CAPITULO IV.

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CATALUÑA.

Orografía de España.—El puerto da Barcelona.—Condiciones sociales de
Cataluña.—Rasgos notables.—Los Catalanes.—Centros manufactureros.
—Barcelona.—Tarragona y Reus.—Un tipo inglés.

Las cuatro cadenas de montañas paralelas que cortan el interior del territorio español, de oriente á poniente, formando cuatro grandes hoyas bien determinadas, no son en realidad otra cosa que una sucesion de ramificaciones, admirablemente ligadas entre si por curbas trasversales, que se desprenden de la grandiosa cordillera de los Pirineos. Un cordon de cerros desnudos pero sin escarpes bruscos, se desprende en Reinosa de las montañas de Santander (los Pirineos), y tomando una direccion casi opuesta (al sud-este) separa á la Vieja Castilla del país Vascongado y la Navarra; se eleva en las cercanías de Sigüenza, despues de formar una cuenca ó semicírculo, y se abre allí en dos ramificaciones. La una, mas colosal y rocallosa, sigue su curso hácia Portugal, y se llama la sierra de Guadarrama, baluarte que separa las dos Castillas. La otra, suave y casi imperceptible al principio, sigue al este, forma otra curba, que separa al Aragon de la Nueva Castilla, se reorganiza en la sierra de Albarracin, y volviéndose otra vez hácia el occidente, repite su dislocacion en el vértice de la provincia de Cuenca, y continúa reproduciéndose en cadenas de montañas.

En ese vértice, el sistema orográfico español, copiándose á sí mismo, lanza una alta cadena al occidente, paralela á la de Guadarrama, determinando al norte la alti-planicie inmensa de la Nueva Castilla (con el nombre de Montes de Toledo) y al sur la hoya compuesta por la Mancha y la Estremadura. La otra serranía, formando á su turno otro arco, siempre convergente hácia el poniente, y reproduciéndose en un círculo y dos ramales, determina al este la formacion curiosa de Cuenca, con el valle marítimo de Valencia, y vuelve á bifurcarse en las cercanías de Alcaraz. De allí parte una serranía paralela á las anteriores, con el nombre de Sierra Morena, separando las planicies manchegas y estremeñas, de la Andalucía; en tanto que la serranía reproductora se dirige al sur, como si buscase al Africa, para determinar al fin, con otro cambio brusco de direccion, la famosa Sierra Nevada, que corta de oriente á poniente la Andalucía, creando una tremenda muralla entre su parte llana y la costa del Mediterráneo, despues de haber separado en su línea trasversal á la misma Andalucía del reino antiguo de Murcia.

Así, puede con razon decirse que los Pirineos, comenzando hácia la costa del golfo de Lyon, y reproduciéndose en una serie admirable de bifurcaciones, no terminan en realidad sino en la sierra de Ronda, entre Cádiz y Marbella, despues de haber surcado toda la península y determinado un vastísimo sistema de valles escalonados y centenares de rios y riachuelos.

En medio de los Pirineos propiamente dichos y las serranías de reproduccion, hasta la sierra de Albarracin, se extiende un inmenso valle, regado por el Ebro y 150 afluentes, que tiene por vértice á la provincia vascongada de Alava, al poniente, y por base la costa del Mediterráneo, en una extension de 37 miriámetros, desde la frontera de Francia hasta tocar con el antiguo reino de Valencia. La parte superior de ese magnífico valle corresponde al país vasco y la Navarra; la parte media al antiguo reino de Aragon, y la baja ó costanera (aunque tocando á las montañas) es la que se llama Cataluña.

Tal era el país por donde yo comenzaba mi excursion en España,—la libre y activa Cataluña,—al saludar las costas de Barcelona, el 30 de marzo de 1859, desde el puente del vapor «Madrid».

Un magnífico sol de primavera, que preludiaba los alegres esplendores del mes de abril, poblaba de encantadores reflejos las ondas del Mediterráneo que sacudian sus blancas escamas contra los peñascos y las playas de la costa, suavemente ondulosa. La faja de la tierra se extendia claramente á la vista, con un cerco de barcos pescadores desplegando al viento sus sencillas velas; y en la orilla se destacaban sucesivamente, como nidos de gaviotas, las alegres poblaciones vecinas á Barcelona, contando desde Badalona y Masnou hasta la activa Mataró y Arenys de Mar.

Al llegar casi al puerto de Barcelona sentí prolongarse en los aires un silbido agudo que me llenó de placer. Era el aliento de una locomotiva, en uno de los ferrocarriles catalanes. La tierra enviaba como el mar su grito civilizador, saludando la locomotiva de la estacion á la que llegaba dominando las ondas. Aquel era un excelente augurio que revelaba este hecho: Cataluña es un país de actividad y civilizacion.

Si Barcelona es una plaza fuerte ó ciudad fortificada, este carácter, ya casi puramente histórico, desaparece ante las condiciones económicas que le dan su tipo especial. Plaza esencialmente fabril y comercial, es no solo el gran centro económico del vasto valle del Ebro, sino la primera ciudad mercantil de España y una de las mas importantes del Mediterráneo. Barcelona es la Marsella de España.

