Libro de los Alcázares.

¡Granada! Ciudad bendita

Reclinada sobre flores,

Quien no ha visto tus primores

Ni vió luz, ni gozó bien.

Quien ha orado en tu mezquita

Y habitado tus palacios,

Visitado ha los espacios

Encantados del Edén.

Paraíso de la tierra,

Cuyos mágicos jardines

Con sus manos de jazmines

Cultivó celeste hurí,

La salud en ti se encierra,

En ti mora la alegría,

En tus sierras nace el día,

Y arde el sol de amor por ti.

Tus fructíferas colinas,

Que son nidos de palomas,

Embalsaman los aromas

De un florido eterno Abril:

De tus fuentes cristalinas

Surcan cisnes los raudales:

Bajan águilas rëales

Á bañarse en tu Genil.

Gayas aves entretienen

Con sus trinos y sus quejas

El afán de las abejas

Que en tus troncos labran miel:

Y en tus sauces se detienen

Las cansadas golondrinas

Á las playas argelinas

Cuando emigran en tropel.

En ti como en un espejo

Se mira el profeta santo:

La luna envidia el encanto

Que hay en tu dormida faz:

Y al mirarte á su reflejo

El arcángel que la guía,

Un casto beso te envía

Diciéndote:—«Duerme en paz.»

El albor de la mañana

Se esclarece en tu sonrisa,

Y en tus valles va la brisa

De la aurora á reposar.

¡Oh Granada, la sultana

Del deleite y la ventura!

Quien no ha visto tu hermosura

Al nacer debió cegar.

¡Aláh salve al Nazarita,

Que derrama sus tesoros

Para hacerte de los Moros

El alcázar imperial!

¡Aláh salve al rey que habita

Los palacios que en ti eleva!

¡Aláh salve al rey que lleva

Tu destino á gloria tal!

Las entrañas de tu sierra

Se socavan noche y día;

Dan su mármol á porfía

Geb-Elvira y Macaël;

Ensordécese la tierra

Con el són de los martillos,

Y aparecen tus castillos,

Maravillas del cincel.

Ni un momento de reposo

Se concede: palmo á palmo,

Como á impulso de un ensalmo,

Se levanta por doquier

El alcázar portentoso

Que, mofándose del viento,

Será eterno monumento

De tu ciencia y tu poder.

Reverbera su techumbre

Por las noches, á lo lejos.

De las teas á la lumbre

Que iluminan sin cesar

Los trabajos misteriosos,

Y á sus cárdenos reflejos

Van los Genios sus preciosos

Aposentos á labrar.

¿De quién es ese palacio

Sostenido en mil pilares,

Cuyas torres y alminares

De inmortales obras son?

¿Quién habita el regio espacio

De sus cámaras abiertas?

¿Quién grabó sobre sus puertas

Atrevido su blasón?

¿De quién es aquella corte

De galanes Africanos

Que le cruzan tan ufanos

De su noble Amir en pos?

En su alcázar y en su porte

Bien se lee su nombre escrito:

Al-hamar.—¡Aláh bendito,

Es la Alhambra!—¡Gloria á Dios!


ALHAMBRA

¡Salud, favorita bella

Del Amir más poderoso!

¡Salud, tienda de reposo

De la gloria y el placer!

¡Vele Dios tu buena estrella,

Dichosísima señora!

¿Quién de ti no se enamora

Si una vez te llega á ver?

Al-hamar vertió en tu seno

De sus perlas los tesoros,

Te hizo perla de los Moros,

Puso reinos á tus pies.

Noble Reina, de labores

Tu real manto arrastras lleno,

Y cada una de sus flores

Un soberbio alcázar es.

Hermosísima Africana,

Ríe y danza voluptuosa:

Tu albo seno es una rosa

En lo fresco y lo gentil.

Regocíjate, Sultana,

Ríe y danza sin pesares,

Que el compás de tus danzares

Llevarán Darro y Genil.

Ríe y danza: ¿quién descuella

Como tú en poder y gala?

¿Quién compite, quién iguala

Tu opulenta majestad?

Donde tú sientas la huella

Van sembrando los amores

La semilla de las flores

Que perfuman tu beldad.

¿Dónde está la altiva reina

Que á la par de ti se ostente?

¿Dónde está la que su frente

Se corone como tú?

Son jardines tus cabellos,

Que aromado el viento peina

Cuando Mayo prende en ellos

Tocas de verde tisú.

Diadema con que se ciñe

Tu Granada, son tus brillos

Del color en que se tiñe

Roja el alba al purpurar;

Tus diamantes son palacios

Engastados en cintillos

De murallas de topacios,

Que deslumbran el mirar.

Y esas bóvedas ligeras

Cual prendidos cortinajes,

Y esos muros como encajes,

Delicados en labor,

De las manos hechiceras

De los Genios han salido,

Que en secreto ha sometido

Á su dueño el Criador.

¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete,

Perfumero de Sultanas!

