CAPITULO V.
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VALENCIA Y SU VALLE.
Una aduana española.—Del Grao á Valencia.—Estructura y panorama de la ciudad.—Un juicio de aguas.—Tipos sociales y costumbres.
Al acercarse el vapor al seno del vasto golfo de Valencia, pude ver destacarse á lo léjos, confusa pero pintoresca en su llanura, la ciudad de Castellon de la Plana, situada á corta distancia de la costa. Casi oculto el caserío entre la vegetacion de las cercanías, no se distingue sino como una sombra vaga; pero se reconoce dónde está situado. Despues se penetra al seno del golfo, en el puerto del Grao; detestable de suyo, pero artificialmente mejorado en lo posible.
Llegó el momento de tocar con la aduana y los carabineros, esos cuervos marinos del comercio. Honrado por inclinacion y educacion y extraño á todo contrabando, me irritaba en el primer momento, á cada nuevo registro, como si por mi sola figura pudiera estar exento de inquisiciones aduaneras. Los compañeros me decian: «Haga U. como nosotros y no le incomodarán con el registro.» Y las pesetas se deslizaban de las manos de los viajeros á las de los guardas y carabineros, con presteza y disimulo, dando por resultado infalible el paso de los baúles y maletas sin registro. Detesto con toda mi alma las aduanas; pero detesto mucho mas la corrupcion. Así, incapaz de incitar á ninguno á que faltase al cumplimiento de su deber, me resigné á dejarme registrar mis efectos tres veces entre el Grao y Valencia (¡6 kilómetros!). Los guardas me miraban con curiosidad, vacilando en abrir, como si pensaran en decirme: «No sea U. tonto; suelte unas pesetas al descuido, y adelante.»
España es el país de los trabajos y las formalidades inútiles, con el solo objeto de darle ocupacion á la autoridad y de hacer reglamentos que no se cumplen. De ahí resulta que España es el país clásico del contrabando. El sueldo eventual que los viajeros le pagan á cada guarda es siempre superior al que le da el gobierno. Por tanto, el guarda es el mejor y mas seguro agente del contrabando. Como la autoridad, con sus trabas inútiles, está en lucha permanente con el individuo, todo el mundo tiene la conviccion de que es justo burlarse de la ley. Y como el guarda sería un mártir si cumpliese todo su deber, se limita á las apariencias, y tiene interes en dejarse corromper.
No he visto un país donde haya, comparativamente, tantos empleados como en España. Allí, al contrario de un trivial axioma de administracion, se profesa el principio de tener «muchos empleados, y mal pagados.» La empleomanía es una enfermedad endémica; pero la corrupcion oficial que la acompaña es un cáncer. Así se explican la corrupcion general de los partidos y el desgobierno en que vive el país de mas reglamentos y de mas empleados. Es que el gobierno no es la obra de los gobernantes, sino de las instituciones y los pueblos. Mas adelante tendré ocasion de hacer ciertas observaciones importantes de este género, pues Madrid, Málaga, Cádiz y Santander me suministraron la ocasion, como Valencia.
El pequeño trayecto del Grao (poblacion puramente marítima, de 2,800 almas y de regular movimiento) á la ciudad de Valencia, reina de la suntuosa Huerta, se atraviesa de dos modos: ó en tartana, por la vía carretera, gastando tres cuartos de hora; ó en ferrocarril, en seis ú ocho minutos. Preferí la primera via, por gozar de los encantos del paisaje, porque ver una comarca en ferrocarril es como tomarse un manjar á grandes bocados: ni se le toma el sabor, ni se mastica y digiere.
El camino del Grao á Valencia es una espléndida calle, cuyo pavimento es la arena, cuyo cuadro es una primorosa campiña, y cuyos edificios son cuatro inmensas hileras do álamos y chopos gigantescos; de pompa secular, que enlazando sus ramas de un lado á otra forman una bóveda moviente de 5 á 6 kilómetros. A los lados se destacan graciosas casas campestres en gran número, cubiertas de paja, pulcramente blanqueadas y rodeadas de jardines y huertos perfumados. Detras agitan sus copas de un verde oscuro las moreras, salpican el campo los simétricos viñedos, ú ondean como lagos de verdura los entables de trigos, dominados á veces por las flotantes espigas y las rubias cabelleras de las cañas de maiz. Aquel paisaje es de suyo primoroso; pero cuando se le ve viniendo uno de surcar las soledades del mar, su encanto es indefinible. El corazon late y respira como si sintiese una resurreccion. Es que en el mar el corazon enmudece y el espíritu trabaja solo; miéntras que en la tierra el sentimiento recupera su imperio.
No hay una ciudad que revele tanto como Valencia la lucha de siete siglos en que estuvieron tenazmente empeñadas dos razas y dos civilizaciones abiertamente opuestas. Todo indica allí la imposibilidad anterior de la fusion, y la existencia de una sociedad engendrada entre sangre y odios por el árabe conquistador en el seno de la goda vencida, y luego trastornada por la reaccion de los conquistados sobre los conquistadores. La raza, la lengua, la arquitectura, las costumbres y la industria, son una mezcla, no un amalgama de formas heterogéneas, conservando cada cosa su tipo característico. La vieja España y la Arabia moruna viven allí conjuntamente, codeándose, entrechocándose, y rara vez armonizando en realidad. Tal parece como si la guerra de los moros no hubiera terminado en Granada, sino que continúa en Valencia.