Al llegar al puerto, que es topográficamente malo, se comprende todo lo que ha influido la actividad industrial de los Catalanes para darle una importancia á que la naturaleza no lo llamaba. En lo general España no ha sido inteligente en la eleccion de sus puertos del Mediterráneo, puesto que en vez de aprovechar sus bahías y mejores ensenadas ó pequeños golfos, ha situado sus mejores plazas mercantiles, con raras excepciones, en puntos donde las flotas mercantes ó de guerra no pueden encontrar el abrigo suficiente. Así, en Barcelona y Tarragona, en el Grao de Valencia y en Málaga, es el poder de la hidráulica el que ha logrado ofrecer algunas ventajas á la navegacion y el comercio, creando verdaderos puertos artificiales.

El viajero que llega preocupado con noticias falsas respecto de España, suponiendo que toda ella es un país uniforme en su civilizacion, encuentra un magnífico desengaño al llegar a Barcelona, ciudad que tiene la fisonomía de una colonia fundada por Fenicios y conservada por Ingleses y Franceses. Todo tiene allí el tipo de lo extranjero, del cosmopolitismo y de la vida independiente de la influencia puramente española.

El puerto, resultado de grandes pero incompletos trabajos hidráulicos, que avanzan hácia el mar por un lado, es una bolsa irregular, de unos 1,500 metros de desarrollo. Al entrar, se ve á la derecha la nueva y simétrica poblacion de Barceloneta, especie de ciudadela mercantil, que tiene en avanzada el muelle de descarga, el faro y la primera estacion de ese cuartel de fiscalizacion egoista que se llama Aduana. En el fondo y hácia la izquierda están: la puerta principal, que da sobre la hermosa «plaza de Palacio,» la Aduana, el palacio de las Bellas Artes y la Bolsa; y luego se destaca la colosal muralla hácia el sur, sirviendo de base á un vasto parapeto, dominado par una larga fila de casas espléndidas, elevadas, pintorescas, que tienen el aire de palacios de la clase media. Despues, la curba se prolonga como queriendo cerrar el puerto, y su costa está dominada por una alta colina que sirve de asiento al fuerte de Monjuí, centinela puesto allí por el genio de la guerra y de la desconfianza, como uña amenaza secular para el comercio, que es el genio de la paz y la prosperidad.

Cataluña es un país que no puede ser descrito sino con grandes rasgos, porque es un país de carácter cosmopolita, donde los pormenores desaparecen ante el interes del conjunto. Si al penetrar con el lector en las demas provincias españolas me detendré mucho en pormenores, porque ellos son todo en la region goda, andaluza y vascongada,—al indicar mis impresiones recogidas en Cataluña tengo que reducirme á la fisonomía general del pais, que revela todas las condiciones.

Cataluña, comprendida entre los Pirineos, el Aragon, la provincia de Castellon y el Mediterráneo, ocupa una décima quinta parte del territorio español y tiene una poblacion total de 1,700,000 almas, es decir, la novena parte de la poblacion española en Europa. Esa desproporcion nomas indica el mayor grado de actividad de Cataluña, por una mas fuerte condensacion de habitantes, lo que determina un mayor cultivo de la tierra y mas industria, comercio y cultura social.

La sola ciudad de Barcelona tiene 190,000, si no 200,000 habitantes, y se cuentan en Cataluña otras ciudades bien considerables, como Reus, Tarragona y Lérida, y algunas que no bajan de 14,000 almas; pero en lo general la poblacion catalana está repartida en los campos y una multitud de pequeños centros fabriles muy interesantes. La propiedad territorial, por otra parte, está muy repartida; la navegacion absorbe la actividad de una fuerte parte de la poblacion, naturalmente independiente; y siendo tan esencialmente fabricante el pais, sus masas de obreros en las poblaciones son de mucha consideracion. Todos estos hechos son de la mayor importancia para poder apreciar las condiciones sociales de Cataluña.

La naturaleza, como en todas partes, ha determinado todos los fenómenos característicos del país catalan. Un territorio fértil, de clima muy sano y en su mayor parte llano, se extiende allí, surcado por un rio bastante considerable (el Ebro) y otros muchos no navegables pero excelentes para la irrigacion de los campos y la propulsion de las fábricas. En todas direcciones, ménos al oriente, ese rico país se encuentra rodeado por montañas que lo incomunican mas ó ménos con el resto de España (excepto Aragon) y con Francia. La naturaleza, pues, invitaba á los Catalanes á buscar la costa marítima para ponerse en relacion con el mundo. Teniendo á la mano los puertos, los Catalanes hallaban la mas vasta via para su expansion social ó sus cambios. Su rico suelo los ha hecho agricultores; sus montañas, como barreras de defensa, los han hecho indomables y altivos; la igualdad del terreno les ha permitido las mas fáciles comunicaciones, y la extensa línea de costa con numerosos puertos los ha convidado á la fabricacion y la actividad del comercio.

Al mismo tiempo, esa posicion geográfica les preparaba sus condiciones etnológicas. Teniendo por vecina á Francia, en frente á Italia y á su disposicion todo el Mediterráneo, sus costas han estado abiertas á todas las invasiones. Primero les dieron una forma los Fenicios, despues los Cartagineses. Mas tarde los Romanos les imprimieron su sello, dominando en Cataluña mas que en ninguna otra comarca de la Iberia. Por último, las invasiones sucesivas de Galos y Francos, y la dominacion que en diversas épocas han ejercido allí, despues de los Godos, los Sarracenos, los Franceses, los Aragoneses, los Napolitanos y aún los Ingleses, han trastornado de tal manera el tipo primitivo, que al cabo Cataluña, como el reflejo de las mas diversas razas, ha quedado en una situacion peculiar de fusion y de poligenésis. Tal es su tipo esencial, que se revela en las costumbres, la lengua, la raza, la industria y aún las instituciones locales.

