II

¡Tremenda noche! La lluvia,

Desgajándose á torrentes

Por las quebradas vertientes

De la sierra, con fragor

Á la hondura de sus valles

Consigo arrastrando baja

Los árboles que descuaja

Del vendaval el furor.

¡Tremenda noche! Iracundos

Los rebeldes elementos

Amagan de sus cimientos

Las montañas arrancar:

Y, en la cresta de la roca

Donde se halla suspendida,

Con ímpetu sacudida

Tiembla Zahara sin cesar.

Á una aspillera asomado

De su antigua ciudadela,

El buen Arias está en vela,

Ocupado en escuchar

Los rumores que á su oído

En sus alas trae el viento,

Y un fatal presentimiento

No le deja sosegar.

Nada sus tenaces ojos

Ven en noche tan cerrada:

No percibe ni oye nada

En la densa lobreguez,

Más que el velo tenebroso

Y la voz de la tormenta,

Cuya furia se acrecienta

Con horrible rapidez.

Á sus pies reposa Zahara:

Sus tejados ve, á la lumbre

Del relámpago, en la cumbre

Donde el pueblo se fundó:

Mas la roja llamarada

Que el relámpago refleja

Le deslumbra y no le deja

Comprender lo que á ella vió.

Al resplandor instantáneo

Con que el pueblo se ilumina,

Cree tal vez ver la colina

Con el pueblo vacilar:

Y á veces, en el instante

De iluminarse de lleno,

Cree ver de Zahara en el seno

Vagas visiones errar.

Blancos bultos, misteriosas

Sombras, móviles reflejos

Tras los muros á lo lejos

Moverse y lucir cree ver;

Cual si, haciendo de ellas vallas,

Los espíritus del monte

De sus torres y murallas

Se quisieran guarecer.

¡Delirios vanos! ¡Quimeras

De su débil fantasía!

Pasa el pobre noche y día

En continua agitación,

Y, con fe supersticiosa

Creyendo en su fatalismo,

Recela hasta de sí mismo,

Trastornando su razón.

¡Ilusiones! Arias sólo

Oye el vendaval que brama

Y el agua que se derrama

Por los tejados rodar,

Y en los muros del castillo

El rumor acelerado

De los pasos del soldado

Que acaban de relevar.

Oye el sordo remolino

Con que rueda la tormenta

Haciendo girar violenta

Las veletas de metal,

Y zumbar estremecida

La mal sujeta campana,

Y temblar en la ventana

El desprendido cristal.

Todos reposan en Zahara,

La atalaya de Castilla:

Sólo se oyen por la villa,

En la densa obscuridad,

El agua de las goteras

Y el rumor del vago viento,

Que ruge con el acento

De la ronca tempestad.

Sólo en apartada torre

Del mal guardado castillo,

Con el fulgor amarillo

De una lámpara al morir,

Velan algunos soldados

Y se siente desde fuera

El rumor de una quimera

Y jurar y maldecir.

Óyense sus carcajadas,

Sus apodos insolentes:

Pues en esto han tales gentes

Contentamiento y placer;

Se juntan en borracheras

Para acabarlas riñendo,

Y vuelven en concluyendo

Desde reñir á beber.

Y al calor de las orgías

Y al vapor de los licores,

Disertan de sus amores

En obsceno platicar;

Pues su lengua irreligiosa,

Sin respetos y sin vallas,

Sólo de sangre y batallas

Ó mujeres ha de hablar.

De éstas se miran algunas,

Con los soldados más mozos

En impúdicos retozos

Y deshonesto ademán,

Que, osadas y descompuestas,

Ó blasfemando ó riñendo,

Hasta embriagarse bebiendo

Desatinadas están.

La trémula llamarada

De una hoguera agonizante

Presta á su rudo semblante

Una expresión más feroz;

Y, recibiendo la bóveda

La algazara en su ancho hueco,

Remeda con largo eco

La desentonada voz.

Harto de vino y de amores,

En dos bancos apoyado,

Cantaba un viejo soldado

Al són de un roto rabel,

É hiriendo á compás la mesa

Con plato, jarra ó cuchillo

Aullaban el estribillo

Ellos y ellas con él.

Brindaban, y á cada brindis

Insensatos blasfemaban,

Y reían y danzaban

Completando la embriaguez:

Y sus sombras, en silencio,

Gigantescas, agitadas,

Cual fantasmas convidadas

Erraban por la pared.

