IV
¡Pálida sombra de Moraima! escucha:
Oye mi voz que te habla en las tinieblas,
Y verás con placer que todavía
Hay quien contigo de tu mal se duela.
Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo,
Alas me ha dado como á ti, y la lengua
Me ha permitido hablar que hablan las sombras
Para ir á su región y hablar con ellas.
Ven ¡oh Moraima! El universo duerme:
Desciende en una ráfaga á la tierra:
Yo sé que está tu espíritu en la Alhambra
Y vengo á consolártele: no temas.
¡Gracias, hermosa sombra! Ya te veo
Que sobre un rayo de la luna llegas
Á estos escombros que la Alhambra fueron.
¡Ay! ¡sombras sólo en su recinto quedan!
Ven; yo te haré de mi ignorada vida
La misteriosa relación secreta,
Y tú se la dirás á tus hermanas
Cuando al imperio de las sombras vuelvas.
Yo más tarde que tú nací tres siglos:
Mas no que vivo en mi centuria creas,
No: enamorado de las sombras, vivo
Como tú en el país de las quimeras.
He venido esta noche á estas mansiones
De soledad y de silencio llenas
Y, aunque tú te creías invisible
Para mí, yo vagar te vi por ellas.
¿Sabes, dulce y quimérica Moraima,
Cuál es la ocupación de mi existencia?
Pues es no más la de contar al mundo
De los pasados tiempos las leyendas.
Yo he venido á Granada á demandaros
No más que á solas me contéis las vuestras,
Para que yo en mis versos harmoniosos
Á mi egoísta edad contarlas pueda.
Y ahora escucha, Moraima, otro secreto,
Que mi callado corazón encierra
Desde el instante en que pisé la Alhambra;
Pero que tus hermanas no lo sepan.
Oye: de todas las hermosas sombras
Que los recintos de Granada pueblan,
Tú eres la más gentil, la mas simpática,
Y la de que mi edad menos se acuerda.
Pues bien, Sultana de las sombras, oye:
Yo adoro tu fantástica belleza;
Yo, que he puesto en las sombras mis amores,
Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas.
Cuando, mujer, en la región vivías
De los mortales, en mortal tristeza
De los pesares víctima viviste,
Calumniada te viste con afrenta
De tu estirpe y virtud, vendida esposa,
Madre apartada de tus hijos, sierva
Más que reina en tu casa, y del más noble
Y más valiente de los padres huérfana;
Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma,
Vives con otro sér otra existencia,
En tu vida de sombra, yo, que te amo,
Una vida mejor quiero que tengas.
Tú serás la Sultana de mis cuentos,
Yo en mi laúd lamentaré tus penas,
Enjugaré tus lágrimas con flores
Y regaré tu lecho con esencias;
Te llevaré conmigo á los alcázares
En donde tiene su morada regia
La noble, omnipotente poesía,
Que sobre el mundo soberana impera.
Entonces tomarás, como las auras
De la montaña, transparente aérea
Y luminosa forma, y será obscura
Á par de ti la nieve de la sierra,
La claridad del alma menos limpia
Que de tu vaga faz la transparencia,
Y la del sol poniente menos rica
Que tu rubia y flotante cabellera.
Y entonces con desdén verás que el mundo
Te reconoce de las sombras reina,
Tu pavorosa aparición adora
Y de tu velo azul las orlas besa.
Mas ya comienza á amanecer: al cielo,
Sombra gentil de mis amores, vuela:
¡Adiós, Sultana de las sombras! huye:
Yo me quedo cantándote en la tierra.
V
Ya por el horizonte blanquecino
Comienza á despuntar la luz primera
Del sexto día en que con hueste brava
El Rey Abú-Abdil partió á Lucena;
Y ya, envuelta en un schal de cachemira
Desde la parda torre de la Vela
Tiende su madre los avaros ojos
Por la extensión de la tranquila Vega.