Donde quiera, en Cataluña, la raza tiene en su tipo, su lengua y sus hábitos las cualidades y los defectos de toda sociedad mezclada, pronunciándose con rara energía. La mujer tiene allí formas varoniles, careciendo en lo general de esa suavidad, esa morbidez y gentileza que acompañan donde quiera, en mayor ó menor grado, al sér femenino. Las hermosuras que allí se encuentran son altivas y de una expresion rígida y resuelta.

El hombre tiene por lo comun la tez morena, el ojo vivo y penetrante, las facciones angulosas, las líneas fuertemente marcadas, el cabello negro, laso y abundante, la voz ruidosa y libre. Las organizaciones tienen el sello de la fuerza y del trabajo: robustas y vigorosas, pero sin elegancia ni pulimento. Es que en aquella sociedad la conciencia de lo útil ha predominado sobre las nociones del espiritualismo y del arte.

La lengua, como la raza y la historia, es un compuesto. Y digo la lengua, porque el catalan no es un dialecto, sino un idioma completo, que tiene su gramática propia y su literatura. Al escuchar atentamente una conversacion animada en catalan, se cree asistir á un diálogo de hombres de todas las naciones. Tan presto se percibe la dulcísima palabra italiana, como la voz francesa, fuertemente acentuada y convertida en un sonido áspero; ya se siente el eco lleno y sonoro de la palabra española, ampulosa por su abundancia de vocales, como la acentuacion aguda y el esfuerzo gutural de la j que distinguen á la poética lengua de los árabes. Así, el catalan es simultáneamente fenicio, italiano, godo, árabe y frances; pero en su tipo predominan los elementos italiano y frances.

Y en efecto, el Catalan, cosmopolita y negociante por excelencia, tiene en alto grado la ardentía impresionable del Italiano, así como la chispa burlona y el espíritu especulador del Frances.

Los rasgos mas característicos del Catalan, que tiene bellísimas cualidades, son: la franqueza sin petulancia, la independencia, la severidad en el cumplimiento de un compromiso, y el sentimiento íntimo de la igualdad y la personalidad. Si un Catalan os necesita, llega al círculo en que os hallais, se mezcla sin ceremonia, os dice lo que le interesa, y se retira sin hacerle cumplidos á nadie. Y no por eso es grosero ó descortes, pues cuando no se trata de negocios se muestra cordial, expansivo y locuaz. Si vais á su casa, le hallareis hospitalario, generoso y fino, con tal que lo merezcais.

Con excepcion de los asuntos que exigen absolutamente escritura para su validez, el Catalan hace sus negocios de palabra, y un asentimiento cualquiera vale mas que el mejor documento. Varias veces ví en la Bolsa hacerse muy fuertes transacciones, sin la intervencion de agentes de cambio y sin buscar testigos esprofeso. Un dia que recorria yo, como observador, el vasto salon de la Bolsa de Barcelona, en el palacio de las Artes, me detuve delante de dos fuertes especuladores que hablaban así:

—¿Tiene U. renta del tres?

—Tengo unos treinta mil duros.—¿A cómo?

—Al precio cotizado ayer.

—¿Rebajaría U. diez céntimos?

—Si no es á plazo sí,

—¿Podría U. conseguirme diez mil duros mas?

—Sí.

—¿Otros cinco mil?

—Sí.

Dicho.

Los dos negociantes, sin mas conversacion, se separaron, despues de apretarse la mano. Al dia siguiente supe, porque el asunto me habia interesado mucho, que el negociante interrogado habia ido, á las diez de la mañana, á casa del otro á entregarle cuarenta y cinco mil duros en renta del tres, y recibir el dinero en billetes de banco. El vendedor habia perdido mil duros para poder conseguir los quince mil prometidos de mas que no tenia en caja. Sin eso, habría quedado deshonrado y perdido ante el comercio de Barcelona. La sola palabra dicho, pronunciada despues de una conversacion clara, cierra un contrato y lo hace obligatorio.

Si un negociante que acaba de hacer un cobro se apercibe ántes de las veinticuatro horas de que ha recibido algo de menos, por equivocacion, va donde el pagador, reclama, y sin mas prueba que su palabra (si es hombre conocido), recibe el déficit. Como todo se puede verificar luego, no se piensa jamas que un negociante conocido pueda faltar á la verdad ni cometer un fraude. Un pueblo donde la palabra tiene tan alto valor, es evidentemente un pueblo honrado y activo.

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El aislamiento relativo en que los Catalanes habian vivido respecto de los Españoles, ha creado allí un pueblo distinto del ibero en todas sus condiciones y especialísimo. Cataluña no se parece sino á Cataluña. El espíritu de independencia, desarrollado por los hábitos marítimos y comerciales, ha hecho calificar á los Catalanes de revoltosos é ingobernables, y especialmente á su poblacion montañesa de terrible.

Eso es un error. Los verdaderos intratables son los que han querido oprimir á los Catalanes y privarles de sus libertades tradicionales, su lengua, sus costumbres y prosperidad. El montañes de Cataluña, el valeroso habitante de Puigcerdá, no es el hombre feroz que se supone. Si se le deja en paz es excelente, laborioso y muy accesible; pero si se le ataca, es implacable en la guerra y no da tregua hasta que país queda libre de enemigos. El guerrillero catalan fué el mas tremendo enemigo de Napoleon, y será en todo tiempo una garantía para la independencia española.

