LAS DOS LUCES

Es la existencia golfo que se agita

Circundando islas mil, cuyo olëaje

De la nada en las playas se limita.

Naves las almas son en que el pasaje

Hacemos de este golfo, cuyo centro

El punto es de partida en este viaje.

Centro es la cuna: una isla mar adentro

En la mitad del golfo colocada,

Do alma y cuerpo se salen al encuentro.

Al mar cada alma desde allí lanzada

Va de una en otra isla escala haciendo,

Hasta dar en las playas de la nada:

Allí en la inmensa eternidad cayendo,

Náufrago el cuerpo en la ribera espira

Al criador su nave devolviendo.

Amor, deleite, lujo, ambición, ira,

Gloria, amistad, honor, fama, y orgullo,

Islas son donde reina la mentira.

Desde ellas nos reclama con arrullo

Fascinador: de danzas y canciones

Nos envía al pasar manso murmullo:

Á ellas con falaces ilusiones

Nos atrae, y, viajeros perezosos,

Vamos haciendo escala en las pasiones.

Fe, ciencia, religión..... son luminosos

Faros que por las varias latitudes

Nos guían de estos mares procelosos.

«¡Voga!» nos dicen con su luz «no dudes.

¡Voga!» y, pilotos de arte y experiencia,

Vamos haciendo escala en las virtudes.

Por las pasiones va nuestra existencia

Sus riquezas gastando, y adquiriendo

Por las virtudes va nueva opulencia.

Las naves bien lastradas al tremendo

Vaivén resisten y oleaje fuerte:

Las vanas ceden al embate horrendo.

Era yo joven: mi conciencia inerte

Dormía, cuando al mundo audaz y solo

Salí fiado en la voluble suerte.

Lëal, franco, inexperto, extraño al dolo,

Creyendo en cuanto vi con fe sincera,

Mío el mundo juzgué de polo á polo.

Mi alma entonces, góndola ligera

En manos de señor joven y ansioso

De vida mundanal y placentera,

Se dejaba guiar por el undoso

Y turbulento mar de la existencia,

Ya á naufragar vecina, ya en reposo

Vogando de aura mansa á la influencia:

Al sol ardiente y á la tibia luna

Meciéndose en el mar con indolencia

Siguió siempre mi nave y mi fortuna

La dulce poesía, compañera

De mi gozo y mi afán desde la cuna:

Y con voz ora humilde, ora altanera,

Mis placeres canté, mis ilusiones

Hechicé, la ventura pasajera

De la vida fugaz en mis canciones

Celebré; y ora crédulo, ora impío,

Templé mi lira con inciertos sones.

Abordé en mi demente desvarío

Del golfo de la vida las riberas

Todas, sin otra ley que mi albedrío.

Sus islas visité más hechiceras:

Gloria, amistad, amor, deleite, oyeron

Mis insensatas cántigas primeras:

Y doquier por el golfo me aplaudieron,

Y de lauros cargáronme la frente,

Y embriagándome al fin, me embrutecieron.

Triunfé, amé, disipé, reñí insolente.

¿Qué saqué de esta vida vergonzosa?

Hastiado el corazón, seca la mente.

Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa

Marcha me conducía abandonado

Al olëaje de la mar undosa.

Entonces recordé mi sosegada

Niñez: cuando mi madre me tenía

Sentado en sus rodillas y posada

Su mano en mi cabeza, dirigía

Mi atención al altar donde radiante

Se elevaba una imagen de María.

Y entonces recordé la voz vibrante

Del monje que en el púlpito exclamaba:

«La existencia más larga es un instante;

»Honor, gloria, poder, todo se acaba

»Con ella: sólo nuestras obras viven,

»Y ¡ay del que con sus obras no se cava

»Su tumba! Todos del Señor reciben

»Para el bien un talento, y Dios ordena

»Que el suyo todos para el bien cultiven.»

Recordé que esto oí en la edad serena

De la cándida fe, cuando la mente

Virgen recibe la impresión ajena

Que conserva indeleble eternamente.

Hasta entonces jamás mirado había

Detrás de mí: tornéme ansiosamente

El rastro á ver de la existencia mía:

¿Qué vi? la inmensidad del ocëano

Que tras de mí desierta se extendía.

