Libro de las Perlas.
En el sagrado nombre del que en el orbe impera
Oculto del espacio tras la cortina azul,
Que arregla de los astros la incógnita carrera,
Señor de las tinieblas, origen de la luz,
Del Libro de las Perlas comienzo la escritura
En verso claro y fácil á comprensión común.
Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura
Raudal de fe sincera, venero de salud!
¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas
En grupos impalpables, sobre alas sin color!
Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas,
Que amigos de las sombras aborrecéis al sol:
Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos
Que pueblan el espacio con misterioso són,
Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos,
Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:
Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo
Los áureos miradores del desvelado rey,
Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo
Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis;
Vosotros, que á la reja del camarín estrecho
Do la cautiva sueña con su perdido bien,
Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho
Mil bellas ilusiones de amor y de placer:
Vosotros, favoritos del genio y la armonía,
Que á par de las abejas saltáis de flor en flor,
La gota estremeciendo titiladora y fría
Con que el rocío baña su virginal botón:
De vuestra poesía verted en mí el tesoro:
Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz,
Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro
Las cláusulas que dignas de mi relato son.
Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo
En la divina empresa que audaz acometí.
¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto,
Y el libro de las Perlas guiad hasta su fin.
Guiad en él mi pluma,
Iluminad mi mente,
Y á la belleza suma
De asunto tan gentil
Se eleve noblemente,
Y llegue al firmamento
Mi acento varonil.
Yo trazo aquí el relato
De tan divina historia,
Yo pinto aquí el retrato
De tan divino sér,
Que la palabra humana,
Ni la mortal memoria
Querrán con ansia vana
Contar y comprender.
Mi historia es tanto bella
Cuanto la lumbre vaga
De solitaria estrella
En recio temporal:
Cual la canción doliente
Que caprichosa maga
Murmura de una fuente
Bajo el fugaz cristal.
No hay lengua que la cuente
Ni mano que la trace.
El cuadro en vuestra mente
Fingid más ideal,
Más predilecto place
Dadle, y la luz, la calma
Que falta al mundo real.
Encima figuraos
De secular colina,
Cuando el nocturno caos
Platea el resplandor
De la modesta luna,
Que, amante, sin fortuna,
Eterna peregrina
Del sol tras el amor.
Fingíos una extensa
Riquísima llanura
Cubierta de verdura,
Y de caprichos mil
Llenadla: figuráosla
En la estación viciosa
Que abrir hace á la rosa
Su pétalo gentil.
El céfiro de aromas
Cargado nos orea
La faz: brotan las lomas
Con juvenil vigor
Mil hierbas, con que el viento
Inquieto juguetea
Con manso movimiento
Y lánguido rumor.
Fingíos una vega,
Que parte en cien pedazos
De un río que la riega
El líquido cristal,
Que caprichoso extiende
Los transparentes brazos
Doquier que el cauce tiende
Su lecho desigual:
Fingíos esta vega,
Cuya cubierta verde
Al horizonte llega
Y en su extensión se pierde,
Poblada de castillos,
De caprichosas ruinas,
De alegres lugarcillos,
De chozas campesinas;
De huertos pintorescos,
De arroyos cristalinos,
De bosquecillos frescos,
De móviles molinos,
Rebaños y yeguadas,
Bodegas, colmenares,
Establos y toradas:
Fingid que en ella alcanza
La vista por doquiera
La campesina danza,
Á que en tranquila holganza
Y en amistad sincera,
Tras del trabajo ociosa
Se entrega bulliciosa
La alegre multitud:
Fingid este relato
Oído al són sencillo
(Mas cual ninguno grato)
Del tosco caramillo,
Y al trémulo y quejoso
Balar del cabritillo,
Y al canto trabajoso
Del soterrado grillo:
Fingíos que, lejana,
Del monasterio antiguo
Doblando la campana
Con su clamor despierta
En el redil contiguo
Y en demostrar se afana
Ladrando su inquietud:
Y atento el ojo tiende
Al campanario viejo
De donde el són se extiende;
Y ve el móvil reflejo
Del esquilón, que gira,
Y el resplandor le admira
Del bronce que repele
Los rayos de la luz:
Fingíos este suelo
Tan bello coronado
Con un hermoso cielo
De transparente azul,
En cuyo fondo puro,
Quebrando el horizonte,
Sobre el perfil obscuro
Del apartado monte,
Por cima del convento
Mansión de la virtud,
Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas
Del árbol sacrosanto de la eternal salud,
Destácanse en el campo del limpio firmamento
Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.
