I

¿Quién acota los fallos del destino

Ni el pie sujeta de la errante fama,

En medio del incógnito camino

Por do rauda sus nuevas desparrama?

Su voz por el cristiano y granadino

Reino la historia pregonó de Alhama,

Y á par en su defensa como buenos

Se arrojaron Cristianos y Agarenos.

Por recobrarla Hasán, desde Granada

Corrió con su veloz caballería,

Y á defenderla en masa levantada

Acudió la cristiana Andalucía.

Salió al campo Fernando: su morada

Abandonó Isabel, y lució el día

En que á mortal y decisiva guerra

Se aprestó de una vez la Hispana tierra.

Juntó Muley cincuenta mil guerreros

De Alhama al avanzar por el camino,

Á cinco mil valientes caballeros

Que trae del territorio granadino;

Y en el valle á la vez por cien senderos

Lanzando de su gente el torbellino,

En alas de la rabia que le inflama

Llegó el viejo feroz al pie de Alhama.

La voz de la morisca muchedumbre

La roca estremeció donde se asienta;

Mas Ponce de León, desde la cumbre

La voz oyendo de la grey sedienta

De su sangre leal, la pesadumbre

Para aumentar del árabe y la afrenta,

Elevó las banderas Alhameñas

Al par de sus católicas enseñas.

Al verlas de los muros en la cima

Ondear Muley, con la encendida saña

De quien su honor manchado en nada estima

El asalto emprendió de la montaña;

Mas era el jefe que velaba encima

El más ilustre capitán de España,

Y á la amenaza de Muley rabiosa

Contestó con sonrisa desdeñosa.

Vió el árabe Monarca esta sonrisa,

Y al punto comprendió con pesadumbre

Que su impotencia el de León le avisa

Para asaltar la inaccesible cumbre.

De venganza la sed dióle más prisa

Que discurso, y fió en la muchedumbre,

Y vió que sin inmensa artillería

Jamás á los cristianos rendiría.

Tarde lo vió; mas viendo con despecho

Que arriesgaba el honor y el tiempo urgía,

Él mismo por el áspero repecho

Sus gentes al asalto conducía:

Y en impaciencia y en furor deshecho,

Contemplaba que sólo conseguía

Abrir á sus valientes sepultura

De aquellos precipicios en la hondura.

La encanecida barba se mesaba

El iracundo Rey, y de la empresa

No desistir en su furor juraba

Hasta cobrar la codiciada presa:

Correos tras correos despachaba

Máquinas de batir á toda priesa

Demandando, y tenaz en tal intento

Ante Alhama plantó su campamento.

Los peñascos minó, los manantiales

Cegó que daban agua á los sitiados,

Y de la villa en derrededor sus reales

Circunvalando, les dejó bloqueados.

Pronto de su constancia las fatales

Consecuencias sintieron los cercados,

Viendo que, sin socorro pronto y fuerte,

Su esperanza mejor era la muerte.

El valeroso capitán cristiano,

Que el apellido de León tenía,

Sin dar tregua al discurso ni á la mano,

Su valor de León no desmentía:

Y viéndole al peligro el más cercano,

Siempre y doquier en vela noche y día,

No hubo ni un solo cristiano que cejara

Ni que matar por él no se dejara.

Infatigable, impávido, tranquilo,

Con el valor del héroe sereno,

Salió seis veces por oculto silo

El campo á sorprender del Agareno;

De agua otras cien por conservar un hilo

Que de un peñasco les quedó en el seno,

Peleó con el fango á la rodilla

Mientras bebían de él los de la villa.

En vano gran refuerzo poderoso

De hondas, ribadoquines y lombardas

Llegó por fin al Árabe orgulloso;

Él con sus arcabuces y espingardas

Continuo fuego sustentó animoso;

Y aunque ya asaz por el cansancio tardas

Las manos, de tronar sobre las rocas

Jamás cesaron sus ardientes bocas.

