CUARTA PARTE.
LA NUEVA CASTILLA
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CAPITULO I.
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MADRID MONUMENTAL.
Aspecto general.—Plazas, paseos y jardines.—Museos y bibliotecas.—Palacios, teatros y otros monumentos.—Las caballerizas reales.
El viajero que carece absolutamente de relaciones en Madrid no debe detenerse allí mas de una semana. La capital do la nacion española, relativamente nueva y mal favorecida por la naturaleza, no puede ocupar la atencion, bajo su aspecto monumental, por mas de ocho dias; á no ser que se quiera hacer un estudio especial de bellas artes. Es que en Madrid lo mas interesante no es lo que se ve, lo que está á la disposición del público, sino lo que no se ve, ó no puede estudiarse sino al favor de las relaciones sociales.
Los templos de Madrid no merecen mención especial, ni por su arquitectura, pesada y vulgar, ni por sus tesoros interiores. Ese es un hecho que contrasta singularmente con las tradiciones del catolicismo español y con la pompa religiosa de las catedrales de España. La España religiosa no está en Madrid: es preciso buscarla en Toledo y Granada, en Sevilla y Valencia, en Barcelona, Burgos y León. Madrid es la imagen de la España política, mediocre, artificial y contradictoria.
He residido veinte y siete días en la metrópoli española, aprovechando todos los momentos y todas las relaciones para palpar y comprender los rasgos principales de su fisonomía social; y tengo la pretension de no haber perdido mi tiempo. Seré tan minucioso en los pormenores cuanto lo permitan el interes de los objetos y la paciencia del lector.
Desde que se llega á Madrid se comprende que allí reina con todo su poder y su abandono una autoridad que no emana del pueblo. La vasta ciudad, hermosa en su conjunto y en algunos de sus edificios, hace un extraño contraste con sus cercanías: es un oásis de piedra en medio de un desierto. En el interior de la ciudad algunos bellos y aun espléndidos jardines, las casas agrupadas y de elevada aunque vulgar construccion, la vida, el movimiento, la animacion. Pero al derredor de la ciudad colinas desnudas, sin un árbol, sin poblacion; campos calcinados, solitarios, sin irrigación, sin vida. El desierto por todas partes, la soledad, como si el Africa empezase á las puertas de Madrid….
Me olvidaba; hay algo que no está desierto, que ostenta la verdura, la pompa de la naturaleza ayudada por el hombre,—el lujo del arte: ese algo es, de un lado el Buen Betiro, con sus parques magníficos y sus primores; del otro el Pardo, inmensa propiedad riquísima y preciosa, que parece un pedazo de marco de esmeralda para cercar á Madrid, del lado del Palacio-real. Esos dos algos le pertenece á la familia real…. Allí están la hermosura y la vida. En lo demás, que pertenece al pueblo, están la desolación y la esterilidad.
Verdad es que Madrid cambiará en breve, gracias al nuevo canal de Losoya, que le llevará abundantes aguas de los montes de Guadarrama. La capital de las Españas no tendrá sed y podrá fertilizar y embellecer sus campiñas.
Aunque Madrid es relativamente nuevo (pues su habilitacion como capital data del tiempo de Felipe II), sus calles revelan el contraste de la vieja sociedad española con la moderna. Sus paseos interiores, su espléndida calle de Alcalá, su hermosa plaza de Oriente y las nuevas construcciones que dondequiera se levantan, manifiestan inclinación hácia el buen gusto, la comodidad, el aseo y el comfort; mientras que su vieja plaza Mayor, de vastas y oscuras arcadas, cerrada por grandes pórticos, sus antiguas calles tortuosas, sucias y repugnantes, como las que avecinan esa plaza, y algunas callejuelas tristísimas mantenidas en los barrios centrales, están probando que todavía resisten á la acción del progreso las raices de la España antigua, abandonada, rezandera, tolerante de la mugre, amiga del silencio y de la oscuridad.
