Libro de los espíritus.

RECUERDOS

¿Qué flor no se marchita?

¿Cuál es el fuerte roble

Que el huracán no troncha

Ó el tiempo no carcome?

¿Qué dicha no se acaba?

¿Qué hora veloz no corre?

¿Qué estrella no se eclipsa?

¿Qué sol nunca se pone?

¿Adónde está el alcázar

En cuyas altas torres

La tempestad no ruge

Cuando el nublado rompe?

¿Quién es el que ha cruzado

El piélago salobre

Sin que su nave un punto

La tempestad azote?

¿Quién fué por el desierto

Pisando siempre flores?

¿Ni quién pasó la vida

Sin duelos ni pasiones?

¿Ni quién es el que en calma

Durmió todas las noches

Sin que el pesar un punto

Tenido le haya insomne?

Ninguno. El rey altivo,

Como el esclavo pobre,

Al reclinar cansados

Su frente por la noche.

Ya en mendigada paja,

Ya en ricos almohadones,

Perciben que un gusano

El corazón les röe.

Es el afán secreto

Que agita eterno, indócil

Al corazón, y gira

Con la veleta móvil

Del pensamiento vano.

¡Dichoso el que conoce

Que Dios tan sólo llena

El corazón del hombre!

Por eso el Nazarita,

Que aunque de Dios favores

Sin tregua ha recibido,

Á humanas condiciones

Sujeto está, va presa

De afanes interiores

Rumiando pensamientos

Que su atención absorben.

Va solo, atravesando

El enramado bosque

Que cubre el fresco valle,

Donde al mullido borde

De fuente cristalina

Que mana entre las flores,

Un sueño misterioso

Le embelesó una noche.

Va solo, meditando

Los agrios sinsabores,

Que danle de su reino

Civiles disensiones.

De Dios pesa la mano

Sobre su pueblo y torpe

Tal vez contra sí mismo

Va á dirigir sus golpes.

¿Qué han hecho al fin sus sabios

Proyectos creadores?

¿Qué al fin han producido

Tesoros tan enormes

Como él ha dispendiado

Para elevar el nombre

De su gentil Granada

Sobre el de cien naciones?

Cubrió los verdes cerros

De gigantescas moles:

Tornó en frondosos cármenes

Sus valles y sus montes:

Mas la soñada dicha

De sus intentos nobles

¿Do está si á los humanos

No pudo hacer mejores?

Riqueza dió á los Moros,

Con la riqueza dióles

Poder, victoria, fama.....

Mas dió á sus corazones

Con ella más deseos

Y orgullo y vicio dobles:

Y al fin ¿qué es lo que logra?

Doblar sus ambiciones.

Con ellas la discordia

Germina al par: mayores

Triunfos tal vez alcancen

Sus armas: tal vez logren

Á empresas más gloriosas

Dar cima, y sus pendones

Clavar sobre los muros

Que á los contrarios tomen.

Mas ¡ay cuando su fuerza

Contra ellos mismos tomen!

Mas ¡ay cuando su ciencia

Se emplee en invenciones

De pérfida política,

De códigos traidores

Que, leyes pregonando,

Su destrucción pregonen:

Y el reino que él fundara

De tanto afán á coste,

Por él seguro acaso

De extrañas invasiones,

Tal vez consigo mismo

Luchando se destroce,

Y abra á un sangriento circo

Su alcázar sus balcones!

Tal vez un rey cristiano,

Sagaz y fuerte entonces,

Desde Castilla viendo

Los árabes discordes,

La hoguera de sus iras

Certeramente sople

Y al frente de Granada

Presente sus legiones.

Así Al-hamar discurre,

Con cálculos precoces

Llorando por Granada,

La flor de sus amores;

Así Al-hamar se aflige,

Y á solas por el bosque

Se mete, absorto y triste

Con sus cavilaciones.

Era una hermosa tarde

De Abril: los resplandores

Del sol, que á ocaso baja

Manchando el horizonte

Con tintas de oro y púrpura,

Los pardos torreones

Alumbra de la Alhambra

Con rayos tembladores.

Ya la última montaña

Á largo andar transpone

El sol: ya dora sólo

Los altos miradores

De los palacios árabes:

Cayendo al fin se esconde

Tras la montaña entero,

Y allá la mar le sorbe.

