III

Sobre el muro que el recinto

De la Alhambra real circunda,

Si en fortaleza segunda

Primera en esplendidez,

Hay una torre morisca

Frontera al Generalife,

Que sobre angosto arrecife

Abre un dorado ajimez.

Este arrecife tortuoso,

Que extiende sus líneas combas

Entre yedras y gayombas,

Madreselvas y jazmín,

Solitario, áspero, umbrío,

Parece el lecho de un río

Que dividió en otro tiempo

El alcázar del jardín.

Fresco, umbroso en el verano,

Abrigado en el invierno,

Gozando el verdor eterno

De la yedra y el laurel,

Es este oculto arrecife,

Lleno de sombra y misterio,

Huella oriental del imperio

De la raza de Ismael.

Á un lado, Generalife

De sus floridos verjeles

Le entolda con los laureles,

Le impregna de aromas mil;

Al otro, la Alhambra espléndida

Le fía por sus ventanas

De cautivas y sultanas

Toda su historia gentil.

De una parte le armonizan,

Por el lado de las flores,

Los canoros ruiseñores

Que anidan en el verjel:

De otra, por el del alcázar,

Opuesto al de los jardines,

Las zambras y los festines

Que se celebran en él.

Por un lado le engalana

La rica naturaleza,

Por otro le dan grandeza

Las cien torres de Alhamar;

Por allí muestra patente

Dios su creadora mano,

Por aquí del soberano

Se hace el poder acatar.

Tal vez en noche de estío,

Al són de un arpa morisca,

Desde el muro una odalisca

Entona amante canción,

Y algún colorín celoso,

Desde la verde floresta,

Con trino amante contesta

Del arpa amorosa al són.

En la ciudad empezando

Y abriendo paso á la sierra,

¿Quién sabe cuántos encierra

Secretos de honra y amor

Este encantado camino,

Bajo flores encubierto

Y sobre peñas abierto

De un palacio en derredor?

¡Cuánta hermosa enamorada

Intentó el arduo descenso

Del vacío espacio extenso

Que hay desde él á su balcón!

¡Y cuánto noble Africano

Cayó en su arenosa loma,

Muerto por oculta mano

Y por oculta razón!

No hay un pie de este camino

Que una tradición no hechice,

Que un nombre no poetice,

Ó dé un recuerdo valor.

La torre allí de los Picos

Se eleva, cuyos cimientos

Defienden encantamientos

De un sabio conjurador.

Allá la de la Cautiva,

Donde entre són de cadenas

Viene á lamentar sus penas

El alma de una mujer:

Allá la puerta de Hierro,

Por do su vida salvaron

Los Reyes á quien lanzaron

Sus vasallos del poder.

Y allí, en fin, el pie cercado

De adelfa y silvestres plantas,

La torre de las Infantas

Se alza con regia altivez,

Abriendo en su grueso muro,

Frontero á Generalife,

Encima del arrecife

Un misterioso ajimez.

Una graciosa ventana

De arabescos y labores

Orlada, cuyos colores

Minió maestro pincel:

Una ventana morisca

Que, en dibujos de oro envuelto,

Parte un pilarcillo esbelto

De mármol de Macaël:

Un mirador delicioso,

Cuyo arco filigranado

Está en redor festonado

Con leyendas del Korán;

Cuyos dos graciosos huecos

Ornados de medallones,

Hojas, nichos y agallones,

Contento á los ojos dan.

Mas ¿quién mora en esa torre

Donde jamás se percibe

Ni el rostro de quien la vive,

Ni ruido de humana voz?

Jamás de aquella ventana

Se abre al sol la celosía,

Ni de un cantar la armonía

Da nunca al aura veloz.

Muestra, empero, que se habita

Allá en las nocturnas horas

La luz de las tembladoras

Lámparas de su interior,

Que á pesar de su cerrada

Celosía y su vidriera

De colores, lanza fuera

Su trémulo resplandor.

Y á veces apunta el alba

Ya, y tras esta celosía

Se percibe todavía

De la lámpara el fulgor,

Y una sombra que va y viene

Por dentro del aposento,

Da ó quita á cada momento

Luz ó sombra al mirador.

Su movimiento incesante,

Sus paradas repentinas,

Recogiendo las cortinas

Para ver ó para oir,

Demuestran que el desvelado

De aquel ajimez espera

Algo que dél por afuera

Debe sin duda venir.