Todo es silencio, el campo todavía
Iluminado por el alba apenas;
Duermen aún las aves en las ramas
Y cerradas están todas las puertas.
Ningún viviente sér en lontananza
Comienza el punto de su sombra negra
Á acrecentar, sobre el sendero blanco
Por donde de Abdilá se aguardan nuevas.
Fría, impasible al parecer la Mora,
Pero de angustia inexplicable presa,
Silenciosa y sombría se mantiene,
Inmóvil, apoyada en una almena.
Dentro del triste corazón materno
Fiera aunque oculta tempestad fermenta,
Y á sus ojos las lágrimas no suben
Porque en el hondo corazón gotean.
Alguna vez su pie, que el suelo hiere
Con ímpetu, delata su impaciencia,
Y algún suspiro, que fugaz exhala,
La realidad de su aflicción revela.
Nadie parece aún: el sol brillante
De un día de temprana primavera
Extiende ya sus purpurinos rayos
Por el verde tapiz de las laderas.
Las cristalinas gotas del rocío,
Que se columpian en la móvil hierba
Mecidas por el aura matutina,
Del sol á los reflejos reverberan.
Ya abandonando su caliente nido
Bulliciosos los pájaros gorjean,
Y estremeciendo de placer sus plumas,
Á Dios bendicen y su luz celebran.
¡Cuán hermosa en los campos de Granada
Se ostenta la feraz naturaleza,
Cuando del seno de las sombras sale
Virgen, florida, perfumada y fresca!
Aixa desde la torre su hermosura
Callada y melancólica contempla,
Sin ver en la extensión de la campiña
Más que de Loja la torcida senda.
«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;
¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»
Y á sus palabras contestó un gemido
Hondo, angustioso: de Moraima era.
Tornó los ojos la Sultana madre
Hacia la esposa pálida, y al verla
Con la vista y la faz desencajadas,
Siguió de su visual la línea recta.
¡Presentimiento de su amor sin duda!
Un punto negro y móvil va con lenta
Vacilación su forma acrecentando
Sobre el camino que hacia Loja lleva.
Käel, que á los pretiles no alcanzando,
Por la hendidura ve de una aspillera,
Fué el primero que un árabe jinete
Reconoció en el punto que negrea,
Y á Moraima con muda pantomima
Explicó la verdad, que aun no penetra
La vista de las Moras, menos clara
Por la edad y las lágrimas en ellas.
«Tiene razón Käel, es un jinete,»
Dijo la madre al fin, sobre las cejas
Formando una pantalla con la mano
Para ver más sin que la luz la ofenda.
«Es un guerrero, sí», dijo Moraima
Á su enano Käel que la hace señas:
«Es un guerrero de Granada, dijo
Aixa á Moraima, tus colores lleva.»
Es, en efecto, un caballero moro,
Que á escape las campiñas atraviesa
Sobre un caballo del desierto, y rápido
Como una nube á la ciudad se acerca.
Dos ó tres veces se perdió cubierto
Por los árboles altos de las huertas,
Y apareció otras tantas, más distinto
Cada vez y más próximo. Las cercas
Dobló de los jardines exteriores,
Cruzó las intrincadas callejuelas
Del arrabal y entró por Bib-Elvira,
Por el vigía al conocerle abierta.
«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.
«Vamos», dijo Moraima: y, la escalera
Tomando de la torre, las Sultanas
Bajaron de la Alhambra hasta la puerta.
Un momento después, bajo del arco
De la justicia, la rendida yegua
Del caballero moro desplomóse
Ante los pies de su jinete muerta.
Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo
De Abú-Abdil, quien respirando apenas
Dobló ante las Sultanas la rodilla,
Mas sin poder hablar. En su impaciencia
Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo:
«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierra
Cristiana con la mano señalando,
Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!
—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,
Su cuerpo el agua del Genil se lleva.
¡Cayó sobre los Árabes el cielo
Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!»
Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,
Honda expresión de su profunda pena,
Y cayó sin aliento entre los brazos
De Aixa, que la abrazó por vez primera.
