Libro de los Sueños.
INTRODUCCIÓN
En el nombre de Aláh clemente y sumo
Que da sombra á la noche, luz al día,
Voz á las aves y á las hierbas zumo:
Cuya suprema voluntad podría
Tornar de un soplo el universo en humo,
Y que atesora en mí su poesía,
Escrita os doy para su eterna gloria
Del príncipe Al-hamar la regia historia.
Bálsamo que disipa la amargura,
Luz del pesar sombrío ahuyentadora,
Es su sabrosa y celestial lectura
Risueña como fuente saltadora,
Grata como del campo la verdura,
Bella como la grana de la aurora,
Tierna cual de la tórtola las quejas,
Dulce como el panal de las abejas.
Destila de sus versos ambrosía
Su dulce narración maravillosa:
Exhala su fecunda poesía,
Grato como la esencia de la rosa,
Mágico són de incógnita armonía;
Y cual lluvia de Abril, que lenta posa
Sus gotas en la flor, vierte en el alma
Su amena relación plácida calma.
Encierra sus conceptos peregrinos
Misteriosa virtud y fuerza varia:
Aplacan el rigor de los destinos
Elevados á Aláh como plegaria:
Regalan á quien lee sueños divinos
Leídos en la alcoba solitaria,
Cuya influencia y compañía amiga
Calman del cuerpo la mortal fatiga.
No hay sér bajo el imperio de la luna
Que su lección sagrada no comprenda,
Ni Aláh produjo criatura alguna
Que no sienta placer con su leyenda.
El pez á quien abriga la laguna,
El ave que del árbol hace tienda,
La fiera que entre rocas se sepulta,
El reptil que en los céspedes se oculta:
Y en su colmena el zumbador insecto,
Y en su corteza el röedor gusano,
Y el árbol recio en su vigor perfecto,
Y el aire inquieto en su vagar liviano,
Y el sordo incendio en su humear infecto,
Y en su ciego furor el ocëano,
Prestan oído respetuoso y grato
Al armónico són de su relato.
Esculpido en las hojas de sus flores
Se guarda en el Edén por altos fines:
Y los justos en él habitadores,
Los ángeles que velan sus confines,
Las hurís que alimentan sus amores
Y los genios que pueblan sus jardines,
Gozan en descifrar sus caracteres
En la paz de sus místicos placeres.
Tal es la historia peregrina y bella
Que os doy en estas hojas extendida,
Para que el pasto y el deleite de ella
Os alivien las penas de la vida:
Pues la luz que en sus páginas destella
Despierta el alma á la virtud dormida,
Y eleva el corazón y el pensamiento
Á la pura región del firmamento.
Y aunque en idioma terrenal y humano
Para la humana comprensión la escribo,
De espíritu más alto y soberano
Su luminosa inspiración recibo.
Guía mi corazón, guía mi mano
Sér á quien dentro de mi sér percibo,
Y el genio ardiente que en mi pecho habita
La palabra me da que os doy escrita.
Leedla, pues; y el ámbar que perfuma
Del Paraíso la mansión divina,
Y el resplandor que de la esencia suma
Derramando los mundos ilumina,
Y el rumor que levantan con su pluma
Las alas de Gabriel cuando camina,
Embalsame y alumbre y dé contento
Á cuantos lean el divino cuento.
Nació Al-hamar y sonrió el destino
Contemplándole amigo: la fortuna,
Fijando un punto su inconstancia, vino
Amorosa á mecer su blanda cuna:
Y, el curso de su carro diamantino
Parando en el zenit, la casta luna
Tendió desde él con maternal cariño
Tierna mirada sobre el regio niño.
Del ángel que custodia su persona
Bajo las alas de perfume llenas,
Dió sus primeros pasos en Arjona
Sobre el tapiz fragante de azucenas
Que dan al pueblo natural corona,
Sus vegas en redor ciñendo amenas:
Y sin dolencia corporal alguna
Llegó á la juventud desde la cuna.
Ánimo noble y continente bello,
Porque inspirara afecto y simpatía,
Dióle el Señor. Espléndido destello
Puso en sus ojos de la luz del día:
La gracia de el del cisne dió á su cuello
Dió á su voz de las auras la armonía:
Dió á su talle lo esbelto de la palma,
Y el temple de los genios á su alma.