Mas pasa una noche y otra,

Y la luz del sol se traga

Su luz, y con ella apaga

El que allí esperando está

Su esperanza, hasta otra noche

Que vuelve á arder la bujía,

Y él vuelve á la celosía

Y tras ella viene y va.

Es alta noche: en el sueño

Yace el mundo sumergido:

El aire se ha recogido

Bajo del césped feraz:

Tiéndense inmobles las ramas

De los troncos, no se mueve

Ni la ráfaga más leve,

Ni el murmullo más fugaz.

¡Silencio!—He aquí que, en medio

Del universal reposo,

El mirador misterioso

Se abre por primera vez.

La celosía dorada

Se levanta: la cortina

Se descorre, y se ilumina

Por adentro el ajimez.

Y al pilar que en dos divide

El arco de su ventana

Llega una figura humana

Lentamente: una mujer,

Sultana, esclava, cautiva,

Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos

Á altura tan excesiva

La podrán reconocer?

Apartó de ante su rostro

Su blanco y flotante velo:

Una mirada del cielo

Por la cavidad tendió,

Y, vuelta hacia el Occidente

Do ya tocando la luna

Está, en la lengua moruna

Y con voz triste exclamó:

«¡Un día más!—La menguante

»Luna hacia la mar declina,

»Y su lumbrera argentina

»Toca al horizonte ya.

»¡Casto fanal de la noche,

»De los creyentes lumbrera,

»Que tu brillante carrera

»Guíe protector Aláh!

»Ve en paz ¡oh de las tinieblas

»Sultana dominadora,

»Pendón de la gente mora,

»Lámpara de la oración!

»¡Y plegue á Aláh que mañana,

»Cuando vuelvas por Oriente,

»Vuelva con tu luz naciente

»La luz de mi corazón!

»Ve en paz: y si sobre Loja

»Al verter tu lumbre pura,

»Hallas vivos por ventura

»Á mi buen padre Aly-Athár

»Con el Príncipe mi esposo,

»Que es la luz del alma mía,

»Diles ¡ay! que noche y día

»Les aguardo sin cesar.»

Dijo, y la frente apoyando

En el pilar arabesco,

Dentro el marco pintoresco

Del morisco mirador

Quedó, como una escultura

Para su cuadro labrada

La Mora desconsolada,

Á solas con su dolor.

Resalta, á la luz de espalda,

Su contorno destacado

Sobre el fondo iluminado

Del aposento oriental:

Y parece desde lejos

Al genio de la pureza,

Que va á partir con tristeza

De una cámara nupcial.

Mas aquel busto tan noble

De suave y rubio cabello,

Aquel nacarino cuello

Pálido como el marfil,

Aquel brazo modelado

Por una ática escultura,

Aquella frágil cintura,

Y aquel todo tan gentil;

Asomado á tales horas

Á una torre destinada

Sólo á las Princesas moras,

Al ojo menos sutil

Delatan á la que ocupa

Su misteriosa ventana,

Por la infelice Sultana

Esposa de Abú-Abdil.

Es ella, sí: allí apacenta

El dolor que la acongoja

Moraima, la flor de Loja,

La azucena de Aly-Athár:

La gacela de ojos garzos,

Cuyas niñas de azul cielo

Eran fuentes de consuelo

Para el viejo militar.

Hoy son ya fuentes de lágrimas:

Sus abrasadas pupilas

No reflejan hoy tranquilas

La pura luz del placer;

Hoy la dulce paz del niño

Su sonrisa no revela,

Porque en sus labios la hiela

El dolor de la mujer.

Moraima, sí, la más triste,

La más pura de las Moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

Triste es su historia. Su padre,

La mejor lanza africana,

La otorgó como Sultana

Al sucesor de su Rey;

Temiendo al viejo soldado

En rebelión harto crítica,

Con su torcida política

Pensó en tal boda Muley.

El bravo Aly-Athár, más hombre

De pelea que de Estado,

Se dió en ello por honrado

Y á Granada la llevó.

La boda hizo el Rey al punto,

Pero á sí mismo se dijo:

«¡Imbécil! le doy el hijo,

Pero la corona no.»

Dos niños eran entrambos,

Rubios, alegres, gentiles:

Apenas sus quince abriles

Cumplido habrían los dos;

Hermosos como inocentes,

Les unieron y se amaron:

Mas en su amor no contaron

Con la voluntad de Dios.