Por desgracia, ese noble país del arte y del orgullo, que á pesar de sus defectos de educacion ha hecho tan grandes cosas, tiene pocas nociones del buen gusto. La arquitectura madrileña es pesada y carece de elegancia y majestad; sus monumentos no tienen valor sino por lo que contienen en el interior; sus edificios públicos son de suma vulgaridad, en comparación de su objeto (con rarísimas excepciones); sus calles, anchas y rectas en su mayor número, no tienen buen pavimento ni suficiente aseo; y las nuevas construcciones, aunque con pretensiones de suntuosidad, no hacen honor á los arquitectos españoles. El palacio inmenso del duque de Medinaceli (por via de muestra) es una suntuosa caricatura pintorreada, sin dignidad; y el afamado Palacio Real, sin nobleza artística, aunque, muy vasto, es inferior en su aspecto exterior á cualquier palacio notable de los que decoran á Lóndres ó París.
Es que (debo repetirlo) las buenas cualidades del pueblo español son internas ó intimas. Si se quisiese juzgar á esa sociedad por sus exterioridades solamente, se la conoceria muy mal, hallándola muy inferior á lo que es en realidad. Puesto que voy hablando de Madrid monumental, detallaré los principales rasgos de su fisonomía.
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La plaza de Oriente, situada entre el Palacio real y el Teatro principal ó de la ópera, es la única de Madrid que merece atencion. Vasta, sombreada por magníficas arboledas, poblada de jardines alegres, encuadrada por bellos edificios y llena de luz, interesa tambien por su hermosa estatua ecuestre de Cárlos V, en bronce, situada en el centro y rodeada por un vasto círculo de estatuas de todos los reyes godos y españoles, en piedra bruta, algunos del mas macarrónico trabajo y en lo general escasos de mérito artístico. Los madrileños tienen por muy famoso su Palacio-real, y lo es en efecto, para España; pero comparado con muchos otros de Europa no merece gran reputacion, como obra de arte.
Entre los paseos de Madrid, intramuros, su renombradísimo Prado, su inmensa calle de Alcalá, cubierta de alamedas en gran parte, y su laberinto y parque de la Fuente Castellana, tienen sin disputa la preeminencia; sin contar los hermosos jardines Botánico y del Retiro. Es allí donde se reune por la tarde todo lo que hay de mas bello, de mas rico y elegante en la alegre sociedad madrileña; donde puede admirarse la hermosa raza española en sus variados tipos y tenerse una idea general de la fusion que se va produciendo en las costumbres y los elementos de diversas épocas.
El Prado es una vastísima calzada sombreada por varias calles larguísimas de álamos y olmos gigantescos, y embellecida por grandes fuentes. Una parte del paseo es mas espaciosa, encuadrada entre la ciudad y los jardines del Retiro y cuidadosamente macadamizada; y es en ese trecho, llamado el Salon del Prado, donde reinan como soberanas las elegantes bellezas castellanas. De un lado, el Prado se prolonga en cierto modo hácia las alamedas de los Recoletos y la Fuente castellana (al norte) y del otro (al sur) hácia la puerta de Atocha, los paseos de las Delicias y la estacion de los ferrocarriles.
Si la Fuente castellana atrae al curioso por sus laberintos de verdura, sus graciosos bosquecillos y sus elegantes quintas vecinas (verdaderos palacios campestres) que asoman sus enrejados, sus balcones cubiertos de guirnaldas y sus minaretes por entre las copas redondas de los olmos; si en los Recoletos se vaga, en la embriaguez de los perfumes, bajo bóvedas de follaje que incitan á la pereza; en el Prado el movimiento de las gentes, los mil coches tirados por hermosas mulas ó yeguas andaluzas, y el extraño aspecto de los grupos de provincianos, hacen afluir la corriente de paseantes hácia el monumento del Dos de Mayo, los reales jardines del Retiro y el vasto y bien mantenido jardin Botánico, uno de los mas hermosos que se conocen en Europa.
Los parisienses tienen orgullo de poseer sus espléndidos jardines de las Tullerías, del Luxemburgo, etc. Dejándolos en su buena y merecida reputacion, prefiero el del Retiro en Madrid, ménos suntuoso sin duda, pero mas agradable, mas natural, mas espontáneo, sin carecer por eso de bellas obras de arte, que adornan las alegres calles de árboles y las cercanías del enorme estanque establecido en el centro.
