II

Rico de juventud y de hermosura

Cual de esperanza y de valor sobrado,

Jinete sobre un tordo berberisco

Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo.

Reverberan al sol de la mañana

Sus arneses con oro claveteados,

Y se ciernen sobre él como palomas

Las plumas de su espléndido penacho.

En lugar del lanzón que en Bib-Elvira

Se hizo al salir en el quicial pedazos,

Despreciando pronósticos siniestros,

Corvo alfanje de Fez empuña osado.

Piafa el brioso bruto en que cabalga,

Fuerza, vapor y espuma respirando,

Mosqueando inquieto con la blanca cola

Sus ricos paramentos africanos;

Y Abú-Abdil sobre la silla diestro

Cabalgador caracolea ufano,

Tan lleno de bravura y gentileza

Como de gloria y de fortuna falto.

Detrás de su pendón tranquilos marchan

Seis mil peones y dos mil caballos,

La flor de la nobleza granadina,

Los campeones del Islam más bravos.

Por honra del Rey mozo, de Granada

Los quinientos mancebos más gallardos

Para salir con él á esta campaña

Como para un torneo se equiparon.

Vense tan sólo rostros juveniles

En derredor de Abú-Abdil, y el fausto

De los trajes, las armas y jaeces

Turba los ojos y suspende el ánimo.

Quién con el velo de su dama lleva

Hecho el turbante al rededor del casco;

Quién de la suya en el crestón prendido

El ceñidor de virgen en un lazo.

Quién una trenza de cabellos negros

Ata en el hierro del lanzón dorado,

Habiendo prometido devolverla

Empapada en la sangre del cristiano.

¡Qué de garzotas desordena el viento!

¡Qué de colores y reflejos varios

Ostentan los brillantes escuadrones

En sus móviles grupos ordenados!

Desde las torres de Granada al verlos

Ya de la vega en el confín lejano,

Cintas de oro parecen sus hileras

Del sol heridas por los limpios rayos.

Aquella tarde Abdil de las murallas

De la empinada Loja al pie llegando,

Vió lanzarse cien árabes jinetes

Del su enhiesto peñón como milanos.

Sobre caballo indócil del desierto

Que avanza á modo de león á saltos,

Bajaba á la cabeza de los ciento

El alcaide Aly-Athár, de fe relámpago.

Al ver los Granadinos campeadores

Llegar al fiero triunfador anciano,

Con un ¡lelí! de admiración unánimes

Su anhelada presencia saludaron.

«De Aláh llevamos el favor, dijeron,

Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.»

Y lo creen: hace ya setenta lunas

Que es su bandera de Castilla espanto.

El fuerte viejo, que indomable arrastra

El peso colosal de sus cien años,

De ellos el brío y la experiencia abriga

Bajo el cendal de sus cabellos blancos.

Hijo feroz del África, en la guerra

Endurecido, su nervioso brazo

Con un bote de lanza todavía

Al caballero arranca del caballo.

Árabe verdadero en genio y raza

Y del Korán indómito sectario,

Quiere para subir al paraíso

Una escala de cuerpos de cristianos.

Su existencia Aly-Athár pasó con ellos

En lid no interrumpida peleando,

Sin que de amigos ni enemigos Reyes

Respetara jamás treguas ni pactos.

Tal es el viejo capitán de Loja:

Tal es el padre de Moraima; amparo

De los Muslimes, vencedor doquiera,

Jamás vencido y por doquier temblado.

Mas ¡ay! ¿Quién fía en su feliz estrella,

Ciego imprudente junto á sí llevando

La fortuna de un Rey de quien los cielos

Abrieron un abismo entre los pasos?

¿Para quién resplandece estrella alguna

Á través de los lóbregos nublados?

Alahuakbar ¡Dios grande! Hacia Lucena

Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado.

Va la saña de Dios delante de ellos:

De Santaella y de Aguilar los pastos

Quedan sin hoja verde, y como lluvia

Corre á sus pies el oro y el ganado.

De Montilla y la Rambla las moradas

Son humo nada más, y el viento vano

Se lleva sus cenizas, de sus dueños

Sin tumba los cadáveres dejando.

¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente

Bajan de las montañas, y su rastro

Siguen manadas de voraces lobos,

Y los buitres sobre ellos van volando.

Allí van: ya las torres de Lucena

Blanquean á lo lejos: espantados

Huyeron los fronteros, ó dormidos

Yacen sin verlos descender al llano.

Todo reposa en la extensión desierta:

Las sombras de la noche condensando

Se van, y de los Árabes protegen

La marcha lenta con que avanzan cautos.

De un silencioso valle en la espesura

Donde abrieron las lluvias un barranco,

Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo

El rey Abú-Abdil mandó hacer alto.

Alzáronse las tiendas: en el centro

Metieron el botín, reses y esclavos,

Y esperando la luz del nuevo día

Se dieron unas horas al descanso.

«Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda

Aláh por nuestro bien les ha cegado:

Mañana somos dueños de Lucena,

Cuando no por sorpresa, por asalto.

—Así lo espero, Amir; pero reposa

Para lidiar mejor, dijo el anciano

Aly-Athár á Bu-Abdil: duerme tranquilo

Y deja lo demás á mi cuidado.»

Entró Abdilá en su tienda, y apagadas

Las luces que pudieran delatarlos,

Sumidos en silencio y en tinieblas

Los emboscados Árabes quedaron.

Del valle á la salida, en una altura,

Un hombre se apostó tras un peñasco,

Mudo y quieto como él permaneciendo:

Era Aly-Athár que vigilaba el campo.

Mas ¿cuyos son los ojos que penetran

De la mente de Dios el denso cäos?

¿Cuya la inteligencia que sorprende

De sus hondos designios el arcano?

Mientras el viejo vigilante guarda

El campamento moro, confiando

En la tranquilidad del enemigo

Su empresa audaz para llevar á cabo,

En el confín del horizonte obscuro,

En una torre que cual punto blanco

Vió Aly-Athár con el día, una luz roja

Brilló toda la noche. El africano

La vió, mas sola y sin aumento viéndola,

La contempló brillar sin sobresalto,

Pues vió que no era seña ni atalaya,

En avisos de guerra ejercitado.

Á la lejana luz continuamente

Volvíanse sus ojos sin embargo,

No por fundado y racional recelo,

Mas por tenaz presentimiento vago.

«¿Quién allí velará?» Se preguntaba

Á sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño,

Aquel es el castillo de Baena,

Pero ausente está de él su castellano.

Si aquella luz fuera señal, seguía

Consigo propio el Musulmán hablando,

Ya hubieran las cristianas atalayas

Con otros á su fuego contestado.

¿Quién velará en Baena?» Así pensaba

El viejo Moro al resplandor lejano

Mirando; pero Dios solo pudiera

Ver en tiniebla tal, y á tal espacio.

Y á poder ver el Moro, hubiera visto

Á un castellano capitán que armado

Se asomaba al balcón del aposento

Donde brillaba aquella luz. Debajo

De aquel balcón y tras los gruesos muros

De aquel castillo y en su extenso patio,

Hubiera visto á combatir dispuestos

Trescientos caballeros: y, apoyados

Los arcabuces en el muro, hubiera

Visto hasta mil peones castellanos,

Que aguardaban las órdenes del hombre

Que estaba en el balcón iluminado.

Hubiera visto luego que otro jefe

Con otros cien jinetes de su bando

Llegaba, y abrazando al que esperaba

Tocaron bota-silla sus soldados.

Todo esto, á poder ver, hubiera visto

Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado,

Si su clara y sagaz inteligencia

No obscureciera Dios para estorbárselo:

Mas no vió más que lo que ver podía;

Y viendo el día á clarëar cercano,

Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda

Entró, diciendo respetuoso: «Vamos:

Levántate, Señor: ya está la aurora

Próxima, está el camino solitario,

Y es fuerza que á las puertas de Lucena

Á un tiempo con el sol amanezcamos.»

Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo

Los escuadrones moros se aprestaron

Á partir y partieron, á Lucena

En su poder el Rey imaginando.

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa

Llaman á Abú-Abdil desventurado;

Ni sin razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.