Libro de las Nieves.

INSPIRACIÓN

No hay más que un solo Dios. Él solo es grande,

Solo infinito, omnipotente solo.

Nada hay que para ser no le demande

Licencia: Él pesa la virtud y el dolo,

Y el premio envía ó el azote blande.

Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo,

Y cosa no hay por elevada ú honda

Que á su mirada universal se esconda.

No hay más que un solo Dios, cuya crëencia

Luz es y salvación: doquier la marca

Brilla de su poder y de su ciencia.

Dios solo es triunfador; solo monarca

Del universo es Él: su omnipotencia

Con ley universal todo lo abarca:

Su presencia inmortal todo lo inunda,

Todo lo vivifica y lo fecunda.

Él los mundos arregla ó desordena

Según su excelsa voluntad divina:

Él al tiempo dirige: Él encadena

Los elementos á sus pies: domina

El huracán: tras el nublado truena:

Luce á través del alba purpurina:

Entapiza con nieve las montañas,

Y abrasa con volcanes sus entrañas.

El murmullo del agua, el són del viento,

El susurro del bosque estremecido

Por sus inquietas ráfagas, el lento

Arrullo de la tórtola, el graznido

Del cuervo vagabundo, todo acento

Por ave, fiera ó eco producido,

El nombre santo de su Dios pronuncia,

Su gloria canta, su poder anuncia.

Él los errantes astros encamina:

Él azula la atmósfera serena:

Él crea y Él destruye, alza y arruina:

Él, infalible juez, salva y condena:

Él solo ni envejece, ni declina:

Él solo el hueco de los mundos llena:

El orbe encima de su palma cabe:

Solo Él no yerra nunca: solo Él sabe.

No hay más que un solo Dios. Los que le niegan

Con altivez blasfema, palidecen

Cuando al umbral de su sepulcro llegan:

Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen

Y de Él se mofan, al morir le ruegan.

Por Él existen y por Él perecen

Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre

¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?

Siglo, que audaz el de la luz te llamas

Y por miles de plumas y de bocas

El manantial de tu saber derramas:

Siglo de ciencia, que el error derrocas,

La virtud premias y el ingenio inflamas:

Siglo, que dices que á la cumbre tocas

De la dicha, que el mundo civilizas

Y tu raza de sabios divinizas:

Siglo de prensas y de bolsa y agio,

Que, en carros de vapor, hasta la luna

Intentas difundir el gran contagio

De la ciencia, y parar á la fortuna

Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio

Que, en solos nueve lustros, en sí aduna

Más maestros, artistas y doctores

Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....

¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde

Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano

Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde

La luna de su luz? ¿Cuál es la mano

Que les guía á los dos? Habla, responde,

Orgullo necio del saber humano,

Hojea el libro de tu ciencia osada:

¿Qué es lo que sabes de tu origen?—Nada.

No hay más que un solo Dios, que nada ignora:

Él conoce las puertas de la tierra;

Abre las de la cuna y de la aurora:

Las de la noche y de la tumba cierra.

Más allá de las dos Él solo mora,

Él solo sabe lo que allá se encierra;

De allá viene, allá va quien nace y muere.

¿Por qué? Su voluntad así lo quiere.

Mas detente ¡oh Espíritu divino!

¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso

Buscando un día al corazón camino

Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso:

Único fuego que del cielo vino,

Calma tu inspiración en que me abraso:

No ensayes en el arpa del poeta

Los cantos del salterio del Profeta.

Mi limitada comprensión humana,

Mi ruda voz y tosca poesía

Eleve, sí, tu inspiración cristiana

Y dignas sean de la patria mía.

Enaltece mi ingenio, porque ufana

Pueda hijo suyo apellidarme un día,

Y de mi nombre, si al olvido vence,

La tierra en que nací no se avergüence.

Mas dejemos al siglo ir desbocado

De los pasados siglos tras la herencia,

En el carro del oro arrellanado,

Ó suspendido en alas de la ciencia.