La nave de mi alma un solo grano

De lastre no llevaba, ni una sola

Flor de las islas conservó mi mano.

El rumor de una ola y otra ola

No más en torno oía, y el profundo

Són de la mar que el corazón desola

Blando susurre ó muja furibundo.

¿Me comprendes, Muriel? te voy contando

La historia de mi alma: lo que al mundo

Nadie cuenta jamás: lo que llevando

Va cada cual consigo, cuidadoso

En el inquieto corazón guardando.

Lo que el hombre no dice vergonzoso,

Mas lo que á solas piensa en el momento

En que cierra su párpado al reposo.

Iba yo, pues, al olëaje lento

Del golfo de la vida en la barquilla

De mi alma vogando, el pensamiento

Tornado á mi niñez, de toda orilla

Lejos, el corazón triste y vacío

De lo pasado, viendo que la quilla

Del alma no dejaba entre el bravío

Olëaje señal, y nuevo rumbo

Dar meditando al barquichuelo mío:

Y he aquí que de las ondas al balumbo

Avanzando al azar ciego y perdido

De olas en olas y de tumbo en tumbo,

Vi una isla á lo lejos; decidido

Torné á ella mi proa y tomé suelo

En país para mí desconocido;

La Isla de la Razón era, que el Cielo

Puso en mitad del viaje de la vida.

La rica nave, el débil barquichuelo

Que allí aporta sin rumbo, la perdida

Brújula cobra y desde allí dirige

Su viaje á fácil playa. Guarecida

La Razón de esta isla, en ella rige

Como reina, teniendo en su ribera

Dos luces siempre ardiendo, y una elige

De las dos el que arriba, su postrera

Travesía al hacer: cada uno enciende

Su antorcha en una y, breve ó duradera,

Con esta luz su travesía emprende,

Cuerdo ó desatinado, el navegante

Que á sí no más en la elección atiende.

De saltar en su isla en el instante

«De la fe es esta luz, del siglo es esta»

Me dijo la Razón: y, vacilante

En la difícil elección funesta

Entre la fe y el siglo, al alma mía

Entre las luces de ambos dejó puesta.

La antorcha de la fe no despedía

Más que un rayo de luz tranquilo y puro,

Que por la limpia atmósfera subía

Recto á perderse en el azul obscuro

De la pura región, que el ojo humano

No contempló jamás fijo y seguro.

Á la luz de la fe nada cercano

Sobre el haz de la tierra se alcanzaba:

Pero en la altura del zenit lejano

Veíase una estrella y se dudaba

Si la luz de la fe de ella venía,

Ó la luz de la fe se la prestaba.

Yo entre la tierra y la región del día

Este rayo común juzgué, y no en vano,

Que comunicación establecía.

Circundaba este rayo soberano

Rico enjambre de abejas luminosas

Con alas de oro, cuanto más cercano

Al resplandor su vuelo más hermosas:

Y en el centro del rayo refulgente

Labraban sus panales oficiosas.

Quemábalas al fin el foco ardiente

Y en lugar de cenizas, convirtiéndolas

En bellísimas aves, de repente

La luz del rayo místico impeliéndolas,

Tomaban vuelo hacia el zenit palomas,

Águilas, cisnes, garzas y oropéndolas;

Y abrasada su miel, suaves aromas

Exhalaba que en la aura derramándose

Embalsamaban mar, valles y lomas.

La luz del siglo, móvil elevándose,

Culebreaba con llamas refulgentes

De su foco en redor desparramándose,

Formando con sus llamas transparentes

Un bello árbol de luz que reflejaba

Los colores del iris esplendentes.

Bajo este árbol radiante vegetaba

Innumerable colección de flores,

En la que muchedumbre se criaba

De mariposas, ricas en colores,

Agradables en forma y movimiento,

Y en gala incomparables y en primores.

Susurro vago y apacible y lento

Con sus alas hacían y en contorno

De aquel árbol de luz giros sin cuento:

Mas al fin deslumbradas y al bochorno

Del fuego enloquecidas, acercándose

Al foco abrasador, del rico adorno

De sus puros colores despojándose,

Poco á poco en la luz se iban lanzando

Y unas tras otras en la luz quemándose;

Y un poco de humo fétido exhalando,

Polvo las mariposas se volvían,

Su sitio ante la luz á otras dejando.

