I

Iba á dejar en brazos de las sombras

Á la tierra el crepúsculo: la vega,

El monte y la ciudad entre sus turbios

Vapores comenzaban á sumirse,

Y el ocaso, alumbrado todavía

Con desgarradas ráfagas de fuego,

Ultima luz que el sol reverberaba,

Teñía los collados con purpúreos

Resplandores de incendio. Á la cabeza

De su hueste Muley había apenas

Traspasado las puertas de Granada

Con dirección á Alhama, y en las torres,

En las murallas y altas azoteas,

Para verle salir, la muchedumbre

Se aglomeraba silenciosa y triste.

Sus alas ¡ay! sobre la gente mora

El genio del dolor tendido había;

Fatal presentimiento de amargura

Sus corazones lúgubre llenaba,

Y miraban tal vez indiferentes

De sus hermanos el socorro. Apenas

Algunos grupos de la plebe sórdida

Que al camino salieron vitoreaban

Pagados á Muley: ardid inútil

De política torpe que aumentaba

El desprecio del pueblo entristecido.

El rumor de los gritos desacordes

Confuso con las ráfagas llegaba

Hasta el alto mirab, en donde inquieta

Le escuchaba Zoraya tras las árabes

Labores de su espesa celosía.

Fijos los ojos, la mirada torva,

Presa de aquel fatal presentimiento

Que acaso con su atmósfera pesaba

Sobre la mora gente, la lectura

De su alméh favorita oía, empero

Sin escucharla. Á veces el oído

Hacia el rumor de la ciudad tendía,

Y la alméh se paraba, y en silencio

Quedaba el aposento hasta que vuelta

La favorita en sí decía «sigue»:

Mas desechados iban diez volúmenes

De distraer su espíritu incapaces.

Los peregrinos viajes y aventuras,

Los inspirados y divinos libros

Del Korán, las leyendas orientales

De los poetas de Damasco y Córdoba,

Desarrugar su ceño no podían

Ni atraer su atención; guerras, encantos,

Sueños, amores, himnos de alabanza

Á su propia hermosura dirigidos,

Pasaban por su oído resbalando

Como agua por encima de las rocas:

Y sin embargo, sus lecturas eran

En los célebres libros escogidas

De los más sabios escritores, siendo

Leídas con las gratas inflexiones

De una voz melodiosa, amaestrada

En el arte divino de la música,

Y en la recitación que alas de fuego

Presta á la encantadora poesía.

Á la luz de una lámpara de plata

Colocada en un trípode de concha,

La alméh, tomando el séptimo volumen,

Comenzaba á leer los puros versos

De Abú-Taleb-Abdel-Gebar, de Júcar,

Que cantó las victorias y virtudes

De los almorávides:—«Pasa, dijo

La impaciente Zoraya interrumpiéndola;

Otra leyenda busca;» y fué pasando

La alméh las hojas de su libro, en ellas

Sin posar su mirada la Zoraya

Diciendo distraída:—«¿Quién prosigue?

—Abí-Aly-Anás.—Pasa. ¿Quién otro?

—El faquí Zacaría.—¿De qué trata?

—Da consuelos al rey en la amargura

De sus pesares.—¿Cuáles eran?—Creo

Que él solo se salvó de una batalla.

—Lee: tal vez consolar logre los míos.

—Mas no me escuchas ¡oh Sultana!—Esclava,

Lee y obedece.» Prosiguió leyendo

La reprendida alméh y á su profunda

É inquieta distracción volvió Zoraya.

La deliciosa voz de la lectora

Resonaba en el cóncavo recinto

Del camarín, como el rumor continuo

De un arroyo que corre bajo el césped

Quebrando entre los guijos sus cristales:

Los harmoniosos versos del poeta

Árabe, recitados en su lengua

Riquísima, en los tonos é inflexiones

Dulces sin par del andaluz dialecto,

Resonaban en él inútilmente,

Y en su vacío espacio se perdían

Como el canto de un pájaro extraviado

En el llano infecundo del desierto.

