VI.

Hoi ha leido al doctor algunas pájinas de mi diario.

—¡Bien! esclamó. Dejadla escribir, sor María. La pluma, el llanto i el sueño van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejoría, i todo se debe a...

—Acabad, doctor, agregué yo. ¿A qué se debe?

—Dejadme mirar vuestros ojos. ¡Ah! Estais tranquila...

¿No es así? Parece que ese apóstrofe que lanzasteis a la sociedad os desahogó. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ántes que en lágrimas...

—Dejad las chanzas, doctor. ¡Decidme a qué se debe todo!...

—¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

—No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

—No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

—¡Un clérigo!...

—Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

—No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

—¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

—¡I despues se reía!...

—¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el diálogo que he tenido con el doctor esta mañana. Lo he copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio patente de sanidad. Si os falta un ápice, me dijo, si hai inexactitud, es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras palabras. No sé que refirió sobre la visita del emperador al jardin...

—¡Oh! ¡si tuviera yo una persona que me hablara así, como ese viejo doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece una lengua hermosísima en su boca. ¡Qué bien habla! ¡Como resplandecen sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la nieve! Es un médico mui sabio. Es médico de locos...

¡Qué diferencia con sor María! Siempre me habla de Dios en su jerga gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a sus criaturas mandándoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes dolores. ¡Qué ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si él sabe que soi débil, ¿por qué me puso entre el crímen i el amor? ¿Por qué no inspiró mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia, para ahorrarme la locura!...

¿Esta monja sabrá mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me habrá escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. ¿Será necesario amar a medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podrá hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstáculo, a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para salvarnos de una vergüenza, de una deshonra...

¿Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respeté las leyes de Dios i del honor, miéntras mi amor era aplaudido de todos, miéntras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi prometido. Entónces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba libremente i queria hacer bendecir nuestra union ántes de que se emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de declararla a la Confederacion.

Un dia llegó mi hermano, del ejército. Yo temblé; sabia que odiaba entrañablemente a mi prometido. Fructuoso desapareció durante largos dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi hermano mústio i sañudo. Al fin, recibí furtivamente una carta que conservo en la memoria:

«Mi Pepa querida, ídolo mio, insisto en escribirte, aun que no me contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta llegará a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matará si intento verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu amor, toleraria que él me matara.»

«Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i Capuleto. Esto lo dice todo. ¿Qué haremos? Necesitamos ponernos de acuerdo. Pienso que la nueva campaña que se anuncia pueda obrar un cambio eficaz.

«Yo partiré al Perú i despues de la guerra, tal vez tu hermano se saciará de honores i de poder, i los pagará concediéndome tu mano. Mi tio, estoi seguro, lo olvidará todo por nuestra felicidad.

«Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reñir, nó; una lucha ahora romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro enemigo.

«Si no puedes escribirme, está todo perdido. Es preciso que nos veamos. Habla con esa buena amiga que te entregará esta carta con un millon de cariños de tu—Fructuoso.»

Esa carta me lo revelaba todo. No sé por qué me reí al leerla, si de furor o de amor. ¡Mi hermano! ¿Qué títulos tenia él para dominarme así? ¿Era mi padre? ¿Por qué me hacia la víctima de sus odios? Mi anciana madre podria cederle. Yo, nó, mil veces nó. Desde ese momento lo miré frente a frente, desafiándolo, i delante de él mismo interpelé a mi madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La señora calló i se deshizo en lágrimas. El quiso tratarme como a un soldado, haciéndome callar i obedecer. ¿Para qué recordar aquel ardiente diálogo? El tuvo que callar i aceptó mi declaracion de guerra con su mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el pañuelo en que enjugaba su llanto...