Tus arábigas ventanas

Son las puertas de la luz.

El Oriente se somete

Á tus pies como un cautivo,

Y hace bien de estar altivo

De tenerte el Andaluz.


GENERALIFE
Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO

Entre lirios mal velado

El galán Generalife

Da al ambiente enamorado

Dulces besos para ti;

Como Ondina que ligera

Huyendo desde su esquife,

Vuelto el rostro á la ribera,

Se los da á quien queda allí.

¿Que Sultán su alcázar tiene

De jardines enramado,

De una peña así colgado

En mitad del aire azul?

Con los siervos que mantiene

El del Bósforo sonoro

No hará nunca á fuerza de oro

Otro igual en Estambul.

Del peñón en la alta loma

Semejando está que vuela,

Como rápida paloma

Que se lanza de un ciprés:

Mas si el ojo se asegura

De que inmoble está en la altura,

Le parece una gacela

Recostada entre una mies.

Sus calados peristilos,

Sus dorados camarines,

Sus balsámicos jardines

De salubre aire vital,

De los Silfos son asilos,

Que, meciéndose en sus flores,

Cantan libres sus amores

En su lengua celestial.

Y en las noches azuladas

Del verano, oculta cita

Trae amantes á las Hadas

Sus caricias á gozar:

Y al rayar el alba hermosa

Que interrumpe su visita,

En sus alas de oro y rosa

Tornan vuelo á levantar.

Atalaya de Granada,

Alminar de excelsa altura

De la atmósfera más pura

Colocado en la región:

¿Qué no ven de cuanto agrada

Tus ventanas por sus ojos?

¿Qué se niega á los antojos

Del que asoma á tu balcón?

Junto á ti los Alijares

Ataviados á lo moro

En el río de aguas de oro

Ven su gala y brillantez;

Más allá, sobre pilares

De alabastro, Darlaroca

Con su frente al cielo toca,

Que la sufre su altivez.

Á su par los frescos baños

De las Reinas granadinas,

Cuyas aguas cristalinas

Se perfuman con azahar

Y se entoldan con las plumas

De mil pájaros extraños,

Que se van con grandes sumas

Á las Indias á comprar.

Á tu izquierda el montecillo

Cuyo pie Genil evita,

Reflejando en sí la Ermita

De los siervos de la Cruz:

Á tu diestra el real castillo

Sobre el cual voltea inquieta

La simbólica veleta

Del bizarro Aben-Abuz.

Más allá los cerros altos

(Cuyo nombre y cuya historia

Dejarán dulce memoria)

Del Padul y de Alhendín:

Y allá más los grandes saltos

De las aguas de la sierra,

Cuya eterna nieve cierra

De tus reinos el confín.

Á tus pies Torres-Bermejas

Con sus cubos pintorescos,

Que avanzadas y parejas

Aseguran tu quietud:

Y bajo ellas, el espacio

Respetando del palacio

De su rey, los valles frescos

Donde habita la salud.

¡Oh pensil de los hechizos,

Bien amado de la luna!

¿Qué echa menos tu fortuna

En la gloria en que te ves?

Abre, avaro, antojadizos

Tus moriscos ajimeces,

Y ve qué es lo que apeteces

Con Granada ante tus pies.

De tu vista caprichosa

¿Qué no alcanzan los deseos?

Sus mezquitas, sus paseos,

Su opulento Zacatín,

Su bib-rambla bulliciosa

Con sus cañas y sus toros:

De valor y amor tesoros

Albunést y el Albaicín:

Sus colmados alhoriles,

Sus alhóndigas rëales,

Sus sagrados hospitales,

Regias obras de Al-hamar,

Todo está bajo tu sombra

¡Oh florón de los pensiles!

De tus plantas siendo alfombra

Y encantándote el mirar.

¡Oh palacio de la zambra,

Camarín de los festines,

Alto rey de los jardines,

De aguas vivas saltador,

Real hermano de la Alhambra,

Pabellón de auras süaves,

Favorito de las aves,

Y del alba mirador:

De los pájaros el trino,

De las auras el arrullo,

De las fiestas el murmullo

Y del agua el manso són,

Dan al ámbito divino

De tu alcázar noche y día

Una incógnita armonía

Que embelesa el corazón!

Encantado laberinto

Consagrado á los placeres,

Tú escalón del cielo eres,

Tú portada del Edén.

En tu mágico recinto

Escribió el amor su historia,

Y á los justos en la gloria

Las huríes se la leen.


AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES

Liberal de sus erarios,

Protector del desvalido,

Fiel, lëal para el vencido

Y del sabio amparador:

Por amigos y contrarios

Estimado en paz y en guerra,

Es la egida de su tierra

Al-hamar el vencedor.

En la paz, rey justiciero,

Oye atento en sus audiencias

Y da recto sus sentencias

Por las leyes del Korán.

En la guerra, compañero

Del soldado, buen guerrero,

Por valiente va el primero

Como va por capitán.

