EPÍLOGO

¡Gloria á Dios!—De Al-hamar el Granadino

Así la historia celestial concluye;

Llámala el Musulmán cuento divino,

Y en libros su relato distribuye.

Su sacra inspiración del Cielo vino

Y al Cielo desde aquí se restituye;

Tradición oriental, es la portada

Del oriental poema de Granada.

Cual dos cisnes que, al par atravesando

El mar azul con encontrado vuelo,

Isla apartada en su extensión hallando

En ella toman anhelado suelo,

Reposan juntos, y á partir tornando

Tornan la anchura á dividir del cielo,

Y de su voz un punto los sonidos

Se elevan en el aire confundidos:

Como dos peregrinos que una tienda

Dividen del desierto en la desnuda

Soledad, de Al-hamar en la leyenda

Dos poetas ocúltanse sin duda.

Uno á Aláh en sus cantares se encomienda,

Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda.

¿Quién no percibe en ella confundidos

Brotar de sus dos arpas los sonidos?

Dióles á ambos el Genio soberano

La misma inspiración, el mismo aliento:

Mas pasando tal vez de una á otra mano

De uno y otro el armónico instrumento,

El Árabe poeta y el Cristiano

Sacan de él á la par distinto acento,

Exhalando mezclada su armonía

La Árabe y la Cristiana poesía.

Confundidos así sus dos cantares

Entonan á una voz los dos cantores,

Y de la Cruz divina los altares

El poeta oriental orna con flores

Que tejen las hurís sus tutelares;

Pero de un solo SÉR adoradores,

«No hay más que un solo Dios»—dice el Cristiano;

«No hay más Dios sino Dios»—el Africano.

Tal es la historia peregrina y bella

Que os dan sobre estas hojas extendida.

Lëedla sin temor: nada hay en ella

Que la razón rechace, ó la fe impida;

La luz que de sus páginas destella

Despierta el alma á la virtud dormida,

Y eleva el corazón y el pensamiento

Á la pura región del firmamento.

Lëedla pues: y el ámbar que perfuma

Del paraíso la mansión divina,

Y el resplandor que de la Esencia suma

Derramado los mundos ilumina,

Y el rumor que levantan con su pluma

Las alas de Gabriel cuando camina,

Embalsame y alumbre y dé contento

Á cuantos lean el divino cuento.

FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.


GRANADA
POEMA ORIENTAL

Cristiano y español, con fe y sin miedo,

Canto mi religión, mi patria canto.


LIBRO PRIMERO
EXPOSICIÓN

I
INVOCACIÓN

En el nombre de Dios omnipotente,

Cuya presencia el universo llena,

Cuya mirada brilla en el Oriente,

Nutre las plantas y la mar serena,

Canto la guerra en que la hispana gente

Al África arrojando á la agarena,

Selló triunfante con la Cruz divina

Las torres de la Alhambra granadina.

¡Espíritu de Dios único y trino,

Ángel Custodio de la Fe Cristiana,

Único fuego que del Cielo vino,

Única fuente que incorrupta mana,

Único rayo del fulgor divino,

Única inspiración que soberana

Eleva al Criador la poesía:

Yo invoco tu favor para la mía!

Sostén mi voz, mi espíritu aconseja:

Mas tolera que en carmen Africano

Recoja alguna flor con que entreteja

Cairel morisco á mi laúd cristiano:

Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja,

Si algunas veces del harén profano

Las alkatifas perfumadas piso,

Ó invoco á las hurís del paraíso.

Voy la gloria á cantar de dos naciones

Por religión é instintos enemigas,

Que, fieles á la par á sus pendones,

Prodigaron al par sangre y fatigas,

Rojas brotar haciendo sus legiones

Con la sangre común aguas y espigas:

Y cual la de los dos corrió mezclada,

Junta debe su gloria ser cantada.

Pues no porque en su límpida entereza

Conserve yo la fe de los Cristianos

Que hicieron del desierto á la aspereza

Volver á los vencidos Africanos,

Del vencedor loando la grandeza

Trataré á los vencidos de villanos.

No: siete siglos de su prez testigos

Los dan por caballeros si enemigos.

Lejos de mí tan sórdida mancilla:

Antes selle mi boca una mordaza

Que llame yo en la lengua de Castilla

Á su raza oriental bárbara raza.

Jamás: aún en nuestro suelo brilla

De su fecundo pie la extensa traza,

¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra

Más de un buen corazón de nuestra tierra!

¡Augusta sombra de Isabel! perdona

Si mi ruda canción osa atrevida,

Llegando irreverente á tu persona,

Del féretro evocarte á nueva vida.

Sé que la gloria que inmortal te abona

No puede por mi voz enaltecida

Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria

No á engrandecer, sino á adorar tu gloria.

Díselo así al Católico Fernando,

Si en medio de las dichas celestiales

Alguna vez, por el Edén vagando,

Recordáis vuestras glorias terrenales,

La obscura tierra desde el sol mirando:

Y al escuchar mis cánticos mortales,

Mirad á vuestra gloria, que me inspira,

No al rudo canto de mi tosca lira.

Y vosotros, guerreros de Castilla,

Honor de sus más ínclitos solares,

Nobles Condes de Cabra y de Tendilla,

Merlos, Téllez, Girones y Aguilares,

Cárdenas y Manriques de Sevilla,

Fieles Vargas, intrépidos Pulgares,

Córdovas generosos de Lucena,

Impávidos Clavijos de Baena:

Mendozas de alta prez, Portocarreros

Y Ponces de León, de cuya historia

Sus anales jamás perecederos

Henchidos guarda la Española gloria:

Y vosotros también, ¡oh caballeros

Árabes! dignos de gentil memoria:

Muza, postrero campeador del Darro,

Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,

Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño,

Lince de las fronteras castellanas,

Reduán inalterable y zahareño,

Gazul de las doncellas africanas

Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño,

Tarfe, horror de las crónicas cristianas;

Y vosotras, sultanas granadinas

De nombres y leyendas peregrinas:

Aija la varonil, matrona osada

Jamás rendida á su fatal destino:

Zoraya, la cautiva renegada,

Por cuyos hijos la discordia vino

Á derribar el trono de Granada:

Moraima la de Loja, á quien su sino

Obligó á encomendar sin esperanza

Vida y honor á Castellana lanza;

Perdonadme también si mis canciones,

Á través de los mármoles tendidos

En vuestros solitarios pantëones,

Hieren en ronco són vuestros oídos.

Sé que merecen más vuestras acciones

Que elogios en mi voz mal atendidos:

Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo,

Es porque sé lo que á mi patria debo.

Sé que es la empresa donde me he empeñado

Dédalo obscuro, inmensurable abismo,

Do sólo penetrar han intentado

Necia temeridad ó alto heroísmo:

Conozco que, en mi orgullo, demasiado

Fío en mi corazón, fío en mí mismo:

Mas supera la fe mi atrevimiento,

Y fío en Dios que abonará mi intento.

Deliciosos recuerdos de otros días

De honor y de placer, de amor y gloria,

Que envuelta en romancescas fantasías

Guardáis oculta vuestra bella historia,

Exhalada en confusas armonías

De himnos de amor y gritos de victoria:

Dad á mi corazón, dad á mi aliento

Generoso poder, canoro acento.

Águilas que os cernéis con corvo vuelo

Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores

Que sesteáis á la sombra del Carmelo

Y bajáis al Jordán los baladores

Ganados: y vosotros los que en pelo

Montáis salvajes potros voladores,

Hijos de los ardientes vendavales

Que barren los egipcios arenales;

Tribus perdidas y á las de hoy extrañas,

Para quienes la Europa no se ha abierto,

Que incendiáis al huir vuestras cabañas

Y en la Zahara avanzáis el paso incierto;

Gacelas de las árabes montañas,

Apareadas palmas del desierto;

Caravanas errantes á quien ellas

Dátiles dan y leche las camellas;

Palomas de los cármenes floridos

Que bordan las colinas de Granada;

Golondrinas leales que los nidos

En la Alhambra colgáis; enamorada

Raza de ruiseñores que escondidos

Gorjeáis de su bosque en la enramada,

Arroyos que, á su sombra, bullidores,

Laméis su césped y mecéis sus flores;

Sierras que cubre el sempiterno hielo

Donde Darro y Genil beben su vida;

Valles salubres, transparente cielo

De la Alpujarra aún mal conocida;

De Málaga gentil alegre suelo

De la hermosura y del amor guarida;

Mar azul cuyo lomo cristalino

Á las quillas de Agar prestó camino:

Abridme los tesoros encantados

De vuestras glorias mil tradicionales;

Dadme á beber los que guardáis sagrados

De inspiración inmensos manantiales;

Germinad en mi mente, no estudiados,

Vuestros cantos de amor meridionales,

Por que pueda brotar del arpa mía

Vuestra oriental y virgen poesía.

De sus cuerdas despréndanse sonoras

Esas modulaciones nunca oídas

Por los pueblos de Europa, y de las moras

Tribus por nuestros pueblos aprendidas;

Esas notas ardientes, tentadoras,

Que aun hoy por tosca mano repetidas

Renuevan en los huertos de la Alhambra

La de veloz compás morisca zambra.

Venid en torno á mí, generaciones

Ateridas del Norte, que con pieles

Vestís nuestras moriscas tradiciones,

Rasgando sus bordados alquiceles:

Venid á oirlas en sus propios sones

Y lengua original de bocas fieles,

Al pobre són de bárbara guitarra

Debajo de un peñón de la Alpujarra.

Venid, aprenderéis del Mediodía

Cuál el origen es de los cantares

Que jamás comprendió vuestra alma fría;

Sabréis cómo entre bélicos azares

Nació la abrasadora poesía

De nuestros bellos cantos populares;

Y en el lujo oriental de su riqueza,

Considerad su bárbara grandeza.