Asombrado Muley de tanto arrojo,

Pactos amigos al Marqués propuso;

Mas Ponce de León, con grande enojo,

Á sus mensajes sin dudar repuso:

—«Cuando en Alhama mi estandarte rojo

»Roja de sangre infiel mi mano puso,

»No fué para quitarle á tu venida,

»Sino bajo él para dejar la vida.»

—«Pues bien, dijo Muley, serás mi esclavo,

Ya que no te contenta ser mi amigo.»

—«Mejor me está la esclavitud al cabo.»

Replicó fieramente D. Rodrigo.

—«Muere, pues,» dijo al irse el viejo bravo.

—«Dios de mi honrado fin será testigo.»

Dijo el Marqués; y el Moro y el Cristiano

Volvieron á sus armas á echar mano.

Ensordeció otra vez la artillería

Los precipicios cóncavos de Alhama,

Y el cristiano valor vió en su agonía

De su esperanza vacilar la llama.

Habían hecho ya cuanto podía

Hacerse por la patria y por la fama

Los Castellanos, mas al fin, mortales

Se agotaban sus fuerzas corporales.

Rayaba ya la postrimera aurora

Que podía alumbrar su resistencia:

Postrer asalto de la hueste mora

Iba fin á poner á su existencia,

Y, viendo sin pavor su última hora,

De su muerte aguardaban la sentencia;

Mas Dios, que no abandona al buen cristiano,

Entre Alhama y Muley tendió su mano.

La luz de las hogueras con que invoca

Socorro el pueblo á la invasión expuesto,

De ciudad en ciudad, de roca en roca,

Se difundió por el país bien presto;

Y al resplandor que á pelear convoca,

El peligro de Alhama manifiesto,

De Cristo por los campos andaluces

Avanzaron las lanzas y las cruces.

Alonso de Aguilar, el compañero

De armas de Ponce de León, la gente

De sus estados allegó el primero;

Y cruzando los montes diligente,

Como una estatua de bruñido acero

Asomó sobre un cerro del Oriente.

Y el sol, como un fantasma de luz y oro

La presentó á la vista del Rey moro.

Los hermanos Girón, de Calatrava

Con la legión ecuestre aparecieron

Por un valle de sauces: con su brava

Infantería por el Sur salieron

Los Córdobas de Cabra, y por la caba

De un monte que al cruzarle descubrieron,

Asomaron, los dos bajo una enseña,

El Conde de Alcaudete y el de Ureña.

Mirábalos Muley considerando

Su fuerza escasa para serios fines,

Y se aprestaba á cometerlos, cuando

Del montuoso horizonte á los confines

Vió de peones numeroso bando,

Y en el agudo són de sus clarines

Conoció y en sus cárdenos pendones

De Enrique de Guzmán los escuadrones.

Con ira entonces comprendió que junto

Un ejército entero en su mal era,

É impío blasfemó, viendo en un punto

Venir sobre él la Cristiandad entera;

Y mirando avanzar en buen conjunto

Los jinetes cristianos por doquiera,

Cual jabalí acosado por los perros

Alzó su campo y se acogió á los cerros.

Desde ellos vió con cólera impotente

Sus postigos abrir á los de Alhama;

Y echando al corazón la mano ardiente,

Á contener la hiel que se derrama

En sus hinchados vasos, y la frente

Al peso del baldón que se la infama

Doblando, con ahogado y ronco grito

Exclamó: «¡Alahú akbar! estaba escrito.»

Entonces silencioso y cabizbajo

De sus gentes cubrió la retirada,

Rechazando por sí, no sin trabajo,

De las huestes de Ureña una avanzada.

Cuando en salvo la vió, por un atajo

Se encaminó otra vez hacia Granada,

Seguido de unos pocos caballeros

De su aciaga fortuna compañeros.

Mas ¡ay! su estrella en la gentil Granada

Para siempre su luz obscurecía,

Y era ya aquella la postrer jornada

Que hacer por ella como Rey debía.

Ya en la Alhambra, de rayos coronada,

Estrella más feliz resplandecía,

Y á otro pendón que al de Muley su gloria

Otorgaba versátil la victoria.

