CAPITULO II.
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LA VIEJA CASTILLA.
Un cura en diligencia.—Las llanuras castellanas.—Un poco de diplomacia.—La provincia de Valladolid.—La capital; sus monumentos, curiosidades, costumbres é industrias.
Comenzaba á despuntar la aurora, extendiendo su vaga claridad sobre las cimas escarpadas y cubiertas de manchas de nieve de la Sierra de Guadarrama, cuando me llamaron á tomar asiento en la diligencia que debia conducirme á Valladolid. Habíame tocado el número 3º (único que estaba disponible) en el compartimiento que tiene el nombre aristocrático de berlina. Los asientos de los rincones (los ménos incómodos en todo caso) tenian por poseedores actuales dos personas de distinto sexo entre las cuales debia yo instalarme como mediador. La femenina se hallaba en la diligencia cuando entré, y me contestó con la gracia circunspecta que distingue á las castellanas, el atento saludo que le hice al instalarme á su lado.
Era por cierto una de esas mujeres que entre los Españoles merecen el calificativo muy honorífico de guapas mozas, aplicado frecuentemente á la reina para expresar la idea del garbo y de la distincion en el porte. Alta, elegante y bien formada, con una tez blanca y fina, ojos negros y severos, cejas finamente arqueadas; mirada sincera y bondadosa, y una expresion que reunía las señales de la reserva y la amabilidad sin oposicion alguna. Parecia tener unos veinticuatro años, y su vestido indicaba comodidad ó algo mas que medianía de recursos.
El compañero masculino me pareció ser un bulto que se hallaba envuelto en una ancha capa á algunos pasos de la diligencia, paseándose con abandono como si solo quisiese desentumir sus músculos un poco. El mayoral anunció la partida, y el bulto se apresuró á entrar á su rincón, sentándose á mi derecha. Al verme, mi aspecto juvenil le causó tan evidente desagrado, que no pudo reprimir un sordo gruñido, por via de contestación á mi saludo. Era un nombre de regular estatura, de mirada fria y austera, bien avanzado en edad y con la barba enteramente rapada. Un instinto secreto, que no acierto á explicarme pero que no me engaña nunca, me hizo sospechar que mi vecino tenia algun parentesco con la Iglesia. Sentí no sé qué olor de sacristía, y me propuse saber si mi impresión se confirmaba.
La diligencia rodaba á toda priesa, y como yo habia dormido, en vez de sueño sentia un vivísimo placer al aspirar el aire de la mañana, en medio de las colinas que van descendiendo como estribos de la serranía para disiparse al fin en las vastas llanuras de la Vieja Castilla. Pero el vecino tenia un sueño mortal, por haber pasado la noche en diligencia, y la vecina, que no parecia tenerlo igualmente, lo aparentaba; de modo que guardábamos completo silencio, con indiferencia recíproca en apariencia.
El vecino acabó por dormirse, pero algunos minutos despues la vecina hizo algun ruido al estirar una pierna, y el buen hombre se despertó sobresaltado y nos lanzó una mirada escrutadora en cuyo relámpago alcancé á ver un pensamiento de desconfianza. Al mismo tiempo, su brusco movimiento le hizo entreabrir la capa, y pude ver un cuello de raso bordado, distintivo del sacerdote. Desde aquel momento comprendí lo que había, tanto mas cuanto que, al mirar con impasibilidad á la silenciosa vecina, noté que bajaba los ojos con algun embarazo. Parece que ámbos adivinaron mi sospecha, porque inmediatamente el dormilon sobresaltado dijo, como queriendo explicar la situacion:
—Sobrina, ¿no tienes sueño?
—No, tio, respondió la vecina.
—Pues yo no puedo tenerme; pero esta diligencia que salta como una cabra no me deja dormir.
—¡Y qué remedio, tio!
—Este caballero, añadió dirigiéndose á mí, debe de estar muy incómodo….
—Oh, no Señor. He pasado la noche en una posada y no necesito ya dormir.
—Verdad; pero ya ve Usté, ese asiento del medio es tan desagradable….
—¡Bah! le repuse, no es cosa de impacientarse. Y al cabo, un solo dia de camino se pasa de cualquier modo.
—¡Hola! va U. de largo? me dijo con interes disimulado.
—Hasta Valladolid.
—Pues nosotros tambien.
—Mucho lo celebro.
—Gracias, Señor, respondieron á una.
