II

Llena al fin de su enojo la medida,

Abrió el Señor la urna en que atesora

De las naciones la acotada vida:

De ella arrojó la de la estirpe mora,

Y al caer en la nada desprendida

De su mano, con voz imperadora

Dijo Dios á Isabel: «He aquí tu día:

Parte, rayo de fe: tu empresa es mía.»

Y por el fuego de la fe abrasada,

Por la celeste mano compelida,

Los brazos Isabel tendió á Granada,

Que por sus brazos se sintió ceñida

Con angustia mortal: y al punto armada

Y con el sayo de la cruz vestida,

Aparición marcial salió á campaña

La fe invocando y el honor de España.

Á su inspirado y vigoroso acento,

La nobleza leal de Andalucía

Pareció ante Isabel en un momento,

Rebosando valor y bizarría.

Llenas de emulación con su ardimiento

Cuantas provincias en su reino había,

Su gente enviaron de pelea en planta

En derredor de su bandera santa.

Encendida en sus bélicos deseos,

Desde Córdoba envió con gran premura

Numerosos y rápidos correos

Á Toledo, León y Extremadura.

Cuantos gozaban en su nombre empleos

Ó de su autoridad investidura,

Su intimación de guerra recibieron

Y en campaña obedientes se pusieron.

Cartas atentas escribió á sus damas

Para que á sus amantes y maridos,

De los troncos más nobles y sus ramas

La enviasen á la lid apercibidos;

Y por los pueblos esparció proclamas,

Llamando á los mancebos atrevidos

Á romper una lanza en la campaña

Por el honor y libertad de España.

De su entusiasmo el religioso influjo

Derramó el entusiasmo por doquiera,

Y cuanto noble su nación produjo

En redor acudió de su bandera.

Sus vasallos á Córdoba condujo

Todo varón que diez tuvo siquiera,

Y en cada hora nueva que sonaba

Un valiente á Isabel se presentaba.

Ella entretanto en vastos almacenes

Depositó profusas provisiones

De granos, vinos y cecinas, bienes

De que abundan sus fértiles regiones:

Acopió ropas y armas: montó trenes

De batir, con lombardas y cañones:

Soldados instruyó que los sirvieran,

Y acémilas compró que los movieran.

No se excusó ni un noble castellano

De acudir de Isabel á la cruzada,

Y no quedó un solar en monte ó llano

De que no hubiese en Córdoba una espada.

Todas las joyas del valor hispano

Fueron parte á tomar en la jornada,

Sombreando sus bizarros escuadrones

De sus casas más ricas los pendones.

Vino el primero el Cardenal de España

Con escolta lucida y numerosa:

Desde el campo feraz que el Ebro baña,

El buen Duque llegó de Villa-hermosa.

Trajo el Conde de Cabra de montaña

Ballestería diestra y vigorosa;

Y á los suyos el Conde de Cifuentes

Trajo armados de hierro hasta los dientes.

Vinieron los del pródigo Infantado

Armados de broquel, puñal y clava,

Con rico arnés azul empavonado:

Vino la gente de Alburquerque brava

Con ancho escudo y espadón pesado,

Y la Orden militar de Calatrava

Llegó, con su Maestre á la cabeza,

En caballos de indómita fiereza.

Trajo Medinaceli sevillanos

Sobre pintadas yeguas caballeros,

Y el de Ureña jinetes jerezanos

En potros como el céfiro ligeros;

Vinuesa de leales castellanos

Trajo gran pelotón de espingarderos,

Y leoneses con enormes mazas

Que hendían los broqueles y corazas.

Trajo Fernando de Aragón sus huestes,

Y con ellas vinieron de Navarra

Los montañeses ásperos y agrestes,

Al tiro afectos del balón y barra;

Los de Aza y Urgel, jamás contextes,

Armados de morisca cimitarra,

Y los deudos de Pedro de Velasco

De abigarrado y penachudo casco.

