VII.

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron daño.

El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha prescrito que la narre aquí: es su receta.

—No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?

—Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia rodeada de guardianes i de espías.

—Los guardianes son temibles. Los espías nó.

—Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

—¿I vuestra madre?

—Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me veia.

—Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a un amor clandestino.

—Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor, en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor, si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

—Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el sacrificio de una hija amante.

—¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria recibir pura i honrada.

—¡Admirable jóven!

—¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de nuestra amiga confidente.

—¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?

—Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si es una falta, la he purgado mui severamente...

—Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad. Referídmelo todo.

—La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero, ¡Dios mio!...

—¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad paternal.

—¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...

—¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

—Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

—Se frustró el plan de vuestro novio...

—Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe! ¡Favor, piedad! . . .

—Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion al Plata, cosas así, que os sean gratas, que no os hagan llorar. Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...