Dejémosle seguir la ley del hado

Según su voluntad ó su conciencia,

Sin que perturbe su insensata orgía

El himno audaz de la creencia mía.

Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros,

Y lejos de él transpórteme tu vuelo

Donde sus carcajadas y suspiros

No desgarren del aire el puro velo.

De él á través con luminosos giros

Álzame adonde, con eterno hielo

Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada

Salutíferas auras da á Granada.

Llévame á los recónditos asilos

De aquellas misteriosas soledades,

Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos

Nacer y perecer razas y edades.

Muéstrame las cavernas y los silos

Donde van á dormir las tempestades,

Por cima del peñón desconocido

En que suspende el águila su nido.

Del Supremo Hacedor la sabia mano

No creó sin destino esos lugares

Inaccesibles al orgullo humano:

Ni envueltos en sus mantos seculares

De nieve espían sin cesar en vano

Esos gigantes blancos tierra y mares.

Subamos, pues, sobre las auras leves

Al misterioso alcázar de las nieves.


LA CARRERA
II

En las desiertas cumbres que la sierra

Á las legiones de la luz levanta,

Paso al cielo tal vez desde la tierra:

Allí, donde árbol, animal, ni planta,

Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra

Bajo la eterna nieve, y se quebranta

Cuanto vida ó calor toma del suelo

Al peso de una atmósfera de hielo,

Se abre por las montañas un camino,

Más bien un tajo, que sus breñas parte

Como una faja de planchado lino,

El cual dirige al colosal baluarte

De la nieve. Jamás tan peregrino

Sendero supo fabricar el arte,

Ni inspirarle á la mente más risueño

Maga oriental en hechizado sueño.

Á ambas orillas de su senda blanca

Labra caprichos mil el aire helado,

Que el ampo trae que el remolino arranca,

Dejándole doquier cristalizado.

La agua congela y el vapor estanca

Y cincela sutil filigranado

Del hielo en el cristal, cuyas labores

Descomponen la luz en mil colores.

Mas como sus espléndidos reflejos

De la nieve se estrellan en la alfombra,

Y en el mate cristal de sus espejos

Mata al color la blanquecina sombra,

Todo es blanco doquiera, cerca y lejos:

Todo el país descolorido asombra

Con su igualdad la vista: blanco el suelo,

Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

Y allá del peñascal en la estrechura,

Por el lugar do empieza este sendero

Á blanquear en el fin de la llanura,

Comienza á negrear bulto ligero.

Crece..... se aclara como va la altura

Ganando. Es un mortal: un caballero

Moro: y, conforme lo veloz que sube,

Parto fué su corcel de alguna nube.

El ampo de la nieve no desflora

Con el herrado casco en su carrera,

Y, al ver la forma aérea y voladora

De jinete y corcel, se les tuviera

Mejor por ilusión fascinadora

Que por seres de vida verdadera:

Pues ¿quién sino fantásticas visiones

Osaran arribar á estas regiones?

Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos

Del mullido tapiz de copos leves?

¿Quién conoce los seres vaporosos

Que la región habitan de las nieves?

¿Quién sabe qué destinos misteriosos

Les dió Aquél que, con dos palabras breves

Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino

Del sol su destructor puso vecino?

Él solo, Dios. Recóndito misterio

Envuelve los contornos liminares

De aquel helado y silencioso imperio

Escondido entre rocas seculares.

Solo Él ve lo que encierra este hemisferio,

Por entre cuyos blancos valladares

La ardua ascensión al último acomete,

Cual suelta nube, el Árabe jinete.

De peñón en peñón, de risco en risco,

El tortuoso camino va siguiendo

Sobre su negro potro berberisco,

Y á los nublados bajo sí va viendo

Fermentar en sus vientres el pedrisco

De invisibles torrentes al estruendo,

Y según sube hacia la azul esfera

Va aflojando el caballo su carrera.

¿Quién es?—Vuela perdido en la distancia:

Su forma es vaga sombra todavía.

¿Do va?—¿Y quién su poder ó su arrogancia

Sabe? Tal vez á la mansión del día.