Lívida, silenciosa, sosteniendo
Á la infeliz Moraima con la fuerza
Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto
Los ojos con horror fijos en tierra.
«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:
Y de su rostro por la tez morena
Resbalaron dos lágrimas, dos solas:
¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!
VI
Tórtola blanca de azulados ojos,
Perla robada del peñón de Loja,
Flor de la Alhambra, de su bosque ameno
Cándida corza:
Bella Sultana, creación aérea
De mi alma triste que en los aires mora:
¿Dónde me ocultas tus celestes ojos,
Garza paloma?
Pálida estrella cuya luz no veo,
Flor de quien busco el delicioso aroma
¿Dónde eres ida, mi gentil Moraima?
¿Quién te me roba?
¿Qué nube opaca tus estancias ciñe?
¿Qué genio infausto en su mansión se posa?
¿Por qué es hoy luto y soledad lo que antes
Fué luz y gloria?
¿Qué maleficio de silencio y duelo
De tus estancias el recinto colma,
Que hasta la fuente que corría en ellas
Seca está ahora?
Tus frescos patios de arrayanes llenos,
Tus ricos techos de marfil y concha,
Tus camarines de labor morisca
Yacen en sombra.
¿Dónde tus ojos que alumbrar solían
Tus regias salas, imperial señora?
¿Dónde los sones de tus ya olvidadas
Cántigas moras?
¡Ay! muda oprimes en letargo yerto
Los almohadones de tu umbría alcoba:
Sólo tu esclavo te sostiene, sólo
Käel te llora.
Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme;
No vuelvas nunca á las amargas horas
Que las vigilias de tu vida aguardan
Tempestüosas.
Duerme y no vayas al salón sombrío,
Donde Aixa escucha de Kaleb á solas
Las de tu padre y de tu esposo aciagas
Negras historias.
Duerme y no vayas: á Kaleb no escuches,
Hija sin padre, sin esposo esposa;
Su voz aterra, su relato eriza:
Duerme: no le oigas.
Sér vaporoso, creación de un alma
Que en sombras leves su pasión coloca,
Hada que hechizas de mi amor poético
La fe recóndita:
Ven á mis brazos, de mis sueños hija;
Ven: dame tu alma que el pesar desola,
Y yo del sueño la hundiré en la sima
Lóbrega y honda.
Yo, que comprendo de las sombras vagas
La lengua pura y la mortal congoja,
Traeré á tu alma aletargada menos
Fieras memorias.
Ven: yo no quiero que tu sér errante
Vague esta noche por las frías bóvedas
De este palacio, que sangrientos sueños
Sólo atesora.
Sé que en la angustia de tu afán doliente
Hasta el consuelo de mi amor te enoja;
Mas ven al campo de las almas tristes
Y melancólicas.
Tristes y vagas, pero no angustiosas,
Mientras relatan la fatal leyenda...
Ven: no la oigas.
Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir los daños
De los pesares que al mortal acosan?
Sufre y delira, vagarosa hija
De mi alma loca.
Tórtola triste que en el sauce umbrío
Tu amor perdido solitaria lloras:
Ráfaga helada que el ciprés gimiendo
Lúgubre azotas:
Són temeroso con que el mar airado
Fiero amedrenta la desierta costa:
Eco del viento que las huecas ruinas
Cóncavo asordas,
Dadme de vuestros funerales ruidos
Las más siniestras y dolientes notas,
Para que en torno de la Alhambra eleve
Fúnebre trova.
VII
ORIENTAL
Sultana de la alegre Andalucía,
Alcázar de la luz y de las flores,
¿Qué fué de la alegría
De tus Señores?
Encanto de los ojos,
¿Quién causa tus enojos?
Espejo de la luz del medio día,
Kiosko oriental de excelsos alminares,
¿Qué fué de la harmonía
De tus cantares?