Dió el carmín de la aurora y de la nieve
La limpieza á su tez; dió á su cintura
La grave majestad con que se mueve
El león, y del corzo la soltura:
Del sabio á su palabra dió lo breve,
La paz del niño á su sonrisa pura,
Y al corazón sin miedo y sin codicia
La fe, la lealtad y la justicia.
Diestro en la lid, en el consejo sabio,
Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia,
Modesto en la victoria, en el agravio
Perdonador y sobrio en la opulencia:
En la mano la dádiva, en el labio
El consuelo y la paz, de la violencia
Castigador, y hermoso en la persona,
Nació digno Al-hamar de la corona.
Chispa encendida de la fe en la hoguera
Su estrella fué. Su celestial influjo
En el erial de la vital carrera
Por luminosa senda le condujo.
La ventura tras él fué por doquiera,
Su presencia doquier el bien produjo;
Amigos y enemigos le admiraron
Y la historia y el tiempo le afamaron.
Luchas civiles de la gente mora
Le llamaron urgentes á la guerra,
Y lidió con honor desde la aurora
Hasta que en sombra se sumió la tierra.
Llevó al fin su bandera vencedora
Del verde valle á la nevada sierra:
Y de un día de Abril en la alborada
Aclamado por rey entró en Granada.
Pequeña población recién tendida
En el seno amenísimo de un valle,
Por donde Darro en sonorosa huída
Abre á sus hondas perfumada calle,
Era entonces Granada, y parecida
Á africana gentil de suelto talle,
Que fatigada en calurosa siesta
Á la sombra durmióse en la floresta.
Y cuando digo población pequeña
Á la de hoy la imagino comparada:
Pues no era entonces cual después fué dueña
De dilatados términos Granada.
Bella ciudad de situación risueña
Y de bizarros Árabes poblada,
Era ciudad no grande, no opulenta,
Mas ya por su valor tenida en cuenta.
Á una orilla del Darro que mojaba
De sus labradas puertas los umbrales,
(Por bajo de la cádima alcazaba
Ceñida de murallas colosales)
Un barrio se extendía que habitaba
Raza de los egipcios arenales
Oriunda: gente audaz, de miedo ajena,
De negros ojos y de tez morena.
Tribu, como nacida en el desierto,
En sus gustos voluble y pareceres,
De este jardín á su escasez abierto
Doblemente apegada á los placeres.
Sus blancas azoteas eran huerto
Cuidado con afán por sus mujeres,
Y sombreaban sus altos miradores
Toldos fragantes de enredadas flores.
Gozaban de sabrosos alimentos,
Ocio oriental y cómodo vestido;
Cercaban sus alegres aposentos
Blandos cojines de sutil tejido:
Revestía sus limpios pavimentos
Mármol de Macäel blanco y pulido,
Los muros preciosísimo estucado
Y el friso trabajoso alicatado.
Sostenían los ricos arquitrabes
De sus claros moriscos corredores
Columnas ligerísimas. Sus naves
Adornaban arábigas labores,
Sutiles cual la pluma de las aves,
Tan brillantes como ella en sus colores;
Frutales desde el huerto á las ventanas
Alargando limones y manzanas.
Sus patios, que en albercas espaciosas
Reciben unas aguas cristalinas
Al cuerpo gratas y al beber sabrosas,
Pilas eran de baño alabastrinas,
Sembrado el borde de arrayán y rosas,
Donde las bellas moras granadinas
El seco ardor de la mitad del año
Ahuyentaban de sí con fresco baño.
Y en las serenas noches del estío,
Á la luz misteriosa de la luna,
Al són del agua del plateado río,
Y al compás de una cántiga moruna
(Dulce recuerdo del país natío
Que no se olvida en la mejor fortuna),
Sentábanse á danzar en la ribera
La alegre Zambra, y la Jeíz ligera.
Tal fué la tribu y las mansiones tales
Que á una margen del Darro se extendían,
Mirándose en sus líquidos cristales
Á cuyo són los dueños se adormían:
Y tan gratas sus casas orientales
Eran, tal el contento en que vivían,
Que con justicia los que en él moraron
El barrio del deleite le llamaron.
La otra ribera del sonante río
Era una verde y desigual colina,
Cuya enramada falda daba umbrío
Y ancho tapiz al agua cristalina,
Y cuyo lomo, seco en el estío,
Fundamento á una torre casi en ruina,
Que sirviendo á dos términos de raya
Era alminar á un tiempo y atalaya.