Más bellas las abejas renacían

En la luz de la Fe, y las mariposas

Polvo en la luz del siglo se volvían.

¿Quién de aquestas dos luces misteriosas

La alegoría mística no advierte?

La miel de las abejas oficiosas,

Que en aroma á su luz la fe convierte,

Son las obras del hombre, que embalsaman

Su memoria triunfante de la muerte.

El polvo que de sí cuando se inflaman

Las mariposas sueltan, son las horas

Que en el siglo sin fruto se derraman.

Estériles así ó germinadoras

Son, sin fe, mariposas nuestras vidas

Y abejas con la fe trabajadoras;

Las almas naves á la mar partidas,

Ricas, seguras, con la fe vogando,

Con el siglo, sin lastre, sumergidas.

Todas de la Razón van arribando

Á la isla: en sus luces toman fuego

Y siguen á las costas navegando.

Yo, que ha ya siete lustros que navego

Por la existencia, á la Razón arribo

Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego:

Y el escaso talento que recibo

Del Señor para el bien, constante abeja

Labrando mi panal, con fe cultivo.

Pienso que de mi fe duda no deja

En ningún corazón mi alegoría,

Pues mi alma en sus luces se refleja.

¿Qué es un poeta? Un ave en la sombría

Selva del mundo por su Dios lanzada

Para llenar sus senos de armonía:

Mas no para gorjear desatinada

Día y noche, la selva ensordeciendo,

Malgastando la voz que le fué dada

Para elevarla audaz sobre el estruendo

Mundanal, y con fe consoladora

La gloria de su Dios enalteciendo.

No al poeta se dió la voz sonora

Como engañosa voz á la sirena,

Ni como al cocodrilo voz traidora;

La del poeta el ánimo serena

Del hombre por la tierra peregrino:

Dulce y divina voz que le enajena,

La patria celestial de donde vino

Recordándole siempre y aliviando

La fatiga mortal de su camino.

¡Ay del poeta que, sin fe cantando,

Sólo murmullo efímero levanta

Como el agua y el aire susurrando!

¡Ay del poeta que su fe no canta

Y la gloria del pueblo en que ha nacido,

Enronqueciendo en vano su garganta!

¡Mariposa y no abeja!—Tal ha sido

La causa que, tenaz, de esta obra mía

En el asiduo afán me ha sostenido.

Cambia con mi razón mi poesía,

Y á la luz de la fe recapacito

Que he sido mariposa hasta este día.

Ha siete lustros que la tierra habito,

Ave insensata que en la selva trina

Con inútil gorjear, y necesito

Utilizar la inspiración divina

Que al poeta da Dios, el sacrosanto

Sino cumpliendo á que mi sér destina.

Y he aquí por qué cuando hoy mi voz levanto,

Cristiano y Español, con fe y sin miedo,

Canto mi religión, mi patria canto.

Con mi destino cumplo como puedo;

Y si sucumbo por llenarle, en suma,

Con Dios en paz y con mi patria quedo.

Ahora, Muriel, en alas de mi pluma

Volvamos al dintel de mi poema;

(Puesto que es fuerza que de tal presuma.)

En tanto, pues, que en la jornada extrema

Tocamos, ven conmigo hacia Granada,

Regio florón de la oriental diadema.

Ven de mi narración la no trillada

Senda siguiendo: al arabesco estilo

La encontrarás de flores alfombrada.

No es un camino real tirado al hilo

Derecho y espacioso, mas conduce

Por medio de un vergel al regio asilo

Del alcázar Muslim, y se introduce

Antes por bib-arrambla do las flores

Verás más bellas que el Genil produce.

Fátima la Zegrí, perla de amores,

Cual su nombre lo dice: la Azafía

Cándida como el suyo: la en albores

Extremada Jarifa: albor del día,

La dicha así por su beldad, Zoraya:

Zaida, que fuego en el mirar tenía:

La espejo de constantes Almeraya:

Zelinda, la orgullosa Alpujarreña:

Borina, prez de la murciana playa:

Zora, la voluptuosa Malagueña:

Zobeika, la rival de Sarracina:

Lindaraja, la ardiente Zahareña,

Y cuantas tuvo, de beldad divina

Prodigios humanados, nobles moras

La conquistada corte Granadina.