Sosegados ya los pueblos,

No fué Aly-Athár peligroso:

Y en su aislamiento amoroso

Afeminado Abdilá,

Los hijos de la Zoraya,

Merced al fatal destino

De Abdilá, libre el camino

Tendrían del trono ya.

Tal pensó el Rey; los dos niños,

Sin cálculo y sin encono,

De sus derechos á un trono

Ni aun se acordaron tal vez:

Pero otro sér mas activo

Á quien amor no adormía,

En lugar de ellos abría

Sus ojos con avidez.

Aixa, la altiva Sultana,

Celosa de su derecho,

Fué una mañana á su lecho

Como un ensueño fatal.

Abrieron sobresaltados

Los dos Príncipes los ojos,

Y ella, respirando enojos,

Dijo con voz sepulcral:

«Aquel á quien Dios destina

»Á ceñir una corona,

»Sus derechos no abandona

»Sino por orden de Dios.

»Hijo de Reyes, despierta:

»Rompe tus amantes lazos

»Y tiende el alma y los brazos

»De tu real corona en pos.

»Y á ti, flor silvestre y pálida

»De los peñascos de Loja,

»¿Por ventura te se antoja

»Que no hay más ley que el placer?

»¿Crees que tus ojos de cielo,

»Tu alma y tu tez de nieve,

»El dote son que traer debe

»Á un Príncipe una mujer?

»Pues te engañas: la que espera

»Dominar como Sultana,

»Necesita un alma entera,

»Con más altivez que amor.

»Despertad pues; los lobeznos

»De la torpe renegada

»Giran con planta callada

»De vuestro trono en redor.»

Abú-Abdilá, de su madre

Hecho á la exacta obediencia,

Tras ella sin resistencia

Del aposento salió:

Moraima, sobrecogida

Por la plática severa

De aquella Reina altanera,

Quedóse sola y lloró.

«¿Qué me importan á mí, dijo,

»Su poder y su corona?

»Lo que mi amor ambiciona

»Es no más su corazón;

»Y si éste me lo arrebatan

»Por el gobierno y la guerra,

»¿Qué me dejan en la tierra

»Á mí, sin regia ambición?»

¡Pobre niña! el joven Príncipe

Empezó desde aquel día

Á dejar su compañía

Y su cámara á dejar:

Venía por él su madre

Apenas el sol rayaba,

Y hasta que el sol se ocultaba

No le veía tornar.

Entonces, aunque volvía

Alegre y enamorado,

Volvía tan fatigado,

Tan hambriento y sin vigor,

Que en la mesa devoraba

Y se dormía en el lecho,

Cual si no hubiera en su pecho

Ni corazón ni calor.

Moraima, en su seno amante

Colocando su cabeza,

Contemplaba con tristeza

Su rostro franco y leal,

Que empezaba en el reposo

De su fatigado sueño

Á adquirir un torvo ceño

Que no le era natural.

«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía

»La pobre niña) ¿Qué afanes

»Más propios para gañanes

»Me le cansarán así?

»Si tanto cuesta á los Príncipes

»Guardar su trono, ¡pluguiera

»Á Aláh que pastor naciera,

»Sin esperar más que en mí!»

Y una mañana, Moraima,

Un sueño tenaz fingiendo,

Fué desde lejos siguiendo

Á la Reina y á Abdilá,

Y vió que, cruzando apriesa

De los muros el espacio,

Se salieron del palacio

Al bosque que al río da.

Corrió al oratorio regio

Que domina su enramada,

Y vióles á una esplanada

Tras una loma llegar.

Allí esperaban tres hombres

Hasta los dientes armados,

Con caballos ensillados

Y en guisa de pelear.

Ciñóse una jacerina,

Embrazó una recia adarga,

Asió de una lanza larga

Y cabalgó Abú-Abdil.

Salió el caballo botando:

Moraima tembló de gozo

Y miedo al verle tan mozo,

Tan armado y tan gentil.

Cabalgaron uno á uno

Los otros tres: apartóse

La Sultana, y preparóse

La escaramuza. Abdilá,

En medio de la esplanada

Y de los tres circundado,

Á la suerte preparado

Inmóvil y atento está.

Dió la señal la Sultana,

Y empezaron los guerreros

En torno de Abdil mañeros

En círculo á galopar,

Á cada vuelta estrechándole;

Mas, como un chacal atento,

Espiando él un momento

Su línea para salvar.