Veamos el conjunto de Valencia y su valle, y despues diremos algo sobre los pormenores. La renombrada Valencia, perla conquistada por el Cid campeador, cuya Huerta fué llamada por el historiador Mariana los Campos Eliseos, está dividida por el rio Turia (reducido en el verano á cauce), y tiene á su derredor muchos arrabales, así como vastas pero ya inútiles fortificaciones. La poblacion interior alcanza á 66,000 habitantes, pero la total es de mas de 106,000. Aparte de su importante y muy valiosa produccion agrícola, de que luego hablaré, y de algunos trabajos de arte, se distingue por su fabricacion de sederías y sus tejidos de lana muy graciosos, tales como las moriscas mantas de colores, que reemplazan la capa ó hacen el papel de la ruana, ó poncho ó sarape de Colombia.
Valencia tiene numerosos y regulares institutos de instruccion y beneficencia, que la hacen interesante, y cuenta muchos monumentos en cuyo interior hay verdaderas preciosidades artísticas. Notablemente se distinguen en esto la Catedral y la iglesia de los Desamparados únicos templos que pude visitar.
Para tener una idea exacta de Valencia, ciudad de la mas extraña fisonomía, es necesario subir hasta la altísima plataforma de la octógona torre de la catedral, edificio, singular, independiente del templo y que arranca desde el exterior del muro de la fachada, sobre la plazuela misma. El templo es sin duda interesante en su interior, por algunos detalles artísticos muy bellos, y sobre todo por su asombrosa profusion de mármoles que cubren los muros. Pero el conjunto carece de gusto. Es un templo remendado, construido en el sitio de la gran mezquita, con una mezcla informe de obras góticas en la forma general y complementos del Renacimiento, como la cúpula; donde se ven las ogívas góticas mano á mano con las molduras y los dorados de orden compuesto, clamando á Dios unas y otros contra los incongruentes arquitectos. El templo es ademas muy sombrío, de modo que sus adornos interiores pierden por falta de luz gran parte de su valor.
Súbese á la plataforma de la pesada torre por 206 grades de piedra en espiral, y al hallarse en la altura se experimenta de repente una sensacion indefinible. La hermosura del paisaje que de allí se contempla sobrepuja á toda ponderacion, y el que por primera vez (como me sucedia) ve una ciudad como esa, tan esencialmente morisca en sus formas, encuentra poderosamente excitada su curiosidad de viajero.
El espectáculo era simultáneamente grandioso, poético y repugnante. Al tender la vista sobre la ciudad, en derredor, veia el país morisco; y abarcando todo el horizonte, la magnificencia del suelo español y las huellas de una lucha secular de civilizaciones distintas. En el centro de la ciudad lo pasado, la historia; al derredor la época moderna.
En efecto, la parte central es la morisca. Calles tortuosas, estrechísimas y en laberinto inescrutable, sucias y con detestable pavimento; casas de una irregularidad absoluta, monstruosas, negras, desmanteladas muchas, semejando verdaderos palomares, agrupadas á la ventura y como encaramadas unas sobre otras.
Y todo ese conjunto informe, semejante á un inmenso monton de peñascos despedazados, dominado por algunas cúpulas moriscas, por una infinidad de azoteas y miradores irregulares, enclavados sobre hileras de ventanillas y troneras y de lienzos de muros dentellados.
Al derredor de lo que fué la Valencia moruna está la Valencia española y los arrabales. Allí hay mas órden en las calles; las construcciones son de arquitectura vulgar y pesada, y se ven pulular por docenas las torres de los viejos conventos de frailes y monjas. Por último, cierran el cuadro de la ciudad las alegres casas campestres, las quintas elegantes, las grandes fábricas y la estacion del ferrocarril, es decir, las señales de la civilizacion moderna, que significa igualmente actividad y comodidad.
Al extender la mirada ¡qué paisaje tan vasto y admirable se registra! Al occidente el cordon de cerros ó montañas desnudas de árboles, que determinan el valle marítimo de Valencia, cerrando el horizonte á distancia de seis ó siete leguas. Al oriente el Mediterráneo, azul blanquecino, tranquilo, surcado por los buques, veleros y reflejando magníficamente los resplandores de un sol casi africano. Encima un cielo purísimo y soberbio de luz y de belleza; y en el fondo del cuadro, hácia todos los lados de Valencia, la llanura mas primorosa del mundo—la opulenta y renombrada Huerta—de donde se exhalan los ricos perfumes del azahar, el jazmin y la rosa, de entre bosques interminables de naranjos ó limoneros que proyectan su oscuro follaje sobre campos de espigas, de simétricas moreras y viñedos, como sobre entables de caña dulce y plantaciones de algodon. Para completar lo pintoresco del paisaje, las innumerables y graciosas casitas campestres, las infinitas acequias de irrigacion (que son las joyas de la Huerta) y los muchos pueblos dispersos en la vasta llanura en situaciones pintorescas, le dan á la escena el tipo de un país eminentemente agrícola y poético. Parece imposible hallar nada tan interesante como la campiña de Valencia.