El pálido crepúsculo,

Que va tras él, recoge

La luz que al día resta;

Da un paso más, y el orbe

Con cuanto bello abarca

En lúgubres crespones

Emboza poco á poco

La silenciosa noche.

Nubló su espesa sombra

Los ojos brilladores

Del distraído príncipe,

Y al mundo real volvióle:

Volver quiso él las bridas

De su caballo, dócil

Á su llamada siempre,

Pero rebelde hallóle.

Era el caballo de árabe

Raza, leal y noble;

Mas por la vez mi primera

Su origen desmintióse.

La voz de su jinete

Desconoció: aplicóle

La espuela; y, al sentirla,

Feroz encabritóse.

Mira Al-hamar en torno

Si hay algo que le asombre,

Y al extender la vista

El sitio reconoce;

Junto á la fuente se halla

Á cuyo són durmióse

Años atrás soñando

Con célicas visiones.

La idea más recóndita

De su cerebro entonces

Se levantó espantando

Su corazón. Las dotes

Divinas del espíritu

Que allí le habló: los dones

Que recibió del Cielo

Desque á él aparecióse:

Su celestial historia,

Sus celestiales órdenes

Que obedeció arrastrado

De impulsos superiores:

De gloria y de opulencia

Las altas predicciones,

En todo con sus místicos

Oráculos conformes,

Todo fué cierto; todo

Cual lo soñó cumplióse.

¿No será, pues, su raza

Quien sus afanes logre?

¿No es, pues, el Dios que adora

El Dios de sus mayores,

Y él hizo una diadema

Con que otro se corone?

Su mente obscurecieron

Densísimos vapores:

Dudó: tembló dudando:

El corazón turbósele,

Y así exclamó en la sombra

Con temerosas voces,

Que ahogó el murmullo manso

Del manantial y el bosque:

«Espíritu, que el fondo

»De ese raudal esconde:

»Yo obedecí sumiso

»Tus misteriosas órdenes,

»Y soy la sola víctima

»De tu presencia; tórname,

»Pues, á la fe primera,

»Ó con tu ley abóname.»

Dijo: y, como acosado

Por invisible golpe,

Saltó el caballo fiero

Con repentino bote,

Por medio de las sombras

Lanzándose á galope:

Y el rey arrebatado

Á su pesar sintióse.


LA CARRERA
I

Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje

Ganando á saltos locos la tierra desigual,

Salvando de los brezos el áspero ramaje,

Á riesgo de la vida de su jinete real.

Él con entrambas manos le recogió el rendaje

Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal:

Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,

Indómito al escape tendióse el animal.

Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos.

Las zarzas y los troncos que el viento descuajó.

Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos

Que el paso de las aguas del temporal formó.

Sin aflojar un punto ni tropezar incierto,

Cual si escapara en circo á la carrera abierto,

Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto.

El desbocado potro veloz atravesó.

Y matas y peñas, vallados y troncos

En rápida, loca, confusa ilusión

Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos,

Pasaban al lado del suelto bridón.

Pasaban huyendo cual vagas quimeras

Que forja el delirio, febriles, ligeras,

Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras,

Girando, bullendo, rodando en montón.

Del álamo blanco las ramas tendidas,

Las copas ligeras de palmas y pinos,

Las varas revueltas de zarzas y espinos,

Las yedras colgadas del brusco peñón,

Medrosas fingiendo visiones perdidas,

Gigantes y monstruos de colas torcidas,

De crespas melenas al viento tendidas,

Pasaban en larga fatal procesión.

Pasaban, sueños pálidos, antojos

De la ilusión: fantásticos é informes

Abortos del pavor: mudas y enormes

Masas de sombra sin color ni faz.

Pasaban de Al-hamar ante los ojos,

Pasaban aturdiendo su cabeza

Con diabólico impulso y ligereza,

En fatigosa hilera pertinaz.

Pasaban y Al-hamar las percibía

Pasar, sin concebir su rapidez,

En más vertiginosa fantasía,

En más confusa y tumultuosa orgía,

Más juntas, más veloces cada vez:

Y atronado su espíritu cedía

Á la impresión fatídica, y corría

Frío sudor por su morena tez.

Y en su faz estrellándose el viento,

La ponía en nerviosa tensión,

Y cortaba el camino al aliento,

Y prensaba el cansado pulmón;

Y, golpeando en sus sienes sin tiento

De su sangre el latido violento,

Sus oídos zumbaban con lento

Y profundo y monótono són.

