CAPITULO IV.

LOS ALPES SABOYARDOS.

Los compañeros de viaje.—La hoya del Arve.—El valle de Chamonix.—El grupo del Monte-Blanco.—Las neveras.—Contrastes naturales y curiosidades.

Un enorme carruaje abierto, dividido en tres compartimientos y conteniendo unas 23 personas, aparte de los equipajes, debia conducirnos por el valle del Arve hácia Chamonix, al pié del grupo colosal de montañas en cuyo centro se ostenta la admirable cúpula del Monte-Blanco. Los ingleses, como sucede en todos los sitios, vehículos y líneas de excursion, estaban en mayoría, representados principalmente por una media docena de young ladies robustas, rubias, rosadas y vestidas caprichosamente.

Soberanamente fastidiado siempre con las espesas brumas, la vida uniforme y el aislamiento geográfico de su opulenta isla, el Inglés es eminentemente cosmopolita, por razon higiénica, por genio y tradicion, y por curiosidad, frecuentemente pueril. Hasta en el último rincon del mundo y sobre las mas altas cimas se le encuentra,—imperioso, exigente, intratable, cuando no necesita de los demas, lacónico, frio, cargado de bastones, paraguas y mil enseres, impasible cuando los demas se conmueven, afeitado y perfumado en regla aun en el fondo de los precipicios y las neveras, y ataviado con su singular vestido de un solo color y un solo corte, que á fuerza de ser uniforme toca en la extravagancia. Fino, caballeroso, hospitalario y cumplido en su isla (at home), el Inglés se hace duro en país extranjero, medio salvaje á veces, porque el orgullo de su raza y su nacionalidad le da la conciencia de que á todas partes lleva su patria consigo, es decir con su derecho individual, su nombre y su bolsa. De ahí su carencia absoluta de elasticidad y tolerancia para acomodarse en país extranjero á los usos de los demas pueblos y á las necesidades de las circunstancias. Es ciertamente curioso ese fenómeno de trasformacion moral que se verifica en el Inglés, viajero tan apegado á la idea de la patria, y al mismo tiempo tan adicto á los viajes que le alejan del suelo patrio.

El Frances, al contrario, hombre de espíritu mas bien que de convicciones, de expansion indefinida mas que de hábitos, socialista por excelencia, deja la patria al cruzar la frontera de Francia, y encuentra una adoptiva, provisoria y ad hoc donde quiera que se le presenta un medio de sociabilidad, un círculo de ideas. De ese modo, se asimila con admirable facilidad todas las condiciones de vida, y acepta con el mejor humor todas las situaciones posibles, lo mismo en los Campos Eliseos de Paris que en el fondo de una selva americana, ó de un desierto de Africa. Es por eso que, cuando se viaja en Europa entre ingleses y franceses, se ve siempre á los primeros silenciosos, esquivos, encerrándose en su personalidad rigorosa; miéntras que los otros entran desde luego en el amplio carril de la conversacion desembarazada y múltiple, llegando fácilmente hasta la jovialidad.

Estas observaciones, que por ser personales nada tienen de nuevas ú originales sinembargo, y que he confirmado en todas mis excursiones, me vinieron desde luego á las mientes al seguir, en la diligencia de Ginebra, la carretera que conduce á Chamonix. La conversacion era tan animada entre nosotros y dos ó tres franceses y algunos suizos de la misma raza, como notable el silencio contemplativo de los ingleses. Llamónos la atencion particularmente un ministro ó pastor protestante del canton de Vaud, que viajaba muy modestamente con su hija,—una inteligente y graciosa señorita de diez y seis años,—con ánimo de hacer fructuosas excursiones á pié. Era un hombre de modales finos, lleno de modestia y distincion en su porte, sencillo, tolerante y filósofo, fuertemente empapado en el sentimiento de la fraternidad y caridad cristianas, amigo de la buena conversacion y la discusion, observador atento, entusiasta por todas las bellezas naturales, de instruccion general y sólida y particularmente adicto á la geología, la física, la botánica y la historia natural. Su hija, tan instruida como amable, tan candorosa como inteligente, le acompañaba siempre en sus peregrinaciones. A pié, provistos de bastones y de un modestísimo ajuar de viaje, habian recorrido juntos las mas interesantes regiones de la Suiza central, escalado las alturas del Jura, las neveras del Oberland bernés, etc., recogiendo plantas curiosas y haciendo atentas observaciones. Llevaban la intencion de recorrer en parte las neveras del Monte-Blanco y visitar todas las curiosidades naturales de Chamonix. Raras veces he viajado con un compañero tan instructivo como ese digno pastor vaudense, que me pareció uno de los mas bellos tipos del sacerdocio moderno.

