III.
Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de Chile!
¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su sangre por la libertad i ventura de Chile!...
En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los enrejados, un ataud...
Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de rosas.
DON GUILLERMO.
(1860.)
Quid Romæ faciam, mentiri nescio.
Juv.
I.
El Aguila.
Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el Mississippi.
En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana, i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo de felpa.
Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos del puente grande del Mapocho.
Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un problema, haciendo un millon de garabatos.
Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.
«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus emanaciones tabacosas.
El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.
El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras, pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual. Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre acompañado de su nariz i de su paltó.
—¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.
—Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema, agreguéle esta pregunta—¿Ha entrado usted a tomarlo?
—Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo tomaba! esclamó con acento dolorido.
—¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen café?
—Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear. Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba este néctar celestial!...
—¿Por dónde entró usted?
—Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.
—¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha que...
—Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.
—Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.
El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como descontento de mi estupidez miró a otra parte.
—¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.
—Neto, le respondí con orgullo.
—Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó: ¿Conoce usted los restaurants de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?
—No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno como aquí.
—¿Será algun restaurant frances el que usted me nombra?
—Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.
—No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.
—No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?
—No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de Europa donde alojo.
—Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?
—Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar? Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le deja de su mano.
Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí. Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo, él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de frente la dificultad.
—¿Es usted norte americano? le pregunté.
—Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.
—¿Está usted aquí mucho tiempo ha?
—No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.
—¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?
—Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria: aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso que ví a mi llegada.
—¿Piensa usted permanecer aquí?
—No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.
Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.
No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome abrumado bajo el peso de mi curiosidad.
II.
La segunda tarde.
La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad. Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no perdona edad ni sexo.
No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes alturas de una cabeza caliente.
Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.
Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba, en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto de mi pasion.
La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo, cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.
Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español. Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.
—Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta mesa?
—¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al Aguila.
—¿No le conoce usted?
—¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le han visto tomar café i jinebra.
—¿Cómo es su nombre?
—Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en onzas antiguas.
—¿Pudiera usted darme noticias de él?
—¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui bien.
—¿Mr. Livingston es ingles?
—¡Oh! Habla ingles mui bien.
—¿De dónde ha venido aquí?
—Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.
—¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?
—¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que aquí se sirve.
Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido por un muchacho de la casa.
Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que, aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.
Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:—«I mire usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos. Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran, siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un suspiro i yo me sentia mareado...
III.
El camino de Valparaiso.
No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano, ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio. Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno. Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con que pagar peajes, barreras i sisas.
Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan, gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.
Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.
Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot, último recuerdo de una condicion perdida.[2]
¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino, que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.
Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso firme i seguro que traia.
Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i mirando la comarca, se imajina como la escuatriaría si Chile se anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península; i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la independencia de Italia.
Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le asisten como si no estuviera en público.
Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi curiosidad.
Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una fuerza irresistible.
Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados, sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:
—Don Guillermo, óigame usted una palabra.
El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:—Yo tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?
—Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me muero de deseos de ser su amigo....
—I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino sonriéndose.
No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr. Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me vió, dejándome abandonado en el camino.
Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades, voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.
IV.
La Cueva del Chibato.
Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de crece, contra el morro.
Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco. Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a atravesarlo impunemente.[3]
La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian imbunches, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado de su vivienda.
Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para conservar la vida que dejarse imbunchar, i resignarse a vivir para siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.
Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.
Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses ajenos de los de su poderoso señor.
V.
A picos pardos.
¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente: nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos, aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las trescientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:—Romani, servate uxores, adducimus Calvum, dicho que con su acostumbrada sabiduría nos recuerda el sério señor de Brantome.
Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.
Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes atractivos para arrancar algunas chispas eléctricas del helado corazon de nuestro conocido, i ya desde entónces se alteró un tanto su ríjido método de vida. Madama Ferran fué quedando poco a poco privada de aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del Almendral contó un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al Puerto mas que de prisa al anochecer.
Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr. Livingston con la almendralina, i su amor llegó naturalmente i por sus pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crítico en el cual está espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanzó a perderla, pues no alcanzó a salir de sus casillas mas que una sola vez.
I esa fué con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios históricos que el emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador, puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus dudas i aprensiones, tomó la línea recta de todos los enamorados, procurándose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atacó en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor fortuna era oscura.
Don Guillermo principió su tocador esa noche a las ocho, habiendo comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido, i Mr. Livingston quedó de punta en blanco, aunque con fraque negro i guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el año de gracia de 1828.
Entónces Mr. Livingston pensó en su seguridad personal, sabiendo que no era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala, formaban el arsenal del ingles: no se conocia entónces la invencion de Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la Providencia.
Ya está nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no tenia que andar ménos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia necesitado de tentaciones.
Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido alterar el sueño de la ciudad con el sonido de sus botas.
VI.
En la puerta del horno se quema el pan.
Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle, marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va entregado a su pensar.
En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.
Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha, rozándose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta, recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz topetada.
Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr. Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel hocico enorme salia un balido como carcajada.
Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió. Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta, formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.
Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar la bañaba con una oleada hermosa i repleta.
El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro, juguetearon sobre él, rizándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle de la arena, donde se habia posado.
La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho, parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como un cadáver.
VII.
Nadie sabe para quién trabaja.
Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofía que la facultad designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir que no sean mui filósofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian a desvergüenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai filosofías que se tengan, pues ella es mas filósofa que Aristóteles.[5]
¿Quién no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un desengaño?:—¡Nadie sabe para quién trabaja! Pero quién ha escarmentado jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para nosotros lo que está de Dios que pierda para otros.
Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno. Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede literalmente a los cristianos. Allá a los que no tienen la fé de Cristo les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceanía enteras, donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de los que mandan fuese místico, o si los que hacen profesion de lo místico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o que el gobierno es el sacerdote, allí el hombre no solo está espuesto a llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le convierte en bestia harto ménos limpia i noble que las abejas, que los carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.[6]
Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda la dificultad consiste en hacerse zángano, sin parecerlo. Pero el zángano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayoría nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que nació para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zángano, tiene que ahorrar i atesorar para el zángano, tiene que envejecer i gastar las fuerzas de sus miembros o los alientos de su espíritu para que goce el zángano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive en la miseria por guardar para los zánganos, el usurero aprieta la soga a los ahorcados para capitalizar para los zánganos, i el rico tonto se desvive i madruga i se fatiga de la noche a la mañana i de la mañana a la noche, tan solo para que gocen los zánganos que, despues de su muerte, van a dividirse la herencia.
¡Como ha de ser! El refran dice:—«Dios te dé ovejas o hijos para ellas;»—pero no dice:—«i lobos para comerlas,» porque esto no hai necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo pecador.
Así le sucedió al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo despues por un cura que encontró de paso para el otro mundo. Siguiendo la relacion de este santo varon, sucedió que a las once i media de aquella noche terrible, salió Julia haciéndose que andaba en puntillas i se encaminó a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde salió la hermosa Julia no quedaba solo: sentados allí en estrecho círculo cuchicheaban la mamá de la doncella, el cura de la parroquia i dos amigos de éste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la niña, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada ménos que de cazarle, i casarle infraganti. La mamá habia tenido buen cuidado de ocultar el nombre herético del novio, por evitar los escrúpulos del señor cura; pero valiéndose del ascendiente que tenia en su ánimo, le habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia asegurado la soltería del amante de Julia.
El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, dió unos cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfateó el perfumado ambiente de su ama niña; pero eso bastó para que se desgañitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un tio de Julia, callaron cuando tambien les dió en las narices el aroma de la familia.
—Así ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entónces el hijo del tio, que a la sazon estaba en pié todavía picando un pliego de papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos para su prima.
Decir i hacer, todo fué uno: el primo salió de su cuarto, apénas lo intentó; saltó la cerca de su huerto i estando en el vecino, creyó ver con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar con mas libertad un lindo pié calzado con zapatitos de cabritilla bordados i ligados a la mórbida pierna con atacados de cinta negra que subian cruzándose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.
Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i ella los amaba a ámbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser su amor segundo, bien que la mamá no estaba por los primeros amores, porque, segun su esperiencia, se contraian sin cálculo i a riesgo de no tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.
Cuando ménos lo pensaba Julia, se halló entrelazada por los brazos de su primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder; pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.
A esto se siguió un ardiente escopeteo de súplicas mutuas, la una porque la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor, aunque fuese a riesgo de aumentar el catálogo del exámen de conciencia. No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ántes que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo, cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mamá, el cura i los testigos.
Allí fué Troya: ciega la mamá de entusiasmo al ver el acierto de sus planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino; i dando el último golpe maestro, declaró que aquello no se arreglaba sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra cosa el primerizo de Julia; así es que sin vacilar respondió tres veces «sí quiero» a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia dirijido ántes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento, no atendió a sus respuestas balbucientes, i dió su bendicion, desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.
El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su novio. I la mamá, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo que tenia por maña i costumbre en todas circunstancias, corrió despavorida pidiendo luces a gritos....
El cura, despues de muerto, no refirió mas de esta historia a Mr. Livingston; pero éste creia mui probable que, cuando las aguas del mar se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sábanas para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la media noche.
Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente aquel primo, que tenia una maña tan sintomática, i que sin saber lo que pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de árbol de la ciencia para otro Adan.
VIII.
El De profundis.
Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de los cuernos?
¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que se habia atravesado en su cuento?
Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel, a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos, observemos; pues la observacion es el principio del saber.
Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.
De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo, luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia: «paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí. Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante, no era mas que una farsa de Caco.
La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció ver escrito de color oscuro el terrible
Lasciate ogni speranza, voi che entrate.
Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.
Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.
La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que veian sus ojos.
Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto, cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.
Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó resignado lo que sucediera.
IX.
Comienza a aclarar.
El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal. ¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del emperador romano sobre las Julias.
Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si fuera una nube o una sutil neblina.
Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su cara un aspecto agradable i risueño.[7] Restregándose las manos como con gusto, le dijo con familiaridad:
—¿Cómo va, don Guillermo?
—¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le conociera.
—Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.
—¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?
—Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.
—¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el contrario víctima de un atentado atroz!
—No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso: están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal pidiendo que se le pase por las armas.
—¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado al oir hablar de procesos i acusaciones.
—Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien. Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto de escribano que tenia allá en el mundo.
Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.—¡I qué! ¿Acaso no estamos en el mundo?
—Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el escribano.
—Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.
—Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos? Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas, porque de otro modo es imposible conservar el órden.
Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con compasion.
Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....
El escribano le comprendió i le dijo:
—Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...
—¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.
—Es imposible. Esto no tiene salida.
—¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...
—Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.
Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano: ¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza autorizara la maldad!
Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor, quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese mas precision en sus respuestas.
—Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?
—En el pais de Espelunco,[8] replicó el escribano con alguna solemnidad, voz que se deriva de la latina Spelunca, que significa Cueva. Aquí se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir a maitines.
—¡Cómo! ¿Se usan tambien esas cosas por acá?
—Sí, señor, todo lo que va en derrota por allá arriba tiene aquí su refujio, principalmente la relijion.
—¡Hum! I dígame usted, ¿qué papel hace aquí ese chibato que me ha atacado a mí esta noche, i qué son esa multitud de cabrones que habia en estas murallas cuando usted entró?
—Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aquí son sus ayudantes, que jeneralmente sirven de público en este tribunal para preparar el ánimo de los neófitos.
—¿Cómo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas relijiosas de que usted me habla?
—¡Oh! Eso es mui fácil de comprender. Como aquí se sirve a Dios, trabajando para que triunfe el espíritu antiguo tan atacado por la revolucion, es sin duda lícito poner en juego al diablo i todas las cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que el diablo no hace aquí nada que no sea bueno: su oficio es reclutar jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para que se rindan por el terror. Hai muchos dóciles como yo, que al instante nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan, a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad con sus servicios.
—Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.
—Imbunchar se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, teniéndole así cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso de esos sentidos, se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un buen Espelunco.[9] El tacto esterno se les deja libre, porque hai una tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podrá desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aquí verá usted que no hai peligro en dejar a los neófitos el uso de sus manos, brazos i piernas.....
La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes ocultado.
X.
El interrogatorio.
Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca, como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.
Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.[10]
—¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del verdugo.
A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.
Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.
El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó:
—No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?
—Nó, respondió secamente don Guillermo.
—¿Cree usted en la libertad?
—Sí.
—¿Cree usted en la república?
—Sí.
—¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?
—Sí, i mil veces sí
—Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose bruscamente al escribano.
—¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.
—Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.
—Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.
Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o compasion que hicieron con la cabeza.
I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:
—¿Entónces dice usted la verdad?
—Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.
—¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.
—Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira, dijo el ingles con aplomo.
—Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las cosas prácticas?
—Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.
—Decididamente usted es un leso, esclamó el juez, a no ser que sea uno de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, haciéndole olvidar la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales, sin cuyos bienes no hai órden ni sociedad posibles. Contra esos locos obra nuestro poder, i miéntras tengan este sagrado asilo los jenios del pasado, habrá esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se rehabiliten con todo su esplendor en América el espíritu i las costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entrañas habitamos, i no hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del poder de la Mentira, de la Ignorancia, del Fanatismo i de la Ambicion, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan, devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con ellos.
—Yo deseo hacerlo, replicó con entereza i vivacidad don Guillermo, i sin hierro ni fuego venceré a esos monstruos, i les arrebataré su presa.
El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i éste quedó impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo que pasa en su conciencia.
El juez entónces, tomando un aire sério i ceñudo i ahuecando la voz, dijo:—Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de que cuando se canse de ser imbunche i se sienta domado i dispuesto a servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a pesar del imbunchaje de un año, irá usted a probar si puede desencantar a su diosa.
Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvió de aplauso a esta sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i una mano poderosa que apareció de lo alto pegada a un brazo colosal, agarró del cogote a don Guillermo i desapareció con su presa.
XI.
Los imbunches.