Pues por hijos de bárbaros osada

Vuestra historia nos da, sea en buen hora:

No esa bárbara estirpe renegada

Será por mí; mas á admirar ahora

Venid el rastro que dejó en Granada

La ilustración de nuestra estirpe mora:

Y en el lujo oriental de su riqueza

Adorad nuestra bárbara grandeza.

Sí: yo os voy á contar la historia bella

De esos á quien llamáis fieros salvajes,

Y fío en Dios que entenderéis por ella

Que puede despreciar vuestros ultrajes

Quien Alhambras dejó sobre su huella,

Quien labró fortalezas como encajes,

Y quien colmó por cóncavo arrecife

Las albercas del real Generalife.

Yo os voy á hablar del mágico recinto

De esta por ellos habitada tierra,

Y á mostraros lo que este laberinto

De jardines y alcázares encierra.

En llanto y sangre le dejaron tinto,

Pero tan fértil con su amor y guerra,

Que la flor más silvestre aromatiza

Y el más vulgar recuerdo poetiza.

Yo os haré ver, de nácar, concha y oro

Sobre arcos, sus balsámicos pensiles,

Do brotan junto al cedro el sicomoro,

Junto al nudoso abeto las gentiles

Palmeras, junto al álamo inodoro

El plátano aromado, las sutiles

Hebras de la ancha pita entre rosales,

Y el fragante limón entre nopales.

Yo os haré ver su pueblo primitivo,

Mitad rudo pastor, mitad guerrero,

Cuyo robusto labrador activo,

Cambiado en la ocasión en caballero,

Lidió, veloz Numida al golpe esquivo,

Con el jinete colosal de acero:

Y aplazando con él treguas extrañas,

Corrieron toros y jugaron cañas.

Yo os haré oir sus cuentos populares

Y sus caballerescas tradiciones

En torno y al calor de sus hogares;

Vendréis á sus nocturnas reuniones

Conmigo, sus combates singulares

Juzgaréis, sus civiles disensiones

Lamentaréis, saldréis á sus campañas

Y testigos seréis de sus hazañas.

Vendréis á sus palacios construídos

Para la guerra á un tiempo y los placeres,

Y leeréis en sus muros, revestidos

De miniaturas, de oro en caracteres

Con sacra fe caballeresca unidos

Los nombres de su Dios y sus mujeres:

Sin que halléis en la casa que fué suya

Nada que en pro de su saber no arguya.

De fakíes, de reyes, y vasallos

Os contaré los gozos y las cuitas:

Os haré penetrar en sus serrallos

Y asistir á sus rondas y á sus citas:

Y sus muebles, sus armas, sus caballos,

Sus bazares, sus baños, sus mezquitas,

Desde el hogar hasta la móvil tienda

Todo lo váis á ver en mi leyenda.

Que es del poeta grande á maravilla

El poder, y radiante su mirada,

Como un fanal que las disipa, brilla

En las tinieblas de la edad pasada.

Venid, pues: con las lanzas de Castilla

Os voy á conducir hasta Granada:

Y, á pesar de sus fieros Africanos,

En la Alhambra entraréis con los Cristianos.

Tal es, tan grave, tan inmensa y alta

La empresa nueva y colosal que intento:

Tal es la altura que atrevido asalta

Descarriado quizá mi pensamiento;

Mas si del vuelo en la mitad me falta

Fuerza al impulso ó á las alas viento,

Siempre sabré sin deshonor que, en suma,

No me faltó el valor, sino la pluma.

¡Tierra oriental, mansión de la alegría,

Favorita del sol y de las flores,

Santuario del valor, cuna del día,

Paraíso del ocio y los amores,

Tesoro y manantial de poesía!

Voy á cantar tu gloria y tus primores.

¡Tierra de bendición, al Cielo santo

Pide la suya tú para mi canto!

¡Salve, ciudad del sol, Granada bella,

Amor de Boabdil, huerto florido

Que entre nieves estériles descuella,

Taza de nardos, de palomas nido,

Diamante puro que sin luz destella,

Edén entre peñascos escondido,

Ilusión de esperanza y sueño de oro

Que halaga aún al corazón del Moro!

¡Salve, vergel en donde el alba nace

Y donde el sol poniente se reclina,

Donde la niebla en perlas se deshace

Y las perlas en plata cristalina:

Donde el placer sobre laureles yace

Y Dios sonríe y la salud domina!

Divino objeto de mi canto rudo,

Yo al empezar mi canto te saludo.

Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos,

Descubierta al nombrarte la cabeza,

Con amoroso afán puesto de hinojos,

Rendido adorador de tu belleza,

Ofrecerte mis cantos por despojos

Si dignos son de tu inmortal grandeza;

Tiéndeme, pues, bellísima Granada,

Al elevar mi voz una mirada.

Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento

Por cima de los montes y los mares

Lleve á tu Alhambra sonoroso viento

Que armonía mejor dé á mis cantares!

Y si te dan á ti contentamiento

Y algún premio por ellos me buscares,

Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores!

Sepultura al morir entre tus flores.


II
NARRACIÓN

Un siglo de desorden y abandono

Para mal de Castilla había corrido,

Y cinco reyes afirmar su trono

Bajo el regio dosel no habían podido;

Y todo un siglo, con civil encono

En contiendas sacrílegas perdido,

Sólo dejaba al pueblo Castellano

Ira en el corazón, sangre en la mano.

Débil el rey, el prócer insolente,

Hecho el soldado á la rapiña, al oro

Aficionado el clero irreverente,

Rico el Judío y descuidado el Moro,

Fué la justicia inútil é impotente:

Nadie atendió al honor, nadie al decoro:

Nadie seguro en tan infanda tierra

Al deber acudió, sino á la guerra.

Constituyóse el noble en soberano,

Y el soldado en señor: el caballero

Se hizo juez, el obispo cortesano,

Soldado el labrador, aventurero

El holgazán, bandido el artesano:

Y, mucha la ambición, poco el dinero,

Robó al débil el fuerte, y en la obscura

Tienda el judío vil se hartó de usura.

Rebelde á su Monarca la nobleza

Alzó banderas y allegó parciales:

Cada solar cambióse en fortaleza,

Cada escudo en pendón: y por leales

Todos dándose á par y con fiereza

Temeraria batiéndose, á los males

Abrieron ancha puerta, y fué la España

Confusa lid, universal campaña.

Hasta el Rey portugués entró en Castilla

Su esposa haciendo á su sobrina Juana,

Y dividióse en bandos cada villa

En pro ó en contra de la unión profana.

Airado el Santo Padre á tal mancilla,

La sacrílega unión declaró vana:

Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego

En lugar de extinguir avivó el fuego.

La fe apagada y el honor extinto,

Perenne manantial de desconsuelos,

Denso caos, confuso laberinto

De pasiones, de crímenes y duelos

De la España infeliz era el recinto:

Y hundiérase su gloria, si los cielos

No la enviaran un astro de ventura

Que la alumbrara en noche tan obscura.

Grande, digna, legítima, valiente

Cual repentino el sol tras un nublado

Aparece más puro y refulgente,

Apareció Isabel. Tronó indignado

Sobre el clamor de la confusa gente

Su regio acento, y su pendón sagrado

Alzando en el tumulto de improviso,

Postróse el pueblo y la acató sumiso.

De ella en pos el Católico Fernando

Al frente apareció de sus legiones,

En las banderas de Aragón mostrando

Las barras á la par de los leones.

Todo el que noble se juzgó á su bando,

Por honor ó por miedo, sus pendones

Unió: y el porvenir con luz más pura

Comenzó á esclarecer la edad futura.

Monja en Coimbra la Princesa Juana,

Sin fe su causa y sin valor su bando,

Vencida la arrogancia Lusitana,

Rey de Sicilia y Aragón Fernando,

Reina Isabel en tierra castellana,

Quietos los nobles y seguro el mando

Bajo el doble poder de entrambos reyes,

Tornó España á su prez, tornó á sus leyes.

Acotó la licencia y el cinismo

De las viejas costumbres relajadas

La Inquisición severa: el Judaísmo

Sepultó su avaricia en las moradas

De sus obscuras lonjas: á sí mismo

Volvió el honor Hispano sus miradas,

Y un siglo entero sin virtud ni gloria

Vió que manchaba su cristiana historia.

Avergonzada entonces la nobleza,

Entregó á los monarcas los castillos

Con que á la rebelión dió fortaleza:

Y arrancando sus puentes y rastrillos,

La plebe licenció que la pobreza

Llevó á su bando; y, libre de caudillos

Tales, volvió el labriego á sembrar grano

Y volvió á su taller el artesano.

Vióse libre el erial de bandoleros,

De cohechos el foro, de judíos

El mercado, la plebe de usureros,

La sociedad de vagos, y de impíos

La fe: vióse el erario con dineros,

Con disciplina la milicia, y, bríos

Dando á Castilla el genio de otra era,

Tornó á su fuerza y dignidad primera.

Generación empero entre el bullicio

De eslabonadas y feroces guerras

Nacida, y avezada al ejercicio

De entrar por muros y trepar por sierras,

Llegó en ésta el valor á ser un vicio

Y el pelear costumbre: y en sus tierras

No hallando ya enemigos á las manos,

Pensó al fin en los fieros africanos.

Como león que hambriento se despierta

Y, al tender la mirada adormecida

De la llanura en la extensión desierta,

Á lo lejos cruzar mal conducida

La lenta caravana á ver acierta,

Y avanzado la garra entumecida,

Crespa la greña y la mirada fosca,

Para asaltarla en el jaral se embosca:

Así tendió famélica mirada,

Despertando al honor, el castellano

Hacia el florido reino de Granada,

Embalsamado harén del africano.