«¡Á ellos!» gritaron voces:

Y entraron el aposento,

Diez á diez y ciento á ciento,

Los moros del Rey Hasán;

Y apenas á las espadas

Acudieron los cristianos,

Les cercenaron las manos

En donde tan mal están.

Lidiaron acaso algunos:

Pero tantos les entraron,

Que al fin les acuchillaron

Con las hembras á la par.

Á los gritos de los Moros

Los Cristianos despertaban:

¡Pero los tristes se hallaban

Cautivos al despertar!

La soñolienta pupila

Prestaba crédito apenas

Á las cuerdas y cadenas

Con que atados dos á dos

Por los Árabes se vieron,

Á quienes con lengua y ojos

Pedían piedad de hinojos

En el nombre de su Dios.

Las lágrimas de las madres,

De los niños los sollozos,

Los esfuerzos de los mozos,

El dolor de la vejez,

Son inútil resistencia:

Porque á todos los infieles,

Atados como lebreles

Les arrastran á la vez.

En vano lucha la virgen

Desesperada con ellos,

Que con sus propios cabellos

Mordaza ó cordel la dan:

En vano niños y enfermos

Yacen sin fuerzas postrados;

En tropel como ganados

Todos á los hierros van

Fueron tristísimas horas

Las de noche tan sangrienta.

¡Á quien de ella pidan cuenta,

Malas cuentas ha de dar!

Mas no Arias, á quien el mundo

Con su fe abandona en Zahara,

Porque Dios no desampara

Á quien de Él se va á amparar.

Corazones como el suyo,

Almas cual la que le anima,

Dios tan sólo las estima

En su pristino valor:

Aniquilado bien pronto

El cuerpo que les encierra,

Vuelve su polvo á la tierra

Y su esencia al Criador.

Creyó al fin Gonzalo Arias,

Desde la torre en que vela,

Sentir en la ciudadela

Un verdadero rumor

De voces y de pisadas,

Y distinguir en la sombra

Muchas gentes agolpadas

Á la muralla exterior.

Iba el caracol de piedra

Á tomar del muro, cuando

Por él su escudero entrando

Dijo: «¡Los moros, Señor!»

Asió al punto Arias Saavedra

Un hacha y un triple escudo

Que halló á mano, y torvo y mudo

Lanzóse hacia el corredor.

Por el caracol torcido

Se hundió como una callada

Sombra, y la puerta ferrada

De las almenas abrió.

Confuso tropel de moros

Llenaba el adarve estrecho:

Gonzalo Arias derecho

Á los Moros se lanzó.

Tendió del primer hachazo

Los dos que halló delanteros,

Y al querer tirar del brazo

La mano de otro segó.

Á tan repentino ataque

La morisma, acorralada,

Abrió círculo espantada

Y en el centro le dejó.

Mas Arias, que no veía

De vergüenza y de ira ciego,

Cerróse con ellos luego

Con ímpetu asolador:

Y, al ver el horrendo estrago

Que en ellos su brazo hacía,

Ninguno se le atrevía,

Embargados de pavor.

Pero sobre ellos cargaba

Gonzalo Arias con tal brío,

Que adelante les llevaba

Sin dejarles revolver;

Y uno, que frente arrestado

Le hizo, entre dos almenas

Le derribó atravesado

Y en el foso fué á caer.

Aquel hombre despechado,

De mirada centelleante,

De colérico semblante

Y de fuerzas de Titán,

Sin más que un broquel y un hacha,

Pálido y medio desnudo,

Peleando solo y mudo

Con desesperado afán;

Aquel hombre aparecido

De repente en medio de ellos,

Erizados los cabellos,

Cual de un vértigo infernal

Poseído, hizo á los Moros

Concebir honda pavura,

Contemplando en su figura

Algo sobrenatural.

Un instinto irresistible

De temor supersticioso

De aquel hombre misterioso

En tropel les hizo huir,

Cual si vieran, bajo el rostro

De aquel hombre temerario,

Un espíritu contrario

De Mahoma combatir.

Abandonó, pues, el muro

Todo el pelotón alarbe,

Y dejó sobre el adarve

Solo á aquel hombre fatal.

Crispado, calenturiento,

Á las almenas de piedra

Asomóse Arias Saavedra

Presa de angustia mortal.

Allá abajo, en las tinieblas,

Por las calles de la villa

En la lengua de Castilla

Invocar á Dios oyó.

«¡Á Dios (dijo con desprecio)

Á Dios invocáis ahora!