Tan mágica pintura?
¿Miráis esta llanura
Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó?
Pues es más halagüeña,
Más plácida y risueña
La celestial historia
Que en este libro frágil os voy á contar yo.
El Libro de las Perlas
Encierra en sus conceptos
La historia y los secretos
De un Ángel favorito de su inmortal Señor.
Venid á recogerlas:
Que Dios, que el Paraíso
Por cuna darle quiso,
Dió á par á sus palabras de perlas el valor.
De perlas elegidas
En las de más pureza,
Más precio y más belleza:
Las perlas de la Gracia, las perlas de la Fe:
Las perlas que, vertidas
Por su divina mano,
Harán del sér humano
Que recogerlas sepa un ángel como él fué.
En la arboleda umbrosa
Donde Al-hamar reposa:
En calma universal
Yacer parece inerme
Naturaleza entera,
Cual si á sopor cediera
De atmósfera letal.
La cuádriga argentina
Del carro de la luna
Su curso al mar declina:
Y de su carro en pos,
Sombría, taciturna,
Su negro velo tiende
La lobreguez nocturna
Ante la luz de Dios.
La escasa y vacilante
Que radian las estrellas
Da apenas espirante
Su postrimer fulgor:
Reflejo moribundo,
Que cuando espire en ellas
Hará del ciego mundo
Un bulto sin color.
De espesa sombra, y queda
Sumida la arboleda
En densa obscuridad.
Indefinible encanto
Doquier la vida embarga;
Exhala pavor santo
La muda soledad.
Y he aquí que en este punto,
Del fondo de la fuente
Que arrulla mansamente
El sueño de Al-hamar,
La faz resplandeciente
De un Genio, que ilumina
La linfa cristalina,
Se comenzó á elevar.
Tocó en el haz del agua
Su cabellera blonda:
Quebró la frágil onda
Su frente virginal:
Dejó el agua mil hebras
Entre sus rizos rotas,
Y á unirse volvió en gotas
Al limpio manantial.
Del lago se levanta:
Cual de aromosa planta
Exhálase el olor:
Cual del albor primero
Del día que amanece
Fantástico aparece
El vago resplandor.
Del agua cristalina
Así elevó serena
Su aparición divina
El Genio celestial,
Cuyo contorno aéreo
Rodea alba aureola
Que el valle tornasola
Con luz matutinal.
Al fuego repentino
Que en torno á sí derrama,
Soltó su alegre trino
Despierto el ruiseñor:
Su voz de rama en rama
Las auras extendieron,
Y en cánticos rompieron
Mil aves en redor.
Y al agitar el viento
Su rica cabellera,
El aire se aromó;
Dejó escapar su aliento,
Y cuanto allí vivía
Su aliento de ambrosía
Con ansia respiró.
Y entonces la callada
Blanca visión llegando,
Donde por sueño blando
Vencido está Al-hamar,
Los céspedes por lecho,
La mano perfumada
Le puso sobre el pecho,
Y así le empezó á hablar:
«Ilustre y venturoso
Caudillo Nazarita,
Tu místico reposo
Bendice al despertar.
Tu espíritu, que lucha
Con mi visión, se agita
Medroso en vano: escucha
Mi voz, rey Al-hamar.
Cuando habla á un sér amigo
De Dios, y es lo que digo
Más dulce que la miel:
Mi origen es el cielo,
Mi edad es la del día,
Mi esencia es el consuelo,
Mi nombre es Azäel.
»Yo soy un ángel y era
El ángel más perfecto,
El sér más predilecto
Del sabio Criador.
Moraba yo en la esfera
Más alta y más vecina
Á la mansión divina
De mi inmortal Señor.
»Un día..... ¡día aciago!
Cruzóme fugitivo
La mente loca un vago
Delirio criminal:
Pensé, mirando altivo
Mi esencia y mi hermosura,
Que no era criatura
Á las demás igual.