Tan cierto es que los Catalanes son opuestos á la guerra y tienen un profundo espíritu de progreso, que siempre han solicitado la demolicion de las fortificaciones, á fin de poder ensanchar sus ciudades, confiando su defensa á los intereses mas bien que á los cañones de las gruesas murallas. Apénas acaba de autorizarse la demolicion de una parte de esas fortificaciones, y ya las ciudades de Barcelona y Tarragona crecen y se mejoran y regeneran como por encanto. Dentro de pocos años Barcelona será una vasta y hermosa capital de 350,000 habitantes.

No hay en el pueblo catalan un sentimiento mas hondamente arraigado que el de la igualdad y la personalidad. Esto procede del amor al trabajo y el respeto que allí se tiene por la industria. La muestra de su tienda ó su taller es un verdadero blason para el artesano ó el tratante. El hombre mas noble en Cataluña, es el que trabaja con mas teson, inteligencia y probidad. Allí no hay mas aristocracia que la del trabajo; y como todos trabajan, todos se tienen por iguales y se tratan con una sencillez que permite la fusion de todas las clases sociales.

Si el Catalan es esencialmente independiente y liberal, el artesano es mas. Un pobre tendero se cree soberano en su tienda, como el banquero en su escritorio y el batelero en su lancha. De ahí viene cierta dignidad altiva sin grosería, cierta conciencia de su personalidad, que impulsa al Catalan á todos los géneros de trabajo imaginables y puros, pero que le hace absolutamente incapaz de degradarse en ocupaciones innobles, como la del rufian ó el trapacero. Allí todo el mundo está ocupado en producir algo.

Si el batelero es por lo comun áspero y soez, como en todas partes, el artesano es atento y el campesino afectuoso. Al llegar á Barcelona se siente una penosísima impresion, causada por los muchos mendigos que rodean y atormentan al extranjero. La mendicidad me pareció muy extraña en una ciudad tan activa y opulenta. En breve supe que allí hay excelentes institutos de caridad para recoger á los mendigos, cuidarles y darles trabajo. Pero esos mendigos no son de Barcelona: vienen desde lejanas poblaciones del interior á explotar á los extranjeros; pero huyen y se esconden cada vez que se les quiere recoger, para reaparecer luego en bandas errantes. Los mendigos son en España el rastro viviente que han dejado los conventos y las instituciones viciosas.

Los Catalanes tienen dos cualidades muy fecundas para la industria y el progreso moral: un alto espíritu de asociacion, y el puntillo de la imitacion de todo lo bueno, para no quedarse atras. Todas las grandes cosas, como las mas pasajeras, se hacen en Cataluña á virtud de la asociacion. Las empresas de navegacion, de alumbrado y de diligencias, los ferrocarriles, los bancos, las grandes fábricas, los institutos numerosos de crédito, los teatros, los casinos, los cafés y hasta los bailes y fiestas, proceden de asociaciones voluntarias, sin ninguna ingerencia ni garantía de la autoridad.

De ese espíritu de sociabilidad resultan muy buenos efectos. Todo el mundo se interesa en las empresas, todo anda bien y apriesa, nada decae, y los monumentos de recreo, como los teatros, casinos, etc., están siempre en auje, aunque muchas veces sin producir utilidades. Como todos son accionistas en los teatros, todos concurren, y Barcelona tiene siempre excelentes artistas.

Los pueblos catalanes son los primeros de España que han establecido el alumbrado de gas, ferrocarriles, compañías de crédito y aseguros, irrigaciones inteligentes y cuantas cosas distinguen la civilizacion avanzada de Inglaterra y Francia. Todo progreso tiene inmediata acogida entre los Catalanes; y, lo que es mas notable aun, sus progresos ó sus obras son el resultado de sus propios esfuerzos y recursos. Sus ferrocarriles (que son ya numerosos) son catalanas casi en la absoluta acepcion de la palabra. En Cataluña hasta los pueblos de tres mil habitantes tienen su alumbrado de gas, y el vapor ruge en todas partes como el motor de los grandes trabajos de fabricacion. Aparte de sus carreteras excelentes, sus ferrocarriles, sus muchas líneas de diligencias y sus centenares de buques de vela, los Catalanes tienen un buen servicio de vapores para la navegacion internacional y costanera. Por eso sus puertos están siempre llenos de buques que alimentan poderosamente la actividad del pais.

El país catalan es sumamente agrícola, haciendo fuertes exportaciones en vinos, aceites, frutas y otros muchos artículos. Es tambien comercial por excelencia. Pero lo que le imprime su sello mas característico es la industria fabril, que asemeja la Cataluña á una comarca inglesa. No hay género de fabricacion que allí no tenga acogida, siendo los mas importantes los tejidos de algodon, lana, seda y lino en grande escala, y la fabricacion de papel de lino.

Prescindiendo de las importantes ciudades de Tarragona y Reus, de que luego hablaré, y de las de Lérida y Gerona, que no tienen carácter industrial, las poblaciones mas importantes de Cataluña son fabricantes por excelencia. Despues de Barcelona, cuya produccion es muy fuerte y en cuyo seno se centraliza todo el movimiento, merecen especial mencion las siguientes:

Mataró, puerto de mar, con una extensa fabricacion variada y 17,000 almas.