Bellísima Granada,
Tu luz está apagada,
Los ojos celestiales
Están bajo sus schales
Su pecho dolorido
Su voz es un gemido
del cielo favorita,
tu gloria está marchita:
de tus doncellas moras
llorando largas horas:
suspira sin amores;
su lecho ayer de flores
Encanto de los ojos,
¿Quién causa tus enojos?
Rosal del medio día,
Nidal de ruiseñores,
¿Qué fué de la alegría
De tus Señores?
La Alhambra está desierta
Cerrada está su puerta,
Su fábrica altanera
Y en ella la bandera
No anuncian la victoria
Los cánticos de gloria,
y obscuros sus salones:
cerrados sus balcones:
la tempestad azota
de Abú-Abdil no flota:
sus áureos alminares:
placer de sus hogares,
Son ayes de agonía...
Encanto de mis ojos,
¿Quién causa tus enojos?
Rosal de Alejandría,
Remedio de pesares,
¿Qué fué de la harmonía
De tus cantares?
¡Oh mísera Granada!
¡Oh madre desolada!
Tus hijos los más bravos,
Ó muertos son, ó esclavos
Abdil, flor de tus flores,
Y están tus defensores
¡oh triste reina mora!
¡llora sin tregua, llora!
amor de tus entrañas,
detrás de tus montañas;
no habita ya en Comares,
sin tumba ó sin hogares.
Sultana de la hermosa Andalucía!
Mirab sin alminares,
¿Quién te dará harmonía
Sin tus cantares?
Espejo de la luz del medio día,
Alcázar de las flores,
¿Quién te dará alegría
Sin tus Señores?
VIII
Es alta noche ya: muda y desierta
Yace en tinieblas la oriental Alhambra;
Ni una luz en sus altos ajimeces,
Ni un paso, ni una voz en sus murallas.
Granada está á sus pies, como ella obscura,
Muda como ella, triste y solitaria:
Ni una voz en el fondo de sus calles,
Ni una luz en sus lóbregas ventanas.
El peso del dolor y de la afrenta
Y el ambiente letal de la desgracia
La tienen, más que en sueño sumergida,
En profundo sopor aletargada.
El duelo universal que la circunda
Los lamentos inútiles apaga,
Y se oyen los gemidos solamente
En la profunda soledad del alma.
Todo es silencio la morisca Corte:
Mas ¿quién no vierte en el silencio lágrimas?
Allí llora la madre por el hijo,
Por el hermano allí gime la hermana:
La esposa llora su perdido esposo,
Su cautivo galán llora la dama,
El amigo la suerte del amigo...
¡Noche horrenda y fatal para Granada!
Todos conocen la sangrienta historia,
Y á su vez la magnánima Sultana
Aixa, después de lamentarla, quiso
Con pormenores amplios escucharla.
La Madre de Abú-Abdil es una altiva
Matrona, digna de la edad romana,
Que en el momento de sentir las penas
Reflexiona que debe dominarlas.
Entregada á un dolor íntimo y mudo,
Todo el día pasó sola en su estancia;
Pero se dijo al fin: «Si está cautivo,
Pensar debemos en que libre salga.»
Y avisado Kaleb por un esclavo,
Subió de noche al silencioso alcázar,
Donde de oir la desastrosa historia
Le esperaba impaciente la Sultana.
«Habla, Kaleb, le dijo cuando á solas
Se hallaron: cuenta la fatal jornada:
Todo quiero saberlo en esta noche,
Y Aláh, Kaleb, me alumbrará mañana.»
Y he aquí que en el silencio de la noche,
Relatando Kaleb y oyendo Aixa,
En un salón del patio de Leones
En este punto de la historia estaban.
IX
KALEB
«No era de día aún cuando empezamos
Á salir del barranco, donde á obscuras
Habíamos pasado aquella noche
En profundo silencio. Las hileras
De guerreros, cautivos y ganados
Que cruzaban el valle, parecían
Sobre las sendas cóncavas, movibles
Serpientes gigantescas, á la escasa
Claridad de los astros. Los enormes
Peñascos dibujaban sobre un cielo
Apenas azulado los contornos
Deformes de sus crestas, en las cuales,
Toda la noche oímos el siniestro
Graznido de los buitres, y el aullido
Temeroso del lobo, cuyos ojos
Veíamos brillar entre las matas.
