II.
Era una mañana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio le hacia dar diente con diente, pero él, mui en cuerpo, estrechaba sus codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.
Al enfrentar al pórtico de la cárcel, un grupo de curiosos le llama la atencion. Rodeaban un cadáver que estaba estendido de espaldas sobre el empedrado. En ese tiempo se esponian allí los muertos que se encontraban abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a los enfermos.
Alejo se acercó, miró i quedó absorto. El muerto era un jóven de veintidos años, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro, abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestañas. Su traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de la época, de color tórtola i menudamente plegado en la cintura; fraque azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el cadáver.
No habia sangre. ¿Cómo habia muerto?
Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.
—La herida está en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque es mui chica i no tiene sangre.
—Pero ¿dónde fué encontrado?
—En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.
—¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!
Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.
Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...
Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.
En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.