Yo me complacia, hijo del Nuevo Mundo y republicano, en recorrer aquellos bosques tupidos y suntuosos, aquellas alamedas perfumadas, aquellos jardines repletos de fuentes, estatuas y primores. Si me faltaban las florestas vírgenes de mi patria y los mil rumores de sus cataratas, sus torrentes, sus pájaros y sus insectos zumbadores,—al menos veía fisonomías hermanas, reproduciendo muchas de mi tierra natal; oia hablar en la opulenta lengua que me enseñó mi madre á balbucear; contemplaba con recogimiento las numerosas estatuas de los reyes españoles, bajo los olmos corpulentos, no porque fuesen de reyes, sino precisamente porque ellas me parecian escombros artísticos de épocas que la libertad y el progreso han trasformado profundamente, y me hacian evocar la historia de esa heróica raza ibérica que llevó su sangre al suelo colombiano para fundar pueblos que la revolucion debia regenerar y que la democracia habrá de engrandecer.
La primera vez que recorrí esos jardines espléndidos, iba de bracero con un marques republicano, Orense, que no pensaba sino en la democracia, y le daba mas energía al contraste mi situacion. Allí, á la sombra de las alamedas y ante las imágenes de los monarcas, dos hombres enteramente distintos fraternizaban cordialmente. El uno, hijo de la aristocracia antigua, español y hombre de edad y de mundo, soñaba con la libertad y el progreso. El otro, hijo del Nuevo Mundo, plebeyo por su nacionalidad, como todo demócrata, educado en la vida republicana, jóven, inexperto, viajando en busca de luz, y buscando en la patria de sus abuelos la prueba práctica, pero negativa, de las verdades democráticas! Cuando nos estrechábamos la mano ¿no establecíamos en cierto modo, sin pensarlo, la alianza de los pueblos españoles en la democracia, en el amor de la libertad que nos habia hecho amigos?
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Madrid es digna de su rango de capital de una vasta monarquía, en cuanto á la posesion de buenos y numerosos museos y muy estimables bibliotecas, tanto públicas como privadas. Por desgracia, los Españoles no les acuerdan á sus establecimientos de esa clase toda la atencion debida. Verdad es que los estímulos faltan, porque allí no se puede ejercer ninguna profesion sin diploma oficial; los escritores, que podrían consultar las bibliotecas y estudiar los museos, hallan fuertes trabas legales que restringen mucho la publicidad; y los artistas han tenido que resignarse á la modesta condicion de copistas de las obras maestras, por carecer de apoyo social.
Los pueblos que no tienen libertad de accion para darse una vida propia, se hacen noveleros y superficiales. Este hecho se nota en gran parte de la sociedad madrileña, dominada por un francesismo fútil, que la hace buscar con ahinco los objetos del arte parisiense, mas ó ménos exagerados ó fascinadores, en vez de proteger la inspiracion de los artistas nacionales. En Madrid hay muchos y buenos artistas; pero ninguno de ellos crea: sus gabinetes están en los museos públicos, á donde van á hacer copias casi automáticas, en lugar de ponerse á copiar la naturaleza ó sus propias inspiraciones y producir las grandes y nobles obras de que son muy capaces unos cuantos. Madrazo mismo, tan superior artista, no hizo mas que vegetar brillantemente en el arte divino de Rafael, de Rubens y Murillo.
Muy laboriosa sería mi tarea y superior á mis conocimientos (porque en materia de bellas artes no tengo sino instintos), si me detuviese á mencionar todo lo que hay de bueno, de interesante y primoroso en los numerosos museos de todo género que enriquecen á Madrid. Perdóneseme, pues, que solo me detenga en lo mas sobresaliente, sin hacer mas que apreciaciones someras.
La verdadera maravilla de Madrid es, sin disputa, el Museo de Pintura y Escultura, situado en el paseo del Prado. El palacio es espléndido en su exterior, evocando en su fachada principal las figuras inspiradas y los nombres gloriosos de los mas eminentes artistas españoles. Allí, en ese noble altar de piedra levantado al genio en presencia de un pueblo que ha sido tan heróico, se ven las estatuas de Alonso Cano y Herrera, de Velázquez y Murillo, de Ribera y Montañez, de Roelas y Zurbarán, y de toda esa pléyada de divinos maestros que le dieron á España el derecho de llamarse nacion de artistas como de héroes y poetas. Ese museo hace honor á España y merece bien la codicia con que lo miran los artistas extranjeros.