Desde el muro hasta la árabe alcazaba,

De los Kalifas oriental palacio,

Córdoba un campamento semejaba,

De sus plazas y calles el espacio

El aparato militar llenaba,

Y de lejos brillar como un topacio

La veían los vecinos montañeses

Alfombrada de auríferos arnases.

Y he aquí que de un balcón que la domina,

Contemplaba Isabel la roja hoguera

Del sol arder tras la postrer colina,

Cuando dobló tendido á la carrera

La falda de la loma más vecina

Un corredor cristiano de Antequera,

Que en nombre de los héroes de Alhama

Bastimentos y víveres reclama.

Su mensaje al oir Fernando, al punto

Convocando en su estancia su Consejo,

Pidió opinión sobre tan grave asunto.

Pedro de Vargas, Capitán ya viejo,

Frontero en territorio á Alhama junto

Y del país conocedor, espejo

De los cristianos jefes fronterizos,

Dijo, mostrando al Rey sus blancos rizos:

«Mi existencia, Señor, pasé en la guerra.

Y aún no esquivo por débil la batalla,

Ni el viejo corazón que aquí se encierra

Late aún con temor bajo la malla;

Pero conozco bien aquella tierra:

Alhama es un peñasco que se halla

Cercado por doquier de plazas moras

Que le tendrán en riesgo á todas horas.

«Mantenerla no pudo vuestro abuelo

San Fernando, Señor, y es necesario

Que para conservar su inútil suelo

Empleéis la mitad de vuestro erario.

Con cinco mil jinetes aún recelo

Que será su destino bien precario,

Porque cada convoy que hasta allí llegue

Fuerza es con sangre que el camino riegue.

«Sólo quien tenga guarnición en Loja

La podrá conservar, y aun así un día

Puede que el Moro por traición la coja:

Si yo fuera que vos, la quemaría,

Y de su incendio con la lumbre roja

Á Granada una noche alumbraría,

Dejando en su ceniza al Rey pagano

Un testimonio del furor cristiano.»

Dijo el anciano Vargas. Los prudentes

Y graves consejeros que le oyeron,

Sus razones hallando suficientes,

Á su opinión unánimes se unieron:

«De Alhama retirad á vuestras gentes

Y quemadla, Señor,» al Rey dijeron:

Mas Isabel, que los escucha y mira,

Llena exclamó de generosa ira:

«No permita el Señor que se abandone

Prenda de tal valor de esa manera,

Ni que vileza tal nos ocasione

Escarnio ser de la morisma entera.

No quiera Dios que entre ellos se pregone

Que, del peligro en la ocasión primera,

Ni en Dios ni en nuestro brío fe tenemos.

Ni lo nuestro á guardar nos atrevemos.

»No se hable, pues, de abandonar á Alhama:

Cuando á lidiar mis gentes he traído,

No para empresas sin peligro y fama,

Para las dignas de renombre ha sido:

Auxilio Alhama de su Rey reclama,

Y yo se le daré, que á eso he venido;

No ha de cejar ni descansar mi gente

Sino cuando en la Alhambra se aposente.»

Dijo Isabel: y á la ciudad bajando,

Cabalgando en su rápida hacanea

«¡Á Alhama!... dijo al castellano bando,

¡Conmigo á Alhama quien valiente sea!»

¡Á Alhama! las banderas desplegando

Clamó toda la gente de pelea;

Y tras la Reina, que su ardor inflama,

Se encaminó el ejército hacia Alhama.

¡Mísero Abú-Abdil! con luz incierta

Ya tu estrella fatal sobre ti brilla:

Recuerda tus horóscopos: despierta.

¡Apresta tu corcel y tu cuchilla!

Ya de la Alhambra á la dorada puerta

Va á llamar con ejércitos Castilla,

Y á echar van sobre ti los españoles

De siete siglos los sangrientos soles.