XIII
¿Qué nos prueba esta prolija reseña que acabamos de hacer de las teorías y sistemas de los primeros publicistas europeos, para conocer la situación actual de la ciencia política en Europa, en cuanto al Estado y á los derechos individuales, cuyo conjunto forma lo que llamamos libertad? ¿No está en ella de manifiesto y bien calculada la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo? ¿No aparece comprobado hasta la evidencia que no pueden comprender la democracia americana mejor que lo mal que la comprenden los ingleses las demás naciones del Continente europeo, cuyo dogma político es la unidad de la monarquía latina, la universalidad del poder absoluto y dominador de la conciencia, del pensamiento, de la voluntad, el cual aniquila al individuo para engrandecer el principio de autoridad que se apoya en la fuerza?
En Europa domina este principio de autoridad y á él se sacrifica la actividad humana en todas sus esferas; el individuo y la sociedad existen para el Estado, los derechos individuales son una gracia que éste concede cuando le conviene, y los concede á medias.
En América “la democracia tiende á destruir el principio de autoridad que se apoya en la fuerza y el privilegio, pero fortifica el principio de autoridad que reposa en la justicia y en el interés de la sociedad”, como lo hemos notado hace ya tiempo[32]. La diferencia no puede ser más profunda y marcada; y no habrá poder humano que pueda hacerla desaparecer, si la Europa entera no se conmueve en sus entrañas, para convertirse de monárquica, como es, en democrática, que no puede ser, sino después de una revolución general, dolorosa y prolongada.
Ya lo hemos visto: los principios de la monarquía latina son el fondo de su existencia civil y política, y dan á su vida la acción y la forma, el sentimiento y las preocupaciones que constituyen todas sus relaciones sociales, su modo de ser entero: su juicio, su criterio para juzgarlo todo, sus hábitos y costumbres, sus actos y manifestaciones.
Esto es cierto á tal punto, que las poquísimas nobles inteligencias que se lanzan desde aquel caos de dolores y de miserias á las regiones de la filosofía para buscar remedio á la opresión de la sociedad, para hallar el fuego de la vida, los derechos aniquilados y muertos, no pueden desprenderse del dogma de la vida europea, ni de las preocupaciones con que se han connaturalizado; y acaban por inventar teorías que no son en sí mismas otra cosa que un círculo vicioso, en el cual se revuelven sin hallar salida.
Los más adelantados; Humboldt y Eœtvœs en Alemania, Mill y Macaulay en Inglaterra, Tocqueville, Laboulaye y Simón en Francia, sienten el mal, conocen la llaga, la tocan, pero no alcanzan á curarla, porque sus medios son impotentes. Courcelle-Seneuil y algunos filósofos alemanes tienen vistas más claras, llegan hasta conocer el remedio; pero, dudando de su eficacia, sólo aspiran á proponerlo como un ideal, cuya realización está lejana, porque exige condiciones casi imposibles en el estado actual de Europa.
De todos estos sabios, los que están más cerca de la verdad son los que divisan la luz del porvenir en América, los que, como la voz que clama en el desierto, anuncian á la Europa, á riesgo de lastimarla en su orgullo, que no se salvará si no imita á la América, que no se redimirá del pecado si no sigue al nuevo Mesías de la nueva redención, que es la democracia. La luz vuelve ahora del ocaso al oriente; pero la Europa cierra los ojos y no quiere verla.
Ahora bien: si la Europa desconoce á la América y prescinde de estudiarla, porque la desprecia sin llegar á comprender en su orgullo de vieja, irritada por los desengaños del tiempo, que la civilización cristiana ha encontrado su fuerza y su forma en la democracia americana; si además de eso hay entre ambos continentes una diferencia tan profunda de ideas y de intereses políticos que no pueden dejar de ser dos extremos antagonistas, ¿quién, que no sea un miope, llegará á imaginarse que entre ambos continentes pueden existir la misma comunidad de intereses y los mismos vínculos que respectivamente ligan entre sí á los pueblos que en cada uno de ellos forman su entidad social?