¡Feliz mil veces el que nace con alma de cántaro! Para ese, el coser i hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a él le peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vacía se amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le derraman. ¿Qué mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente, que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la esclavitud? Para él todo es uno, porque en este número se encierra toda su filosofía.
En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres, porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La gran mayoría de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo ménos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. ¡Qué amarga es esta verdad! ¡Qué terrible! ¡Qué ofensiva al orgullo del hombre! ¿Pero se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven sometidos a la voluntad de un déspota, i de los millares de servidores, santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el infierno lo vomite?
Deciamos, pues, que contra esa gran mayoría no ejercian su poder los jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como entre éstos hai variantes, como en todas las plantas de una misma familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero que les hace pió, pió, pió i les arroja algunas migajas. Admirable poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los instintos de la organizacion. Para éstos no habia en el pais de Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su alimento.
Las costuras se reservaban solo para los espíritus fuertes, para aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la sirven i se hacen crucificar por ella.
En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de estraño en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de la mentira.
El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i sacrificados como locos o perturbadores del órden de cosas que se apoya en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen constantemente a su oreja un Mefistófeles que les estuviera gritando a toda hora:—«Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del hombre; dejad al espíritu de la mentira que os afiance en sus obras de ilusiones i de encantamentos;»—pues vemos en todas partes i en todos tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. ¡Ai del que tiene espíritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su fé, inhabilitándole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.
Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema: allí se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiquísimo instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado, servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni para ceder al hambre como los palomos. ¡Cuánto ganarian los gobiernos si adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia, anularian tambien la libertad; secuestrándolos, no en una cárcel, sino en la sociedad misma, inhabilitándolos por medio del desprecio i del olvido, convirtiéndolos en verdaderos párias, los desarmarian i se ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo o en un patíbulo. Allá en la Cueva se hacia esto fácilmente imbunchando a los rebeldes: acá, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin coserlos, pues basta agotarles el espíritu por medio de una perpetua hostilidad.[11]
No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus entradas i salidas. Mantenedle así algun tiempo contrariado en todos sus instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion le imprime, i vereis cómo su espíritu se agota, su fé se disipa, sus fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis en que fué interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.
XII.
Tambien hai brujas hechiceras.
¡Qué órden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! Allí estaba el modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la sangre i las lágrimas a nombre de la libertad en el órden[12] i de los progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistófeles: «La civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los jóvenes, he adoptado, desde muchos años ha, la moda de las pantorrillas postizas.»
Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya, cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota, como:—«El imperio es la paz;» «Viva la federacion, mueran los salvajes unitarios;» «El principio de autoridad;» «La libertad en el órden i el órden en la libertad;» o si no, gritando como los moros que invadian la España:—«Viva la relijion, vamos robando.»
Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos, pacíficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad de prepararlos, a los egoístas tampoco, a los ignorantes ménos, a los palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espíritu chispeante, es necesario apagárselo, i para ello era un escelente medio el imbuncharlos. Allí estaban los imbunches, inermes e inertes, andando a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion. Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que condicion de las brujas sea el ser engañadoras, embusteras, rabiosas, envidiosas, cobardes i aleves.
Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban; otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban i pifiaban.
Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles, bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su madre.
Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas, algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por coserle las primeras.
Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.
XIII.
Lucero.
Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.
Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.
Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos que se encuentran despues de una larga ausencia.
Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano cariñosamente, i le dijo:
—Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es cierto?
—Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias, desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.
—¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?
—Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que me ame no me desencanta.
—¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi vida?
—¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia incontrastable......
—Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr. Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra cosa.
—Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales, cuantas veces llegue al término de un viaje.....
—Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.
—Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.
—¿I cómo vas a salvarme?
—Voi a pedir a los Jenios tu libertad.
—¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro monstruos que la aprisionan.
Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura le dijo:
—Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni fuego a aquellos monstruos.
—Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me someterán a la sentencia que sobre mí pesa.
—Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias; su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me corresponde como hada del patriotismo.
—Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi ancianidad el fuego de mi corazon.
—Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé allá en el mundo.
XIV.
El alcázar de los Jenios.
¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado, lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se escusan amenudo con un—«¡pero si es tan bueno!»—u ocultan su vergüenza bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.
Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo. ¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta! ¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno, cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por él, no podria disculparse con un—«¡pero si es tan hábil!»
Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran largos dias de buen trato i de dares i tomares.
Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas. Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas que en otro tiempo le inspiraba Julia.
Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz, porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó. Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales, otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella forma que los pintores dan al alma, cuando la representan desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras, vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas partes, al parecer en confusion.
Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo, observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios, poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos simultáneamente.
En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que esclamaban:
«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías que ella concede.»
«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que obedecen.»
«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor política de los que mandan.»
En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:
«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer de las reformas.»
«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así acostumbrareis a los hombres a respetar la autoridad en las personas que la ejercen i no en las leyes.»
«Haced a los hombres desleales, disimulados e hipócritas, egoístas, orgullosos e intolerantes, i así tendreis defensores contra toda novedad que hiera el sistema actual de vida.»
«Entristeced al pueblo, quitadle todas las ocasiones en que pueda holgarse su espíritu, con el pretesto de atacar los vicios i de evitar la corrupcion, i así lograreis inspirarle aquellas virtudes.»
«Protejed i fomentad la relijion, como aliada del poder, porque miéntras mas relijioso es el pueblo, mejor podrán vuestros aliados ayudaros a conservar el órden.»[13]
Mas allá se oia que se trataba de prescribir el escudo de armas de una nacion, pues una voz sonora esclamaba de este modo:
«El emblema de un gran pueblo que está bajo nuestros auspicios, no debe componerse del árbol de la libertad ni de los Andes i el sol. Es necesario que los símbolos sean mas adecuados, i si se han de buscar en la naturaleza, debe elejirse una ave de rapiña i un cuadrúpedo montaraz, huraño i tan inútil, que ni siquiera haya sido visto por los hombres: orladas esas criaturas por dos ramas de laurel entrelazadas, formarán un verdadero jeroglífico de ese pueblo.....»[14]
Una luz mas viva ajitó el aire i Lucero, radiante i veloz, apareció a los ojos del ingles, que atónito i abismado, contemplaba i oia con toda su alma lo que pasaba i se decia. Los ojos claros de la hada i su semblante abierto i espresivo, derramaron el consuelo i la esperanza en el corazon de su enamorado.
—Ya estás libre, le dijo, pero necesitas llenar una condicion de ceremonia.
—¿Cuál es? Ordena, Lucero, i serás obedecida.
—Los Jenios te conceden su indulto, pero debes solicitarlo en una representacion respetuosa, en que implores perdon.
Una sombra siniestra cubrió la frente de Mr. Livingston, que bajó los ojos como pesaroso i triste.
—¿Qué te sucede, esclamó Lucero, dudas?
—No dudo, dijo él siempre mústio; ¿pero de qué imploraré perdon? ¿Cuál es mi culpa? ¡Hai mucho de indigno en la víctima que pide perdon a quien oprime sin razon i sin mas lei que la de la fuerza!
Lucero se entristeció, pero reanimándose súbitamente, replicó:
—Una gracia se pide siempre al poderoso.[15]
—Es verdad; observó Mr. Livingston, pero yo no creo que deba pedir gracia, cuando me hallo en el caso de reclamar justicia; i cuando no tengo quien me la haga, ni puedo valerme por mí propio, me resigno a mi suerte, ántes que implorar favor, porque un favor solo ha de pedirse o recibirse, cuando es grato deberlo.
—Comprendo tu dignidad, le dijo Lucero, oprimiéndolo cariñosamente con su brazo; i no solo la comprendo, sino que te amo ya demasiado para que pueda imponerte un sacrificio, ni contrariar tus sentimientos. Pero si no te libertas por este medio, tienes que arrastrar grandes peligros para conseguirlo con una fuga: yo te acompañaré, porque nuestra causa es comun, i padeceré contigo. ¡Vamos!
—¡Imposible! Tampoco debo yo imponerte a tí sacrificios, déjame solo.....
—Me los impones sin ofenderme, i yo los acepto con amor i con la esperanza de que traerá tu libertad mi triunfo. Déjame el placer de ser tu guia, tu salvadora, que él es mas grande que las penas que tenga que sufrir por tí. ¡Vamos! ¡Adelante!
XV.
Digresiones.
No sabemos cuanto tiempo habia pasado desde que don Guillermo fué trasportado como cuerpo muerto de la playa del Pacífico a los antros de la Cueva del Chibato, ni cuanto va trascurriendo desde que emprendió su fuga con Lucero, desde los umbrales del Alcázar de los Jenios en busca de su libertad. Si, como creian los antiguos, el espacio i el tiempo no son mas que simples relaciones de los seres; o si el tiempo como creen otros, no es mas que la determinacion de la duracion, hecha por el entendimiento i revestida de formas por la imajinacion, de todos modos, no podemos saber cómo consideraban esas cosas los habitantes de Espelunco; pues ni conocemos asertivamente sus relaciones, ni tenemos datos sobre el modo como contaban la duracion. Lo mas probable es que no les hubiese alcanzado la correccion Gregoriana, por católicos que fuesen, i que, por consiguiente sus meses i sus años fuesen mui diferentes de los nuestros. ¿Quién sabe si aquel año de noviciado que hacian sufrir a los imbunches no era un siglo? ¡Ya se vé que eso no habria sido tan malo, pues hai espíritus tan tenaces que no se doman jamas! Testigo aquel porfiado prisionero de Chillon, de quien nos cuenta Byron, i a quien no le bastaron ocho años de argolla para dejar de ser republicano; i tambien aquel otro viejo empecinado a quien no abatieron diez i seis años de silencio forzado, ni tres de reclusion rezando los salmos penitenciales, para que dejase de hacer alarde de sus herejías, esclamando e pur si muove, cuando se levantó del sitio en que le puso arrodillado la santa Inquisicion para que abjurase sus errores. ¡Rara condicion la de algunos hombres que no saben jamas amoldarse a las circunstancias para pasarlo bien, i que prefieren sacrificarse por una quimera de esas que se llaman teorías o utopias! Bien merecido tienen su mal, i ellos solos lo sufren, con la maldicion del diablo i la befa de la jente sensata que sabe vivir. Nosotros los hombres prácticos, los vividores, como se decia al estilo antiguo, no debemos incomodarnos por mejorar el mundo: si somos súbditos, bien nos viene el obedecer i callar, porque donde manda capitan no manda marinero, i porque al fin i al postre no hai nada mejor que el gobierno; i si por fortuna somos mandones o estamos en peligro de serlo, ahí está nuestro modelo, el ladino Sancho, que cuando se las soñaba en el reino de Micomicon, esclamaba: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá mas que cargar con ellos i traerlos a España, donde los podré vender i a donde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar un título o algun oficio con que vivir descansado todos los dias de mi vida? No sino dormíos, i no tengais injenio ni habilidad para disponer de las cosas, i para vender treinta o diez mil vasallos en dácame esas pajas: por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, i que por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos: ¡llegaos, que me mamo el dedo!» Así han dejado a los pueblos, mamándoselo, algunos ex-presidentes i ministros americanos que se han ido a vivir descansados todos los dias de su vida a Europa, i a gozar de los frutos de su injenio, que no lo tuvieron ménos grande que Sancho. ¿Hai mas que imitarlos? ¡Bueno es el mundo i bien se está San Pedro en Roma!
Otra cosa que ignoramos es el cómo la hermosa Lucero inició a su querido en sus hechicerías, enseñándole a metamorfosear su figura instantáneamente, a volar por lo alto como pájaro, a arrastrarse como culebra por lo bajo i a resbalarse como pez entre las manos. Ya se ve que todo eso i mucho mas era preciso a quien tenia que andar asendereado i perseguido en un pais donde la policía estaba servida por brujos capaces de dar caza al mismo Cojuelo, si hubiese ido a incomodar i a alterar el órden. Semejante policía no cabeceaba ni roncaba, cuando estaba de servicio, ni incomodaba con pitos ni gritos a los vecinos que la pagaban, ni mostraba su valor sableando a los inermes i estropeando a los beodos, ni probaba su vijilancia dejando robar a los ladrones, sin prenderlos, i aprisionando o espiando a los enemigos de la autoridad que no hacen daño.[16] Nó, aquello era otra cosa, i don Guillermo tenia mucha necesidad de las artes de su dulce amiga para escapar del peligro de las agujas, de que ya le habia salvado una vez.
¡Ah! cuánto dieran algunos de por acá para alcanzar a poseer esas artes diabólicas! Pero es el caso que debe haber mucho de cierto en lo que pensaba de nosotros el padre Malebranche, cuando sostenia que el alma no obraba de manera alguna sobre el cuerpo, i que Dios es el único que obra sobre el alma i sobre el cuerpo: así es que, por mas que uno desee volverse perro para amar i no sentir, o moscon para fastidiar al prójimo, jamas lo consigue, porque Dios no quiere, i porque el cuerpo solo puede acordar sus movimientos al pensamiento mediante la accion divina. No queda mas recurso que un pacto con el diablo. ¿Pero esto quién lo consigne, ni quién puede verle la cara a ese ánjel? Desde que él acabó sus tareas en el mundo, se jubiló i desapareció para siempre: hoi ya ni se acuerda de nosotros. Estuvo tanto tiempo enseñándonos i nos enseñó tanto, que viendo que en maldades i necedades podiamos darle lecciones, se restregó las manos complacido i se retiró a descansar. Solo allá, de tarde en tarde, cuando aparece un Fausto en el mundo, cosa que no se ha visto mas que una vez, i en Alemania, suele darle el padre viejo permiso para venir a acompañarle.