Hallarás en mi libro encantadoras

Leyendas, orientales fantasías,

Que más dulces tal vez te harán las horas,

En rimas pobres, pues al fin son mías,

Pero halagüeñas para aquel que aprecia

La Hispana gloria y los pasados días.

No encontrarás los númenes de Grecia

Invocados en él: genios distintos

Asisten á mis héroes en su recia

Caballeresca lid; bajo sus plintos

Los templos de la Cruz no dan ya paso

Á Venus ni á Plutón, ni en los recintos

De la Alhambra jamás trotó el Pegaso:

Que el rayo vivo de la Fe Cristiana

Cegó á las Musas y quemó el Parnaso.

Hallarás en mi libro, á la Africana

Usanza, algo excesiva galanura,

Pues fiel la lira con la acción se hermana

Y el tono que la da seguir procura:

Mas no el poema juzgues de la vaga

Leyenda de Al-hamar por la lectura.

Su narración fantástica divaga

Enfática y difusa á cada punto

Por su argumento celestial, que halaga

Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto

Ni en forma, ni en estilo da en efecto

De mi poema idea, aunque su asunto

Se encuentra al del poema tan afecto

Que, á faltar la leyenda, desmembrada

Su acción parecería é imperfecto

Su plan, como palacio sin portada.

Tal es mi obra.—Ahora penetremos,

Muriel, en el recinto de Granada.

¡Y ojalá que á sus términos extremos,

Como á risueño fin de alegre viaje,

Al compás de mi cántico lleguemos!

¡Y plegue á Dios que el bárbaro ropaje

De mi cuento Muslim vuelva con pompa

Manto imperial el albornoz salvaje!

¡Y plegué á Dios que, cuando el canto rompa,

Se me torne el laüd que me acompaña

La de homérico són épica trompa,

Que el eco lleve de mi voz á España!

III
INSPIRACIÓN

¡Cristiana inspiración, hija del cielo,

Que diste sér á mi canción primera,

De mi existencia en el placer y el duelo

Guía siempre lëal y compañera!

Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,

Dirás conmigo mi oración postrera:

Tú que abrirás con el sepulcro al alma

De la tranquila eternidad la calma:

Tú que, al soplo de un aura perfumada,

Con mi espíritu errante has recorrido

los desiertos del África abrasada,

Pensil de palmas, de serpientes nido:

Y los cármenes frescos de Granada,

Edén para los Árabes perdido:

Y los talleres de Albión obscura:

Y de París la bacanal impura:

Tú que, perenne, con materna mano

Conservaste en mi alma por doquiera

De la Esperanza el incorrupto arcano

Y de la Fe la inextinguible hoguera:

Tú que, al cruzar el arenal mundano,

Has templado mi sed rabiosa y fiera

Aplicando á mis labios la ambrosía

Del cáliz de la dulce poesía;

No me abandones hoy que necesito

Purificar y esclarecer mi idëa,

Al fuego santo del fanal bendito

Do inflamó Dios tu inextinguible tea.

Hoy que anhelo una voz de eco infinito,

Que más que de mortal robusta sea,

Para enviar á la tierra en que vi el día

En alas de un cantar el alma mía.

¡Inspiración católica, más fuerte

Que los tres elementos destructores

De la envidia, del tiempo y de la muerte!

Ciñe mi sien y mi laüd de flores:

Mágico encanto en mis palabras vierte

Y, en brazos de los vientos voladores,

Del turbio Sena al pobre Manzanares

Lleva mi corazón en mis cantares.

Vuela y á España di que todavía

Sin ira y sin pavor mi voz resuena

Sobre el festín de la centuria impía,

Que á sus míseros hijos envenena

Brindándoles las copas de su orgía,

Que la revolución con sangre llena:

Dila que hasta que espire en mi garganta

Celebrará su gloria y su fe santa.


LEYENDA
DE
MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA

REY DE GRANADA

DIVIDIDA EN CINCO LIBROS