—¿Y…la señorita sobrina de U. no se fatiga mucho en diligencia?
—Algo, es verdad; pero el viaje distrae siempre, y la paciencia hace lo demas, dijo la hermosa castellana.
Despues de ese corto diálogo insignificante, parecióme estar autorizado para seguir la conversacion.
Era preciso matar el tiempo, y ademas el carácter evidentemente zeloso de mi vecino me tentaba mucho á divertirme un poco y observar el corazon humano en diligencia, Poco á poco fuí llevando la conversacion hácia la discusion de los diversos tipos de mujeres en España, y cuando el buen tio parecia estar en ascuas á causa de mis elogios entusiastas en favor de las castellanas, me puse á tocarle su cuerda con preguntas sobre la situacion del clero en España.
En breve comenzaron las lamentaciones acerca de los progresos de la irreligion, fruto de los libros franceses; de la pobreza en que vivia el clero en España, especialmente el subalterno; del abandono en que se hallaban en casi todas las ciudades las iglesias, muchas arruinadas, y de todo lo que suministra materia á las conversaciones de un cura en todo país romano. Ello es que á poco rato, apesar de su tonta desconfianza, el tio comenzó á humanizarse y aún mostrarme alguna consideración, quizas en atencion al interes que yo le manifestaba por la independencia y el bienestar del bajo clero y por la prosperidad general de España. La sobrina, por su parte, parecia estar contenta de mis opiniones y gustos en cuanto á las españolas, y al fin quedamos muy amigotes, aunque de cuando en cuando sentia yo que por encima de mi nuca le echaba el tio á la sobrina las miradas mas paternales, pero siempre escrutadoras en el fondo.
La diligencia hubo de hacer un alto para remudar el tiro, y yo me apresuré á bajar para dejar algun respiro al atribulado párroco, que parecia mirar como una calamidad mi interposicion forzada en la berlina. Cuando volví á subir, el amable tio habia tenido la fineza de ocupar el asiento del medio y cederme su rincon. Como no se movió de mi puesto, le hice notar que allí quedaria con mas incomodidad, pero se apresuró á responderme:
—Oh, no; entre buenos compañeros se debe alternar. Por otra parte, U. como extraajero tendrá mas gusto en hallarse junto á la portezuela para observar mejor los campos.
No me hice rogar, tanto mas cuanto que asi el buen tio podia viajar con mas tranquilidad. Los tontos zelos de mi vecino me procuraban una ventaja de posicion con que no habia contado. Desde entonces, aunque de rato en rato se renovaba la conversación, pude entregarme á la contemplacion de las llanuras solitarias de Castilla, de una completa analogía con las de la Mancha y demás provincias de la Castilla oriental ó nueva.
Nada mas rico por su naturaleza ni mas triste y monótono que aquella comarca, donde la antigua inmobilidad española se muestra con todos sus rasgos característicos. La provincia de Madrid habia terminado en las alturas de la Sierra, donde un leon de piedra demarca el límite de las dos Castillas. Desde allí la carretera comienza á cortar la provincia de Segovia, una de las mas atrasadas de España por la insuficiencia de sus vias de comunicacion. El terreno va descendiendo en escalones de colinas rocallosas y planos inclinados, cuyo aspecto es triste y desapacible. Después de algunas ventas ó elementos de microscópicos centros de poblacion, dejando á un lado la pequeña villa de las Navas de San-Antonio, el horizonte se abre y las llanuras aparecen á la vista en casi toda su extensión. Por último, la vía toca en el pueblo de Villacastin (de 1,500 almas) y en el de Labajos (de 900 habitantes); penetra en San Chidrian al territorio de la provincia de Avila, separándose cerca de allí de la carretera que conduce á las Asturias, y al pasar por la villa de Martin-Muñoz (que cuenta 1,000 habitantes) cortando de nuevo una punta de la provincia de Segovia, el viajero se encuentra en plena llanura, rodeado de un vastísimo horizonte.