Á las escenas de la guerra; pero
Un no sé qué de pavoroso y triste
Nos encogía el ánimo en aquella
Melancólica noche, y caminábamos
En lúgubre silencio: parecía
Que iban á desplomarse los peñascos
Sobre nuestras cabezas, y queríamos
Salir cuanto antes del medroso valle.
Dimos por fin en la llanura: el alba
Comenzaba á clarear y distinguimos
Los almenados muros de Lucena.
Con los cautivos y la presa entonces
Mil peones dejando y cien jinetes,
Avanzamos, creyendo sorprenderla,
Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido
De un escuadrón de jóvenes valientes
Y ansiosos de renombre, se metieron
Á escape por las huertas y arrabales.
Ni un sér viviente se encontraba en ellos,
Ni se abrió una ventana ni una puerta.
Prevenidos sus cautos moradores,
Se habían encerrado en el castillo.
¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada
Brilló tras de los muros y, en el punto
En que tiñó la luz el horizonte,
Se cubrieron de cascos de cristianos,
Y una lluvia de dardos y de piedras
Cayó sobre nosotros: los clarines
Y tambores cristianos atronaron
El viento, y la bandera de Castilla
Se desplegó con insolente orgullo.
«¡Al asalto!» gritó con voz de trueno
El Rey Abú-Abdil, con una trompa
Haciendo la señal. En el instante
Se cubrieron de escalas las murallas,
Y los turbantes moros blanquearon
Envueltos con los cascos de Castilla
Encima de los cóncavos adarves.
¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,
Sultana: era un león cada cristiano,
Y los genios impuros del abismo
Peleaban por ellos aquel día:
Sus hachas y sus mazas con horrible
Martilleo caían en las frentes
De los escaladores, y rodaban
Al foso con estruendo los cadáveres.
«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo
Que rugía de saña: es necesario
Retirar nuestra gente: prevenidos
Estaban, mas la tierra está tranquila
Y no han hecho señal las atalayas.
No tienen, pues, socorro, y con un sitio
De un solo día se darán.» Oyóse
Á cejar. Una niebla blanquecina
Traída por un viento de Occidente
Enlutaba la atmósfera, impidiendo
Ver á largas distancias. Los peones
Que custodiaban el botín, mirándonos
Volver, picaron las revueltas reses
Y comenzaron á marchar, creyendo
Ya abandonada nuestra empresa. Ahora
Dispénsame, Sultana, si el desorden
De mi dolor confunde mis palabras,
Porque de mis ideas el tumulto
No las deja mejor brotar del labio.
¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera
Olvidar para siempre?»—Sofocada
Aquí la voz del Árabe, tomaron
Una expresión siniestra sus miradas;
Sus músculos temblaron sacudidos
Por interior agitación, su cara
Palideció, y al fin con hondo acento
Y en el dialecto gutural del África,
El lento é inharmónico relato
Continuó así de la fatal jornada,
Ora bajando el tono, ora elevándole
Conforme la pasión que le agitaba.
¡Y era espantoso de escuchar su cuento,
Y espantosas de ver sus exaltadas
Actitudes y gestos, inspirados
Por el rencor, la afrenta y la venganza!
«En medio de la niebla, como turba
De maléficos genios, los cristianos
Salieron á nosotros: no les vimos
Hasta que atravesados por sus flechas
Cayeron los Muslimes. Su caballo
Revolvió el Rey al punto, y todos dimos
La cara á aquellos perros, que salían
Por detrás á mordernos. Ya en desorden
Les teníamos puestos, cuando, el aire
Rasgando una trompeta castellana,
Nos sentimos cargar por la derecha
Por una tropa de jinetes: íbamos
Á volvernos allí cuando, en el monte
Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos
Un clarín italiano, y cada encina
Brotó un cristiano caballero. Entonces,
Con tan distintas señas confundido,
Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,
Señor, es Italiana: el estandarte
Que traen aquellos otros no le he visto
En batalla jamás: el mundo entero
Creo que viene aquí sobre nosotros.»
¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!
Cejábamos lidiando, en la esperanza
De unirnos á los nuestros: mas al punto
De mirar hacia atrás, vimos que todos
Huían por los montes, torpemente
El inmenso botín abandonando.
«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,
Volved, desventurados, y á lo menos
Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!
Otro tambor, doblando en la angostura
Por donde huían, aumentó su miedo
Y dieron como ciervos espantados
Á correr por el valle. ¡Aláh potente!
Obligados á huir los que quedábamos
En rededor del Rey, le circuimos
Y volvimos la espalda, descendiendo
Hasta un angosto paso de la sierra:
Un pelotón de nobles Granadinos,
Caballeros leales que volvían
Á buscar á su Rey, en él hallamos
Protegiendo á los últimos peones
De nuestro bando. El Rey volvió la cara
Al llegar á la cóncava angostura,
Y en un estrecho llano deteniéndose
Nos dijo: «Retirémonos como hombres
Que ceden á la suerte, mas no huyamos
Como cobardes que la muerte temen.»
Y metiendo al caballo las espuelas,
Cargó sobre los perros Nazarenos
Que nos seguían: á ampararle todos
Nos lanzamos tras él, y los cristianos,
Desordenados al tremendo empuje
De los caballos árabes, nos dieron
Tiempo para ganar las angosturas
Donde en estrechas sendas imposible
Les era acometernos; y emprendimos
La peligrosa retirada á Loja.
Los enemigos, pronto rehaciéndose,
Entraron tras nosotros en la hondura
Pisándonos las huellas; cinco leguas
Combatiendo y marchando recorrimos
Hasta el valle fatal de Algarinejo.
Aquí el Genil, con las crecidas ancho,
Segunda vez detuvo nuestra marcha:
Nos arrojamos á vadearle y salvos
Nuestros caballos á sacarnos iban
Nadando vigorosos, cuando vimos
Con ira y con terror que, á la ribera
Bajando en rigurosa disciplina,
Salía á recibirnos en sus lanzas
Otro escuadrón cristiano, como un muro
De hierro levantado en el camino.
Su jefe, el gigantesco Don Alonso
De Aguilar, á su frente sonreía
Mirándonos salir de entre las aguas
Con placer infernal; yo le había visto
En mi cautividad y le tenía
Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago!
Y aquel muro de hierro se nos vino
Como un témpano encima. La pelea
Fué horrenda. Con el agua á la cintura
Los más, mucha la ira, el suelo escaso,
Vinimos á las manos arrojando
Las inútiles lanzas y acudimos
Á los alfanjes y puñales; rojas
Iban á poco del Genil las aguas.
Yo peleaba junto al Rey: su brazo
Era un rayo: sus ojos chispeaban
Como carbones encendidos: sangre
Le brotaban los labios, que rabioso
Se mordía, y hendiendo, atropellando,
No con la voz, con el esfuerzo heroico,
Nos animaba á combatir sin tregua,
Para morir con honra ante su vista.
Mas he aquí que un cristiano que caído
Se halló bajo de mí, tal vez creyendo
Que era yo el Rey por mi caballo blanco,
Le cortó los jarretes; dió un bramido
El generoso bruto, y desplomándose
Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío
Una laguna con la sangre haciendo
Que sus arterias rotas derramaban.