El vasto edificio, construido ad hoc, contiene en sus numerosos salones cerca de 2,000 cuadros pertenecientes á todas las escuelas de pintura, entre los cuales no sería dificil contar centenares de obras maestras ó de gran mérito. Por desgracia, hay gran exceso de cuadros para el edificio, lo que hace que muchos estén como perdidos en oscuras y estrechas galerías ó corredores, donde no pueden ser apreciados por falta de luz, espacio y buena colocacion.
Pero la inmensa coleccion privilegiada basta por sí para embelesar y arrebatar. Allí se pueden apreciar y comparar todas las escuelas, en cuadros de primer órden cuyo valor es incalculable. Si los salones destinados á la pintura española son opulentos, la cosa es natural. Pero esa riqueza incomparable está equilibrada por la de los cuadros pertenecientes á las escuelas holandesa y flamenca, en que el Museo de Madrid es superior á todos los demás de Europa. Verdad es que en la parte italiana no hay comparacion con el Louvre de París, pues aunque hay muy bellos Correggios, Caraccios, Renis, Tintorettos, Tizianos, Verones, Salvator Rosa, etc., etc., son escasísimos los Rafael y Miguel Angel. Con todo, el Museo posee la famosa Perla, esa divina creacion del pintor de Urbino, que haría adorar la Vírgen al que no la hubiese comprendido ni soñado en sus fantasías religiosas.
La parte flamenca y holandesa tiene cuadros en que se revela toda la grandiosidad caprichosa del genio de Rubens, todo el poder de imitacion y fantasía de Van-Dick, toda la verdad y la energía de las risueñas escenas de Teniers, y toda la originalidad típica de esos cien pinceles holandeses y flamencos que buscaban en el hogar doméstico y en las realidades de la vida asuntos de inagotable inspiracion.
En cuanto á los grandiosos salones españoles, el visitante como yo, que no conoce el arte, sino que apénas siente en el corazon y en el instinto de lo bello y lo grande los rudimentos de un arte íntimo y natural, no sabe qué admirar mas entre tantas obras maestras. Ora se siente uno atraido á la meditacion religiosa por esas vírgenes y esos santos de Murillo, llenos de uncion, de espíritu celeste, de majestad divina, como si el artista hubiese trabajado siempre al pié de los altares, despues de sus comuniones que precedian al comienzo de cada cuadro. Ora se pone uno á reir, ó se encanta imaginando risueños pasatiempos, al ver creaciones de Velázquez, ese crítico de pincel, donde el espiritualismo burlon se revela en cada pincelada; donde cada sombra es un pensamiento, cada rasgo un epígrama y cada golpe de luz ó de colorido da la imágen de una sonrisa, de un retozo, de un chiste sarcástico. Ya se contemplan con recogimiento los severos cuadros de Ribera, profundamente filosóficos; ó se admira la frescura lozana de las creaciones de Alonso Cano.
Cuando yo terminaba la rápida inspeccion de aquel inmenso templo del arte mas divino, mas fecundo y elevado que el hombre ha podido cultivar,—templo que sería preciso visitar durante meses para darse una idea cabal de su valor,—sentia que mi espíritu se habia ensanchado, que mis nociones intuitivas sobre lo sublime tomaban consistencia. Entónces me dije: si la historia no hablase tan alto, este museo sería bastante para probarme que España ha sido un gran pueblo. Solo una raza eminente (por mal dirigida que sea) puede producir é inspirar artistas como los que tienen aquí un altar!
El Museo de Escultura, que ocupa la parte baja del Palacio artístico, no corresponde en manera alguna á la magnificencia del Museo de Pinturas. Algunas antigüedades, mas ó ménos mutiladas, procedentes de las excavaciones de Pompeya, varios bellos mosáicos, bastante raros, un grupo de Cástor y Pólux, admirable, magistral y antiguo (en mármol blanco), y las estatuas de bronce de Carlos Quinto y su esposa, Felipe II y otro personaje que no recuerdo—obras superiores de un artista italiano—, he ahí todo lo que merece bien atencion en ese museo todavía pobre.