Así Castilla alerta y emboscada

De Isabel bajo el trono soberano,

Sólo esperaba su orden impaciente

Para caer sobre la mora gente.

La Católica Reina, sus enojos

Con varonil prudencia refrenando,

Fijos tenía los atentos ojos

En el redil del agareno bando:

Y, resuelta á arrancar sus granos rojos

Á Granada uno á uno, con Fernando

Esperaba en el Cielo oir la hora

Del exterminio de la raza mora.

Y tenía ya Dios determinado

El desastroso fin de aquella gente,

Y al término fatal era llegado

El poder de las tribus del Oriente.

El trono de Al-hamar había ocupado

Su penúltimo rey, y, á su occidente

Tocando ya la berberisca luna,

Huía hacia Castilla su fortuna.

La discordia civil vertido había

El licor de su copa envenenada

En el alma del árabe, y ardía

El cráter de un volcán bajo Granada:

Mas oculto en la tierra todavía

El fuego asolador, aposentada

Parecía en la Alhambra la ventura,

Firme su solio, su quietud segura.

Reinaba allí Muley Hasán: guerrero

Más que rey y político, su mano

Nunca el cetro empuñó, sino el acero:

No temió nunca, sino odió al cristiano.

Ni nunca treguas respetó altanero,

Ni manchó su decoro soberano

El tributo pagándole rendido

Por su padre Ismaël que fué vencido.

En diez años de próspero reinado,

Al porvenir mirando y al decoro

De su trono, Muley había logrado

Su ejército doblar y su tesoro.

De África con los reyes coligado,

Prevenido á la lid se había el Moro:

Y de víveres y armas hecho apresto,

En pie sus plazas de defensa puesto.

Numerosos sacó de Berbería

Escuadrones de tropas auxiliares,

Del desierto veloz caballería,

Saeteros de Fez almogavares:

Y un pie de sus fronteras no tenía

Sin avanzados puestos militares,

Ni un cerro de sus reinos á la raya

Sin el ojo sagaz de una atalaya.

Seguro como un águila en su nido

En Granada Muley, por sus fronteros

Guardado, y de sus súbditos temido

Por los decretos de su ley severos,

Reinaba en celebrar entretenido

Con sus enamorados caballeros

Justas, zambras, saraos deslumbradores

En honor de la hurí de sus amores.

Es esta la cautiva seductora

Que Isabel de Solís niña y cristiana

En Martos se llamó, y á quien ahora,

En el serrallo de Muley sultana,

Zoraya llaman, en la lengua mora

Lucero precursor de la mañana:

Astro en verdad de amor y de hermosura,

Mas precursor de asolación futura.

Por el ardiente amor de esta cautiva

Olvidado Muley de Aija su esposa,

De su presencia y de su amor la priva:

Y Aija, como oriental, fiera y celosa

Y, como Reina y afrentada, altiva,

Disimula la rabia que la acosa

Alentada no más por la esperanza

De tomar en los dos feroz venganza.

Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado,

Del Rey versátil, y por ella propia

En odio de Muley amamantado;

Mozo gallardo, de su padre copia.

Mas contrario á su padre por el hado

Fatal en que nació, traidor acopia

El odio hacia Muley que Aija respira,

Y el que su estrella personal le inspira.

Guárdale la sultana con desvelo

Y témele el Monarca por instinto:

Ódiale la Zoraya, con recelo

De que á sus hijos dañe cuando, extinto,

Del amor de Muley la prive el Cielo:

Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto

De Granada parciales allegando,

Sagaz se forma poderoso bando.

Sospéchalo Muley; la favorita,

En el amor del Árabe fiada,

Diestra su odio á su rival excita:

Pero menos contra ambos osa á nada

Cuanto más el Monarca lo medita.

Nace así la carcoma de Granada,

Y Hasán en el peligro se adormece,

Y el tiempo vuela, y el peligro crece.

¡Escrito estaba y del amor fué pena!

Perdió Eva al padre de la raza humana,

Á Hércules Deyanira, á Troya Elena,

Lucrecia al solio y majestad Romana,

Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena

Gente perdióse por la vil cristiana

Que, dando impura á Boabdil hermanos,

Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos.

¡Escrito estaba! comprendiólo luego

El postrimer Monarca granadino;

Y, según el Korán, el hombre ciego

Torcer no puede su fatal destino.

¡Escrito estaba! lágrimas de fuego

Vertiendo del Padul sobre el camino

Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada

Triste volviendo la postrer mirada.

Y escrito estando é inmutable siendo

El fallo del destino, hacia su ruina

Arrastrado por él iba corriendo

Sordo y ciego Muley, á la divina

É inexcusable voluntad cediendo:

Y, esclavo del amor que le domina,

En mantener no más piensa á Granada

Esclava de su hermosa renegada.

Sólo por eso su grandeza estima,

Su prez en mantener piensa por eso:

Por eso ardor de combatir le anima,

Triunfos soñando su amoroso exceso.

Por eso de su alcázar desde encima

Del muro y agobiado bajo el peso

De su amante ambición, se le veía

Mirar la vega al transponer el día.

Desde el adarve real de su alcazaba

De la Alhambra, Muley con complacencia

Del granadino reino contemplaba

La amenidad y próspera opulencia:

Y al cristiano poder desafiaba

Con desdeñosa y bárbara insolencia.

Al lejos divisando los pajizos

Muros de sus castillos fronterizos.

Sonreía el infiel con arrogancia,

Mirando las montañas guardadoras

De su tierra, y en fértil abundancia

Las tribus de sus pueblos moradoras.

Sonreíase al ver en la distancia

Del África arribar las naves moras,

Sobre un mar que parece en lejanía

Un ceñidor azul de Andalucía.

Embriagábase el Árabe de orgullo

Contemplando la espléndida hermosura

De su vega, y servíale de arrullo

El misterioso són con que murmura

La soledad, y el singular murmullo

Que armoniza doquier el aura pura,

Cuando orea con ala sosegada

La región por los hombres habitada.

Absorto contemplaba el noble Moro

La vega granadí, huerta extendida

De su corte á los pies, rico tesoro

De ocio y placer y manantial de vida:

Y el alma de Muley, en sueños de oro

Con pereza oriental adormecida,

Se gozaba en mirar desde la altura

Por milésima vez tanta hermosura.

En aquel cielo azul y transparente,

Pabellón de cristal sin mancha alguna,

Lucen sobre la tierra eternamente

Sereno el rojo sol, blanca la luna.

Allí Genil su límpida corriente

Vierte con Darro y Monachil á una,

Brotando á sus regueros creadores

En vasta profusión frutos y flores.

Allí el cedro fragante y los almeses

Amados de los pájaros campean

De Jericó á la par con los cipreses;

Las vides de Falerno allí se orean

Entre pajizas y preñadas mieses.

Que magnolias espléndidas sombrean:

Y allí las cañas del Jordán sonoras

Zumban entre las palmas cimbradoras.

Las de la humana ciencia más ignotas

Salutíferas plantas allí quiso

Dios fecundar, y de las más remotas

Tierras los frutos dió á su paraíso:

Los sagrados laureles del Eurotas,

Los poéticos tilos del Pamiso,

De Estambul los ardientes tulipanes,

De Cartago los frescos arrayanes.

Por sus fragantes y purpúreas rosas

Sus rosas la cediera Alejandría:

Por sus morenas hijas voluptuosas

Sus hijas la Circasia la daría:

El zumo de sus vides deliciosas

La campiña de Chipre envidiaría,

Su frescura los bosques de la Ausonia,

Sus árabes pensiles Babilonia.

Tal es la vega de Granada: tales

Las delicias que encierra, y que el monarca

Desde sus ajimeces orientales

Con mirada de halcón ufano abarca.

Tal es su reino entero; y en sus reales

Alientos le parece ofrenda parca

Que llevar á los pies de la que adora,

De Zoraya, lucero de la aurora.

Por eso se extasía contemplando

Sus tierras y su corte defendida

Por las bravas legiones de su mando,

De mil y treinta torres guarnecida:

Y al pensar en la corte de Fernando,

En sus tierras aun no establecida,

«¡Venga á pedir, exclama, si se atreve,

El vil tributo que Muley le debe!»

Y he aquí que, concluyendo en estos días

El plazo de unas treguas especiales

Que acotaban las locas correrías

Lícitas por las treguas generales,

No pasando la empresa de tres días,

No batiendo tambor ni alzando reales,

Presentóse en la vega una mañana

Un escuadrón de gente castellana.

Corto, pero á la lid apercibido,

Componíanle apenas cien jinetes

Que estatuas parecían de bruñido

Sonante acero. El rostro en los almetes

Bajo de las viseras escondido

Traían: sobre malla coseletes

De triples pasadores barrëados,

Los caballos de hierro encubertados.

Mazas de nueve puntas y afiladas

Hachas de desarmar en los arzones:

Puñales de Milán y anchas espadas

De Toledo en la cinta, los lanzones

Al brazo y, en lugar de las rizadas

Plumas, una cruz de oro en los crestones

Y otra al pecho, diciendo en un letrero:

Á su luz vivo y á su sombra muero.

Del cristiano escuadrón á la cabeza

Marchaba un caballero de Santiago

Comendador, templando la fiereza

De un potro negro, que al continuo halago

De su señor responde con nobleza

Cabeceando orgulloso, y al amago

Del acicate esquivo, á cada instante

Quiere escapar con ímpetu pujante.

Era este capitán don Juan de Vera

Del solar de Mendoza: Castellano

De recto juicio y de virtud severa,

Celoso asaz del esplendor cristiano,

Conoce y teme la morisma entera

Su audaz valor y su pesada mano:

Y en el tumulto de la lid confusa,

Quien valiente no es su encuentro excusa.