¡Miserables! Ya no es hora:

Sucumbid, pues, como yo.»

Y á largos pasos tomando

Del castillo la escalera,

Fué á dar como una pantera

En el patio principal.

Un capitán de Granada

Allí amarrados tenía

Cuantos perdonado había

La cimitarra fatal.

Arias, de un salto, se puso

Delante del africano

Y, asiendo con una mano

Las bridas de su corcel,

Le dió en el frontal de acero

Tan descomunal hachazo,

Que caballo y caballero

Vinieron á tierra de él.

Los Árabes que más cerca

Del capitán se encontraron,

Sobre Gonzalo cargaron

Con gritería infernal:

Pero dieron con un hombre:

Y el primero que imprudente

Se llegó á Arias, en la frente

Recibió el golpe mortal.

El capitán, desenvuelto

De su caballo caído,

Vino como tigre herido

Sobre el alcaide á su vez:

Recibió su corvo alfanje

El castellano forzudo

Dos veces en el escudo,

Con serena intrepidez;

Y al verle ébrio de coraje

Descargarle el tercer tajo,

Metióle el hacha por bajo

Y el brazo le cercenó.

Saltó el pedazo partido

Con la cimitarra al suelo,

Y el Moro, con un aullido

De dolor, se desmayó.

Saltó Arias de él por encima

Y, del caballo tendido

Quedándose guarecido,

Volvió la lid á empezar.

Acométenle los Moros:

Mas ningún golpe le ofende

Por delante, y se defiende

La espalda con un pilar.

Entraba en esto en el patio

El viejo Rey de Granada:

Mas detúvose á la entrada

Á admirar el varonil

Aliento de aquel solo hombre

Que, sin casco ni armadura,

Tiene á raya la bravura

De los hijos del Genil.

Estaba Gonzalo Arias

De sangre y sudor cubierto

Tras del caballo, que muerto

Á sus plantas derribó,

Anhelante de fatiga,

Descolorido y rasgado,

Como un espectro evocado

Del panteón que le guardó.

Al ver con cuánta destreza

De tantos se defendía,

De tan alta bizarría

Pagado el viejo Muley:

«¡Teneos!» gritó á los Moros;

Y, yéndose al Castellano,

Le dijo afable: «Cristiano,

Ríndete: yo soy el Rey.»

No pudo Arias de cansancio

Contestar. «Quienquier que fueres

(Añadió el Rey), valiente eres:

Ríndete á mí y salvo irás.»

Arias, ronco de fatiga,

Pero con alma serena,

Dijo: «Muerto, enhorabuena:

Pero rendido, jamás.»

«Cristiano, repuso el Moro,

Yo soy Muley y rendirte

Á mí no será desdoro.»

Y Arias dijo: «Y yo, Muley,

Soy Gonzalo Arias Saavedra,

Y mientras me quede aliento

Y en Zahara quede una piedra,

La mantendré por mi Rey.»

Ahogó la piedad del Moro

Respuesta tan arrogante,

Y, colérico, «¡Adelante,

Saeteros!» exclamó.

Atravesado de flechas

Hincó Arias una rodilla

Gritando «¡Cristo y Castilla

Por los Arias!» Y espiró.

Cortáronle la cabeza,

Y en el arzón delantero

La ató un negro de Baeza

Por trofeo de valor.

Tal fué el fin desventurado

Del bravo alcaide de Zahara:

La suerte le negó avara

Todo, menos el honor.

* * * * *

Cuando del día siguiente

Comenzó á lucir la aurora,

Daba á Granada la vuelta

La morisma victoriosa.

Marchaba Muley delante,

Y, en el centro de su tropa,

Dos mil cautivos atados

Al carro de su victoria.

Mandó el Rey que los Cristianos,

Guardados por buena escolta,

Fueran delante á Granada

Por la vereda más corta;

Pero prevenido habiéndole

Que, por si las tierras próximas

Se levantan, con presteza

Caminar es lo que importa:

«¿En qué está, dijo, el retraso?

—En los cautivos que estorban.

—Pues bien, dijo con desprecio,

Obligadles á que corran,

Y lleguen los que llegaren:

Los mozos á las mazmorras,

Las muchachas al harén

Y los viejos á la horca.»


III

Era la noche del siguiente día

En que el fiero Muley salió de Zahara,

Vencedor insolente. Era una obscura

Y nebulosa noche: no lucía

En el cielo la luna: venda impura

De nubarrones cárdenos cubría

La luz serena de su antorcha clara.