Doce horas mortales de diligencia y coche debíamos soportar para hacer el trayecto de 90 kilómetros hasta Chamonix, entre espesas nubes de polvo y bajo los rayos de un sol que parecia tropical. De otro modo no es posible admirar las bellezas de tan variados paisajes que ofrece la via. Ella es poco interesante hasta Bonneville, capital que fué de la antigua provincia de Faucigny, con 1,500 habitantes. Es allí donde, cerca de las montañas de Môle y atravesando por un hermoso puente el Arve para remontar su márgen izquierda hasta Cluses, el viajero comienza á contemplar de cerca las hermosuras de los Alpes. El rio corre por el fondo de una hoya profunda formada por altos contrafuertes ó cordones de montañas ásperas, sobre un lecho pedregoso, llevando en sus revueltas ondas una espesa disolucion de arenas graníticas y calizas que le dan su tinta cenicienta.

A veces la hoya se ensancha en vastos pliegues y severas curbas, y el valle se presenta lleno de ondulaciones y pequeñas colinas, donde brillan al sol limpios viñedos, hermosas mieses y verdes legumbres, ó se extienden en tupidos tapices algunas pequeñas praderas que van á perderse al pié de los barrancos estratificados de caliza, ó de las rígidas y verticales rocas graníticas que parecen amenazar al viajero desde lo alto de sus bastiones formidables. En otras partes, el valle se estrecha: la carretera gira sobre el borde de alguna falda ó barranca que domina las ondas del rio; este salta, se disloca y retuerce espumante sobre su revuelto lecho de pedriscos; los cerros se levantan á uno y otro lado como murallas colosales, ofreciendo las mas románticas formas en sus altas cavernas, sus rugosos relieves, sus enormes grietas verticales; sus derrumbes, sus picos desiguales y severos, sus cascadillas que se lanzan al valle en delgados hilos para convertirse en menudo polvo argentino, sus matorrales ásperos y tristes flotando casi al viento y apénas adheridos á los intersticios de las rocas, y sus franjas superpuestas de un verde sombío,—guirnaldas de abetos enhiestos que las nieves respetan en las montañas de los Alpes, dejándoles su eterna majestad. Y por en medio y encima de todo eso, se abre un cielo esplendoroso, y á lo léjos, al oriente, se alcanza á ver, sobre un enjambre de colosos de granito coronados de hielo, la cúpula del Monte-Blanco, digno baluarte de dos grandes naciones,—Italia y Francia,—soberana de aquel mundo de magníficos horrores que llaman los Alpes!

En toda la hoya del Arve abundan los sitios salvajes, las curiosidades naturales y los puntos de vista encantadores. Como la sociedad es allí muy poco interesante, la naturaleza, llena de fuerza y majestad, es el primer actor. Poblacion pobre, raza sin tipo bien determinado, aunque tradicionalmente valerosa, los saboyardos de ese valle inspiran cierta simpatía compasiva, sin que sus localidades llamen la atencion del viajero. Gentes sencillas, resignadas á los rigores de su clima y amantes de sus montañas, viven sin admirar las bellezas de su suelo, hablan muy mal frances y no piensan en la política del mundo. Solo suspiraban, antes de la anexion á Francia, por una situacion que les permitiese mejorar de condicion económica. En toda la ruta, Bonneville y Sallanches son las únicas localidades de alguna importancia.