Con paso grave y continente altivo

Por entre el moro pueblo, que le mira

Con ojo torvo y ademán esquivo,

Llegó Don Juan al torreón de Elvira:

Y vuelto á un renegado que cautivo

Trae, con voz que majestad respira

Y en Español, mirando á su decoro,

Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:

«Di al capitán del puesto, en Africano,

Que de estas puertas al umbral espera

Licencia para hablar al soberano,

En nombre de su Rey, Don Juan de Vera:

Y que para él y su escuadrón cristiano

Pide hospitalidad franca y sincera

Por una noche; pues, su real mensaje

Cumplido, torna á continuar su viaje.»

El renegado en árabe tradujo

Lo dicho al capitán, el cual, montando

Una yegua que Córdoba produjo

Y en sus dehesas pació su césped blando,

Por la árabe ciudad les introdujo

Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando,

De sus bosques cruzando el laberinto

Les dejó de la Alhambra en el recinto.

Regia hospitalidad y alojamiento

Cómodo el moro rey, de su alcazaba

En una de las torres al intento

Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava

Á sus órdenes puso, cuyo atento

Cuidado pronto á su obediencia estaba:

Y les sirvió en opípara comida

Con caliente manjar fresca bebida.

De ella al fin un kadí, severo anciano

De barba luenga y paternal mirada,

Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano,

La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada

Recibirá mañana el soberano.

Huéspedes del monarca de Granada

Sois tú y los tuyos esta noche; mide

Por tu deseo su largueza, y pide.»

«Anciano, replicó Don Juan de Vera,

Da gracias á tu rey por su hospedaje,

Y dile que jamás de otra manera

Á caballeros de mi fe y linaje

Que tratára esperé: que á la primera

Luz del próximo día mi mensaje

Que oiga le ruego: pues la misma tarde

Debo partir. He dicho: Dios te guarde.»

Retiróse Don Juan á su aposento:

Mas no sin ver si su cristiana gente

Tenía cerca de él alojamiento

Á caballeros tales conveniente;

Y, con todo el rigor del campamento

Guardado el torreón militarmente,

Después de haber sus oraciones hecho

Tendióse armado en el morisco lecho.


LIBRO SEGUNDO
LAS SULTANAS

I
EL CAMARÍN DE LINDARAJA

Era una noche azul, pura, serena

Del fructífero Mayo, perfumada

Con el aroma de sus flores, llena

De la armonía mística exhalada

Por las auras y fuentes, que en la amena

Soledad de los bosques y los huertos

Misteriosas susurran, y alumbrada

Por la luna creciente con inciertos,

Trémulos y argentinos resplandores:

Era una noche, en fin, de esas hermosas

Noches de paz, inspiración y amores,

En que derrama Dios sobre Granada,

Africana dormida entre las rosas,

Los rayos de sus ojos creadores

Y el aura de su aliento embalsamada:

La misma noche en que Don Juan de Vera

Huésped del Moro en sus palacios era.

Y era un regio y magnífico aposento

De la oriental Alhambra, donde el oro,

El cobalto y el nácar, en labores

Mágicas trabajadas á lo moro,

Brillaban desde el techo al pavimento,

Á los suaves y tímidos fulgores

Que una aromada lámpara esparcía

Que en una taza de alabastro ardía.

Á un lado de esta cámara ostentosa

Y por bajo de un arco que cubría

Damasquino tapiz, se abría paso

Una estrecha y cruzada galería,

Formada de esta estancia por el muro

Y un balcón, por do entraba misteriosa

De los astros la luz, el aire puro

Y el són del agua que, en raudal escaso,

Vertía Darro por el valle obscuro.

El suelo de esta estancia deliciosa

Era de blanco mármol, á pedazos

Cubierto de alkatifas argelinas

Y cojines de raso azul y rosa:

Sus puertas se cerraban con cortinas

De telas de oro y seda, que con lazos,

Broches y trenzas de ámbar y corales,

Se recogían en profusos pliegues

Al gusto de los pueblos orientales:

Y en el segundo cuerpo de los muros

Se abrían dos moriscos ajimeces

De exquisita labor y árabes, puros,

Elegantes contornos

Y calados y espléndidos adornos.

Tras de sus celosías iba á veces

El Rey ocultamente, de sus serios

Afanes esquivándose un instante,

Á sorprender los íntimos misterios

De las mujeres Moras

De esta cámara real habitadoras;

Gozando así en secreto

Desde aquellas arábigas ventanas

Las voluptuosas danzas, las moriscas

Cántigas y nocturnas diversiones

Á que, con sus esclavas y odaliscas,

Se entregaban alegres las sultanas.

El balcón, que en el fondo

De la estancia se abría

Más allá de la estrecha galería,

Era otra especie de ajimez, labrado

Con el más exquisito y rico adorno

Por arquitectos Moros inventado:

Y un deleitoso camarín fingía,

Cuyas ventanas rodëaba en torno

De cedro una movible celosía.

Era pues el balcón de aquella estancia

Regia y maravillosa

Un mirador calado, que aspiraba

De su ajimez morisco por los huecos,

De los vecinos huertos la fragancia,

La música del agua rumorosa,

Que en la sombra corría,

Y el canto de las aves que albergaba

La arboleda del río, y cuyos ecos

Murmurador el aire allí traía.

Entre este camarín y este aposento,

Con caracteres de oro (en una faja

De púrpura y azul que se tendía

Por bajo el circular cornisamento

Del ajimez) escrito se veía

Un rótulo miniado, que decía:

«Mirador de la hermosa Lindaraja:»

Y á fe que el mirador es un portento

De la elegante arquitectura Mora

Y un santuario de amor y poesía:

Regalo al fin de un Árabe opulento

Á la mujer feliz que le enamora.

En esta regia cámara moruna,

De aquella hermosa noche en las primeras

Horas, al suave claro de la luna

Y al rumor de las ráfagas ligeras

Que entraban por las árabes ventanas,

Yacía, al parecer sin pena alguna,

Hada gentil de su mansión divina,

La más bella y feliz de las sultanas

Que habitaron la Alhambra granadina.

Los mullidos cojines, apilados

Bajo su cuerpo leve, sostenían

Muellemente sus miembros delicados:

Sus perezosos brazos se tendían

Sobre la pluma sin vigor: caían

Sus rizos de la faz por ambos lados

Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno,

Del morisco jubón bajo la seda,

Al aspirar con hálitos pausados,

Se dibujaba su redondo seno

Cual dos montones de apretada nieve

Que en la redonda copa de ancho pino

El aire cuaja lento y manso mueve:

Y á través del calzón, de cuyo lino

Los pliegues mil su cuerpo peregrino

Ceñían, bien bajo el tejido leve

Podíanse admirar, y á pesar de ellos,

De su cintura y muslo alabastrino

La pura tez y los contornos bellos.

Su enano pie calzaban

Chinelas de brocado: sus tobillos

Ajorcas primorosas adornaban

Hechas de gruesas perlas, que horadaban

Por su grueso mayor áureos arillos:

Sus brazos dobles sartas de corales,

Sus orejas riquísimos zarcillos:

Y, á usanza de las Moras principales,

Ostentaba sus uñas nacaradas

Con azul costosísimo miniadas.

Era en verdad bellísima la Mora,

Y merecía bien tanta riqueza,

Y ser de tal estancia moradora,

Y mandar con despótica entereza,

Y obedecida ser como señora.

Una mirada de sus negros ojos

Más que un alcázar para el Rey valía:

Por solo un beso de sus labios rojos

Una ciudad frontera vendería:

Por el más infantil de sus antojos

La cabeza más noble inmolaría:

No tenía su amor precio ni raya

En la alma de Muley.—Es la Zoraya.

Es ella, la sultana favorita

Que á solas en su cámara le espera:

Y aunque parece que feliz dormita

Y que nada la acosa, ni la altera,

Secreto afán su corazón agita

Y sueña... ¡Como sueña la pantera

Con la sangre caliente

En que espera aplacar su sed ardiente!

Entoldada la luz de sus pupilas

Con los cerrados párpados conserva,

Sus facciones inmobles y tranquilas:

Grata molicie al parecer la enerva:

Pero su corazón guarda un intento

Harto feroz, cuya afición proterva

Se oculta en su reposo soñoliento

Como un áspid letal bajo la hierba.

Imagen bella, voluptuosa y pura

De las hurís que colocó Mahoma

En su eternal Edén, por su hermosura

Parecía una cándida paloma

En la forma ideal de su figura:

Un cuerpo de mujer en que se encierra

El puro sér de un ángel, á la obscura

Región mortal de nuestra baja tierra

Enviado, á perfumarla con su aroma

Y á derramar en ella su ventura.

Pero la torva luz de su mirada,

La cortina de sombra que en su frente

Tiende su ceño cuando mira airada,

La contracción apenas perceptible

Con que el extremo de su labio ardiente

Arruga su sonrisa,

De la escondida peligrosa hoguera

Que arde en su doble corazón avisa,

Y en la faz de la Mora

Con resplandor siniestro reverbera.

Muley por su belleza seductora

Luz de la aurora la llamó..... y tal era

La luz de este lucero de la aurora:

Tal es Zoraya que á Muley espera.

Oyóse al cabo en el jardín vecino,

Bajo el abierto mirador cercano,

El dulce són de un cántico africano

Que una morisca guzla acompañaba:

Són con que la anunciaba de contino

La llegada del Rey atenta esclava.

Estremeció los miembros de la Mora

Movimiento nervioso: mas tan leve,

Que resbalar no hizo

Por su cuello, más blanco que la nieve,

El más ligero descompuesto rizo:

Ni de su blando lecho

Un pliegue solamente descompuso:

Ni con respiración más presurosa

Se hincharon los contornos de su pecho.