Las ideas dan su esencia y su forma á las costumbres. Esta es una verdad probada. Siendo diversas y aun contrarias las ideas dominantes en Europa y América sobre la sociedad y el Estado, sobre el poder de la autoridad y los derechos individuales que forman la libertad; las costumbres que tienen su fundamento en tales ideas y los intereses que forman no pueden dejar de ser también diferentes y opuestos. Y como aquellas ideas fundamentales tienen un roce íntimo con las ideas fundamentales de la religión y de la moral, la diferencia va más allá de las costumbres que podríamos llamar políticas, y llega hasta dar á la civilización otro criterio moral y religioso, que regla los intereses sociales.
Entre las costumbres de la América española y las europeas será todavía embrionaria esa diferencia, lo confesamos, porque la regeneración en las ideas políticas, morales y religiosas no ha hecho aquí todo su camino; pero también es necesario que se nos confiese que cuando esta regeneración se complemente y llegue al grado en que se halla en la América inglesa, donde se ha purificado la fuente de las costumbres desde que se han rectificado las ideas viejas y cristalizado las nuevas, entonces la diferencia no estará en embrión y alcanzará á ser tan evidente y chocante como es la que hoy existe entre las costumbres europeas y las de la democracia norte-americana.
Es verdad que la obra de la regeneración hispano-americana es lenta, porque es espontánea, es decir, porque se opera únicamente en virtud del desarrollo natural, en virtud de las leyes que rigen la marcha de la humanidad. Pero cuando los hombres llamados á influir en los destinos de su generación se convenzan de que ellos tienen el deber de servir á esa regeneración, despojándose de todas las influencias y preocupaciones europeas, cuando se persuadan de que su misión es esencialmente americana y de que el modelo que deben imitar está en el norte y no en Europa, entonces el efecto de las leyes naturales de la humanidad, que reglan nuestra regeneración, será no sólo más efectivo, sino más pronto, pues que la naturaleza será ayudada por la cooperación del hombre.
Estudiadas y conocidas las ideas que han regido la vida de los pueblos hispano-americanos durante su infancia y bajo la tutela infecunda y aniquiladora de la España, las generaciones que han aceptado el legado de la independencia tienen el deber de regenerar aquellas ideas para adaptarlas á la nueva situación, porque cada siglo es responsable de la manera como corrige y completa la experiencia y la educación de sus antepasados, pues los acontecimientos, los sucesos no son obra de la casualidad, sino puros efectos de las ideas dominantes; pues la humanidad es dueña de sus destinos y está en el deber de dirigirlos, para desarrollar sus fines naturales.
Tenemos que reconstruir la ciencia social[33] como la han reconstruido los anglo-americanos, aceptar ciegamente las tradiciones europeas, continuar los errores y las preocupaciones que nos legó la nación que se quedó más atrás de todas las naciones cristianas, desde que se convirtió en el último baluarte de la uniformidad, del despotismo y de las ideas paganas sobre la organización de la sociedad y el Estado; trasplantar á la América netamente y sin reflexión el criterio histórico, político y moral dominante en las sociedades europeas, ese criterio que podría llamarse oficial, porque no puede separarse de los principios de orden dominantes, y que cuando se eleva sobre las preocupaciones es rechazado ó condenado, ó, por lo menos, desdeñado como una utopía ó una herejía, es contrariar nuestra regeneración, retardarla, extraviándola de su curso natural.
Enseñemos la historia, la filosofía, la moral, el derecho, las ciencias políticas, no bajo las inspiraciones del dogma de la fuerza, del dogma de la monarquía latina, del imperium unum que rige la conciencia y la vida en Europa, sino bajo las del nuevo dogma de la democracia, que es el del porvenir, que es nuestro credo, que es el modo de ser que nos han impuesto el imperio de las circunstancias y las condiciones que produjeron y consumaron esa revolución de 1810, el acontecimiento más grande de los siglos, después del cristianismo.