Habia pasado tres horas en esa muda contemplacion. Al descender de la torre me aguardaba, por una singular fortuna, un espectáculo social que en cierto modo completaba el físico. La plazuela de la catedral, que es muy pequeña, estaba casi llena de gente. Pregunté la razon de aquella pacífica aglomeracion de hombres que tenian el aire de campesinos, y me dijeron que acababa de tener lugar un juicio de aguas. La frase me picó mas la curiosidad y seguí preguntando. Hé aquí la explicacion que obtuve:
Los agricultores valencianos gozan de un fuero especial que les fué concedido por uno de sus reyes católicos despues de la derrota ó expulsión de los moros. Ese fuero consiste en el juicio de arbitramento respecto de los litigios que se suscitan entre los agricultores por las aguas ó acequias de irrigacion. En una comarca tan esencialmente agrícola, el agua es el principal tesoro, y ella está distribuida con admirable precision en los campos, mediante una vasta red de canales y compuertas que hacen ir de los rios a todas las campiñas y plantaciones la cantidad de agua necesaria. El gran beneficio del fuero consiste en haber librado á los agricultores de las garras de los abogados y curiales y de la absurda institucion del papel sellado.
Cada dos años se reunen los agricultores de la Huerta y eligen los jueces-árbitros de su tribunal, ancianos sencillos, de experiencia en el oficio del cultivador y venerables por su honradez y su buen sentido. Cuando se suscita una disputa entre dos ó mas agricultores por alguna acequia, sea en cuanto á su paso, su extension ó la cantidad de agua, sea en cuanto á la oportunidad del regadío, la cuestion viene al conocimiento de uno de esos árbitros (que muchas veces no saben ni leer) y las partes son convocadas para ir al juicio en cierto dia, llevando sus pruebas testimoniales. El juez, si acaso no conoce (por rareza) el terreno especial de la cuestion, va y lo examina concienzudamente.
El dia del juicio, el tribunal se instala bajo el pórtico de la catedral, al aire libre, como en campo raso. Cada parte relata el asunto y defiende su causa como puede, sin mas abogados que su buen sentido y su justicia. Los testigos son oidos, y el rústico tribunal, apoyándose en los hechos que conoce por sí mismo y las circunstancias probadas, pronuncia un fallo que es irrevocable, que todo el mundo respeta y obedece religiosamente y que jamas se escribe. La expresion de esa justicia sumaria y amigable no tiene mas archivo que la tradicion, porque allí no se falla sobre dominio ó propiedad sino sobre servidumbres y usos de simple irrigacion. ¡Jamas pueblo alguno de los tiempos modernos tuvo institucion mas sencillamente sublime! Ella es á la vez una idea democrática, una elocuente condenacion de las manías reglamentarias de los gobiernos, y una prueba de que la mejor base de la justicia humana está en el buen sentido de los hombres libres guiado por la simple nocion del interes comun. Los abogados y curiales detestan los juicios de aguas, y tienen razon, segun su oficio. Pero los agricultores los veneran con mucho mayor razon, y no permitirán jamas que les arrebaten ese fuero. ¡Es cosa bien triste que todavía se llame fuero ó privilegio una institucion que no es sino la forma mas profundamente filosófica de la justicia social!
Una reflexion me ocurrió, al observar el alegre grupo de agricultores que ya se disolvia, despues de un juicio que solo habia durado una hora. ¿Por qué ha subsistido esta institucion en Valencia, miéntras que el absolutismo ha destruido casi todos los fueros mas importantes en el resto de España, excepto en las provincias vascongadas? Recordé la reciente lectura que habia hecho de un libro sobre las costumbres de los árabes, y tuve la explicacion del fenómeno. Es que aquella poblacion valenciana, eminentemente morisca, ha encontrado una armonía perfecta entre el arbitramento de los juicios de aguas y las costumbres arábigas. Allí donde falta el antagonismo, las instituciones se perpetúan respetadas religiosamente. El juez de la Huerta, ese rústico tío (como los llaman en España), ¿no es la verdadera continuacion del Kady árabe, que oye y falla patriarcalmente? No hay de estable y fecundo en las sociedades, sobre todo en materia de instituciones, sino lo que está en armonía con la naturaleza humana, esencialmente razonable. En punto á justicia, siempre me atendré mas al juicio del hombre rústico, de conciencia honrada y sencilla, que á la elocuencia literaria de diez Cicerones.
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Valencia es el país clásico de las mujeres hermosas,—tanto que allí es casi difícil encontrar una fea. En las mas espléndidas calles de Paris, Lyon y Marsella, y de Barcelona y Madrid me han mostrado soberbias Valencianas, desgraciadamente…desgraciadas. Pero aquellas mujeres, que fascinan todas con su hermosura, no seducen el corazon jamas, no embelesan el alma. Al contrario, hay en esa hermosura no sé qué de áspero y repelente que causa miedo, que hace adivinar las pasiones terribles y la navaja oculta bajo la falda de colores vivos; que hace pensar en la vengativa Italiana, lo mismo que en la mujer africana que cruza los desiertos arenales al rayo del sol sobre la silla de su galante jinete, ó que incita á las voluptuosidades del amor oriental bajo la tienda de la carabana.
La Valenciana domina con su ardiente mirada, pero intimida ó amenaza. Su abundante y sedosa cabellera, recogida en trenzas ó en un moño, y cubierta con un pañuelo de listas, atado en derredor de la cabeza en forma de turbante; sus ojos grandes, negros, ardientes y de mirada profunda, que hieren como la hoja del cuchillo árabe; su aire garboso y audaz; su fisonomía mas que redonda, casi ovalada, cortada por líneas sumamente rígidas; la energía de su voz; lo pintoresco de su estrecho vestido, compuesto de telas fuertes de colores brillantes, bajo las cuales palpita un seno incendiado y se dibujan las formas de una organizacion vigorosa; todo eso hace de la Valenciana (considerada la masa mas numerosa) un tipo especial, que impone la atencion, y que resiste á todas las influencias fusionistas de la civilizacion moderna.