Sereno sobre su silla,

Con mirada centelleante

Espía un propicio instante

En liza tan desigual,

En tanto que en torno suyo

Van los tres caracoleando,

Á cada vuelta cerrando

La peligrosa espiral.

Giraba él en ellos puesta

La vista: por todas partes

Hallaba un arma funesta

Dirigida contra él.

Vió al fin que un potro rebelde

Se mostraba, y contra él hizo

Un amago: espantadizo

Encabritóse el corcel.

Hirió y arrancó, del círculo

Dentro, á escape jineteando,

Y á alguno siempre amagando

Con incierta rapidez;

Desigualó las distancias

Ciando, hiriendo y salvándose,

Y fué el círculo ensanchándose

Más y más de cada vez.

Ya sobre un lado fingía

Caer y sobre otro daba:

Ya al escape se tendía:

Ya diestro en firme paraba:

Ya de todos tres huía,

Y á todos tres amagaba

Y á salvo doquier hería

Con certera agilidad:

Hasta que romper logrando

La línea que manteniendo

Iban los tres, trabajando

Sobre el círculo y abriendo

Más sus distancias, girando

De repente, salió huyendo,

Un breve espacio ganando

Con extraña habilidad.

Cubierto entonces, tendido

Sobre su silla de pechos,

Comenzó á alargar los trechos

De unos á otros, y fué

Cargándoles uno á uno:

Con lo cual, hecha la suerte

De aquel combate moruno,

Echaron á tierra pie.

Moraima, que de lo alto

Miraba la escaramuza,

Á cada embestida y salto

Temblando por Abdilá,

Solamente sostenida

Por su ansiedad, en el mármol

Se sentó desvanecida

Al verla acabada ya.

Volvióse luego á su cámara.

¡Ay! todo lo comprendía:

Abdilá pasaba el día

Lección de armas en tomar.

Al fin lograba la madre

Hacer de su hijo un guerrero,

Tornándole áspero y fiero,

De su cariño á pesar.

Dos lunas después, por fruto

De este acendrado cariño

Dió Moraima á luz un niño

Que el porvenir la doró:

Y el Rey, un año más tarde,

Al prender á la briosa

Aixa, de Abdilá la esposa

En su torre encarceló.

Tal es su historia. Moraima,

La más triste de las moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

La hermosa Sultana, pálida

De tez, mas de alma encendida,

Es la que está distraída

En su ajimez oriental.

Sabe que Abdilá está en salvo,

Mas pronto que vuelva espera

Á buscar la compañera

De su destino fatal.

Y vendrá: también lo sabe

Cuando al ajimez se asoma;

Lo sabe, sí: una paloma,

Mensajero fiel de amor,

Por mano desconocida

Enviada hasta su ventana,

Trajo un día á la Sultana

Un papel consolador.

Un Africano, jinete

Sobre mi corcel del desierto,

Llegó al camino encubierto

Sobre el que la torre da

Con temeraria osadía,

Y atada á un cordón de seda

La alzó hasta la celosía

Diciendo: «Abrid á Abdilá.»

Al ruido que en ella hicieron

Las alas de la paloma,

Abre Moraima y se asoma,

Y, asiéndola con placer,

Mira al audaz que esto osara:

Mas él huyendo, por única

Despedida, en voz muy clara,

Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»

Su pronta vuelta anunciaba

Del Príncipe la misiva:

Desde entonces la cautiva

Cada noche le aguardó:

Y aislada en aquella torre

Y sin amigos por fuera,

Á Aly-Athár y á Abdil espera

Como el papel prometió.

El modo, el día... lo ignora:

Espera que se los traiga

La fortuna protectora,

Y espéralos con afán.

Mas no está sola Moraima

En su torre: hay otros seres

Que distracción y placeres

Y pruebas de amor la dan.

Consigo (sin los que aguarda)

Tiene entera su fortuna:

Su hijo que duerme en la cuna,

Su nodriza, esclava fiel,

Y un negrito enano y mudo,

Que inteligencia destella,

Distracción única de ella

Y ocupación sólo de él.

Ligero como una corza,

Sagaz como una serpiente

Y audaz como diligente,

Todo lo escucha y lo ve.

Leal como un falderillo,

Pero con bríos de alano,

Doquier se tiende el enano

De su hermosa dueña al pie.