Madrid posee tres grandes museos militares de bastante mérito: el de la Artillería, el de la Armería y el Naval. En ellos se encuentran verdaderos tesoros y maravillas de arte; pero por desgracia los locales no son suficientes para contenerlos ni están bien apropiados al objeto. Allí no solo se encuentran obras maestras de exquisito primor en materia de cinceladura y forja, de bordado y otras artes, sino que puede seguirse paso á paso y metódicamente la historia militar de España, y la marcha no solo de su civilizacion especial sino de la de todo el mundo.
Nada hay que haga comprender tan enérgicamente la tendencia de la humanidad hácia la supresion de la fuerza brutal (como potencia dominadora) y la suavizacion de las costumbres, ahorrando la sangre y evitando torturas y crueldades, como esos museos de la matanza y la devastacion donde el hombre retrata en cascos y armaduras, alabardas, hachas y cañones la brutalidad de las viejas sociedades y las luchas cruentas por las cuales ha tenido que pasar la civilizacion para espiritualizarse y conducir los pueblos hácia el reinado del derecho, de la razon y de la opinion, en reemplazo del de la lanza y el tormento.
Los museos militares de Madrid son triplemente ricos, porque, á virtud de las condiciones históricas de España, muy excepcionales, sus colecciones tienen que representar los elementos de combate de épocas y regiones muy diversas y la huella de las dominaciones romana, gótico-arábiga y austro-francesa, que han pesado sucesivamente sobre la sociedad ibérica. Aquellos museos no solo evocan la historia de esas dominaciones, sino tambien la de la conquista de «América», de las guerras en Italia y los Paises-Bajos, y de la Inquisicion, cuyos símbolos sombríos se ven en los instrumentos de tortura.
La España moderna está representada allí por innumerables modelos de armas, buques y elementos de guerra,—de planos en relieve, plazas fuertes y puentes civiles y militares,—de estatuas y bustos, y de banderas y trofeos. Hay ademas riquísimas colecciones de muestras de maderas (de España y sus colonias) superiores para la construccion y la ebanistería. Entre las obras de arte llama la atencion un enorme plano en relieve de la ciudad de Madrid, en yeso, que es de un mérito sobresaliente; así como entre las curiosidades históricas se notan: la famosa, tienda de los Reyes Católicos en Granada, trabajo exquisito y muy adelantado para su época, y la mesa y las sillas que sirvieron para redactar y firmar el convenio de Vergara, que puso fin á la guerra civil de los carlistas. Aquellos muebles, desfondados y cojos, me parecieron un poco epigramáticos en medio del vasto Museo de Artillería. Se me figuraba que por su cojera remedaban al gobierno español. Veinte años hace que Espartero y Cabrera inmortalizaron con sus asentaderas esas rústicas silletas de una choza, y todavía España está esperando la libertad y el gobierno sinceramente constitucional que debieron surgir del famoso convenio de Vergara.
El Museo de Historia natural, que ocupa un vasto edificio en la gran calle de Alcalá, no parece haber merecido muy grandes atenciones de parte del gobierno. Me pareció, apesar de su mérito real, un poco descuidado en la clasificacion de las especies y familias, y relativamente inferior á los museos de ciudades mucho ménos considerables que Madrid. Busqué sobre todo, con particular ahinco, las colecciones de objetos colombianos, y me parecieron lamentablemente pobres, en atencion á las incomparables ventajas con que ha contado España para procurarse en el Nuevo Mundo una abundante y variada cosecha de productos de los tres reinos.
Madrid es rica en bibliotecas universales y especiales que merecen alto interes, principalmente en lo relativo á Colombia, y posee tambien archivos abundantes con numerosísimos y muy raros manuscritos. Pero es preciso confesar que no se hace mucho caso de las tales bibliotecas, muy poco frecuentadas, segun noté. Los duques de Osuna y Alba tienen bibliotecas particulares repletas de tesoros y primores, y casi nadie las visita ni consulta.
Entre las cinco ó seis públicas que pude ver debo citar la nacional y la del Congreso. La primera, casi escondida en un rincon de Madrid, en un pobre edificio, está muy mal alojada y en completo desórden. Los soldados y las mulas reales tienen palacios por habitaciones, miéntras que los grandes pensadores de la humanidad viven como trastos inútiles encajonados en desconcierto, en una mala casa y cubiertos de polvo. Algunos salones estaban vedados, á causa del desórden ostensible; pero en los que estaban á la disposicion de los lectores hallé tal mezcolanza de literatura y teología, ciencias y necedades, latin é inglés y todos los idiomas, que si los autores de los libros pudieran resucitar y asomar la nariz en los respectivos estantes, se hallarían muy asombrados de la compañía y mistificados por los anacronismos.