Pasaron sobre mí cien y cien veces
Amigos y enemigos, sin que fuera
Posible levantarme. Entonces, Aixa,
¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo
Al cielo sin piedad para los Árabes:
Y allí tendido, ahogado bajo el peso
De los que sobre mí cayendo iban,
Y recibiendo en mi lugar la muerte,
Á quien en vano á veces invocaba,
Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble
De Don Alonso. Con la frente hendida
Á un tajo de su brazo formidable
Cayó, más sin soltar la cimitarra,
Aly-Athár en el río, y su cadáver
Las turbias ondas del Genil sorbieron.
¡En el Edén los justos le reciban!
Los que lidiar y perecer le vieron
Su muerte llorarán mientras que vivan.
Con él se hundió el valor de los Muslimes;
Cuarenta caballeros que lidiaban
Con el Rey, le dijeron á mi lado
Defendiéndole: «Sálvate: nosotros
Moriremos por ti. » Yo vi el semblante
De tu hijo, surcado por dos lágrimas,
Volverse á aquellos fieles caballeros
Y lanzarse otra vez en la pelea
Para morir con ellos. ¡Oh Sultana!
Tu hijo es un Rey valiente que combate
En la primera fila: es un Rey noble
Que defiende á los suyos; pero temo
Que sus tristes horóscopos se cumplan:
Dios le abandona á su fatal estrella,
Y por más que su aliento soberano
Prodigios hace de valor humano,
La fuerza de su sino le atropella.
Persuadido por fin de que era inútil
Ya su obstinada resistencia, tu hijo
Arrojándose al agua, á su corriente
Se abandonó: mis ojos le siguieron
Con indecible afán: le vi alejarse:
Le vi tocar en la ribera opuesta,
Vi caer su caballo moribundo,
Y le vi vacilante de fatiga
Meterse en un jaral: le creí salvo.
Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas
Le vi pasar, á la merced de un jefe
De quien iba cautivo. En su cimera
No había ya una pluma, ni una hebilla
Que encajara en su arnés, roto en cien partes.
Lleno de sangre y de sudor el rostro,
Reconocíle apenas: como un sueño
Le vi alejarse, y el pesar, la ira,
La vergüenza, el cansancio, me prensaron
De angustia el corazón... pasó una nube
De sangre ante mis ojos y, en la arena
Caer dejando la cabeza inerte,
Que para verle alcé, me eché sin pena
En los brazos del ángel de la muerte.»
Calló Kaleb y, el rostro con las manos
Cubriéndose, lloró. Torva, sombría,
La Sultana clavó sus negros ojos
En el suelo, las lágrimas apenas
Pudiendo contener que en las pupilas
Sentía aglomerársela, y gran trecho
Sin pestañear inmóvil se mantuvo,
Porque no se la huyeran de los párpados.
Tragóselas al fin, y sobre el hombro
Poniendo de Kaleb su mano ardiente,
Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando
La cabeza y mostrando su semblante,
Que surcaban las lágrimas, repuso:
«¿Qué más he de decirte? Anochecía
Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos
En rededor: cubierta la ribera
Estaba de cadáveres: los buitres
Aguardaban la ausencia de la vida
De algunos que aun luchaban con la muerte
Para cebarse en ellos, y en las breñas
Aullaban ya los lobos. Mi caballo,
Con las postreras ansias revolcándose,
Se separó de mí, y á sus esfuerzos
Desesperados, de los cuerpos libre
Que pesaban sobre él, me había dejado
Libre también á mí. Tendí mis miembros
Entumecidos y probé mis fuerzas.
Al movimiento que hice, vi los ojos
De un Árabe tendido en mí fijarse.
Era el valiente Ben-Osmín; el pecho
Tenía atravesado por un dardo
Que no pudo sacarse, y expiraba
Con el valor sereno de los héroes.
Me conoció, y al verme en pie llamóme:
«Toma (me dijo el infeliz), si vives
»Y vuelves á Granada, da esa trenza
»De sus cabellos á Jarifa, y dila
»Que es mi sangre la sangre en que empapada
»Se la envío, y que ya no espere verme
»Sino en el Paraíso;» y alargándome
La trenza con la mano ensangrentada,
«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando
Los ojos para siempre. Apoderarme
Logró al fin de un caballo sin jinete,
Y echando por lo espeso de la sierra,
Corrí en un día lo que anduve en siete,
Hasta salir de tan infausta tierra.»