Mudo, jamás incomoda

Con plática inoportuna,

Pero no hay idea alguna

Que no sepa él expresar.

Los guardas le dejan libre

Teniéndole por salvaje,

Y no hay más astuto paje

En el reino de Alhamar.

Ni su forma es repugnante

Por sus defectos nativos,

Ni sus gestos expresivos

Mohines ingratos son:

La gracia de su sonrisa

De modo su rostro alegra,

Que se lee tras su faz negra

El placer del corazón.

Nada hay en él que amedrente,

Nada en su exterior que extrañe;

Nada en su interior que dañe;

Ni expresa su negra faz

La envidia, el pesar ó el odio

Que otros seres imperfectos

Abrigan con sus defectos

En su alma uraña y falaz.

No al ver la ajena hermosura

Su deformidad deplora;

Ve la hermosura y la adora

Con sincera admiración;

Sér mezquino en proporciones

Le formó naturaleza,

Mas bajo negra corteza

Le dió blanco el corazón.

Ve en Moraima el infortunio

Y leal la compadece;

Ve la hermosura, y se ofrece

Del débil y hermoso sér

En servicio: y admirando

La beldad sin pesadumbre,

Acepta su servidumbre

Como justa y con placer.

Amigo, juglar y esclavo,

Empléase en todo oficio

Y abarca todo servicio

De interior utilidad.

Entretiene la tristeza

Con sus juegos de destreza,

Y penetra con su instinto

La exterior seguridad.

Tal es la real servidumbre

Que asiste á la hermosa Mora

En la prisión en que llora,

Corta y débil, pero fiel.

Tal es el mejor amigo

De Moraima, el Nubio enano

Que de su amparo al abrigo

Vive, y se llama Kaël.

Ahora, y mientras Moraima

De tristes memorias presa

En recuerdos se embelesa

Asomada al mirador,

Duerme el negrillo á la sombra

Del lecho de la nodriza

Sobre el paño que tapiza

El alhamí en derredor.

Todo calla: permanece

Inmoble al balcón Moraima:

La noche se lobreguece,

Ausente la luna ya.

Ni una estrella en el espacio:

Todo es silencio y tinieblas

Dentro y fuera del palacio;

Mudo el universo está.

He aquí que, como avisado

Por algún sér misterioso,

El negrillo desvelado

La cabeza enderezó,

Y con la boca entreabierta,

Sin alentar, y clavados

Los ojos sobre la puerta,

Por un instante quedó.

Nada se oía: el instinto

De su raza le advertía

Un riesgo que todavía

Se escapaba del poder

De los sentidos: sólo era

Voz de su presentimiento,

No voz, rumor ni lamento

Que oirse pudiera hacer.

Él, empero, á deslizarse

Comenzó sobre la alfombra,

Llegando como una sombra

Hasta la puerta exterior:

Mas al pegar al encaje

De sus hojas el oído,

Le hirió otro distinto ruido

Que entró por el mirador.

Volvió un punto á su absoluta

Inmovilidad, tendiendo

La cabeza y conteniendo

La respiración Kaël.

Alumbró luego un relámpago

Su mirada inteligente,

Y al lejos confusamente

Se oyó trotar un corcel.

Sacó de su arrobamiento

Su rumor á la Sultana,

Que intentó con ansia vana

Las tinieblas penetrar.

Kaël, por las colgaduras

Trepando á la celosía,

Se puso el són que traía

El aire libre á escuchar.

Tal vez era algún viajero

Que á ver venía á Granada,

Tal vez algún mensajero,

Acaso algún mercader

Que, deseando temprano

Ganar la alcaicería,

Llegaba á la Alhambra ufano

Aun antes de amanecer.

Todavía no pisaba

El camino que circunda

De la Alhambra la alcazaba

Sombría, cuando Kaël,

De la ventana saltando

Con agilidad salvaje,

Corrió á la puerta, aplicando

El oído á su cancel.

Moraima, á sus pantomimas

Y señas acostumbrada,

Con impaciente mirada

Explicación le pidió.

Kaël, pasando una mano

Alrededor de su frente

É irguiéndose altivamente,

Á Aixa por allí anunció.

¿Y el caballo? preguntóle

La bella Mora temblando;

Y al mirador señalando

Y con los brazos Kaël

De un ave imitando el vuelo

Y leer ansiosamente

Fingiendo, trajo á su mente

La paloma y el papel.