Genio, tal vez allí tiene su estancia:

Mortal, de un filtro acaso se valdría;

Mas ya trepa al confín: ya poco á poco

Modera su corcel su ímpetu loco.

Ya

Se

Ve

Que

Dando

Se va,

Más blando

Al freno.

Ya no bota

De ira lleno,

Ni va ajeno

De derrota

Desbocado,

Como mata

Que arrebata

Desbordado

Rapidísimo

Turbión.

Ya se dilata

Su fauce henchida

De comprimida

Respiración,

Y, vïolento,

Danza el aliento

Que le sofoca

De su pulmón,

Con resoplido

De dolorido

Cóncavo són.

Doble columna gruesa

De fatigoso aliento,

Que hace vapor el viento

Sutil de esta región,

Cual humareda espesa,

Por la nariz opresa

Vierte tras sí en la atmósfera

El árabe bridón.

Ya deja la boca herida

Más libre al bocado obrar,

Y más siente ya la brida

Que pudo el señor cobrar.

Ya el vértigo loco cediendo

Que ciego siguió á su pesar,

Va su ímpetu fiero perdiendo

Y empieza cansancio á mostrar.

Ya su rápido escape acortando

Detenerse pretende quizá:

Ya se templa, é igual galopando

Va en un aire pacífico ya.

Y aunque de espuma y de sudor blanquea,

Relincha audaz é inquieto cabecea;

Y aunque jadeando de fatiga está,

Aun piafa y se encabrita y escarcea,

Y los ijares con la cola airea,

Y corvos saltos de costado da.

Ya cambia: ya el trote medido levanta,

Y, el cuello engallado, segura la planta,

Altivo en la sombra mirándose va.

Ya lenta y suavemente su dueño le refrena:

Se acorta: ya en el paso su marcha va serena:

Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!

¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera!

Más rápido su impulso que el de las nubes era:

Caballo y caballero volaban á la par

En alas de un nublado. La alondra más ligera,

Ni el águila más rauda, pujante y altanera,

Pudieron un instante su rapidez tomar.

Al fin cesó.—Las bridas en el arzón dejando,

Los miembros extendiendo, con ansia respirando,

Repúsose el jinete sobre la silla al fin:

Y absorto, las miradas en derredor tendiendo,

Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo,

Océano de hielo, sin costa ni confín.

¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña

Do se contempla aislado!—Sólo hay una montaña

Que gruta cristalina taladra por el pie.

¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero,

De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero

Por do hasta allí ha subido?—Delirio, sueño fué.

Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,

Ni marca de camino en rededor sobre ella;

Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.

No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo:

Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:

Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?

¿Adónde esta comarca estéril y desierta

Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta

Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró?

Tal vez en ella moran espíritus dañinos

Que á los mortales odian, y los fatales sinos

En dirigir se ocupan del que mortal nació.

Tal vez es la risueña y espléndida morada

De alguna dolorida y encantadora fada,

Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.

Tal vez es la bajada del reino del olvido,

Adonde caen las almas después de haber salido

De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.

¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña

Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña

Labores y arabescos de nácar y cristal,

Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco,

Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,

Le trajo estas palabras en canto celestial:

«Ilustre y venturoso

Caudillo Nazarita,

La gloria y el reposo

Te aguardan á la par.

Tu mente, que no alcanza

Misterio tal, se agita

Dudosa en vano.—Avanza,

Avanza, ¡oh Al-hamar!»

Es Al-hamar: el noble monarca granadino.

Es él, que arrebatado sobre las auras vino

Á dar en esta helada é incógnita región.

Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo

Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo

Repite de su canto el fugitivo són.

Á este eco, en la sonora profundidad perdido,

Cual de invisible fuerza magnética impelido

El árabe caballo feroz se encabritó.

Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde:

Piafando y relinchando con orgulloso alarde

Por la sonora gruta el palafrén entró.