En San-Martin, pobre pero graciosa aldea del valle de Sallanches, dejamos la diligencia para tomar un cochecito de cuatro asientos, y en breve, acompañados por el estimable pastor protestante, comenzamos á alejarnos de la orilla del Arve, siguiendo por su lado derecho, y á trepar la pendiente cuesta de Chede. Desde sus altos recodos veíamos los abismos inmensos en cuyo fondo se despeña el rio, iracundo y desbocado, despertando con el ruido de sus cascadas los mil ecos de las montañas. El camino gira, entónces á la altura de Servoz, por entre laberintos de peñascos destrozados y bosques seculares y espesos de pinos y abetos, donde yacen dispersas esas rocas erráticas que han sido uno de los misterios de la geología,—revelaciones del poder asombroso de las neveras viajando sobre las faldas de los cerros. En el fondo del bosque brama el Arve, torrente furioso allí, y donde quiera reina la majestad de la naturaleza salvaje. Al cabo, el bosque termina, el terreno se nivela, el Arve presenta un curso ménos tormentoso, las montañas se abren un poco, y el valle de Chamonix, tapizado de flores, helechos y gramales, y poblado de mieses y animales de cria, se desarrolla seductor, dominado á un lado y otro por estupendos peñascos ó cerros de granito, bosques elevados de abetos y pinos, y mares de hielo que tienen la triste solemnidad de la desolacion.

El valle de Chamonix, situado a cerca de 1,000 metros de elevacion sobre el nivel del mar, mide una longitud de 20 á 25 kilómetros del N.-E. al S.-O., y una anchura de 1,500 á 2,000 metros. Súrcalo en toda su extension el Arve, rio que, naciendo en las heladas alturas del cuello de Balme, se acrecienta fuertemente con las aguas que arrojan al valle las inmediatas neveras que lo dominan. Encerrado entre montañas estupendas y abruptas, el valle ofrece los mas raros contrastes de alegría risueña y salvaje aspereza, de rústica tranquilidad y de grandiosidad en las formas y desolacion en algunos objetos. Al poniente, las neveras faltan del todo: cerros altísimos, cubiertos de negros bosques de pinos y abetos, en su mayor extension, se alzan á hundir en las nubes sus severos picos ó conos graníticos, y presentan á trechos esos derrumbes espantosos, rastros de los catástrofes de la primavera que se llaman avalanchas Al lado opuesto del valle se levantan los contrafuertes del Monte-Blanco, revueltos, despedazados por innumerables y gigantescas grietas, aterradores de hermosura y severidad,—ora terminando en neveras que derraman sobre el valle sus ondas congeladas; ora cubiertos de ásperas malezas, helechos y bosques de abetos; ora aguzándose en sus cimas en penachos extravagantes y agujas colosales, desnudas y sombrías,—para servir de apoyo á un inmenso anfiteatro de invisibles montañas y neveras cuyo pináculo es la cabeza admirable del Monte-Blanco. Hay tanta majestad en aquel mundo de granito y hielo, que casi es un atrevimiento injurioso el aspirar á describirlo de cualquier modo.

La aldea de Chamonix ocupa el centro mismo del valle á igual distancia de las neveras llamadas de Bois y Bossons, que son las mas próximas á la planicie. La poblacion en toda ella se reduce á Chamonix y cinco ó seis caseríos pobrísimos, con 2,000 habitantes á lo sumo. Chamonix es literalmente un pueblo de hoteles y posadas, mas ó ménos confortables y de apariencias mas ó ménos seductoras. Los edificios son todos de granito con pisos de tablas.—Cuando termina el verano, época en que el valle es visitado por muchos millares de curiosos, Chamonix queda reducido á unos 500 ó 600 vecinos: todo el ruido de mulas y coches se disipa; los hoteles quedan totalmente desiertos, y el valle vuelve á la sepulcral desolacion del invierno. Frecuentemente la nieve es tan abundante en ese tiempo y los derrumbes de los cerros son tan temibles, que las gentes duran dias enteros incomunicadas y reclusas, porque las casas se cubren de nieve por todos lados en capas muy espesas. La vida es entónces bien triste y miserable en aquel desierto de hielo.