Ceñían por doquier el horizonte

Negros grupos de nubes apiñadas,

De vapores eléctricos preñadas,

Y alcanzábanse á ver de monte en monte

Del frecuente relámpago, azuladas,

Arder las repentinas llamaradas.

Á un balcón de la torre de Comares

Asomada en silencio, la altanera

Aija escuchaba con el alma entera

Lejano són de gritos populares

Que, por la densa atmósfera perdidos,

Traía á sus oídos,

De cuándo en cuándo, ráfaga ligera.

Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro

El noble rostro juvenil tendía,

Como su madre oyendo con asombro

La confusa y extraña vocería

Que, en las tinieblas de la noche, el viento

Con eco sordo resonar hacía

Bajo el techo del cóncavo aposento.

—«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo

La sultana.—Sí, madre, y no comprendo.....

Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo

Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo

La espesa sombra penetrar queriendo,

Aija le interrumpió:—«Calla: estoy viendo

Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo?

—¿Un ruiseñor?—Sin duda: mas no canta

Tan recio el ruiseñor..... escucha atento.

¿Le oiste?—Sí.—Pues bien, hijo, ese aliento

De un pájaro no cabe en la garganta.

—Oid, Señora, oid; más cerca el pío

Del ave se oyó ahora.—Es una seña

Que viene de las márgenes del río.

—Sí, y en hacerse comprender se empeña.»

Acercáronse más á la calada

Barandilla exterior del antepecho:

Mas Aija, de repente y sin ser dueña

De sí misma, cubriendo con su pecho

El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!»

Silbando entró por el postigo estrecho

Del balcón una flecha disparada

Desde el bosque, y, tocando en la labrada

Piedra del arco, rechazó, en el lecho

De Abú Abdil cayendo despuntada.

«¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida

También atentan!» Mas alegremente

La interrumpió Abdilá, teniendo asida

La flecha: «Madre (dijo) trae cosida

Una carta.—Lee pues.» Rumor de gente

Se oyó en el corredor en este instante,

Y una esclava, asomándose á la puerta,

Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana

Fué cosa nada más que de un momento

En el pecho ocultar la carta abierta,

La flecha devolver por la ventana,

Y serena quedar sobre su asiento.

Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro

De las venganzas de Muley, entraba

El nocturno registro

Á hacer que en el salón acostumbraba,

Desque la torre de Comares era

Del Granadino Príncipe y su madre,

Por orden de Muley, prisión severa.

Saludó Abú-l'Kazín con afectada

Ceremonia, mostrando que lo hacía

Sin respeto y en pura cortesía:

Aija, en sus almohadones recostada,

Ni volvió la cabeza desdeñosa,

Ni le otorgó siquiera una mirada;

Abú Abdilá, imitando á su orgullosa

Madre, no contestó tampoco nada.

Abú-l'Kazín entonces, en sombrío

Silencio y con feroz torvo semblante,

La estancia registró con vigilante

Y prolija atención. «Es deber mío,»

Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana

Una mirada donde el odio brilla,

Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana

Vencedor de las armas de Castilla.»

Aquí, consigo sin poder, la Mora

Díjole: «¿Son por ello esos clamores

Que turban el reposo?—Sí, Señora:

El pueblo aplaude, como siempre, ahora

Á los Reyes que vuelven vencedores.»

Una mirada le lanzó de fuego

La Mora y con desdén le dijo luego:

«Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana,

Si volvieren vencidos, por traidores

Les silbará la multitud villana.

—Vele Aláh por el Rey, y no permita

Que el pueblo tenga por traidor, Sultana

Á quien abrigue sangre Nazarita!

—Eso te digo yo. Los hijos tienen

La sangre de los padres, y el que incita

Al padre contra el hijo, lo previenen

Las suras del Korán, á Dios irrita

Y su raza por Dios será maldita.

—Sultana, tus palabras.....—El anuncio

Son del desprecio en que te tengo.—Holgara

La razón en saber.—Está muy clara.

—Pronúnciala, Sultana.—La pronuncio:

Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo

Y traidor á su Dios, y yo detesto

Á los hijos de padre que tal hizo.

No lo olvides jamás.—¡Oh! lo protesto.

—Déjanos, pues, en paz.—La vez postrera

Volveré nada más, cuando el severo

Rey de Granada de su ley el yugo

Imponeros me ordene.—Aguarda fuera

Sus órdenes en tanto, carcelero,

Hasta que hayas de entrar como verdugo.»