La Biblioteca del Congreso, cuya base principal es la que perteneció al pretendiente Don Cárlos, no tiene de particular sino sus documentos políticos que le son especiales. El bibliotecario me mostró con suma galanteria cuanto le pedí, y tuve la particular curiosidad de hojear y leer las famosas constituciones de 1812 y 1837, autógrafas y firmadas por todos los legisladores respectivos. Yo admiraba la audacia y el patriotismo de esos hombres eminentes, regeneradores de España; pero al ver los armarios repletos de códigos, constituciones y tratados, me decia con tristeza: «¡Cuánta letra muerta!» Entretanto pasaba por la calle un batallon, y el ruido de las cornetas penetró hasta la biblioteca del Congreso, «Esa es la verdadera ley;—me dije entónces,—esa voz gobierna á los pueblos con mas poder que la de sus pretendidos representantes….
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El palacio destinado al Congreso es un bello y noble monumento, de estilo griego en su fachada principal; pero carece de elevacion, y las otras tres fachadas son absolutamente vulgares. En el interior se encuentra bastante gusto y sencillez de adornos, aunque los salones, demasiado multiplicados, son pequeños. Uno de ellos contiene un gran reloj-cronómetro, de armario, fabricado en Barcelona, verdadera maravilla bajo todos aspectos. El salon de las sesiones es elegante y posee muy hermosos frescos pero revela, por la distribucion mezquina de las tribunas públicas, que en lo que ménos se pensó fué en darle asiento al pueblo español para que, oyendo á sus representantes, pueda juzgarlos, formarse una opinion y hacer efectiva la responsabilidad moral.
En el centro de la plazuela dominada por el palacio del Congreso está colocada, entre una verja de hierro, la bella estatua de bronce erigida á Cervantes, y cantada por Zorrilla, el bardo de las fantasías y las opulentas armonías. Los Españoles no han sido muy pródigos en estatuas y monumentos para perpetuar la gloria de sus genios; pero ya comienzan á pensar en eso. Sinembargo, aunque el inmortal Quintana tendrá su monumento, ha sido asunto de grande y acolorada disputa entre los partidos la ereccion de una estatua á Mendizábal. El proyecto nomas hizo caer á un ministerio (ó contribuyó en mucho á la fechoría), convertido en cuestión de gabinete. En un país donde no hay libertad para adorar á Dios como le plazca á cada cual, no es extraño que se prohiba dar culto á las ideas liberales representadas por un gran patriota.
Hay en Madrid un monumento que prueba, por su popularidad ó el respeto universal que le rodea, que los Españoles, si bien se arrancan los ojos por las cuestiones interiores, están unidos por un solo sentimiento—el de la independencia—cuando se trata de la nacionalidad. Ese monumento, tan noble por su severa sencillez como por las epopeyas que evoca, es el del Dos de Mayo, que domina una de las espléndidas alamedas del Prado. Una pirámide do granito y piedra, algunos nombres escritos que valen por un poema, un leon en relieve, una inscripcion conmemorativa y un doble círculo de cipreses, he ahí lo que basta para recordar á los Españoles que en aquel sitio sufrieron su martirio glorioso algunos defensores de la independencia y la libertad, y que no es digno de su patria ni de llamarse ciudadano sino el que sabe darse todo con abnegacion á la causa que la justicia, el derecho y el honor santifican.
Ese monumento me hizo fijarme en una observacion curiosa que he podido repetir en muchos lugares de España. Los Franceses, invasores y sacrificadores en la época del primer imperio, son muy simpáticos en España; en tanto que los Ingleses, que le ayudaron al pueblo español á rechazar la invasion, no gozan de simpatías en la península. ¿De qué depende ese contraste al parecer injusto? Es que las razas llamadas latinas en Europa, tienen por distintivo esencial de su carácter la abnegacion, el heroismo y la iniciativa espiritual; y la nacion francesa, que á pesar de sus defectos políticos, es la primera en todo lo que es generoso y magnánimo, ha adquirido un inmenso é indestructible prestigio sobre los pueblos que se le asimilan.