En Chamonix se encuentran casi todas las comodidades que el viajero puede apetecer. Donde quiera se ven tiendas ó pequeños museos de objetos de arte en mármol, granito, madera, hueso, etc., y muestras de la flora, la fauna y la geología de aquellas montañas, que los viajeros compran por curiosidad y por llevar recuerdos de sus excursiones. Chamonix es en realidad un pueblo de guias ó conductores de viajeros, que prestan su servicio por turno rigoroso, son propietarios de mulas aperadas y viven asociados en su profesion, conforme á un reglamento de la autoridad. Durante la primavera todos esos hombres son agricultores. En los meses de verano pasan á ser guias y muleteros, sin descuidar por eso sus labores. Cuando el invierno suprime esos medios de actividad, se consagran á los trabajos domésticos y fabrican objetos artísticos; ó bien se van á buscar trabajo en Ginebra y otras ciudades. No omitiré decir que, en su gran mayoría, los habitantes del valle se distinguen por dos cualidades muy notables: la probidad mas acrisolada, y la ventaja de saber leer por lo ménos, corrientemente. Esto hace honor á esos sencillos montañeses tanto como al Gobierno de Cerdeña que hasta 1860 los regia, interesándose sobre todo en favorecer la instruccion primaria y las vias de comunicacion y excursion.

Son numerosas é interesantes las excursiones que puede hacer el viajero curioso en Chamonix. Las ménos fatigantes son las de las neveras de Bois y Bossons, que se hacen en coche ó á pié como simples paseos. Las de los altos cerros llamados Jardin, Brevent y Buet no son tolerables sino para los que gustan de muy fuertes emociones y saben marchar á pié con energía. En fin, las del Mar-de-hielo y la Flégère son las preferidas por los que desean observar de cerca los nevados y aman las excursiones á caballo ó en silla de manos. Nosotros[9] resolvimos trepar al Montanvers por la mañana, en solicitud del «Mar-de-hielo», y visitar por la tarde, á pié, las cascadas de los Peregrinos y el Dard y la nevera de «Bossons.»

[9] Cuando hablo en plural me refiero á mi esposa y yo.

Nada mas curioso y pintoresco que la escena que se ofrece á la vista en el pueblo de Chamonix, desde las cuatro ó cinco de la mañana, cuando los centenares de viajeros que pueblan los hoteles y se renuevan sin cesar, como hormigas ávidas é inquietas, comienzan á emprender sus excursiones. Las mas altas cimas de la cadena de Monte-Blanco, cuya cúpula no es posible ver desde Chamonix, brillaban ya iluminadas por los argentinos rayos del sol, en tanto que en el valle, á las cuatro y media de la mañana, vagaban todavía las últimas sombras de la noche. Donde quiera reinaba el movimiento: en las puertas de los hoteles, en las calles vecinas y en los afueras del pueblo. Enormes mulas, lerdas y toscas pero de suma resistencia y solidez, y habituadas á caminar según su instinto y voluntad por los mas agrios desfiladeros y páramos, aguardaban á sus caballeros y amazonas prosáicas, modestamente ataviadas; en tanto que muchos peones cargueros alistaban sus sillas de manos para trasportar á las señoras enfermas ó incapaces de montar.

