I.
Corria el año 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de Chile. Hacia cuatro años que habia llegado a esa ciudad, niño aun, solo, sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para completar su carrera.
Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso; i aunque él era valeroso, o a lo ménos indolente, cuidaba sin embargo de que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los vecinos hacian lo mismo.
Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un respetable vecino de Santiago, don José Olmedo, salia una madrugada al campo por esa calle, su caballo se espantó al enfrentar un matorral, i miéntras don José le afirmaba las espuelas, la viuda saltó a las ancas, saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a él la sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del látigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblándose con el peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmontó tranquilamente i desapareció.
Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi todas las mañanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle la bolsa.
Entónces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una comodidad para el penitente.
Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una máscara. Los vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por allí los oian desde léjos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase sacramental:—La bolsa o la vida.—El transeunte largaba la primera i confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.
Alejo hacia bien en encerrarse temprano. ¿Qué curiosidad podria tener de ver a un penitente, él que habia visto tantos en sus cuatro años de residencia en la capital?
Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en el Basural, por atentado de lujuria contra su señora.
Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros. Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el café de la Nacion habia abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes. Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en todos sus detalles. ¿Que mas podia haber hecho?
En la derrota de las tropas cívicas en la Aguada, él estuvo divertido detras de unas tapias; i al dia siguiente fué de los que mas gritó en la plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones vencedores de la víspera.
Durante la campaña del ejército del Sud en Ochagavia, a fines de 1829, Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. ¿Las hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle, donde acampaba el ejército constitucional, i allí pasaba hasta la tarde, siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado, estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.
Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo sério nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en inquietud.