I
¿Imaginas que son, Muriel amigo,
Barreras para mí tiempo y distancia?
¿Piensas que porque Flandes me da abrigo,
Mientras tú habitas en la inquieta Francia,
Mi voz no puede platicar contigo,
Mi pie no puede visitar tu estancia?
¡Error! Por ti los imposibles puedo,
Y aunque de Francia parto en Francia quedo.
¿No sabes que el poder de los poetas
Es inmenso, Muriel: que cuanto tocan
Hechizan con su magia: que, sujetas
Á su poder, las almas se convocan
Á oirles: que con prácticas secretas
Hablan con el ausente, al muerto evocan,
Reedifican de un soplo las ciudades
Y hacen retroceder á las edades?
¿Sus órdenes no sabes que obedecen
Ejércitos de genios que á millares
Amigos por doquier les favorecen,
Haciéndoles los montes y los mares
Transponer: que doquiera se aparecen
Sin respetar ni tiempos ni lugares:
Para quienes no hay diques, ni barreras,
Policías, aduanas, ni fronteras?
¡Mísero amigo mío! ese medroso
Són que á los pies de tu callado lecho
Percibes con pavor, que tu reposo
Turba agitando tu apenado pecho,
No es del chisporroteo bullicioso
Que alza tu lamparilla, en el estrecho
Círculo ahogada del cubierto vaso:
Es el rumor de mi imprevisto paso.
Soy yo, que los espacios transponiendo
De mi secreta magia con el arte,
En alcázar fantástico pretendo
Tu cairelado lecho transformarte.
Soy yo, Muriel, que, ante tu faz abriendo
Su dorado cancel, voy á guiarte
Á través de una espléndida morada
Por misteriosos seres habitada.
Sí, yo soy quien asalto tu aposento.
Despierta, pues; la inspiración ahora
En mis entrañas inflamarse siento
Con fuego creador que las devora.
Incapaz de guardar mi pensamiento
El tropel de delirios que atesora,
Va á romper impetuoso sus barreras
Y á lanzar en la sombra sus quimeras.
Yo, poeta que al mundo fuí evocado
Del fondo de una abierta sepultura,
Camino de fantasmas rodeado,
Sueños de mi creencia y mi locura.
Manes que sus sepulcros han dejado
Para seguirme por la tierra obscura,
Conmigo van y con mi aliento aspiran,
Doquier me cercan y doquier me inspiran.
Sobre sus alas con errante vuelo
Los antros más recónditos visito,
De la pasada edad levanto el velo,
En sus viejos alcázares habito,
El sueño de sus héroes desvelo,
Sus caballeros á la lid concito,
Y al eco audaz de mi inspirado acento
Acuden cabalgando sobre el viento.
Á veces á la luz de las estrellas,
Por una soledad no conocida
Ni habitada jamás, sigo sus huellas
Escuchando el relato de su vida
En una lengua cuyas frases bellas
Una armonía exhalan nunca oída,
Y sin auxilio de palabra ó letra
En mi encantado corazón penetra.
En aquellas fantásticas regiones
El tesoro riquísimo se encierra
De aquellas misteriosas tradiciones
Que la historia veraz de sí destierra,
Más que de sus recónditos rincones
Tenaz la poesía desentierra,
Y que, al amparo de la fe y del arte,
Forman en su región un mundo aparte.
Allí están las tristísimas bellezas
Que lloraron incógnitos amores:
Los héroes sin prez cuyas proezas
No ensalzaron jamás los trovadores:
Armado el paladín de todas piezas,
Coronadas las vírgenes de flores,
Tendidos los de Oriente sobre chales
Ornados con moriscos almaizales.
Allí están las purísimas mujeres
Que, encerradas en santos monasterios,
Conversaron del cielo con los seres
De la virtud sondando los misterios:
Que oyeron en sus místicos placeres
De los santos Querubes los salterios
Y cuyo corazón, libre de amores,
Se espigó y se secó como las flores.
En medio de estos seres ideales,
Que no están amasados con la escoria
De que fuimos formados los mortales,
La vanidad de la mundana gloria
Despreció y halló bálsamo á los males
De nuestra frágil vida transitoria,
Tejido espeso de miserias largas,
De días de pesar y horas amargas.
Allí es donde, á la luz de las creencias
De nuestra infancia, quemo á las memorias
De nuestra hermosa patria las esencias
De la fragante poesía. Historias
Cuyo relato embarga las potencias
Son las de estas visiones ilusorias,
Compañeras alegres de mis cuitas,
De edad mejor imágenes benditas.
Espíritus que en torno de mi lecho
Velan y por mi bien se multiplican,
La pesadilla ahuyentan de mi pecho,
Mis penosos ensueños dulcifican,
Del corazón en la impureza hecho
Los malignos intentos purifican,
Y transforman el campo de mi mente
En un florido Edén resplandeciente.
Ellos en mis vigilias solitarias
Me distraen con dulcísimas memorias,
Me hechizan con sus himnos y plegarias
Y á que escriba me incitan sus historias:
Por sus regiones vago imaginarias,
Abrazo sus visiones ilusorias,
Y en otra creación, con otros seres
Paso mi vida, parto mis placeres.
Por eso elijo las nocturnas horas
Para hacer el relato de mis cuentos,
Labrando en las tinieblas incoloras
Las torres de mis locos pensamientos.
Por eso de sus sombras protectoras,
Asaltando á favor tus aposentos,
Vengo á hacerte, Muriel, la pobre ofrenda
De esta loca y fantástica leyenda.
Tú que, amigo sincero, mis pesares
Cariñoso y leal has consolado:
Tú que del infortunio en los azares
Apoyo generoso me has prestado:
Tú que con honda fe de mis cantares
El poder misterioso has invocado
Del duelo y el afán como anatema,
Escucharás benigno mi poema.