Ya creía que, huyendo el camino

Del corcel bajo el cóncavo callo,

Galopaba sobre un torbellino,

Mantenido en su impulso no más;

Ya creía que el negro caballo,

Por la ardiente nariz y los ojos

Despidiendo metéoros rojos,

Rastro impuro dejaba detrás.

Ya sorbido por denso nublado,

Con la lluvia, el granizo y centellas

De que lleva su vientre preñado,

Cree que va fermentando á la par;

Nubes cruza tras nubes, y en ellas,

Del turbión al impulso sujetos,

Mira mil nunca vistos objetos

Remolinos eternos formar.

De este vértigo horrible transido

Caminaba á las riendas asido,

En los corvos estribos seguro

Y entre el uno y el otro borrén

Empotrado, dejando abatido

Por el bruto llevarse en lo obscuro:

Y empezaba á perder el sentido

Del escape mareado al vaivén.

Rendido y las fuerzas perdiendo

Al vértigo intenso cedió;

Y loco el cerebro sintiendo,

Los ojos cerrar no pudiendo

La ciega mirada fijó,

Tenaz contracción manteniendo

No más su equilibrio, y corriendo

Cual otro fantasma siguió.

Y espacios inmensos cruzando,

Y atrás á la tierra dejando,

Las vallas de sombra saltando

Que cercan el mundo mortal,

Creyóse su mente perdida

En tierra jamás conocida,

Región de otra luz y otra vida,

De atmósfera limpia é igual.

Y vió que un alba serena

Con blanquísimos reflejos

Amanecía á lo lejos

En esta nueva región:

Y el alma, exenta de pena

Cruzando el éter tranquilo,

Volaba á un eterno asilo

En otra inmortal mansión.

Suavísimo arrobamiento,

Deliquio dulce invadióle,

Y encima del firmamento

En el Edén se creyó.

Luz vaga alumbró su mente

Y ante los ojos pasóle

El Paraíso esplendente

Que Mahomad visitó.

El místico y nocturno

Viaje del Profeta

Juzgó que iba á su turno

Sobre el Borak á hacer:

Y la ilusión sujeta

Á lo que de él relata

La bóveda de plata

De un cielo empezó á ver.

Los astros vió suspensos

De auríferas cadenas

Y sus lumbreras llenas

De espíritus de luz:

Espíritus inmensos

En formas de caballos,

De corzos y de gallos

De enorme magnitud.

Vió islas encantadas

Flotando en los espacios,

Con templos de topacios

Y muros de marfil:

Y casas fabricadas

De nácar, cuyas puertas

De ébano dan abiertas

Sobre jardines mil.

Allí sobre alhamíes

De cedro y palo-rosa,

Bajo la sombra undosa

Del tilo y del moral,

Yacer vió á las huríes

Que, á mil amores tiernas,

Conservarán eternas

Su gracia virginal.

Y atravesó campiñas

Fresquísimas y amenas

De bosques de ámbar llenas

Y cerros de cristal,

Y prodigiosas viñas,

Que en frutos dan opimos

Las perlas en racimos

En tallos de coral.

Vió grutas pintorescas

Por Sílfides moradas,

Cubiertas sus portadas

Bajo el flotante tul

De mil cascadas frescas

Que, atravesando prados

De hermoso añil sembrados,

Van tintas en su azul.

Caer las vió en riberas

Donde reposan mansos

Los monstruos y las fieras

De tierra, viento y mar:

Y en plácidos remansos,

El sueño entreteniéndolas,

Vió cisnes y oropéndolas

Bañarse y juguetear.

Y vió dorados peces

En tumultuoso bando

Á flor de el agua á veces

Pacíficos nadar,

Y á veces, elevando

Por cima de las olas

Los lomos y las colas,

La orilla salpicar.

Vió luego estos ríos

Crecer sin vallares,

Perdiéndose en mares

De leche y de miel:

Y en ellos navíos

Do van los amores

Meciéndose en flores

De uno á otro bajel.

Murmullo tras ellos

Levantan sonoro

Mil góndolas de oro

De concha y marfil,

Do van Silfos bellos

Vogando con velas

De chales y telas

De seda sutil.

Espuma levantan

Inquietos remando

Los mil gondoleros

Que van tripulando

Los barcos veleros;

Y danzan ligeros

Y armónicos cantan

Alegre canción:

Y mil gayas aves,

Que siguen las naves,

Al sol esponjando

Sus plumas distintas

De mil varias tintas

De azul, gualda y oro,

Imitan en coro

Del cántico el són.