En la vega al entrar, de una colina

Al revolver el áspero sendero,

De la luna á la lumbre mortecina

Vió correr hacia él un caballero.

Era un doncel de raza granadina

Que, ante él parando el fatigado overo,

Dijo con voz por la carrera ahogada:

—«Tente, Señor: no vuelvas á Granada.»

—«¿Por qué?»—dijo Muley.—«Porque ya llegas

Tarde: de ella Abdilá se ha apoderado.»

—«¿Y mi Wazir Abú-l'Kasín-Ben-Egas?»

—«Está en los Alixares encerrado.»

—«¿Y mi Zoraya?»—«De las turbas ciegas

Por milagro no más se ha libertado:

Los pocos fieles que te quedan vivos,

Te buscan por la sierra fugitivos.»

—«¿Todo pues lo perdí?—La honra te queda.

—Te engañas, infeliz; sin ella vengo.

—La puedes recobrar mientras que leda

Se conserve tu fe.—Ya no la tengo

Tampoco: es fuerza que al destino ceda;

Su ley fatal á obedecer me avengo.

—Aún te resta, señor, una esperanza.

—¿Cuál?—La mejor de todas: la venganza.

—Tienes razón. ¿Podemos todavía

En el alcázar penetrar?—Acaso:

Si te ayuda tu intrépida osadía,

Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso

En las tinieblas de la noche.—Guía:

Y si á ella subo, como frágil vaso

Quebrantaré de Aixa y de su hijo

La existencia fatal que Aláh maldijo.»

Y el Rey, á la venganza decidido,

Á los que son con él la faz volviendo

Les dijo: «Á este mancebo habéis oído;

Uniros á mi suerte no pretendo;

Abandonad, si os place, al Rey vencido.»

Mas la mano los Árabes poniendo

De los corvos alfanjes en los pomos,

Respondieron resueltos: «Tuyos somos.»

Metió Muley á su corcel la espuela,

Y echando por delante al Granadino,

Pensando en sorprender su ciudadela

Hacia Granada continuó el camino.

Mas ¡ay! en vano el hombre se rebela

Contra la ley de su fatal destino,

En vano avasallar quiere á la suerte:

La voluntad de Dios siempre es más fuerte.

Era la hora en que entregado al sueño

Abú-Abdil, en la Alhambra aposentado,

Soñaba con el bien de que era dueño,

Con el cetro que á Hasán había robado.

Aixa también, desarrugado el ceño,

Su saña habiendo y su ambición saciado,

Al fin vengada de su infiel esposo,

Entregábase en brazos del reposo.

Era todo silencio en el recinto

Del regio alcázar de la corte mora:

Reinaba en su dorado laberinto

Del descanso la paz reparadora,

Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto

De sala en sala retumbó á deshora,

Y el joven Rey, de sus estancias dueño,

Al eco de aquel ¡ay! rompió su sueño.

Oyólo al par la varonil Sultana

Su madre, y fuera del suntuoso lecho

Lanzándose veloz, á la ventana

Escuchó atentamente largo trecho.

Sus sentidos sutiles de Africana

Y el velador instinto de su pecho

La revelaron el terrible arcano

De aquel ¡ay! eco del dolor humano.

Escuchaba el Rey moro todavía

El eco de aquel lúgubre gemido,

Cuando su madre con vigor le asía

Por el brazo en que estaba sostenido.

—«Levántate, hijo mío, le decía,

Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido!

—¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo.

—Tu padre busca á la venganza cebo.»

Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo,

Y asiendo de un clarín con gran coraje,

En los senos lanzó del aire mudo

Una sonata de África salvaje.

De aquel bárbaro són al eco agudo

Se estremeció su guardia Abencerraje,

Y de su riesgo próximo avisada

Acudió junto al Rey precipitada.

Y á tiempo fué. Su yatagán sangriento

Muley blandiendo apareció á sus ojos

Por la puerta del próximo aposento,

Rebosando sacrílegos enojos.