Las poblaciones que atraviesa la vía están en completa armonía con las llanuras. En todas ellas se ven las casas viejas de aspecto miserable y aflictivo; las calles sin pavimento alguno, ó atrozmente empedradas, llenas de fango y mugre; los enjambres de mendigos asaltando á los viajeros si la diligencia se detiene un momento siquiera. Vestidos que acongojan, capas patibularias, figuras extrañas y repelentes por su conjunto; y todo eso ¡cosa singular! contrastando con el tipo de una raza distinguida, inteligente, honrada y de índole dulce, en cuyo seno abundan las bellas fisonomías y las organizaciones robustas. El hábito de la mendicidad, del abandono, de la imprevision y la mugre se revela allí en todas las formas exteriores de una sociedad que tiene superiores cualidades latentes, que para desarrollarse no aguardan sino el impulso del comercio y de la libertad.
Una vez que se desciende completamente á la llanura, el terreno, sin ninguna de esas inflexiones que lo hacen pintoresco, no es mas que una pampa de cereales casi totalmente desierta. Si de trecho en trecho se ven algunos pequeños viñedos, ó rebaños de ovejas casi insignificantes, apénas sirven para hacer resaltar mas, como excepciones, la monótona uniformidad de las inmensas plantaciones de trigo, cebada, judias, habas y garbanzos que cubren el terreno. Si á muy largas distancias se ven algunos centros de poblacion, lo demas está desierto, como en la Mancha, sin un árbol, una casa ó un modesto cortijo. Si á la izquierda se ven á considerable distancia, del lado de Salamanca, los contrafuertes avanzados de la Sierra de Guadarrama que se dirige hácia Portugal, y á la derecha (norte) se alcanzan á divisar las pálidas eminencias de la sierra que separa á Castilla de la hoya del Ebro: al occidente, en la direccion de Valladolid y Zamora, el horizonte no tiene casi límites. La mirada se pierde en la contemplacion de un inmenso desierto de gramíneas cultivadas por la naturaleza sola, opulento de verdura y de gérmenes de progreso, pero triste, sin un ruido, sin animacion, sin movimiento social alguno. Los castellanos son un pueblo ahogado entre ondas interminables de cereales. Allí la naturaleza vive sin sonreir, y el hombre vegeta durmiendo ú bostezando.
La riqueza de ese pais, esencialmente agrícola, es inapreciable. Solo le faltan los medios y la libertad para dar salida á sus productos y regenerarse por el cambio. El dia que los obtenga, la Vieja Castilla podrá ser un emporio. Si el canal de Castilla, las nuevas carreteras y los ferrocarriles que están en construccion ó en via de ejecucion, crearán el primer elemento de prosperidad, solo una legislacion liberal, que rompa las ligaduras del comercio interior y exterior, completará la regeneracion económica y moral de los castellanos.
Uno de los rasgos mas característicos de esa poblacion (para la cual la vida no es mas que un hábito) es la impasibilidad, que raya á veces en un estoicismo bárbaro. Durante casi todo el dia el viento y la lluvia batian la desolada llanura; y sin embargo, donde quiera que alcancé á ver un rebaño me llamaron la atencion dos séres en infalible asociacion en el centro de cada uno: el pastor y el perro guardian. Cada perro dormia cerca de su dueño con la misma filosofía de este, que se destacaba immóbil, sin hacer caso de la lluvia y el viento. Un pañuelo apénas le cubría la cabeza, miéntras que todo el cuerpo se escondia bajo el embozo de una capa vieja de paño burdo amarillento (especie de estameña); y si alguna vez salía de su inmobilidad era solo para señalar con la mano al impasible perro alguna oveja que se alejaba demasiado del grupo. El obediente bruto llenaba su deber con lentitud, y el hombre seguia fijo como una estaca, centinela mudo de un campo desierto y de un rebaño de excelente índole. La misma escena se me ofreció diez ó doce veces.
A 143 kilómetros de Madrid, en el fondo de la extensa llanura, se encuentra la pobre y vieja villa de Olmedo, primera poblacion de la provincia de Valladolid en la vía que yo llevaba. Olmedo, célebre por dos batallas en las viejas guerras civiles de España, cuenta apénas unos 13,000 habitantes. Un tiempo ciudad fortificada y de alguna importancia, hoy no llama la atención del viajero sino por sus ruinas, sus murallas desmanteladas, su soledad y tristeza, á pesar de su mediano comercio de maderas.