Ahora hai quien evoca los espíritus i tiene comercio con ellos, pero ese es un negocio absolutamente yankee que no se puede hacer en todas partes ni por todos. Santos i notabilísimos varones ha habido que lo han tomado a lo sério, i aun han lanzado contra los que lo hacen anatemas i escomuniones. ¡Pero quién tiene la fé o las creederas que estos santos necesitan tener! Los yankees de los espíritus se han de estar riendo de esas creederas, como se rien de los que les compran los jamones i moscadas de madera que venden tan barato.
Como quiera que sea, si no hai cuerpo que no tenga su espíritu, en ese grande i admirable órden de la naturaleza, lo cierto es que hai muchos humanos que al parecer no tienen el suyo, a no ser que lo tengan tan escondido como las rocas o los árboles. Pero tanto el arte de evocar esos espíritus ocultos, como las demas artes diabólicas, no se pueden aprender fácilmente en el estado actual de cosas. Desde que la filosofía ha dado al traste con la fé, los brujos han ido a esconderse en los antros de la tierra, i quien no tenga la fortuna de Mr. Livingston, no puede ponerse al habla con ellos ni aprender sus hechizos.
Mas, en obsequio de la verdad i en honor de nuestro héroe, debe reconocerse que lo de brujo no disminuyó en un ápice sus instintos de buen ingles, pues lo primero que hizo en el pais de su peregrinacion, fué instruirse del estado en que se hallaban las garantías de habeas corpus, ya que tanto le interesaba conservar el suyo. Pero halló que en materia de prisiones, aquello era una atrocidad, porque sobre estar habitualmente presas, como en un convento, aquellas jentes, sucedia que no habia brujo ni bruja, como quien dice perro ni gato, que no tuviese la facultad de mandar a la cárcel i aun de condenar a muerte a cualquiera estante o habitante, aunque no fuese mas que por verle mala cara. La seguridad individual no era allí conocida, sino por los servidores de los Jenios, que, al fin como de la carda, estaban exentos de los percances que ellos eran encargados de hacer sufrir a los demas. El ingles se asustó de ver que el habeas corpus estaba suspenso sin ceremonia, i nunca perdió el susto por mas que procuraba imitar a los paisanos suyos que por allí encontraba enteramente conformes i contentos con esa inseguridad: pero no advertia que esos eran tambien de la carda, miéntras que él habia desechado las propuestas de afiliacion que en otro tiempo le hizo el juez del crímen de Espelunco.
Pero en cuanto a libertad de pensamiento, era eso otra cosa: los Jenios dejaban la libertad de pensar i la de hablar por lo bajo cuanto se quisiera, con tal que no se pasara de la conversacion privada; i era libre el chismeo i el cuchicheo hasta lo infinito, i se podia hasta soplar a la oreja un venticello de aquellos cuya fuerza describia don Basilio tan sabiamente. No, en ese punto estaban todos a sus anchas i contentos, i hasta se les dejaba campo abierto para hacerse oradores públicos, si querian, pues no se prohibia el hablar a gritos ni a los histriones, ni a los predicadores, ni a los panejiristas del gobierno de los Jenios, siempre que en todas esas loas fuesen estos loados i no enlodados.
La misma libertad existia para el pensamiento escrito: ¡gracias a Dios, existia la libertad de imprenta! La censura estaba rigurosamente abolida para ántes i despues del parto: la autoridad no censuraba ántes de la publicacion lo que parian los escritores, pero tampoco permitia publicar ningun parto que la censurase a ella. La lei era pareja i por consiguiente justa, pues cuando un gobierno no censura previamente las obras, tiene justicia para no permitir la publicacion de escritos en que lo censuren a él o a sus amigos. ¡Qué cosa mas racional! Pero sobre ser justo este plan, produce ademas una ventaja inapreciable, tal es la de que no pueden aparecer otras publicaciones que las que la autoridad fomenta o tolera; i si alguna de estas saca a veces los piés del plato, hai razon para que las otras i la autoridad se le vayan encima, las primeras con el peso de la injuria i la calumnia, i la segunda con su pesantez específica i cuantitativa, para castigarla i anonadarla, pues que faltó al pacto i perturbó el órden.[17]
Mas don Guillermo, ingles al cabo, no comprendia esta libertad de imprenta i se imajinaba que mas bien era una libertad de mentir por escrito con patente autorizada, pues observaba que los escritores eran verdaderos prestijiadores que embaucaban a sus lectores, variando el sentido de las cosas, adulterando los hechos i convirtiendo en liebres todos los gatos. Segun él, habia una perfecta contradiccion entre los hechos que tocaba en la sociedad i los artículos que leia en la prensa; pues miéntras que en aquella todo era malo, atrasado i podrido, para esta no habia gobierno mas justo i liberal, ni mejor administrador, ni pueblo que hiciera mas progresos ni que fuese mas afortunado que el de Espelunco.
Solo un ingles puede tener la estravagancia de no conocer que hai un derecho natural tan sagrado como el de la defensa propia, i es el del propio elojio. Los ingleses no conocen cuánto cinismo i perversidad hai en revelar nuestros vicios, i en descubrir nuestras lacras, pues ellos hallan mui natural i puesto en razon el censurar a sus gobiernos i el criticar sus vicios sociales. ¡Que falta de patriotismo tan imperdonable! ¡Qué ingratitud! Maldecir de su propia madre, acusando sus vicios, i atacar a su gobierno descubriendo sus pasteles, son verdaderos parricidios que merecen el terrible consorcio del jimio, del gallo i la culebra. Pero los ingleses no solo cometen esos crímenes diariamente, sino que asilan en su tierra a todos los perseguidos i les dejan ámplia libertad para que maldigan de sus gobiernos i desacrediten a su patria, revelando al mundo lo que como buenos patriotas debian callar, basta que se trate de los suyos, pues entre buenos hermanos todo debe quedar en casa. No hai emigrado en Inglaterra que no haya gozado de esa libertad de desacreditar: los españoles de Fernando VII, los franceses de Napoleon, los napolitanos del rei Bomba i hasta los arjentinos de Rosas. ¡Qué mucho, si los malos se dan la mano i se protejen! Pues esos mismos emigrados cometen cuando pueden en sus paises los mismos crímenes, echando sin vergüenza a la estampa sus vicios sociales, i celebrando a los escritores que lo hacen hasta elevarlos a la categoría de clásicos! ¿No han hecho eso los españoles con su Larra i los franceses con una caterva de escritores parricidas? ¿No han elevado estátuas a Voltaire, a Cervantes i a otros maldicientes de este jaez? ¿I los ingleses no se llenan la boca con los nombres del dean Swift i del cura Sterne, dos sacerdotes protestantes tan deslenguados i sarcásticos contra las costumbres de su tiempo, como el benedictino Rabelais?[18]
Pues esa perversidad era lo que echaba de ménos el ingles entre los virtuosos habitantes de la Cueva, quienes, si como criaturas frájiles, tenian sus defectos, como buenos cristianos se los disimulaban, i como buenos patriotas los callaban para no desacreditar su Cueva ni a sus amos.
Viciado por su educacion el criterio de don Guillermo, i agriado su ánimo por la persecucion de que era víctima, no podian ser acertados los juicios que se formaba del pais que recorria; i haciendo abstraccion de ellos, para salvar nuestra responsabilidad, así como de las cuestiones de tiempo i modo que pueden suscitarse sobre la duracion de su peregrinacion en la Cueva i sobre su aprendizaje de las artes diabólicas, sigamos sus pasos hasta el punto donde le encontramos al principio, i basta de digresiones.
XVI.
Primer cuadro.
—Grandes voces. ¡No hai que salir! ¡De aquí no nos moverémos! ¡Estamos en paz! ¡aquí no hai riñas ni bulla! Afuera los brujos; ¡Muera la policía![19]
—Un jefe. ¡Sí saldrán! ¡No se permiten reuniones! ¡Afuera, afuera!
Suenan los sablazos. Un gran grupo de hombres sin armas se echa sobre los sableadores, que retroceden.
—Algunas voces de estranjeros. ¡Por aquí, por aquí! ¡Viva la autoridad! ¡Favor a la lei! ¡Rodeadlos, tomadlos presos...!
Reforzados los brujos por los estranjeros, dispersan el gran grupo en fracciones que huyen, i aprehenden a varios hombres que amarran i conducen a la prision. Los ausiliadores quedan en el mismo sitio i dos jóvenes, al parecer estranjeros tambien, se acercan i les hablan en lengua estraña.
—Varias voces. Tienen razon esos pobres diablos. Estaban quietos i no daban motivo.
—Uno de los jóvenes. ¿Entónces, por qué ayudasteis a perseguirles?
—Una voz. Porque es necesario apoyar a la autoridad.
—El otro jóven. ¿Aunque no tenga razon?
—Otra voz. Ciertamente.
—Primer jóven. Habria sido mejor no mezclarse. Nosotros debemos prescindir i mantener neutralidad en todos los asuntos del pais.
—Otra voz. Ménos cuando se altera el órden i se pone en peligro nuestra propiedad.
—Segundo jóven. Podemos defender nuestra propiedad, no hai duda; pero cuando se halle atacada. La lei i el gobierno nos protejen, i es preciso confiar en esa proteccion, ántes de anticiparnos a su accion. Si con el pretesto de evitar un peligro, nos creemos autorizados para tomar parte en las cuestiones intestinas, podremos equivocamos mui a menudo i nos espondrémos a atacar a nuestra vez el derecho de otros.
—Otra voz. No importa: lo que nos conviene es la estabilidad del que manda, sea quien fuere, i cualquiera que sea su conducta. Nosotros no debemos mezclamos en las cuestiones intestinas para averiguar quién tiene razon o a qué lado está la justicia; pero sí debemos en todas circunstancias apoyar a la autoridad, reforzar el poder, aunque sea el de Lucifer, porque eso es lo que conviene a nuestros intereses.
—Otra voz. ¡All right! No discutamos al aire: ¡vamos!
Los dos jóvenes se separaron i siguieron hasta entreverarse en los grupos de jente del pueblo que llenan una espaciosa calle, i que marchan cabizbajos en una misma direccion.
—Un hombre. ¡Buen dar, amigos, que no podamos divertirnos onde nos dé la regalada gana!
—Otro. Ni cuando ni como queremos, sino como quieren los brujos.
—Un viejo. Toa la via ha sio lo mesmo: no hai mas que aguantar. Para morir nacimos i para sufrir vivimos.
—Una vieja. Como los burros: en eso nos parecimos i en la paciencia. Bienaventurados los que lloran.
—Un mozo. Porque llorarán siempre.
—La vieja. Bienaventurados los que han hambre i sed de la justicia porque ellos serán hartos.
—El mozo. Para allá me las guardes. Somos pocos todavía; cuando seamos hartos se nos quitará la sed.
—El hombre. No hai mas que ir al garito: allí sí que es permitido divertirse.
—El otro. ¡I caer en el garlito! ¡Qué se ha de hacer!
—Uno de los jóvenes. ¿Por qué no les permiten divertirse donde ustedes quieran?
—El viejo. Así está mandao, señor.
—El jóven. ¿Quién lo manda?
—La vieja. ¡Quien puede! Aquí manda no quien quiere, sino quien puede.
—El otro jóven. ¿Quién es el gobernador de esta ciudad?
—Un hombre. ¡Quién sabe! Yo no lo conozco ni sé quién es.
—Varias voces. Ni yo tampoco. Yo ménos.
—La vieja. Yo no conozco mas que a algunos de los brujos que cuidan del órden.
—El mismo jóven. ¿Pero sabrán ustedes por qué les permiten ir al garito i no a otra taberna?
—El mozo. ¡Miren qué gracia! Porque si allí pierde uno la plata que le adelantan, tiene que quedar obligao a servir!
—El mismo jóven. ¿En qué?
—La vieja. ¡Preguntón es el jutre!
—El hombre. En ir afuera a trer niños.
—El otro. I hombres que hacer imbunches.
—El viejo. Para aumentar los vasallos.
Una vocería interrumpe el diálogo: es orijinada por una riña que se traba entre varios grupos. Todo se conmueve: los niños silban, las mujeres chillan i los hombres gritan, se revuelven, se entreveran, se golpean. Ayes i blasfemias se perciben en medio de la grita. Algunos hombres ensangrentados huyen. El tumulto se aplaca poco a poco; pero la policía no parece. Solo quedan hombres jadeantes i de miradas atroces. Algunos arreglan sus vestidos, otros rien a carcajadas, i no pocos hai sérios i tristes.
Los jóvenes que se habian visto envueltos en el torbellino, reconocen que han sido despojados por manos diestras de los adminículos que guardaban sus faltriqueras. Pero continúan mezclados con los grupos i siguen la marcha, anudando su diálogo, o mas bien empezando otro, porque sus interlocutores han desaparecido.
—Primer jóven. ¿Por qué ha sido la riña?
—Una mujer. Porque un hombre quiso vengarse de otro.
—El segundo jóven. Contadnos eso.
—Un hombre. ¡Con cuánto lo manda!
—Primer jóven. Lo suplicamos: no tendriamos con qué mandarlo. Nos han dejado los bolsillos pelados.
Una carcajada universal estalló al oir esta gracia.
—Otro hombre. ¡Chuparse el deo no mas! Otra risotada acompañada de rechifla casi hizo avergonzarse a los preguntones. Una mujer comprendió la situacion de los jóvenes i se interesó por ellos, esclamando:
—Yo les contaré, pero vamos andando. Todos se pusieron en marcha. A los lados de los jóvenes caminaban mujeres i niños que los miraban con curiosidad. A alguna distancia iban hombres silenciosos que los miraban de reojo.
—La mujer. No era naa, sino que un hombre habia jurao que otro se la habia de penar; lo encontró agora, i le metió el belduque.
Los amigos salieron a la defensa i se formó el pleito.
—El segundo jóven. ¿Qué le habia hecho el otro?
—La mujer. Le habia levantao el testimonio de que era desertor, i por eso le habian pegado muchos palos i lo habian tenio preso hasta agora.
—El primer jóven. ¿I le habian tomado preso por el falso testimonio?