El hombre de educación gusta mucho allí de las intrigas políticas, y tiene al mismo tiempo, por una aparente contradiccion, muy pronunciado el sentimiento artístico. El noble, el individuo de la clase mas alta, es absolutista por excelencia. No tuve tiempo para averiguar la causa; pero establezco el hecho. Valencia es en España la verdadera fortaleza de las opiniones absolutistas. El pueblo—lo que en Europa llaman simplemente así, y que en las democracias llamamos el pueblo pobre, porque todos somos pueblo,—se deja guiar fácilmente por los absolutistas, miéntras que la idea democrática no se abriga sino en la clase media. Donde quiera he observado, personalmente ó por lecturas, que los pueblos mas ásperos y brutales en sus costumbres son los mas favorables al absolutismo. El pueblo de Paris, esencialmente culto, ha sido siempre el salvador ó por lo menos el defensor de la libertad en Francia. Los bandidos y pillos de Roma y los lazzaroni de Nápoles, magistrales en el manejo del puñal, han sido los mejores apoyos del despotismo en la Italia meridional. Los salteadores de Grecia hacian la guerra á la noble causa que tuvo por mártir al sublime Byron.
Hay en las clases inferiores (en educacion) de Valencia, una distincion que establecer. El agricultor es un rudo tipo, pero es honrado y pacífico. El obrero, el habitante de los arrabales y el ganapan de las calles y del puerto, al contrario, son ásperos en todo, de mala índole, de instintos pendencieros y brutales. Despues de las seis de la tarde es muy imprudente aventurarse á recorrer solo los alderredores de Valencia; y no porque estén plagados de ladrones y asesinos, como han dicho, exagerando mucho, algunos viajeros, sino porque es muy fácil tener una pendencia con un truhan de navaja lista y humor muy despuntado, que termine por un drama sangriento, ó cuando ménos por un chaparron de garrotazos. Sobre todo, si alguna hija de Eva anda en el asunto, el galante forastero puede contar con un mal dia. Con las Valencianas de cierta clase se cumplen á la letra las palabras de Cervantes: «hay cosas que es mejor no meneallas,» y mujeres bonitas que es mejor no tocallas.
El Valenciano de los arrabales tiene una fisonomía que parece el amalgama del árabe guerrero con el Napolitano. Si en lo moral se distingue por las fuertes pasiones, el sentimiento artístico, el humor pendenciero, y el gusto por la algazara, el baile frenético, la guitarra, la cancion bélico-amorosa y las alegres libaciones, en sus hábitos exteriores tiene todo lo pintoresco de los pueblos apasionados.
Donde quiera le vereis ó con el sombrero calañes, que es la tradicion del turbante, ó con un pañuelo de colores vivos atado á la cabeza por detras cayendo sobre la nuca. Y luego el calzon estrecho hasta la rodilla, con polainas hasta los piés, y siempre calzado con la sencilla alpargata nacional; el cuerpo medio cubierto por la manta, especie de capa corta ó ruana doblada, con listas de colores vivísimos y menudas borlas; y debajo, asomando como un traidor que medio se oculta, el afilado cuchillo ó navaja de resorte, de larga y aterradora cuchilla, con muelle dentellado y cabo corvo y lleno de adornos mas ó menos artísticos.
Organizacion enérgica, el Valenciano lo hace todo con brio. En el puerto trabaja como si fuese de hierro; en el taller es listo; dirigiendo la tartana brincadora, la carreta pesada ó el arado, se hace entender por el animal de tiro con fuertes gritos y terribles ejercicios de látigo y púa, y en el baile, la plaza de toros, los amores, las pendencias de arrabal y las guerras civiles, todos sus actos tienen el sello de la resolucin y la violencia de sentimientos.
Valencia es una ciudad muy digna de ser estudiada, por su curiosa fisonomía, pero donde no se puede vivir con placer una vez que se han recogido las impresiones mas notables. Si sus campos arrebatan, sus calles dan horror, sus hermosas mujeres intimidan y sus gentes de arrabal asustan.
Esa sociedad necesita para suavizarse del impulso poderoso del cosmopolitismo moderno. Los ferrocarriles, las fábricas, el trato activo con el extranjero y las instituciones liberales y humanitarias que supriman toda violencia legal y todo espectáculo de sangre, harán de Valencia un verdadero paraíso, extinguiendo todo lo que hay en las costumbres de áspero y brutal, y aprovechando todos los dones de una naturaleza admirable, que ha sido tan pródiga con la raza como con el cielo y la tierra.
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CAPITULO VI.
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DIEZ Y OCHO HORAS DE CONTRASTES.
La "Huerta" de Valencia.—San Felipe de Játiva.—La diligencia española.—Almanza.—La Mancha y el valle del Tajo.—Un personaje de España.
Una serie de curiosísimos contrastes me esperaba en el trayecto que debia recorrer desda Valencia hasta Madrid. El opulento valle se extiende, largo y angosto, al norte y sur de Valencia, limitado al poniente por las montañas que determinan la curiosa formacion de la alti-planicie de Cuenca. Hácia las alturas del Bonete se desprende de la serranía circular un ramal de cerros que cierra por el sur el valle de Valencia y va á morir sobre la costa de Alicante entre Jijona y Denia. El ferrocarril de Valencia surca el valle hácia el sur, cortará la serranía por el abra ó "puerto" de Almanza, y se ligará en la villa de este nombre con el ferrocarril que enlaza á Madrid con Alicante.