Manresa, con 15,300.

Sabadell, con 14,000 y una fabricacion muy fuerte y avanzada.

Vich, con 14,000, importante tambien como centro agrícola.

Badalona, puerto vecino de Barcelona, con 10,500 almas.

San Andres de Palomar, con 10,000 habitantes.

Tarrasa, con 9,000, famosa por sus paños superiores. Clot, con 7,000 almas.

Arenys de Mar, con 5,000, notable tambien por sus tres excelentes astilleros.

Cataluña, por la naturaleza de sus producciones, tiene activas relaciones con todos los mercados del mundo. Aunque comienza á explotar activamente sus turberas y minas de carbon, recibe de Inglaterra una enorme suma de valores en hulla, para alimentar sus fábricas, ferrocarriles y vapores. Los aceites catalanes van á ser purificados en Francia, ó al consumo general del mundo, como sus populares y baratos vinos. Sus tejidos abastecen no solo al pais, sino á algunos pueblos del Nuevo Mundo, á donde va tambien su papel florete tan estimado por los abogados y notarios y los gobiernos que adoran el papel sellado. El Nuevo Mundo le envia á Cataluña sus algodones; Italia, Valencia y otros paises sus sedas, cáñamos, etc.

El Catalan, aunque ama su pais, es esencialmente viajero. No hay un país civilizado, en ámbos continentes, donde no se vea la tienda del laborioso Catalan, repleta de los mas variados artículos españoles. El habitante de Cataluña considera su país como una nacion. Jamas dice: soy Español, sino: soy Catalan. Si las clases mejor educadas de la sociedad hablan bien el español, cuando les es preciso, la multitud lo conoce mal, y en muchos pueblos lo ignora absolutamente y habla solo el catalan, idioma que abunda en consonantes fuertes y sobre todo en sonidos agudos.

Tal es Cataluña, segun he podido comprenderla con un rapidísimo estudio. Si mis impresiones son equivocadas, al ménos tienen la cualidad de ser sinceras.

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La interesante y bella Barcelona está dividida en sus dos partes, antigua y moderna, por su espléndida calle de la Rambla (que es tambien un paseo), donde se encuentran los dos grandes teatros, algunos suntuosos casinos, los mejores hoteles y cafés y los despachos de muchas diligencias diarias. Al norte está la ciudad antigua, aunque muy embellecida y renovada; al sur la nueva, con su hermoso paseo del Prado. En los términos de la ciudad están: de un lado, cerca de Barceloneta, la magnífica plaza de Toros (monumento indispensable en toda ciudad española), y entre ella y la ciudad dos de las estaciones de ferrocarriles. Del otro lado, al poniente, hácia la llanura, parten los otros dos ferrocarriles.

Barcelona, pues, está ligada á los pueblos interiores y de la costa por
cuatro ferrocarriles, y no muy tarde habrá terminado los que conducen á
Madrid, por Lérida y Zaragoza, á Valencia ó el sur, por Tarragona, y á
Francia, por Gerona.

Barcelona es interesante bajo todos aspectos, porque ha querido conciliar la actividad económica con los goces refinados de la civilizacion. Hablaré primero de los monumentos que visité rápidamente, y luego de los rasgos de costumbres que pude percibir.

Barcelona es una ciudad antiquísima, en cuyos monumentos han dejado sus huellas, mas ó ménos marcadas, las dominaciones diferentes. Sobre todo, el arte romano y el gótico levantaron memorias de piedra que el tiempo ha respetado. En general las casas tienen una planta sólida, elegante y levantada, y hoy se hacen innumerables construcciones muy bellas, en las cuales predomina siempre el estilo frances, realzado por lo pintoresco de los verdes ó azules balconcillos del gusto español moderno.

Entre los monumentos profanos se distinguen, por su forma ó por la importancia de lo que contienen: el Palacio de las Artes, hermoso edificio de estilo del Renacimiento, que es al mismo tiempo Museo y Bolsa; el famoso archivo Real, de la corona de Aragon, el mas precioso de Europa en su género; la Biblioteca principal, muy considerable y bien mantenida (aparte de otras tres y varios archivos); la Aduana, edificio de grandes y bellas proporciones; y los teatros Principal y del Liceo (hay otros subalternos), que son de los mejores en España. El del Liceo es considerado como el mas grande de Europa, y es de una sencillez elegante, pudiendo contener hasta 4,800 personas; pero su enormidad misma y algunos defectos de acústica lo hacen inadecuado para todo lo que no es ópera ruidosa.

Barcelona tiene ademas hermosos paseos, algunos jardines públicos, un colegio-hospicio de sordo-mudos, y una multitud de establecimientos de enseñanza y beneficencia, de muy variados objetos, que le hacen alto honor á la capital de Cataluña. Como edificio histórico y curioso, es de citarse el antiguo palacio de los reyes de Aragon.

Merecen particular atencion, entre los muchos monumentos religiosos (que no tienen gran mérito artístico), la catedral y las iglesias de San Jaime y San Miguel. La catedral, de estilo gótico del siglo XII, aunque carece de atrevimiento en sus tres naves, tiene una majestad imponente por su interior de sombría severidad. Al hallarse en medio de sus veinticuatro enormes columnas y delante de su coro de severas y ricas esculturas de madera, que se destaca en la sombra de los altos muros tristes y desnudos, se cree uno como encerrado en una catacumba con las osamentas de la edad media. Si el hermoso claustro, descubierto á la intemperie, llama con justicia la atencion, lo mas interesante del monumento son sus torres colosales asombrosamente suspendidas como en el aire sobre el arco gigantesco de la testera del templo. Esa construccion caprichosa en apariencia, pero que tiene su filosofía religiosa, es la mas atrevida que he encontrado en toda la arquitectura gótica de España.