—La mujer. No, señor, aquí agarran jente para que sirva, i así lo habian tomao.
—Otra mujer. Pero como cualquiera puede libertarse, dando un tanto en plata, éste iba a dar lo que le tocase, i entónces el otro, que es un testimonero, lo acusó en falso.
—El primer jóven. ¿Por qué fuerzan así a la jente?
—Un hombre de atras. Porque somos pobres, i para el pobre no hai mas que zanja i horca.
—El mismo jóven. Se reclama......
—Una voz. ¡A quién!
—Otra voz. ¡Contra quién!
—Muchas voces. ¡Para el pobre no hai justicia!
—Uno de los jóvenes al otro. Silencio, mas cautela, porque aunque éstos no conocen a la autoridad, sino que la aborrecen, nunca falta entre ellos algun traidor que la busca para denunciar estas conversaciones, pues saben que esos denuncios se pagan jenerosamente.
Estas palabras no fueron oidas mas que por el otro jóven. El silencio sucedió por algunos momentos. Un silbido trajo otros, una palabra lanzada al aire provocó otras, i sin embargo de que todos marchaban en paz, comenzaron a elevarse algunos terrones i piedrecitas que caian perpendicularmente sobre los jóvenes.
Así continuaron hasta que fueron desapareciendo casi todos por la puerta de una fonda, dentro de la cual habia gran ruido i movimiento.
Los dos jóvenes que habian entrado tambien tranquilamente, sin hacer caso de las provocaciones, se instalaron en una mesa que estaba sola; pero los circunstantes no podian reconocer en ellos a los que les habian hecho compañía por la calle, pues eran enteramente distintos en fisonomía.
—Uno de los jóvenes al otro. ¿Observas a algunos de esos hombres que entran a aquel caramanchel i salen de allí contando dinero?
—El otro jóven. Si, he visto a varios. ¿Se da acaso dinero en ese cubichete?
—Nó, se presta, con la condicion de devolverlo ántes de salir de este sitio. El que recibe se pone a probar fortuna en el juego, i si pierde, tiene que pagar el préstamo con su persona.
—¿Cómo así?
—Quedando obligado a servir en todo lo que lo ocupen los Jenios, principalmente en perseguir i cazar mas hombres en el mundo para aumentar el número de los que aquí sufren.
—¿No acaban de quejársenos esos mismos porque no se les hace justicia? ¿No deploran su situacion, mostrando su odio contra la opresion que sufren? ¿Cómo es entónces que lo olvidan todo por satisfacer un vicio, i venden su misma libertad?....
—¿No comprendes que todas esas contradicciones i esas miserias son efecto puro de la ignorancia? Esos hombres no conocen el poder de los Jenios, sino por el mal que les hace; i, sin embargo, olvidan ese mal, por dar rienda a su egoismo, i sirven lo mismo que aborrecen.
—¡La ignorancia!
—Sí: observa la verdad de lo que te he dicho ya. Aquellos monstruos que encantan i aprisionan a la libertad, no son sino una alegoria de la verdad. Esos monstruos existen en la sociedad, son la sociedad misma, porque en ella están la ignorancia, la mentira, el fanatismo i la ambicion: circulan en su sangre. Recuerda lo que has visto, observa lo que ves. ¿No viste ya la ambicion entronizada, trabajando por sostener su imperio? ¿No viste ya la mentira infiltrada en la prensa i en la sociedad? Vé ahora la ignorancia encarnada en el pueblo mismo: observa mas i la irás encontrando en todas partes entrelazada fuertemente, de un modo indisoluble, con la mentira i el fanatismo. ¿Comprendes ahora cómo es que esos monstruos no pueden ser combatidos ni vencidos con el hierro i el fuego? ¿Comprendes que para vencerlos por la fuerza seria preciso decapitar a la sociedad entera?
—¡Sí, Lucero: tú me iluminas, pero abates mi espíritu con tan terribles verdades, que me dan a conocer que la libertad no puede salvarse de sus enemigos, que la libertad es imposible!....
—No, Guillermo:¡la libertad no es imposible! ¿Por qué desesperas? La libertad es la justicia misma i existe en la naturaleza del hombre. Es cierto que ella aborrece la violencia, porque su triunfo no es la fuerza; pero aunque lentamente, tarde o temprano, se abre paso ayudada por la ilustracion que mata la ignorancia, alumbrada por la verdad que ahuyenta la mentira. Cuando la accion de estos ajentes es dirijida por el patriotismo, ese amor celestial, esa caridad fecunda, que armoniza nuestro interes con el de todos i que enjendra la noble ambicion de enaltecer la patria que nos dió el ser, entónces no se hace esperar el triunfo de la justicia; de la justicia que, inspirando seguridad a todos, derrama en la sociedad la confianza, la tranquilidad i el contento, que dan dignidad al hombre i brillo a las naciones. ¡Ese es el imperio de la libertad!
XVII.
Segundo cuadro.
De noche ya, van entrando en una ciudad, opaca i silenciosa, un viejo i un jóven. El primero tiene narices para dar i prestar, i el segundo, aunque niño todavía, muestra unos ojos claros, tan poderosos i ardientes, como si fuera mujer. Sí, porque los hombres, aunque tengan ojos hermosos, jamas los tienen poderosos como las mujeres.
Entran ámbos a una casa que estaba iluminada i concurrida.
—¿Hai posada para dos viajeros? preguntó el viejo.
—Como no, le respondieron, i para mas tambien: entren ustedes al salon: por aquí, inter se les prepara un cuarto. ¿Con dos camas, no es esto? Porque ustedes no deben ser la pareja de macho i hembra que acaba de venir a buscar la policía.....
Estas palabras fueron dichas por el fondista adentro del gran salon, donde habia muchos parroquianos. Todos levantaron la cabeza hácia la puerta por donde entraban los viajeros, i muchos se miraron entre sí, como de intelijencia mutua.
El niño que acompañaba al viejo, haciéndose mas indiscreto que el fondista, replicaba a éste:
—Pierda usted cuidado: tras de la misma pareja andamos nosotros, porque somos ajentes secretos, como muchos de estos señores que están aquí.[20]
El fondista se descubrió i saludó a los recien venidos, cosa que no habia hecho ántes, porque no les habia adivinado la autoridad. Ellos, por su parte, tomaron asiento mui familiarmente alrededor de la mesa a donde estaban los demas velando un tazon, o mas bien, abismados en la llama de un tazon de ponche.
—¡Loado sea Dios! dijo uno cuando se estinguió la llama.
—¡Cómo tarda esa en quemarse! dijo otro.
—Esto es siendo espíritu, agregó un tercero. ¡Cuánto tardaria el cuerpo de un hereje cuando se usaba la hoguera!
El viejo, como si hubiera tenido algo de hereje, esclamó conmovido:
—¡Afortunadamente, hoi no se quema a nadie!
—Quienes pierden con eso, replicó el niño, son los mirones. ¿Qué mas le da al que muere que le maten a fuego de leña o de fusil, a hierro de cuchillo o a soga? Todo es morir: la muerte es la que espanta, la que encanece todos los cabellos en una noche, no el instrumento.
Todos callaron, como aterrados por la locuacidad del niño, quien, sin ser invitado, se sirvió ponche i continuó.—El hombre necesita matar a su semejante, porque solo la muerte sacia su orgullo: si hubiera un dolor mas supremo que la muerte, el poder del hombre no se saciaria con ella, i la muerte dejaria de ser pena capital, quedando al nivel de cualquiera otra de esas penas que no satisfacen. En otro tiempo la relijion servia de pretesto para quemar, porque no se hallaban bastantes delincuentes en el órden ordinario. Felipe II, ese corazon seco, que solo estaba apasionado de su autoridad, i que castigaba con la muerte cualquiera contradiccion a su poder, no teniendo rebeldes que ahorcar, fué a buscar en las hogueras de la inquisicion, una satisfaccion a su orgullo: por eso la fomentó i por eso esclamaba que mas queria no tener ningun vasallo, que tenerlos herejes. Desacreditado aquel pretesto, la autoridad ocupó el lugar de la relijion: hoi no se usa de la hoguera para castigar la opinion relijiosa; pero se usan muchos jéneros de muerte para castigar las opiniones políticas. ¡I se dice que han mejorado las costumbres!
—A mí poco me importa que se empeoren, esclamó uno de los circunstantes, escanciándose una buena parte de la ponchera. Todos imitaron su ejemplo, i otro, mirando el fondo de su vaso despues de haberlo apurado, agregó:
—¡Quisiera Dios mostrarme mi porvenir en el asiento de este vaso!
—Eso es lo que interesa, i no la mejora de las costumbres, dijeron varios con algazara.
—Por eso hacen ustedes bien en mirar el concho, agregó el viejo, porque el vaso suele decirlo todo cuando se llena i se vacía repetidas veces.
—En lo que hacen mal, observó el niño, es en pedir a Dios que muestre el porvenir. Dios no se ocupa en eso, ni tiene para qué pensar en el porvenir de bribones como nosotros. ¿Quieren ustedes que yo evoque al Diablo para que nos cuente nuestro horóscopo?
—Sí, sí, repitieron todos; veamos cómo.....
El niño trazó encima de la mesa, con una varita que sacó de su ropa, dos triángulos inversos, i dijo: esta es la cruz de Salomon. Despues hizo tres círculos concéntricos a la cruz, i puso sobre ésta la ponchera. Vació una botella de ron, allegó la luz i revolvió con la varita, recitando entre dientes un conjuro. De repente surjió una hermosa llama de fondo azul i flancos amarillentos, que dió a todos los semblantes un color lívido i cadavérico: las luces de la sala se apagaron solas, i las sombras de los que rodeaban la mesa, se retrataron tremulosas i jigantescas en las murallas.
Todos miraban de hito en hito la llama i con unas caras ávidas i desconcertadas. El viejo solo tenia un aire tranquilo i meditabundo.
En el centro de la llama comenzó a delinearse un objeto. Todos se apiñaron, devorando con los ojos la figura, hasta que apareció bien perceptible en el puro azul de la luz una máscara roja, de cuya ancha boca salian siete lenguas, i cuyos costados estaban guarnecidos de multitud de orejas.
—¡Qué es eso! ¿Quién es ese? preguntaron varios precipitadamente.
—¡Todos! respondió el niño.
—No, no, no; ese no puede ser el porvenir de todos, gritaron muchos. Toda la vida no hemos de estar escuchando, chismeando i mintiendo; esta es una carrera como cualquiera otra. Nuestro horóscopo no es ese.
—No, es el presente, replicó el hechicero: cada cual verá su horóscopo en su vaso. Apronte cada uno el suyo, voi a servir para que bebamos.
—Empecemos por el principio, esclamó uno, el primero toca al mas anciano. Despues continuarémos a la redonda: vamos, número uno; i señaló al viejo.
Este alargó impasible su vaso. La máscara habia desaparecido, i la llama del tazon borbollaba formando jirones, círculos i tirabuzones, como impulsada por un fuego activo. El niño llenó el vaso que se le presentaba, cayendo el licor como si hubiera sido de rubíes derretidos, i coronando los bordes una ténue llamarada azul, que poco a poco fué condensándose i mostrando una figura.
Era un viejo de estatura elevada, pero inclinado hácia adelante. Parecia absorto con un pensamiento terrible. Sus lacias canas bajaban hasta confundirse con su blanca barba. Tenia un ancho sombrero, cargaba sobre su hombro una manta, i llevaba un largo bordon en la mano derecha.
Todos miraban con curiosidad, pero el asombro se pintó en los semblantes, cuando vieron que el viejo se trasformaba en un hermoso jóven que dando la mano a una mujer radiante de belleza, se elevaba con ella hasta confundirse en una estrella vivísima que iluminó por un momento la estancia, dejando a los circunstantes deslumbrados.
—¿Qué es eso? preguntaron varios.
El niño respondia con un sonrisa, i el viejo dijo secamente que él comprendia su horóscopo i no tenia para qué revelarlo.
—¡Número dos! gritaron todos, i el que se sentaba al costado del viejo alargó su vaso. La misma operacion se repitió pero la llama dibujó otra figura, que no fué comprendida a primera vista, i que despues de examinada apareció ser una banda o faja bicolor enredada en un baston.
Hubo un silencio profundo. Todos miraban la figura i cavilaban, hasta que álguien dijo con énfasis: «¡Eso significa poder, autoridad, mando!»—I una carcajada universal estalló como eco de esas palabras.
Varios.—¡Hombre! ¡Tú con poder! ¡Tú mandatario! ¡A los cincuenta años de vicios, de pereza i de miserias! ¡Cómo puede ser cierto este horóscopo! Ja, ja, ¡jaaa!
Número 2.—Vamos por partes, mis amigos: ¿acaso no estoi yo en carrera como ustedes? ¿No puedo llegar adonde ustedes se proponen? ¿Qué mas tienen ustedes que yo? La mayor o menor edad, no importa: aunque han dado en creer que los jóvenes son mejores para el mando porque son mas enérjicos, cuando no son mas que atolondrados. Puesto en el caso, yo probaria que solo en mi edad se encuentra la verdadera enerjía, ¡i demostraria que hai siúticos capaces de mucho!
Uno.—¿Eso quién lo duda? Pero tú debes tener pé líquida, porque hai siúticos i psiúticos...
Otro.—¡No toquemos esas cuestiones de nobleza!
Varios.—¡Que bestia! ¿Qué tiene que ver con esto la nobleza?
Número 2.—Ahora no hai mas nobleza que la del vicio o el talento. La nobleza de pergamino está en derrota. Cualquier hombre como yo puede elevarse i hacer fortuna por el trabajo.
Todos.—¡Ja, ja, ja, jaa! ¡En qué trabajas tú! ¡Ni tú! ¡ni tú tampoco!