El tránsito por la via férrea desde Valencia hasta adelante de Alcudia, donde terminaba la seccion en servicio, tiene no sé qué de fabuloso, que hace recordar los cuentos de las Mil y una noches. Una campiña admirable, perfumada por las riquísimas esencias del azahar y el jazmin, se extiende allí encuadrada entre cerros desnudos y rocallosos, como una inmensa esmeralda engastada en acero occidado. Por todas partes el cultivo mas perfecto, los angostos canales de irrigacion, los bosques de naranjos y limoneros cargados conjuntamente de flores y amarillas frutas en asombrosa profusion. Es de esa Huerta fabulosa que van á todas las ciudades de Europa las deliciosas naranjas de finísima corteza. Parece una tonta exageracion; pero yo alcanzaba casi á tocar los racimos de naranjas, alargando el brazo desde el wagon del tren en que iba con la velocidad del rayo. Imagínese lo que será esa Huerta de Valencia, cuando el ferrocarril gira en gran parte de su trayecto por entre una calle literalmente formada por bosques de naranjos y moreras, donde se crian simultáneamente la almibarada fruta y el laborioso gusano de seda.
La parte meridional del valle, hasta el puerto de Almanza, excluyendo á Valencia, contiene en solo la linea del ferrocarril una poblacion de 55,000 almas, robusta y laboriosa en alto grado, concentrada en once villas y distritos.
Algunos de esos pueblos tienen una situacion pintoresca y graciosa, haciendo descollar sus campanarios como los centinelas de la llanura. Causa un verdadero placer, mezclado de curiosidad, la rápida inspeccion, en las estaciones del ferrocarril, de aquellos grupos de labriegos encantados al oir el prolongado silbido de la locomotiva, que les ha sorprendido en sus hábitos moriscos y su ignorancia peninsular. Sus pardas ó amarillentas mantas, sostenidas como capas; sus sombreros de anchurosas alas, cuando no de estilo calañes; sus pantalones cortos ciñendo la rodilla; sus polainas ó calcetas de piel, y sus carcajadas francas y ruidosas que les dan un aire de placer y satisfaccion, fijan la atencion del viajero dejándole una impresion muy agradable.
De todas las pequeñas poblaciones del valle solo merecen especial mencion, por su masa ó por su historia, las villas de Alcira (que tiene 14,000 almas), Carcagente (bonita y rica poblacion, con 8,200) y San Felipe de Játiva, que cuenta 15,800, y es bastante célebre en la historia de España.
Alcira como un jardín flotante, ostenta sus tres torres entre dos brazos del rio Júcar, sobre el cual existe todavía el puente romano por donde pasaban los ejércitos de César. Es famosa en la historia la resistencia tenaz que le opusieron á Cárlos V los comuneros alciranos, que les costó la pérdida de sus fueros.
Cerca de Játiva el valle se estrecha notablemente entre los cerros escarpados que por todos lados lo dominan, y sobre cuyas eminencias se destacan, como nidos colosales suspendidos de las rocas, los escombros de algunos castillos feudales, testimonios que el tiempo ha querido respetar en parte para recordarle al viajero la impotencia de las civilizaciones fundadas en la fuerza y el aislamiento egoísta.
La pobre Játiva, de heróica memoria, cuna del Españoleto y teatro secular de tantos combates, no es hoy sino una momia de plaza fuerte, con su castillo derrumbado y sus reductos en escombros. Parece la imágen de una de esas mujeres altivas que, despues de haber brillado hermosas y lozanas, dejan enmohecer sus joyas y no presentan sino caras arrugadas, ojos enjutos, bocas sin dientes y cabezas calvas…. El aspecto lamentable de esa ciudad pretérita hace un extraño contraste con aquella admirable campiña, llena de verdura, de galas y perfumes. Dichoso contraste que está mostrándole al labriego que si las glorias militares pueden engrandecer por un momento, se pierden luego en el olvido, en tanto que el poder adquirido con la industria se reproduce y perpetúa.
En Játiva tuerce su curso el ferrocarril, dirigiéndose rectamente al sur hácia Almanza, por el fondo del estrechísimo valle, verdadera bifurcacion del de Valencia. Allí, el terreno, careciendo de solidez y de humedad y aproximándose á las montañas rocallosas, pierde esa fertilidad de la gran llanura, y en vez de alimentar naranjos, moreras y trigos, se cubre de viñas dispersas sobre las colinas ó de olivos que entristecen la campiña con su tinta gris. Así, instantáneamente se pasa de la vegetación risueña á la melancólica, y de la tersa llanura á los planos inclinados y á las sinuosidades profundas.
La noche se acercaba cuando descendí en Alcudia del tren del ferrocarril. Despues de aquellos contrastes puramente materiales iba á conocer otros de carácter social muy interesantes. Allí hube de tomar por primera vez esa máquina infernal que se llama diligencia y que caracteriza vigorosamente á uno de los tipos mas curiosos,—tipo que se divide en tres entidades homogéneas pero diversas: el mayoral, el delantero y el zagal.
Francamente, creo que Santo Domingo de Guzman, Felipe II y el amable Torquemada no entendian el oficio. Si hubieran sido maestros en el arte de torturar habrían inventado la pena de viajar en diligencia, y no habría quedado un solo hereje en la piadosa España. En mis cavilaciones sobre el infierno, en los ratos desocupados, no habia podido formarme sino una idea muy confusa de los terribles dramas de aquel mundo de cóleras, relámpagos y fuego. Cuando por primera vez viajé en diligencia española, tuve la nocion completa de lo que debe de ser una legion de demonios que se lleva un racimo de almas al infierno, por entre precipicios espantosos y con grande orquesta de reniegos.