Los paraderos donde la diligencia se habia detenido sucesivamente eran tan detestables que yo no habia podido tomar alimento ninguno de provecho. Los garbanzos cocidos, las habas guisadas, el tocino y los chorizos me perseguian sin misericordia; y aunque algunos vasos de vino de Aranda y de Toro me habian confortado un poco, tenia la pena de no poder entretener el apetito con el cigarro por consideracion á la sobrina del buen cura. Ello es que yo tenia una hambre de primer órden, que se avivaba con cierto olorcillo á buen queso y exquisita conserva de melocoton que se escapaba de la maleta del cura. Él y su sobrina aprovechaban para refocilarse los momentos en que yo bajaba de la diligencia en busca de alguna cosa tolerable.
La situacion me hizo comprender que era preciso apelar á la diplomacia. Restablecí la conversación sobre el clero y logré interesar al digno cura castellano. Por fin le hice saber que en Nueva Granada habia corrido yo graves peligros como periodista, á causa de la energía con que, discutiendo la cuestión del clero, habia defendido los verdaderos intereses de la religion, ó de la pureza del cristianismo y la independencia del sacerdocio. Yo decia enteramente la verdad, pero me guardé bien de decirle á mi compañero que mis enemigos habian sido precisamente los malos clérigos y los fanáticos, ni de entrar en pormenores sobre el modo como yo entendía los verdaderos intereses del clero católico y de la religion. Ello es que el tio se enterneció, y luego luego me invitó á participar de sus sabrosas provisiones, que me probaron el buen gusto gastronómico de mis compañeros. Si los zelos vulgares me habian procurado un buen asiento, el espíritu de corporación del cura viajero socorrió muy oportunamente mi situación estomacal. Debo decir, para descargo de mi conciencia, que desde aquel momento la gratitud me hizo olvidar toda cavilación maliciosa acerca del parentesco de mis compañeros de viaje.
Desde Olmedo hasta Valladolid (en un trayecto de 43 kilómetros) la carretera, enteramente nueva, gira por una comarca tan solitaria que no se toca sino en cuatro pueblecitos enteramente insignificantes, uno de ellos situado á la orilla izquierda del Duero, rio angosto y profundo pero muy subalterno hasta el punto donde, á pocas leguas de distancia, se le reune el Pisuerga. La noche estaba ya bien avanzada cuando pasábamos por enfrente de Simancas, tan famosa por su archivo histórico riquísimo en preciosos documentos. A las once llegábamos á Valladolid, y el buen cura y su sobrina se despidieron con la mayor amabilidad, dejándome un grato recuerdo de las ventajas de viajar en diligencia con los curas que tienen sobrinas.
Como se ve, en todo un trayecto de 189 kilómetros, entre Madrid y Valladolid, la carretera gira por una línea de pueblos muy aislados que apénas reunen un total de 19,500 habitantes á lo sumo, no obstante que la via es una de las mas importantes. Ese solo hecho da la medida de la escasez de poblacion en España y de su viciosa distribucion, principalmente en las Castillas.
La provincia de Valladolid, de territorio casi totalmente llano y situada entre las de Segovia, Avila, Salamanca, Zamora, Leon, Palencia y Búrgos, es la trigésima cuarta de España en el órden de poblacion, contando apénas 244,000 habitantes, Aparte de Valladolid, que tiene 41,869, no hay mas localidades de alguna importancia en la provincia que Olmedo, Medina-de-Rio-seco (con 4,500 habitantes), Benavente (que cuenta 4,550) y Medina-del-Campo, con 4,238. El resto de la poblacion está diseminado en muchos pueblos de 300 á 2,000 vecinos, pero los campos están donde quiera casi completamente desiertos, sea por causa de los hábitos sedentarios de todos los castellanos, sea porque la naturaleza de su agricultura (cereales y viñas principalmente) no exige la misma asiduidad en la consagracion al cultivo, que imponen otras producciones, sea en fin por la falta de buenos caminos vecinales que mantengan comunicaciones frecuentes entre los distritos.
La ciudad de Valladolid, tan célebre por su universidad, está situada á la márgen izquierda del rio Pisuerga, á poca distancia de algunos grupos de colinas bajas y redondas que interrumpen graciosamente la llanura para determinar en cierto modo el valle de aquel rio. Este, que tiene sus fuentes en la sierra de Reinosa, el Bornesga que nace en las montañas de Leon, y el Tormes, procedente de la sierra que domina á Salamanca, son los principales afluentes del Duero, centro hidrográfico de la vastísima hoya de la Vieja Castilla y el antiguo reino de Leon, comprendida entre los Pirineos (prolongados hasta las Asturias y Galicia), la Sierra de Guadarrama y la que liga esas dos cadenas separando las hoyas del Ebro y el Duero.