Uno.—¡Ni nadie! ¿Quién de nosotros sabe hacer nada? ¿Quién quiere trabajar? Vamos claro: cuando se nos ofrece una mayordomía, la desechamos por el poco sueldo i mucho trabajo. No aprendemos oficio, porque es indigno de nosotros, aunque nuestros padres hayan sido zapateros. Ni queremos trabajar bajo la dependencia de otros, porque hemos nacido para patrones. Pero lo que hai de cierto en todo esto es que no sabemos hacer nada, que no queremos hacer nada, i que solo aspiramos a tener fortuna por medios cómodos, por caminos fáciles, sin trabajo, aunque sea a costa de la honradez i de la decencia....
Varios.—¡Cierto! ¡Es verdad! ¡Bueno ha estado el sermon! ¡Qué se repita! Número 2 tiene la palabra.
Número 2.—Entendámonos: cuando yo he hablado de trabajo, es porque he tomado la palabra en su sentido mas lato. Todos trabajamos: el que entre nosotros sobresale por su talento o educacion tiene la breva segura, es verdad, con solo alistarse entre los servidores de la buena causa, pero sin embargo no deja de tener que trabajar. El que no pese aquellas ventajas, como yo, debe trabajar el doble, primero para congraciarse con los que mandan, a fin de conseguir un destino, i despues para acreditarse de buen servidor. ¡Cuánto no tendré yo que hacer todavía para poner mi crédito a la altura en que debe estar el de un candidato al mando político de un pueblo! Yo trabajaré en ello, no hai duda, alcanzaré lo que otros muchos: por eso he dicho que un hombre como nosotros puede elevarse por el trabajo. Estas ajencias en que andamos, son un trabajo como cualquier otro. ¡I para qué habriamos de tener este cargo, sino hubiéramos de subir! Valdria mas entónces seguir la carrera de la virtud, que aunque no conduce a los puestos públicos ni a la fortuna, nos llevaria siquiera al cielo, aunque tarde. Si queremos lo positivo, lo mas pronto i bueno en este mundo pecador, es necesario sacarle el quilo al vicio, i para esto es necesario trabajar. ¿Me entienden ustedes? ¿Me he esplicado? ¡Caballeros! El siútico deja de serlo, cuando mejora su traza, cuando cambia su tipo, que es puramente transitorio; i para esto es necesario trabajar, no en tareas manuales, que son pesadas i duras; ni en faenas serviles, que son indignas de nuestras aspiraciones; ¡en algo mas grande i de pronto lucro!
Uno.—¿Pero en qué, si no tenemos una profesion ni talentos, ni cabeza para nada?
Número 2.—¡Vean qué bruto! ¿Qué no sabes que la maldad i el vicio han sido siempre necesarios al sosten de las grandes causas? Un jeneral en campaña necesita de los espías para triunfar; la inquisicion fomentaba i pagaba a los delatores; el despotismo necesita de muchos ajentes: esto sin contar el interes individual, que tambien echa mano mui amenudo de los servicios de un bribon. ¿Para qué necesitamos de profesiones ni de talentos? Yo tengo el talento de la maldad, i eso me basta.....
Muchos.—¡Es claro! ¡Es evidente! ¡Tiene mucha razon! ¡Has hablado como un libro! ¡Vamos a otra cosa! ¡Número 3, número 3!
Este puso su vaso. La llama de su líquido representó al instante un grupo informe, que poco a poco fué aclarándose i dibujando charreteras, espadas i trofeos militares.
Nueva algazara de risas, hurras i esclamaciones.
—Señores, pido la palabra, gritó uno: el niño nos embroma: no dudo yo de que un calavera sin oficio ni beneficio tenga talento para distinguirse de algun modo, aunque sea un triste ajente de maldades, i que a fuerza de constancia llegue a ennoblecerse i a procurarse un destino que le eleve a la majistratura i a los honores: ese tunante de Número 2 puede llegar a ser gobernador de alguna ínsula, aunque no tenga otro talento que el del vicio, porque yo, como Sancho Panza, he visto ir mas de dos asnos a los gobiernos; i que llevasen a éste no seria cosa nueva. Pero que este otro salvaje pueda llegar a los honores militares, nequaquam: eso no me entra a mí, porque para ascender en la milicia, cuando no se tiene valor, se necesita siquiera no ser un tonto como Número 3.
Número 3.—Nadie es tonto para su negocio, amigo; i yo tengo para mí que el niño no nos engaña i que mi horóscopo puede ser cierto; pues aunque no soi militar, ni ganas tengo de serlo, no estoi léjos de llegar a ser coronel de milicias siquiera. Todo está no mas en que al diablo se le antoje, pues si yo me doi maña para meter bulla a tiempo, i para acreditarme de buen servidor, aunque no sea mas que de correveidile o de patrullero en épocas de bochinche, no está léjos que me emplumen i que salga cierto mi porvenir.
El niño.—Lo que está escrito, está escrito: yo no quito ni pongo rei. El diablo es quien les predice a ustedes la buena ventura: pero si no lo creen, asunto concluído.
Todos.—No, no, siga usted, hasta ver el porvenir de todos.
El niño.—No es posible, la llama casi no arde ya, solo hai para tres, i acabemos.
Los tres números siguientes ponen sus vasos: la llama del cuarto representa una pluma negra, grande i gruesa; la del quinto, una soga, i la del sesto, otra pluma mas chica jaspeada de blanco i negro. Todos se paralizan sin comprender lo que ven. Un rato de silencio....
Uno.—Lo de la soga está claro: éste va a parar en verdugo o va a morir ahorcado.
Otro.—¡Sin duda! I bien lo merece. ¿Pero qué quiere decir esa pluma de jote i esa otra de pavo?...
Número 4.—Que seremos escritores con el tiempo i la voluntad de Dios.
Otro.—Solo así, obrando Dios un milagro, pueden ustedes ser escritores.
Número 6.—Hombre, no seremos escritores de pluma de acero, ni de pluma bien cortada; pero, ¿por qué no lo hemos de ser de pluma de jote o de pavo? La cosa no es difícil. Yo por ejemplo me siento con vocacion para cronista o para corresponsal de un diario?....
Número 4.—I yo para historiador....
Número 6.—Ustedes son desconfiados i mas que todo intolerantes: si supieran que Rousseau empezó a escribir a los cuarenta años de edad, no estrañarian que nuestro porvenir sea el de escritores, porvenir que sin duda es el de mas fácil realizacion. ¿Qué se necesita para ser escritor? Nada mas que voluntad, porque el papel i plumas abundan, i las palabras sobran. ¿Qué mas hai que poner por escrito lo mismo que hablamos? Si yo fuera diarista, escribiria contra los abogados, contra los literatos i contra los que pretenden monopolizar las plumas que Dios ha dado a todos los pájaros de este mundo i que ha hecho del dominio comun, como el aire i la luz. Escribiria....
Número 5.—¡No sigas, hombre! ¡Qué hablas de escribir tú, cuando no sabes ni ortografía, ni siquiera tienes buena letra! Para escribir, se necesita tener alguna educacion.
Número 4.—Tú estás chafado, porque te ha salido una soga en tu llama. No eres voto. Si te hubiera salido una pluma, comprenderias, como nosotros, que no se necesita saber escribir para ser corresponsal o cronista de un diario: así se principia la carrera, i uno comienza a hacerse espectable, vistiéndose al efecto de negro, andando con paso sério i con cara feira por la calle. ¿Qué educacion ni ortografía se necesita para alabar a la autoridad por angas o por mangas, para dar cuenta de las muertes repentinas, de los albañales o pantanos, de los ascensos civiles i militares, i de todas las demas porquerías, calumnias, mentiras i adulaciones al poder con que se llena la prensa diaria? ¡Al fin, para ser historiador, como yo deseo, se necesita algo mas! Pero tambien se puede salir del paso con solo parlotear un poco, sobre todo si se escribe para el otro mundo, es decir, para América. Cuando yo sea escritor, enseñaré a los americanos que «la principal mision del partido conservador de esos paises, es la de restablecer, en la civilizacion i en la sociabilidad, el espíritu español para combatir el espíritu socialista de la civilizacion francesa;» no el espíritu español actual, porque la España tambien está fuera del buen camino, sino el de la España del tiempo de la colonia. ¡Yo haré ver a aquellas pobres jentes que al meterse a improvisar repúblicas con las reminiscencias del contrato social i el ejemplo del réjimen anglo-americano, se han olvidado de una sola cosa, i es que para constituir democracias se necesitan pueblos![21]
El viejo.—¡Bravo! No tiene usted mas que escribir lo que dice i ya está realizado su horóscopo. Pero no olvide de decirles a los americanos que aunque sus pueblos no eran educados para la democracia, cuando establecieron sus repúblicas, eran, sin embargo, buenos, dóciles i bien intencionados; que con esto tenian bastante para principiar, porque siempre se ha de principiar por algo; i que si en los cuarenta años que llevan de vida política, no los hubieran corrompido i estraviado, pervirtiendo su espíritu, desmoralizándolos, i acostumbrándolos a ver en las formas republicanas una farsa i en el poder un negocio de granjería, ya estarian mui adelantados en la carrera pública, mui acostumbrados a su sistema republicano, porque no hai nada que eduque mejor i con mas prontitud al pueblo que la práctica leal i real de sus derechos. Para constituir democracias, se necesitan pueblos, es verdad, pero mas que todo se necesita que los que las constituyen sean honrados i comprendan con amor la forma. Si los norte americanos, en lugar de sus Washington i Jefferson, hubieran tenido los mandones que han deshonrado a la América española, sus pueblos no habrian servido tampoco para la democracia ni para gobierno alguno.
Número 4.—¡Eso no! ¡Es usted un animal! No diré yo semejantes disparates, porque perderia mi carrera. Diré al contrario que los americanos han hecho mui bien en corromperse, en pervertir i desacreditar la forma republicana, en llegar a ser ingobernables por su falta de fé, de patriotismo i de principios fijos, porque eso es lo que conviene para el triunfo de la reaccion del espíritu antiguo de la colonia: así seré premiado, laureado, encumbrado a los mas altos puestos. I tú, número 6, si llegas a realizar tu vocacion de cronista, no salgas de este tema, que así serás grande!
Número 6.—I alcanzarémos, hijo, a poseer la gloria mas brillante de estos tiempos, ¡la gloria literaria!.....
Número 2.—¡Error craso! ¡no es la gloria literaria la mas brillante, es la del mando!
Número 3.—¡Mentira insolente! ¡Es la gloria militar! ¿Qué puede compararse a la aureola deslumbrante del guerrero?
Uno.—¡Eso es cuando es guerrero, cuando el militar tiene el talento de la destruccion i el valor de una fiera, pero no cuando es un cobarde i un bestia como tú!
Número 3.—¡Qué engaño! Ese talento i ese valor se suplen, amigo mio, con un poco de maña: si encuentro a tiro a una tropa de enemigos, indefensos, me los como, aunque sean mis hermanos; o si se presenta la ocasion de hacer una delacion, la hago aunque arda Troya. En uno i otro caso gano grados i honores, i no necesito talento para destruir, ni valor para pelear. Mas hace un tonto con un poco de trapacería a tiempo, que un cuerdo con su talento. ¡Sobre todo, hijos de mi alma, tengamos confianza i audacia, que la fortuna ha de fortalecernos a todos, pues que del pueblo salen i han salido siempre los grandes hombres!
El viejo.—Sí, pero cuando el pueblo es ignorante i sus hijos corrompidos i egoístas, en lugar de dar grandes hombres, da grandes malvados....
La ponchera voló por la cabeza del viejo a estas últimas palabras, estinguiéndose la débil llama que aun le quedaba. La oscuridad fué profunda. Las blasfemias i gritos fueron aterrantes. Las puertas del salon estallaron súbitamente, i la policía se presentó intimando silencio.....
El niño.—Por aquí, Guillermo.....
El viejo.—Sálvame, Lucero.....
Ambos se escurrieron como sombras por la oscuridad, i dejaron a la policía i a sus ajentes secretos ocupados en un prolijo registro de la fonda.
XVIII.
Huye, que solo aquel que huye escapa.
Puestos en salvo i en la calle los dos fujitivos, Lucero declaró que era indispensable que ámbos se separasen para distraer la atencion de la policía, que naturalmente debia fijarse en todas las parejas que encontrara, puesto que era una pareja lo que buscaba.
El ingles recibió con pesar esta órden i aun se atrevió a objetarla con la consideracion de que era mucho peor que aprendiesen a uno solo. Pero Lucero le convenció, ménos con argumentos, que con el ascendiente que sobre él tenia, i le persuadió a separarse.
Si tú caes, le decia, quedo yo libre para trabajar en tu salvacion. Pero si a mí me toca esa mala suerte, tú debes solo pensar en hallar la salida de la Cueva para ir al mundo a emprender la peregrinacion que ha de salvarme. Harias mal en emplear aquí tu tiempo para arrancarme de mi cautiverio: no lo conseguirias; i aunque tuvieras la felicidad de romper mis prisiones, no podrias desencantarme miéntras aquí permanecieras. Haz lo que te digo, sigue fielmente mis instrucciones, si no has de volverme a ver en estos lugares; no dejes nunca de tenerme sobre tu corazon. Si perdieras mi recuerdo, no solo serias ingrato para mi amor, sino traidor a tus convicciones i a la santa causa que has jurado. Vete i no olvides un momento ni mis consejos ni mi amor.
Dijo, i ámbos se estrecharon mudamente, confundiéndose en un espíritu sus dos almas en aquel momento de efusion íntima i completa. Despues, cada uno caminaba en opuestas direcciones al punto de reunion que se habian señalado, pero por un movimiento eléctrico i simultaneo, los dos volvian a mirarse de cuando en cuando i a suspirar, hasta que se perdieron de vista.