En el momento del arranque, al sentir aquella casa de madera arrastrada por diez mulas frenéticas, como si la impeliese el huracan, la primera impresion es de miedo, de cólera y horror.
Algunos minutos despues, cuando se ha visto que el peligro era exagerado, se crispa uno de risa (porque tenderse ni exaltarse es imposible en aquella prison celular), y se deleita como un salvaje en la contemplacion del drama convertido en comedia.
Figúrese el lector una enorme caja (los Franceses la llaman machine) dividida en cinco compartimientos en forma de palomares ó gallineros, donde el viajero es la gallina y el mayoral el gallo-sultan. Arriba, una cueva que se llama cupé, donde empacan á cuatro bultos numerados del género humano. Abajo, en primer término, la berlina, donde va en número de tres la aristocracia de las victimas; en el centro una cripta romana que llaman interior, calabozo de seis rematados; y atras la cocina del infierno, pomposamente decorada con el nombre de rotunda. Encima, el departamento de equipajes, denominado la vaca, Chimborazo ambulante que se parece un poco á la cueva de Montesinos. Total, diez y nueve Cristos que tienen la idea de viajar, bajo el poder de un Poncio Pilato que se llama el mayoral, como quien dice, don Manuel Rosas y los salvajes unitarios de marras.
Esto en cuanto á la parte animal que va adentro. Por lo que hace á la de afuera se clasifica, en el órden de bestialidad, así:
El mayoral,
El zagal,
El delantero
Y las mulas.
Esas cuatro entidades se agitan, se atacan, se estropean y golpean conjuntamente, formando los tres primeros individuos un alboroto infernal, y levantando las ocho ó diez mulas bravías que les están asociadas una nube de coces y de polvo, dentro de la cual se cierne una lluvia de latigazos y garrotazos.
Los tres directores de aquel convoy de veintinueve víctimas (sumando viajeros y mulas) llevan sus puestos respectivos. El mayoral, en el pescante, entre el cupé y la berlina, como un Phaeton que conduce su alado carro. El zagal, á su lado, ó prendido de un garfio del pescante, á guisa de apéndice. El delantero, á caballo sobre la bestia primera de la fila izquierda, dando la direccion á las diez mulas.
Estas, formadas en columna, en dos filas, van ligadas entre sí por un laberinto de pesadas cadenas, de garfios, correas y trozos de madera que aumentan el enorme peso y la extravagancia de aquella montaña portátil.
De tiempo en tiempo, cuando alguna de las mulas afloja el paso (porque van siempre á galope largo y al coche rueda como un huracan por cuestas y valles), el zagal da un salto al suelo, y se lanza á la carrera, á la par de las mulas, armado de un garrote delgado ó de un látigo fuerte. A cada mula le reparte (porque siempre los justos pagan por los pecadores) cuatro ó seis golpes frenéticos; y cada una de ellas responde, según su estilo peculiar, con cuatro ó seis coces furibundas, que el zagal evita con asombrosa habilidad. Entónces aquellos animales se enfurecen, brincan como cabras, corren como demonios y levantan una polvareda que hace perder de vista el horizonte é invade, á los viajeros en sus navetas martirizadoras.
El mayoral grita como un dragon, sacudiendo las riendas y el foete,—agitando en una convulsion rabiosa todo el cuerpo; el zagal le acompaña en gritos, movimientos y reniegos; y el delantero, que les sacude tambien á veces á las mulas que están á su alcance, redobla la actividad para apurar la carrera. El viajero, entretanto, sintiéndose á discrecion de aquellos salvajes y de diez mulas furiosas, se agita en un drama cómico de las mas vivas emociones, acabando por resignarse á todo. Imagínese lo que habrá de sentir el que, saliendo de un magnífico tren de ferrocarril, se entrega por primera vez á esa pesadilla sin sueño que se llama un viaje en diligencia.
Cuando el viaje es largo los peligros aumentan. Como jamas se varía el mayoral ni el delantero, que son los pilotos de la diligencia, el sueño los domina á veces, y con frecuencia el coche vuelca y se despedaza, se estrella en un recodo, ó se precipita en un desfiladero, sucediendo no pocas desgracias. Y no hay que hacer observacion alguna, ni quejarse de hambre ó cosa parecida; porque el viajero que sufre la ley tiránica de los empresarios, es un esclavo á la disposicion del sultan que tiene su trono en el pescante. Todo eso sin perjuicio del escamoteo, al fin del viaje, que los mayorales, delanteros y zagales ejercen contra el viajero, mendigando como si no tuviesen dotacion ó paga.
Aconsejo á los que padezcan de los nervios y quieran obtener una curacion violenta pero segura, que vayan á España á hacer un viajecito en diligencia. En España casi siempre que cae un ministerio le destierran, á lo ménos diplomáticamente. No sé por qué llega el rigor hasta ese punto, cuando con unas doce horas de diligencia todo quedaría compensado, aunque, á decir verdad, los pecados de casi todos los ministerios españoles no son de los muy veniales.