Inmóvil, silenciosa,

Cual si no le sintiera ni aguardara,

En su aparente sueño y perezosa

É incentiva postura

Dejó la hermosa que Muley llegara

El veneno á beber de su hermosura.

Envuelto en su alquicel, bajo el plegado

Pabellón de la azul tapicería,

Apareció Muley: tendió callado

Una sagaz mirada escrutadora

Por sobre cuanto en derredor había,

Y dilató su labio desdeñoso

Sonrisa de placer, viendo á la Mora

Que sobre los cojines en reposo

Con abandono tentador yacía.

Llegóse á ella y contempló un instante

La tranquila expresión de sus facciones,

Por milésima vez con ojo amante

Recorriendo voraz las perfecciones

De aquel cuerpo, velado escasamente

Por el leve ropaje transparente

Sobre los apilados almohadones.

Llegóse y admiró bajo la pura

Nívea tez, á través de su blancura,

La red sutil de las azules venas,

Cuyo tejido transparente indica

Que aquella piel purísima y nevada

Encubre el alma ardiente y vivifica

La complexión fogosa, enamorada,

Que á su tez atribuyen las morenas;

Y percibió el aroma con que el baño

Su cuerpo perfumó, de que las Moras

Granadinas usaban todo el año;

Y el rumor escuchó, sensible apenas,

De su respiración igual y suave,

Y sin poder con su amoroso exceso

Sobre su boca de coral, que sabe

Y trasciende al alöe de Corinto,

Depositó Muley un amplio beso

Que crujió de la estancia en el recinto.

Abrió Zoraya los ardientes ojos,

Y al fijar su mirada

Sobre la faz del Árabe, cambiada

De colérica en tierna, con acento

Más grato que el murmullo soñoliento

Que levanta la brisa en la enramada,

Díjole, disipando los enojos

Que acaso al despertar fingió indignada:

«Te esperaba, Señor: aunque dormía,

»Mi corazón velaba, y en mi sueño

»La leve huella de tu pie sentía

»Que á mis amantes brazos te traía,

»Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»

«Apenas en los altos alminares

(Contestóla Muley)» la voz sonora

»Del muezín anunció la última hora

»De la oración del día,

»Á favor de las sombras tutelares

»Vengo á ti, manantial del agua pura

»En que templa su sed el alma mía,

»Y heme á tus pies, Lucero de la aurora,

»Que me alumbras doquier con tu hermosura.

»Llamásteme en secreto,

»Sol de mi corazón, y aquí me tienes

»Á tu absoluta voluntad sujeto.

»Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes?

»Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas

»Regocijos y zambras? Mis juglares

»Llama, mis nobles Árabes convoca;

»Y aquéllos con mil juegos malavares,

»Y éstos con toros, cañas y torneos,

»En fiesta interminable, libre y loca,

»Sacien en Bib-arrambla tus deseos.

»¿Ó tal vez algún vil desventurado

»Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya

»Mi amigo sido ó su niñez pasado

»Junto á mí, y yo partido mi grandeza

»Con él, te juro por tu amor, Zoraya,

»Que te enviaré mañana su cabeza.»

Decía así Muley, en la locura

De la pasión que el alma le devora,

Y sonreía oyéndole la Mora

De la pasión del Árabe segura.

Sus dedos de marfil entre la cana

Barba de Hasán con infantil cariño

Pasó y con complacencia la Sultana,

Dejándola aromada con su mano:

Y con caricia tal, propia de un niño,

Trajo á sus pies sobre el cojín liviano

Trémulo de placer al Africano.

Zoraya entonces, su gentil cabeza

En el hombro del Moro reclinando,

Y el fuerte talismán de su belleza

Contra el alma del Árabe empleando,

Así le empezó á hablar, el suave aliento

De su boca balsámica de intento

Hasta la boca de Muley enviando,

Diálogo tal entre los dos trabando:

ZORAYA

Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva

Me crié al lado tuyo entre las flores

De los jardines de tu Alhambra: esquiva

Después á los halagos tentadores

De tus bizarros nobles Granadinos,

Negué mi juventud y mi belleza

Á cuanto no eras tú con entereza.....

¡Sentía ya ligados nuestros sinos!

Hizo en ti de los astros la influencia

Su efecto al cabo: me encontraste hermosa,

Cediste del destino á la sentencia,

Y pagaste mi amor, y fuí dichosa.

La tierra en que nací y el amoroso

Dulce calor del maternal regazo,

El acento del padre cariñoso,

Su castillo feudal que, en el ribazo

De un cerro, se levanta pintoresco

Cercado de alamedas, cuyo arrullo

Salud le daban y armonía y fresco

De despeñadas aguas al murmullo,

Todo lo echó por fin de mi memoria:

Y, del nombre y la fe de mis mayores

Renegando, las puertas de su gloria

Perjura me cerré por tus amores.

MULEY HASÁN

¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora?

¿No comprendí tu abnegación y entero

Mi corazón te di? Tú eres señora

Dél todavía; lo que quieras quiero.

ZORAYA

Quiero, Señor, decirte lo que acaso

No te deje otro afecto libremente

Comprender y juzgar: porque traspaso

Los límites tal vez de lo prudente

Con tan audaz revelación; empero

Más que el respeto y la prudencia fuerte

Mi cariño por ti, salvarte quiero

Aun á peligro de mi propia muerte.

MULEY HASÁN

¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla.

ZORAYA

Un instante

Oye en calma, Señor. Yo, que las horas

De tu existencia en vela paso amante,

Sé por tu bien lo que imprudente ignoras.

Tienes, Señor, un hijo cuya estrella

Á Granada es fatal, según los sabios

Que su horóscopo hicieron.

MULEY HASÁN

La luz de ella

Pende no más de un soplo de mis labios.

ZORAYA

Y el soplo de tus labios sólo pende

De un acero traidor que en tu garganta

Le corte.

MULEY HASÁN

¿Abú Abdil....?

ZORAYA

Señor, atiende.

MULEY HASÁN

Prosigue.

ZORAYA

De él y de su madre es tanta

Por reinar la impaciencia, que á estas horas,

Traidores á su rey y de él parciales,

Bajo los techos de las casas moras

Se afilan en silencio mil puñales.

MULEY HASÁN

Sé que Aija.....

ZORAYA

Me detesta.

MULEY HASÁN

¡Ay si te mira

Sólo un momento con semblante torvo!

ZORAYA

¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira

No sofocas, Muley! No será estorbo

Ya ni el filial ni el conyugal cariño

Para intentar el crimen: la serpiente

Da emponzoñados huevos, y el que niño

Para su padre fué desobediente.

Traidor para su rey será mañana.

MULEY HASÁN

Desecha tu temor, Zoraya mía:

Los conozco á los dos: mas será vana

Su obstinada ambición: se les espía.

ZORAYA

¿Pero ignoras. Señor, que está plagada

Tu corte de los suyos?

MULEY HASÁN

Sé sus nombres.

ZORAYA

¿Y sabes que propalan por Granada

Que Dios está por él?

MULEY HASÁN

Pero los hombres

Crédito no les dan.

ZORAYA

Rey, te equivocas:

Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra

Toda con él, sus esperanzas locas

Apoyan con la fe y la cimitarra.

MULEY HASÁN

La fe y mis cimitarras á sus breñas

Les volverán.

ZORAYA

Te engañas: los villanos

Reniegan de su fe, según las señas.

Pues pactan contra ti con los cristianos.

MULEY HASÁN

Zoraya, sus delirios ha venido

Á contarte algún loco. Te detestan

Y ambicionan reinar: mas nunca han sido

Del Nazareno amigos.

ZORAYA

Pues se aprestan

Los Nazarenos á su voz.....

MULEY HASÁN

¡Patrañas

Por derviches lunáticos vertidas!

ZORAYA

Empresas ciertas, aunque asaz extrañas:

Peligrosas, Muley, mas emprendidas.

Yo, por ti en vela, presentí el estrago

De este huracán que nubecilla asoma;

Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago

Por amor á los míos: pero toma.

Tal diciendo Zoraya, de entre el raso

De los blandos cojines tunecinos,

Prevenidos sin duda para el caso

De antemano, sacó dos pergaminos:

Y con aquella singular sonrisa

En cuya móvil expresión graciosa

Algo tal vez siniestro se divisa,

Á Muley presentóselos la hermosa:

Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo,

»Á través de esta tinta venenosa,

«El alma de la madre y la del hijo.»

Desplególos Muley, aproximándose

Al vaso de alabastro transparente

Donde la luz ardía, demudándose

Su semblante al lëer: con ojo ardiente

La Mora le espió, de su creciente

Cólera apercibiéndose, y su flecha,

Viendo herir en el blanco, dulcemente

En el mullido lecho reclinándose,

Tornó á la antigua calma, indiferente.

Más torvo, más feroz á cada instante

Según adelantaba en su lectura

Se tornaba del Árabe el semblante.

Fulguraban sus ojos: insegura

Plegaba una sonrisa repugnante

Su desdeñoso labio, y la amargura

De la hiel que el escrito rebosaba

En su lívida faz amarilleaba.

«¡Traidores!—dijo al fin, el pergamino

Con los crispados dedos estrujando.—

¡Traidores! En buen hora, en su destino

Con ceguedad estúpida fiando,

Abrirse intenten al poder camino

Y astutos formen revoltoso bando:

¡Pero poner por escalón del trono

Al cristiano!... Jamás se lo perdono.

Jamás: jamás.» Y con ahogado acento

Repitiendo «jamás,» como una fiera

Enjaulada, cruzaba el aposento

De uno á otro lado, cual si presa fuera

De vértigo infernal. Sagaz, atento

Y abierto apenas de la Mora el ojo,

Por más que indiferente pareciera,

Seguía con afán su movimiento,

La progresión pesando de su enojo.