Hicieron bien: las calles estaban atestadas de brujos que acechaban i que se aprontaba listos para lanzarse sobre la primera pareja que hubieran husmeado. La policía de aquel lugar estaba montada a la francesa, es decir, no porque anduviese a caballo, que eso habria sido a la chilena, sino porque sus ajentes eran invisibles: no gastaban uniforme, ni porte ni armas militares, ni pitaban, ni gritaban, ni miraban a lo turnio por las calles; sino que eran mansos i vestían i andaban como todos i entre todos.
Don Guillermo apresuró su paso, i en pocos minutos llegó al lugar de la cita, que estaba fuera de la ciudad.
Entretanto la poblacion estaba como si le hubieran tocado arrebato: todos corrian, pero a esconderse, porque uno de los jefes de los brujos, estimulado por su propio miedo, i no por el de nadie, habia desplegado una enerjía estraordinaria para perseguir i aprehender a todos los vivientes, como suelen hacer los cazadores de jilgueros, que por tomar uno de uña blanca, arrastran con todos los que se acercan a la trampa. I en efecto que el tal jefe hacia mui bien, porque solamente con un arrastre semejante podia alcanzar a cojer algo de lo que deseaba. Así lo comprendieron las estranjeros de Espelunco, que no los nacionales, siempre tardíos e injustos para apreciar el mérito de sus compatricios, pues aquellos con esa imparcialidad que es natural en todos los traficantes, votaron una accion de gracias en favor del distinguido jefe, haciéndose los ecos de la poblacion entera. Eso se llama hacer justicia a tiempo. Un soberano premia con decoraciones i títulos a sus beneméritos servidores: así el pueblo debe premiar a los que se han distinguido en su servicio, aunque sea apaleándolo, decian los estranjeros con ese aplomo que Dios les ha dado. Pero no fué esto todo: los autores de tan bello pensamiento tuvieron ademas la habilidad de asociar a su manifestacion a los mismos que habian sufrido en aquella batida del jefe, o a los que la habian reprobado, lo cual no era difícil de lograr en aquel pais, que como inculto que era, abundaba en imbéciles, pues tales bichos tienen de comun con el poleo, eso de multiplicarse en las tierras incultas hasta el estremo de infestarlas.[22] Contra la imbecilidad no hai mas remedio que la cultura: la imbecilidad es el verdadero pecado orijinal de la humanidad, la fuente de todos los vicios i errores, de todas las faltas i crímenes, pues que todo eso tiene su asiento en la flaqueza de espíritu, que es el patrimonio comun del hombre, i que no se corrije sino a fuerza de educacion i de cultivo.
La noche estaba fria, pues aunque primavera en aquel pais, era ya una de esas altas horas en que la tierra comienza a despedir vapores húmedos que destemplan la atmósfera, i afectan el sistema nervioso de los que no están recojidos en su cama. Don Guillermo se sentia enteramente crispado por un calofrio mortal, i trató de guarecerse en el alfeizar de una enorme puerta que vislumbró cerca. Pero allí seguia tiritando, a pesar de que estaba resguardado; i entónces comenzó a comprender que su calofrio partia del corazon. En efecto Lucero tardaba mucho ya para que su enamorado no estuviera rodeado de temores i aprehensiones, que le hacian afluir a borbollones la sangre al corazon, helándole las estremidades i la superficie.
¿Qué hacer? pensaba el ingles: si voi a buscarla, me espongo a que ella venga, i no encontrándome en el sitio, se alarme i vuelva al pueblo en busca mia. Todo parece ya en silencio. ¿Habrá terminado la San Bartolomé que los brujos han representado esta noche? ¡Ah! ¡Qué va a ser de mí si pierdo a mi Lucero! Esa mujer es el complemento de mi ser: su corazon es parte de mi corazon, su intelijencia es la luz de mi intelijencia, su vida es mi vida. No, con esa mujer no se cumplirá jamas en mí aquella eterna lei que hace que el corazon aborrezca hoi lo que ayer deseaba con fervor. Esa lei se ha hecho para el curso ordinario de la vida humana, i en esa lei está el principio de actividad que lleva al hombre siempre tras de lo mejor, en pos de la perfeccion. Pero cuando uno ha encontrado esa perfeccion i la siente en todo su ser, el corazon late satisfecho i no se cansa ni sacia jamas con la felicidad.
I tenia razon de sobra Mr. Livingston, porque hai ocasiones, aunque raras, en que dos seres se complementan como un tornillo con su tuerca; de modo que si llegan a encontrarse i a concertarse, quedan como en su centro, como queda el tornillo cuando se le ajusta la tuerca, i el corazon deja de volar tras de las ilusiones que lo arrebatan, cuando todavía no ha encontrado otro corazon que lo complete.
Esa era su situacion respecto de Lucero, i he allí la razon por qué tiritaba con solo la aprehension de perder a su hechicera.
En estos i en otros pensamientos converjentes al quicio sobre que rodaban todas las ideas de nuestro ingles, fueron pasándose las horas, hasta que los primeros albores de la mañana comenzaron a desprenderse de las montañas i a inundar el valle. Los pajarillos, desperezándose i sacudiendo su plumaje, lanzaban las primeras notas del armonioso concierto con que saludaban el alba. La brisa embalsamada ajitaba los follajes; i las flores, como sensibles a su aliento, se elevaban para alcanzarla, sacudiendo las gotas de aljófar que durante la noche habian inclinado sus corolas hácia el suelo. Ruidos indefinibles se alzaban por todas partes, porque la naturaleza toda comenzaba a despertar.
Don Guillermo estaba arrobado, porque esas grandes escenas de la naturaleza tienen el poder de arrebatarnos la atencion i de hacernos olvidar aun los pensamientos que dan aliento a nuestra existencia. Todo renace, decia él, todo se renueva cuando la naturaleza sacude el sueño de la noche. ¿Qué es el hombre en ese cuadro portentoso que se reproduce sin cesar siempre bello, siempre fresco i nuevo? No es mas que esa flor, no es mas que ese árbol, que esa avecilla: ¡ínfima parte de un todo infinito, detalle insignificante, elemento perecedero i frájil, que no se renueva i que solo aparece por algunos instantes a embellecer un punto del inmenso cuadro de la naturaleza, que no perece jamas, i que se muestra cada vez mas jóven, lozana i brillante!.....
Pensamientos son estos capaces de quitar el frio a cualquier cristiano; pero como don Guillermo era protestante, no se le alcanzaba que el rei de la creacion, destinado por Dios para la vida eterna, no puede ni debe ser considerado como una avecilla destinada a ser comida en estofado, o como una flor, que si llega a tener buen fin no es otro que el de perecer disecada en el álbum de un enamorado. El hombre, aunque pecador, debe ser mas respetado: basta que todo le pertenezca en este mundo i el otro, segun lo ha dicho no sé que santo. Don Guillermo pensaba en aquellas herejías naturalmente, i por eso no perdia el frio que le tenia yerto i sin accion.
Súbitamente se abre de par en par la puerta en que estaba apoyado, i por poco hubo de caer, al sentirse flaquear en cuerpo i alma, pues que a mas del espanto natural que esto le producia, perdia el punto de apoyo que habia hallado en la puerta cerrada.
Una especie de hombre fué lo que vió detras Mr. Livingston, cuando volvió sus ojos espantados, i luego otro, i otro mas, todos vestidos uniformemente i con aire i actitud iguales.
—Recóbrese, hermano, le dijo uno de ellos, i pase adelante, si se le ofrece algo.
—Gracias, replicó el ingles medio aturdido, debo permanecer aquí.
—Es inútil, agregó otro, porque la persona a quien usted espera no vendrá. Anoche ha sido aprehendida, a poco de separarse de usted, i usted mismo lo habria sido, si no hubiese salido tan pronto de la ciudad.
Don Guillermo ocultó su rostro en sus dos manos, como para esconder la impresion dolorosa que le causaron estas palabras. Quedó irresoluto, perplejo, temiendo que aquello fuese otra prision donde se le hacia entrar con buenos modos para que no se alarmase. Casi estuvo a punto de echar a correr para salvarse, pero vió que no tenia para donde. El valle era allí estrechísimo i cerrado por altos cerros, que describian en su curso el estremo de una elipse, cuya parte abierta se prolongaba por el lado donde estaba situada la ciudad. ¿Será este el término de la Cueva, pensaba entre sí Mr. Livingston, o será la entrada?
Los personajes que tenia al frente le miraban como adivinándole sus pensamientos. Entre usted le dijo uno, talvez estaria usted mas seguro entre nosotros que aquí afuera; no tema usted nada, que estamos dispuestos a ampararle.
Mal de su grado hubo de corresponder el ingles a tan bondadosa oferta i siguió los pasos de sus nuevos protectores que le conducian en silencio.
XIX.
Vida contemplativa.
Nada mas propio de un amante desgraciado que meterse en un convento: testigo de ello la célebre poetisa cubana que cuando enviudó por primera vez se retiró a las monjas i no salió de ellas, sino cuando le volvió el estro del consuelo i se reconcilió con el mundo. Otros muchos testigos podrian citarse en apoyo de esa verdad; pero para qué se necesita mas testimonio que el de una mujer que por sí sola equivale a un rejimiento. El dolor, con ser la lei primordial de nuestra flaca naturaleza, es sin embargo siempre una cosa nueva para nosotros, siempre nos toma desprevenidos, i nunca, a pesar de su frecuencia, nos produce efectos análogos, sino bien diferentes i aun contradictorios. En unos desarrolla la sociabilidad hasta el punto de confundir sus efectos con el miedo, porque el dolorido no puede quedarse solo un momento, i halla su alivio en la compañía de otro ser que le comprenda; pero en los enamorados, el dolor desarrolla la mas seca misantropía, los hace ariscos i fieros, insociables i fastidiosos, hasta que pára con ellos en algun convento, como en busca de arrepentimiento, o les inspira el saludable deseo de suicidarse, como para libertar a la especie humana de un ente inútil. Todo eso es natural i sucede porque debe suceder: luego no debemos condenarlo; ni tampoco debemos admirarnos de que nuestro héroe se hubiese hallado tan bien i tan a sus anchas en aquella especie de convento donde le dejamos entrando, que pasados algunos dias, ya no pensaba en salir, porque solo allí podia llorar con libertad la pérdida de su Lucero. I afortunadamente lloraba, que así pudo salvarse de la enfermedad propia de los de su raza, que se suicidan hasta por libertarse del trabajo de abrocharse los pantalones. ¡Qué sábia es la naturaleza! Solamente a los ingleses les ha regalado esa enfermedad que se llama esplin, porque solo ellos son los mas orgullosos de los hombres, i por tanto los que mas necesitan de un mal que les haga comprender que son tan miserables como los demas humanos. Así nos ha dado tambien a los españoles la manía de gobernar demasiado, porque precisamente somos los mortales mas ingobernables, cuando tenemos libertad, acostumbrados por tantos siglos como estábamos a ser arreados a látigo en todo i para todo. Este mal de nuestra casta ha sujerido a algunos sábios el dislate de que no somos aptos para el sistema republicano ni para ejercer nuestros derechos: con la misma lójica podriamos discurrir que el esplin hace a los ingleses incapaces para la cocina, i esto no seria tan erróneo, porque todavía no se ha visto entre los ingleses ni un Botargus, ni un Brillat Savarin, ni un Soyer.
Pero don Guillermo no pasaba todo su tiempo en llorar, que al fin los ojos son una brillante porcion de la humanidad, i naturalmente cumplen tambien con la lei de cansarse de hacer siempre una misma cosa. Largos i frecuentes ratos empleaba en sabrosas i sábias conversaciones con sus albergadores, pero sin llegar jamas a comprenderlos a derechas. Al principio tomólos por escribas i fariseos por lo doctos i leguleyos que eran, i tambien por ciertos ribetes de hipócritas que les hallaba; pero luego varió de parecer i los calificó decididamente de Esenios. No era mui versado el ingles en materias de cultos, ni mucho ménos en conocer órdenes relijiosas, pues todo su saber no pasaba en el asunto de ciertas reminiscencias bíblicas; pero creia encontrar en sus huéspedes los mismos principios i sistema que aquella secta judía profesaba. Hacian vida comun, sin comunidad de bienes; se trataban como hermanos i tenian su espíritu de cuerpo, sin fraternidad; creian en la inmortalidad del alma, pero negaban absolutamente el libre arbitrio, i por tanto nuestra responsabilidad personal, como los Esenios; pues sostenian que todos nuestros actos i pensamientos son el resultado necesario de un órden superior que no comprendemos ni podemos variar; practicaban el celibato, pero sin negar ni desconocer las ventajas del matrimonio, sino solo por motivos de pureza, a diferencia de aquel mozo de perros de que nos habla Victor Hugo, que habia renunciado a varios matrimonios ventajosos, i se habia consagrado a cuidar perros, por la sencilla razon de que estos tienen solo siete especies de rabia i la mujer mil.