Despues de cuatro horas de diligencia toqué en Almanza con el ferrocarril de Alicante, empresa que, á pesar de los muy buenos elementos con que cuenta, se distingue por su mal servicio. Algun dia se corregirá. Nada diré sobre la ciudad de Almanza, porque la noche me impidió observar siquiera su aspecto general. Con todo, de paso y al claro-oscuro tuve mis sospechas de que es una poblacion que no brilla por la hermosura ni la actividad. Es una ciudad de antiquísima data, muy anterior á las guerras entre Romanos y Cartagineses. Así, aquella es una de las ciudades españolas cuya historia está ligada á las cuatro dominaciones sucesivas de mas significacion que han impreso su sello á la nacion ibera. La llanura de Almanza es célebre por la famosa batalla ganada allí por los Españoles, en abril de 1707, contra las tropas anglo-portuguesas, dándole á España la imponderable ventaja de cambiar de amos, puesto que los Borbones ocuparon con Felipe V el trono que la casa de Austria habia tan atrozmente inmortalizado. Todavía se conserva en la llanura el obelisco que conmemora el suceso. En España se conservan esos monumentos muy bien, pero se dejan cegar los antiguos canales que datan del siglo pasado.
De Almanza á Madrid el ferrocarril toca en veinte y dos poblaciones, sobre terreno llano, con un total de cerca de 100,000 habitantes, exclusivamente consagrados á la agricultura, cuyos productos principales son los trigos y vinos y algun aceite de olivas. De esas veinte y dos poblaciones solo tienen alguna importancia: Almanza fuerte de mas de 9,000 almas; Albacete, capital de provincia, con cerca de 17,000; Villa-Robledo, que cuenta 8,000, y Aranjuez, ciudad cortesana, con mas de 5,000, que es la Versalles de la corte de España, verdaderamente primorosa. Mas adelante haré su descripcion.
Es curioso tambien, en el trayecto, el pueblo de Villacañas, correspondiente al país de Don Quijote. Cuéntanse allí hasta trecientas cuevas, practicadas en las colinas del campo (que se desprenden de la sierra de Toledo), en donde viven todas las familias pobres. Esta singular arquitectura de la miseria no es rara en España, y en ninguna parte interesa tanto como en uno de los barrios de Granada. A su tiempo descubriré ese curioso pormenor.
La travesía de la Nueva Castilla continuaba la serie de contrastes que yo iba observando. La noche me habia hecho perder de vista las campiñas al salir del valle de Alcudia, continuacion ó inflexion del de Valencia. Cuando al siguiente dia ví aparecer en el horizonte las tintas primeras de la aurora, el tren pasaba por las vastas y tristísimas llanuras de la Mancha. Así, habia cerrado los ojos ante un paisaje en extremo pintoresco, para abrirlos despues en el centro de un país singularmente notable por su desolacion y su silencio. Ni la sombra de un árbol, ni el rumor de un arroyo, ni el canto de un gallo ó de un pájaro campestre, ni el mugido de una vaca, ni el mas leve ruido se sentia al atravesar aquel desierto…. ¡Ni una choza en las praderas interminables, ni un cercado para manifestar la presencia del hombre por allí!…
Y sinembargo, la Mancha es un país asombrosamente fértil en la produccion de trigos y vinos, que cuando está cubierto de mieses y sarmientos tiene una hermosura suntuosamente triste. ¿Por qué no hay allí ni un solo árbol, ni casas, ni jardines, ni otra cosa que inmensos prados ó trigales solitarios?—Porque no hay agua,—dicen los optimistas, que creen que lo que no se hace es porque no se puede.—Porque los manchegos son perezosos,—indican á su turno los pesimistas que deprimen y calumnian al pueblo español.
Ambas disculpas son sofísticas. Donde quiera que en la Mancha se quiere tener agua, no hay mas que cavar un poco y surge á torrentes. Ademas, á corta distancia están las serranías, de cuyas corrientes purísimas puede la industria obtener, por medio de canales, toda el agua necesaria. El pueblo manchego no es tampoco perezoso por índole, como se dice. Esa es una mentira que los malos gobiernos han inventado para encubrir su incapacidad.
En materia de gobierno hay que optar entre uno de dos sistemas: ó la represion reglamentaria, y entónces los gobiernos tienen el deber de hacerlo todo, y son responsables del malestar social; ó la libertad y la prescindencia, en cuyo caso el individuo tiene la iniciativa y los pueblos la responsabilidad de sus actos de todo género. Como en España se ha seguido el primer sistema, sus gobiernos son los responsables, los verdaderos haraganes, puesto que no han abierto canales y caminos (hasta ahora se trabaja en eso), á fin de que los pueblos manchegos tengan agua (y con ella árboles, irrigacion, casas de campo, etc.) y medios de dar salida á sus trigos, vinos y aceites, con lo cual la agricultura tomaría un poderoso incremento. Si los gobiernos constitucionales tienen su proceso en los presupuestos, los absolutos lo tienen en el aspecto de las poblaciones y los campos.