Ostentosa en aparato,

Costosísima en su porte,

Á los ojos de su corte

Muestra su alta dignidad:

Pero al dar con tal boato

Real decoro á la corona,

Niega sobrio á su persona

Lo que da á su majestad.

No dejado, mas modesto

En su gala y vestidura,

Da á su cuerpo limpia holgura

Y elegante sencillez:

Y recibe á su presencia,

Dondequiera al bien dispuesto,

Con cordial benevolencia

Al dolor y á la honradez.

Franco, afable, igual, sencillo

En su vida y ley privada,

En su pecho está hospedada

La leal cordialidad;

Y depuesto el regio brillo,

Los amigos de su infancia

En el fondo de su estancia

Hallan siempre su amistad.

Sus más fieros enemigos

Los Amires castellanos

Le visitan cortesanos

Y le piden protección:

Y él les trata como á amigos,

Con sus nobles les iguala,

Les festeja y les regala

Sin doblez de corazón.

Moderado en sus placeres

Cual frugal en sus festines,

Da opulento á sus mujeres

Mesa opípara en su harén;

Pero no entra en sus jardines

Tierno amante ó fiel esposo

Hasta la hora del reposo,

Como á un Príncipe está bien.

El Korán cuatro sultanas

Le permite, y como tales

En sus Cámaras rëales

Alojadas cuatro están.

Á las cuatro tiene vanas

El amor del Nazarita,

Mas ninguna es favorita

En el alma del Sultán.

Las almées y los juglares

De más gracia y más destreza

Tiene á sueldo, con largueza

Atendiendo á su placer:

Y en sus fiestas familiares

Las prodiga el noble Moro

Cuanto pueden amor y oro

Por espléndido ofrecer.

Es su harén del gozo fuente

Y de fiestas laberinto:

Estremece su recinto

Siempre alegre conmoción,

Y resuena eternamente

Por los bosques de la Alhambra

El compás de libre zambra,

De las músicas el són.

Al-hamar en tanto, á solas

Con sus íntimos cuidados,

En el bien de sus estados

Piensa inquieto sin cesar;

Y sobre las mansas olas

De aquel mar de dicha y calma

Brilla el faro de su alma,

Vela el ojo de Al-hamar.

Afanoso, inquieto, activo

Mientras dura el día claro,

De los débiles amparo,

Peso fiel de la igualdad,

Sin quitar pie del estribo,

Sin dejar puerta, ni torre,

Ni mercado, ve y recorre

Por sí mismo la ciudad.

Por doquier con recta mano

La justicia distribuye,

Por doquier sagaz se instruye

De las faltas de su ley,

Y la enmienda soberano

Del bien de su pueblo amigo,

Porque sirva de castigo

Y de amparo de su grey.

Así el noble Nazarita,

Rey y luz del huerto ameno

De Granada, Edén terreno

Modelado en el Korán,

Sus alcázares habita

De virtud siendo rocío,

Siendo rayo del impío

Y decoro del Islam.

Vencedor, nunca vencido,

Rey piadoso, juez severo,

En la lid buen caballero

Y en la paz sol de su fe:

De sus pueblos bendecido,

De enemigos respetado,

Y de fieles rodeado,

El excelso Amir se ve.

Y así mora el Nazarita

Sus alcázares dorados,

Misteriosamente alzados

Del placer para mansión.

Mas ¿quién sabe si él habita

Su morada encantadora,

Y el pesar oculto mora

En su regio corazón?

Triste, insomne, solitario,

Como sombra taciturna

Que á su nicho funerario

Un conjuro hace asomar,

Á las brechas angulares

De su torre de Comares

En la lobreguez nocturna

Tal vez asoma Al-hamar.

Apoyado en una almena

De la gigantesca torre,

Del río que á sus pies corre

Oye distraído el són,

Y contempla en los espacios,

Que la espesa sombra llena,

De su corte y sus palacios

El fantástico montón.

Pertinaz á veces mira

Del fresco valle á la hondura,

Sombra, espacio y espesura

Anhelando penetrar:

Muévese allí el aura mansa

No más: de mirar se cansa,

Y el rostro vuelve y suspira

Melancólico Al-hamar.

¡Cuántas veces en la almena

Le sorprende la mañana,

Y al afán que le enajena

Treguas da su resplandor:

Y sin dar un hora al sueño,

De Granada vuelve el dueño

De sí á echar lo que le afana,

De sí mismo vencedor!

Mas ¿quién lee sobre su frente

El oculto pensamiento

Que tras ella turbulento

Lleva el alma de él en pos?

Sólo Aquél que da igualmente

Las venturas y los males,

Y las dichas terrenales

Con el duelo acota.—Dios.

Dios, que tierra y mar divide,

La eternidad sonda y mide,

Del espacio sabe el límite

Y del mundo ve el confín.

Dios, cuya grandeza canto,

Y con cuyo nombre santo

Al libro de los Alcázares

Reverente pongo fin.