Domínase en la cumbre de esta altura
La extensión de la vega granadina,
Rica alfombra de flores y verdura
Que tendió ante sus plantas la divina
Mano de Aláh: tesoro de frescura,
Manantial de salud y peregrina
Mansión de toda dicha, cuyas suaves
Auras encantan con su voz las aves.
Ven desde allí los ojos embebidos
Cien alegres y blancos lugarejos,
Que de palomas asemejan nidos
Entre las verdes huertas á lo lejos;
Y montes cien que, por el sol heridos,
Descomponen su luz con mil reflejos
Que lanza el agua y el metal que encierra
Pródiga madre su fecunda tierra.
Allí anidan al par todas las aves
Y se abren á la par todas las flores:
Con la rápida alondra águilas graves,
Con la murta el clavel de cien colores;
Se respiran allí cuantos las naves
De oriente traen balsámicos olores,
Y allí da el cielo deliciosas frutas,
Y encierran minas las silvestres grutas.
Allí, bajo aquel cielo transparente
Donde vieron su Edén los Africanos,
Hállase aún en ideal viviente
La mujer de contornos sobrehumanos,
De ojos de luz y corazón ardiente,
De enano pie y anacaradas manos,
Cuya generación guardarán solas
Las árabes provincias españolas.
Moran allí esas célicas huríes,
Que pintan las muslímicas leyendas
Reclinadas en frescos alhamíes,
Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas;
Cuyos labios de rosas y alelíes
Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas,
Palabras que embelesan los oídos
Y besos que adormecen los sentidos.
Aquellas celestiales hermosuras
Que coloca el Korán en su divina
Fantástica mansión de las venturas,
Cuya mirada el iris ilumina,
Cuyo aliento desparce esencias puras,
Cuyo seno y espalda alabastrina,
Velando mal sus mágicos hechizos,
Negros circundan y flotantes rizos.
Vense del cerro aquel gigantes cimas
Que eternas cubren seculares nieves,
Donde por grietas mil sus hondas simas
Ríos destilan en arroyos breves:
Y allí, cosechas para dar opimas,
Refréscanse al pasar las auras leves,
Que bajan luego á fecundar la vega
De las fuentes al par con que se riega.
Vese también por el siniestro lado
El valle de Genil, cuyos raudales
Bañan la verde amenidad de un prado
Cubierto de avellanos y nopales.
Gózase allí de un aire perfumado
Con el subido olor de los frutales,
Del cantueso, tomillo y mejorana,
Que el aura mueve al revolar liviana.
Y entre este barrio de delicias lleno
Y esta florida y desigual colina,
Se extiende el valle cuyo fértil seno
Fecunda el Darro que por él camina:
Y es el lugar más grato y más ameno,
La situación más bella y peregrina
De cuantos ríos fertiliza y baña
En la extensión de nuestra rica España.
Aquí, pues, á la margen de este río,
En la aromada falda de esta altura,
En una noche límpida de estío,
Y al són del agua que á sus pies murmura,
Arrobado en extraño desvarío
La alameda cruzaba á la ventura
Al-hamar, que en paseo misterioso
Olvidaba las horas del reposo.
Único sér con movimiento y vida
En la nocturna soledad errando,
Sin que la tierra por su pie oprimida
Crujir se oyera con el césped blando
De que la tierra inculta está mullida,
Algún insomne le juzgó temblando
Alma que torna á visitar la huesa
Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.
Flotaba suelto el alquicel nevado,
Blanqueaba del turbante el albo lino,
Y relucía en piedras engastado
El puño del alfanje damasquino:
Y este blanquear y relucir callado,
Á intervalos oculto del camino
Entre los troncos que al pasar cruzaba,
Faz de visión á su persona daba.
Y tal avanza silenciosa y lenta
Del solitario valle en la espesura,
Y al verla calla el ruiseñor que cuenta
Sus amores al aura, y á la hondura
Del río se desliza soñolienta
La culebra enroscada en la verdura,
Y el vuelo tiende á la contraria orilla
Espantada la tímida abubilla.
En tanto el noble príncipe, sumido
En el mar de sus propios pensamientos,
Ni atiende al ave que ahuyentó del nido,
Ni al reptil que saltó, ni á los acentos
Que el ruiseñor ahogó: y embebecido
Continúa avanzando á pasos lentos,
Hasta perderse en la arboleda obscura
Que se espesa del valle en la angostura.