Más puro y soberano
Me pudo dar la mano
Del Hacedor tal vez:
Mas ¡ay! los que su mente
Por su altivez dirigen,
Verán cuán torpemente
Soñó su insensatez.
»Apenas un momento
Tan orgullosa idea
Brotó en mi pensamiento
Y en él lugar la di,
Tiniebla inesperada
Cegó mi mente rea,
Y ante la faz airada
Del Criador me vi.
»Desnudo ante la vista
Del Dios que le llamaba,
Como arrancada arista
Mi sér se estremeció;
La luz de su presencia
Mi nada iluminaba:
Juzgóme, y su sentencia
Así me fulminó:
»Que llores por tu yerro:
»Sal, pues, del Paraíso:
»El globo terrenal
»Te doy para destierro:
»Tus nobles atributos
»Te dejo: nobles frutos
»De tu hálito inmortal.
»Que broten de tus lágrimas
»En el lugar que mores
»El germen de las flores
»Y el manantial del bien.
»Sé allí su luz vivífica,
»Sé tú su astro benigno,
»Y vuelve al Cielo digno
»Del celestial Edén.»
»Dijo: y tendí mi vuelo
Llorando hacia la tierra:
Caí sobre este suelo,
Y en este manantial
Do tengo mi retiro
Mi espíritu se encierra;
Yo soy el que suspiro
De noche en su raudal.
En esta margen bella
Pródigo vierto en ella
La vida y la salud.
Tú en ella sin respiro
Me vienes estrechando,
Y yo la fe te inspiro,
La ciencia y la virtud.
»Tú luchas por la gloria
De tu falaz creencia,
Y espléndida existencia
Preparas á tu grey:
Y yo que sé tu historia,
Tu origen y tu sino,
Arreglo tu destino
Por misteriosa ley.
»Sí, tú eres una espada
Que blande ajena mano:
Tú á impulso soberano
Obedeciendo vas:
Tú siembras la simiente
Que encuentras apilada:
Mas siembras diligente
Para quien va detrás.
Cuando estos sitios pueblas,
De aquí conmigo arrojas
La gracia y el pudor:
Mas yo vi en las tinieblas
Resplandecer tus ojos,
Te conocí, y de hinojos
Di gracias al Señor.
»Su vista rutilante,
Que el universo abarca,
Posada en tu semblante
Desde tu cuna está:
Y el dedo omnipotente
Sobre tu noble frente
Grabó la regia marca
Que á conocer te da.
»Naciste favorito
Del genio y de la gloria;
Tu nombre es la victoria,
Tu voluntad ley es.
Tu tiempo es infinito,
Tus huellas indelebles;
Los montes son endebles
Debajo de tus pies.
Mis lágrimas son perlas:
El Darro te trae oro:
Plata te da el Genil:
Cien minas en tu suelo
Posees: despierta á verlas,
Y haz de este valle un cielo
Para tu grey gentil.
»Encumbra este hemisferio
Con el poder de Oriente.....
Yo en él haré á otra gente
Plantar su pabellón.
Yo te daré un imperio,
Mas tú para pagarme
Tendrás al fin que darme
Tu fe y tu corazón.
»Adiós ¡oh Nazarita!
Mi aparición recuerda
Cuando el pesar te muerda
Con aguijón de hiel:
No olvides en tu cuita
Que abrió sobre este suelo
La fuente del consuelo
El ángel Azäel.»
Sér misterioso alzando
La mano que posando
Tenía en Al-hamar,
Al fondo cristalino
Volvióse de la fuente,
Que su cristal bullente
Sobre él volvió á cerrar.
El ámbar que exhalaba
Su aliento de ambrosía,
La luz que derramaba
Su forma, la armonía
De que su voz llenaba
La selva, y el encanto
Con que su influjo santo
Divinizó el vergel,
Como neblina leve
Que desvanece el aura
Al punto que se mueve,
Se disipó con él:
Dudar pudiendo en suma
La mente deslumbrada
Si fué visión soñada
El ángel Azäel.