«¡Alahuakbar! Dios es de los destinos
Señor, exclamó Aixa. Ven mañana
Al trasponer el sol á este aposento:
Temo á los inconstantes Granadinos,
Y necesito meditar mi intento:
Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»
Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso
Dió: mas al levantar de su cortina
El cairelado azul pérsico raso,
Permaneció Kaleb sin movimiento,
Cual si viera en la cámara vecina
Alguna aparición. Su macilento
Rostro volviendo á él, dijo la Mora:
«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»
Kaleb, ante su vista indagadora,
Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»
X
Más pálida que el mármol de la fuente
Donde apoya su brazo nacarino,
Más triste que la voz con que doliente
Gime en la costa el pájaro marino
Cuando cercano el temporal presiente,
En la ancha pila del jardín vecino
Contemplaba Moraima silenciosa
La triste imagen de su faz llorosa.
Suelto el cabello, que á merced del viento
Por los desnudos hombros ondulaba,
En el agua, al reflejo amarillento
De una lámpara de oro, se miraba.
Su cuerpo sin acción, sin movimiento
Sus enclavados ojos, semejaba
Su blanca y melancólica figura
Añadida á la fuente una escultura.
Á la luz que su lámpara destella,
Su rostro con asombro contemplaron
Aixa y Kaleb, y con callada huella
Á la infeliz Moraima se acercaron
Solícitos: mas ¡ay! inmóvil ella,
Ni les vió ni sintió cuando llegaron:
«Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira:
—No duerme, dijo el Árabe: delira.»
Delirando, Moraima el ojo atento
De la taza de mármol no quitaba,
La imagen de su rostro macilento
Contemplando que el agua reflejaba;
Y al fin, con un suspiro y con acento
Cuya tristeza el alma traspasaba,
Con el mirar en ella siempre fijo,
Así á su imagen transparente dijo:
«¿Quién eres tú que pálida me miras
»Debajo de la trémula corriente?
»¿Quién eres tú que como yo suspiras
»Con triste faz y en ademán doliente?
»¿Eres algún espíritu que giras
»Por los senos del agua transparente,
»En pos del bien á quien perdido lloras,
»Y en el lugar en que se oculta ignoras?
»¡Ay! no le busques, sombra enamorada:
»No te fatigues más, alma perdida.
»Vete, sombra: ya amor no hay en Granada:
»Alma, vete: en Granada ya no hay vida.
»Mira: yo estoy también abandonada
»Como tú, y en el alma estoy herida:
»¡Ay! yo busco también á los que adoro
»Y el sitio en donde están como tú ignoro.
»Mas ¿por ventura buscas á tu esposo?
»¿Á tu padre tal vez? Los dos se han ido.
»El Cielo estaba obscuro y tempestuoso,
»Rugía el huracán cuando han partido.
»Iban á pelear: era forzoso:
»La tempestad allá les ha cogido...
»¿Padres y esposos buscas? ¡insensata!
»Míralos... el Genil les arrebata.
»Vete, pues: aún no han vuelto de Lucena.
»Mas ¿por qué así me miras, sombra vana?
»No me mires así: me causas pena.
»¿Quién eres?... mas ¿te ríes? ¡Ah villana!
»¡Tú eres alguna esclava nazarena!
»Sí, sí: ¡Tú eres la pérfida cristiana!
»Que me le hechiza el corazón ahora
»¡Con su infernal amor!... toma, traidora.»
Dijo y tiró la lámpara á la fuente:
Con hueco són al sumergirse en ella,
El agua helada salpicó su frente.
Quedó en tinieblas el jardín: la bella
Y enamorada aparición doliente
Se disipó, sintiéndose su huella
Primero del jardín entre las flores,
Y luego en los sombríos corredores.