La pequeña iglesia ó capilla de San Miguel no es curiosa sino por su antigüedad y su tipo especial. Es una cripta romana, profunda en el centro, sombría como un refugio de proscritos y que está revelando la infancia del arte cristiano. Al penetrar allí no puede uno ménos que evocar todos los recuerdos de los mártires del cristianismo naciente. Hay allí algo que guarda las tradiciones de la abnegacion y del heroismo resignado del creyente.

Para tener una idea de las costumbres catalanas, basta echarse á pasear, con el ojo alerta y el humor alegre, por la calle mercantil de Fernando sétimo, ó la ancha alameda de la Rambla, orillada por hoteles y cafés. Una inmensa multitud circula por allí, sea matando el tiempo, sea buscando los negocios ó algo que si es negocio no está esento de ser pecaminoso.

Las Francesas pululan, ligeras y provocadoras, arrastrando las anchas colas de sus trajes, y distinguiéndose perfectamente de las Catalanas y Españolas. Mientras que la Francesa aventurera hace conocer su artificio y esconde bajo la gorra su cabeza de cabellos pobres, la Española ostenta con garbo su rica mantilla, bate con maestría singular el inolvidable abanico, marcha con gracia y donaire pero sin esforzarse en la coqueteria, y arrebata con su tez suavemente morena, sus grandes y negros ojos, su rica dentadura y su ampulosa cabellera recogida en un elegante peinado ó en hermosas trenzas. Ella desdeña la prudente gorra, teniendo su soberbia cabeza, y la cubre apénas con un pañuelo (si es de noche) atado por debajo de la garganta no mas, ó con un chal de lana ó algodon de colores graciosos, envuelto con mucha originalidad.

Si os fijais en los hombres, les vereis divagar (envueltos en la inevitable capa española, algunas veces ricamente adornada) en grupos mas ó menos bulliciosos ó siquiera por parejas, aspirando el humeante cigarrillo, con la mirada abierta, listos á la chanzoneta, la voz robusta y el andar ligero. En el teatro les vereis aplaudir con entusiasmo, aunque no siempre con criterio; en el baile, cordiales y contentos; en la mesa expansivos; en el carnaval hechos locos y muy espirituales en sus sátiras y disfraces.

Donde mas se revela el espíritu de asociacion del Catalan es en el casino ó el café. El catalan no se resigna jamas al aislamiento. Por eso los cafés de Barcelona son la imágen de Babel. Centenares de hombres y señoras se amontonan alli, en grupos animadísimos, formando una alegre algazara que apaga casi los ecos del piano. En España hay la costumbre de establecer un piano en cada gran café para amenizar el pasatiempo; y todo el que va a uno de esos lugares, donde la democracia absoluta no degenera en desórdenes, pasa cuatro ó cinco horas en tertulia sin dejar refrescar el asiento. El pueblo español, en su mejor sociedad, se congrega en la iglesia, la plaza de toros y el café.

Barcelona es residencia ordinaria de doce ó catorce cónsules extranjeros, y ofrece amplias facilidades al viajero. Temiendo entregarme desde muy temprano al martirio de las diligencias, tomé pasaje en el vapor «Cataluña,» que iba para Hamburgo, y me dirigí á la provincia de Tarragona. Sin haber tenido amigos en Barcelona, confieso que me alejé de su animado puerto con algun pesar. Aquel es un país libre, de poblacion inteligente, activa y honrada, que me habia impresionado muy agradablemente.

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El Mediterráneo estaba tranquilo como un lago, y su silencio absoluto no era interrumpido sino por el estridor de la maquinaria del vapor, y los resoplidos que de tiempo en tiempo lanzaba ese dragon de hierro y de vientre inflamado que se llama locomotiva. La luna iluminaba las ondas deliciosamente, produciendo admirables reflejos en la limpia estela del vapor. Pero la tierra estaba velada por las nieblas de la costa, y no fué posible verla sino en el momento de entrar al siguiente dia en el puerto de Tarragona.

Centenares de presidiarios trabajaban allí en terminar el puerto con una gran muralla edificada entre las ondas. Al mismo tiempo entraba un bote guarda-costa tripulado por diez y seis conscritos de las quintas de marina. Así, la casualidad me presentaba en contraste dos clases de presidiarios: los unos, condenados por la justicia social, como criminales; los otros, condenados por la suerte á servir en la marina, por el solo hecho de ser Españoles, ¡Qué sarcasmo legal! Puesto que el mundo tiene presidios todavía, pasemos adelante,

Una pintoresca llanura con suaves ondulaciones, primorosamente cultivada, sembrada de pequeñas y alegres poblaciones, y de una melancolía deliciosa, se extiende por el espacio de 30 kilómetros entre la costa del Mediterráneo y un cordon de bajos y redondos cerros que arrancan desde Teruel para seguir paralelos al mar hácia el norte de Cataluña. Tarragona, situada en una eminencia de la costa á 760 piés sobre el nivel del mar, y Reus, que reposa en la llanura, son las principales ciudades de esa provincia catalana.