Tú, que sabes del mundo retirarte,
Sin que pueda el turbión de sus insanos
Delirios en su vértigo arrastrarte:
Que de una noble sociedad de hermanos
Has sabido en tu cámara cercarte
Para escuchar mis cuentos africanos,
Quiero que des tu nombre á la portada
De mi oriental leyenda de Granada.
Cuanto duren los siglos venideros,
Y corra este papel, famoso un día,
De la tierra los ámbitos enteros:
Para que desde Norte á Mediodía
Vayan nuestros dos nombres compañeros,
Y el tuyo brille en la futura historia
Al resplandor de mi futura gloria!
Óyeme pues, Muriel, antes que vuelen
Las horas de los sueños y visiones:
Antes de que los genios se desvelen
Contrarios de mis vagas creaciones,
Y las parleras auras les revelen
El oculto poder de mis canciones:
Antes, en fin, que el Sol con rayos puros
Disipe mis poéticos conjuros.
Óyeme lejos del tumulto loco
De la revuelta sociedad, y fía
Que no nos faltará, si yo la evoco,
Para escuchar mis versos compañía.
Yo, que á mi voz animo cuanto toco,
Voy á poblar la atmósfera vacía
De multitud de espíritus atentos
Que contigo á la par oigan mis cuentos.
Al soplo de mi aliento poderoso,
Va á circundarnos y á prestarme oído
Ese mundo de sombras vagaroso
Por tus preciosos lienzos repartido.
Ese mundo fantástico en reposo
Mantenido hasta hoy, va desprendido
Del muro á hacer de mi velada parte:
Porque, ¿qué hay imposible para el arte?
Yo amo, Muriel, los lienzos y esculturas
Que tu curiosa cámara guarnecen;
Sus soñadas ó históricas figuras
Amigos de mi infancia me parecen:
De otra vida anterior memorias puras,
Recuerdos que mi sér rejuvenecen,
Genios tal vez de mi existencia guías,
Que la conducen á mejores días.
La causa ignoro, mi razón no alcanza
Por qué ha unido, Muriel, mi loca idea
Á un porvenir de luz y de bonanza
Cuanto el lugar de tu mansión rodea:
Mas cuanto en mis delirios de esperanza
Mi corazón, supersticioso, crea,
Lo veo de tus cuartos y pinturas
Ornado con los muebles y figuras.
Ellos han escuchado los primeros
De mi laüd morisco la armonía,
Y, á crëer en fanáticos agüeros,
Padrinos son de la fortuna mía.
En brazos de esas damas y guerreros
Salen mis versos á la luz del día,
Y yo de su presencia no renuncio,
Crédulo, en mi favor, al fausto anuncio.
Yo, en el campo del arte peregrino,
Doquier del arte adorador profundo,
Que presentado á ser voy imagino
En brazos de las artes en el mundo:
Y pues me trajo entre ellas mi destino
Á desplegar las hojas en que fundo
Mi esperanza á la gloria que ambiciono,
Á ilusión tan dichosa me abandono.
Murillo, Rafaël, Salvator Rosa,
Piombo, Teniers, Tiziano, Stein, Morales,
Cuyas firmas de mano vigorosa
Leo sobre esos lienzos inmortales,
Aunque, viles, no logren otra cosa,
Para mis pobres cantos orientales,
Yo de vuestra presencia los auspicios
Acepto con afán como propicios.
Y tú, dulce y amante Garcilaso,
Cortesano cantor de los pastores,
Que cuenco pastoril el áureo vaso
Hiciste do libaste tus amores:
Tú que entre miel y ámbar á tu paso
Sembraste versos que brotaron flores,
Ve si á los míos tu dulzura inspiras
Desde ese marco en que tenaz me miras.
Y vosotros, bizarros personajes,
Seres faltos de sér, á quien del caos
Para adornar sus fondos y paisajes
Sacó el genio vivífico: animaos.
Á mis cristianos himnos y salvajes
Sonatas africanas despertaos:
La poesía en las pasadas eras
Movió los montes y domó las fieras.
Vivificaos, pues, y en torno mío
Agrupaos ¡oh imágenes hermosas
Del amor, el pesar, la fe y el brío!
Venid ceñidas de fragantes rosas,
Ó devorado el corazón de hastío,
Visiones del desierto pavorosas,
Diana impura, llorosa Magdalena,
Vigorosa Judit, robada Elena.
Alba severo, incógnitos señores
De plegados vuelillos y valonas,
Apáticos flamencos fumadores,
Zagales cuyas cabras juguetonas
Pasto buscan de céspedes mejores:
Del marco desprended vuestras personas,
Formad una callada fantasía
Que auditorio idëal preste á la mía.
Revivid á mi acento, yo os conjuro,
Creaciones que estáis en el dominio
De la imaginación: congreso impuro
De dioses ya sin cielo, del triclinio
Baja á mi voz, y aunque te sea duro
Renunciar del Parnaso al patrocinio,
Ven á adorar en mis severos cantos
La gloria de otros númenes más santos.
Venid lúbrica Venus, rubia Ceres,
Diosas en otros tiempos inmortales,
Otros genios á ver y otras mujeres
Hollando vuestro altar y pedestales.
Nuevas Divinidades, nuevos seres
De prez y de virtud más celestiales,
Dan hoy á una mejor mitología
Con más íntima fe más poesía.
¡Gracias, bellas quimeras! ya os percibo;
Dejad de mis conjuros al acento
La vil materia en que creó cautivo
Vuestro ficticio sér un pensamiento.
Apréstate, Muriel: al soplo vivo
De mi fecundo é inspirado aliento,
Voy á abrir á tu atónita mirada
El recinto de la Árabe Granada.