Moraima, aún no asegurada

De comprenderle, le hizo

Su pregunta reiterada,

Y él sus señas repitió.

Lanzóse ella á la ventana,

Mas detúvola él á punto

Que á la misma puerta junto

La voz de Aixa resonó.

—«Abre»—en su imperioso tono

Dijo con alguno hablando:

Y ante ella el portón girando,

Pareció bajo el dintel.

Ante su rostro severo

Calló Moraima, inclinándose,

Y fué á hacerla, prosternándose,

Larga zalema Kaël.

Con una antorcha un esclavo

Seguía de Aixa la huella;

Cerró la puerta, y en ella

Quedóse el esclavo en pie:

Sin fijar la vista apenas

En Moraima, la Africana

En silencio á la ventana

Con paso altanero fué.

Mas no bien á su antepecho

Tocó, cuando al pie del muro,

Sobre el arrecife obscuro

Trotar al corcel se oyó.

Asomóse Aixa: el caballo

Paró en firme: cesó el ruido,

Y un ruiseñor, sorprendido

Tal vez al huir, silbó.

Sacando entonces del seno

Aixa un torzal muy delgado

Que tiene un plomillo atado

Á una punta, dijo:—va,—

Y por el balcón lanzóle

Prestando el oído atento.

Después de un breve momento,

Dijeron abajo:—ya.

Recogió el torzal la Mora,

Y de la bujía al brillo

Fué á examinar un anillo

Que volvía atado á él.

Él es—dijo—y una llave

En vez del anillo atando,

Tornó á arrojarle, tornando

Á oirse trotar el corcel.

Reinó un silencio completo

Por un instante. Moraima,

Con el corazón inquieto

Miraba á Aixa, sin osar

Interrumpirle: la esclava

Con el infante dormía,

Y el enanillo escuchaba,

Como Aixa, sin respirar.

Quietos, atentos, callados,

Parecían esculturas

Ó seres que allí encantados

Un Genio paralizó.

Confuso luego y lejano

Comenzó un rumor á oirse,

Que cada vez más cercano

Por grados se acrecentó.

Al principio fué un susurro

Suave, como el soñoliento

Rumor que produce el viento

Entre las hojas: después

Pareció que muchas voces

Hablaban en el camino

Por lo bajo, y al fin vino

El són claro tal cual es.

Ruido de pasos unidos,

Iguales y acompasados,

Pasos de muchos soldados

que avanzan con rapidez:

Y Moraima, no pudiendo

Contenerse, adelantóse

Á par de Aixa y asomóse

En silencio al ajimez.

Quitó la antorcha al esclavo

Y, asiéndose al cortinaje,

Al labrado barandaje

Trepó con ella Kaël.

Sacóla sobre el camino,

Y su roja llamarada

Reflejó en la gente armada

Que descendía por él.

Como una inmensa serpiente

Que se arrastra en la pradera,

Así su movible hilera

En torno ciñendo va

Del regio alcázar el muro,

Hasta sumirse en lo obscuro

De la bóveda excusada

Que sobre el camino da.

Subterráneos pasadizos

Que en los cimientos macizos

Labrar mandó de la Torre

De los picos Alhamar,

Dan á una puerta de hierro,

Cuya boca honda y callada

No se cansa aquella armada

Muchedumbre de tragar.

Tal vez la traición ó el oro

Franquean aquella puerta,

Puesto que en silencio abierta

Da paso al largo cordón

De armados, que en ella se hunde

Cual procesión de fantasmas

Que unas en otras confunde

Febril imaginación.

Con fiebre á su vez las veía

Deslizarse una tras otra

Moraima, y no se atrevía

Á la Reina á interrogar,

Quien con altanera calma

Y semblante satisfecho,

Desde el calado antepecho

Las contemplaba pasar.

Como vagas creaciones

De un sueño, en el subterráneo

Jinetes tras de peones

Se hundieron: volvió el cancel

De la poterna á cerrarse,

Y tras él, desde la altura,

Del arrecife á la hondura

Lanzó su antorcha Kaël.

Entonces Aixa, volviéndose

Á Moraima, por la mano

Asiéndola y con ufano

Semblante detrás de sí

Llevándola, el aposento

Cruzó con ella callada

Hasta ponerla á la entrada

De su oriental alhamí.

