaqueta de paño burdo y el sombrero de anchas alas, armonizaban con el vestido de los otros, casi totalmente cubierto por el sayal ó manta de lana parda ó amarillenta.

Cuando me acerqué al grupo campechano se discutia sobre alimentacion, y las opiniones eran unánimes en condenar las papas (que en España llaman patatas) como indignas de la especie humana. Efectivamente, en todo el país las papas son miradas generalmente con tal desprecio que tienen su aplicación preferente en la ceba de los cerdos.

El pan, las habas, las judías (ó frisoles), el tocino y sobre todo los garbanzos, constituyen la base general de la alimentacion popular. El vino tiene un consumo relativamente muy reducido. Acaso el pueblo español es el mas frugal de los de Europa, alimentándose principalmente con legumbres y granos. De seguro que es el primero en sobriedad.

La conversacion rodó luego sobre los ferrocarriles, y fué entónces cuando me interesó mas, probándome el buen sentido de aquellos labriegos. Uno de ellos, que por mucha fortuna había ido á la Corte recientemente (la Corte es el nombre enfático de Madrid), contaba que se había embarcado en la máquina, para ir hasta Valdemoro á una diligencia.

—Vamos, ¿y es cosa de quedarse uno pasmao, como cuentan? preguntó uno de los departidores.

—Ca, hombre! si aquello es lo que hay que ver, respondió el viajero feliz.—¡Qué correteo de máquina, por Cristo!

—¿Y asusta el embarcarse?

—Pues ya! Al comenzar la carrera da resoplidos y jumea como un horno encendido; pero luego es el gusto. No es mas que abrir y cerrar un ojo, y héteme Usté al fin del viaje.—Eso es como cosa de encantamiento.

—Pues ni mas ni ménos. Barato y ligero, como quien vuela.

—Diantre! que no tengamos otro igual por estos cerros de Dios!

—Ya vendrá, que lo están haciendo de Madrid á Francia, y la máquina nos pasará por entre las barbas, como, quien dice.

—Pues no les arriendo las ganancias á los posaderos y muleteros. El mayoral de la otra casa sé hará sacristan si quiere yantar judías y buen tocino.

—Quién dijo tal! Usté no entiende el cuento.

—Pero si todo pasará tan de ligero, quién se ha de apear en Guadarrama!

—Ca! que se está Usté diciendo! ¿Pues no considera Usté que nos lloverán los franceses como granizo y pasará gente como pájaros? Y luego, échele Usté trigo á la tierra y saldrá la harina de Castilla hasta por los ojos; que en habiendo caminos todo será barato y bueno, y andaremos mas á priesa.

—A lo ménos eso dicen los que lo entienden en la Corte, y así me lo pienso yo tambien cuando recapacito en mi viaje de Madrid á Valdemoro, que fué cosa de media hora.

—¿Y qué espera el Gobernador que no nos echa un camino de esos para cada atajo?

—Pues si diz que no hay con qué.

—Ca! qué me cuenta Usté! Y las pesetas que nos tira el Estao? Y los estancos y las loterías? La pecunia les sobra, y no les falta á los mandones sino la buena volunta.

Por ese estilo continuó la conversacion durante mas de una hora, y he procurado trascribirla tan fielmente como la recuerdo, sin agregarle nada (pero suprimiendo ciertas interjecciones), no porque el asunto sea chistoso ni importante como una manifestacion de costumbres castellanas, sino por su significacion. Aquellos labriegos ignorantes pero de muy buen sentido, me daban en cierto modo la clave de la sociedad española. Con muy clara inteligencia comprendían perfectamente el interes del progreso en las comunicaciones, adivinando el fenómeno de la armonía en virtud del cual un adelanto engendra otros muchos. Al mismo tiempo acusaban al Gobierno, ó le atribuian instintivamente la responsabilidad por la falta do esos ferrocarriles que admiraban sin conocerlos.

Yo reflexionaba al oírlos en la falsedad del sofisma de la raza, que ha hecho tan vulgar la opinion de que los Españoles no progresan sino muy lentamente ó permanecen en mucho estacionarios, por una incapacidad proveniente de su pereza genial. Y al mismo tiempo veia la consecuencia lógica del espíritu reglamentario, en esa disposicion que tienen los pueblos á imputar la causa de su pobreza y todos sus males á los gobernantes. El pueblo español no es perezoso por carácter. Es que las instituciones de muchos siglos, privándolo de su personalidad, le han hecho perder todo hábito y aún todo instinto de iniciativa. Hoy es un pueblo de fuerzas pasivas, latentes (pero muy elásticas en el fondo) que necesita de impulso para todo progreso, pero que al recibirlo hará cuanto otros pueblos sean capaces de hacer. Mas esa impulsion no deberá salir del gobierno para ser fecunda, porque la reglamentacion la neutralizaría. Es la libertad en todos sentidos, y muy especialmente en lo económico y político, la fuerza que puede vivificar y engrandecer á la sociedad española.

¡Cuántos hombres de Estado aceptarían resueltamente las doctrinas liberales, si escuchasen las conversaciones de la muchedumbre ignorante pero certera en sus instintos! Ella ve que el gobierno es todo, lo abarca todo y lo hace todo ó lo prohibe. Y la lógica mas elemental le hace comprender al pueblo que lo que se deja de hacer, ó está mal hecho, en cualquier asunto de interes social, tiene que ser atribuido á la incapacidad, la malevolencia, el egoísmo ó la avaricia del mismo gobierno.

Confieso que los seis ó siete labriegos castellanos me hicieron el servicio, sin intencion, dé enseñarme algunas verdades ó confirmarme en ellas. El sueño me venció miéntras pensaba en el inmenso porvenir que le está reservado á la España progresista y demócrata.

* * * * *