Y soledad primera
El bosque y la pradera:
Y el príncipe Al-hamar,
Sintiendo libre el alma
Del fatigoso ensueño,
De su tenaz beleño
Se comenzó á librar.
Su mente obscurecida
Se iluminó: la historia
Del sueño en su memoria
Se comenzó á aclarar;
Y al fin, el cuerpo suelto
De su sopor y vuelto
Á la razón y vida,
Se despertó Al-hamar.
La vista echando en torno
Del sitio solitario,
Reconoció el contorno;
Mas como al ángel no,
Sonrisa de desdeño
Mostrando el juicio vario
Que forma de su sueño,
En la ciudad pensó.
Pasó la noche entera:
Pensó en su inquieta gente
Y se aprestó á partir,
Mirando tras el monte
Rayar la luz primera
Del sol, que al horizonte
Comienza ya á subir.
Compuso en la cintura
La faja tunecina;
La suelta capellina
Sobre la espalda echó,
Y el aura respirando
Del bosque y la frescura
Del alba, el césped blando
Con leve planta holló.
Dió un paso en la pradera,
Y alzando repentina
La brisa matutina
Su vuelo en el verjel,
Como una mies ligera
Dobló el ramaje umbrío,
Y sacudió el rocío
Depositado en él.
Sus gotas el ambiente,
Cual lluvia transparente,
Espesa, universal:
El aire deshacerlas
No pudo, y esparcidas
Quedaron como perlas
Sobre la hierba igual.
Ráfaga, empero, errante
La brisa fué: su impulso,
Durante un solo instante,
Sin fuerzas espiró.
Irguióse la arboleda
Con rápido repulso,
Y todo al punto á leda
Tranquilidad volvió.
Vertió desde la cumbre
Del monte al hora misma
El sol su nueva lumbre:
Deshizo su arrebol
La atmósfera en su prisma
De múltiples colores,
Y abriéronse las flores
Á recibir al sol.
De sus plegadas hojas,
Las clavellinas rojas,
Los rojos alhelís
Mostráronle con franca
Exposición su ofrenda
En otra perla blanca
Cercada de rubís.
Detuvo la indecisa
Planta Al-hamar: su labio
Bañó dulce sonrisa
Su sueño al recordar,
É incrédulo, si sabio,
Juzgándolo quimera,
Tornó por la ladera
El paso á enderezar.
Y por mostrar desprecio
De sueños infundados,
Los céspedes mojados
Pisaba sin temor,
Con indignado y recio
Paso, truncando altivo
El tallo inofensivo
De una y otra flor.
Su corazón de nuevo
Latió desconcertado,
Y comenzó á creer
La aparición soñada
Del celestial mancebo
Inspiración enviada
Por celestial poder.
De cada flor que rota
Derriba, ve que intacta
La desprendida gota
Resbala, y sin perder
Su redondez compacta,
En la mullida hierba
Entera se conserva,
Maciza al parecer.
Tendió la regia mano
Á la que más vecina
Halló; mas al cogerla
Reconoció Al-hamar
Su sino sobrehumano:
La gota cristalina
Era una gruesa perla,
Cual nunca las dió el mar.
Su peso, su tamaño,
Su origen, tan extraño
Á cuanto oído fué,
Aclaman infinita
En número, inaudita
En precio la opulencia
Del rey que las posee.
No tiene en las ignotas
Minas que avara encierra
Tesoro igual la tierra
Ni en piedra, ni en metal:
Cada una de las gotas
Del celestial rocío
De plata vale un río
En precio á un reino igual.
¡Bendito el que tesoro
Tal poseer le cabe!
¡Bendito el que le sabe
Empleo digno dar!
¡Dichoso el Nazarita
Amir del pueblo moro,
En quien está bendita
La estirpe de Nazar!
Y alzando al firmamento
Las manos y los ojos,
Con exaltada fe,
«Señor, dijo, yo admito
Un dón tan opulento,
Y á dón tan infinito
Corresponder sabré.»
Y así Al-hamar diciendo,
Y el dón agradeciendo
Que liberal le envía
La mano del Señor,
Las perlas recogía.....
Y acaba al recogerlas
El libro de las perlas.
¡De Aláh sea en loor!