Al salir de Chamonix se dispersaban, en largos é irregulares cordones y en muy distintas direcciones, mas de 250 excursionistas, provistos de los mas variados atavíos y venidos desde las extremidades de Rusia, las llanuras de Alemania, las Islas británicas ó las ciudades y selvas del Nuevo Mundo, para rendir homenaje á las magnificencias de los Alpes. Hácia las alturas del Jardin, Brevent, etc., se dirigian los aficionados á las peregrinaciones pedestres, las mas duras pero tambien las mas libres, fructuosas y económicas. Eran en su mayor número jóvenes resueltos, acaso contando demasiado con sus fuerzas, y marchaban con regularidad, provistos de largos bastones de abeto, sólidamente calzados, vestidos con mucha sencillez, y llevando algunos sobre las espaldas ligeros morrales que contenian el humilde ajuar del peregrino. El mayor número de los excursionistas se encaminaban hácia Montanvers para ver el Mar-de-hielo, ó hácia la vasta nevera, mucho mas lejana, de la Flégère. Era curioso ver á casi todos los ingleses cabalgando como si anduviesen de paseo en Hyde Park, ú otro de los parques favoritos de los fashionables de Lóndres; provistos de sombreros negros de alta copa, lentes ó binóculos, elegantes bastoncitos, delgados botines de charol, levitas ó fracs de aparato, corbatas blancas ó rojas, chales de fina gasa para defender contra los rigores del viento y el sol sus delicadas y afeitadas mejillas, y delgados guantes de cabritilla. Un pequeño grupo de tres insulares fastidiados, acompañados por tres ó cuatro guias, emprendia nada ménos que ir á escalar el Monte-Blanco para sacudir en sus hielos el esplin, pasar por encima del inmenso lomo y descender á los valles del Piamonte.

Esa manía enteramente británica se va generalizando mucho, por desgracia, entre los hijos de Albion, sin que sean bastante á reprimirla ni el ridículo que acompaña á los que ostentan ese salvaje y estéril heroismo, sin coronarlo de buen éxito, ni las terribles catástrofes que han ocurrido con frecuencia en las soledades y los abismos del Monte-Blanco. La audacia fria y terca de los excursionistas de los precipicios sería muy honorífica, si el objeto de esos extravagantes espliníticos fuese hacer estudios y descubrimientos que prestasen servicios importantes á la ciencia. Pero esta no entra por nada en semejantes empresas. Los héroes de los hielos van por pura vanidad á despeñarse en las neveras y sepultarse bajo de los bancos de hielo. Su único anhelo es lograr que los periódicos de Europa le digan al mundo: «Mr. Tal y Mr. Cual han hecho el prodigio de pasar, sanos y salvos, del valle de Chamonix al Piamonte, por encima del Monte-Blanco.» O en último caso: «Mr. Tal y Mr. Cual han perecido tristemente en uno de los precipicios del Monte-Blanco; y sus compañeros Mr. Mengano y Mr. Perensejo, han tenido la satisfaccion de salvarse con las piernas rotas.»

La subida desde el valle de Chamonix hasta el sitio llamado «Hospicio de Montanvers» es larga y laboriosa. El áspero sendero serpentea por entre enormes peñascos, bosques mas ó ménos tupidos de abetos y pinos, enmarañadas malezas y pedriscos tapizados de musgo y helechos enanos. A medida que se trepa la empinada falda, el valle se hace mas interesante por sus contrastes de claridad brillante y oscuras sombras, de vegetacion artificial y salvaje, de variadas tintas. En el fondo corre el Arve por un lecho gris y pedregoso, como un torrente de ceniza y lodo, produciendo islas despedazadas y cubiertas de alisos, y tristes playas que muestran la desolacion causada por las violentas avenidas del fin de la primavera y el principio del verano. Al pié de la nevera de Bois se ve el pobre caserío del mismo nombre, que parece como amedrentado por el peligro de que lo arrope algun derrumbe de la onda cristalizada que lo domina.