Salió el wazir, brillando en su pupila

El fuego del rencor: y la Sultana,

Luego que oyó el rumor de los cerrojos

De la postrera cámara lejana,

La carta á desplegar volvió tranquila,

Devorando lo escrito con los ojos.

Mirábala Abdilá con impaciencia,

Procurando leer en su semblante

Lo que ella en el escrito. En apariencia,

Si el wazir la acechara en este instante.

No pudiera, al mirar su indiferencia.

Sospechar que el papel era importante.

Leyó con avidez, pero serena:

Y aquella alma viril, que dominaba

Del placer el exceso y de la pena.

No dejó percibir á quien miraba

El gozo inmenso de que estaba llena.

¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!

«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve

Pausa, vas á partir. La muerte fiera.

De tu padre á la vuelta, aquí te espera,

Y abajo espera quien salvarte debe.

No el Cielo señaló tu real cabeza

Para ceñir una corona en vano;

Tu destino de Rey he aquí que empieza;

Cumple, pues, tu destino soberano.»

Dijo y le dió la carta, que decía:

«Vuelve tu esposo vencedor, Sultana,

»Y la guadaña de la muerte impía

»Su mano trae; no aguardes á mañana:

»Cuando oigas luego que en silbar porfía

»El ruiseñor al pie de tu ventana,

»Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella.

»Y un buen caballo le valdrá y su estrella.

»No temas ni vaciles: los verjeles

»De este valle, á tu vista tan tranquilo,

»Á un escuadrón de Abencerrajes fieles

»Dan á estas horas misterioso asilo.

»Mi escritura conoces, no receles,

»Sultana, una traición: pende de un hilo

»Del Príncipe la vida: mas, burlada

»La muerte, volverá..... Rey de Granada.

»Aunque en firmar sé acaso que aventuro

»Mi cabeza, la suya es lo primero:

»Sírvate pues mi nombre de seguro

»Y alumbre tu razón Aláh infinito.»

Al pie de este renglón, claro y entero,

De Aly-Macer el nombre estaba escrito.

Leía Abú Abdilá, y á la lectura

De la carta fatal palidecía:

Y, leyendo en su rostro su pavura,

La madre el ceño varonil fruncía.

«Hijo de Reyes, como Rey procura

Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía

Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna:

Mala es mejor tenerla que ninguna.»

Tal diciendo, la intrépida Sultana

Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso

Abú-l'Kazín dejárselas, por vana

Demostración de libertad y viso

De autoridad y pompa soberana,

En la prisión. Entraron al aviso

Todas de su señora, y la severa

Sultana las habló de esta manera:

«Necesito una escala: en el momento

Desgarrad vuestras tocas y almaizales;

Los tapices que tiene el aposento

Trizas haced: mis lienzos y mis chales

Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento

De la torre, anudad los desiguales

Pedazos: no os paréis en necias dudas:

Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»

Hechas á obedecer, sin más demora

Rasgaron la oriental tapicería

Que la ostentosa cámara decora,

El chal con que cada una se ceñía,

El rico pabellón de crujidora

Seda que el lecho de Abdilá tenía.

Cuanto á las manos se las vino asieron,

Y, formando un cordón, le retorcieron.

La Sultana y el Príncipe, afanosos,

En tal ocupación las ayudaron,

Y de esta ocupación con los curiosos

Incidentes, que alegre la tornaron,

Del alma de Abdilá los temerosos

Tristes presentimientos se ahuyentaron:

Y rebosaba en gozo y osadía

Cuando el largo cordón se concluía.

Á poco un risueñor en la enramada

Los tres largos silbidos de su trino

Precursores lanzó. Corrió agitada

La Sultana al balcón, y más vecino

Volvió á silbar el ruiseñor: callada

É inmóvil escuchó: su oído fino

Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura,

De un hombre el movimiento y la figura.

Un momento después, en la maleza

Que al mismo pie del torreón crecía,

El ruiseñor silbó: la fortaleza

Y la continuidad con que lo hacía

Su voz, de la que dió naturaleza

Al ruiseñor un tanto desdecía

De cerca oída: pero al libre viento

Era bien fácil confundir su acento.

Ató Aija á Abú Abdil por la cintura

La punta de los lienzos anudados,

De su firmeza y solidez segura;

Los brazos un momento entrelazados

Tuvieron madre é hijo con ternura

Cordial: los labios trémulos, rasados

De lágrimas los ojos, no encontraron

Palabras, mas sus lágrimas hablaron.