Zoraya no escuchaba tiempo hacía

De la alméh la lectura: á los cristales

Del calado ajimez pegado el rostro,

Penetrar del crepúsculo anhelaba

La obscuridad creciente: pero en vano.

La ciudad se sumía en las tinieblas,

Y el rumor que llegaba hasta su oído

Era tan sordo, tan confuso y vago,

Que era imposible comprender su origen.

La humana voz asemejaba á veces

Ronco, amenazador, cual si en tumulto

Se agitara la plebe descontenta;

Otras, el triste é íntimo lamento

En que prorrumpe á un tiempo la familia

Que en derredor del padre moribundo

Su último aliento aguarda, y al lanzarle

En llanto universal rompe afligida.

Otras, gemido largo y misterioso,

Como si algún espíritu que, errante

Huyendo por la atmósfera, espantado

En sus vacíos senos le lanzara:

Mas siempre, siempre al comprender la Mora

Del rumor el origen verdadero,

Le encontraba con rabia producido

Por alguna bandada de palomas,

Ó por el són del aire en la arboleda,

Ó por la voz de algún pastor tardío

Que guiaba en los cerros su rebaño.

Y volvía á tenderse despechada

En los cojines blandos, y volvía

Á mandar continuar una lectura

Que no escuchaba, mas que el tiempo largo

De su impaciencia entretenía.—«Sigue,»

Decía á la lectora: mas un libro

Y otro libro hojeado uno por uno

Inútilmente había, y con tristeza

En silencio la alméh la contemplaba.

—«Sigue,» dijo con ímpetu la altiva

Favorita: y la alméh, postrada en tierra,

Dijo:—«Imposible continuar, Sultana.

—¿Por qué?—Porque tus libros uno á uno

Has ido desechando, y en sus hojas

No hay ya más que leer.—Busca otros nuevos.

—No poseemos más.—Pues toma un arpa

Y cántame..... distráeme..... entretenme.....

Si no, ¿de qué me sirves? ¿Qué te valen

Los talentos que encomian los imbéciles

Que te enviaron á mí?» La desdichada

Alméh, sus gracias y talento viendo

Denostados así, dobló la frente

Sobre su pecho, y abrasado llanto

Comenzó á derramar. Zoraya un punto

Permaneció en silencio contemplándola:

Empero en la impaciencia que la agita,

En la rabia tal vez que la devora

El vengativo corazón, ajena

Á toda compasión, díjola:—«Vete:

Para nada me sirves. Dí al primero

Que halles en esa cámara que venga

Á divertirme: un guardia, algún esclavo

Cuya cabeza al menos me responda

De su talento, si le falta. Vete.»

Salió la alméh: volvió á la celosía

Zoraya. Era ya noche: por doquiera

Extendida la sombra encapotaba

La tierra. Alguna luz pálida y trémula

Brillaba en los postigos entreabiertos

De las casas fronteras á la Alhambra,

Del ajeriz en el tranquilo barrio.

Más allá, por las calles angulosas

Del Albaycín, se oía sordamente

La voz de sus inquietos moradores

Elevarse en murmullo misterioso,

Como si sus vecinos, sus moradas

Dejando, por las calles reunidos

Con tumultuosa plática turbasen

La solitaria calma de la noche.

Zoraya en vano sondear quisiera

Lo que en el Albaycín pasa á estas horas.

Es el barrio que habitan los parciales

De Aixa y de su hijo, y en la torre

De Comares están de él fronteriza.

¿Quién sabe si el rumor que en su absoluta

Obscuridad del Albaycín se alza

Será efecto ó señal de inteligencia

Entre el barrio y la torre? ¡Oh! Tarda mucho

El Wazir en volver. ¿Si por desdicha

La partida del Rey infunde aliento

Á los conspiradores, y en las calles,

Tomadas ya, al Wazir han sorprendido?

