XIV.
El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.
Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada instante en su balcon, primorosamente ataviada i espléndidamente hermosa.
Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes distinguió mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba lentamente i como receloso: al instante bajó a la puerta de calle. Allí esperó tranquila, serena.
Alejo, al verla, se precipitó, i llegó tendiéndole los brazos. Mercedes le tomó de la mano sin desplegar sus lábios, i le condujo a su salon, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.
Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedió a las caricias i a las lágrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.
Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le pedia perdon, culpándose a sí solo de no haber tenido cuidado de informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.
—Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes, sobresaltándose instantáneamente.
Pesados pasos hacian crujir la escalera.
Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. Allí le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio. Mercedes se habia recostado en su lecho.
En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado, ceñudo.
Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en su mano derecha, que apoya de puño en la cama, un pequeño i agudo puñal.
—¿Qué quieres? le dice.
—Nada, creí que no estabas sola, respondió el español, dando vuelta la espalda i cerrando de nuevo la puerta.
Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del tálamo indicó que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.
Ella permaneció en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la puerta, inmóvil, sus lábios entreabiertos. Pasó mucho tiempo.
Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i en cierto momento se acercó a su puerta en el ademan de la fiera que se lanza sobre su presa.
Allí quedó fija como una estátua, pálida, los ojos desencajados, un pié hácia adelante, su mano derecha hácia atras, pronta a levantarse para descargar el puñal.
Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abrió su puerta i salió espiando.
Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.
Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...
Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.
Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.
Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:
—¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...
—¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.
Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:
—Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.
—Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.
—Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fuí culpable. Solo fuí coqueta por curiosidad, yo no lo amé jamas. Admití sus obsequios, como una muchacha que desea conocer qué es el amor. El me perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumplí sus deseos, diciéndole que le amaba. ¡Te lo juro por nuestro amor, Alejo mio!
Mercedes calló i lloró. Alejo no sabia qué pensar.
—Mas una tarde como esta, continuó Mercedes, cubriéndose la cara i llorando amargamente, el llegó aquí a estas horas. Me halló en este sillon i se precipitó a mis piés, repitiéndome sus protestas de amor. Yo principié por reir. Luego sentí vergüenza i gran inquietud. Traté de levantarlo. Quise levantarme yo misma i él me sujetó. Esta lucha no me dejó oir...
Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes continuó con palabras entrecortadas i apénas perceptibles:
—Mi marido habia penetrado hasta aquí... El no lo vió... Yo dí un grito; i le ví caer en el estrado... atravesado de una puñalada...
—¡A quién! gritó Alejo.
—A Manuel...
—¿A Manuel P.?... interrumpió Alejo.
—Sí, murmuró Mercedes.
—¿Cuyo cadáver fué espuesto en el pórtico de la cárcel al dia siguiente? volvió a interrogar Alejo.
—Sí, repitió Mercedes. Sí, pero ese cadáver estuvo aquí muchas horas. Yo me habia desmayado. Cuando volví en mí, me hallé a oscuras i encerrada. No tenia como encender luz. Abrí los balcones. Con la vislumbre de la calle distinguí el cadáver en el mismo sitio. Vacilé, pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqué, lo toqué i sentí que estaba yerto. Volví a caer sin sentido.
Alejo estrechó a Mercedes a su corazon i lloró con ella.
—¡Pobre hermana mia! Tranquilízate. No hables si te mortificas.
—No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todavía el cadáver de aquel desgraciado. Me desesperaba... ¡Ah! ¡no puedo recordar esas horas!... Tarde de la noche, sentí pasos. El tigre llegó hasta mí, i tomándome de un brazo me condujo diciendo: «¡Ayúdame a bajar a tu amigo!...» El arrastró el cadáver escalera abajo i me forzó a conducirlo hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino colocó a su víctima en la montura, no sé cómo, i montó detras. «Abre la puerta» dijo, «ciérrala otra vez i espérame aquí mismo.» Al venir el dia volvió, i fué a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No halló nada...
El silencio sucedió por largo tiempo entre los dos interlocutores. Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De repente, Mercedes se levantó i tomando a Alejo de la mano, le dijo:
—Ahora, hermano mio, ¡sálvate! ¡Quizá yo no podré defenderte! Vamos, despidámonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de mí, haz que yo pueda verte alguna vez...
Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i llegó así, hasta la puerta de calle, que abrió con cautela.
—Nó, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme así de tí. ¡Imposible!
—Para verme, replicó Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora apresúrate. El va a llegar...
Se abrazaron i Alejo partió paso entre paso, todavía abismado.
Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.
—¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.
—¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.
—¡Cuidado! esclamó el español.
—¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!
El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.
¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!
Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.