La impresion que se siente al llegar al pequeño hotel que corona la cuesta de Montanvers[10] es profunda y sorprendente para el viajero que llega por primera vez al «Mar-de-hielo.» Desde la eminencia en que está situado el edificio, batido frecuentemente por violentos huracanes y dominando un abismo, se ve el panorama mas tristemente hermoso y severo que las montañas pueden ofrecer. Una especie de valle ó golfo larguísimo y estrecho, que termina en el caserío de Bois y trepa en plano inclinado hácia el corazon de los Alpes para ligarse á todas las encrucijadas del Monte-Blanco, constituye el fondo de la hoya profundísima producida por dos cordones de cerros ó contrafuertes estupendos. Sus cimas, á uno y otro lado, ora desnudas, ora cubiertas de hielo y nieve, se despedazan en enjambres de agujas, picos, conos truncados, soberbios obeliscos, pirámides y cúpulas de los mas extraños relieves y el mas severo aspecto. Mas arriba se destacan en lontananza gigantes mas y mas colosales, cuyas cabezas refulgentes se pierden en las vagas ondulaciones de las nubes[11]. En unos trechos los hielos descienden hácia el golfo congelado, en desiguales latitudes, como las puntas desgarradas de un encaje terminando una inmensa colgadura de armiño. En otros, los peñascos graníticos se presentan desnudos, ennegrecidos, destrozados por enormes grietas verticales, de cuyas bocas surgen mil torrentes ó cascadas, ó salpicados de manchas de pinos y abetos enanos, cuya tinta sombría hace el mas soberbio contraste con la vastísima sábana de hielo que va á perderse en las vagas perspectivas del cielo. En el fondo del abismo,—frio, silencioso y desolado como una inmensa tumba de hielo,—están las ondas revueltas y cristalizadas de ese golfo que se llama la Mer-de-glace.

[10] Traduccion literal, Subiendo hácia, acaso porque aquella via es una de las que conducen al Monte-Blanco.

[11] Si los cercanos picos, tales como el del Sombrero y la aguja de Bochard no son muy notables por su elevacion, los que se ostentan detras ó continúan la cordillera en direccion al Sur, alcanzan las siguientes elevaciones sobre el nivel del mar: la aguja del Fraile, 3,858 met.; la de Dru, 3,906; la Verde, 4,081; las de Charmoz, 2,783; la del Greppond, 3,670; las de Blaitière y Plan, 3,688; la del Mediodía, 3,916; la del Tacul, 4,625; el Monte-Blanco, 4,811.

Los geólogos que han estudiado atentamente esa y otras neveras[12] han apelado á diversas hipótesis, mas ó ménos fundadas, para explicar la extraña formacion que con tanta propiedad ha recibido el nombre mencionado. Su aspecto es efectivamente el de «un mar que, despues de una gran borrasca, se hubiese congelado repentinamente en el momento de comenzar á calmarse, pues toda la superficie es una sucesion de bancos ondulosos de nieve que imitan exactamente no las grandes olas del Océano irritado, pero sí las de un mar mediterráneo.» Todo hace creer que esa forma es debida á lentas y seculares aglomeraciones producidas por la accion combinada de la presion atmosférica, la tendencia de gravitacion de los bancos y depósitos de hielo y nieve, la fuerza poderosa de las corrientes subterráneas, las condiciones químicas del suelo y de las rocas, y la facultad explosiva del cristal de hielo comprimido en todas direcciones. Aterra y maravilla el pensar en los misterios de vida, de organismo mineral, que se agitan bajo la inmobilidad aparente de esas neveras allá en las profundidades insondables de los abismos subheláneos.

[12] Es de notarse que, así como la vegetacion alpestre y andina difiere enteramente, las neveras de los Alpes no tienen semejanza de composicion y vitalidad con los nevados de los Andes.

Todavía acompañados por nuestro consabido pastor vaudense, que hacia la peregrinacion á pié con su hija, descendimos del «Hospicio», [13] muy paso á paso, para ir á contemplar de cerca la nevera, que tiene allí como 550 metros de latitud. Sintiéndonos poco dispuestos á llevar nuestra curiosidad hasta el extremo de exponer la vida en la travesía de toda la nevera, vimos al pastor protestante alejarse con su animosa hija, marchando lentamente, apoyados en sus largos bastones y escalando los bancos ó colinas de hielo para pasar al lado opuesto del golfo congelado y descender por otra via. Apénas nos atrevimos á caminar por entre aquellos abismos de cristal en un trayecto de 80 á 90 metros. Nos conducian dos guias que, con el auxilio de hachas y picos, iban practicando en el hielo pequeñas hendeduras que nos servian de escalones para trepar hasta la cima de alguna onda ó colina. Si, visto en su conjunto y de léjos, el «Mar-de-hielo» no tiene la nitidez y tersura de los altos nevados de la cadena, porque los derrumbes y los vientos cubren la superficie de una capa terrosa, de cerca el aspecto de las hondas es de una hermosura sorprendente.