ALCÁZAR DE AZAEL

Lanzóse el bruto indómito,

Con arrogante empeño

Luchando con su dueño,

Que cede á su vigor,

Por bajo de una bóveda

De fábrica divina,

Tan pura y cristalina,

De tan sutil labor,

Que su techumbre cóncava

De transparente hielo

La claridad del cielo

Deja á través gozar,

Y, en un inmenso pórtico

De regia arquitectura,

Más diáfana y más pura

La viene á derramar.

Mas ¿qué mirada humana

Á penetrar se atreve

En esta soberana

Morada celestial?

¿Qué mano alza profana

El pabellón de nieve,

Que los misterios debe

Velar de un inmortal?

El techo, almohadillado

Con planchas de diamantes,

La lumbre en mil cambiantes

Del sol vierte á trasluz.

Y el suelo, trabajado

Sobre cristal de roca,

Su brillantez provoca

Volviéndole su luz.

Los límpidos pilares,

Do asienta la segura

Soberbia arquitectura

Su peso colosal,

En torno, transparentes,

Reflejan á millares

Los círculos lucientes

Del Iris celestial.

Y de este centelleante

Alcázar encantado,

Que en hielo está labrado

Y entre la nieve está,

Al interior radiante,

Do alguna maga habita,

El noble Nazarita

Adelantando va.

Del luminoso pórtico

Del diáfano edificio

Apena el frontispicio

Magnífico pasó,

Entró bajo una espléndida

Colgada galería,

Que á un patio conducía

Que á su remate vió.

El firme pavimento

Retiembla estremecido

Bajo el galope unido

De su veloz corcel,

Su paso y movimiento

El eco prolongado

Del hueco artesonado

Marcando detrás de él.

De aquella galería

Cruzó la luenga arcada:

Pasó de otra portada

Por bajo el arco: entró

Al patio, que veía

De lejos, y el ardiente

Caballo de repente

Plantóse y relinchó.

Cual la espiral flotante

Del humo que despide

Pebete en que fragante

Perfume ardiendo está,

Y ráfaga perdida

Por bajo la divide,

Y la mitad partida

Leve á la altura va:

Poder así invisible

En paso imperceptible

Caballo y caballero,

Sin fuerza separó;

Y el bruto, cual ligero

Vapor desvanecido,

De él libre y dividido

El príncipe se vió.

Miró Al-hamar en torno

Y, al contemplar de cerca

La fábrica y adorno

Del patio de cristal

Hecho, ó tallado en hielo,

Halló que era un modelo

Del patio de la alberca

De su Palacio real.

Aquel es el arranque

De su alta torre: aquellos

Los ajimeces bellos

Que sobre el patio dan:

Aquel es el estanque:

Los arrayanes éstos

Que, por su mano puestos,

En su redor están.

Aquellos los pilares

Del corredor: aquellas

Las bóvedas de estrellas

De cedro y de marfil;

La estancia de Comares

Aquella, do su magia

Dejó la comarajia

En su labor sutil.

Los ricos tiene enfrente

Calados pabellones

Del patio de leones,

Con su oriental jardín:

Y allí está el mar bullente,

Que al Hierosolimita

De Salomón imita;

Es otra Alhambra en fin.

Es otra Alhambra, pero

Más que la Granadina

Hermosa; una divina

Alhambra celestial.

Alcázar hechicero,

Labrado con vivientes

Materias transparentes

De germen inmortal.

Los muros trabajados

Con ricos arabescos

Y flores y estucados

Prodigios del cincel,

Los gabinetes frescos

Que adornan escrituras

Divinas, miniaturas

Del oriental pincel,

Son obra misteriosa

De soberano artista,

Que ni en humana vista

Cabrá, ni en comprensión:

Y aquellos tan macizos

Muros, y quebradizos

Calados de su hermosa

Y aérea mansión,

En su materia mística

Encierran una esencia,

Que infunde una existencia

Á su insondable sér:

Y toda aquella fábrica

Tan pura y transparente

Es creación viviente

De incógnito poder.