Deshízose la madre la primera

Del cariñoso lazo, y saltó el hijo

Por la baranda del balcón afuera,

Teniendo el lienzo las mujeres fijo.

«Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera!

—¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo,

Y, bajando la voz:—honra tu nombre,

No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»

Dijo: y, á una señal, franqueza dando

Las esclavas al lienzo, por la obscura

Región del aire, suelto, fué bajando

El Príncipe Abdilá: justa pavura

Le acongojó cuándo se vió colgando

Sobre la inmensa tenebrosa hondura;

Vaciló su cerebro y, los antojos

Del miedo por no ver, cerró los ojos.

Un momento después cuatro forzudos

Brazos en las tinieblas de él asieron:

Una daga cortó junto á los nudos

El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron.

Los brazos de las Moras, á tan rudos

Esfuerzos no hechos, libres se sintieron

De repente del peso, y la Sultana

Se echó con ansiedad á la ventana.

Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento,

Parando en su atención hasta el latido

Del corazón y el curso del aliento:

Pero ni gente, ni señal, ni ruido

Se percibía: á la merced del viento

El lienzo por abajo desprendido

Flotaba, y era todo allá en la hondura

Silencio, soledad, sombra, pavura.

Apartóse en silencio la Sultana

Del ajimez: la tela recogida

Poco á poco volvió por la ventana:

Mas al entrar la punta suspendida

Por fuera del balcón, de la Africana

El corazón mortal volvió á la vida;

La punta trae de salvación un gaje

Infalible: el blasón Abencerraje.

Besóle la Sultana, y su altanera

Tranquilidad cobró: despidió luego

Sus esclavas y, sola, dijo, fiera

Reverberando en su mirada el fuego

Del corazón: «Que venga cuando quiera

Muley.» Y en los cojines con sosiego

Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena

Segura de Abú Abdil, durmió serena.


IV

Y he aquí que la Sultana

Cual Reina soberana,

Y acaso en su ventana

Detrás de la persiana

Oyó sobrecogida

Que por la peña hendida

Diez hombres que, en huída

Corriendo á toda brida

que el real Generalife,

en esta noche mora,

velaba en esta hora,

tendida en un diván,

cruzar el arrecife,

conduce hacia la sierra,

veloz y són de guerra,

hacia la sierra van.

El rostro peregrino

Zoraya hacia el camino

De polvo un remolino

Sombra el país vecino

¿Quien puede á estos parajes

Lanzarse en tan salvajes

Tan ásperos pasajes

Los diez Abencerrajes

llegando á la ventana,

miró: mas ¡vana empresa!

velaba con espesa

al ojo más sutil.

(se dijo la Sultana)

caballos, audazmente

salvando?—Solamente

que salvan á Abú Abdil.

FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.


Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de acreditados libros franceses.

Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra, émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.

He aquí la manera con que explica la Fantasía dedicada á D. Bartolomé Muriel en las primeras páginas del libro:

«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son á mi corazón las memorias de la suya.»

Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla lo siguiente:

«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la Alhambra.

Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma, el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.

Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro Romero, el diestro de mejor trapo y más certero pulso que pisó jamás arena del redondel. Llegado el caso de estoquear un toro de mal trapío y torcida intención que, empeorado con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la muleta para encariñarle á ella y traerle después sin riesgo á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderías, apadrinador de la gente de cuadrilla, acompañador de los encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera y el castoreño apresillado, y gran partidario, en fin, de Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo riesgo no comprendía, y pareciéndole la ocasión oportuna para zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:—«¡Bueno, señor incomparable, bueno: que va á llevar ese toro más pasos que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que no de pasear esa oveja mansa. ¡Que no se diga que por tanto paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos, un puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar á esa espada una compañera sacada de las costillas, como nuestra madre Eva.» La alusión á Costillares produjo el efecto que el chusco deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera y á los espectadores suspensos, llegóse bajo el palco del zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque suspendido en el dedo corazón, y díjole con aquella sorna peculiar de la gente de plaza:—«Su mercé parece, por sus razones, profesor del arte, y se ve á la legua lo acostumbrado que está á dar lecciones como maestro: conque no le deje por poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su explicación á la cabeza de la res.»

Y decía bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan á la cabeza del toro.»

París, 15 Abril 1852.

José Zorrilla.

FIN DEL TOMO PRIMERO