Valladolid es quizas la ciudad española que hace resaltar mejor el contraste de la vieja y la moderna España. En el centro está la Valladolid de las tradiciones, de la inmobilidad, del egoismo, del aislamiento,—la Valladolid gótica, sombría, de un carácter severo, triste, feudal y frailesco. En los arrabales ha ido surgiendo la Valladolid moderna, con tendencias visibles á la comodidad, la elegancia, el movimiento, la luz, la actividad económica, el aseo y el buen gusto.
En la primera parte se ven: casas de menguado y repelente aspecto, calles sucias, tortuosas y estrechas, callejones sin salida, plazas de arcadas sombrías y arquitectura pesada y empírica, torreones góticos y monumentales, numerosas iglesias medio arruinadas pero venerables por sus bellas fachadas cuajadas de trabajos artísticos; miéntras que el aspecto de las gentes y el movimiento mesurado de todos los objetos en las calles y plazas revela la tenacidad de los hábitos, el abandono y la fria austeridad de las costumbres. Donde quiera vestidos sombríos y uniformes, bandas de mendigos, mugre, viejos asnos errando por las calles entre la basura, muchachos vagamundos, gentes deteniéndose ó asomándose á mirar al forastero como un animal curioso,—en una palabra, la vida casi primitiva ó tradicional de la España castellana, con casi todos los caractéres que Lesage hizo resaltar magistralmente en su Gil Blas de Santillana.
Al contrario, en los arrabales ó la parte moderna de Valladolid se ven: hermosos paseos, espléndidas arboledas á la márgen del Pisuerga, los trabajos preparatorios de la estacion del ferrocarril que se adelanta, la animacion y el movimiento de carros en las cercanías de la cabeza del canal de Castilla, anchas y bien alineadas calles, casas hermosas y elegantes, nuevas construcciones que indican un rápido acrecentamiento de la ciudad, y todas las señales de una próxima regeneracion social.
Aquellas hermosas arboledas de la playa del Pisuerga, que me parecieron un prodigioso esfuerzo progresista en Valladolid, contribuyeron á probarme la tenacidad de los viciosos hábitos españoles. Es inexplicable el odio que los castellanos profesan á la naturaleza en sus mas simpáticas y atractivas manifestaciones. Todo lo que en ella es risueño, alegre y delicioso, desagrada á la mayor parte de las poblaciones españolas que no recibieron fuertemente la infusion del elemento arábigo. Los árboles, el agua, las brisas, el cielo, la frescura y la libertad de las campiñas repugnan á esa raza sedentaria, cuyos hábitos la han mantenido fiel á las sacristías, el silencio, la inmobilidad, el desaseo, los rincones, las sombras, los portales, el horror á la luz y á la vida en todo. Así es que la mayor parte de los vecinos de Valladolid detestan las deliciosas alamedas con que la autoridad pública los ha obsequiado, y en vez de ir á buscar allí el sol, el aire puro, los perfumes y las alegrías de la vegetacion, y los rumores de las aguas, prefieren aglomerarse bajo los sombríos portales del centro, ó errar perezosamente en las calles infectas y tristísimas donde se pudrieron sus antepasados en el mismo abandono.
Valladolid, la Pintia de los Romanos, trae su nombre, segun se dice, de su fundador, un moro llamado Olid (Valle de Olid), y ha sido la patria de muchos personajes ilustres de España. Entre los contemporáneos debo citar al célebre poeta Zorrilla, que ha tenido tanta popularidad entre los amigos del romanticismo de formas y lenguaje. Es bien sabido que en esa ciudad sucumbió en la miseria y perseguido, en 1506, el inmortal Colon, á quien debió España sus mejores glorias. La casa que habitó el heróico revelador del Nuevo Mundo se conserva aún, y es propiedad de sus descendientes colaterales, que llevan el título de duques de Veraguas. Ese monumento humilde, que debería ser un precioso museo especial y figurar como una de las mas interesantes reliquias de la vieja España civilizatriz, apénas es conservado como la casa mas vulgar.