[13] A 885 met. de altura sobre Chamonix.

Donde quiera esas ondas están destrozadas ó separadas por grandes grietas de insondable profundidad, en cuyo seno surgen y se deslizan ó saltan como surtidores mil filtraciones, cascaditas y arroyuelos caprichosos, cuyas aguas purísimas van á perderse en recónditas cavidades donde se elabora un rio, el Aveiron, compuesto de innumerables é invisibles torrentes. Aquellas grietas, donde al caer ó deslizarse hay muy rara esperanza de salvacion, ofrecen los mas bellos variantes de colores, reflejos, cortes y relieves: en unas partes, blancos y fúlgidos cómo el diamante pulido, ó azules como el cielo; en otras, verdes ó cristalinos como las ondas de un lago, ó ligeramente sonrosados como los pálidos pétalos del lirio silvestre.

Aquel espectáculo tiene una majestad imponente y sublime, que humilla y hace enmudecer en el primer momento, como una de las mas solemnes manifestaciones de la pujanza, la maravillosa eternidad reproductiva y los misterios de la naturaleza, siempre viva, trabajando y progresando aun bajo las formas en que se la cree muerta ó inanimada. Pero al pasar la primera impresion de sorpresa, de respetuoso horror y admiracion material, la meditacion se abre campo: el alma, como resbalando sobre la superficie de aquel Mediterráneo de hielo, se remonta por encima de las soberbias cúpulas hasta lo infinito del cielo; aspira á cosas mas grandes que las visibles en el mundo, á sondear horizontes mas dilatados; se fortifica y ensancha con su secreta y vaga aspiracion, y comprende toda la grandeza y divinidad de este sér, en apariencia tan pequeño, que se llama el Hombre,—sér que no solo ha tenido genio y audacia para estudiar y adivinar los misterios de la Creacion, sino que, siendo materialmente un átomo al pié del Monte-Blanco, tiene el poder de alzarse por encima de ese coloso formidable hasta darle la mano á Dios, confundiéndose con él en la idea de la inmortalidad y la nocion de lo infinito….

Para convencernos una vez mas de que lo risible se halla comunmente muy cerca de lo sublime, el pequeño hotel de Montanvers, á donde volvímos poco despues, nos llamó la atencion con sus curiosidades. La sala principal contenia un verdadero museo artístico y alpestre, donde cada viajero compraba algunas graciosas fruslerías. Pero mas que todo nos interesó un libro ó registro de excursionistas, mueble infalible en todos los sitios de esa clase, como en los museos, las bibliotecas y otros establecimientos públicos y privados de las ciudades. Cada visitante es invitado á inscribir su nombre en ese registro, que viene a ser no solo un elemento curioso de estadística, sino tambien un objeto de gran valor por los millares de autógrafos que reune, cuando concurren personajes eminentes, y por las curiosas observaciones morales á que puede prestarse. Pusímonos á hojear el consabido registro y hallamos tan interesantes extravagancias que no pudimos ménos que reir á carcajadas. ¡Cómo se revelan en esos libros las vanidades humanas y las diferencias de los tipos sociales! Las firmas de rusos eran de un laconismo severo. Las inglesas, uniformes como hechas en molde, contenían á veces observaciones de una singular candidez como estas: «Chamonix is a very beautiful country!—John Belton.»—«I am very happy indeed;—William Carter.» Las de italianos abundaban en citas de versos de Dante, Ariosto y otros poetas ilustres. Las francesas aparecian no pocas veces acompañadas de breves comentarios burlándose de los anteriores firmantes; siendo notable sobre todo las dos siguientes. A continuacion de un desahogo pasablemente insípido de un viajero anónimo que lamentaba la ausencia de su adorada, un tal P. Farnel habia escrito: «Monsieur l'amoureux, vous mentez; l'amour est une bêtise ou un mensonge.» En otra página decia otro, bajo la firma de Un Parisien, estas filosóficas palabras: «Tous ceux qui mettent leurs signatures dans ce livre sont des bêtes, y compris le soussigné.»

