XI.
Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita! Pobre mujer, tan noble como desgraciada.
Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.
¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga esto?
Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo, abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe cuyo recuerdo le habia causado la locura.
Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es alarmante.
Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro, voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su espantoso recuerdo.
—Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.—«El doctor tambien lo dice, que estoi buena.»
—Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso, veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un progreso inmenso.
—¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria referíroslo, aunque talvez lloraria...
—Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...
—Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.
—¿Nunca dejareis de representárosle así?
—¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.
—¿Qué murió a vuestro lado?
—¡Oh! No...
—No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo tambien un temerario al haceros hablar de esto?
—Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.
Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...
Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...
Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.
Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...
I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?
Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...
¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon—tan—tamatan—tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...
Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...
—Basta, basta, amiga mia, no continueis.
—Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...
—¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes, bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...
Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...
Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...
—No, Pepa, amiga mia, no riais...
—¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis, vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle, allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos, que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien, como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...
—Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está desmayada...