Mirábala embebido

El Nazarita príncipe,

Cuando llegó á su oído

La deliciosa voz

Que oyó de la caverna

En la extensión interna

Sonar, cuando detúvose

Su palafrén veloz.

Y la escondida música

Que en torno de él resuena

De júbilo le llena,

Le embriaga el corazón,

Y la palabra mística

De aquel cantar de gloria

Le trae á la memoria

Antigua aparición.

Dibújase en su mente

Un valle de Granada

Con una fresca fuente

De lánguido rumor,

En una perfumada

Noche, sin nube alguna

El Cielo, de la luna

Plateada al resplandor.

Y cuanto más escucha

Su armónico concierto,

Un rumbo va más cierto

Tomando el corazón.

Triunfante de la lucha

Con la ilusión pasada

Del valle de Granada,

Al comprender su són.

—«Salud ¡oh Nazarita!

Bien llegues á las nieblas

Cuya región habita

Tu genio protector.

Ha visto en las tinieblas

Resplandecer tus ojos:

Te conoció, y de hinojos

Dió gracias al Señor.

»Su vista rutilante,

Que el universo abarca,

Posada en tu semblante

Desde tu cuna está,

Y el dedo omnipotente

Sobre tu noble frente

Grabó la regia marca,

Que á conocer te da.

»Naciste favorito

Del genio y de la gloria:

Tu nombre fué victoria,

Tu voluntad ley fué.

Tu tiempo es infinito,

Profundas son tus huellas,

Propicias las estrellas

Son á Nazar: ten fe.

»Avanza, Nazarita;

Radiante aquí tu estrella

Con viva luz destella,

Aquí en tu Alhambra estás:

Aquí mana infinita

La fuente del consuelo.

Avanza, aquí del cielo

Más cerca reinarás.»

De la celeste música

La letra así decía,

Y, atento á su armonía,

El príncipe Al-hamar

Permanecía atónito

Sin voz ni movimiento,

En dulce arrobamiento

Gozando sin cesar.

El agua, de que llena

La alberca está, ondulante

Refleja cada instante,

Más vario resplandor,

Cual si una luz serena

Bajo la linfa clara

Recóndita radiara

Con trémulo fulgor.

Debajo de su planta

Percibe que el divino

Concierto se levanta,

Del manantial detrás,

Y al borde cristalino

De la colmada alborea,

Que está á sus pies, se acerca

Cada momento más.

Y he aquí que en este punto

Del fondo transparente

Del agua donde siente

La música sonar.

De un sér resplandeciente

El rostro, que ilumina

La linfa cristalina,

Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua

Su cabellera blonda:

Quebró la frágil onda

Su frente virginal:

Dejó el agua mil hebras

Entre sus rizos rotas,

Y á unirse volvió en gotas

Al limpio manantial.

Aéreo, puro, leve,

Cual nube vaporosa

Que mansa el aura mueve

Y transparenta el sol,

Ciñendo de oro y rosa

Flotante vestidura,

Como el del alba pura

Suavísimo arrebol:

La paz en el semblante,

La gloria en la sonrisa,

Apareció radiante

El ángel Azäel;

Y sus mortales ojos

Fijando en la improvisa

Aparición, de hinojos

Cayó Al-hamar ante él.

Del agua se alzó fuera

Y, al esparcir el viento

Su blonda cabellera,

El aire perfumó:

Dejó escapar su aliento,

Y cuanto allí existía

Su aliento de ambrosía

Con ansia respiró.

Del suelo á la techumbre

El místico palacio

Reverberó la lumbre

De su divina faz,

Cuya fulgente aureola

Purpúrea tornasola

El aire del espacio

Y de las aguas la haz.

Y he aquí que su alba mano

El ángel extendiendo

Y alzando y atrayendo

Al príncipe hacia sí,

Con plácida sonrisa

Y acento soberano,

Que armonizó la brisa

Fragante, hablóle así:

«Yo visité en un sueño

Tu espíritu en la tierra,

Mostrándote halagüeño

Tu porvenir en él.