Pero nada era tan curioso como la literatura de los excursionistas de la Union Americana, que se hacian notar por sus preocupaciones gastronómicas, su entusiasmo por el brandy (como la cosa mejor posible en Montanvers), sus lamentaciones sobre las mulas que habian cabalgado, ó algun dolor de estómago que les acongojara, y sus recuerdos consagrados á la lejana patria. Brillaba entre todos esos americanos (que se mostraban muy convencidos de su importancia) un cierto «ciudadano del Estado libre de Massachusetts,» cuya muestra literaria hubiera sido digna de figurar en una coleccion especial de barbaridades insignes.

Si la fuente del rio Aveiron es interesante por varios motivos y ha provocado serias investigaciones científicas, la nevera de Bossons, situada hácia el sur de Chamonix, y las vecinas cascadas de los Peregrinos y el Dard, nos llamaron de preferencia la atencion por sus agrestes paisajes. ¡Con cuánto gozo recorrimos el valle, siguiendo la márgen izquierda del Arve y cruzando los humildes caseríos de Praconduit, Barraz y Favrans, que demoran entre praderas lustrosas, plantaciones de lino y pequeños bosques de alisos y abedules! ¡Con cuánto gozo tambien nos internamos en las vecinas selvas, sombrías y llenas de magníficos rumores, que suben en planos inclinados hácia las montañas! Bajo de aquellas cúpulas de negra verdura, sostenidas por los altos mástiles de los abetos, los senderos cruzan un terreno sembrado de peñascos graníticos y rocas erráticas, surcado por saltadores arroyuelos cuyas armonías se confunden en la espesura del bosque con los ecos de los lejanos mugidos de las vacas, los sonoros repiques de las campanillas que llevan en el cuello las cabras, mulas, vacas, etc., el estruendo mas lejano de las cascadas y los torrentes que se despeñan de lo alto de las montañas, y los recónditos pios de algunos pajaritos saltando de rama en rama y buscando su alimento en las semillas de los abetos.

La cascada de los Peregrinos es determinada por un torrente que, descendiendo á saltos y casi perpendicularmente por entre las fracturas del cerro, recoge sus aguas en una especie de taza granítica, en el fondo de una rambla profunda, destrozada y sombría, y se lanza luego en semicírculo á una hondura de 50 metros, escondiendo su hermoso chorro entre una vegetacion enteramente agreste. Al lado de la cascada, entre ella y el grueso torrente del Dard, reside durante el verano una pobre paisana, en una humilde choza situada como un mirador sobre el alto peñascal, Su oficio es vender á los excursionistas algunos ligeros comestibles y refrescos y esa multitud de pequeñas curiosidades artísticas, vegetales y minerales que aparecen reunidas en modestos museos en todos los sitios concurridos de Saboya y Suiza.

Mas arriba se ostenta en toda su majestad la vasta nevera de Bossons, en tanto que en lo alto de las rocas y de las asperezas de un bosque desolado por los hielos brilla al lado de la nevera la cascada del Dard, dividida en dos caídas, una de 13 metros de altura y otra de 50. En el fondo de esos despeñaderos demoran los pueblecitos ó caseríos de Bossons y los Peregrinos ó Nant, tranquilos y pobres, rodeados de bosques y praderas. Mas abajo se desarrolla el valle, luciente de lozanía, rico en flores y perfumes, y salpicado de animales de cria cuyo movimiento desigual por las tortuosas márgenes del Arve completa el encanto de aquel bellísimo paisaje.

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