No es esto renegar de los progresos de la ciencia europea, ni pretender borrarlos para comenzar de nuevo esa penosa y larga carrera que la inteligencia ha hecho en el Viejo Mundo para llegar á colocarse donde está. No, desde 1842 lo decíamos á la juventud de nuestra patria, y hemos repetido siempre que debemos y podemos aprovechar la experiencia de los siglos, que debemos utilizar la ciencia europea, apoderarnos de ella; que la Europa nos lo ofrece todo hecho, que sólo tenemos que aprender, pero para adaptar; que imitar, pero no ciegamente, sin olvidarnos de que somos antes que todo americanos, es decir, demócratas, y, por tanto, obligados á desarrollar nuestra vida y preparar nuestro porvenir como tales, y de ninguna manera destinados á continuar aquí la vida europea, que tiene condiciones diametralmente opuestas á las de la nuestra.
En historia, por ejemplo, la Europa honra á los héroes de la fuerza, á los azotes del derecho y de la libertad, y presenta como altos ejemplos y como de una benéfica transcendencia social los hechos que no han tenido otro resultado que contrariar y desnaturalizar el desarrollo de los fines de la humanidad.
Dejémosla santificar á César, embriagarse de admiración por Napoleón. “Decidme los nombres que honráis en el pasado—exclama Laboulaye—; yo os diré los vicios ó las virtudes que tenéis en el corazón”.
Nuestros héroes deben ser otros; los hechos de alto ejemplo y las lecciones de la historia para nosotros deben tener otro carácter. En filosofía, en moral, en derecho, en las ciencias políticas, la Europa deja en el campo de lo ideal, en la categoría de las utopías todas las altas concepciones de la verdad, y acepta como practicables y como necesarias únicamente las doctrinas que se adaptan al dogma oficial y á las preocupaciones en que apoya su dominación la falsa civilización de que vive el Estado absoluto y dominador de la vida social.
En la América española esas ciencias no deben ser falsificadas con los hechos y absurdos de que vive la Europa, deben enseñar la verdad que allá se desdeña por irrealizable; deben emanciparse de las conveniencias y dogmas oficiales, y sobre todo deben esforzarse en propagar el nuevo elemento de la vida americana; en enseñar y realizar en la práctica el gran principio que en la vida anglo-americana domina completamente y hace que la democracia sea allí una realidad, un modo de ser natural, á saber: que la Providencia ha dado á cada individuo, cualquiera que sea, el grado necesario de razón para que pueda dirigirse por sí mismo en las cosas que le interesan exclusivamente. Esta es la gran máxima—dice Tocqueville—sobre la cual reposan, en los Estados Unidos, la sociedad civil y política: el padre de familia la aplica á su hijo, el amo á sus sirvientes, la municipalidad á sus administrados, el Poder á las municipalidades, el Estado á las provincias, la Unión á los Estados.
Extendida esta máxima al conjunto de la nación, llega á ser el dogma de la soberanía del pueblo, y por eso esta soberanía deja de ser una doctrina aislada, desligada de los hábitos y del conjunto de las ideas dominantes, y, por el contrario, es preciso mirarla como el último anillo de una cadena de opiniones que envuelve al mundo anglo-americano todo entero.
Así, pues, cuando utilicemos en nuestro sentido americano la ciencia europea, serviremos bien á nuestra regeneración, y el triunfo de nuestra civilización democrática hará tan patente nuestro antagonismo con la Europa, como es en el día el que con ésta tiene la democracia anglo americana.
El antagonismo existe, pues, y nos empuja á cimentar nuestra vida y costumbres, nuestros intereses y derechos en principios diferentes.
NOTAS:
[32] Historia constitucional del Medio Siglo.
[33] “Esta ciencia—dice Courcelle-Seneuil—tiene por objeto la actividad voluntaria del hombre considerado en su conjunto y en sus hábitos. Para comprender bien esta actividad es necesario estudiar en el individuo las facultades que le sirven para ejercitarla, los móviles por los cuales ella se decide y las condiciones generales en que se desarrolla”.
Muchas de las nociones de la América española sobre el hombre y su actividad voluntaria son opuestas á la situación nueva en que la democracia la ha colocado, y necesitan rectificarse, para que los hábitos que nacen de ellas sean más adecuados á nuestro modo de ser actual. Nosotros hemos emprendido en parte esta ardua tarea, escribiendo para las escuelas primarias nuestro Libro de Oro, el cual está destinado á propagar ideas exactas sobre el sér inteligente, su actividad y sus facultades morales, así como sobre sus relaciones generales.