El orígen de Tarragona es antiquísimo, y tanto que remonta á la dominación fenicia. Segun la tradicion, el inolvidable Poncio Pilato nació allí (así como el emperador Trajano), y fué gobernador ó procónsul de la ciudad en tiempos en que ella tenia la friolera de millon y medio de habitantes. Hoy no cuenta sino 22,000, pero va en rápida resurreccion, á virtud del ferrocarril que la enlaza á Reus y de la demolicion de una gran parte de sus fortificaciones.

Si el guarismo de la antigua poblacion es exagerado, al menos las vastas ruinas que la rodean y los monumentos romanos que se conservan hasta una legua de distancia, revelan que la antigua ciudad, establecida sobre las márgenes del rio Francolí, é incendiada en distintas épocas, fué muy considerable y de grande importancia. La pobre ciudad de hoy ha vegetado por siglos encerrada en su cárcel de piedra (sus fortificaciones), esa tortura secular que el genio de la guerra ha impuesto á los pueblos fronterizos. Por mucho tiempo Tarragona, trepada en su colina y divorciada del puerto por las murallas que la estrangulaban, no ha sido sino un apacible nido de canónigos, gorjeando en su catedral gótica, en medio de inscripciones, lápidas y escombros.

Tarragona, en efecto, es un cementerio de las razas y civilizaciones diferentes y sucesivas. Por cada calle que se recorre, el pié tropieza con algo que parece ser un pedazo del cadáver colosal de Roma. Donde quiera se ve alguna inscripcion romana, byzantina ó gótica, grabada en alguna lápida que un albañil iliterato ajustó de lado ó á la inversa en el muro remendado de alguna casa de menguado aspecto. Entre las baldosas de las calles, en los portales, las escaleras, los patios y los corredores de las casas, se ven en increible abundancia ó losas de leyenda confusa, ó bustos deteriorados y truncos, ó columnas dislocadas y de formas diversas. Aquella ciudad es en gran parte una ruina formada con escombros antiquísimos, que el tiempo habia dispersado en la falda y al pié de la colina.

A una legua de distancia se ven todavía dos monumentos incompletos y en ruina: la Torre de los Escipiones, de carácter sepulcral, conservando apénas una elevacion de 30 piés, y el llamado puente de las Ferreras, admirable acueducto que ligaba dos altas colinas para conducir las aguas potables á Tarragona. Todo el terreno circunvecino está cuajado de escombros, y cada vez que el arado pasa por allí arranca de entre la tierra algun músculo marmóreo de esa civilizacion romana inhumada por los siglos allí.

La mencion de esas ruinas me hace recordar una anécdota de viaje. No resisto á la tentacion de contarla, porque ella manifiesta uno de los rasgos característicos del pueblo inglés, tan prosáico y excéntrico al mismo tiempo.

Pocas horas antes de embarcarme en Marsella, llegó al hotel donde yo estaba un caballero inglés muy serióte, de porte distinguido y con toda la filiacion de un turista ó aficionado á viajes. Sentóse á la mesa, y habiendo oido decir que un vapor iba á partir para Barcelona, desapareció pocos momentos despues.

Cuando fuí á bordo, al instalarme en un camarote, encontré al parsimonioso insular establecido en la tarima superior, tocándome la de abajo. Quise saludarle, á fuer de compañero de habitacion, pero no se dignó mirarme sino con la esquina de un ojo. El insular, como todos sus compatriotas que viajan, tenia vieja amistad con el mar, y el puente del vapor le gustaba de preferencia. Yo, entretanto, leia ó dormia en el camarote, una vez que se perdió de vista la costa de Marsella.

Al dia siguiente oí desde mi alcoba, en el hotel de las «Cuatro naciones», en Barcelona, que en la pieza contigua silbaba alguno el himno británico God save the queen. Era el Inglés consabido, instalado á quema ropa, Al sentarme á la mesa, segun mi número, el Inglés quedó á mi derecha, mano á mano; pero no me miró tampoco. Durante muchos dias yo rabiaba por entablar conversacion, olvidando que si yo era expansivo á fuer de Colombiano-español, mi vecino era de la raza taciturna y ceremoniosa de John Bull. Todo lo que pude arrancarle, al cabo de cinco dias, fué un thank you, sir, sordamente pronunciado, por haberle acercado un plato de naranjas.

Un dia desapareció mi insular. Confieso que me hizo falta ese compañero mudo, que me picaba la curiosidad por su reserva. Por la noche subí á bordo del vapor «Cataluña». Al irme á acostar, hallé en la tarima superior de mi camarote un bulto con barbas rojas y cabellera crespa y rubia, que roncaba con la franqueza de un ciudadano libre. ¡Era mi Inglés!… Pero aquello era ya un progreso: el hombre renunciaba á su silencio absoluto, puesto que roncaba.

Al dia siguiente, cuando me vió salir de debajo de su tarima, el insular se sonrió, mirándome con una mezcla de recelo y curiosidad. Sin duda hacia la observacion de que si él era mi sombra de viaje yo era también la suya. Le saludé, y apénas hizo el sacrificio de inclinar la cabeza. Despues nos tuvimos que sentar juntos á la mesa á fuer de vecinos.