Al lejos el viento

Responde á su acento

Allá en la arboleda

Moviendo rumor:

Y el eco, que atento

En lo alto se queda,

Burlón le remeda

Cual sabe mejor:

El cuadro divino,

La paz, la ventura,

Perfume, frescura,

Y luz celestial

De aquel peregrino

País, torna pura

Al rey granadino

La calma vital.

Y en rápido vuelo

Pacífico y blando

Los aires surcando

Se siente llevar:

Y ve que, sin suelo

Do fije el caballo

El áspero callo,

Cruzando va el mar.

Del líquido el fondo

Contempla pasando,

Y alcanza mirando

Del agua al trasluz

El álveo redondo,

Que puebla radiante

Cohorte flotante

De peces de luz.

Sutiles vapores

Le impelen süaves

Y costas y naves

Se deja detrás:

Y espacios mayores

Cruzando en su vuelo

Aborda del cielo

Las costas quizás.

Avanza y niebla

Pálida ve

Que el aire puebla,

Según pie á pie

Ganando va

Aquel extenso

Espacio inmenso

Do errando está:

Y le parece

Que se ennegrece

Mar, niebla y viento

En torno de él,

Y que se acrece

Cada momento

El movimiento

De su corcel.

Anochece,

Y obscurece

Más apriesa

Cada vez

El ambiente,

Que se espesa

Con creciente

Lobreguez.

El camino

Desparece:

Y, sin tino

Ni destino

Que comprenda,

Sobre senda

Audazmente

Carrilada

Por un puente

De movible

Tirantez,

Tan delgada

Como el hilo

En que se echa

Descolgada

Una oruga,

Como arruga

Que en tranquilo

Lago tiende

Cuando hiende

Su agua el pez,

Tan estrecha

Como el filo

De una espada,

Como flecha

Disparada,

Cual centella

Desatada,

Va sin huella

Perceptible

El perdido

Nazarita,

Con horrible

É infinita

Rapidez.

Es el puente

De la vida,

Que la gente

Á luz venida

Ha por fuerza

De pasar.

El que intente

Y haga entera

Su carrera,

Y de frente

Sin caída

La salida

Logre hallar,

Por las puertas

Celestiales

Á las huertas

Inmortales

Como un ángel

Ha de entrar,

Las delicias

Eternales

Y los gustos

Perenales

De los justos

Á gozar.

Á este paso

Tan estrecho,

(Cuyo escaso

Corto trecho

Es camino

Tan dudoso

De cruzar,

Pero fallo

Riguroso

Del destino

Y ley santa

Que acatar),

Se adelanta

Vigoroso

El caballo

Misterioso

De Al-hamar.

Temeroso

De mirar,

Espumoso,

Siempre hirviente,

Rebramando

Eternamente

Y azotando

Siempre el puente

Con horrísono

Bramar,

Bajo de él

Hierve el mar.

Israfel

Allí está

Para ver

El que va

Sin caer,

Y pasar

No dejar

Al infiel:

Y he aquí

Que por él

Va á pasar

El corcel

De Al-hamar:

Llega, avanza:

Ya se lanza,

Ya en él entra.

Ya se encuentra

Suspendido

Sobre el puente

Sacudido

Por el piélago

Bullente,

Cuyo cóncavo

Rugido

Se levanta

Sin cesar.

Aturdido,

Sin mirar

Á la indómita

Corriente

Que le espanta,

Sin osar

Aspirar

El ambiente

Que le anuda

La garganta,

Sin que acuda

Tierra ó cielo

En su ayuda,

Vuela y pasa,

Justiciero

Rey prudente,

Juez severo

Y valiente

Caballero,

El primero

De la casa

De Nazar.

El puente

Vacila

El Príncipe

Oscila,

Perdido

El sentido,

Demente,

Transido

De horror.

Ya toca

La opuesta

Ribera:

Ya poca

Carrera

Le cuesta.

¡Valor!

Ya llega:

Le ciega

El pavor.

¡Ah! ¡Dadle

Favor!

¡Salvadle,

Señor!

Saltó.

Pasó

Con bien

Y allá

Cayó

De pie.

Salvo

Fué,

¡Oh!

Ya

¿Quién

Ve

Do

Va?