Lo que he dicho sobre los rasgos generales de Valladolid indica bien la naturaleza de sus monumentos, pertenecientes casi todos al estilo gótico, y los mas notables al florido ó de transición del siglo XV, precursor del Renacimiento. La catedral, que jamas ha sido terminada, es obra del famoso Juan de Herrera en todo lo que tiene de elegante, y de Churriguera (el infeliz fundador del mal gusto en España) en cuanto tiene de pesado, frio y chocante; pero es por su fachada un modelo, en Castilla, de la arquitectura dórica en contraste con la gótica. No pude visitar el interior, porque en España es muy raro hallar abiertas las puertas de los templos en horas que no son las de oficios religiosos.
La iglesia de San Pablo, costeada por el famoso Torquemada de candelosa recordacion, no conserva de su carácter primitivo sino la fachada, porque el interior es un asilo de presidiarios. En España los cuarteles y presidios han heredado, en lo general, á los frailes que habitaron los conventos suprimidos; pero es justo decir que las bibliotecas, los museos y las oficinas de administracion han tenido su parte en la herencia. Valladolid tuvo la bobería de veinte conventos de monjas y diez y nueve de frailes, sin perjuicio de las numerosas capillas y las iglesias parroquiales. La fachada de San Pablo es verdaderamente un prodigio de escultura en cuya contemplacion puede uno embelesarse durante muchas horas. Admira la increible paciencia de los artistas y la finura portentosa de sus cinceles guiados por una feliz inspiracion.
Al lado de San Pablo llama la atencion otra iglesia menos arruinada, la de San Gregorio, notable por su bella fachada y algunos detalles del interior (en el patio y la escalera) muy característicos del estilo gótico en sus dos últimos siglos. Allí está establecida la Gobernacion de la provincia. A poca distancia se ven la casa en que nació el funesto Felipe II (á quien Víctor Hugo ha llamado el buho de la España inquisitorial), la casa en que se hizo el matrimonio de los Reyes Católicos, y la que sirvió de prision al célebre favorito Don Alvaro de Luna, ejecutado en Valladolid en 1453.
El museo, monumento social de cuya posesion se enorgullecen los vecinos de Valladolid, me pareció el lugar mas adecuado para un auto de fe contra las herejías artísticas. Si se exceptúa la biblioteca (14,000 volúmenes), unos treinta cuadros regulares ó muy buenos (entre mas de mil que nada valen), una sillería esculpida de bastante carácter aunque sin finura, y algunas pocas medallas y curiosidades artísticas, lo demas debería ser condenado al fuego como una degradacion del arte, que solo puede servir para pervertir el gusto y mantener groseras preocupaciones. La gran masa del museo se compone de mamarrachos abominables, en lienzo, en tabla ó en estatuas, procedentes de las sacristías de muchos conventos, cuyos moradores, á lo que parece, no se preocupaban sino con la representacion material de Cristo, la Virgen, los santos, los judíos, etc., sin cuidarse del interes divino de la religion ni del social del arte, excluido del feticismo bárbaro de las poblaciones.
Tambien llaman la atencion en Valladolid el viejo palacio castellano y otros mas modestos, que tienen la apariencia de cárceles; la plaza Mayor, cuyas arcadas tienen el tipo especial de su época; una de las cuatro puertas de la ciudad (la de Madrid) verdaderamente monumental, y San Benito, edificio grandioso convertido de convento en fortaleza. De resto, la ciudad cuenta importantes institutos de instrucción y beneficencia, y se echa de ver que el espíritu moderno va poco á poco penetrando al corazon de la antigua corte castellana. No muy tarde la modificacion será profunda y casi completa, y Valladolid (que puede hoy contener 100,000 habitantes) se elevará al rango de ciudad española de primer órden.
Su movimiento comercial es ya considerable, gracias al canal de Castilla y las demas nuevas vias de comunicación. Esa ciudad es el centro de una vastísima produccion de trigos, cuyas harinas van teniendo ventajosa salida por el puerto de Santander y algunos otros de la costa cantábrica. Aparte de esa produccion, son notables entre las agrícolas las de vinos, lanas y maderas. Valladolid es tambien un centro de fabricacion, aunque muy inferior. Ademas de sus grandes molinos hidráulicos y los muchos de viento, que dan al comercio fuertes valores en harinas, contiene fábricas de tejidos burdos (estameñas, etc.), de papel, sombreros de fieltro y otros artículos de menor importancia. De resto ninguna otra cosa llama la atencion en la actualidad. Lo pasado es triste pero venerable en muchos de sus rasgos. Lo porvenir será una época de resurrección para Valladolid.
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