Todo lo teme ya la favorita:

Pero todo lo ignora abandonada

En el mirab donde impaciente espera:

Y he aquí que, al volverse, de la entrada

Bajo el dintel y del tapiz delante

Ve un esclavo que aguarda silencioso.

ZORAYA

¿Qué quieres?

EL ESCLAVO

¡Oh Sultana! á ti me envía

La alméh que acaba de partir llorando

Despedida por ti.

ZORAYA

¿De dónde vienes?

ESCLAVO

De la ciudad.

ZORAYA

¿De la ciudad? ¿qué pasa

Allí?

ESCLAVO

Ya nada: de los muros lejos

Va ya Muley: el pueblo se retira

Después de haberle visto.

ZORAYA

¿Á despedirle

Mucha gente acudió?

ESCLAVO

Salió, Sultana,

Toda cuanta hay en la ciudad.

ZORAYA

¿Y viste

Á los del Albaycín?

ESCLAVO

Todos estaban

De la puerta Monaita en las alturas

Como bandada de águilas.

ZORAYA

¿Inquietos

Se mostraban sus grupos?

ESCLAVO

Al contrario:

Al Rey desde los altos despedían

Diciéndole: ¡buen viaje! y saludábanle

Con las manos de lejos.

ZORAYA

¿Y en qué sitio

Viste al Wazir?

ESCLAVO

Tras de las huestes queda

Hablando con el Rey.

ZORAYA

¿Tú estabas próximo

Á ellos?

ESCLAVO

Sí: mas en torno defendidos

Por centinelas platicaban ambos

En calma.

ZORAYA

Ea, pues, mientras espero

La vuelta del Wazir, ve cómo puedes

Distraer mi impaciencia; me fastidio.

¿Qué harás para alegrar á tu señora?

ESCLAVO

Manda, y veré si obedecerte puedo.

ZORAYA

¡Si puedes!

ESCLAVO

Sí, Sultana, soy Cristiano:

Me cautivaron en Jerez los Moros,

Y conservo mi fe. Si contra ella

Me mandaras obrar, perdona, pero

No te obedecería. Dios es antes

Para mí que la vida.—La Zoraya

Le oía de hito en hito contemplándole,

Y recordando que en sus venas corre

Sangre cristiana, chispeante y roja,

Con ardiente rubor la faz sentía:

Su niñez con vergüenza recordaba

Tímida ante el esclavo la señora:

Pronto, empero, repuesta y su sonrisa

Habitual en sus labios ver dejando,

Más terrible mil veces que su ceño,

Díjole:—«Eres cristiano..... enhorabuena.

Veamos lo que saben los cristianos

Para abreviar el tiempo á sus señores

Cuando pesa sobre ellos el fastidio,

Ó esperan, y esperar les importuna.

Dime: ¿En qué te ocupabas en tu patria?

—Era paje de un noble caballero

De Calatrava.—¿Cuál era tu oficio

Con él?—Le preparaba sus arneses,

Salía detrás de él á la campaña,

Me batía á su lado. Si vencíamos,

Dábamos gracias al Señor á un tiempo;

Si nos vencían y salía herido,

Le curaba, velándole constante

Junto á su lecho: y en salud completa

Ó en grave enfermedad, todas las noches

Devotas oraciones le leía,

Ó leyendas sagradas de la Biblia

Le recitaba. Así creí, Sultana,

Mi existencia pasar en su servicio

Mientras durara su existencia, y luego,

Admitido en la Orden, como noble

Pelear y morir en la defensa

De mi fe; Dios, empero, de otro modo

Lo dispuso, Sultana. Un día aciago,

Caminando la vuelta de Antequera,

Dió en nosotros un árabe algarada.

Viajábamos diez y ocho caballeros

Con otros tantos pajes, y los Moros

Eran un escuadrón; nos aprestamos

Á combatir: cayeron uno á uno

Los más valientes, mi señor entre ellos.