De repente Muley frente á la Mora

Paróse, y cual si en ella se aprestara

La cólera á estrellar que en sí atesora

El exaltado corazón, la dijo

Con destemplada voz y cara á cara:

«¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras

Los secretos de Aija y de su hijo?

¿Quién te trajo las llaves

Del misterio encerrado en estas letras?

Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»

—«Señor, dijo Zoraya levantando

La cabeza con calma,

Desecha tu temor, templa tu ira:

Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma

Al padre del pecado y la mentira.

Este secreto de tu raza infando

Yace en la tumba ya: libre respira,

Muley: la esclava te veló tu sueño

Y el mensajero vil de esa escritura,

Al descolgarse audaz de tu alcazaba

Por la torre del Agua, sepultura

Á demandar no más bajó á tu esclava.

—¡Á ti, Zoraya!—Á mí; porque yo vivo

Tan sólo para ti,—Mas..... no comprendo.....

—¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo

Como me das, Muley? De los traidores

Argos les hice yo: de ellos aprendo:

Y como ellos también, compro traidores;

Me acechan sin cesar, y les acecho:

Tus secretos espían, y yo el suyo

Bajo á buscar al fondo de su pecho.

No tienen mis esclavos otro oficio,

Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento

Oculto para mí: mi sér, mi vida,

Consagrados están á tu servicio.

En esos pergaminos te presento

La desnuda verdad: está cumplida

Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia,

Señor, está en tu mano.

Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia:

Castiga justo, ó liberal perdona:

Tú eres el soberano:

Mas escoge entre el hijo y la corona.

En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava;

Que en la balanza igual de tu justicia

No sea yo jamás peso, ni traba.

El noble amor, que abrigo

En mi pecho por ti, no es de cristiano

Cobarde corazón; yo, pues, contigo

Triunfaré ó moriré como sultana

Que tu lecho y tu amor no partió en vano,

Amir: porque mi sangre es castellana,

Pero mi corazón es africano.»

Calló Zoraya y se tornó en el lecho

Á reclinar tranquila:

Y el Rey quedó como de mármol hecho

Contemplándola, inmóvil y derecho,

Dilatada de asombro la pupila.

Jamás la vió ni la creyó dotada

De corazón tan varonil y entero,

Ni sospechó que su alma apasionada

Atesorara amor tan verdadero.

Indolente, pasiva, abandonada,

Henchida la juzgó de amor sincero

Siempre: mas siempre tímida, indecisa,

Y á toda intriga al parecer ajena,

Con el cariño de su Rey pagada

De su dorada esclavitud, precisa

Por los preceptos de la fe agarena.

Hombre Muley de cabellera cana,

Pero de joven corazón y aliento

Heroico y viril, halló contento

Un alma varonil en la sultana.

Absorto de ello en el primer momento

En crëer vaciló lo que veía:

Bajó á su corazón su pensamiento

Y ahogó su voluntad con la alegría:

Y cuanto más dudaba,

Tanto más en la duda se engreía:

Y cuanto más crecía

La inacción que su sér paralizaba,

El fuego del amor que le hechizaba

Más violento en su pecho se encendía.

Conocíalo bien la artificiosa

Y astuta renegada, y contemplando

Llegada la ocasión, que codiciosa

Preparó en muchos años con constante

Mañoso afán y con prudencia mucha,

La máscara arrojó de su semblante

Y cara á cara se aprestó á la lucha.

Ya era Muley su esclavo: sus antojos

Leyes eran para él: sólo tenía

Para adorarla corazón, y ojos

Sólo para mirar lo que veía

Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde

Para que su razón iluminara

Su avasallado corazón: yacía

Ciego esclavo á los pies de su señora:

Y el Monarca despótico, el guerrero

Indomable, el león de las arenas

Abrasadas de Zahara,

Esclavo de la esclava á quien adora,

Era no más que tímido cordero

Amarrado de amor con las cadenas.

Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora

La gente del desierto que en sus venas

La sangre guarda de la raza Mora!

Por eso fascinado, enloquecido

Por su pasión, Muley veía sólo

De la Mora el amor apetecido

Tanto por él, pero jamás el dolo,

Mas nunca la ambición de soberana:

Y por eso rendido

Á tal fascinación, con ambas manos

Tomó los pies enanos

De la Mora gentil, y enardecido

Por su insana pasión, puso sobre ellos

Muchas veces sus labios soberanos.

«Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo

Vencerás ó caerás como sultana:

Y has dicho la verdad; tú soberana

Conmigo reinarás: yo te lo digo.»

Volvió la renegada la cabeza

Hacia el Rey otra vez con la sonrisa

De un ángel (y la aureola de belleza

De una visión que en sueños se divisa

Circundaba su faz), y en el sonoro

Idioma de los Árabes le dijo:

«Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro.

Te dije la verdad: mas es tu hijo.»

Agolpóse la sangre á la mejilla

Del Rey á estas palabras, y con rabia

Concentrada exclamó: «No es hijo mío

Quien favor contra mí pide á Castilla.

De la palma jamás la dulce savia

Fecundó la mortífera cicuta:

No es hijo mío quien mi fe mancilla,

Y yo, sin vacilar, contra el impío

Alzaré de las leyes la cuchilla.

—Piénsalo, Amir.—Mi ley es absoluta.

—Muley, en su favor habló el destino.

—Yo haré mentir la predicción aciaga,

Y su estrella fatal, que nos amaga,

Apagaré en mitad de su camino.»

Reverberaban de Muley los ojos

Y chispeaban los ojos de la Mora

Con vívidos destellos:

Éstos de la ambición devoradora

Con el triunfante resplandor, y aquéllos

Con el torvo fulgor de los enojos.

Pasaron todavía unos instantes

De plática en secreto

Uno de otro en los brazos: el objeto

De tal conversación le comprendía

El corazón no más de ambos amantes:

Sólo el susurro de su voz se oía.

Á poco, de los brazos de la Mora

Desprendiéndose el Árabe, embozóse

En su blanco alquicel y hacia el calado

Arco del mirador adelantóse.

Siguióle hasta el umbral la encantadora

Sultana, con un beso regalado

Sellando el labio de Muley, quien presto

Á desaparecer por la excusada

Galería la dijo: «Aláh te guarde,

Lucero de la aurora.

—Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya:

Perdona empero al alma enamorada

Si duelo te causó.—La llama que arde

Inextinguible, inmensa

En mi pecho, Zoraya idolatrada,

Al amor que en el tuyo se atesora,

Digna procurará dar recompensa.

—Los destinos, Señor.....—Yo haré que fijos

En tu favor los astros permanezcan:

Yo te lo juro, luz del alma mía,

Tú reinarás y reinarán tus hijos:

Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»

Dijo el Rey y tomó la galería:

Y por verle cruzar el lindo huerto

Adonde oculta la escalera baja

Y la esclava le espera al entreabierto

Postigo, descorrió la celosía

Del dorado balcón de Lindaraja

Zoraya, y saludóle muchas veces,

Mientras en el jardín le distinguía

Desde los arabescos ajimeces.

Y he aquí que mientras ella contemplaba

El jardín, y la espalda al aposento

Para mirar á su Señor tornaba,

Bajo la celosía que se alzaba

De una de las ventanas que en el muro

Lateral de la cámara se abrían,

Sagaz, osado, atento,

Como á la voz secreta de un conjuro

Asomó un rostro pálido un momento:

Un rostro de mujer en que lucían

Dos ojos como rayos en lo obscuro.

Clavaron estos ojos en la Mora,

Vuelta hacia el huerto aún, una mirada

Rencorosa, tenaz, devoradora:

Y las palabras lúgubres dejando

Una á una á salir con voz ahogada,

Cual sin querer la idea formulando

En la palabra apenas pronunciada,

Murmuró la mujer allí asomada:

«¿Tú reinarás y reinarán tus hijos,

»Porque hará que los astros permanezcan

»En tu favor resplandeciendo fijos?.....

»¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»

Dijo: y, volviendo el rostro la sultana

Hacia el rico aposento,

Tornó á desaparecer en un momento

El rostro de mujer de la ventana.


II
EL SALÓN DE COMARES

Amanecía apenas: los reflejos

De la rosada luz del sol naciente

Á dorar comenzaban á lo lejos

De la ancha sierra la arbolada frente:

Y empezaba la aurora purpurina

Ostentosa á tender su velo de oro

Prendido en el Oriente,

Sobre la extensa vega granadina,

Ceñidor de verdura,

Morisco chal que envuelve la cintura

De la ciudad en donde reina el Moro.

Comenzaba á sus cárdenos fulgores

La tierra fértil á tomar colores,

Exhalando de sí el aroma suave

De la humedad nocturna, y comenzaba

La flor á abrirse, á gorjear el ave,

Y la brisa del alba revoltosa

Á estremecer del bosque, donde erraba,

La cabellera verde y rumorosa.

Fresca, gentil, risueña,

Á la primera luz de la mañana

Se despertaba la ciudad sultana,

De cien ciudades orgullosa dueña:

La ciudad del amor y de las flores:

La ardiente y hermosísima africana,

Que reclina su frente soberana

Sobre el fresco tapiz de mil colores

Que á sus pies tiende su florida tierra,

Y cuyas orlas por doquier remata

Con caireles de lázuli y de plata,

Ya el mar que en torno de ella se dilata,

Ya la nevada fronteriza sierra.

Asomado á un balcón de la alta torre

Llamada de Comares, cuyo asiento

El Darro besa que á su planta corre

Regando huertas mil en curso lento,

Esperaba el Rey árabe la hora

De recibir al castellano Vera,

Quien no quería que en la Corte Mora

La venidera aurora

Su embajada sin dar le amaneciera.