Tesoros te di y gloria,

Tu esclava hice á la guerra,

Grabando en tu memoria

La imagen de Azäel.

»Iluminé tu ciencia,

Colmé de sabios planes

Tu humana inteligencia

Y al logro te ayudé.

Cual tu ambición lo quiso

Cumpliendo tus afanes,

Terreno paraíso

Tu rico imperio fué.

»Yo inoculé en tu alma

El germen de la duda

Para turbar la calma

De tu crëencia vil:

Para que espuela fuera

Con cuya lenta ayuda

Á la verdad se abriera

Tu corazón gentil.

»Brotar hice en tu suelo

Para calmar tus penas

Las aguas del consuelo,

Que á conocer te di:

Mas de tristeza llenas

Cien noches has pasado,

Y al agua no has llegado

Cuyo raudal te abrí.

»Al verte victorioso,

Temido y opulento,

Tu corazón atento

Sólo á la tierra fué.

Dudaste, mas dudando

No osaste perezoso

El rostro á mí tornando

Poner en mí tu fe.

»Y hacia el fatal destino

Á que traidora guía

La falsa fe, te vía

Adelantar Luzbel:

Y el fin de tu camino

Mostrándome decía:

Caer era su sino:

Le pierdes, Azäel.

»Lloraba yo abismado

En mi amargura, viendo

Mi afán tan malogrado,

Tan sin valor mi fe:

Y, en mi pesar y enojo

Postrer esfuerzo haciendo,

Con temerario arrojo

Entre ambos me lancé.

»Luchamos: el Eterno,

De mi dolor movido,

Caer dejó en su oído

Su nombre y dió á mis pies.

Sumíle en el infierno:

Y en alas de un nublado

Te traje arrebatado

Adonde en paz te ves.

»Los pérfidos espíritus

Que en pos de ti traías,

Las vanas fantasías

De tu crëencia ruin

Mostrábante. ¡Quiméricos

Esfuerzos! ¡Sueños breves!

Aullando, de mis nieves

Se quedan al confín.

»Mas ¡ay! yo te conquisto

Los cielos..... y ¡cuán caro

Me cuesta á mí el amparo

Que liberal te doy!

Dos siglos ha que existo

Aquí, expiando un yerro,

Y añado á mi destierro

Uno, por ti, más hoy.

»Á condición tan dura

Tu salvación compraba,

Nazar; mas yo te amaba

Tanto, que la acepté;

No supe resignarme

Á arrebatar dejarme

Tan noble criatura,

Y tu alma rescaté.

»¡Oh! juzga bien en cuánto

Me es cara tu alma buena,

Cuando á mi larga pena

Cien soles añadí

Por ella. Ahora el santo

Fallo, inmutable, extremo,

Oye que el Juez Supremo

Fulmina contra ti.

»Hoy mismo, en apariencia,

Perecerá á las manos

De incógnita dolencia

Tu cuerpo terrenal:

Más junto á mí existencia

Tendrás, hasta que ufanos

Habiten los cristianos

Tu alcázar oriental.

»Yo les haré á Granada

Cercar como un enjambre:

Con ellos vendrá el hambre,

La muerte y el baldón:

Y talarán tus tierras,

Y en sanguinarias guerras

Tu raza aniquilada

Será sin compasión.

»Tú lo verás: estrella

Fatal para tu gente,

Tú verterás sobre ella

Roja, siniestra luz:

Y lidiarás conmigo

En pro del enemigo,

Sobre el pendón de Oriente

Hasta clavar la Cruz.

»Ahogado el Islamismo

Y desbandada y rota

Tu raza, gota á gota

Su sangre en ti caerá:

Su sangre es tu bautismo,

Y este de afán y duelos

Misterio, de los Cielos

Las puertas te abrirá.

»No hay más que un Dios. Justicia

En Él no más se encierra.

Tu empresa fué en la tierra

Dios sólo es vencedor:

Por eso te es propicia:

Mas nadie entra en su gloria

Sin pena expiatoria

Hasta del leve error.

