III

Llora, esposa infeliz: tu amor es ido

Para más no volver; preso en Lucena

Se dejará su corazón tu esposo,

Y volverá sin alma cuando vuelva.

Sultana de las flores de Granada,

Llora; porque en verdad ya no te queda

Más consuelo que el llanto que derrames

En los amargos días que te esperan.

Arranca, pues, tristísima Moraima,

Tus rizos de oro y sin piedad cercena,

Para hacerte un dogal, de tus cabellos

La rica y aromática madeja.

¡Llora, madre sin par desventurada!

Ese hijo hermoso á quien con ansia besas

Nació cautivo para ser: su cuello

Tiene ya la señal de la cadena.

¿Por qué uniste tu amor y tu fortuna

De Abú-Abdil á la fortuna adversa?

¿Por qué tu padre te arrancó de Loja,

Blanca y olorosísima azucena?

¡Feliz de ti si nunca le dejaras!

¡Feliz si nunca, de amistad en prenda,

Tu padre del Monarca granadino

Al oriental alcázar te trajera!

Tal vez entonces Aly-Athár, contrario

Al hijo de Muley, sólo á la guerra

Le dejara partir, y no quedaras,

Cuando su amparo necesitas, huérfana.

¿Qué has hecho tú, paloma enamorada,

Víctima para ser de tales penas?

¿Qué has hecho á Dios para atraer los rayos

De su furor á tu gentil cabeza?

¡Ay! harto has hecho respirando el aire

Que de tu Rey el hálito envenena.

Nada esperes del Cielo que maldijo

La raza de Bu-Abdil: nada te resta.