La gente granadina

Con la nueva alarmada

De aquella ceremonia, aglomerada

Ante Bib-el-Leujar, la matutina

Luz aguardaba con afán, curiosa

De conocer el fin de esta embajada,

Más misteriosa cuanto no esperada.

Mil interpretaciones

Daba á su objeto el vulgo: comentaban

Los viejos y santones

Las causas y políticas razones

Que pudieron mover al Rey cristiano

Á enviar á la ciudad del africano

La enseña militar de sus legiones:

Mas fatigaban el discurso en vano;

Ignoraba hasta el Rey las intenciones

Con que vino á su Corte el castellano.

Este á su vez, y en tanto, prevenido

Para cumplir con su misión, oía,

Desde la torre que ocupaba, el ruido

Que de ella al pie la multitud hacía.

Ya antes del alba con atento oído,

Ojo sagaz y espíritu mañero,

La situación inspeccionado había

De la árabe ciudad el caballero.

De pechos en la almena

De su torre moruna,

Al resplandor de la creciente luna

La contempló de fortalezas llena,

De muros bien cercada,

Bajo un clima feliz y en cultivada

Campiña, rica, saludable, amena,

Por tres ríos á par fecundizada,

Y favorita, en fin, sin duda alguna

Del amor, de la próspera fortuna:

Y el noble castellano, inteligente

En el arte y estudios de la guerra,

Vió que estaba en su tierra

Bien prevenida la africana gente.

Comprendió de Don Juan el buen sentido

En la quietud de su nocturna vela,

Que había el moro Rey, muy entendido,

Coronado sus torres y alminares

Por uno y otro atento centinela,

Y diestra y sabiamente repartido

Sus vigías y puestos militares:

Concluyendo por fin Don Juan de Vera

De la ciudad entera

La nocturna revista,

Diciéndose á sí mismo sin reparo

Cuánto iba á ser al Castellano caro

Lograr de aquella tierra la conquista.

Hallábase en la torre todavía

El buen Comendador, rectificando

Á la primera luz del nuevo día

El juicio que hecho por la noche había,

Cuando vió que á su torre aproximando

Un escuadrón de Moros se venía,

La plaza del aljibe atravesando.

Dejó la almena, convocó su gente

Y, á la plaza bajando,

La tendió de los Árabes enfrente.

Entonces el wazir, que administraba

La justicia del reino

Y el gobierno interior de la alcazaba

Del granadino Rey, ante la fila

De los jinetes árabes saliendo,

Fuése para Don Juan, con faz tranquila

Y sosegada voz así diciendo:

«La fe de Aláh te alumbre, castellano.

»Has demandado con la luz primera

»Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera

»Del Consejo en presencia el soberano.»

Encontrando la arenga algo altanera

Y contemplando al Árabe un momento,

«Vamos» dijo no más Don Juan de Vera:

Y á paso noble, majestuoso y lento,

De la ancha plaza atravesó el espacio

Que apartaba no más su alojamiento

De las doradas puertas del palacio.

De la soberbia torre de Comares

En la ostentosa cámara, alfombrada

Con alkatifas persas, perfumada

Con pebeteros de oro y con millares

De extrañas, ricas y olorosas flores

Que en sus pensiles dan los Alijares,

Esperaba Muley al castellano

En medio de su Corte y su nobleza,

Queriendo ante los ojos del cristiano

Hacer ostentación de su grandeza.

Con la rosada luz de la mañana

Resplandecía en toda su hermosura

La labor africana

De aquella estancia regia, que figura

Un pabellón de rica filigrana,

Trabajo de algún Genio por ventura

Según la tradición mahometana.

En torno de Muley, sobre divanes

De púrpura, los viejos consejeros,

Los kadís y los nobles capitanes

Del ejército, estaban los primeros.

De su Rey menos cerca,

De pie, con respetuosos ademanes,

Los demás cortesanos caballeros

Ocupaban el patio de la alberca

Á sombra de sus frescos arrayanes.

El estanque y las fuentes del palacio,

Ornadas con vistosos surtidores,

Poblaban el espacio

De caños de cruzados saltadores

Que, deshechos en gotas en la altura,

Doblaban del ambiente la frescura

Como perlas cayendo entre las flores,

Que al borde crecen de la alberca pura

Llena de pececillos de colores.

Del wazir precedido

Y de diez caballeros Castellanos

Por decoro seguido,

Armado de los pies hasta las manos,

Del manto de Santiago revestido,

Con apostura grave y altanera,

Por medio de los nobles Africanos

El patio atravesó Don Juan de Vera.

Torva mirada de los ojos fieros

Del círculo de Moros caballeros

Pesó sobre Don Juan desde su entrada,

Manteniéndose en él tenaz, clavada,

Hasta los pies de el granadino trono;

Bien revelando el animoso encono

Con que su roja Cruz se ve en Granada.

Don Juan, empero, en ademán tranquilo,

Y mesurado aunque orgulloso porte,

Avanzó hasta el marmóreo peristilo

Que da entrada al salón do está la corte:

Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra,

Sin humildad, hincando una rodilla,

Presentóle una caja en que se encierra

Su regia credencial dada en Sevilla.

Tomóla sin abrirla el Africano

Con altivo desdén, y del prolijo

Ceremonial haciendo al castellano

Amplia merced, lacónico le dijo:

«Ya te escucha Muley: habla, cristiano.»

Púsose en pie Don Juan, y con pausada

Voz, que pudo entender el más lejano,

De esta manera expuso su embajada:

«Yo, Don Juan de la Vera, caballero

»Comendador del Orden de Santiago,

»En nombre de mi Rey vengo: primero,

»Á reclamar el atrasado pago

»De tu tributo anual íntegro, entero,

»Y después, de Castilla con Granada

»La tregua á prolongar, que es acabada.»

Dijo Don Juan y enrojeció el semblante

Del Árabe la cólera: en la estancia

Rumor universal cundió al instante

De indignación terrible, la arrogancia

De tal mensaje oyendo: más de un guante

Se alzó en contestación de su jactancia:

Más de un Moro dió un paso hacia adelante,

Puesta la mano en el alfanje: empero

Sus iras atajó Muley severo.

«Cristiano (dijo el Rey con voz airada),

»Ve á decir á los Reyes castellanos

»Que han muerto ya los Reyes de Granada

»Que pagaban tributo á los cristianos:

»Que la moneda entonces acuñada

»No conocemos ya, ni nuestras manos

»Labran ya más metales que el acero

»De que forja su arnés el caballero.

»Oiste: parte, pues. Yo te perdono

»La vida y la embajada. Á la frontera

»Del reino salvo llegarás: mi encono

»No infringirá mi fe: mas la postrera

»Colina al transponer donde mi trono

»Se respeta y tremola mi bandera,

»De mí hablar oirás, yo te lo juro,

»Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»

«Moros, dijo Don Juan con altanero

Mas tranquilo ademán: si mi mensaje

Os ofendió, ved bien que el mensajero

Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje

Fué exactamente el de mi Rey: y espero

Que ninguno por él me hará el ultraje

De esquivar con desdén, si es que me halla,

El bote de mi lanza en la batalla.»

Dijo Don Juan. Los nobles Africanos,

De los valientes siempre apreciadores,

Abrieron en silencio á los cristianos

Paso, ahogando en el pecho los rencores

De raza y religión. Los castellanos

Volvieron á montar sus piafadores

Corceles: y, dejando á rienda suelta

La ciudad, dieron á Castilla vuelta.

* * * * *

Cuando el sol de aquel día en Occidente

Irradiaba sus últimos reflejos,

Ya transponía la cristiana gente

Los cerros fronterizos. Á lo lejos

Les vió desde sus torres impaciente

El árabe Monarca, cuyos viejos

Mas perspicaces ojos todavía

Penetran la confusa lejanía.

El brillo de las lanzas castellanas

Apenas se sumió en el horizonte,

Y apenas, embozada en sus livianas

Sombras, la noche á descender del monte

Comenzó, cuando Hasán sus africanas

Armas pidió diciendo: «Que se apronte

»Una hueste elegida y numerosa

»Á partir en la noche silenciosa.»

«Yo la conduciré.» Llamó en seguida

Á su wazir Abú-l'Kazín, que era

Gobernador de la ciudad, y «cuida

»(le dijo) bien de que se cumpla entera

»Mi voluntad. Después de mi partida

»Pon á Aija en una torre prisionera

»Con su hijo, y á habitar manda que vaya

»En el Generalife la Zoraya.

»Ten á ésta como mi única sultana,

»Á Aija y Abú Abdil como traidores.

»Yo á tocar á una villa castellana

»Una alborada voy con mis tambores,

»Y tardaré lo más una semana

»En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores,

»Á caballo y silencio! los soldados

»En Bib-arrambla esperan convocados.»

Dijo Muley, su intimación postrera

Dirigiendo á sus guardias: y, montando

En su caballo de batalla, que era

Un árabe veloz, partió tomando

La cuesta de Gomeles, con guerrera

Planta en la plaza real desembocando:

Y, al frente de su hueste, de Granada

Salió á empresa de todos ignorada.


LIBRO TERCERO
ZAHARA

I
GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA

Está Zahara en una altura

Entre montaña y colina,

Sentada en la peña dura

Que asoma la cresta obscura

Por entre Ronda y Medina.

Cuando encienden los cristianos

De noche hogueras en ella,

No distinguen los paisanos

Si son sus fuegos lejanos

Luz de atalaya ó de estrella;

Y cuando el alba naciente

Dora la almenada villa,

Se confunde fácilmente

Con la armadura que brilla

El riëlar de la fuente.