»Tal es nuestra sentencia:

Tal es el purgatorio

Que la alta Providencia

Nos señaló á los dos.

Obra de nuestras manos,

En dón propiciatorio

Se han de ofrecer, cristianos,

Un Rey y un pueblo á Dios.

»Tú el Rey: el pueblo el tuyo.

Tan sólo dignamente

Así me restituyo

Al Cielo, que dejé.

Apróntate obediente

Á dividir conmigo

La gloria y el castigo

Que para ti acepté.

»¡Sús, pues, oh Nazarita!

De Dios al pie del trono,

Rogándole en tu abono,

Le respondí de ti.

¡Sús, pues! Á la bendita

Empresa apresta el brío;

Mortal, te hice igual mío;

Sé digno tú de mí.»

Dijo Azäel: estático

Á su divino acento,

Embebecido, atento,

Estúvose Al-hamar:

Cedió su noble espíritu

Al celestial destino,

Y se empezó el divino

Misterio á efectuar.

«Mira,» le dijo entonces

El ángel desterrado:

Y (hacia el lugar tornado

Que el ángel señaló)

El muro en dos partido,

Sobre invisibles gonces

Girando dividido,

El Nazarita vió.

Se abrió sobre un espejo

En cuyo misterioso

Cristal, con el reflejo

De un matinal albor,

Se alumbra una campiña,

Que Mayo lujurioso

Con su fecundo aliña

Primaveral verdor.

Una ciudad, fundada

Al pie de una alta sierra,

Domina aquella tierra

Por donde arroyos mil

Serpean: es Granada,

Su vega, sus alturas

Y las corrientes puras

De Darro y de Genil.

Espléndida cohorte

De Moros atraviesa

Por su alameda espesa

Llevando un ataúd,

Y á la muralla corva

De la morisca corte

Se agolpa á verles torva

Callada multitud.

Llegáronse á la puerta

De Elvira aquellos fieles

Muslimes; allí abierta

La turba les dejó

Paso, y subiendo á espacio

La cuesta de Gomeles,

Entrada en el palacio

Bib-el-Leujar les dió.

La multitud atenta

Y silenciosa iba

En pos su marcha lenta

Siguiendo: y, al tocar

La puerta judiciaria,

La triste comitiva

Paróse voluntaria

Dejándose cercar.

Entonces, elevando

El ataúd en hombros

Los que le van llevando,

Y puesto junto á él

Un Alfakí, inspirando

Doquier pavor y asombros,

«¡Llorad!—(dijo él llorando)

»Con lágrimas de hiel.

»¡Llorad toda la vida,

»¡Oh huérfanos Muslimes!

»¡La flor de los alimes,

»¡La palma de Nazar,

»¡La gloria del Oriente,

»Cayó del rayo herida!

»¡Llorad eternamente,

»Llorad sobre Al-hamar!»

Así con ronco acento

El Alfakí clamando,

Del ataúd alzando

El paño funeral,

Al pueblo los despojos

Del rey mostró; y al viento

El pueblo, al caer de hinojos,

Dió un ¡ay! universal.

Á este eco de agonía,

Que atravesó perdido

El aire hasta su oído,

Se estremeció Al-hamar.

Quitóse del espejo

Do escena tal veía,

Y se tornó el reflejo

Del vidrio á disipar.

«¡Ea!—Azäel le dijo—

»Monarca de la tierra,

»El ataúd encierra

»Tu polvo terrenal;

»Mas, de los cielos hijo,

»Del ataúd te exhalas.

»Desplega, pues, tus alas,

»Espíritu inmortal.»

Entonces el rey árabe

Sintióse aéreo, leve,

Cual luz que el aire mueve,

Cual nube que va en él.

Sólo era ya un espíritu,

Una visión ligera,

Un alma compañera

Del Ángel Azäel.

El silencioso vuelo

Ambos á dos alzando,

En el azul del cielo

Perdiéronse los dos;

Y, entre sus auras leves

Su rastro abandonando,

El libro de las nieves

Concluye. ¡Gloria á Dios!