El primoroso valle de Aranjuez, regado por el Tajo y el Jarama (nuevo contraste en la topografía), me ofreció una prueba evidente en apoyo de las observaciones que acabo de hacer. Allí, en vez de la soledad y la tristeza del resto de Castilla, hay una pompa de vegetacion que arrebata y deleita. Aquel país es un verdadero paraíso, durante la primavera. En un espacio pequeño se halla aglomerada una inmensa riqueza en ganados, bosques, hortalizas y otros frutos agrícolas, sin contar los tesoros artísticos. ¿Por qué tanta opulencia allí en el centro de una vastísima planicie desierta? Se dirá que todo se debe á la abundancia de aguas en Aranjuez. Error: he visto muchos otros valles de España, admirablemente dotados de aguas y fertilidad, donde reina también la soledad. El valle de Aranjuez es precioso, porque es un dominio real; porque no le pertenece al pueblo español, pobre y abandonado, sino á sus monarcas, opulentos siempre. Y sinembargo, los reyes que han gastado inmensos tesoros en embellecer ese Real-Sitio, no han tratado de suprimir las fiebres, que son el real patrimonio de los vecinos de Aranjuez, á causa de las inundaciones que producen los rios. En tanto que el Jarama y el Tajo desbordan por falta de canalizacion, los palacios de Aranjuez rebosan en maravillas de pintura y escultura, que han costado millones sin cuento. Miéntras que los cortesanos se alojan allí en suntuosas habitaciones, el pueblo español sufre las fiebres tercianas, ó se aloja en Villacañas en cuevas húmedas y desabrigadas, abiertas en las peñas.
Con excepcion de tres ó cuatro parajes bellos, como en las cercanías de Toledo, de Valladolid ó de Palencia, no hay en las dos Castillas, otros puntos notables por su hermosura artificial que los Reales-Sitios. Lo demas son llanuras desiertas, aunque cubiertas de trigos ó viñas en gran parte. Con el valor de los cuatro Reales-Sitios podría el pueblo español pagar todas sus deudas, ó cubrir de ferrocarriles todo el territorio nacional, quedándole algo para alfileres. ¿Quién sabe si algún día se hará ese negocio….?
Al tomar la diligecia en Mogente (ó Alcudia) tuve por compañero en la berlina á un sugeto que me impresionó vivamente y á quien no olvidaré jamas. Era un doble tipo, como se verá, muy digno de atencion. Un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, robusto y rosado, lleno de salud y de vida, con una fisonomía admirablemente honrada, una risa franca y llena de benevolencia, una mirada cordial, y una conversacion en que se confundia la sencillez del lenguaje con el aticísmo del estilo y la solidez de las observaciones.
Desde los primeros momentos de la conversacion (que empezó casi al entrar á la diligencia) conocí que me las habia con un liberal de puño cerrado, hombre de instruccion, e muy buen sentido y en extremo tolerante. A juzgar por su aspecto modesto y su lenguaje sencillo y chistoso, le tomé por un propietario campesino, de vida retirada, aunque muy culto. Pero luego fuí cambiando de opínion. Al saber que yo era republicano de Hispano-Colombia, me tomó cariño y me hizo mil preguntas sobre la vida de perros que llevamos los demócratas en el Nuevo Mundo. Mis respuestas le encantaban, y se mostraba como triunfante cada vez que yo le indicaba algunas de las mas bellas conquistas hechas en Nueva Granada por las ideas verdaderamente democráticas. Ya puede colegirse que mi excelente compañero y yo quedamos muy amigos, sin conocernos. La comunidad de creencia política y de toda clase de convicciones nos habia ligado; y me aproveché de la ocasion para adquirir muchas luces sobre la situacion de España.
Al día siguiente, cuando aquel excelente caballero se despedia de mí en la estacion del ferrocarril, en Madrid, ofreciéndome cordialmente su amistad, vine á saber que habia viajado nada ménos que con don José María de Orense, marques de Albaida, grande de España de primera clase, y jefe del partido demócrata español, cosa que vale mucho mas que todas las grandezas de pergaminos.
Así, aquel sujeto no solo me habia ofrecido un notable contraste social, sino tambien un bello tipo de la sociedad española. En Barcelona habia tratado en la fonda á un marques de muchas campanillas, absolutista de tuerca y tornillo. Era un sugeto de excelente corazon, pero de endemoniada cabeza, infatuado con su noble estirpe, intolerante en todo, porque no admitia contradiccion, y energúmeno en su tenaz absolutismo y su odio á las ideas democráticas.
El otro marques, mi compañero de viaje—el noble demócrata—era un tipo enteramente opuesto. No hacia el menor caso de la pretendida nobleza; no se nombraba sino por su simple apellido de Orense (sin partícula); se distinguia por su sencillez modesta y su tolerancia; hablaba de los pueblos, sin acordarse de los reyes (que eran la pesadilla del otro marques), y no reconocia en los hombres otro valor que el de su mérito personal. Así, el estudio de las cuestiones sociales y el sentimiento profundo de la justicia, habian hecho un ciudadano de un grande de primera clase. Orense me ofrecia, pues, el tipo del noble moderno, que comprendiendo que los tiempos han cambiado y el mundo marcha hácia el reinado de la libertad y la igualdad, se ha puesto del lado del pueblo, para defender una causa que no ofrece medros sino gloriosa pobreza, dejando el viejo camino por donde con tanta comodidad se iba hácia el poder con la opulencia.
Orense, ademas, me mostraba el noble tipo del viejo castellano (no del «castellano viejo»), tan simpático y respetable; es decir, del hombre sencillo, de sólido juicio, francote, honradote, lleno de chiste, espiritual en su conversacion, agradable en su porte, y hospitalario y servicial en grado eminente.
No se crea que he querido hacer un homenaje á una persona, que acaso no leerá jamas estas páginas. El rápido estudio que pude hacer del pueblo español me convenció de que Orense era un tipo de doble carácter; y los hombres típicos son precisamente los mejores rasgos de la fisonomía de una sociedad. No era extraño que yo llegase á Madrid agradablemente impresionado.
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