Allí, del lecho que parte

Con su nodriza el dormido

Hijo de Abdilá, corrido

Teniendo ante ella el tapiz,

La dijo:—«Ahora, hija enteca

»De un árabe, débil planta

»De savia fría, levanta

»Con orgullo la cerviz.

»El sol que tras de la sierra

»Se elevará esta mañana,

»Te saludará Sultana,

»Pese el sangriento Muley.

»Encrespa, pues, tu flotante

»Melena rubia, leona

»Real, porque tu tierno infante

»Es desde hoy hijo de un Rey.»

Dijo, y comprendiólo todo

Moraima en aquel momento:

Mas aunque libre y contento

Dentro su pecho saltó

Su corazón, ante el vano

Orgullo de soberano

Ni aun el latido más leve

En holocausto ofreció.

Abrazó, con sus caricias

Despertándole, á su hijo:

Mas únicamente dijo,

Con inquietud juvenil,

Volviéndose á la Africana:

—«¿Pero supongo, Sultana,

»Qué me ha traído esa gente

»Á mi esposo Abú-Abdil?»

Miróla Aixa como un águila

Mira, dejándola ir viva,

Á una alondra fugitiva

Que encuentra por su región,

Con esa mirada propia

De los seres colosales

Que á los débiles mortales

Sólo otorgan compasión.

Criaturas fuertes, y almas

Todas vigor, que calculan

Por el que ellas acumulan

El vigor de las demás:

Almas en quien arde virgen

La luz de su fe divina,

Mas para quien no ilumina

Su luz la tierra jamás.

Seres dueños de los ímpetus

De las terrenas pasiones,

Que juzgan los corazones

Del suyo por la virtud,

Y que siguen inflexibles

El carril de sus deberes,

Creyendo á todos los seres

Con su firme rectitud.

Seres que nacen en tiempos

Indignos de ellos; de gente

Que arrastra cobardemente

Su existencia terrenal:

Seres que bajo su siglo

Se sepultan con fiereza,

Sin humillar la cabeza

Ante su siglo fatal.

Tal fué Aixa y tal la fría

Mirada que echó á Moraima

Que trémula la sentía

Sobre su frente pesar:

Tales estas dos mujeres

Iguales sólo en fortuna:

Débil cual las flores una,

Otra fiera como el mar.

El silencio de un momento

Que produjo esta mirada

Kaël con un movimiento

De alegría interrumpió.

Corrió á la puerta, el oído

Á sus hojas aplicando,

Y ufano á los pies saltando

De su señora volvió.

Pasos presurosos, rápidos

Por los jardines se oían,

Y luces se percibían

De los vidrios á través:

Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:

»Por suerte no es tan villano

»Que como un perro cristiano

»Venga á tenderse á tus pies.»

Dijo: mas ya no la oía

Moraima, que entrelazados

Sus bellos brazos tenía

Al cuello de Abú-Abdil:

Y el viejo Aly-Athár, que entraba

Detrás del Rey, de su hija

Embebido contemplaba

El arrebato infantil.

Ella, soltando al esposo,

Corrió á los brazos del padre,

Que los abrió cariñoso,

Y olvidando la ocasión

En que se encontraba, en ellos

La levantó como á un niño

De su paternal cariño

En la expansiva efusión.

Hasta los negros esclavos

Que alumbraron tal escena

Su emoción con harta pena

Pudieron disimular.

Aixa tan sólo inactiva

Y silenciosa á sus brazos

Con circunspección altiva

Dejó á Abú-Abdil llegar.

Y le abrazó: más diciéndole:

«Abdil, ya estás en el trono:

»Tuyo es, y el cielo en tu abono

»Contra la injusticia está:

»Piensa, empero, que Aláh es justo

»Y que con airada mano

»Quita el trono al Rey villano

»Lo mismo que se le da.

»No olvides que á la fortuna,

»De los valientes amiga,

»Sólo el valiente la obliga

»Y huye del cobarde vil.

»Como hombre, pues, sube al trono;

»Mas si Aláh al fin te abandona,

»No bajes de él sin corona,

»Sino sin cabeza, Abdil.»

Diciendo así, la Africana

Abandonó el aposento,

Y ocupáronse al momento

Los fuertes por Abdilá,

En el silencio nocturno

Sorprendiendo á los soldados

Á quien los dejó fiados

Muley, que hacia Alhama va.