Formaba esta recóndita arboleda
Un extendido bosque de avellanos,
Guardador de una espesa moraleda
Donde sus utilísimos gusanos
Daban por fruto delicada seda,
Que labrada después por diestras manos
Iba en preciosas telas y tejidos
Á todos los mercados conocidos.
Brotaba una sonora fuentecilla
En medio de esta fértil enramada,
Vertiendo sus cristales por la orilla
De tilos aromáticos orlada.
Hallábase en redor, con maravilla
De los ojos, la tierra cultivada,
Y (obra admirable de cuidosas manos)
Hechos jardín los céspedes villanos.
Corría allí suavísimo el ambiente
Cargado con la esencia de mil flores,
Y al respirarle huían de la mente
Los pensamientos tristes, sinsabores
Y duelos ahuyentando; y la corriente
Del manantial remedio á los dolores
Era del cuerpo débil, cuyos males
Cedían al beber de sus raudales.
Lugar divino en la región humana
Colocado era aquél: retiro augusto
De algún Genio de estirpe soberana
Que el sacro Edén abandonó por gusto:
Destierro acaso de una hurí que vana
Apreció su beldad más que fué justo:
Cita acaso de un Silfo en sus amores:
Lecho tal vez del Ángel de las flores.
Allí á Al-hamar inspiración secreta
Á hallar condujo solitario asilo,
Y allí, al mirarse en soledad completa,
Irguió la frente y respiró tranquilo:
Y á la sombra y al són que esparce inquieta
La extensa copa de oloroso tilo,
Sentóse alzando la real mirada
Al cielo azul de su gentil Granada.
Y allí á sus hondos sentimientos dando
Pábulo y campo en la mansión del pecho,
Con la influencia del lugar hallando
Á ellos el corazón menos estrecho,
Poco á poco la espalda reclinando
Fué de la hierba en el mullido lecho,
Y poco á poco deleitosa calma
Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.
El canto de las aves anidadas
En el ramaje fresco, el campesino
Aroma de las hojas, oreadas
Con manso són por el errante y fino
Aliento de las brisas perfumadas,
Y el suave arrullo del raudal vecino,
Daban al sitio en que Al-hamar yacía
Célica paz y mágica armonía.
Ansiaba el rey grandeza venidera,
Gloria, poder, celebridad futura:
Ansiaba que su corte la primera
Fuése en valor, en lustre y en cultura:
Ansiaba darla fama duradera
Con prodigios de rica arquitectura:
Mas veía al par escaso su tesoro
Para hacer realidad sus sueños de oro.
Gozaba su exaltada fantasía
Con la bella ilusión de sus intentos:
Sus soberbios alcázares veía
Llenar la tierra y dominar los vientos:
Admiraba la gala y simetría
Que daba á sus labrados aposentos,
Y en sus doradas letras africanas
Leía ya las suras musulmanas.
Pensaba en las mil torres de los muros
Que á su noble ciudad dieran confines,
Fuerza rëal y límites seguros:
Pensaba en la extensión de sus jardines,
Asilos del deleite, y en los puros
Baños, y en los ocultos camarines
Del voluptuoso Harén de las mujeres,
Santuario del amor y los placeres.
Y embebecido en pensamientos tales,
Y embriagado tal vez con la esperanza
De hacer un día sus proyectos reales,
Si la fortuna amiga en la balanza
Su ambición y poder ponía iguales
Guiando el porvenir siempre en bonanza,
No percibió el dulcísimo beleño
Que iba en sus miembros derramando el sueño.
Poco á poco sus párpados cedieron
Á lenta pesadez, y sus pupilas
La claridad y la visión perdieron;
De los árboles mil las verdes filas,
De las aves y fuentes se le fueron
Borrando las imágenes tranquilas:
Y su imaginación quedando en calma,
De la vigilia al sueño pasó el alma.
Dos veces intentó los ojos vagos
Echar en rededor y á los sonidos
Atender, para alzarse haciendo amagos;
Pero cedieron otra vez rendidos
Sus párpados y miembros: anchos lagos
De sombra cada vez más extendidos
Envolvieron su inquieta fantasía,
Y un instante después... el rey dormía.
En calma universal, en paz completa
Quedó el frondoso valle, y la vecina
Corriente del arroyo y la aura inquieta
Le arrullaron con suave y campesina
Música.—Y en tal cláusula el poeta
Interrumpe su historia peregrina,
De agua y aire los sones halagüeños
Poniendo fin al Libro de los Sueños.