Cuando el vapor hizo escala en Tarragona, por veinticuatro horas, para tomar carga, salté á tierra y fuí á recorrer la ciudad y los alderredores. Tres horas despues, cuando contemplaba las ruinas de que he hablado, ví al pié de un árbol un hombre que tenia en la mano una cartera de dibujo…. Era mi Inglés, que tomaba el diseño de unas ruinas confundidas con un grupo de árboles, cerca del rio Francolí.

Volví á bordo y me puse á escribir unos versos para mi esposa. Despues llegó el insular, se instaló en el extremo opuesto del salon y se puso á escribir tambien, interrumpiendo de tiempo en tiempo su tarea para meditar. Tentóme la curiosidad y pasé por detras para ver lo que hacia. Eran líneas cortas é iguales, comenzadas con mayúsculas: John Bull rimaba también…. Tantas coincidencias me desesperaban: aquel hombro mudo era, pues, mi sombra, y esto que el silencio no entra en mis hábitos de vida.

En el Grao de Valencia, al dia siguiente, el Inglés desembarcó en una lancha y yo en otra. Entónces respiré como un hombre que despierta y se libra de una pesadilla. «Heme aquí emancipado!» me dije, y tomé el camino de Valencia. Poco despues almorzaba yo en un vasto salon del hotel ó fonda del Cid, uno de los muchos que hay en Valencia. De pronto volví la vista hácia un extremo del salon: el Inglés, el interminable Inglés estaba allí, en otro rincon, almorzando!… Me vió, me hizo un saludo, como diciendo: "¡Diantre! U. por aquí otra vez!"—y ámbos soltamos una ruidosa carcajada que causó extrañeza á los que no estaban en el secreto.

Tales fueron mis relaciones con aquel honorable insular, inseparable compañero. En Valencia le perdí definitivamente de vista; y sinembargo, ahora que escribo estas líneas, en Paris, temo que de repente asome la cabeza por la ventana de mi gabinete para decirme, por un exceso de cordialidad y confianza: «Good morning, sir.» Yo habría podido viajar durante veinte años junto con mi Inglés, y es seguro que, en tanto que no le hubiese sido presentado, jamas hubiera entrado en conversacion conmigo, no obstante que, como pude observarlo, nos teníamos recíproca simpatía.

Volvamos á Tarragona, y perdone el lector la digresion. La catedral de Tarragona, una de las mas antiguas de España, es gótica y corresponde al estilo del siglo X. Aunque no carece de mérito, no llama mucho la atencion sino por una curiosidad de arte que es única en España: es una inmensa alfombra gobelina, de una sola pieza, que cubre todo el pavimento del templo, en los grandes dias. Ese magnífico tapiz contiene toda la historia sagrada, en cuadros admirablemente bordados de trecho en trecho. Los demas monumentos de la ciudad son insignificantes.

Como he dicho, Tarragona estaba divorciada de su puerto. Pero apénas se ha permitido la demolicion de las fortificaciones ruinosas que se interponian, y la ciudad se ha regenerado como por encanto. Sus dos partes están ya unidas por hermosas calles, y todo anuncia allí la resurreccion y el progreso.

La opulenta llanura que termina en Tarragona, entrecortada por suaves y bellas colinas, produce grandes valores en vinos, aceite, olivas, algarrobas, cáñamo, etc., que salen por los puertos de Tarragona y Salou. Tengo entendido que los habitantes de la ciudad se glorían mas de producir mucho vino y aceite, que del honor que le cupo á Tarragona de ser en tiempos mas ortodoxos el asiento de mas de cien concilios.

Un excelente ferrocarril de 13 kilómetros de trayecto, construido por una compañía francesa, y acaso el mas lujoso de España, liga á Tarragona con Reus, pasando por el pueblo de Vilaseca. Tomé el tren, aprovechando la facilidad, y en veinte minutos llegué á Reus, encantado con la contemplacion de aquella hermosa campiña.

Por todos lados veia asomar á la vuelta de alguna colina, ó desaparecer de pronto como una vista de cosmorama, alguno de esos pueblos, graciosos por su conjunto campestre y sus permenores, que salpican la campaña. Constaty, Marricart, Moster, Salos, La-Selva, Castellvertt y los demas pueblos de esa comarca, hacen un contraste primoroso, por sus casas pintorescas y sus campanarios, con la melancólica hermosura de esos campos cubiertos de olivos y algarrobos, cuyo color gris y pálida verdura dominan en las sinuosidades del terreno, ocultando las alegres cepas de viñedos.

Reus, aunque centro agrícola, es una ciudad esencialmente fabril. Su poblacion no baja de 32,000 almas, y su actividad industrial es muy notable. Aunque en su conjunto no es una bonita ciudad, tiene muchas casas elegantes y nuevas, un bello teatro, y entre sus pocos monumentos la iglesia gótica de San Pedro, digna de atencion. Reus tiene todo el tipo de una ciudad catalana, por sus progresos en la vida social, sus muchas fábricas servidas por el vapor, y sus comodidades. Los tejidos de algodon y seda, la peletería y la fabricacion de pipas, así como las cosechas de trigo, aceite y vinos, constituyen su principal riqueza.

Las chimeneas del vapor "Cataluña" lanzaban sus remolinos de humo que la brisa de la tarde dispersaba. Volví á bordo y seguí el rumbo hácia el puerto de Valencia. Despues de visitar la Cataluña, iba á penetrar en la España morisca, de tipo enteramente distinto. España no es un pueblo: es un conjunto de pueblos ó restos de naciones aglomeradas.

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