Sus atalayas pusieron

Los moros en ella un día,

De fosos la circuyeron,

Y apriesa la abastecieron

Porque el invierno venía.

Tuviéronla muchos años

De los cristianos guardada,

Con mil ardides extraños,

Causándoles muchos daños

En guerra tan prolongada.

Á la sombra guarecidos

De sus breñas y pinares,

Bajaban como bandidos

Y robaban atrevidos

Alquerías y lugares.

Toleraban los cristianos

En silencio sus desmanes:

Pero pensando á las manos

Coger á los africanos

De aquel peñón gavilanes.

Estaban los insolentes,

Aunque pocos, confiados,

Conociéndose valientes:

Los cristianos, más prudentes,

Les cogieron descuidados.

Todos los de aquella tierra,

Procurándose en secreto

Mil utensilios de guerra,

Atravesaron la sierra

De asaltarla con objeto.

Y una noche la asaltaron,

Y guardarla no supieron

Los Moros que la fundaron;

Cinco veces la cobraron

Y otras cinco la perdieron.

Entonces los vencedores

Doblaron su alta muralla,

Y abrieron fosos mayores

Para guardar previsores

La prenda de la batalla.

Estrecha y sola una senda

Dejaron en todo el cerro,

Porque mejor se defienda,

Si se empeña otra contienda,

Su sola puerta de hierro.

Por eso en sus torreones

Y en sus anchos murallones

Guardó la morisca villa,

Sobrepuestos, los blasones

De los Reyes de Castilla.

Tal es Zahara: y en la altura

Del cerro en que está fundada,

Y por la fragosa hondura

De sus barrancos guardada,

Siempre estuviera segura.

De los Moros, como el nido

De un águila suspendido

En inaccesible peña,

Si menos la hubiera sido

Su fortuna zahareña.

Pero su alcaide cristiano

Nació con estrella aciaga,

Y Dios apartó su mano

Del infeliz castellano,

Y el rayo de Dios la amaga.

Porque ¡ay! ¿qué la han de valer

Su muro y torres de piedra,

Si los ha de mantener,

Sin fortuna y sin poder,

Gonzalo Arias de Saavedra?

¡Desventurada es la historia

De este buen Gobernador,

Bravo capitán sin gloria,

Blanco de mala memoria

Y de fortuna peor!

Desdichada fué su raza:

No hubo cálculo ni traza

Que al revés no le saliera,

Ni bando, opinión ó plaza

Que, suya, prevaleciera.

Siguió su padre Hernán Arias

De Enrique el Rey las banderas

Á las de Isabel contrarias,

Y perdieron las primeras

Sus empresas temerarias.

Del de Cádiz se allegó

Hernán á los partidarios,

Y el encono se extinguió

De los grandes sus contrarios,

Y Hernán Arias se fugó.

De los Moros amparóse

Y por los Moros mantuvo

Á Tarifa; mas tornóse

La suerte: capitulóse,

Y Arias que entregarse tuvo.

Caballeros en Castilla

Intercedieron por él,

Y, olvidando su mancilla,

Le indultó Doña Isabel

Confinándole á Sevilla.

Bien único hereditario,

En su aljarafe tenía

Un torreón solitario,

Y allí su infortunio varió

Fuése á llorar noche y día.

Mas he aquí que maltratado

Por el tiempo el edificio,

Y él imposibilitado

De gastar sólo un cornado

De su hacienda en beneficio,

En un temblor que agitó

Las tierras circunvecinas

Su torre se desplomó,

Y Hernán Arias pereció

Sepultado entre sus ruinas.

¡Desventurado Hernán Arias!

Las estrellas tan contrarias

Le fueron en paz y en guerra,

Que hasta se le abrió la tierra

Sin exequias funerarias.

Su hijo Gonzalo, heredero

De su fortuna fatal,

Aunque habido por guerrero

Valiente y buen caballero,

Lo pasó siempre bien mal.

De su padre la memoria,

Lo siniestro de su historia

Y proverbial desventura,

Le hicieron, sin prez ni gloria,

Pasar una vida obscura.

Dotado de alto valor,

De ciencia y destreza rara

En la guerra, con honor

De alcaide gobernador

Le enviaron al fin á Zahara.

Dióle la reina Isabel

Compadecida este cargo:

Pero, dándoselo á él,

El mejor panal de miel

Se le hubiera vuelto amargo.

Era Gonzalo un valiente

Y entendido capitán,

Tan audaz como prudente:

Mas ¿qué hará si no le dan

Ni bastimentos ni gente?

«Tu lealtad y tu bravura

»Tendrán á Zahara segura»

Le dijeron, y le enviaron

Á Zahara: mas no contaron

Con su innata desventura.

Sin víveres y sin oro

Con que pagar sus soldados,

No puede ni su decoro

Sostener, ni contra el Moro

Tenerles subordinados.

Su gente se le rebela

Y él, sólo, en continua vela,

Su fortaleza recorre,

Y hace á veces centinela

El mismo en alguna torre.

«Si no por obligación,

»Por vuestro bien ayudadme,»

Les dijo en una ocasión:

Y su alférez Luis Monzón

Contestóle ébrio: «Pagadme.»

Y el pobre Gobernador,

Sin influencia y sin pan,

Se vió inútil capitán

De gentes que sin temor

Ni amor hacia él están.

Pedía al gobierno amparo

De víveres ó dinero:

Pero el gobierno reparo

No ponía, y el frontero

Seguía en su desamparo.

Dos veces quiso salir

Á correr la mora tierra:

Mas sus gentes, al oir

Que se trataba de guerra,

No le quisieron seguir.

Tal era la situación

De Zahara en esta ocasión;

Tal es el afán que arredra

El brío del corazón

De Gonzalo Arias Saavedra.

Por eso sus castellanos

Se están mal entretenidos

En casa de los villanos,

En pensamientos livianos

Con las mozas divertidos;

Pues por demás licenciosos

Son siempre nuestros soldados,

Cuando en puestos apartados

Les dejan vivir ociosos,

Por libres ó mal pagados.

El Rey moro, que sondara

Su abandono y su pobreza,

Se dijo: «Es cosa bien clara

Que me da la fortaleza

Quien así la desampara:

Conque tomarla es razón.»

Y Hasán dispuso á este fin

Misteriosa expedición,

Dándole gente en unión

La Alhambra y el Albaicín.

Salió, pues, de la ciudad

Muley en la obscuridad,

Sin decir de esta salida

La razón desconocida,

Para más seguridad.

Y es fama que el Africano,

De Bib-arrambla al pasar

Bajo el arco, dijo ufano:

«Le tengo de festonar

Con cabezas de Cristiano.»

Era una tarde nublada

De tormenta amenazada:

El viento ronco mugía,

Y en anchas gotas caía

Á espacios lluvia pesada.

Cerróse en obscuridad

El cielo: la tempestad

Desgarró las nubes pardas,

Y brilló en las alabardas

El relámpago fugaz.

Entre la enramada espesa

De un pinar de que se ampara,

Con la gente de su empresa

Iba Muley á hacer presa

En la descuidada Zahara.

Caídos los martinetes

Sobre las mojadas telas

Revueltas á los almetes,

Caminaban los jinetes

El lodo hasta las espuelas.

Mohino el Rey por demás,

De los pasos el compás

Oyendo con mal humor,

Iba: junto á él un tambor

Y los peones detrás.

Tras éstos los saeteros

Y hasta cien arcabuceros:

Luego los escaladores,

Luego trompas y atambores,

Y luego los ingenieros.

Tras ellos, en pelotones

Flanqueados por dos alas

De jinetes con lanzones,

Muchos negros con escalas

Para entrar los torreones.

La media noche sería,

¡Espantosa noche á fe!

Cuando de la roca umbría

Sobre que Zahara dormía

Se detuvieron al pie.

Contó el Rey cuidadosamente

Las hogueras y señales,

En que convino prudente

Con sus guías, y la gente

Partió en dos bandos iguales.

Guardando el cerro dejó

Los jinetes: apostó

Los saeteros mejores,

Y él con los escaladores

Por el peñasco trepó.

La obscuridad, la tormenta,

Patrocinan su ascensión

Ardua, silenciosa y lenta:

Todo Muley lo hubo en cuenta

Con astuta previsión.

El ruido de sus pisadas

Sofoca el ruido del viento,

Y las aguas despeñadas

Por las ásperas quebradas

Con estrépito violento.

Tal vez descienden rodando

De roca en roca chocando

Pedazos de las montañas,

Pinos, chozas y alimañas

Consigo al valle arrastrando.

Tal vez una encina añosa,

Arraigada en un peñón

Todo un siglo, estrepitosa

Se rompe con temerosa

Y atronadora explosión.

Tal vez algún lobo, fuera

De su cueva sorprendido,

Bajo una peña cogido

Invoca á la muerte fiera

Con un espantoso aullido.

Tal vez por algún torrente

Arrastrada una serpiente

De un precipicio á la hondura,

Rasga la atmósfera obscura

Con un silbido estridente.

¡Horrible noche es aquella,

En que, mientras contra Zahara

Ronca tempestad se estrella,

De la tempestad se ampara

Muley audaz contra ella!

La villa desventurada,

Por el viento sacudida,

Por el turbión anegada

Y en las tinieblas velada,

Reposaba adormecida.

Apena en un torreón

De su vieja ciudadela,

Encogido en un rincón

Murmura escasa oración

Un cristiano centinela.

Tal vez duerme sin afán

Al calor de su gabán

En su garita, al arrullo

Que viento y agua le dan

Con su continuo murmullo.

Y tal vez, sobre la mano

La barba y en la rodilla

El codo, sueña el cristiano

Una aurora de verano

En un lugar de Castilla.