Yo, con intento de salvar su cuerpo

Ó perecer sobre él, lidié con ira,

Y Dios me castigó: caí cautivo,

Y pasto de los cuervos fué el cadáver

Del último Solís, hijo de Martos;

Su familia y la gloria de su casa

Acabaron en él. Tal es mi historia,

Sultana. Tuyo soy, manda á tu esclavo.»

La favorita de Muley sus ojos

Encendidos de cólera fijaba

Sobre los ojos del cautivo, en vano

De sus palabras la intención oculta

Profundizar queriendo. Ella, cristiana

Y de la raza de Solís nacida,

Era el último sér que se animaba

Con sangre de Solís. Aquel esclavo,

Servidor de su casa en otro tiempo,

La vió niña tal vez en el castillo

De la encomienda de su padre; ahora,

En Granada cautivo, ¿conocía

De su señor á la hija renegada?

Su presencia en la Alhambra, ¿era un agüero

Favorable ó funesto? ¿Era un amigo

Que velaba por ella? ¿Era un espía

Que traidor la acechaba? Los recuerdos

De su infancia dichosa y sus dormidos

Remordimientos, á la par alzándose

Como horribles espectros á su vista,

La helaron de terror. La sombra airada

De su ultrajado padre parecía

Que tras aquel cristiano á levantarse

Iba, y en el pavor supersticioso

De su alma criminal y en la nerviosa

Exaltación del miedo, sus miradas

Fijó en la puerta de la estancia. Ante ella,

Pálido como el mármol que sostiene

Su cincelada bóveda, sombrío

Cual fantasma del féretro evocado,

El viejo Aly-Mazer la contemplaba

En lúgubre silencio. Sus pupilas

Radiaban con fulgor siniestro y trémulo,

Y los hilos brillantes de sus rayos,

Como los de la baba poderosa

De la culebra, al estrellarse ardientes

En las pupilas de Zoraya, á ellas

Se adherían tenaces, é invisible

Extendiendo una red en torno suyo,

En sus mágicos nudos la envolvía,

Y el vigor de su sér paralizaba,

Aunque en su helado cuerpo arder sentía

La inquieta sangre como hirviente lava.

Subyugada, incapaz de movimiento,

Víctima de poder incomprensible,

Vió Zoraya cruzando el aposento

Llegar á Aly-Mazer con paso lento,

Su mágica influencia indefinible

Dominando su sér, y en su semblante

Su fulgente mirar teniendo fijo,

Con desdeñosa voz así la dijo:

—«¿Te fastidias, Sultana? ¿Te impacientas?

¿De tu infeliz alméh con las historias

Vacías de interés no te contentas?

¿Por qué no lees las íntimas memorias

Que en el fondo de tu ánima aposentas?

¿Por qué en vez de leyendas ilusorias

No lees sobre tu faz tu historia horrenda?

¿Crees que no hay interés en su leyenda?

Iguales son los fallos soberanos

Para todos: delira y entretente

Tu porvenir meciendo en sueños vanos:

Mas escrito tu horóscopo en tu frente

Llevas: sobre las rayas de tus manos

Tus ojos pon y le verás patente.

Naciste y morirás entre cristianos:

Y, más fatal que el de Abdilá, tu sino

La obscuridad te anuncia solamente;

Su estrella real apagará tu estrella:

Su destino anonada tu destino;

Extranjera á Granada, no hay en ella

Para tu raza impura

Ni trono, ni mansión, ni sepultura.

Esclava sin pudor, tu cuello doma

Al yugo de tu dueño; renegada

Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma

De tu poder pasó: sobre Granada

De otro poder real el alba asoma;

Tú no posees sobre su tierra nada:

La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya,

Es fuerza que al brillar tu luz destruya.»

Dijo el severo Aly, y con el cristiano

Partió, y á la Sultana fascinada

Un escrito al partir dejó en la mano.