Como quiera que fuese, los Esenios de la Cueva, ya que por tales los tomó quien pudo observarlos de cerca, eran allí una potencia, en cuanto no se movia una paja sin su voluntad en todos aquellos contornos: ellos dirijian las conciencias i las opiniones, o mas bien eran los dueños del pensamiento, porque presentándose como ministros de Dios i como intérpretes de su divina voluntad, su palabra era la lei, i su persona merecia una especie de adoracion, como que era el reflejo del poder eterno en cuanto repartian a su arbitrio la bienaventuranza o la perdicion. I para que su analojía con los Esenios antiguos fuese mas perfecta, tenian el mismo talento organizador, pues por medio de asociaciones piadosas, reglamentaban la caridad en su práctica, el sentimiento relijioso en todas las formas imajinables, hasta las de la idolatría, i todos los demas sentimientos i deberes, i aun los usos, trajes, maneras i modales, proporcionándose así un ejército de devotos que no les costaba un centavo, i consiguiendo por medio del ascendiente relijioso mucho mas que cuanto pudo alcanzar Pedro el Grande con todo su poder, cuando se propuso domesticar a los rusos. De esta manera les pertenecia a ellos, mucho mas que a los Jenios, la sociedad entera de Espelunco, i si habia jentes en quienes no tenia mucho prestijio el poder de los Esenios, esas jentes, sin embargo se sometían a él por no aparecer como rebeldes i conservar su buen crédito, o por no chocar lo que en su lenguaje llamaban preocupaciones del vulgo, i que, a pesar de creerlas tales, acataban i reverenciaban como verdades, como justas i sábias creencias.[23]
Don Guillermo, hombre poco vividor, nada práctico, como hemos podido ya conocerlo, no podia estar en paz con las jentes que por indolencia soportaban i aun aprobaban lo que su conciencia rechazaba i su juicio condenaba como malo. A él no le causaba estrañeza que los Esenios no se contuvieran en el verdadero límite de su ministerio, i que arrastrados por la facilidad de conquistar poder, fuesen hasta sojuzgar la razon i pervertir el buen sentido con supercherías i mentiras: al fin en eso no hacian ni mas ni ménos que lo que hace todo ambicioso sin nobleza i todo el que especula con el engaño. Pero lo que no podia soportar era que hombres que se daban el aire de tales, reconociendo aquella invasion i condenándola en secreto, se abstuviesen de elevar su voz i su poder contra ella i la tolerasen con indiferencia o con respeto, ya por indolencia, ya por no poner en peligro su nombre o su quietud. En esto pensaba como ingles de educacion i honradez, pues que en su pais son mui raras esas transacciones de la indolencia i del egoismo con la maldad o el error, o a lo ménos no son tan frecuentes como en los pueblos de nuestra projenie, i tal suponemos al de la Cueva, donde la indolencia raya en imbecilidad i el egoismo en crímen.
Estas i otras observaciones de nuestro héroe casi son capaces de hacernos creer que los habitantes de la Cueva eran medio porros, pues vivian embaucados, imbunchados i estraviados en todos sus actos i pensamientos i a todas horas. Don Guillermo, que habia conocido al pueblo i a los hijos del pueblo cuando corria la caravana con Lucero, estaba últimamente entre los Esenios colocado mui ventajosamente para tratar i conocer a la flor i nata de aquella sociedad, i hallaba que no era ella ménos que el pueblo pobre la víctima de la ignorancia, de la mentira, del fanatismo i de la ambicion. En todas las clases notaba la misma indolencia, el mismo egoismo, el mismo descontento i malestar moral; la misma falta de principios, la misma carencia de amor i de fé por alguna idea o sistema, i por fin, la misma ansiedad por algo nuevo, por algo que variase la situacion social entera: i en nada contribuia la fé relijiosa para consolar ese eterno dolor, porque en realidad no existia tan siquiera esa fé, i lo que se tomaba por tal no era otra cosa que miedo a la vida eterna en unos, especulacion en muchos, i en los mas, principalmente en las mujeres, necesidad de un principio, de un sentimiento, de algo en que ocupar la actividad humana que no hallaba en aquella sociedad muerta para todo lo bueno i lo grande ni empleo, ni estímulo, ni asiento.[24]
Es cierto, decia entre sí don Guillermo: si las jentes de allá arriba son como éstas, no pueden ni con mucho tener el sentimiento del patriotismo. ¿Qué atractivo para el espíritu, qué goce para el corazon pueden hallar en una sociedad semejante? Fuera de los afectos domésticos, no hai nada que ligue al individuo con la patria, nada que halague siquiera su orgullo nacional; i fuera de los goces íntimos, el corazon no encuentra ni gloria que lo haga palpitar, ni grandeza que lo atraiga, ni belleza moral que despierte su amor hácia la patria, ni goces ni bienestar que lo adhieran al lugar de su residencia. El hombre se apega a las cosas por el sentimiento, i cuando la sociedad que nos da el ser no tiene medios de insinuarse en nuestros corazones, i por el contrario, nos hace pesada la vida, no puede ni debe contar con nuestro amor. ¡Apostaria que no hai un habitante de Espelunco que no desee ser estranjero!...
El trato con Lucero habia hecho filósofo a Mr. Livingston, i el retiro del claustro en que vivia, el silencio de sus parques i jardines, i mas que todo las penas que le atormentaban, le hacian meditar i moralizar a menudo, i aprovechar las lecciones de la esperiencia: es cosa sabida i mui repetida que los viajes i las desgracias enseñan mas que una biblioteca.
Pero habia una cosa que le hacia perder sus ínfulas de filósofo i le hacia reir en medio de su dolor, i era la pretension que tenian algunos caballeros de los que frecuentaban su asilo de querer hallar un remedio a aquellos males sociales en la monarquía o en el gobierno de un rei.[25] No estaban contentos con la oligarquía de los Jenios, i querian un solo dueño, una familia consagrada que les diera gobernantes de casta, a modo de los aficionados a las riñas de gallos que buscan el pollo fino i lo cultivan desde que es huevo, hasta que tiene estacas que afilarle, con la diferencia de que los galleros se comen en cazuela los pollos que salen malos, miéntras que los monarquistas son comidos vivos por el rei de casta que sale bribon.
Don Guillermo no discutia con estos políticos, sin embargo de que departia a menudo con ellos, paseándose en los jardines o descansando en los hogares de los Esenios. Ni como discutir con hombres que leian los escritos de algunos españoles a quienes se les ha ocurrido justificar las crueldades de don Pedro el colorin, porque con ellas se proponia dar unidad a la autoridad real; o rehabilitar a Felipe II, porque tambien se proponia otras grandes cosas, como si el fin justificase todos los medios, o como si esos grandes fines no hubieran podido conseguirse sino con enterrar hombres vivos i con quemar en la hoguera, perseguir i espatriar a jeneraciones enteras. Naturalmente esos políticos debian estar enamorados de los gobiernos fuertes, i llamar a Felipe, con cierto obispo electo de acá arriba, el pio, humano i liberal monarca, justificándole porque otra reina herética mató mas cristianos, como si un bandido pudiera escusarse con presentar otro mas bandido que él.[26] Con su pan se lo coman, decia entre sí el ingles: si éstos creen que porque hai grandes naciones bajo el gobierno monárquico, deben esa grandeza a la monarquía i no a una antigua i vasta civilizacion i a otras causas benéficas que se han desarrollado a pesar de esta forma de gobierno, yo les daria que viniesen a remover con veinte yuntas de reyes los hondos males que aquejan a este pais. Nó, no es el despotismo de uno o de muchos, cualquiera que sea su forma, el que puede estinguir la ignorancia, desterrar la mentira, atajar los avances del fanatismo i evitar los estravíos de la ambicion en una sociedad, sino el gobierno que, naciendo del pueblo, respeta su oríjen i corresponde al pueblo, protejiendo sus derechos, haciéndole justicia, sirviéndole con amor, i cimentando su autoridad en el interes comun, en la union de las opiniones, en la fraternidad que surje naturalmente de la concordia i armonía de todas las aspiraciones.
Algun egoismo habia al parecer en esta reserva de Mr. Livingston, pero aun sin atenerse al refran que dice: en el pais a donde fueres haz lo que vieres, él necesitaba mucha circunspeccion para no chocar a los que le retenian en un asilo tan seguro, del cual no se atrevia a fugar, miéntras no tuviese siquiera algun conocimiento de la topografía de aquella comarca, para dirijirse en busca de la salida de la Cueva.
¡Terrible situacion la de nuestro amigo! Era víctima del amor como Abelardo, un Abelardo prisionero, sin saber donde, como Monte-Cristo; un Monte-Cristo pobre como Aman; un Aman lleno de paciencia i de esperanza, como Job; un Job dispuesto a sacrificarse por salvar a un pueblo como Marco Curcio. ¿Qué va a ser de él? ¿Cuándo podrá salvarse? ¿Cuál será el premio de tanto sufrimiento?
XX.
Tercer cuadro.
Era una tardecita de invierno, i el sol habia traspuesto los montes vecinos, dejando los parques i jardines de los Esenios iluminados con los últimos reflejos que todavía inundaban la bóveda celeste. Pero la oscuridad invadia ya las grutas i cenadores, los bosquecillos i los laberintos de aquella deliciosa mansion. Un aire sutil penetraba por los ramajes i enfriaba el ambiente.
Don Guillermo, que meditaba o penaba solitario en aquellos sitios, se retiró a los claustros, sintiendo la necesidad de abrigo. Allí notó un movimiento desusado: multitud de notables de la ciudad llenaban los corredores, i secreteaban como tratando sobre algun gran acontecimiento. Poco a poco fueron desapareciendo, pues entreverados con los Esenios, entraban a un salon reservado, i cerraban tras de sí la puerta.
El ingles quiso mostrarse desentendido de todo i ganó otro claustro, tomando una galería en alto que corria al costado del salon i que estaba ya oculta entre las sombras de la noche. Allí se puso a pasear a lo largo i cabizbajo, sin tener en su mente idea fija ninguna: estaba en una de aquellas situaciones en que suele uno encontrarse cuando se propone averiguar un misterio i no halla por donde principiar, ni tiene luz alguna que le dé entrada a la cuestion que quiere resolver. Pero habiéndose acordado ya su vista con la oscuridad del sitio, al poco rato de estar allí, divisó un bulto que le sorprendió, i que estaba inmóvil cerca de una puertecita aislada que habia como única abertura del largo paño de muralla que formaba aquel corredor. Aproximóse a él, i vió claramente que era un viejecillo pequeño, enjuto, de mala pinta, narigon i de ojos grandes que relampagueaban en la oscuridad, como los del tigre. Una conmocion involuntaria le heló la sangre i le hizo dar un chasquido en el corazon.
El viejo, sonriéndose i en una jerga poco intelijible, le preguntó:
—¿Has perdido tú un rosario?
—No, respondió don Guillermo un poco amostazado.
—Ahí está uno colgado en el tirador de esa puerta, le dijo el viejo, i si tú lo quitaras i lo arrojaras bien léjos, me harias un gran servicio.
El ingles, lleno de sospechas, se acercó a la puerta, pasando por detras de su interlocutor, por precaucion, i notó que ademas el viejo tenia en sus espaldas una enorme joroba. Descolgó el rosario, i conoció, en el tacto, que era de cuentas de Jerusalem i que tenia en su estremo una cruz i un corazon pequeño de paño, que sin duda contenia alguna reliquia. Al volverse al viejo, como señalándole el rosario, notó, item mas, que el hombrecillo era cojo, pues dió un paso hácia atras con una pierna tiesa e inflexible que parecia de palo.
—¿Crees tú en la virtud de ese sartal católico, apostólico, romano? le preguntó el viejo.
—No, dijo el protestante, porque no creo que nuestro Señor lo haya autorizado, ni en las sagradas escrituras se encuentra nada que lo autorice.
—Arrójalo, entónces.
—Será mejor colocarlo en esta baranda, replicó el ingles, acercándose a la de los balcones del corredor; basta que haya aquí una cruz.
—Lo mismo da; pero allá, bien léjos, añadió con sonrisa el viejo i haciendo chispear sus ojos: ese talisman no me dejaba abrir la puerta. Me has hecho un favor, porque me interesa mucho asistir de tapado a la conferencia que hai adentro de esa sala. ¿Quieres tú asistir tambien?
Don Guillermo no queria otra cosa, pero dudando aceptar la invitacion que le hacia un desconocido, que no le habia sido presentado, le dijo:
—No sé si deba, pues no sé con quién hablo, aunque me trata de tú.....
—¡Hum! esclamó el viejo, ¡escrúpulos de ingles! I resbalando hácia atras su pierna de palo, hizo un esguince en forma de cortesía, i añadió accionando con su mano derecha: Tengo el honor.... Soi el señor Asmodeo, interventor en todos los negocios humanos, i que ya una vez, hace trece años, tuvo que ver contigo, hijo mio.
Otro tiriton volvió a retirarle la sangre de las estremidades al ingles, al oir esta peregrina presentacion. Se quedó estático, i miéntras tanto el viejo se acercó a la puerta, la tocó con dos dedos para abrirla de par en par sin ruido, i volviendo a repetir su cortesía con el cuerpo i la mano derecha, le dijo:
—Come in, come along, conmigo.....
Don Guillermo titubeó; estuvo a pique de arrancar. Pero luego tuvo una corazonada, i siguió a su cortes compañero, entrando a una tribuna alta i balconada que daba vista al interior de una sala espaciosa i de muros altos, sin adorno arquitectónico de ninguna clase.
El viejito se sentó en un taburete de los que allí habia, puso su pierna buena sobre la mala, sacó de su bolsillo una ancha cartera roja, cuyo lápiz revisó, i apoyando su barba en el puño cerrado de su derecha, inundó la sala con sus ojos grandes i redondos, que lanzaban rayos siniestros i que se armonizaban con una perpetua sonrisa que pendia de sus finísimos lábios.
Allá, en el fondo del salon, se divisaba una larga mesa cubierta con tapete verde i rodeada de sillones del mismo color, en los cuales estaban como incrustados los Esenios i los caballeros. A lo largo de la mesa corrian en hileras veinte blandones de metal con sendas hachas de cera verde coronadas por una llama azulada, que despedia reflejos inciertos i que apénas aclaraba los ángulos i la bóveda del salon.
¡Miren qué cuadro! dijo Asmodeo. ¡Miren qué caras! Ninguno de los convidados tiene ni lo negro de la uña del padre Schwartz, pero no por eso dejarán de ir a hacer tertulia en los infiernos a este reverendo inventor de la pólvora. Unos son panzones, otros enjutos; unos viejos, otros mozos; unos soberbios, otros humildes; pero de todos ellos no se puede hacer un buen demonio. I diciendo esto, comenzó a escribir en su cartera, con mano convulsa, pero lijera, veloz, rápida, como si fuera movida por vapor; i sin dejar la operacion, preguntó a don Guillermo: ¿Qué dices tú de esto, hijo?