Feroz vampiro, de su carne hambriento,

Sus brazos muestra con su sangre rojos,

Y con los ojos en su sangre fijos

La sangre anhela de sus propios hijos.

Helóse de terror á su presencia

Toda la guarnición de la alcazaba:

Aixa, empero, abrasada de impaciencia,

Empuñó un arcabuz gritando brava:

«¡Muera el tirano!» Al punto con violencia

Lid fratricida sin cuartel se traba:

En el mismo aposento en que nacieron

Los hijos con los padres se batieron.

Peleaba Muley como un demente,

Y á Aixa los suyos de la lid sacaron:

Hallarse no lograron frente á frente

Los dos Reyes por más que se buscaron.

Llamaba á Abdil con cólera estridente

El viejo Rey, cuando sobre él cargaron

Tantos al par, que sin lograr su objeto

Cejó y huyó por corredor secreto.

En el versátil vulgo confiando

Descendió á la ciudad por una cueva,

Juntar creyendo poderoso bando

Con que arruinar la monarquía nueva.

Metióse, pues, por la ciudad, llevando

Audaz á cabo tan osada prueba,

Y en un momento la ciudad entera

Campo sangriento de batalla era.

Doquier, se escuchan con pavor lamentos,

Ayes de muerte y gritos de pelea:

Á salvarse no más todos atentos,

Sólo en salvarse cada cual se emplea:

No hay nadie que en tan críticos momentos

Presa de los cristianos no se crea:

Nadie á juzgar la realidad se para,

Nadie ve dónde ni de quién se ampara.

En tanta confusión, en duelo tanto,

Abandonando Hasán la lid confusa,

Va á los umbrales á llamar de cuanto

Moro por su parcial la fama acusa;

Mas, al reconocerle, con espanto

Seguirle todo musulmán rehusa,

Porque se hundieron su prestigio y fama

Bajo su triste expedición de Alhama.

Su nombre con horror de boca en boca

Rápidamente en las tinieblas pasa,

Y por doquiera contra él evoca

Ira sin compasión, rencor sin tasa:

Cobra valor la muchedumbre loca,

Y al correr la verdad de casa en casa,

Por rejas, ajimeces y balcones,

Comienzan á asomar luces y hachones.

Comiénzase á ordenar la gente fiera

Del Albaycín: tremólanse estandartes

Que atraen á sí la juventud guerrera,

Y conócense al fin por ambas partes.

¡Aláh por Bu-Abdil! gritan doquiera;

Y descubriendo las traidoras artes

Á que echa Hasán para vengarse mano,

Gritan dando sobre él: ¡muera el tirano!

Desengañado el viejo vengativo

Abandonó su despechada empresa,

Dándose por feliz en salir vivo

Favorecido por la sombra espesa:

Y con veinte jinetes fugitivo

Que aún le seguían, caminó con priesa

Muley hacia los altos alijares

Donde aún tiene Zoraya sus hogares.

Allí la favorita con Ben-Egas

Le aguardaba á caballo: á marchar prestos,

Sus guardias negros como estatuas ciegas

Por él se hallaban á morir dispuestos.

—«Vamos, dijo Muley.—Á tiempo llegas,

Repuso Abú-l'Kasín: Aixa mis puestos

Descubrió ya, y á su merced estamos.

—¡Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.»

Y entrando por las lóbregas laderas

De la sierra fragosa y escarpada,

Aprovecharon cautos las postreras

Sombras para alejarse de Granada:

Y del alba siguiente á las primeras

Luces, el que fué Rey ya no era nada:

El reino se le huyó de entre los brazos

Y su cetro al caer se hizo pedazos.

¡Clemente Aláh, que como aristas secas

Las más robustas fábricas quebrantas,

Los pueblos hundes, y las razas truecas

Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas!

Del hombre vil las vanidades huecas

¿Cómo han de interrumpir tus leyes santas?

De Hasán tocó tu soplo en la corona,

Y fué... ¡Dios bueno, lo que fué perdona!