V.

Basta de lágrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.

Yo no sé tampoco si viví o no durante aquellos largos meses que pasaron hasta que Fructuoso volvió con los laureles de Yanacha i Socabaya.

Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.

Tenia veintitres años, i no habia una mujer que no se muriera por él.

En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos triunfos, se atraia todas las miradas. Allí estaba la corte de la Gran Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus trajes i la pedrería de sus cruces.

Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.

El Protector lo presentó a mi madre i a mí, i cuando él estrechó mi mano, pidiéndome una contradanza, me desvanecí, no sé si de gloria o de amor...

Cuando bailábamos, me dijo él:

—Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.

—¿Cuándo?

—En aquel momento de mi partida a la campaña. Cuando nuestras miradas se cruzaron, confundiendo nuestras almas en un ardiente amor.

—¡Señor!

—¿Para qué disimular? Nuestros corazones se comprenden, i no es justo que nosotros los tiranicemos, haciéndolos disfrazar su intimidad.

En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si hiciera largos años que nos tratábamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que enbalsamaban el ambiente, i a mí me parecia estar sola con él.

Nada veia, sino su dulce fisonomía; nada escuchaba, sino sus encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la música.

Cuando paseábamos, yo reclinada en su brazo i lánguida de emocion, se abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor que se levantaba; i yo entónces veia la aprobacion i el aplauso en todos los semblantes.

Si era tan simpática la union de nuestros corazones, ¿por qué fué despues tan cruelmente desgarrada, por qué he venido a llorarla en una casa de locos?

¡Oh! El amor feliz es simpático, no hai duda; pero cuando la desgracia lo hiere, todos apartan de él sus miradas. La sociedad no gusta de la desgracia, no quiere que la imájen del dolor se le presente en su camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran, i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran léjos de su vista.

Su caridad consiste en tener depósitos para que el dolor se albergue léjos, mui léjos de su bullicio.

¡Maldita sociedad! ¡Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo no te necesito para llorar. El horrible crímen que tronchó los lazos de mi amor fué tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia, lo aprobaste; o callaste de miedo, ¡lo que es peor! La virtud que habia estrechado aquellos lazos fué la víctima. ¿Cuándo has tendido tu mano a la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, ¡o cuando ganas!

La virtud que tú respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa virtud que te habla a nombre de Dios, ¡i que a nombre del infierno te esclaviza! ¡Qué bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...