Mr. Livingston se iba familiarizando con un viejo tan afable, lijero i gracioso; i tomándole por un instante por taquígrafo de algun diario como el Times, le correspondió con esta otra pregunta:
—¿Toma usted apuntes para publicar esta sesion?
—¡Qué disparate!, le replicó el viejo con una mirada que avergonzó al ingles. ¿Me has visto cara de chorlito o de escritor que es lo mismo? Mira, en este pais no hai ente inverosímil de esos que estás mirando que no sepa hacer su negocio mejor que los escritores, pues estos nenes cifran toda su dicha en verse reproducidos por la estampa, i por tal de publicar sus ideas en urdiembre, se despestañan i gastan su dinero, tiempo i salud, a sabiendas de que nadie los lee, ni entre ellos mismos, porque nadie sabe leer, aunque algunos sepan decorar. ¡Con qué! ¿Me ves pinta de pertenecer a esa especie de locos? Vamos atendiendo a la sesion: allá tienes un tonel que habla.
I en efecto, un señor casi cuadrado, que se divisaba de frente, llevaba la palabra en ese momento. «Yo vivo retirado del mundo i pensando solamente en estar bien con Dios; pero no por esto me liberto de vejaciones atroces. No hago mal a nadie.....»
—Pero tampoco haces bien, refunfuñaba entre dientes Asmodeo, rasguñando, que no escribiendo en su cartera; ni eres capaz de dar un grano de trigo al gallo de la pasion, porque piensas que con solo rezar por tu alma cumples con el que está allá arriba.
«Yo, agregaba otro de los notables, he consultado con mi conciencia mui detenidamente i hallo que la resistencia es un deber.»
—Así puedes hallarte sábio en tu conciencia, gruñia Asmodeo, porque tú te la formas a tu paladar, pues la conciencia no es sino la opinion que cada cual se forma segun sus creencias, errores, gustos e inclinaciones.
Otro convidado tomó la palabra, protestando que él no pensaba mas que en sus negocios, sin mezclarse en nada, i que, sin embargo, sufria mucho en su persona e intereses.
Pero Asmodeo le acotaba:—Piensas en tus negocios, pero mucho mas en los ajenos, porque tienes los instintos de la sanguijuela, a pesar de tu figura de tábano.
«Yo, esclamaba, uno, hago todo el bien que puedo;» porque estás cansado de hacer mal i temes a la muerte, añadia el viejo siempre tomando notas.
«¡Para qué cansarnos, señores!» gritó con énfasis otro. ¿Quiénes mas acreedores a respeto i consideracion que nosotros, que siempre hemos apoyado el poder i permanecido devotos a nuestra relijion?...
—Sí, dijo Asmodeo riéndose, la devocion es vuestro fuerte. Sois devotos al poder porque os gusta gobernar o porque sacais siempre piltrafas de estar bajo el ala del poderoso; i sois devotos a la relijion de puro miedo al infierno, porque os imajinais saldar con golpes de pecho vuestra larga cuenta con el diablo, i no por amor a Dios ni a su lei, que no conoceis ni por las tapas. En el fondo no teneis mas que egoismo i presuncion, indolencia i orgullo.
—¿I es posible, preguntó el ingles, que todos sean tan malos?
—No, replicó Asmodeo, hai tambien buenos, i con esos no hablo, porque están en minoría, i se limitan a llorar i deplorar la corrupcion jeneral. Allá en el cielo se duerme mucho, amigo, o se pasa el tiempo mui bien entretenido, pues nunca se acuerdan de las cosas de acá abajo i dejan a los buenos sin proteccion, i a los malos sin atajo: por eso es que nuestra cosecha es siempre mejor i mas abundante que la del padre viejo, i por eso es que mas gobernamos nosotros en el mundo que el Dios de los buenos.
En ese momento tomaba la palabra uno de los Esenios, encantando con su dulce semblante i sus suaves ademanes a la concurrencia; pero arrancando al viejito algunas esclamaciones, como éstas: ¡Brigand! ¡Bribon! ¡Rascal! ¡Impostore! ¡Conspirador! ¡Traditore!
«Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han mostrado todos estos respetables señores, hemos tomado algunas medidas preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aquí a un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompañaba en su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo que lo fuese su compañera, i él quedase libre i asilado entre nosotros.» (Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) «Este hombre puede servirnos mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.» (Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para mirar.) «Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la Cueva, se afiliará con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina. Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un caudal, que lo formemos entre todos»...
El discurso fué interrumpido por los regüeldos de un notable a quien le habia dado flato.
—¡Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardió Troya, i se echó a reir convulsivamente.
El enfermo se habia levantado de su asiento, i con él casi todos los concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos concurrentes, el senescal de los Esenios creyó prudente aplazar la reunion para otro dia, i el salon quedó desierto i a oscuras. La reunion habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como termina la sesion de una cámara, cuando se ve en apuros un ministro que dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian hábitos parlamentarios, o talvez entre estos últimos habia costumbre de salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.
Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectáculo se habian quedado en la tribuna el uno riéndose i refunfuñando, i el otro estupefacto, como una estátua de piedra, i casi en ayunas del contenido i significacion de lo que acababa de ver.[27]
XXI.
En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado.
—¿En qué piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su compañero, sacudiéndole de un brazo; i éste alumbrado en medio de aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro, tomó un asiento, como fatigado i siguió pensando, puesto un dedo en la sien i la vista fija en el suelo.
—¿Piensas quedarte aquí? No puede ser porque voi a cerrar la puerta, agregó el viejo.
—Nó, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. ¿Como ha podido escapárseme la salida de la Cueva?, puesto que está en esta misma casa, que tanto he recorrido i examinado. ¿Qué misterio es este? ¿Miente acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?
—Dice la verdad, replicó Asmodeo, i tú debes haber pasado mil veces por esa salida sin reconocerla: está al fin del parque mas inmediato. ¿Pero por qué no esperas a que te nombren embajador?
—¡Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! ¡Mas, la salida! ¡¡Dios mio!!...
—Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.
—¿Por qué? ¿Podria señalármela usted?
—Es claro que sí. Favor por favor: tú me has abierto la puerta de esta tribuna; yo te abriré la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar un camino espantoso. Yo te acompañaré con una condicion...
—No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.
—Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i estamos a mano. Vamos.
—Vamos pronto.
I salieron de la tribuna, cerrándose tras de ellos suavemente la puerta. Bajaron de la galería, tomaron un claustro, se introdujeron por un pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todavía un callejon i salieron a un parque cuyos frondosos árboles dormian en silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el suelo limpio i endurecido de la avenida de árboles que habian tomado. El viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar el suyo para no quedar atras.
Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:
—¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!
—No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta: busca un boton que debe estar ahí.
Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.
—Aquí está, dijo conmovido.
—Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en su curso la curva de la figura de la roca.
—Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.
El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de «Roberto el Diablo».
Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera tibia i seca que le paralizó.
—¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera Asmodeo.
El obedeció, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, echó a andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida, notó que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado, pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pensó en Lucero, suspiró por ella con dolor i con esperanza, i recordó la descripcion que en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre sí, al monstruo de la ignorancia.
Un rujido espantoso aturdió a don Guillermo, pero no conmovió su corazon. Sintió que le repelian con violencia, i fijando con toda intensidad su vista, vió delante de sí que la bóveda de la caverna habia desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadísimas murallas de roca. A pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus piés enlazados como por un anillo de hierro. Cruzó ambas manos sobre el pecho i esperó. El anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le ligó los piés, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban, produciéndole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i áspero, como el del boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hálito pestífero, cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.
El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para balancearse i equilibrarse, sintió con ellos la cabeza enorme de la serpiente que le envolvia i tocó la forma i la morbidez glacial de su cuerpo. Entónces los levantó hácia arriba para que en ellos se enroscase el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. Así sucedió, i aquella serpiente atroz dobló sobre el codo del brazo derecho su cabeza de un pié de largo, con ojos de áscuas, de boca abierta i de lengua de saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la colocó cerca de la cara del animoso ingles.
«¡La luz de la Justicia, el ardor del Patriotismo i el poder de la Democracia disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia!» dijo el héroe con voz trémula i pausada.
La serpiente dió un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia de un navío, i se desplomó al suelo...
El héroe quedó inmóvil algunos instantes i repitiendo—Justicia, Patriotismo, Democracia, emprendió su marcha rápida i segura hácia adelante.
Una luz viva i rosada inundaba entónces aquel estrecho sendero por donde apénas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la superficie desigual i ondulada de la montaña, que al parecer habia sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la angostura de Chañarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ángulos i demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i curvas del otro; i el perfil de ambas líneas culminantes era igual, i ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.
Mr. Livingston abarcó de una mirada la fisonomía del lugar, i siguió las ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de que todavía sentia helada su sangre, húmeda su frente, i se miraba las manos como si fueran de mármol.
A medida que avanzaba, notó que la vereda se ensanchaba, pero que la luz disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i hacia vacilar la cabeza. Trató de sobreponerse a aquel prestijio i redobló su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaña, se halló con tres caminos. Paróse dudoso i casi se aflijió: no sabia cuál de esos caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.
Una mujer bellísima se presenta en el punto que hacia centro a los caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de máscaras i lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su túnica talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.
—¿A dónde vas? le preguntó con una sonrisa que descubria una boca negra i oscura.
—En busca del Patriotismo, respondió con severidad don Guillermo.
—¿Para qué? ¿Con qué fin?
—Porque esa virtud nos traerá la luz de la Justicia i el poder de la Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!
—¡Marchad! dijo ella i se estinguió repentinamente la llama del haz de pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.
—¿Cuál es el camino? preguntó el viajero.
—El de la derecha...
—¿I por qué no el de la izquierda?
—El que queráis, dijo la bella, i dió vuelta las espaldas, ocultando con el manto su pierna coja.
Pero el ingles miró con vista fija i cierta, i distinguió bien que el camino del centro estaba iluminado, miéntras que los otros eran oscuros, diferencia que ántes no habia notado, porque su vista vacilaba i la llama del haz de pajas la estraviaba. Entónces tomó con denuedo la senda iluminada, miéntras que la Mentira se perdia en las sinuosidades lóbregas del camino de la derecha, i se oia el gárrulo sonido que hacia al andar con sus vestidos.
La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.
¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un pecho enfermo, esclamó:—«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i comiendo uvas como un viñatero?»
Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus ojos redondos i ardientes.
—¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.
—Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a esperarte.
—¿Para qué?
—Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso por un valiante como tú.
—Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.
—¡Ah, tú no sabes lo que te espera!
—Pero usted lo sabe i me lo dirá.
—Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado Lucero.
—Yo venceré, pasaré adelante.
—Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás, hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida, no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil maravillas.
—Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.
—Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio fuego.
—¿Qué hacer entónces?
Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:—Hombre, yo te salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites condiciones. ¿Me darías tu alma?
—La tengo dada a Lucero.
—Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.
—Lucero me dirije.
—¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas que yo te encargaria de vez en cuando?
—Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.
—¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana. Vamos, manos a la obra.
El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las coronaban graciosamente.
—Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos. Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has entrado.—Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por el mortero.
El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.
Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...
XXII.
1841.
El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.
La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.
Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe, que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como despues de un aguacero.
Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......
Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña i descendia al mar.
—¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está Valparaiso!!!....
I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado; paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar, formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió el movimiento de los habitantes.
—¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande, no es así! ¡Adonde estoi!
Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa intelijencia despertó.
Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.
—¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.
—El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.
—Gracias, dijo, i siguió su camino.
—Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.
—¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.
Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.
El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por callejuelas estrechas i barrosas.
Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.
De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en la boca, hablando todos a un tiempo, sans façon, como si estuvieran en casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.
En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él preguntándole por madama Ferran.
—Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.
—¿A dónde?
—En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....
Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron entónces por capitan de buque.
Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo, impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.
Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.
Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al principio.
XXIII.
1860.
Pronto se enterarán diez i nueve años contados desde aquella tarde. Mr. Livingston habrá hecho hasta entónces dos mil ochocientos cincuenta viajes entre Santiago i Valparaiso, i habrá repetido en cada una de esas ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras misteriosas.
¿I nosotros qué hemos hecho? Nada. ¡Un solo viaje! ¿Para atras o para adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante. Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creerá que principiamos a andar cuando él emprendió su peregrinacion, pero que a pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.
¿Pero cuáles serán esas tres palabras sacramentales que el ingles pronunciará todavía ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte años de peregrinacion? ¿Serán las mismas que pronunciaba al salir de la Cueva—justicia, patriotismo, democracia? No lo sabemos; puede ser que sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero, estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de la patria en el triunfo de la democracia.
Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se halle el patriotismo perdido, será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad.
Entónces talvez se aclarará el problema ántes indicado, i sabremos si hemos vivido hácia atras, como Quevedo; si hemos ido adelante como la tortuga, o si hemos estado en un abismo como suelen estar los zapos entumecidos i sin accion en las entrañas de la tierra.
Mr. Livingston viaja todavía. Su constancia es un ejemplo. Hoi se le ve ya estenuado de fatiga, flaco i andrajoso. Su color se ha atezado, sus ojos se han apagado. La melancolía mas profunda se pinta en su semblante. ¿Acaso desespera de hallar lo que busca? ¿Morirá ántes de ese dia de gloria que le anunció Lucero?.....
Hace mui pocos dias que un coche paraba en el camino de Valparaiso, i un ingles de figura respetable sacaba medio cuerpo por la portezuela para llamar a don Guillermo. Este se acercó triste, mirando al suelo, i saludó. El del coche le paso su mano estendida i cubierta de monedas; el peregrino tomó una sola.
—¿Cuál es su nombre? le preguntó aquel en ingles.
—Pagan (peegan), respondió éste i saludando siguió su camino.....
¿Por qué ese otro nombre? ¿Cuál es el verdadero?
Como quiera que sea, Livingston o Pagan, él es digno de las bendiciones del cielo.[28]