Ademas, los Españoles han hecho, como lo hace todo extranjero que visita el pais, una observacion muy importante. Durante la guerra de 1808, los Franceses, como enemigos, hicieron volar muchas fortalezas, pero construyeron puentes, teatros y otras obras; en tanto que los Ingleses, como aliados, aprovecharon la oportunidad para destruir en España las fábricas de porcelanas, paños y otros artículos, que podian hacerles competencia. Muchas veces los amigos hacen mas daño que los enemigos.
Madrid posee siete ú ocho teatros, aunque regularmente no funcionan sino cinco: el de la Opera, el Frances, el de la Zarzuela y dos de dramas y comedias, con acompañamiento de baile, etc. Los demas son insignificantes. Con excepcion del Teatro real ó de la ópera, que es espléndido, suntuoso, muy vasto, bello como monumento y uno de los mas grandiosos de Europa, en su género, los demas, aunque bonitos en su interior, carecen de positivo mérito en sus formas. Mas adelante hablaré de la situacion del arte dramático en Madrid, como un elemento de la vida social.
Perdóneseme que pase de los monumentos personales y los teatros, ex abrupto, á las caballerizas reales, monumento elevado á los caballos y las mulas de la Corte con mucho mayor esmero que las vergonzantes estatuas ó columnas consagradas á la gloria de los grandes genios. Si de la transicion surge un curioso epígrama, la culpa no es por cierto mia.
Las caballerizas reales son consideradas (con mucha razon por desgracia) como una de las maravillas de España, el país por excelencia de los contrastes y extraños fenómenos sociales. La Corte, que ocupa el palacio real (que no pude visitar por estar presente la reina), tiene á su derecha casi todas las Legaciones extranjeras, y á la izquierda las caballerizas: las unas que tiran del coche de la nacion española, cada cual por su lado; las otras que sirven para las carrozas de la reina de España. No sé de qué lado tirarán con mas fuerza ó habrá genios mal recalcitrantes.
Un inmenso palacio, aunque no de condiciones aristocráticas, sirve de alojamiento á los dichosos brutos que tienen el honor de llevar sobre sus lomos á las personas de la Corte ó tirar sus doradas carrozas y berlinas. El edificio está dividido en grandes compartimientos adecuados para guardar los carruajes y arreos, en asombrosa profusion; abrigar los potros y las yeguas de primer órden, que están allí como joyas de primor; alojar setenta soberbios caballos de tiro, otros tantos de silla, doscientas mulas para los coches de palacio, y un enjambre de lacayos y mozos puestos al servicio de sus amos, cuadrúpedos de sangre azul. Los dignos brutos están todos enjaezados con hermosas libreas en sus magnificas é interminables cuadras, y parecen enorgullecerse al recibir las visitas de tantos extranjeros, ya pateando con garbosa satisfaccion, ya irguiendo sus lustrosos cuellos y sus abundantes y crespas colas, como cisnes terrestres. La gualdrapa que viste cada uno de esos miembros de la aristocracia de los brutos, vale mas que todo el vestido que un labriego español puede consumir en un año. Cada caballo es un príncipe, con su corte de lacayos, cada yegua una jóven mimada, y cada mula una matrona respetable y corpulenta que, al mirar con desden al Español plebeyo que se acerca, parece tener la conciencia de su dignidad y su grandeza.
Todo el edificio es admirable por la cómoda distribucion, el aseo, la magnificencia de las razas de brutos y el buen servicio. Pero despues de admirarlo pregunté si la Corte no permitia la propagacion en el país de aquellas razas superiores, procedentes de diversas regiones del mundo, y me dijeron que no. Todos esos tesoros son, pues, de puro lujo, sin utilidad para el Estado. Y ese palacio de los brutos ha costado millones, esos animales valen millones, y su manutencion espléndida cuesta enormes sumas anuales. Entre tanto, hay poblaciones enteras de mendigos, hay millares de familias que habitan cuevas practicadas en los barrancos, hay canales cegados, puertos inseguros, rios sin puentes, calles sin salubridad, y muchas miserias que remediar y obstáculos que remover….
Parece que no alcanza el dinero para hacer todo eso, ni hay urgencia, puesto que las mulas no tienen novedad en su importante salud.
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